Friday, October 2, 2015

¿Debemos obedecer a nuestro padre espiritual cuando no lleva una correcta forma de vida Ortodoxa?



¿Debemos obedecer a nuestro padre espiritual cuando no lleva una correcta forma de vida ortodoxa?

¿Qué nos enseñan nuestro pasado eclesiástico sobre el tema de la obediencia a nuestro padre espiritual cuando se trata de una cuestión de fe, ya sea de naturaleza dogmática, o bien esté relacionada con los santos cánones? ¿Debemos obediencia indiscriminada a nuestro padre espiritual cuando se opone a la Tradición de la Iglesia, o no? ¿Llevamos el estigma de la “desobediencia” ante Dios, o somos “cubiertos” permaneciendo obedientes a Cristo de acuerdo con la Tradición infalible de la Iglesia? Estas son las preguntas que intentaremos responder en este artículo.

Introducción.

En cuanto a las cuestiones sobre la fe, el tema de la obediencia al propio padre espiritual (un tema particularmente delicado, y desconocido para muchos) está contenido en el tema general de la obediencia al propio obispo, pues la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano no puede considerarse independiente de la del fiel cristiano con el obispo de la comunidad eclesiástica; un padre espiritual no guía a los fieles cristianos mediante una ley personal que dependa de su sacerdocio, sino por medio de una orden escrita por el obispo local, según la forma en la que lo definen los santos cánones, y más concretamente por el canon 50 del santo concilio local de Cartago . Así, cualquier cosa que haya sido mencionada en los artículos previos sobre el tema del obispo y la interferencia de los laicos en materias de fe, en su mayoría debe ser aplicada aquí.

En otras palabras, si los fieles cristianos, basándonos en el ejemplo de los santos que vivieron durante el transcurso de la historia eclesiástica, así como por el ejemplo establecido por los santos cánones, tienen el derecho a desafiar a los obispos herejes y a romper la comunión con ellos (abandonando también sus congregaciones), como ha sido establecido principalmente por el canon 31º de los apóstoles y el canon 15º del Primero-Segundo concilio, tienen aún mayor derecho a distanciarse a sí mismos de los padres espirituales impenitentes que persisten en el desarrollo de su phromena heterodoxo (mentalidad).

Si el obispo, en cuyo nombre el padre espiritual prescribe el misterio de la orientación de los fieles cristianos de Dios, a saber, el sacramento del arrepentimiento y de la confesión, no es infalible “ex officio”, cuánto más este prescrito padre espiritual, que comparte la gracia del sacerdocio en menor grado que el del obispo y no es, por lo tanto, infalible. 


 Nuestro padre espiritual debe ser la mejor elección posible en todos los sentidos.

Muy a menudo, encontramos a los líderes de nuestra Iglesia recordándonos el deber de la obediencia a los obispos, a los presbíteros y a sus mandatos, y sin embargo, el rebaño desconoce en su mayoría el tipo de personas que nuestros clérigos, que dirigen el camino, están destinados a ser.

San Nicodemo el Aghiorita, en su gran y edificante obra espiritual Prácticas Espirituales, escribe lo siguiente cuando se refiere a San Basilio el Grande: “Examina la diligencia que has puesto intentando encontrar un buen padre espiritual, pues ¿qué otra gran necesidad tienes más que encontrar un buen guía para tal viaje al que te embarcas, lleno de peligros, como el del camino al cielo? […]. Ahora, mi hijo amado, considera en qué gran peligro te encontrarás si no sólo no buscas tan digno hombre espiritual para guiarte correctamente a tu salvación y para sanarte bien de tus pasiones y pecados, sino que terminarás incluso evitando a tal hombre […]. Así pues, San Basilio el Grande (Reglas sumarias 229) , también habla y dice: ‘De la misma forma que la gente no muestra las dolencias del cuerpo a todos o para los que conocen por casualidad, sino que solamente las muestran a los que tienen experiencia en el remedio, de forma similar, la confesión de los pecados debe realizarse frente a aquellos que puedan curarlas, según está escrito: “Los fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles” (Romanos 15:1, Straubinger); en otras palabras, vosotros las llevaréis con vuestra diligencia’” .

Con relación a lo anterior, el padre Ioanis R. provee la siguiente interpretación: “Por supuesto, el padre espiritual debe estar ya en estado de iluminación, para que pueda también inducir a los demás a este estado de iluminación y conducirlos al bautismo por agua (llamado la absolución de los pecados) y al bautismo por el Espíritu, que es la visitación del Espíritu Santo en el corazón del que es bautizado y la iluminación del corazón del hombre” .

En consecuencia, si el anciano (el padre espiritual) confesor necesita llevar la mejor vida posible y ser capaz de dar la mejor enseñanza posible, ¿cuánto más necesita poseer los mínimos requerimientos, el “abc”, es decir, guardar la pureza de la Ortodoxia?.

Puesto que el padre espiritual es “del tipo y está en el lugar de Cristo”, no puede aceptar las herejías.

El grado de importancia en la prevención y la lucha contra la herejía puede ser deducido del hecho de que toda la enseñanza dogmática de la Iglesia no ha sido formada por la contemplación filosófica sino tras su confrontación con las herejías, que siempre han amenazado la senda de la Ortodoxia, la única que puede curar la naturaleza humana del pecado: “Los padres cambiaron la terminología algunas veces y adaptaron su terminología para encontrar el uso de los términos exactos, dependiendo de la necesidad del tiempo. No hicieron esto para ser capaces de comprender la enseñanza de la Iglesia de forma mejor, sino para combatir las herejías que surgían. Así, la comprensión de la enseñanza de la Iglesia viene de la iluminación y zeosis y no del fermento filosófico o filológico y de la contemplación de la enseñanza filosófica en sí misma. El propósito del dogma, que es formulado por los padres, no es su propia comprensión, sino la unión del hombre con Dios” .

Así, vemos que la aceptación de la herejía por los clérigos destruye la naturaleza terapéutica de su teología pastoral. “De la misma forma que en la medicina no es posible permitir a un ‘curandero’ el tratar a los pacientes, así mismo es imposible que un hereje trate la curación de las almas de los hombres. Puesto que es un hereje, no conoce y no puede proporcionar el tratamiento” . Por supuesto, lo mismo puede decirse de un clérigo que es incapaz y no le importa discernir la Ortodoxia de la herejía, a saber, “la medicina de la charlatanería”, pues es simplemente una cuestión de tiempo y de falacia para los malos espíritus para que sus hijos espirituales caigan en el engaño. San Ignacio Briatchaninov dice: “Mediante la aceptación de las falsas enseñanzas (es decir, un falaz concepto sobre Dios) y por la distorsión de la enseñanza dogmática y ética que Dios mismo nos reveló, se logra la corrupción del espíritu a causa del impacto e interferencia de esas falsas enseñanzas. De esta forma, el hombre termina convirtiéndose en un hijo del maligno” .

En consecuencia, si la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano tiene como objetivo el proveer una imagen real de la relación entre Cristo y los fieles cristianos, como la “Escalera” de San Juan del Sinaí menciona en consecuencia (“No consideres menor tu obligación de confesar tus pecados en presencia del que te ayuda [es decir, de tu padre espiritual], con humildad y contrición, y piensa que lo estuvieran haciendo frente a Dios mismo) , entonces la disrupción de la relación entre el padre espiritual y Cristo, a causa de la herejía del padre espiritual, obliga a los fieles cristianos a buscar otro padre espiritualde profundo juicio ortodoxo o, en caso de que los fieles crean que todavía hay alguna esperanza de que su padre espiritual vuelva al dogma profundo, a evitar al menos atacar la posición falaz y el consejo de su padre espiritual. Según San Gregorio de Nisa, que “tacha de hereje” sin ninguna duda al que ha sido cortado de la fe salvífica y está sin cabeza, como Goliat, al que se le cortó la suya por su propia espada que se afilaba contra la verdad, separándose así mismo de la verdadera Cabeza” . ¿Cómo podrá enseñar tal padre espiritual la salvación a otros? Si desarrolla una mentalidad herética, se separa de la Cabeza mística de la Iglesia, Cristo.

No olvidemos que, según el bienaventurado Juan de la “Escala”, la transmisión de la Ortodoxia es el objetivo principal del padre espiritual. En sus exhortaciones dirigidas a los pastores, encontramos al santo diciendo lo siguiente: “Sobre todo, deberíais transmitir la fe íntegra y los dogmas piadosos como un legado para vuestros hijos, para que no sólo vuestros hijos, sino también vuestros nietos puedan guiarse hacia el Señor caminando por la vía de la Ortodoxia” .

Así, si el padre espiritual hereje ahuyenta a los fieles cristianos que tienen una mentalidad ortodoxa, entonces el daño recae sobre este padre espiritual incrédulo y enfermo, pues nuestra Iglesia enseña que nuestra obediencia a los padres espirituales debe tener a Cristo en mente.

 Está prohibida la indiferencia o silencio sobre temas de herejía por parte del padre espiritual.

Por lo tanto, basado tanto en la evidencia antes mencionada como en la experiencia eclesiástica, se hace obvio que el peligro de la herejía no sólo yace esperando el establecimiento de la aceptación completa y oficial de los dogmas herejes de un padre espiritual (o de hecho, de un obispo), sino que también yace esperando la creación de un entorno enconado con a) indiferencia a los problemas de la herejía (que es una transgresión pecadora, y una negligencia) y/o b) un intento de disuasión de cualquier oposición a la herejía (es decir, las declaraciones conocidas y totalmente inaceptables de “no hablar sobre asuntos de fe”, o “no hablar sobre el anticristo sino sobre Cristo”, y así sucesivamente, que ascienden a posiciones muy conocidas en la historia de la Iglesia, a menudo sostenidas por los censurables e indiferentes líderes de todos los tiempos). Como un paréntesis, mencionamos que también es un mandato de los padres el preparar a nuestros hijos espirituales para la llegada del anticristo .

Sin lugar a dudas, el Antiguo Testamento reprocha a los pastores del antiguo Israel que eran indiferentes a la protección de su rebaño. El Antiguo Testamento nos cuenta característicamente lo siguiente, por boca del profeta Ezequiel: “Por mi vida, dice Dios, el Señor, que por cuanto mi grey ha sido depredada, y mis ovejas han sido presa de todas las fieras del campo, por falta de pastor; pues mis pastores no cuidaban de mis ovejas, sino que los pastores se apacentaban a sí mismos y no apacentaban a mi grey, por lo tanto, oíd, oh pastores, la palabra de Dios. Así dice Dios, el Señor: ‘Heme aquí contra los pastores; demandaré mis ovejas de su mano y no permitiré que apacienten mi grey; ni tampoco se apacentarán en adelante los pastores a sí mismos; puesto que Yo libraré mis ovejas de su boca, y no les servirán ya de pasto’” .

En el Nuevo Testamento vemos a Cristo criticando a los “ángeles”, es decir, a os obispos de Pérgamo y Tiatira, incluso más duramente porque aunque ellos alimentaban a su rebaño de una forma admirable, no obstante permitieron que los herejes nicolaítas y los falsos profetas (Jezabel) dañaran a su rebaño: “Pero tengo contra ti que toleras a esa mujer Jezabel, que dice ser profetisa y que enseña a mis siervos y los seduce para que cometan fornicación y coman lo sacrificado a los ídolos” . Por otro lado, alaba al reprochable (en algunos temas) “ángel” de Éfeso porque reconoció a los falsos profetas y odió las obras de los herejes nicolaítas: “Esto empero tienes: que aborreces las obras de los nicolaítas, que yo también aborrezco” .

En la práctica, los santos padres reprobarían o encontrarían formas para evitar la práctica de los emperadores de prohibir las conversaciones en materia de Fe, una práctica que pretendía la preservación de la paz política y la unidad del imperio entre ortodoxos y herejes. Durante el transcurso de una de estas discusiones sobre cuestiones cristológicas con el hereje monotelita, entonces patriarca de Constantinopla, Pirro, encontramos a San Máximo el Confesor anulando este silencio en materia de fe que había sido forzado desde el exterior, y respondiendo a Pirro con las siguientes palabras: “¿Qué, entonces? ¿Sólo porque Dios nos llamó a tomar conciencia de su verdad a causa de la intención de nuestros corazones, que Dios conocía de antemano, estas (cosas erróneas) que han sido comunicadas a algunas personas en cuanto a esto, tanto de forma escrita como por palabra, no deberían ser examinadas con gran detalle por amor a toda esa gente que, como sucede, pasan sobre ellas sin poner atención, o incluso si ponen atención son más propensas a errar? PIRRO: Si el examen se propone esto, entonces es necesario hacerlo así. Velar por la seguridad de los que son más inocentes constituye la imitación del divino amor por el hombre”. Esta postura de San Máximo sólo puede ser interpretada como una oposición a la política de silencio impuesto sobre las discusiones cristológicas que se habían establecido con éxito por el decreto “Typos” (648 d. C.) dictado por el emperador monotelita Constancio II .

Consecuentemente, es inadmisible guardar silencio en materia de fe cuando las almas están en peligro a causa de la herejía.

Mencionemos algunos ejemplos sencillos pero relevantes:

a) En nuestros días se observa un renacimiento del origenismo, un neo-origenismo oculto, en forma de exoneración académica de la teología herética de Orígenes, por sus engaños (s. III). Según sus enseñanzas, Orígenes supuestamente no había sido un verdadero hereje pues, según el caso, la Iglesia lo habría condenado mientras aún vivía y no tras su muerte. Supuestamente, su condena durante el cuarto Concilio Ecuménico (año 553), se produjo en gran medida como un intento por ejercer la “diplomacia eclesiástica” para apaciguar los espíritus de los poderosos teólogos anti-origenistas y para restaurar la paz en la Iglesia, particularmente en Tierra Santa, donde la disputa teológica y general entre origenistas y ortodoxos había tomado un giro muy desagradable desde el tiempo de la muerte de San Sava (año 532). A esta enseñanza neo-origenista, que ha infectado a muchos escritos teológicos académicos principalmente, incluso a la enseñanza oral de los teólogos académicos, no debemos olvidar añadir la presentación del engaño origenista para la restauración de todo como un “theologumen” (es decir, como una cuestión que aún es teológicamente incierta). Los santos padres nos advirtieron claramente a no aceptar este engaño sobre la restauración de todo (es decir, que el infierno de los demonios y de los pecadores impenitentes llegará con el tiempo a su fin), pues esto nos hundirá completamente en el pecado, ya que, supuestamente, el infierno no es eterno y consecuentemente, por supuesto, no necesitamos tener miedo de esto. Por el contrario, San Juan Clímaco dice claramente: “Estemos todos atentos, y especialmente los que hemos experimentados caídas, para que nuestro corazón no se afecte con la enfermedad del impío Orígenes. Pues esta detestable enfermedad, expuesta por supuesto por la misericordia de Dios, es bienvenida para todos aquellos que son lujuriosos” . Este es un ejemplo característico de cómo una latente herejía en el cuerpo eclesiástico puede destruir las almas.

b) El conocido libro “Imitación de Cristo”, obra del monje latino Tomás de Kempis, aún es propuesto como un material de lectura edificante para el alma para muchos creyentes cristianos de Grecia, una obra que ha logrado convertirse en un best seller y cuya circulación ha alcanzado en algún momento el segundo lugar tras la Santa Biblia.

Sin embargo, así es como San Ignacio Briatchaninov juzga la espiritalidad de este libro: “Y un ejemplo típico de libro ascético escribo por un autor que en el momento de escribirlo se encontraba en el estado de engaño conocido como “aponoia” (falta de mentalidad ortodoxa y absoluta desvergüenza), podría ser “Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis. Suena como una especie de sutil sensualismo y soberbia que estimula una forma de hedonismo en la gente llena de pasiones, que son cegadas por ellas, a lo cual confunden como un ‘anticipo de la gracia divina’. ¡Ay, almas miserables! ¡Ay, ciegos! […]. Vemos a Francisco de Asís, Ignacio de Loyola y muchos otros ascetas latinos conducidos a un terrible engaño demoníaco análogo al que cayeron los Malpas, y sin embargo los latinos sitúan a estos entre sus santos” .

Si tal escrito de la espiritualidad latina ha alcanzado tal peligroso punto de aceptación pública y propagación en un país ortodoxo, gracias a la ignorancia o indiferencia de los padres espirituales, ¿cuántos más países ortodoxos serán imbuidos con tal espiritualidad herética si no hablamos abiertamente contra los peligros de la espiritualidad occidental herética, racional y emocional?.

 Lo que dice la Santa Biblia sobre la desobediencia loable.

La observación explícita del apóstol Pablo a los Gálatas (Gálatas 1:8-9) (hecha de hecho usando dos veces la acentuación: “como hemos dicho, así digo de nuevo ahora”), a no aceptar ninguna innovación en la predicación del Evangelio, incluso si esta procede de un ángel del cielo o de los mismos apóstoles, elimina abiertamente cualquier noción de “primacía” en manos de individuos sobre la Tradición dentro de la Iglesia (ya que ni si quiera los apóstoles pueden cambiar su Evangelio a posteriori, pues es “de lo alto”), y además sólo nos proporciona suficiente guía sobre lo que sucede cuando nos encontramos obligados a mostrar obediencia a la fe de la Iglesia: debemos de quien altere el antiguo kerygma evangélico (“sea anatema”).

Con relación a otro versículo: “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos, porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta” (Hebreos 13:17, Straubinger), cualquiera puede atender a otro punto digno de mención: el razonamiento tras la obediencia mostrada a “vuestros prepósitos”, es decir los líderes, es que “velan por vuestras almas”; la obediencia no está exenta de condiciones previas. Si, basado en nuestra experiencia eclesiástica, llegamos a la conclusión de que estos prepósitos descuidan su deber, que no cuidan de la salvación de las almas de los que se les han confiado y que ignoran los peligros espirituales y sobre todo el peligro de la herejía, entonces el deber de la obediencia a ellos es abrogado.

Como se ha dicho en consecuencia: “En primer lugar, la Santa Biblia distingue entre buenos y malos pastores, entre verdaderos y genuinos pastores, maestros y profetas por un lado, y falsos pastores y falsos profetas, por otro […]; la obediencia no es indiscriminada sino discriminada” .

Según los santos cánones, el monje debe alejarse de la obediencia a un higumeno hereje.

En la sección del “Pidalion” (esa monumental y reputada colección de los santos cánones complicada por San Nicodemo el Agiorita) donde el santo clarifica el número de razones por las que un monje puede abandonar su monasterio, encontramos mencionada entre ellas la situación en la que el higumeno es un hereje. Refiriéndose a San Basilio el Grande, el santo añade: “Ahora, San Basilio el Grande (Grandes Reglas, 36), perdona a cualquiera la salida de su monasterio sólo por una razón, es decir, cuando (el higumeno) ha sufrido la ruina espiritual, algo que, según (San Basilio) debe ser revelado en primer lugar a los que tienen poder para corregirlo, y si no pueden corregirlo, entonces (el monje) debe separarse de su compañía, no sólo como si abandonara a sus hermanos, sino como a extraños”, y continúa con el resto de las edificantes admoniciones para el alma .

En este caso, también es evidente que si el padre espiritual es un hereje (o es pro-hereje, dependiendo también del grado de su aceptación a la herejía) no sólo no le debemos obediencia, sino que imperativamente debemos distanciarnos de él.

 San Juan Crisóstomo recomienda la desobediencia a los líderes eclesiásticos heréticos.

San Juan Crisóstomo, que está considerado por nuestra Iglesia como “un instrumento inspirado por Dios y un océano inagotable de dogmas” , cuando interpreta el mandato apostólico sobre la obediencia y la sumisión a los líderes, a los higumenos (literalmente, la palabra significa líderes, “vuestros prepósitos”), “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos”, hace las siguientes clarificaciones: “Por ventura alguien puede decirnos que (a parte de la anarquía y la indisciplina) hay un tercer mal, es decir, cuando el guía (de la Iglesia) es malo. También lo sé, y este mal no es pequeño, sino que es mucho peor incluso que la anarquía, pues es mejor no ser guiado por nadie, en vez de ser guiado por alguien malo. Pues el primero (subordina) a muchos a la vez que salvaba, y por otro lado estaba en peligro él mismo, pero el último sin duda permanecerá en peligro, siendo conducido al abismo. Así, ¿cómo dice “obedecer a vuestros prepósitos y sujetaos”?. Después de haber mencionado anteriormente a “aquellos cuya fe debéis seguir, teniendo en cuenta el resultado de sus vidas”, entonces dice “obedeced a vuestros prepósitos y someteos”. Entonces preguntáis, ¿qué sucede cuando este es astuto y no le obedecemos? ¿De qué forma decimos “astuto”? Si tal es este en la fe, evitadlo y alejaos de él, no sólo si es un hombre o si incluso es un ángel venido del cielo (Gálatas 1:8). Si es así a causa de la vida que lleva, entonces no os preocupéis […]. Sin embargo, no pongáis atención a su vida, sino a sus palabras, pues nadie puede ser dañado por su ethos. ¿Por qué? Porque es sencillo para que todos lo vean, e incluso si es astuto más de mil veces, nunca enseñará cosas astutas. Pero cuando sea astuto en la fe, no es esto obvio para todos ni la astucia detendrá su enseñanza. Pues incluso las palabras “no juzguéis para que no seáis juzgados”, se refieren a la vida de alguien y no a la fe” .

 La “escalera” clarifica que el monje que es humilde puede contradecir a los padres en materias de fe.

En la obra de San Juan del Sinaí, la “Escala”, esta grandiosa obra espiritual que ha sido caracterizada como “una obra maestra del ascetismo oriental” en la que “la obediencia tiene un lugar fundamental en la virtud” , se clarifica que se permiten las excepciones a la regla. El bienaventurado Juan menciona característicamente lo siguiente sobre la virtud de la humildad: “No encuentres odio, o cualquier clase de contradicción o cualquier rastro de indisciplina asociada al que está unido a (esta virtud), a no ser que estemos tratando asuntos de fe” .

 El modelo ejemplar de San Gregorio de Decápolis.

San Gregorio de Decápolis, cuya memoria celebramos el 20 de noviembre, y que brilló con su vida durante la segunda mitad del siglo VIII en Decápolis de Isauria, se distinguió por su limosna, su postura sin pretensiones, su obediencia, su humildad y su mansedumbre, ya en sus años de adolescencia, y continuó distinguiéndose igualmente por estas virtudes más tarde, cuando se convirtió en monje. El biógrafo del santo narra que mientras la madre del santo no lo disuadía de convertirse en monje, sin embargo, ella se convenció para entrar en la comunidad de otro monasterio donde su hermano carnal también residía, para luchar espiritualmente juntos, y para que el uno se consolara con la presencia del otro. El biógrafo continúa la narración diciéndonos cómo resultó que el higumeno del monasterio se había convertido en un hereje:“Con el fin de dar consentimiento a la voluntad de su madre, Gregorio fue al monasterio cuyo abad resultó ser un hereje, de alma miserable, y cuando el santo se dio cuenta de esto, no pudo soportarlo, siendo como era un ferviente defensor de la piedad, y lo probó en presencia de toda la comunidad; y (el higumeno), estando lleno de rabia, golpeó al santo, el cual salió del monasterio con sus heridas aún recientes en su cuerpo. Así, acudió a otro monasterio en estado aún sangrante, cuyo higumeno, llamado Simeón, era pariente de su madre, y que también era el archimandrita de todos los monasterios de Decápolis” .

 La enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo.


El sublime San Simeón el Nuevo Teólogo, de quien no podemos decir aquí tanto como quisiéramos, nos dejó algunas de sus maravillosas e inspiradas enseñanzas de su divino Eros, pero también una enseñanza que reprueba el estado del clero de su tiempo. Se cree que San Simeón comenzó una importante revolución espiritual. El padre Ioanis R. escribe: “…hubo un tiempo en la Iglesia en el que la gente era ordenada como clérigo, de tal modo que en la Iglesia antigua no habría sido adecuado promocionar entre los laicos […]. En otras palabras, no tenían la preparación espiritual necesaria pare recibir las santas órdenes. San Simeón el Nuevo Teólogo se rebeló contra esta situación irregular y probó con éxito el porqué la Iglesia lo llamó el Nuevo Teólogo. Desde su tiempo hasta el tiempo de San Gregorio Palamás, tuvo lugar un gran conflicto en la Iglesia con relación al tema de las calificaciones necesarias para la elección de obispos. A causa de la controversia hesicasta, como se llegó a conocer, que fue resuelta por la adopción de la teología de San Simeón el Nuevo Teólogo, se ordenó finalmente que los obispos de la Iglesia deberían ser elegidos de entre el rango de los monjes que siguieran la tradición, iluminación y zeosis hesicasta” .

Así, San Simeón, que es un santo y gigante espiritual de tales proporciones épicas que fue la tercera persona en nuestra Iglesia a la que se le asignó el titulo de Teólogo, tras haber hecho tan importante contribución por su enseñanza ascética, también nos dejó una enseñanza de particular y característica importancia para nuestro tema: “Rogad a Dios con oraciones y lágrimas para que os envíe un guía que sea desapasionado y santo. Al mismo tiempo, estudiad también las divinas Escrituras por vosotros mismos y particularmente los prácticos escritos de los santos padres, para que examinando las enseñanzas y obras de vuestro maestro y líder con estos (escritos) podáis ser capaces de ver y comprender (sus enseñanzas). Y aquellas enseñanzas que estén de acuerdo con las Escrituras, deberíais adoptarlas y llevarlas con devoción en vuestra mente, mientras que las que estén adulteradas y sean extrañas, deberíais aprender a percibirlas como tales y alejaros de ellas, para no ser engañados. Y sabed esto: muchos mentirosos y falsos maestros vendrán en estos días” .

Otra enseñanza, análoga a la mencionada antes, fue salvada en la vida (es decir, en la biografía) de San Simeón, por su discípulo, San Nicetas Stezatos. Cercano al tiempo de su muerte, San Simeón aconsejó a sus discípulos obedecer al sucesor, el higumeno Arsenio, en todo, sólo con una posible excepción: “No toméis de forma errónea sus palabras y hechos, pero en caso de que estuviera en oposición al consenso de los padres, deberíais inclinar vuestras cabezas ante él por el momento. Después, aquellos de vosotros que sobrepaséis a los demás en años, vida, experiencia y palabras, notificadle en privado la razón para impedir la aplicación de sus palabras, de acuerdo con la regla de San Basilio el Grande . Por el bien de Dios, deberíais soportarlo cuando sea doloroso o amargo, sin contradecirlo o repudiarlo, pues el que contradice o lo rechaza, rechaza la autoridad de Dios, como dice Pablo (Romanos 13:2). En verdad, cuando no ha tenido lugar ninguna transgresión de los mandamientos de Dios, de los cánones o las reglas apostólicas, debéis obedecerle en todo y someteros a él como si fuera el Señor mismo. Sin embargo, en las cosas del Evangelio de Cristo y de las leyes de la Iglesia que tengan el peligro de ser anuladas, no sólo no debéis someteros a él cuando os amonesta u os manda, sino incluso a ningún ángel que viniera del cielo y que os evangelice cosas diferentes de las que los testigos oculares del Logos os han evangelizado” .

San Ignacio Briantchaninov a favor de la obediencia cautelosa.

Este conmemorado y celebrado santo y teólogo de la Iglesia rusa del siglo XIX, sobre el que ya hemos mencionado, dedica un capítulo entero en su valioso libro “Una ofrenda al monaquismo contemporáneo”, sobre el tema de “La obediencia a un padre espiritual”. Entre otras muchas referencias, cita de los padres lo que encontramos mencionado en el tema de la obediencia indiscriminada a los padres espirituales impuros, y hace importantes aclaraciones y anotaciones: “La obediencia hace la subordinación entre el que obedece y al que obedece. La Santa Biblia dice: ‘Y así se encelaban los animales a la vista de las varas’ (Génesis 30:39, Straubinger) […]. Alguien podría decir: la fe del subordinado puede reemplazar la insuficiencia del padre espiritual. ¡Qué error! ¡La fe, en verdad salva. La fe causa daño en la mentira y en el engaño diabólico! Esto es dicho por el apóstol. Y de los que voluntariamente peligra, dice: “…para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia” (2ª Tesalonicenses 2:10-12, Straubinger) […]. En nuestros tiempos, observamos una degeneración general del cristianismo. […]. Y es una gran bendición para nosotros, y un gran gozo, el que se nos haya dado la posibilidad de ser alimentados con las migajas que caen de la mesa espiritual de los padres. Las migajas no constituyen el verdadero y adecuado alimento, pero pueden (aun no sin dejarnos con un sentimiento de privación y de hambre), salvarnos de la muerte espiritual” .

Guardemos bien en nuestras manos estas “migajas” que caen de las enseñanzas patrísticas, así como las expuestas anteriormente, para salvarnos del caos teológico así como del relativismo y la sujeción a la herejía, permaneciendo firmemente desobedientes a cualquier tipo de pseudo-obediencia pro-herética. La homilía de San Efrén el Siro sobre la Segunda Venida de Cristo es formidable: “¡Ay de los que contaminan la santa fe con herejías o que se unen a sí mismos a los herejes!” , si esto sucede en los laicos, o incluso más así, si sucede en los clérigos (I).


                                  Catecismo Ortodoxo 

                     http://catecismoortodoxo.blogspot.ca/

Thursday, October 1, 2015

¿Cómo el espíritu penetra en el corazón: la Oración de Jesús ( San Nicodemo el Hagiorita )


Os diré ahora... como debéis guardar vuestro espíritu, es decir, el acto (energía) de vuestro espíritu y vuestro corazón. Sabéis que todo acto mantiene una relación natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que (una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha liberado el acto del espíritu - que tiene por órgano al cerebro - de todos los objetos exteriores del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la imaginación, deberéis llevar nuevamente este acto (energía) a su esencia y a su potencia propia. En otros términos llevaréis el espíritu al centro del corazón -que es, como hemos dicho, el órgano de la esencia y de la potencia del espíritu- y contemplaréis entonces, mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta conversión del espíritu, los principiantes acostumbran practicarla, según la enseñanza de los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno del espíritu al corazón esté exento de desviaciones.

Dionisio el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del alma, llama, a esta conversión, el movimiento circular y sin desviación del espíritu. Del mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del alma, consiste en su entraña en ella misma por el desprendimiento de los objetos exteriores y en la unificación de sus potencias intelectuales, la que le es conferida por su ausencia de desviación, como en un circulo» (Noms divins, cap. 4). Por su lado, el gran Basilio nos dice: «El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios» (Carta 1).

El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada más. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mi».

Pero esto no basta. Debéis, además, poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras. Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está más allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir también de lo sensible y de lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina. De allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de la oración, 56). Que vuestra voluntad se aplique enteramente, por el amor, a las palabras de la oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del alma, serán uno y la unidad comprenderá a los tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa Trinidad, adhiere y se une a su prototipo. Según la expresión de ese gran héroe y doctor de la oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de Tesalónica: «Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo» (Acerca de la oración, 2).



Razones por las cuales se debe retener la respiración durante la oración

Dado que vuestro espíritu -el acto de vuestro espíritu - tiene por costumbre extenderse y dispersarse sobre los objetos sensibles y exteriores del mundo, es necesario que, al pronunciar esta santa oración, no respiréis continuamente como se acostumbra según la naturaleza. Retened un poco vuestra respiración hasta que vuestro verbo interior haya dicho una vez la oración. Entonces respirad, según la enseñanza de los Padres.

* * *

Porque la retención mesurada de la respiración atormenta, comprime y, además, hace penar al corazón que no recibe el aire reclamado por su naturaleza. El espíritu, por su lado, gracias a este método, se recoge más fácilmente y retorna al corazón, por causa, a la vez, del esfuerzo, del dolor del corazón y del placer que nace de ese recuerdo vivo y ardiente de Dios. Pues Dios procura placer y alegría a aquellos que lo recuerdan según las palabras: «Cuando de Dios me acuerdo, gimo» (Sal 76, 4). Aristóteles señaló, por otra parte, que el espíritu se localiza y se recoge en el órgano que experimenta la sensación de pena o de placer.

* * *

Porque la retención mesurada de la respiración vuelve sutil al corazón endurecido y pesado. Los elementos húmedos del corazón, convenientemente comprimidos, calentados, se vuelven más tiernos, más sensibles, humildes, mejor dispuestos para la compunción y más aptos para derramar fácilmente las lágrimas. El cerebro también se utiliza y, al mismo tiempo, el acto del espíritu se hace uniforme, transparente y más apto para la unión que procura la iluminación sobrenatural de Dios.

* * *

La retención mesurada de la respiración comprime y hace sufrir al corazón, y la pena y el dolor le hacen vomitar el anzuelo envenenado del placer y del pecado que había tragado. Según el adagio de los antiguos médicos, lo contrario cura a lo contrario, de allí las palabras de Marco: «El recuerdo de Dios es una pena de Cristo abrasada por la piedad» «cualquiera que olvida a Dios se hace amigo del placer e insensible»; y aún, «el espíritu que ora sin distracción comprime al corazón»; y «a un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia».

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Mediante esta retención mesurada de la respiración, todas las otras potencias del alma se unen también y vuelven al espíritu y, por el espíritu, a Dios, lo que es admirable. Así el hombre ofrece a Dios toda la naturaleza sensible e intelectual, de la que él es el lazo y la síntesis según Gregorio de Tesalónica (Vida de san Pedro, el Atonita).

Afirmo además, que son los principiantes quienes, cuando oran, tienen mayor necesidad de esta retención mesurada de la respiración. Puesto que, si bien pueden penetrar en el corazón a través del verbo interior y permanecer allí, cuando llega el momento de hacer reentrar al espíritu en el corazón, y fijarlo con mayor celo - sobre todo en la etapa de la guerra con las pasiones y los pensamientos- y, por ese retorno orar más integralmente, deben hacerlo recurriendo a la retención mesurada de la respiración.

Tal es, en resumen, la célebre oración a la cual los santos Padres han dado el nombre de oración mental y cordial. Si deseáis saber más, leed en el libro de la santa Filocalia el tratado de san Nicéforo, el discurso de Gregorio de Tesalónica sobre los santos hesicastas y la Centuria de Calixto e Ignacio Xanthopoulos.

Os exhorto calurosamente, fuera de la lectura de las siete horas canónicas cotidianas fijadas por la antigua legislación de la Iglesia, a dedicaros a esta oración cordial y mental y hacer de ella vuestra obra incesante y perpetua. A pronunciar en vuestro corazón el nombre, suave y amable entre todos, de Jesús, a pensar en Jesús en vuestro espíritu, a desear a Jesús y amarlo con vuestra voluntad. A dirigir hacia Jesús todas las potencias de vuestra alma. A buscar cerca de Jesús la misericordia en toda contrición y humildad. Si os es imposible, a causa de las preocupaciones y las inquietudes de este mundo dedicaros a ello sin cesar, por lo menos fijaos una hora o dos, de preferencia hacia la tarde y en un lugar tranquilo y oscuro, para consagraros a esta santa y espiritual ocupación.


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Acerca de la oración de Jesús


Existe, en la vida de las Iglesias de Oriente y de la Iglesia Ortodoxa Rusa en particular, una práctica espiritual de la oración muy profunda: la Oración de Jesús, u Oración del corazón. La misma fue introducida en Rusia hacia mediados del siglo XIV y San Sergio, el fundador del monaquismo ruso, la conocía y la practicaba, así como sus discípulos. Entre ellos, Nil de la Sora es uno de los más conocidos. Otro monje muy conocido, Paisij Velitchkovsky, la difundió y popularizó en el siglo XVIII.

Pero, a través de las Iglesias de Oriente, esta práctica se remonta a la tradición de los Padres griegos de la Edad Media bizantina: Gregorio Palamas, Simeón el Nuevo Teólogo, Máximo el Confesor, Diádoco de Fótice; así como a los Padres del desierto de los primeros siglos: Macario y Evagrio. Algunos la vinculan con los mismos Apóstoles: «Esta oración, dice un texto de la Filocalia, nos viene de los santos apóstoles. Les servía para orar sin interrupción, siguiendo la exhortación de San Pablo a los cristianos de orar sin cesar.

Esta tradición espiritual tuvo sus principales focos de vida en los monasterios del Sinaí a partir del siglo XV, y en el Monte Athos, especialmente en el XIV. Desde fines del siglo XVIII se expandió fuera de los monasterios gracias a una obra, la Philocalie publicada en 1782 por un monje griego, Nicodemo el Hagiorita y editada en ruso, poco después, por Paisij Velitchkovsky. Otra más reciente la popularizó, los "Relatos de un peregrino ruso" (fin del siglo XIX). Ese libro está extensamente difundido en Rusia; fue traducido al francés en 1945 en las ediciones de Seuil y existen dos ediciones en castellano, una de ellas agotada y una muy reciente (Relatos de un Peregrino ruso a su Padre Espiritual. Editora Patria Grande. Bs. As. 1978).

La Oración de Jesús es una corriente de la espiritualidad oriental pero algunos ven en ella, además, el «tipo esencial de la mística ortodoxa" (Boulgakoff). Otro autor se atreve a denominarla: «corazón de la Ortodoxia».

Esta oración consiste en una invocación incesante del Nombre de Jesús, de allí su nombre: Oración de Jesús, Ella encuentra su fuerza en la virtud del Nombre divino, el Nombre de Yahveh en el Antiguo Testamento, el Nombre de Jesús en el Nuevo Testamento, particularmente en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Aquél que invoque el nombre del Señor será salvado» (Hechos, 2, 21). El Nombre es la Persona misma. El nombre de Jesús salva, cura, arroja los espíritus impuros, purifica el corazón. Se trata de «llevar constantemente en el corazón al muy dulce Jesús, de ser inflamado, por el recuerdo incesante de su Nombre bienamado y por un inefable amor hacia él», así se expresa el Padre Paisij Velitchkovsky ( ).

Esta oración se apoya en las exhortaciones apostólicas: «Orad sin cesar…» (1 Tes, t, 17): «Haced en todo tiempo, mediante el Espíritu, toda clase de oraciones…» (Efes. 6, 18); e incluso sobre la parábola de Jesús mostrando que «es necesario orar siempre sin descanso» (Luc. 18, 1); y sobre esta palabra de orden: «Velad y orad en todo tiempo» (Luc. 21, 36).

Dicha oración consiste en repetir sin cesar la fórmula: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador» (según Luc. 18, 38). Se trata del grito del ciego de Jericó que implora a Jesús la curación, y también de la oración del publicano: «Oh Dios, compadécete de mi que soy pecador» (Luc. 18, 13). Es también el Kyrie eleison -Señor, ten piedad de nosotros- de la liturgia. "La forma primitiva de la Oración de Jesús, dice Meyendorf, parece ser el Kyrie eleison cuya repetición constante en las liturgias orientales remonta también a los Padres del desierto ( ).

Las palabras de la fórmula pueden variar, pero se recomienda aplicarse a una fórmula breve y fija. «Esto tomará el nombre de «oración monológica» «Qué vuestra oración ignore toda multiplicidad: una sola palabra bastó al publicano y al hijo pródigo para obtener el perdón de Dios. Que no exista afectación en las palabras de vuestrra oración: ¡Cuántas veces los balbuceos simples y monótonos de los niños conmueven a sus padres! No os lancéis en largos discursos para disipar vuestro espíritu en la búsqueda de palabras. Una sola palabra del Publicano conmovió la misericordia de Dios: una sola palabra llena de fe salvó al Ladrón. La prolijidad en la oración a menudo llena al espíritu de imágenes y lo disipa, mientras que a menudo una sola palabra (fonología) tiene por efecto recogerlo.


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Wednesday, September 30, 2015

Breve relato de su vida, San Andrés el loco en Cristo ( San Nicolás Velimirovich )


Festividad: 2 de octubre en las Iglesias eslavas y 28 de mayo en la Iglesia griega


Breve relato de su vida, por San Nicolás Velimirovich

Andrés era eslavo de nacimiento. De joven fue esclavizado y fue comprado por Teognosto, un hombre rico de Constantinopla, durante el reinado del emperador León el Sabio (hijo del emperador Basilio el Macedonio). Andrés era bello de cuerpo y alma. Teognosto tomó cariño a Andrés y le permitió ser libre. Andrés oraba fervientemente a Dios y asistía con amor a los oficios de la Iglesia. Obedeciendo a una revelación celestial, adoptó la ascesis de la locura en Cristo. Una vez, cuando iba al pozo a por agua, se arrancó la ropa y la cortó con un cuchillo, fingiendo locura. Entristecido por esto, su amo Teognosto lo encadenó y lo condujo a la Iglesia de Santa Anastasía la Liberadora de los Venenos, para que se hicieran oraciones por él. Pero Andrés no mejoraba, y su amo lo liberó por enfermo mental. Andrés fingía la locura durante el día, pero oraba a Dios durante toda la noche. Vivió sin techo. Incluso pasaba las noches a la intemperie, caminando medio desnudo con una sola prenda hecha jirones, y solo comía un poco de pan, cuando los hombres de bien se lo daban. Compartía todo lo que recibía con los mendigos, y se burlaba de ellos para que no le agradecieran nada, pues San Andrés quería que su recompensa solo procediera de Dios. Así pues, la grandísima gracia de Dios entró en él y fue capaz de discernir los secretos de los hombres, percibir ángeles y demonios, exorcizar a los demonios de los hombres, y corregir a los hombres de sus pecados.



Andrés tuvo una maravillosa visión del paraíso y de los poderes celestiales. También vio a Cristo el Señor sentado en su trono de gloria; y con su discípulo Epifanio, vio a la Santísima Theotokos, en la Iglesia de las Blanquernas, cómo cubría a los cristianos con su velo protector. Esta aparición se celebra en la fiesta de la Protección de la Theotokos (14 de octubre/ 1 de octubre). En una visión también escuchó inefables palabras celestiales que no se atrevió a decir a los hombres. Después de una vida de incomparable dureza en la ascesis, Andrés entró en el descanso de la gloria eterna de su Señor en el año 911.



Visión de San Andrés el Loco en Cristo 1.

Un monje de Constantinopla se distinguía como asceta y padre espiritual, y mucha gente acudía a él para pedirle oraciones. Pero este monje tenía el vicio secreto de la avaricia. Recogía dinero pero no lo daba a nadie. San Andrés se encontró con él un día por la calle y vio una terrible serpiente enroscada alrededor de su cuello. San Andrés se apiadó de él, se le acercó, y comenzó a aconsejarle: “Hermano, ¿por qué has perdido tu alma? ¿Por qué te has unido con el demonio de la avaricia? ¿Por qué le has concedido un lugar donde residir dentro de ti? ¿Por qué amasas riquezas como si fueran a ir a la tumba contigo, y no las pones en manos de los pobres? ¿Por qué te estrangulas a ti mismo por la tacañería? ¡Mientras que otros pasan hambre y sed y perecen por el frío, tú te regocijas viendo tu montón de riquezas! ¿Es este el camino del arrepentimiento? ¿Es este el rango monástico? ¿Ves a tu demonio?”. A causa de esto, los ojos espirituales del monje se abrieron, y vio al horrible demonio y se horrorizó. El demonio se alejó del monje y huyó impulsado por el poder de San Andrés. Entonces, un radiante ángel de Dios se le apareció al monje, pues su corazón fue cambiado por el bien. A continuación comenzó a distribuir su oro atesorado entre los pobres y necesitados. Y desde entonces, complació a Dios en todo y fue más glorificado que antes.



Visión de San Andrés el Loco en Cristo 2.

Una vez, San Andrés estaba sentado con su discípulo Epifanio, hablando sobre la salvación del alma. En ese momento, un demonio se acercó a Epifanio y comenzó a disponer engaños en sus pensamientos para distraerlo, pero no se atrevió a acercarse a San Andrés. Andrés gritó: “¡Apártate de aquí, impuro enemigo!”. El demonio se echó hacia atrás y respondió maliciosamente: “¡Eres mi adversario, sin parangón en toda Constantinopla!”. Andrés no lo expulsó de inmediato, sino que le permitió hablar. Y el diablo comenzó a decir: “Siento que llega el momento en que mi trabajo terminará. En ese momento, los hombres serán peores que yo, serán como niños peores que los adultos. Así, descansaré y ya no enseñaré nada más a los hombres, ya que ellos mismos llevarán a cabo mi voluntad en todas las cosas. Andrés le preguntó: “¿De qué pecados te regocijas más?”. El demonio respondió: “Del servicio a los ídolos, de la calumnia, de la malicia contra el prójimo, del pecado de la sodomía, de la embriaguez y de la avaricia. De estos me regocijo más”. Además, Andrés le preguntó: “¿Y cómo soportas que alguien que primeramente te servía ahora te rechaza y rechace tus obras?”. El demonio le respondió: “Tú lo sabes mejor que yo; resulta difícil soportarlo, pero nos consolamos por esto: probablemente volverán a mi muchos de los que me han rechazado y se han vuelto a Dios. Así, pues, volverán de nuevo a mí”. Después de que el espíritu maligno dijera esto y muchas cosas más, San Andrés sopló sobre él y desapareció.



Visión de San Andrés el Loco en Cristo 3.

Un día, San Andrés iba caminando por las calles de Constantinopla y vio un gran y espléndido funeral. Un hombre rico había muerto y su cortejo era magnífico. Pero cuando miró más de cerca, vio una gran cantidad de hombrecitos negros saltando alegremente alrededor del cadáver; uno, sonriendo como una prostituta, otro, ladrando como un perro, un tercero, gruñendo como un cerdo y un cuarto, vertiendo algo sucio sobre el cuerpo. Y se burlaban de las plañideras diciendo: “Estáis cantando sobre un perro”. Andrés, maravillado, preguntó lo que había hecho ese hombre. Volviéndose, vio a un apuesto joven llorando detrás de un muro. “Por el bien del Dios del cielo y la tierra, dime la razón de tus lágrimas”, dijo San Andrés. Entonces el joven le dijo que había sido el ángel guardián del hombre fallecido, pero que este hombre, por sus pecados, había ofendido gravemente a Dios, despreciando el consejo de su ángel y entregándose por completo a los negros demonios. Y el ángel le dijo que este hombre fue un gran pecador impenitente: un mentiroso, enemigo de los hombres, un avaro, un derramador de sangre y un hombre disoluto que había conducido a la inmoralidad a trescientas almas. En vano era honrado por el emperador y respetado por la gente. En vano era este gran funeral. La muerte lo había sorprendido sin arrepentirse, y la cosecha había llegado sin aviso.


                         
Visión de San Andrés el Loco en Cristo 4.

San Pablo no fue el único en ser arrebatado al paraíso y escuchar “palabras inefables” (2ª Corintios 12:4). Más de ochocientos cincuenta años después de San Pablo, le sucedió también a San Andrés. Una noche de invierno, San Andrés yacía entre los perros en un muladar, calentando su cuerpo congelado. Un ángel se le apareció y fue arrebatado hasta el paraíso (si en el cuerpo o fuera del cuerpo, San Andrés mismo era incapaz de explicarlo), y permaneció durante dos semanas en el mundo celestial, siendo conducido hasta el tercer cielo. “Me vi a mí mismo revestido con brillantes y resplandecientes vestiduras, con una corona de flores en la cabeza y ceñido con un regio ceñidor, y me regocijé grandemente por su belleza, y mi mente se maravilló, así como mi corazón, por la inefable belleza del paraíso de Dios, y caminé allí con gran alegría”. Después de esto, San Andrés escribe sobre cómo vio a Cristo el Señor: “Y cuando una mano llameante deslizó la cortina, vi a mi Señor como el profeta Isaías lo vio en otro tiempo, sentado sobre un trono alto y sublime, rodeado de serafines. Estaba revestido con una vestidura roja, su rostro resplandecía y sus ojos se posaron sobre mí con gran regocijo. Viéndole, me postré ante él, adorándolo ante el trono de su inefable gloria. No tengo palabras para expresar el gozo que se apoderó de mí al ver su rostro, y ahora, recordando esta visión, estoy lleno de un gozo inexplicable. Y escuché a mi Creador misericordioso decirme tres palabras con sus dulcísimos y purísimos labios, que endulzaron y enardecieron mi corazón lleno de amor por Él y me derretía como la cera ante tal calidez espiritual”. Cuando San Andrés preguntó después de esto si era posible ver a la Santísima Theotokos de Dios, se me dijo que en aquel momento no estaba en el cielo, pues había descendido a la tierra para ser la ayuda de los pobres y necesitados.



Himno de alabanza de San Andrés

Andrés el loco en Cristo se quedó una noche bajo el firmamento estrellado orando:

“Oh Dios Altísimo, tres Personas en una sola esencia,

salvación y resurrección de las almas que duermen.

Oh dulce Jesús, más dulce que la vida,

Tesoro de alegría y belleza eterna,

Limpia a los pastores, ilumina a los reyes,

Consuela la turbación y santifica al mundo entero.

No te separes de mí, Andrés el Loco en Cristo, pues soy pecador,

Ni de tu santo pueblo, oh Señor”

Oh San Andrés, lleno de la sabiduría de Dios,

Tú que enseñaste al mundo con palabras de locura,

Con el lenguaje del mundo hablaste al mundo,

Y con tu fingida locura glorificaste a Cristo.

Los hombres te despreciaron por tu locura,

Y sus perros se alzaron de sus madrigueras y te persiguieron.

Fuiste el altar de Dios sobre la inmundicia del mundo.

Incensaste al mundo con tus oraciones,

Y el mundo no es digno de esta maravilla.

Gloria a ti, oh Andrés, Loco en Cristo.


Tropario en tono cuarto

Elegiste la locura por el bien de Cristo y te convertiste en un loco astuto. Perseveraste con tu lucha en medio del tormento, y Cristo te condujo al paraíso. Intercede ante Él, oh San Andrés, por los que honramos tu memoria.

Tropario en tono segundo

Por ti, oh Cristo, tu siervo Andrés se hizo un loco en la tierra. Escuchó al apóstol San Pablo proclamando: “Somos locos por Cristo”. Honrando ahora su digna memoria, te suplicamos que salves nuestras almas.

Contaquio en tono primero

Acabaste tu vida en la piedad, oh Andrés loco de Cristo, y fuiste un vaso puro de la Trinidad y compañero de los ángeles. Ahora que honramos tu memoria, suplica ante Cristo, con tu digna intercesión, que conceda la paz y el perdón a nuestras almas.

Contaquio en tono cuarto

Por tu propia voluntad te convertiste en loco, oh Andrés, y aborreciste completamente los encantos de este mundo. Sofocaste la tentación de la carne con el hambre y la sed, con el calor y el amargo frío. Sin eludir la dureza de las estaciones te purificaste como el oro en el crisol. Por eso te suplicamos, oh Andrés Loco en Cristo, que intercedas ante Cristo para que salve nuestras almas.

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La parábola de las Vírgenes ( San Serafín de Sarov )


En la parábola de las Vírgenes prudentes y las Vírgenes necias (Mt. 25,1-13) cuando estas últimas carecieron de aceite, se les dijo: “Id a comprarlo al mercado.” Pero al regresar, ellas encontraron la puerta de la cámara nupcial cerrada y no pudieron entrar. Algunos estiman que la falta de aceite en las Vírgenes necias simboliza la insuficiencia de acciones virtuosas hechas en el curso de su vida. Tal interpretación no es enteramente justa. ¿Qué carencia de acciones virtuosas podía haber ya que ellas eran llamadas vírgenes, aunque necias? La virginidad es una gran virtud, un estado casi angélico, pudiendo reemplazar todas las otras virtudes. Yo, miserable, pienso que les faltaba justamente el Espíritu Santo de Dios. Practicando las virtudes, estas vírgenes, espiritualmente ignorantes, creían que la vida cristiana consistía en estas prácticas. Hemos actuado de una manera virtuosa, hicimos obras piadosas, pensaban ellas, sin inquietarse por haber recibido, o no, la gracia del Espíritu Santo. Sobre este género de vida, basado únicamente en la práctica de virtudes morales, que carece de un examen minucioso para saber si ellas nos aportan – y en qué cantidad – la gracia del Espíritu de Dios, se comentó ya en los libros patrísticos:“Algunos caminos que parecen buenos al principio, conducen al abismo infernal” (Proverbios 14,12).

Hablando de estas vírgenes, Antonio el Grande escribió, en sus Epístolas a los Monjes: “Muchos monjes y vírgenes ignoran completamente la diferencia que existe entre las tres voluntades que actúan en el interior del hombre. La primera es la voluntad de Dios, perfecta y salvadora; la segunda es nuestra propia voluntad humana que, en si, no es ni funesta ni salvadora; en tanto que la tercera – diabólica – es totalmente nefasta. Esta tercera voluntad es la enemiga que obliga al hombre a no practicar la virtud totalmente, o a practicarla por vanidad, o únicamente por el “bien” y no por Cristo. La segunda, nuestra propia voluntad, nos incita a satisfacer nuestros malos instintos o, como la del enemigo, nos enseña a hacer el “bien” en nombre del bien, sin inquietarnos por la gracia que puede adquirirse. En cuanto a la primera voluntad, la de Dios, salvadora, consiste en enseñarnos a hacer el bien únicamente con el objeto de adquirir el Espíritu Santo, tesoro eterno, inagotable al que nada en el mundo puede igualar.

Justamente era la gracia del Espíritu Santo, simbolizada por el aceite, la que hacía falta a las Vírgenes necias. Ellas son llamadas “necias” porque no se inquietaban por el fruto esencial de la virtud, que es la gracia del Espíritu Santo, sin la cual nadie puede salvarse, ya que “toda alma será vivificada por el Espíritu Santo a fin de ser iluminada por el misterio sagrado de la Unidad Trina” (Antífona antes del Evangelio de los Maitines). El Espíritu Santo mismo viene a habitar en nuestras almas; y esta residencia y la coexistencia en nosotros del Todopoderoso, de su Unidad Trina con nuestro espíritu, no nos es dado más que a condición de trabajar, por todos los medios en nuestro poder, para la obtención del Espíritu Santo que prepara en nosotros una morada digna de este encuentro, de acuerdo con la palabra inmutable de Dios: “llegaré y habitaré en medio de ellos; y seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (2 Cor. 6,16; Lv. 26,11-12; Ez. 37,27). Este es el aceite que las prudentes tenían en sus lámparas, aceite capaz de iluminar muchas horas, permitiendo esperar la llegada, a medianoche, del Esposo, y la entrada con El, en la cámara nupcial del goce eterno.

En cuanto a las Vírgenes necias, viendo que la luz de sus lámparas estaba por extinguirse, fueron al mercado en busca de aceite, pero no tuvieron tiempo de regresar. La puerta estaba cerrada. El mercado es nuestra vida. La puerta de la cámara nupcial, cerrada e impidiendo el acceso al Esposo, es nuestra muerte humana; las vírgenes, las prudentes y las necias, son las almas cristianas. El aceite no simboliza nuestras acciones sino la gracia por medio de la cual el Espíritu Santo llena nuestro ser, transformando: lo corruptible en incorruptible, la muerte física en vida espiritual, las tinieblas en luz, el establo donde están encadenadas, como las bestias nuestras pasiones, en templo de Dios, en cámara nupcial donde reencontramos a Nuestro Señor, Creador y Salvador, Esposo de nuestras almas. Grande es la compasión que Dios tiene por nuestra desgracia, es decir por nuestra negligencia hacia Su solicitud. El dijo: ” Estoy en la puerta y golpeo…” (Ap. 3,20), entendiendo por “puerta” el devenir de nuestra vida aún no detenido por la muerte.


San Serafín de Sarov 

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“Todos los pecados nos han humillado y nos han sometido al diablo para que veamos nuestra servidumbre. Mas cuantos se conocen a sí mismos y a su estado, estos vencen al maligno que los ha desviado” ( Padre Cleopa Ilie )


“Todos los pecados nos han humillado y nos han sometido al diablo para que veamos nuestra servidumbre. Mas cuantos se conocen a sí mismos y a su estado, estos vencen al maligno que los ha desviado”

Había un hombre solitario, un gran hesicasta, en el desierto de Alejandría, cuyo nombre era Hilarión. Tenía casi cien años. Oró a Dios durante mucho tiempo: “Señor, enséñame cómo engaña el diablo a los hombres, para que yo, cuando venga la gente aquí les diga: ‘Buenos hombres, mirad cómo debéis protegeros, de esta manera…’. ¿Cuál es la forma y el método para desviar a los hombres del camino recto y hacerlos siervos del pecado conduciéndolos al infierno? ¿Cómo obtiene el maligno más almas para el infierno que los ángeles de la guarda para el reino de los cielos?” Este padre solitario rezó durante un año, dos y tres y Dios no le contestaba.

Una noche, mientras oraba, siendo plena noche, la luna brillaba fuera como si fuera de día. La puerta se abrió y entró el ángel del Señor. Era un joven muy hermoso, con una corona de oro sobre la cabeza y sobre la frente. Tenía un bastón de oro en la mano y una vestidura resplandeciente.

Así, le preguntó: “¿Padre, que es lo que reza?”

“Siendo sincero, ruego al Salvador que me enseñe cómo engaña el diablo a los hombres y se los lleva al infierno”.

Mira padre: coge la Santa Cruz en tu mano, coge tu bastón, hazte la señal de la cruz, sal de la celda, vete hasta el monte más cercano y cuando llegues allí sitúate al lado de un árbol. Pero no te asustes de lo que veas y oigas esta noche en el monte. Escríbelo para que quede para las generaciones venideras, para que sepan cómo engaña el diablo a la gente. No te asustes, porque verás cosas espantosas”.

Y el ángel desapareció.

El monje obedeció el mandato de protegerse con la Santa Cruz, y supo que la llamada era de Dios. Mientras iba de camino iba recitando de memorias oraciones y llegó así al monte. Había allí un gran silencio. Aquella noche no había ningún viento. Solo se veía la luna y las estrellas. El anciano fue al lado de un árbol y se quedó observando.

De repente vio cómo en medio del monte apareció una sede, un trono imperial. Resplandecía como la llama del fuego y al verlo se maravillo. Después vio llegar al demonio y este se sentó en el trono.

Tenía los hombros semejantes a un yunque. Su piel era oscura, y su bello como el pelo de un oso. Tenía pezuñas fuertes y cuatro pares de cuernos, además de una cola de unos 70 metros. Sus ojos eran como dos luceros, mientras que de su boca salía una llama de fuego enorme. Tenía ceñida una corona hecha solo de serpientes y sujetaba con la mano un bastón con forma de dragón.

Cuando el anciano lo vio se santiguó con la Santa Cruz. Satanás se sentó en aquel trono y dio tres palmadas. Cuando terminó de darlas, el aire se llenó de tropas diabólicas. Aparecieron millones de destacamentos, regimientos y batallones de diablos. Estaban situados por encima del monte, cubierto hasta el cielo. Al lado del diablo habían grandes generales, con tres pares de cuernos, con la espalda ancha, como de unos tres metros, como nunca antes había visto.

Cuando el monje vio toda esta armada infernal, y tantos diablos juntos, recordó la palabra del ángel que le había dicho: “No temas”, por lo cual se armó con la Santa Cruz y esperó atento.

Se reunían demonios como la arena del mar, y en todos lados se veían tropas de diablos. Así, puesto en pie Satanás, dijo:

-Atendedme diablos. Os he reunido aquí, a media noche, porque quiero probaros. Tenéis que darme una prueba importante. ¿Sabéis por qué os he llamado?

Y dijo uno: -¡No lo sabemos, amo!

– Mirad porqué os he llamado aquí. Que cada uno de vosotros me diga: ¿quién de entre vosotros sabe la mejor forma para engañar a la gente y llevarla a mi reino? Que cada uno me enseñe cómo engaña y cómo entorpece al hombre y lo conduce al castigo eterno y a nuestro reino. ¿Cuál es el método, cuál es vuestra destreza?, pues vuestra labor en el mundo es la de engañar a las almas. Quiero ver cuán astutos sois engañando a las almas de las personas.

El que me asombre, el que me diga el mejor consejo para engañar al hombre como yo pienso, le entregaré durante tres minutos el reino del infierno, lo pondré tres minutos en mi lugar y lo convertiré en un gran general por encima de los demás.

Todos temblaban, estaban terriblemente atemorizados. Esperaban y temblaban ante él en el aire y en tierra. Así, salió un demonio escuálido con una pequeña barba, y con dos pequeños cuernos como los del corzo del bosque. Sus ojos estaban desencajados y su nariz colgaba como una serpiente.

-¡Salve, oh Oscuridad!

-¿Cómo te llamas, esclavo?

-Agiutza me llamo

-Agiutza, ¿cómo engañas tú a la gente y la conduces al infierno?

-Oh Oscuridad, yo le digo a la gente: “Buen hombre, acude a la iglesia, al monasterio, ayuna, pero no te lleves mal con el diablo. Acudid a las bodas con su música, acudid a los bailes, a las tabernas, ved la televisión, fumad, haced de todo. Sois personas, y tenéis que vivir la vida. Obedeced a Dios pero no rompáis vuestra relación con el diablo.

Con este método he engañado a muchos. Les hago ver que no tengo otra intención. Los ángeles del paraíso tienen poder de Dios para hacer que los hombres sólo quieran obrar rectamente. Nosotros tenemos el poder de concederles hacer sólo malas acciones. Pero no podemos obligarlos, porque Dios le ha dado poder al hombre para dominarse a sí mismo. No podemos obligarlos a pecar, pero son ignorantes y escuchan los pensamientos que les ofrecemos. Y así he engañado a muchos. Cuando salen de la iglesia, muchos acuden a las tabernas. Allí se reúnen con sus parientes y amigos.

Deposito estos pensamientos en los hombres y creen que son sus pensamientos: “Voy a tomar una cerveza, voy a beber aguardiente”. Uno coge un cigarro, y viene un músico a cantarle algo. “¡Salud, compadre. Bebe y ten suerte!”. Por ese motivo el hombre tropieza, y no le ha servido de nada el que por la mañana fuera a la iglesia, ya que por la tarde ha vuelto ha nuestro servicio. Así hago con cada uno.

Satanás le preguntó:

-¿Has engañado a muchos?

-¡Salve, oh Oscuridad, he engañado a muchos!

-Has engañado a los más negligentes pero no has hecho ninguna hazaña.

-¿Por qué, oh Oscuridad?

-Tú le dices al hombre que vaya a la iglesia, que acuda a las tabernas, que vaya a fiestas, que vaya a los santos lugares, que lea y que rece, y que se entregue a distracciones prohibidas, pero Cristo le dice en el Evangelio: “¡Nadie puede servir a dos señores. Pues acudirá a uno e ignorará al otro. Escuchará a uno y al otro lo desobedecerá”. Tú lo has estimulado, pero el hombre no se ha separado espiritualmente; se desvía a veces, y después de un tiempo viene el ángel y le llama la atención: “Oh hombre, no puedes andar por dos caminos; o bien sigues al diablo o bien a Dios”. El hombre tiene miedo de que Dios lo desampare. Me quedo con él porque no hay salvación yendo por dos caminos”. Se tambalea, pero… luego ya no acude a la taberna, acude al sacerdote y se confiesa. No has ganado mucho, no has hecho gran cosa. ¿Te ha sucedido como digo?

-Sí que me ha sucedido.

¡Has visto! Te he dicho que has engañado a los que son más ignorantes que tú. Que sepas que no has dado buena respuesta.

Y llamó a un demonio de grandes espaldas, que medía unos tres o cuatro metros, y que tenía cuatro pares de cuernos, y le dijo: ‘Llévatelo a la espalda”. Llamó a otro con un látigo de fuego y le dijo: ‘Azótalo fuerte, y envíalo al infierno’. El infierno es un abismo de fuego negro, miles de millones de veces más caliente que el fuego de la tierra. Lo azotó severamente y lo envió allí. ¡Lo azotó en ved de agradecerle el prestarse a la prueba! Al demonio no le gustó su sugerencia. Buscaba algo mejor. Así, los demás temblaron todavía más.

-Que salga otro y que me diga cómo engaña.

Salió uno con el bello canoso, con dos pares de cuernos, horrible igual que el anterior, con orejas de asno, con las piernas dobladas, con rabo… Salió delante de él y le dijo:

-¡Salve, oh Oscuridad!

-¿Cómo te llamas, anciano?

-Me llamo Scarabutza

-Explícame, Scarabutza, ¿cómo engañas a los hombres?

-Mirad cómo, oh alteza. Yo le digo al hombre: ¡Oh hombre, no existe Dios, no existe el diablo, no hay ángeles, ni infierno ni paraíso, no hay castigo eterno, ni gloria eterna. Todo eso está en el mundo! Si tienes qué comer y qué beber, y tienes mucho dinero, si la gente te honra, si tienes casa, y tienes riquezas, he ahí el paraíso. Y si no tienes nada de eso, ahí tienes el infierno. Pues eso es todo lo que hay en el mundo.

– ¿Y te han escuchado muchos?

– Muchísimos.

– Eres más estúpido que el primero, pues has engañado a los más ignorantes que tú. Yo sé que has engañado, pero a los más ignorantes, porque los que conocen las Santas Escrituras, a esos no los puedes engañar. Porque las Escrituras le dicen al hombre que hay Dios, que hay diablo, que existen los ángeles, que existe el infierno y el paraíso, que existe el castigo eterno y la gloria eterna, que hay castigo para el pecado y hay recompensa por las buenas obras en el cielo. ¿Qué les dices tú? Cuando la Escritura lo dice, y también los profetas y los apóstoles, ¿puedes tú engañar al hombre y decirle tus mentiras de que no hay Dios ni diablo? Las Escrituras están llenas de este tipo de enseñanzas y los que las leen no te creen.

Y aún más. Cuando Dios creó al hombre, puso en su alma y en su cuerpo la percepción divina. Por muy pagano que sea alguien, siente un poder invisible en su alma y también lo siente en la conciencia. Esta le reprime cuando obra el mal, y le regocija cuando obra el bien. Y la voz de la conciencia no es un reflejo de la materia, porque es de naturaleza invisible. La conciencia es la voz de Dios en el hombre y cuando acaba de equivocarse le amonesta diciendo: ¿Por qué has obrado así? Puede que nadie le amoneste. Puede que nadie lo viera cuando hiciera el pecado. En cualquier situación en la que se equivoque, este juez impuesto por Dios primeramente en Adán, llamado conciencia, le reprende enseguida.

Si el pecado es grave, a veces le reprime tan fuertemente, que conduce al hombre a la desesperación. Se cumplen entonces las palabras del salmista, es decir, se debilita su esperanza como la tela de araña y con la fuerte reprimenda con la que asedia el alma, casi pierde la esperanza.

La conciencia se mancha en gran medida con los numerosos pecados, y reprime tan fuertemente al hombre, que puede convertirse en un gran tormento. A causa de la conciencia no puede comer, ni tampoco dormir. No tiene paz y no puede rezar. La conciencia corroe y desgasta como la carcoma en la madera. “¿Por qué has obrado así, porque has encolerizado a Dios con semejante pecado?”.

Así que de nada sirve que le digas que no hay Dios, porque la conciencia le dice y la Escritura le confirma. Tú dices que enseñas al hombre que no hay Dios ni diablo, que no hay ángeles, ni tampoco infierno, que no hay paraíso. Pero la conciencia le dice que sí y la Escritura está llena de testimonios donde puede ver que existe Dios, que hay ángeles, castigo eterno y gloria eterna.

Y Satanás dijo al que le informaba, y que presumía de que con este consejo engañaba a mucha gente: “Pero tú eres ignorante, y no aportas mucho para el reino del infierno. No reportas muchos beneficios. No has obrado muy bien Scarabutza. Que se lo lleve el demonio de grandes espaldas, que lo azote hasta la saciedad. Entregadlo al infierno, pues es ignorante, y así, no ha obtenido almas suficientes para mi reino. ¡Que acuda otro ante mi presencia!.

Así, a este segundo diablo que salió a exponer sus obras delante de Satanás, le sucedió igual que al primero, que enseñaba al hombre a ir a la iglesia, a las tabernas, y que aceptara a Dios y al diablo. En vez de alabarlo y ponerlo como gobernador de las tropas diabólicas, lo castigó y lo avergonzó, enviándolo al fondo del infierno por ignorante, y por no saber engañar a la gente. ¡Engaña, pero engaña a pocos y muy pocas almas son conducidas al infierno!.

Satanás, sentado en el trono, esperó a que saliera otro a exponer sus argumentos, y dijo:

-Si el tercero que salga me sorprende y me cuenta un plan para obtener almas para el reino del infierno, mejor que los anteriores, entonces le pondré al frente de muchas tropas diabólicas y le pondré en mi lugar durante tres minutos.

Después de decir esto, ninguno de entre los innumerables diablos quiso salir, porque temían obtener el mismo resultado que los otros dos, pues en vez de alabanzas, obtuvieron castigo y los envió a lo más hondo del infierno. Se produjo un gran silencio entre los millones de demonios que había en el bosque de aquel monte.

Incluso así, después de un tiempo salió un anciano jorobado, con tres pares de cuernos, una nariz doblada, una pata de pato y otra de caballo.

Tenía la marca del infierno en su frente, y una cola muy larga. Saliendo, se puso delante de Satanás, que estaba sentado en medio de monte y le dijo:

-¡Salve, oh Oscuridad!

Satanás le preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Sarsaila.

-Te veo viejo y jorobado. Me parece a mí que tú sabes algún truco para engañar a las almas y llevarlas a mi reino.

-Su Oscuridad no sabe lo que yo sé.

-Veamos anciano. Me parece que eres un gran maestro engañando a las almas.

-Ciertamente sí. Tengo experiencia porque he envejecido luchando con las almas de la gente durante miles de años, por lo cual, he conducido muchas almas al infierno. Así como en el invierno caen los copos de nieve, así hago bajar las almas al infierno cada día.

-¿Cómo has conseguido traer tantas almas a mi reino?

-El hombre cree que yo soy ignorante como Agiutza, que le dice: “Acude a la iglesia, ve a la taberna”, o como el otro que le insinúa: “No hay Dios ni tampoco diablo”. La percepción de Dios está sembrada en la conciencia del hombre. Yo le digo: “Oh hombre, Dios existe y también los ángeles. Existe el castigo eterno para el pecado, y la gloria eterna para las buenas obras, pero todavía hay tiempo. No seas necio. ¿Quieres empezar desde hoy a hacer buenas obras?. Si es niño le digo: “Deja eso para cuando seas mayor”. Si es joven, le digo: “Vamos amigo, ahora tienes que vivir. Vive tu juventud, cásate, pásalo bien en este mundo”. Si viene el ángel y le dice: “reza”, yo le digo: “No pierdas tu juventud para nada, pues la vida hay que vivirla. Después de casarte y procurarte un hogar, podrás hacer buenas obras. Ahora come, bebe, diviértete, haz cosas perversas porque para eso eres joven. Dios te perdonará, porque Él conoce la impotencia del hombre. El arrepentimiento lo puedes dejar para el año que viene, para más adelante”. Enseño al hombre a retrasar el arrepentimiento de hoy para mañana, y el de mañana, para el día siguiente. Cuando ve a un pobre, el ángel le dice: “dale limosna”, pero yo le digo: “no le des nada porque este no es pobre. ¿Le darás todo tu dinero a los holgazanes? Ya les darás cuando tengas en abundancia. ¿Qué limosna quieres dar ahora? Detente. Déjalo para cuando venga un pobre de verdad. Entonces harás limosna”. Y así, el pobre ya no acude más a él.

El ángel le dice: “Haz penitencia, deja el pecado”, pero yo le digo: “Harás penitencia cuando te aproximes a la muerte. ¿Quieres hacer ahora penitencia para que la gente se burle de ti? ¿Quieres que digan que has enloquecido como las ancianas? ¿Quieres rezar? ¿Quieres perder demasiadas horas rezando a Dios? Ahora tienes trabajo. Debes criar a tus hijos, construir una casa, preparar la dote para tus hijas, casarlas. Tienes mucho trabajo. Así, lo enloquezco con las preocupaciones de la vida y le digo: “Déjalo para otro momento”. Y si viene el ángel y le dice: “Confiesa, oh hombre, deja el pecado, deja el adulterio, deja la embriaguez, abandona el tabaco, aleja de ti las injurias”, pero yo le digo: “Hazlo más adelante, cuando esté cercana la muerte. Entonces, confiésate a un sacerdote, te dará la absolución y ya está. La Escritura dice que debes ser bueno al final, haciendo el bien en los últimos momentos, pero hasta entonces puedes disfrutar tu vida”. Cuando el ángel le dice: “Oh hombre, reza una letanía por los difuntos”, yo le digo: “No seas necio. Ahora tienes que vestir a tus hijos, tienes que casarlos, y tienes todo lo demás”.

El ángel viene y le dice: “Oh hombre, guarda los grandes ayunos del año, los miércoles y los viernes”, pero yo le digo: “no hagas eso, o perderás tu salud. Tienes que trabajar, obtener riquezas, debes criar a tus hijos. Cuando te jubiles, entonces ayunarás”. Ya sean hombres o mujeres, pues todos tienen costumbre de fumar, les dice el ángel: “Hermanos, abandonad el tabaco, pues enfermaréis, pues el humo os intoxica. Enfermaréis a vuestros hijos, gastaréis dinero para nada, ¿no veis que es caro?, pero yo les digo: “Oh hombre, te has gastado dinero en esta cajetilla de tabaco y no debes tirarlo. Te has gastado tu dinero en él y debes terminarlo”.

Así mismo, el ángel le dice al borracho: “Oh hombre, abandona la taberna, vete a tu casa, pues allí te esperan tu mujer y tus hijos”, pero yo le digo: “Mas tarde dejarás la bebida, pero ahora te encuentras con tu consuegro y te invitará a beber. Por eso no debes perder la ocasión”.

Por la mañana, el ángel de la guarda le susurra: “Oh Hombre, levántate media hora antes y lee las oraciones de la mañana y también tendrás tiempo para rezar el Akacisto a la Theotokos. Eres joven y puedes hacer muchas postraciones, y también te puede quedar tiempo para hacer algún catisma del salterio”, pero yo voy y le susurro por el otro lado: “¿Sabes lo dulce que es el sueño por la mañana? Duerme cinco minutos más y luego te levantarás”. Así, se da media vuelta y cuando se levanta, dice: “Es tardísimo. Debo ir a trabajar, debo llevar a mis hijos a la escuela, tengo que dar de comer a los animales de mi corral”. Aun así, le digo: “No pasa nada, déjalo para cuando vuelvas de trabajar, y así tendrás más tiempo”. Y cuando vuelve, el ángel le dice de nuevo: “Oh hombre, no has rezado por la mañana. Reza al menos ahora media hora”, mas yo voy y le susurro: “Oh hombre, ahora tienes hambre, y debes recobrar las fuerzas”. Luego, después de comer le digo: “Con el estómago lleno no puedes rezar porque estás cansado. Descansa ahora y luego rezarás”. Cuando ha descansado y se despierta dice: “Es muy tarde. Tengo que lavar, tengo que limpiar la casa, pues viene la mujer y los hijos. Tengo que reparar el coche, tengo muchas obligaciones”. Y yo le digo: “No pasa nada. Déjalo y ya rezarás por la noche”.

Cuando llega la noche y termina el trabajo, viene de nuevo el ángel y le dice: “Oh hombre, no has rezado en todo el día, por lo menos reza una hora o dos, o lee un libro piadoso”, pero yo, Sarsaila, voy y le digo: “Oh hombre, ahora rezarás, pero mira la televisión un poco, no sea que te pierdas algo importante y puede que aprendas algo útil”. Y si la pone en marcha le susurro: “Ah, la película, el partido de fútbol, el concierto…”. “Veamos si hay algo bueno en la televisión y luego hago mis oraciones”. Y pasa media hora, una hora, dos, tres, cuatro, cinco… y llega la media noche. “¿Qué hora es? ¡Madre mía, son las doce! Pues a esta hora solamente rezan los monjes en los monasterios. Lo dejaré para cuando me despierte por la mañana”. Y cuando llega la mañana empiezo desde el principio.

Cuando es un día festivo, viene de repente el ángel y le dice: “Oh hombre, hoy es fiesta, ve a la iglesia como todo buen cristiano”, pero yo voy y le susurro: “Pobre de ti, toda la semana has trabajado, has aprendido, estás cansado, quédate y descansa, mira la tele, arregla el coche. ¿No sabes qué hay en la iglesia? Pues hay mucha gente, tienes que estar de pie, y en tu casa descansas en tu sillón. Ahí puedes fumar, tomarte un café, y podrás ir a la iglesia el domingo siguiente, el domingo de Pascua, el día de Navidad. Déjalo ahora, porque ya has ido suficiente”.

De este modo me escuchan todos y las buenas obras las aplazan para el día siguiente. La Santa Escritura enseña de otra forma. El Espíritu Santo alienta a la gente diciendo: “Si escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestros corazones”. La voz de Dios en el hombres es la conciencia que lo reprende por el pecado y le dice: “¡Oh hombre, aléjate del pecado. Deja de robar, deja de cometer adulterio, abandona la injuria, no cedas a la embriaguez, abandona el tabaco, no cometas malas acciones, ni odies, ni envidies, ni te pelees”.

Dios le reprende y le aliente para hoy, y yo le digo: “Hoy no. Mañana. Hazlo mañana, cuando seas anciano”. Y le dice así: “Dame el día de hoy, y llévate el de mañana”. Y yo obro así, pues el pecado es así con el hombre, como si se cogiera un gran clavo y un martillo y se empezara a clavarlo en una madera de roble seca. Si se le pega un golpe, dos, tres, se puede sacar el clavo fácilmente. Pero si se clava hasta la mitad es más difícil, y si se clava entero, se ha de partir la madera para sacarlo. Lo mismo sucede con el pecado. Se clava en la naturaleza por la costumbre. Y después de acostumbrar al pecador con la pereza y el pecado, entonces espero a un lado y me divierto con él. No necesito hacer nada más. El hombre se acostumbra al pecado y entra en su naturaleza, y así, la costumbre se convierte en su segunda naturaleza. Él sólo acude al pecado, y yo me regocijo, pero, aún así, me cuesta hasta que lo enseño a retrasar las buenas acciones de hoy para mañana, y de mañana, al día siguiente. Del mismo modo, hasta la vejez, hasta el momento de su muerte. Y su retraso se acostumbra por su pecado. Y si el hombre no deja hoy el pecado, si es reciente, cuanto más envejece, más difícil le será librarse de él. ¿Has visto en el cobre el óxido verde? Si limpias el cobre cada día brillará como el oro. Pero si lo dejas tiempo, surge el óxido verde y no se puede limpiar con nada, si no se funde. Así sucede con el alma cuando envejece en el pecado. Si hoy no ha dejado el pecado, que no piense que mañana o al día siguiente le será más fácil dejarlo. Porque a medida que el tiempo va pasando, el pecado envejece, se introduce en la naturaleza; la costumbre se convierte en su segunda naturaleza y el hombre pecará, quiera o no, y con gran dificultad se separará del pecado una vez haya envejecido en él.

La costumbre, según las leyes canónicas de la Iglesia, es el décimo escalón del pecado, siendo el siguiente y penúltimo, el de la desesperación. Y cuando veo que el hombre se ha acostumbrado al pecado, durante un año, dos, diez, los que hagan falta, entonces es mío para siempre. Así consigo engañarlo, pues miles de millones retrasan la penitencia de hoy para mañana y todos llegan a someterse al pecado; pues así, el pecado que no han abandonado hoy, mañana puede arraigarse y cada vez es más difícil abandonarlo. Y cuando el hombre quiere abandonar el pecado, el pecado se alza en su contra y le dice: “¿Cómo eres tan necio, oh hombre? ¿Has vivido siempre conmigo, y ahora quieres abandonarme? ¿Qué te sucede? ¡Ahora debes vivir como te he enseñado y según tienes ya por costumbre”.

Así, oh Oscuridad, este es mi consejo y mi arte, y tengo más tropas en el infierno y miles y miles de aprendices, a quienes he enseñado así, y los envío a la tierra a que susurren al hombre: “Oh hombre, para las buenas obras tienes tiempo. Mañana, al día siguiente, el año que viene, en tu vejez”. Y así, aún tengo éxito. Vaya al infierno, oh Oscuridad, y vea cuántos han descendido allí por este consejo.

Entonces Satanás se levantó de su trono y aplaudió:

-Este consejo de Sarsaila es el mejor. ¡Atended todos, pues este es el mejor! Enseña al hombre a retrasar las buenas obras al día siguiente y a cometer primero el pecado. Pues así se acostumbra primero a pecar y las buenas obras ya no las realiza. Así pues, observad…”

Bajó Satanás del trono e hizo subir a Sarsaila, le puso la corona de serpientes y dijo:

-Atended, oh multitud, cantémosle todos porque ha presentado el mejor consejo: el hacer que el hombre retrase sus buenas obras de hoy para mañana. Cantémosle todos “Larga vida”.

Y todos comenzaron a cantar. Así, retumbaron las montañas. Satanás se quitó la corona y le dijo:

-Bravo, anciano Sarsaila, pues nos has dado un buen consejo. Acudid, multitud de diablos, con el consejo de Sarsaila, para aportar el mayor número posible de almas a mi reino, para que sufran con nosotros por los siglos de los siglos. Si alguien os dice: “Hay Dios”, decidle: “Sí, lo hay, pero deja la buena obra para mañana, o para el día siguiente, o para tu vejez. ¿Quieres confesar hoy mismo? ¿Quieres comulgar hoy? ¿Quieres dar limosna también hoy? ¿No ves que aún tienes tiempo? Déjalo para mañana”. Y si les enseñáis así, os escucharán, se acostumbrarán al pecado y vendrán todos al infierno.

El monje, después de ver y escuchar todo esto, vio cómo Satanás daba tres palmadas y el aire se apagó como una chispa y ya no se vio nada más, ni tampoco se escuchó nada. Se quedó asombrado por lo escuchado, y de cómo prepara el demonio a sus discípulos y a la multitud de diablos del infierno para enseñar a la gente a retrasar la penitencia.

Entonces vino el ángel del Señor y le dijo: “¿Has visto, padre? ¡Has rezado durante tantos años para que Dios te enseñe cómo engaña el diablo a los hombres y cómo los conduce al reino del infierno! ¡Lo has visto con tus propios ojos y lo has escuchado con tus propios oídos! ¡Has visto cómo les dice: “Acudid al monasterio, pero al salir acudid también a la taberna. Otros le dicen que no hay Dios, pero el mejor consejo es el de Sarsaila. Es mejor que retrase las buenas acciones para mañana y que cometa pecados.

Ve a tu celda, coge un cuaderno, toma tu pluma y escribe todo lo que has visto y oído para que quede como testimonio para las generaciones futuras esta trampa del demonio. Pero todos han de saber que el mejor engaño que emplean los demonios para obtener almas para el infierno, es hacer que los hombres retrasen sus buenas acciones para el día siguiente, de la juventud a la vejez, hasta el lecho de muerte, y así poder llevarlos a todos al infierno.

Y así escribió este consejo de los demonios para obtener almas. Yo era un niño de 13 o 14 años cuando leí esto. Y lo recuerdo desde entonces y aún vuelve a mis oídos. Así lo dispuso Dios para que recordéis que, cuando el pensamiento nos enseña a no abandonar el pecado, y a retrasar las buenas obras para el día siguiente, o para cualquier otro momento, esto es obra de Sarsaila.

“¿Has visto el óxido verde en el cobre”?, preguntó San Efrén. El cobre, cuando se oxida, no se puede limpiar, lo mismo que el pecado cuando envejece en el hombre. Cuanto más envejece, cuanto más nos somete, más nos lleva a la perdición temporal y luego a la perdición eterna.

Mas si veis que el ángel dice: “Oh hombre, ve a confesar”, entonces acudid. Si decís que iréis en otro momento, en ese mismo instante os ha engañado Sarsaila. Cuando veáis que la conciencia os dice: “Di todos los pecados desde la infancia, no sea que te mueras y que te quedes sin poder confesar”, y luego viene otro pensamiento, y os dice: “No lo hagas aún, espera”, aquel es el consejo de Sarsaila. Si la conciencia te dice: “Oh hombre, abandona el tabaco, no robes, no bebas, o cualquier otra cosa”, y os viene otro pensamiento, y os dice: “Ay, tengo que vivir la vida, puedo beber un poco, puedo fumar un cigarro”, este es el consejo de Sarsaila. Cuando el ángel os diga: “Levántate a media noche y recita el padre nuestro al menos siete veces y haz siete postraciones”, y luego te viene a la mente esto: “Justo ahora cuando el sueño es más dulce, no lo haré. Lo haré por la mañana, o al día siguiente”, esto es obra de Sarsaila. Así, estemos atentos: cuando aprendamos a retrasar las buenas obras, eso será la obra de Sarsaila, con la cual nos conducirá al infierno.
Cómo nos acostumbramos a trabajar las buenas acciones


Consejos de Abba Zósimo



Alguien viene para aprender un oficio. Al principio hace esfuerzos, estropea el material y muchas veces lo tira, pero no deja de trabajar y comienza de nuevo. Y aunque muchas veces lo estropea, no abandona el trabajo, mostrando al oficial su buena voluntad. y si acaso se hubiera enfadado con algo y lo deja, nunca aprenderá aquel oficio, pero si tiene paciencia y se cansa trabajando, no huirá, aunque sea corregido y amonestado muchas veces, pues con la ayuda de Dios se acostumbrará y lo hará todo sin esfuerzo y con gozo.

Igual sucede con las cosas espirituales. Si alguien quiere hacer buenas obras, no piense que lo hará desde el primer instante, porque es imposible. Es necesario comenzar. Y aunque muchas obras las hará mal, que no abandone por dejadez, porque así no terminará nada, sino que comience de nuevo, así como el que quiere aprender un oficio. Y si soporta muchas veces sin ablandarse, entonces Dios verá su buena voluntad y su esfuerzo, y le concederá obrar sin repulsión, como ya he expuesto. Pues todo se basa en eso: cuando caiga, que no reduzca su lucha espiritual, sino que empiece de nuevo.

De este modo es la obra de los que quieren trabajar las buenas acciones. Toda buena obra necesita esfuerzo y mucho tiempo. Querer y amar el esfuerzo está en nuestra voluntad, pero necesitamos la ayuda de Dios, porque si Dios no ayuda a nuestra buena voluntad, en vano serán nuestros esfuerzos; igual que el labrador que trabaja la tierra y la siembra, pero si Dios no concede la lluvia a su siembra, de nada sirve su esfuerzo.

Así mismo, la oración y nuestro esfuerzo necesitan la ayuda de Dios para que aportemos nuestro beneficio. Si nos ablandamos en la oración y nos enfadamos alejándonos del esfuerzo, ¿cómo verá Dios nuestra obra, si no aportamos nada con esfuerzo? Pues del mismo modo, tampoco recibiremos nada.

Pero Dios ve nuestra buena voluntad y según la medida de esta, nos otorga sus preciosos dones.


Padre Cleopa Ilie

                                  Catecismo Ortodoxo 

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La teología y la práctica detrás de Ecumenismo


Es conocido que la Iglesia Ortodoxa es llamada también ecuménica porque se extiende en la totalidad del mundo y sobrepasa el nacionalismo. El término ecuménico está relacionado también con el término católico, puesto que, como confesamos en el Símbolo de Fe, la Iglesia es “una, santa, católica y apostólica Iglesia”.

El término ecuménico, sin embargo, no se identifica con el término ecumenista y por consiguiente, existe gran diferencia entre Iglesia ecuménica y Iglesia ecumenista, puesto que esta última se distingue por los principios del ecumenismo.

Antes que avancemos en el tema principal de qué es el ecumenismo en la práctica, es decir en la teología y en la ascesis, tenemos que definir con brevedad qué entendemos exactamente con el término ecumenismo.

1. Las teorías básicas del ecumenismo



Como ecumenismo es caracterizado un movimiento que fue desarrollado los últimos siglos y que es expresado en algunas teorías “eclesiológicas” generales, es decir, algunas teorías sobre la Iglesia. Serán referidas 5 de estas teorías.

En la primera teoría está incluida la teoría “de las ramas”. De acuerdo con esta teoría todas las Confesiones cristianas y cada una de estas por separado constituyen ramas del uno y unitario árbol del Cristianismo, y por extensión todas las Confesiones, incluida también la Iglesia Ortodoxa, buscan la totalidad de la verdad, la cual naturalmente no la tienen ellas solas, puesto que cada una tiene una parte de la verdad.

Otra teoría paralela a ésta es también la teoría de “los dos pulmones”, es decir, que la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo respira con dos pulmones, es decir con el Cristianismo oriental y el Cristianismo occidental.

Con estas teorías se relativiza a la Iglesia Ortodoxa en cuanto a la verdad revelada de que dispone, y son reconocidos elementos de verdad y vida también en las otras Confesiones cristianas. Esto no puede ser aceptado por la Iglesia Ortodoxa, como es expresado por los santos Padres de la Iglesia.

La segunda teoría eclesiológica del ecumenismo es la llamada “teología bautismal”. Se trata de una teoría de acuerdo con la cual “ dónde sea consumado el bautismo en el nombre de la santa Trinidad, allí también se encuentra la verdadera Iglesia, incluidos en ésta también los heterodoxos”. Claro que esto se dice teóricamente, porqué el problema se sitúa en el hecho que aunque en algunas Confesiones es mencionado el Dios Trinitario, en éstas existe diferente teología como en las hipóstasis del Dios Trinitario y en la teología sobre la esencia y las energías increadas de Dios.

El Profesor Andreas Zeodóru escribe: “La teología bautismal se hace sospechosa y rechazable cuando, saltando los límites confesionales, tiende a incluir en el terreno de la una, santa, católica y apostólica como miembros normales de Ella, a heréticos y heterodoxos, simple y solamente porqué celebran el bautismo en el nombre de la Santa Trinidad, independientemente al resto de su identidad eclesiológica, a la opinión incorrecta, a la herejía y al engaño que les cubre.

La tercera teoría teológica y eclesiológica es la teoría de la llamada “contenibilidad”. Se trata de la teoría básica del Anglicanismo, la cual pretende que los miembros de la Iglesia pueden coexistir profesando creencias contradictorias sin provocar problemas en la unidad de la Iglesia. Sin embargo, no puede contemplarse como ortodoxa una teoría tal que pone en duda la verdad de la Iglesia y que aspira a la llamada “unión de las Iglesias”, como si esta unión fuera unión de algunas Corporaciones Cristianas y no se apoyara en la verdad revelada que entregó Cristo a los Apóstoles y que vivieron y confesaron los Padres de la Iglesia. Además, según el dicho de Cristo “por tanto, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, por mínimo que sea y enseñe así a los hombres, será tenido por el menor en la realeza de los cielos” (Mateo 5, 19).

La cuarta teoría teológica es el llamado “sincretismo dogmático intercristiano”. Se trata del punto de vista de algunos que las diferencias dogmáticas entre los diferentes heterodoxos son sencillamente tradiciones típicas de cada “Iglesia” que fueron creadas en el transcurso de los siglos, con la influencia de algunas condiciones locales, y que estas tradiciones deben de ser dejadas de lado de modo que veamos la unión de la Iglesia, la cual debe ser expresada con la variedad de diferentes formas y expresiones; esta teoría no puede tener fundamento des del lado ortodoxo, porque hay clara diferencia entre tradición-verdad revelada y tradiciones de aspectos parciales y exteriores de la vida eclesiástica.

Finalmente, la quinta teoría “teológica” es el llamado “sincretismo interreligioso”. Se trata de un punto de vista, el cual es cultivado por determinados “teólogos ortodoxos” de la diáspora, de acuerdo con el cual hemos de ver los puntos teológicos comunes que son observados en todas las grandes religiones monoteístas y trabajar sobre estos puntos, a fin de que construyamos la unión religiosa del mundo. Naturalmente también esta teoría no puede resistir una crítica seria, ya que los puntos comunes en la expresión externa de los dogmas no pueden refutar las serias diferencias en los dogmas. No es tanto los puntos comunes que expresan la verdad, sino los diferentes marcos de referencia y la diferente teología.

Está claro que con tales teorías “teológicas y eclesiológicas “ se aspira a la creación de una Iglesia ecumenista y en la realidad es expresado un minimalismo dogmático y una relativización de la fe ortodoxa, y por supuesto es refutada la verdad revelada de Cristo, que permanece en la Iglesia Ortodoxa, la cual es el verdadero Cuerpo de Cristo.


(Metropolita Ierotheos Vlajos, de su libro “Hesiquía y teología”)


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