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Saturday, January 2, 2016

La importancia del Padre Espiritual ( San Silvano el Athonita )


Considera que el Espíritu Santo vive en el padre espiritual, y que El te dirá lo que debes hacer. Pero si piensas que el padre espiritual vive descuidadamente, y que el Espiritu Santo no puede vivir en él, sufrirás grandemente por tal pensamiento, y el Señor te humillará, y caerás irremediablemente en el error.

San Silvano el Athonita

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Monday, November 9, 2015

El padre espiritual solamente indica el camino... ( San Nikon de Optina )



El padre espiritual solamente indica el camino, como un letrero, pero nosotros tenemos que recorrerlo por nosotros mismos. Si el padre espiritual indica el camino, y el discípulo no se mueve por si mismo, entonces no llegará a ninguna parte y se pudrirá junto al letrero.

San Nikon de Optina

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Sunday, October 25, 2015

El padre espiritual solamente indica el camino... ( San Nikon de Optina )



El padre espiritual solamente indica el camino, como un letrero, pero nosotros tenemos que recorrerlo por nosotros mismos. Si el padre espiritual indica el camino, y el discípulo no se mueve por si mismo, entonces no llegará a ninguna parte y se pudrirá junto al letrero.

San Nikon de Optina

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Friday, October 2, 2015

¿Debemos obedecer a nuestro padre espiritual cuando no lleva una correcta forma de vida Ortodoxa?



¿Debemos obedecer a nuestro padre espiritual cuando no lleva una correcta forma de vida ortodoxa?

¿Qué nos enseñan nuestro pasado eclesiástico sobre el tema de la obediencia a nuestro padre espiritual cuando se trata de una cuestión de fe, ya sea de naturaleza dogmática, o bien esté relacionada con los santos cánones? ¿Debemos obediencia indiscriminada a nuestro padre espiritual cuando se opone a la Tradición de la Iglesia, o no? ¿Llevamos el estigma de la “desobediencia” ante Dios, o somos “cubiertos” permaneciendo obedientes a Cristo de acuerdo con la Tradición infalible de la Iglesia? Estas son las preguntas que intentaremos responder en este artículo.

Introducción.

En cuanto a las cuestiones sobre la fe, el tema de la obediencia al propio padre espiritual (un tema particularmente delicado, y desconocido para muchos) está contenido en el tema general de la obediencia al propio obispo, pues la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano no puede considerarse independiente de la del fiel cristiano con el obispo de la comunidad eclesiástica; un padre espiritual no guía a los fieles cristianos mediante una ley personal que dependa de su sacerdocio, sino por medio de una orden escrita por el obispo local, según la forma en la que lo definen los santos cánones, y más concretamente por el canon 50 del santo concilio local de Cartago . Así, cualquier cosa que haya sido mencionada en los artículos previos sobre el tema del obispo y la interferencia de los laicos en materias de fe, en su mayoría debe ser aplicada aquí.

En otras palabras, si los fieles cristianos, basándonos en el ejemplo de los santos que vivieron durante el transcurso de la historia eclesiástica, así como por el ejemplo establecido por los santos cánones, tienen el derecho a desafiar a los obispos herejes y a romper la comunión con ellos (abandonando también sus congregaciones), como ha sido establecido principalmente por el canon 31º de los apóstoles y el canon 15º del Primero-Segundo concilio, tienen aún mayor derecho a distanciarse a sí mismos de los padres espirituales impenitentes que persisten en el desarrollo de su phromena heterodoxo (mentalidad).

Si el obispo, en cuyo nombre el padre espiritual prescribe el misterio de la orientación de los fieles cristianos de Dios, a saber, el sacramento del arrepentimiento y de la confesión, no es infalible “ex officio”, cuánto más este prescrito padre espiritual, que comparte la gracia del sacerdocio en menor grado que el del obispo y no es, por lo tanto, infalible. 


 Nuestro padre espiritual debe ser la mejor elección posible en todos los sentidos.

Muy a menudo, encontramos a los líderes de nuestra Iglesia recordándonos el deber de la obediencia a los obispos, a los presbíteros y a sus mandatos, y sin embargo, el rebaño desconoce en su mayoría el tipo de personas que nuestros clérigos, que dirigen el camino, están destinados a ser.

San Nicodemo el Aghiorita, en su gran y edificante obra espiritual Prácticas Espirituales, escribe lo siguiente cuando se refiere a San Basilio el Grande: “Examina la diligencia que has puesto intentando encontrar un buen padre espiritual, pues ¿qué otra gran necesidad tienes más que encontrar un buen guía para tal viaje al que te embarcas, lleno de peligros, como el del camino al cielo? […]. Ahora, mi hijo amado, considera en qué gran peligro te encontrarás si no sólo no buscas tan digno hombre espiritual para guiarte correctamente a tu salvación y para sanarte bien de tus pasiones y pecados, sino que terminarás incluso evitando a tal hombre […]. Así pues, San Basilio el Grande (Reglas sumarias 229) , también habla y dice: ‘De la misma forma que la gente no muestra las dolencias del cuerpo a todos o para los que conocen por casualidad, sino que solamente las muestran a los que tienen experiencia en el remedio, de forma similar, la confesión de los pecados debe realizarse frente a aquellos que puedan curarlas, según está escrito: “Los fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles” (Romanos 15:1, Straubinger); en otras palabras, vosotros las llevaréis con vuestra diligencia’” .

Con relación a lo anterior, el padre Ioanis R. provee la siguiente interpretación: “Por supuesto, el padre espiritual debe estar ya en estado de iluminación, para que pueda también inducir a los demás a este estado de iluminación y conducirlos al bautismo por agua (llamado la absolución de los pecados) y al bautismo por el Espíritu, que es la visitación del Espíritu Santo en el corazón del que es bautizado y la iluminación del corazón del hombre” .

En consecuencia, si el anciano (el padre espiritual) confesor necesita llevar la mejor vida posible y ser capaz de dar la mejor enseñanza posible, ¿cuánto más necesita poseer los mínimos requerimientos, el “abc”, es decir, guardar la pureza de la Ortodoxia?.

Puesto que el padre espiritual es “del tipo y está en el lugar de Cristo”, no puede aceptar las herejías.

El grado de importancia en la prevención y la lucha contra la herejía puede ser deducido del hecho de que toda la enseñanza dogmática de la Iglesia no ha sido formada por la contemplación filosófica sino tras su confrontación con las herejías, que siempre han amenazado la senda de la Ortodoxia, la única que puede curar la naturaleza humana del pecado: “Los padres cambiaron la terminología algunas veces y adaptaron su terminología para encontrar el uso de los términos exactos, dependiendo de la necesidad del tiempo. No hicieron esto para ser capaces de comprender la enseñanza de la Iglesia de forma mejor, sino para combatir las herejías que surgían. Así, la comprensión de la enseñanza de la Iglesia viene de la iluminación y zeosis y no del fermento filosófico o filológico y de la contemplación de la enseñanza filosófica en sí misma. El propósito del dogma, que es formulado por los padres, no es su propia comprensión, sino la unión del hombre con Dios” .

Así, vemos que la aceptación de la herejía por los clérigos destruye la naturaleza terapéutica de su teología pastoral. “De la misma forma que en la medicina no es posible permitir a un ‘curandero’ el tratar a los pacientes, así mismo es imposible que un hereje trate la curación de las almas de los hombres. Puesto que es un hereje, no conoce y no puede proporcionar el tratamiento” . Por supuesto, lo mismo puede decirse de un clérigo que es incapaz y no le importa discernir la Ortodoxia de la herejía, a saber, “la medicina de la charlatanería”, pues es simplemente una cuestión de tiempo y de falacia para los malos espíritus para que sus hijos espirituales caigan en el engaño. San Ignacio Briatchaninov dice: “Mediante la aceptación de las falsas enseñanzas (es decir, un falaz concepto sobre Dios) y por la distorsión de la enseñanza dogmática y ética que Dios mismo nos reveló, se logra la corrupción del espíritu a causa del impacto e interferencia de esas falsas enseñanzas. De esta forma, el hombre termina convirtiéndose en un hijo del maligno” .

En consecuencia, si la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano tiene como objetivo el proveer una imagen real de la relación entre Cristo y los fieles cristianos, como la “Escalera” de San Juan del Sinaí menciona en consecuencia (“No consideres menor tu obligación de confesar tus pecados en presencia del que te ayuda [es decir, de tu padre espiritual], con humildad y contrición, y piensa que lo estuvieran haciendo frente a Dios mismo) , entonces la disrupción de la relación entre el padre espiritual y Cristo, a causa de la herejía del padre espiritual, obliga a los fieles cristianos a buscar otro padre espiritualde profundo juicio ortodoxo o, en caso de que los fieles crean que todavía hay alguna esperanza de que su padre espiritual vuelva al dogma profundo, a evitar al menos atacar la posición falaz y el consejo de su padre espiritual. Según San Gregorio de Nisa, que “tacha de hereje” sin ninguna duda al que ha sido cortado de la fe salvífica y está sin cabeza, como Goliat, al que se le cortó la suya por su propia espada que se afilaba contra la verdad, separándose así mismo de la verdadera Cabeza” . ¿Cómo podrá enseñar tal padre espiritual la salvación a otros? Si desarrolla una mentalidad herética, se separa de la Cabeza mística de la Iglesia, Cristo.

No olvidemos que, según el bienaventurado Juan de la “Escala”, la transmisión de la Ortodoxia es el objetivo principal del padre espiritual. En sus exhortaciones dirigidas a los pastores, encontramos al santo diciendo lo siguiente: “Sobre todo, deberíais transmitir la fe íntegra y los dogmas piadosos como un legado para vuestros hijos, para que no sólo vuestros hijos, sino también vuestros nietos puedan guiarse hacia el Señor caminando por la vía de la Ortodoxia” .

Así, si el padre espiritual hereje ahuyenta a los fieles cristianos que tienen una mentalidad ortodoxa, entonces el daño recae sobre este padre espiritual incrédulo y enfermo, pues nuestra Iglesia enseña que nuestra obediencia a los padres espirituales debe tener a Cristo en mente.

 Está prohibida la indiferencia o silencio sobre temas de herejía por parte del padre espiritual.

Por lo tanto, basado tanto en la evidencia antes mencionada como en la experiencia eclesiástica, se hace obvio que el peligro de la herejía no sólo yace esperando el establecimiento de la aceptación completa y oficial de los dogmas herejes de un padre espiritual (o de hecho, de un obispo), sino que también yace esperando la creación de un entorno enconado con a) indiferencia a los problemas de la herejía (que es una transgresión pecadora, y una negligencia) y/o b) un intento de disuasión de cualquier oposición a la herejía (es decir, las declaraciones conocidas y totalmente inaceptables de “no hablar sobre asuntos de fe”, o “no hablar sobre el anticristo sino sobre Cristo”, y así sucesivamente, que ascienden a posiciones muy conocidas en la historia de la Iglesia, a menudo sostenidas por los censurables e indiferentes líderes de todos los tiempos). Como un paréntesis, mencionamos que también es un mandato de los padres el preparar a nuestros hijos espirituales para la llegada del anticristo .

Sin lugar a dudas, el Antiguo Testamento reprocha a los pastores del antiguo Israel que eran indiferentes a la protección de su rebaño. El Antiguo Testamento nos cuenta característicamente lo siguiente, por boca del profeta Ezequiel: “Por mi vida, dice Dios, el Señor, que por cuanto mi grey ha sido depredada, y mis ovejas han sido presa de todas las fieras del campo, por falta de pastor; pues mis pastores no cuidaban de mis ovejas, sino que los pastores se apacentaban a sí mismos y no apacentaban a mi grey, por lo tanto, oíd, oh pastores, la palabra de Dios. Así dice Dios, el Señor: ‘Heme aquí contra los pastores; demandaré mis ovejas de su mano y no permitiré que apacienten mi grey; ni tampoco se apacentarán en adelante los pastores a sí mismos; puesto que Yo libraré mis ovejas de su boca, y no les servirán ya de pasto’” .

En el Nuevo Testamento vemos a Cristo criticando a los “ángeles”, es decir, a os obispos de Pérgamo y Tiatira, incluso más duramente porque aunque ellos alimentaban a su rebaño de una forma admirable, no obstante permitieron que los herejes nicolaítas y los falsos profetas (Jezabel) dañaran a su rebaño: “Pero tengo contra ti que toleras a esa mujer Jezabel, que dice ser profetisa y que enseña a mis siervos y los seduce para que cometan fornicación y coman lo sacrificado a los ídolos” . Por otro lado, alaba al reprochable (en algunos temas) “ángel” de Éfeso porque reconoció a los falsos profetas y odió las obras de los herejes nicolaítas: “Esto empero tienes: que aborreces las obras de los nicolaítas, que yo también aborrezco” .

En la práctica, los santos padres reprobarían o encontrarían formas para evitar la práctica de los emperadores de prohibir las conversaciones en materia de Fe, una práctica que pretendía la preservación de la paz política y la unidad del imperio entre ortodoxos y herejes. Durante el transcurso de una de estas discusiones sobre cuestiones cristológicas con el hereje monotelita, entonces patriarca de Constantinopla, Pirro, encontramos a San Máximo el Confesor anulando este silencio en materia de fe que había sido forzado desde el exterior, y respondiendo a Pirro con las siguientes palabras: “¿Qué, entonces? ¿Sólo porque Dios nos llamó a tomar conciencia de su verdad a causa de la intención de nuestros corazones, que Dios conocía de antemano, estas (cosas erróneas) que han sido comunicadas a algunas personas en cuanto a esto, tanto de forma escrita como por palabra, no deberían ser examinadas con gran detalle por amor a toda esa gente que, como sucede, pasan sobre ellas sin poner atención, o incluso si ponen atención son más propensas a errar? PIRRO: Si el examen se propone esto, entonces es necesario hacerlo así. Velar por la seguridad de los que son más inocentes constituye la imitación del divino amor por el hombre”. Esta postura de San Máximo sólo puede ser interpretada como una oposición a la política de silencio impuesto sobre las discusiones cristológicas que se habían establecido con éxito por el decreto “Typos” (648 d. C.) dictado por el emperador monotelita Constancio II .

Consecuentemente, es inadmisible guardar silencio en materia de fe cuando las almas están en peligro a causa de la herejía.

Mencionemos algunos ejemplos sencillos pero relevantes:

a) En nuestros días se observa un renacimiento del origenismo, un neo-origenismo oculto, en forma de exoneración académica de la teología herética de Orígenes, por sus engaños (s. III). Según sus enseñanzas, Orígenes supuestamente no había sido un verdadero hereje pues, según el caso, la Iglesia lo habría condenado mientras aún vivía y no tras su muerte. Supuestamente, su condena durante el cuarto Concilio Ecuménico (año 553), se produjo en gran medida como un intento por ejercer la “diplomacia eclesiástica” para apaciguar los espíritus de los poderosos teólogos anti-origenistas y para restaurar la paz en la Iglesia, particularmente en Tierra Santa, donde la disputa teológica y general entre origenistas y ortodoxos había tomado un giro muy desagradable desde el tiempo de la muerte de San Sava (año 532). A esta enseñanza neo-origenista, que ha infectado a muchos escritos teológicos académicos principalmente, incluso a la enseñanza oral de los teólogos académicos, no debemos olvidar añadir la presentación del engaño origenista para la restauración de todo como un “theologumen” (es decir, como una cuestión que aún es teológicamente incierta). Los santos padres nos advirtieron claramente a no aceptar este engaño sobre la restauración de todo (es decir, que el infierno de los demonios y de los pecadores impenitentes llegará con el tiempo a su fin), pues esto nos hundirá completamente en el pecado, ya que, supuestamente, el infierno no es eterno y consecuentemente, por supuesto, no necesitamos tener miedo de esto. Por el contrario, San Juan Clímaco dice claramente: “Estemos todos atentos, y especialmente los que hemos experimentados caídas, para que nuestro corazón no se afecte con la enfermedad del impío Orígenes. Pues esta detestable enfermedad, expuesta por supuesto por la misericordia de Dios, es bienvenida para todos aquellos que son lujuriosos” . Este es un ejemplo característico de cómo una latente herejía en el cuerpo eclesiástico puede destruir las almas.

b) El conocido libro “Imitación de Cristo”, obra del monje latino Tomás de Kempis, aún es propuesto como un material de lectura edificante para el alma para muchos creyentes cristianos de Grecia, una obra que ha logrado convertirse en un best seller y cuya circulación ha alcanzado en algún momento el segundo lugar tras la Santa Biblia.

Sin embargo, así es como San Ignacio Briatchaninov juzga la espiritalidad de este libro: “Y un ejemplo típico de libro ascético escribo por un autor que en el momento de escribirlo se encontraba en el estado de engaño conocido como “aponoia” (falta de mentalidad ortodoxa y absoluta desvergüenza), podría ser “Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis. Suena como una especie de sutil sensualismo y soberbia que estimula una forma de hedonismo en la gente llena de pasiones, que son cegadas por ellas, a lo cual confunden como un ‘anticipo de la gracia divina’. ¡Ay, almas miserables! ¡Ay, ciegos! […]. Vemos a Francisco de Asís, Ignacio de Loyola y muchos otros ascetas latinos conducidos a un terrible engaño demoníaco análogo al que cayeron los Malpas, y sin embargo los latinos sitúan a estos entre sus santos” .

Si tal escrito de la espiritualidad latina ha alcanzado tal peligroso punto de aceptación pública y propagación en un país ortodoxo, gracias a la ignorancia o indiferencia de los padres espirituales, ¿cuántos más países ortodoxos serán imbuidos con tal espiritualidad herética si no hablamos abiertamente contra los peligros de la espiritualidad occidental herética, racional y emocional?.

 Lo que dice la Santa Biblia sobre la desobediencia loable.

La observación explícita del apóstol Pablo a los Gálatas (Gálatas 1:8-9) (hecha de hecho usando dos veces la acentuación: “como hemos dicho, así digo de nuevo ahora”), a no aceptar ninguna innovación en la predicación del Evangelio, incluso si esta procede de un ángel del cielo o de los mismos apóstoles, elimina abiertamente cualquier noción de “primacía” en manos de individuos sobre la Tradición dentro de la Iglesia (ya que ni si quiera los apóstoles pueden cambiar su Evangelio a posteriori, pues es “de lo alto”), y además sólo nos proporciona suficiente guía sobre lo que sucede cuando nos encontramos obligados a mostrar obediencia a la fe de la Iglesia: debemos de quien altere el antiguo kerygma evangélico (“sea anatema”).

Con relación a otro versículo: “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos, porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta” (Hebreos 13:17, Straubinger), cualquiera puede atender a otro punto digno de mención: el razonamiento tras la obediencia mostrada a “vuestros prepósitos”, es decir los líderes, es que “velan por vuestras almas”; la obediencia no está exenta de condiciones previas. Si, basado en nuestra experiencia eclesiástica, llegamos a la conclusión de que estos prepósitos descuidan su deber, que no cuidan de la salvación de las almas de los que se les han confiado y que ignoran los peligros espirituales y sobre todo el peligro de la herejía, entonces el deber de la obediencia a ellos es abrogado.

Como se ha dicho en consecuencia: “En primer lugar, la Santa Biblia distingue entre buenos y malos pastores, entre verdaderos y genuinos pastores, maestros y profetas por un lado, y falsos pastores y falsos profetas, por otro […]; la obediencia no es indiscriminada sino discriminada” .

Según los santos cánones, el monje debe alejarse de la obediencia a un higumeno hereje.

En la sección del “Pidalion” (esa monumental y reputada colección de los santos cánones complicada por San Nicodemo el Agiorita) donde el santo clarifica el número de razones por las que un monje puede abandonar su monasterio, encontramos mencionada entre ellas la situación en la que el higumeno es un hereje. Refiriéndose a San Basilio el Grande, el santo añade: “Ahora, San Basilio el Grande (Grandes Reglas, 36), perdona a cualquiera la salida de su monasterio sólo por una razón, es decir, cuando (el higumeno) ha sufrido la ruina espiritual, algo que, según (San Basilio) debe ser revelado en primer lugar a los que tienen poder para corregirlo, y si no pueden corregirlo, entonces (el monje) debe separarse de su compañía, no sólo como si abandonara a sus hermanos, sino como a extraños”, y continúa con el resto de las edificantes admoniciones para el alma .

En este caso, también es evidente que si el padre espiritual es un hereje (o es pro-hereje, dependiendo también del grado de su aceptación a la herejía) no sólo no le debemos obediencia, sino que imperativamente debemos distanciarnos de él.

 San Juan Crisóstomo recomienda la desobediencia a los líderes eclesiásticos heréticos.

San Juan Crisóstomo, que está considerado por nuestra Iglesia como “un instrumento inspirado por Dios y un océano inagotable de dogmas” , cuando interpreta el mandato apostólico sobre la obediencia y la sumisión a los líderes, a los higumenos (literalmente, la palabra significa líderes, “vuestros prepósitos”), “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos”, hace las siguientes clarificaciones: “Por ventura alguien puede decirnos que (a parte de la anarquía y la indisciplina) hay un tercer mal, es decir, cuando el guía (de la Iglesia) es malo. También lo sé, y este mal no es pequeño, sino que es mucho peor incluso que la anarquía, pues es mejor no ser guiado por nadie, en vez de ser guiado por alguien malo. Pues el primero (subordina) a muchos a la vez que salvaba, y por otro lado estaba en peligro él mismo, pero el último sin duda permanecerá en peligro, siendo conducido al abismo. Así, ¿cómo dice “obedecer a vuestros prepósitos y sujetaos”?. Después de haber mencionado anteriormente a “aquellos cuya fe debéis seguir, teniendo en cuenta el resultado de sus vidas”, entonces dice “obedeced a vuestros prepósitos y someteos”. Entonces preguntáis, ¿qué sucede cuando este es astuto y no le obedecemos? ¿De qué forma decimos “astuto”? Si tal es este en la fe, evitadlo y alejaos de él, no sólo si es un hombre o si incluso es un ángel venido del cielo (Gálatas 1:8). Si es así a causa de la vida que lleva, entonces no os preocupéis […]. Sin embargo, no pongáis atención a su vida, sino a sus palabras, pues nadie puede ser dañado por su ethos. ¿Por qué? Porque es sencillo para que todos lo vean, e incluso si es astuto más de mil veces, nunca enseñará cosas astutas. Pero cuando sea astuto en la fe, no es esto obvio para todos ni la astucia detendrá su enseñanza. Pues incluso las palabras “no juzguéis para que no seáis juzgados”, se refieren a la vida de alguien y no a la fe” .

 La “escalera” clarifica que el monje que es humilde puede contradecir a los padres en materias de fe.

En la obra de San Juan del Sinaí, la “Escala”, esta grandiosa obra espiritual que ha sido caracterizada como “una obra maestra del ascetismo oriental” en la que “la obediencia tiene un lugar fundamental en la virtud” , se clarifica que se permiten las excepciones a la regla. El bienaventurado Juan menciona característicamente lo siguiente sobre la virtud de la humildad: “No encuentres odio, o cualquier clase de contradicción o cualquier rastro de indisciplina asociada al que está unido a (esta virtud), a no ser que estemos tratando asuntos de fe” .

 El modelo ejemplar de San Gregorio de Decápolis.

San Gregorio de Decápolis, cuya memoria celebramos el 20 de noviembre, y que brilló con su vida durante la segunda mitad del siglo VIII en Decápolis de Isauria, se distinguió por su limosna, su postura sin pretensiones, su obediencia, su humildad y su mansedumbre, ya en sus años de adolescencia, y continuó distinguiéndose igualmente por estas virtudes más tarde, cuando se convirtió en monje. El biógrafo del santo narra que mientras la madre del santo no lo disuadía de convertirse en monje, sin embargo, ella se convenció para entrar en la comunidad de otro monasterio donde su hermano carnal también residía, para luchar espiritualmente juntos, y para que el uno se consolara con la presencia del otro. El biógrafo continúa la narración diciéndonos cómo resultó que el higumeno del monasterio se había convertido en un hereje:“Con el fin de dar consentimiento a la voluntad de su madre, Gregorio fue al monasterio cuyo abad resultó ser un hereje, de alma miserable, y cuando el santo se dio cuenta de esto, no pudo soportarlo, siendo como era un ferviente defensor de la piedad, y lo probó en presencia de toda la comunidad; y (el higumeno), estando lleno de rabia, golpeó al santo, el cual salió del monasterio con sus heridas aún recientes en su cuerpo. Así, acudió a otro monasterio en estado aún sangrante, cuyo higumeno, llamado Simeón, era pariente de su madre, y que también era el archimandrita de todos los monasterios de Decápolis” .

 La enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo.


El sublime San Simeón el Nuevo Teólogo, de quien no podemos decir aquí tanto como quisiéramos, nos dejó algunas de sus maravillosas e inspiradas enseñanzas de su divino Eros, pero también una enseñanza que reprueba el estado del clero de su tiempo. Se cree que San Simeón comenzó una importante revolución espiritual. El padre Ioanis R. escribe: “…hubo un tiempo en la Iglesia en el que la gente era ordenada como clérigo, de tal modo que en la Iglesia antigua no habría sido adecuado promocionar entre los laicos […]. En otras palabras, no tenían la preparación espiritual necesaria pare recibir las santas órdenes. San Simeón el Nuevo Teólogo se rebeló contra esta situación irregular y probó con éxito el porqué la Iglesia lo llamó el Nuevo Teólogo. Desde su tiempo hasta el tiempo de San Gregorio Palamás, tuvo lugar un gran conflicto en la Iglesia con relación al tema de las calificaciones necesarias para la elección de obispos. A causa de la controversia hesicasta, como se llegó a conocer, que fue resuelta por la adopción de la teología de San Simeón el Nuevo Teólogo, se ordenó finalmente que los obispos de la Iglesia deberían ser elegidos de entre el rango de los monjes que siguieran la tradición, iluminación y zeosis hesicasta” .

Así, San Simeón, que es un santo y gigante espiritual de tales proporciones épicas que fue la tercera persona en nuestra Iglesia a la que se le asignó el titulo de Teólogo, tras haber hecho tan importante contribución por su enseñanza ascética, también nos dejó una enseñanza de particular y característica importancia para nuestro tema: “Rogad a Dios con oraciones y lágrimas para que os envíe un guía que sea desapasionado y santo. Al mismo tiempo, estudiad también las divinas Escrituras por vosotros mismos y particularmente los prácticos escritos de los santos padres, para que examinando las enseñanzas y obras de vuestro maestro y líder con estos (escritos) podáis ser capaces de ver y comprender (sus enseñanzas). Y aquellas enseñanzas que estén de acuerdo con las Escrituras, deberíais adoptarlas y llevarlas con devoción en vuestra mente, mientras que las que estén adulteradas y sean extrañas, deberíais aprender a percibirlas como tales y alejaros de ellas, para no ser engañados. Y sabed esto: muchos mentirosos y falsos maestros vendrán en estos días” .

Otra enseñanza, análoga a la mencionada antes, fue salvada en la vida (es decir, en la biografía) de San Simeón, por su discípulo, San Nicetas Stezatos. Cercano al tiempo de su muerte, San Simeón aconsejó a sus discípulos obedecer al sucesor, el higumeno Arsenio, en todo, sólo con una posible excepción: “No toméis de forma errónea sus palabras y hechos, pero en caso de que estuviera en oposición al consenso de los padres, deberíais inclinar vuestras cabezas ante él por el momento. Después, aquellos de vosotros que sobrepaséis a los demás en años, vida, experiencia y palabras, notificadle en privado la razón para impedir la aplicación de sus palabras, de acuerdo con la regla de San Basilio el Grande . Por el bien de Dios, deberíais soportarlo cuando sea doloroso o amargo, sin contradecirlo o repudiarlo, pues el que contradice o lo rechaza, rechaza la autoridad de Dios, como dice Pablo (Romanos 13:2). En verdad, cuando no ha tenido lugar ninguna transgresión de los mandamientos de Dios, de los cánones o las reglas apostólicas, debéis obedecerle en todo y someteros a él como si fuera el Señor mismo. Sin embargo, en las cosas del Evangelio de Cristo y de las leyes de la Iglesia que tengan el peligro de ser anuladas, no sólo no debéis someteros a él cuando os amonesta u os manda, sino incluso a ningún ángel que viniera del cielo y que os evangelice cosas diferentes de las que los testigos oculares del Logos os han evangelizado” .

San Ignacio Briantchaninov a favor de la obediencia cautelosa.

Este conmemorado y celebrado santo y teólogo de la Iglesia rusa del siglo XIX, sobre el que ya hemos mencionado, dedica un capítulo entero en su valioso libro “Una ofrenda al monaquismo contemporáneo”, sobre el tema de “La obediencia a un padre espiritual”. Entre otras muchas referencias, cita de los padres lo que encontramos mencionado en el tema de la obediencia indiscriminada a los padres espirituales impuros, y hace importantes aclaraciones y anotaciones: “La obediencia hace la subordinación entre el que obedece y al que obedece. La Santa Biblia dice: ‘Y así se encelaban los animales a la vista de las varas’ (Génesis 30:39, Straubinger) […]. Alguien podría decir: la fe del subordinado puede reemplazar la insuficiencia del padre espiritual. ¡Qué error! ¡La fe, en verdad salva. La fe causa daño en la mentira y en el engaño diabólico! Esto es dicho por el apóstol. Y de los que voluntariamente peligra, dice: “…para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia” (2ª Tesalonicenses 2:10-12, Straubinger) […]. En nuestros tiempos, observamos una degeneración general del cristianismo. […]. Y es una gran bendición para nosotros, y un gran gozo, el que se nos haya dado la posibilidad de ser alimentados con las migajas que caen de la mesa espiritual de los padres. Las migajas no constituyen el verdadero y adecuado alimento, pero pueden (aun no sin dejarnos con un sentimiento de privación y de hambre), salvarnos de la muerte espiritual” .

Guardemos bien en nuestras manos estas “migajas” que caen de las enseñanzas patrísticas, así como las expuestas anteriormente, para salvarnos del caos teológico así como del relativismo y la sujeción a la herejía, permaneciendo firmemente desobedientes a cualquier tipo de pseudo-obediencia pro-herética. La homilía de San Efrén el Siro sobre la Segunda Venida de Cristo es formidable: “¡Ay de los que contaminan la santa fe con herejías o que se unen a sí mismos a los herejes!” , si esto sucede en los laicos, o incluso más así, si sucede en los clérigos (I).


                                  Catecismo Ortodoxo 

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Monday, February 23, 2015

El padre espiritual en el cristianismo ortodoxo ( obispo Kallistos Ware )


 

El que sube por una montaña por primera vez necesita seguir un camino conocido, y necesita tener con él, como compañero y guía, a alguien que haya estado subiendo antes y esté familiarizado con el camino. Servir como tal compañero y guía es precisamente el rol del “Abba” o padre espiritual, a quien los griegos llaman “geronta” y los rusos “staretz”, un título que en ambas lenguas significa “hombre anciano” o “padre” (1).



La importancia de obedecer a un geronta está subrayada desde la aparición del monasticismo en el oriente cristiano. San Antonio de Egipto decía: “Conozco a muchos monjes que cayeron después de mucho esfuerzo y se desvanecieron en la locura, porque confiaron en su propio trabajo… En lo posible, para cada paso que dé un monje, para cada sorbo de agua que beba en su celda, debería confiar la decisión a los gerontas, para evitar cometer un error en lo que haga” (2).



Este es un tema constantemente enfatizado en los Apotegmata o Dichos de los padres del desierto: “Los staretz solían decir: ‘si veis a un joven monje ascendiendo al cielo por su propia voluntad, cogedlo por los pies y tirad de él, pues esto es para su provecho… si un hombre tiene fe en otro y se entrega a él en total sumisión, no necesita ocuparse en los mandamientos de Dios, sino que sólo necesita confiar su voluntad entera en las manos de su padre. Entonces estará sin mancha ante Dios, pues Dios no requiere nada de los principiantes tanto como la auto entrega por medio de la obediencia” (3).



Esta figura del staretz, tan prominente en las primeras generaciones del monasticismo egipcio, ha conservado su pleno significado hasta el día de hoy en la cristiandad ortodoxa. “Hay algo más importante que todos los libros e ideas posibles”, señala un laico ruso del siglo XIX, el eslavófilo Kireyevsky, “y este es el ejemplo del staretz ortodoxo, ante quien se puede depositar cada uno de los pensamientos y de quien se puede escuchar, no una opinión más o menos valiosa, sino el juicio de los santos padres. Alabado sea Dios, pues los staretz no han desaparecido aún de nuestra Rusia”. Y un sacerdote de la emigración rusa de nuestro propio siglo, el padre Aleksander Elchaninov (+ 1934), escribe: “Su capacidad de acción es ilimitada… son indudablemente santos, reconocidos como tales por el pueblo. Siento que en nuestros días trágicos es precisamente mediante sus medios por los que la fe sobrevivirá y será fortalecida en nuestro país” (4).




El padre espiritual como una figura “carismática”



¿Qué capacita a un hombre para actuar como un staretz? ¿Cómo y por quién es nombrado?



Para esto, hay una simple respuesta. El padre espiritual o staretz es esencialmente una figura profética y “carismática”, acreditada para su labor por la acción directa del Espíritu Santo. Es ordenado, no por la mano de un hombre, sino por la mano de Dios. Es una expresión de la Iglesia como “evento” o “suceso”, más que de la Iglesia como institución (5).



Por supuesto, hay una línea clara de demarcación entre lo profético y lo institucional en la vida de la Iglesia; cada uno deja pequeño al otro y es entrelazado con él. El ministerio del staretz, en sí mismo carismático, está relacionado con una función claramente definida en el marco institucional de la Iglesia, el oficio de sacerdote-confesor. En la tradición ortodoxa oriental, el derecho a escuchar confesiones no es concedido automáticamente en la ordenación. Antes de actuar como confesor, un sacerdote requiere la autorización de su obispo; en la Iglesia de Grecia, sólo una minoría del clero está autorizada.



Aunque el sacramento de la confesión es ciertamente una ocasión apropiada para la dirección espiritual, el ministerio del staretz no es idéntico al del confesor. El staretz da consejo, no sólo en la confesión, sino en muchas otras ocasiones; de hecho, mientras que el confesor debe ser siempre un sacerdote, el staretz puede ser un simple monje, no con las santas órdenes, o una monja, o un laico. El ministerio del staretz es profundo, porque sólo pocos sacerdotes confesores afirmarían hablar con la perspicacia y autoridad del primero.



Pero si el staretz no es ordenado o designado por un acto de la jerarquía oficial, ¿cómo se embarca en su ministerio? A veces un staretz existente designará a su propio sucesor. En esta forma, en ciertos centros monásticos como Optina, en la Rusia del siglo XIX, se estableció una “sucesión apostólica” de maestros espirituales. En otros casos, los staretz simplemente surgen espontáneamente, sin ningún acto de autorización externa. Como dijo Elchaninov, son “reconocidos como tales por el pueblo”. En la continua vida de la comunidad cristiana, se hace evidente para el pueblo creyente de Dios (el verdadero guardián de la Santa Tradición) que esta o aquella persona tiene el don de la paternidad espiritual. Entonces, de forma libre e informal, otros empiezan a acudir a él o a ella para pedir consejo y dirección.



Cabe señalar que la iniciativa proviene, como una regla, no del maestro, sino de los discípulos. Sería peligrosamente presuntuoso para alguno decir en su propio corazón o a otros: “venid y someteos a mí; soy un staretz y tengo la gracia del Espíritu Santo”. Lo que sucede más bien es que, sin que el mismo staretz haga ninguna afirmación, otros lo proclamen, buscando su consejo o pidiendo vivir permanentemente bajo su cuidado. En primer lugar, probablemente los despedirá, diciéndoles que consulten a otros. Finalmente llegará el momento en el que ya no podrá despedirlos sino aceptar su venida a él como una revelación de la voluntad de Dios. Así, son sus hijos espirituales quienes revelan al staretz mismo.



La figura de los staretz ilustra los dos niveles de interpretación con los que la Iglesia terrenal existe y funciona. Por un lado, está el nivel jerárquico, oficial y externo, con su organización geográfica en diócesis y parroquias, sus grandes centros, y su “sucesión apostólica” de obispos. Por otro lado, está el nivel interno, espiritual y “carismático”, al que pertenecen principalmente los staretz. Aquí los centros principales son, en su mayor parte, no las grandes sedes primadas y metropolitanas, sino algunas remotas ermitas en las que resplandecen algunas personalidades ricamente dotadas con los dones espirituales. Muchos staretz no han poseído un estatus exaltado en la formación jerárquica de la Iglesia; sin embargo, la influencia de un simple hieromonje como San Serafín de Sarov ha superado la de cualquier patriarca u obispo en la Ortodoxia del siglo XIX. De esta forma, junto con la sucesión apostólica del episcopado, existe la de los santos y los hombres espirituales. Ambos tipos de sucesión son esenciales para el verdadero funcionamiento del Cuerpo de Cristo, y mediante su interacción, la vida de la Iglesia se cumple en la tierra.




Huida y regreso: la preparación del staretz



Aunque el staretz no es ordenado o designado para esta tarea, ciertamente es necesario que esté preparado. El patrón clásico para esta preparación, que consiste en un movimiento de huida y regreso, debe ser claramente discernido en las vidas de San Antonio de Egipto (+356) y San Serafín de Sarov (+1833).



La vida de San Antonio cae bruscamente en dos mitades, con sus cincuenta y cinco años como punto de inflexión. Los años de su temprana madurez a la edad de cincuenta y cinco años fueron su tiempo de preparación, pasados en un aislamiento cada vez mayor del mundo mientras se retiraba cada vez más al desierto. Eventualmente pasó veinte años en un fuerte abandonado, sin encontrarse con nadie. Cuando hubo alcanzado la edad de cincuenta años, sus amigos ya no pudieron contener su curiosidad y rompieron la entrada. San Antonio salió y, “tras permanecer medio siglo de su larga vida, sin abandonar la vida de un eremita, se hizo disponible libremente a los demás, obrando como ‘médico concedido por Dios a Egipto’”. Fue amado por todos, añade su biógrafo, San Atanasio, “y todos deseaban ‘tenerlo como su padre’” (6). Observa que la transición de un anacoreta recluido a padre espiritual surgió, no por ninguna iniciativa por parte de San Antonio, sino por medio de la acción de los demás. Antonio era un monje laico, nunca ordenado al sacerdocio.



San Serafín siguió un camino similar. Tras quince años pasados en la vida ordinaria de la comunidad monástica, como novicio, monje profeso, diácono y sacerdote, se retiró durante treinta años a la soledad y al casi total silencio. Durante la primera parte de este periodo, vivió en una cabaña en un bosque; en un momento dado pasó mil días en el tronco de un árbol y mil noches de sus días sobre una roca, entregándose él mismo a la oración incesante. Llamado nuevamente por su higumeno al monasterio, obedeció el mandato sin el menor retraso, y durante la última parte de su tiempo de soledad vivió rígidamente recluido en su celda, la cual no abandonó incluso para asistir a los oficios de la iglesia; los domingos, el sacerdote le traía la comunión a la puerta de su celda. Aunque era un sacerdote no celebraba la liturgia. Finalmente, en los últimos ocho años de su vida, terminó su reclusión, abriendo las puertas de su celda y recibiendo a todo el que venía. No hacía nada para darse notoriedad o para convocar a la gente; fueron los demás los que tomaron la iniciativa de acercarse a él, pero cuando acudían (algunas veces cientos o incluso miles en un mismo día) no los enviaba de vuelta.



Sin esta intensa preparación ascética, sin este vuelo radical a la soledad, ¿podrían San Antonio o San Serafín haber actuado en el mismo grado como guía para los de su generación? No, pues se retiraron con el fin de llegar a ser maestros y guías de los demás. “Huyeron, no para prepararse a sí mismos para alguna otra tarea, sino como un deseo consumado de estar a solas con Dios. Dios aceptó su amor, pero los envió de vuelta como instrumentos de sanación para el mundo, del que habían escapado. Aunque no los hubiera enviado de vuelta, su huída habría sido supremamente creativa y valiosa para la sociedad, pues el monje ayuda al mundo, no principalmente por lo que haga o diga, sino por lo que es, por el estado de oración incesante que se ha apoderado de su ser más íntimo. Aunque San Antonio y San Serafín no hicieron más que rezar en soledad, estuvieron sirviendo así a sus fieles al más alto grado. Sin embargo, como resultado de esto, Dios ordenó que también deberían servir a otros de una forma más directa. Pero este servicio directo y visible fue esencialmente una consecuencia del servicio invisible que hicieron con su oración.



“Adquirid paz interior”, decía San Serafín, “y una multitud de hombres a vuestro alrededor encontrará su salvación”. Tal es el rol del padre espiritual. Estableceos en Dios; entonces podréis conducir a otros a su presencia. Un hombre debe aprender a estar sólo, debe escuchar en el silencio de su propio corazón la voz sin palabras del Espíritu Santo, y descubrir así la verdad sobre sí mismo y sobre Dios. Así, su labor con otros será una palabra poderosa, porque será una palabra en el silencio.



Lo que Nikos Kazantzakis decía del almendro es cierto también para los staretz: “Le dijo al almendro: ‘Hermano, háblame de Dios’, y el almendro floreció”.



Formado por el encuentro con Dios en soledad, el staretz es capaz de sanar por su sola presencia. Él guía y forma a otros, no por medio de palabras y consejos, sino por su compañerismo, por la vida y el ejemplo específico que estable, en una palabra, por el florecimiento como el almendro. Él enseña tanto por su silencio como por su discurso. Abba Teófilo, el arzobispo, visitó una vez Scetis, y cuando los hermanos se reunieron, le dijeron a Abba Pambo: “Di una palabra al padre para que pueda ser edificado”. El anciano les dijo: “Si no es edificado por mi silencio, no será edificado por mi conversación” (8). Se cuenta una historia de San Antonio con la misma moral. “Los tres padres tenían la costumbre de visitar al bendito Antonio una vez al año, y dos de ellos solían preguntarle cosas sobre sus pensamientos (logismoi) y sobre la salvación de sus almas, pero el tercero permanecía en completo silencio, sin hacer preguntas. Tras una larga espera, Abba Antonio le dijo: “Mira, tienes el hábito de acudir a mí en todo este tiempo, y sin embargo, no me haces preguntas”. Y el otro replicó: “Padre, me es suficiente sólo con mirarte” (9).



El viaje real de los staretz no es espacialmente en el desierto, sino espiritualmente en el corazón. La soledad externa, si bien es útil, no es indispensable, y un hombre puede aprender a permanecer sólo ante Dios, mientras aún continúa llevando una vida de servicio activo en medio de la sociedad. Se le dijo a San Antonio de Egipto que un médico, en Alejandría, era su igual en logros espirituales: “En la ciudad hay alguien igual que tú, un médico de profesión, que da todo su dinero a los necesitados, y todo el tiempo canta el himno Tres veces Santo con los ángeles” (10). No se nos dice cómo llegó esta revelación a San Antonio, ni cuál era el nombre del médico, pero una cosa está clara. La oración incesante del corazón no es monopolio de los solitarios; la vida mística y “angélica” es posible tanto en la ciudad como en el desierto. El médico alejandrino cumplió el viaje interior sin romper su vínculo exterior con la comunidad.



Hay también otros muchos casos en los que la huída y regreso no se distinguen claramente en la secuencia temporal. Tomemos, por ejemplo, el caso del joven contemporáneo de San Serafín, el obispo San Ignacio Briantchaninov (+1867). Formado originalmente como un oficial de la armada, fue designado a la temprana edad de 26 años para hacerse cargo de un monasterio influyente cerca de San Petersburgo. Su propia formación monástica había durado poco más de cuatro años antes de ser situado en una posición de autoridad. Después de 24 años como abad, fue consagrado obispo. Cuatro años después renunció, para pasar el resto de los seis años de su vida como eremita. Aquí, precedió un periodo de activo trabajo pastoral al periodo de reclusión anacoreta. Cuando fue nombrado abad, seguramente se sintió muy mal preparado. Su retiro secreto al corazón se llevó a cabo durante los muchos años en que administró un monasterio y una diócesis, pero no recibió una expresión exterior hasta casi el final de su vida.




Los tres dones del padre espiritual



Tres dones, en particular, distinguen al padre espiritual. El primero es visión y discernimiento (diakrisis), la habilidad para percibir intuitivamente los secretos del corazón de otro, para entender las profundidades ocultas de las que el otro no se da cuenta. El padre espiritual penetra por debajo de los gestos convencionales y las actitudes que podamos ocultar de nuestra verdadera personalidad a los otros y a nosotros mismos, y además de todas estas trivialidades, llega a aferrarse con la única persona hecha a imagen y semejanza de Dios. Su poder es espiritual más que físico; no es simplemente una especie de percepción extra sensorial o clarividencia santificada sino el fruto de la gracia, que presupone la oración concentrada y una lucha ascética sin tregua.



Con este don de la visión llega la habilidad de usar las palabras con poder. Ante cada persona que viene ante él, el staretz sabe (inmediata y específicamente) qué es lo que el individuo necesita escuchar. Hoy, estamos inundados de palabras, pero la mayor parte de ellas no son conspicuamente palabras poderosas (12). El staretz usa pocas palabras, y a veces ninguna, pero por estas pocas palabras o por su silencio, es capaz de alterar la dirección total de la vida de un hombre. En Betania, Cristo usó sólo tres palabras: “Lázaro, ven fuera” (Juan 11:43, Straubinger) y estas tres palabras, dichas con poder, fueron suficientes para devolver al muerto la vida. En una era en la que el lenguaje se ha trivializado desgraciadamente, es vital redescubrir el poder de la palabra, y esto significa redescubrir la naturaleza del silencio, no sólo como una pausa entre palabras sino como una de las primeras realidades de la existencia. Muchos maestros y predicadores hablan demasiado; el staretz se distingue por una economía austera del lenguaje.



Pero para que una palabra tenga poder, es necesario que exista no sólo el que habla con la genuina autoridad de la experiencia personal, sino también el que escuche con atención y entusiasmo. Si alguien pregunta a un staretz sólo por simple curiosidad, es probable que obtenga poco beneficio, pero si se acerca al staretz con fe ardiente y profunda hambre, la palabra que escuche podrá transfigurar su ser. Las palabras de los staretz son en su mayoría simples en expresiones verbales y desprovistas de artificio literario; para los que las leen de una forma superficial, podrán parecer inmaduras y banales.



El don de la visión del padre espiritual es ejercida principalmente por medio de la práctica conocida como “revelación de los pensamientos” (logismoi). En el temprano monasticismo oriental, el joven monje solía acudir diariamente a su padre y exponía ante él los pensamientos que venían a él durante el día. Esta revelación de los pensamientos incluye más que una confesión de los pecados, pues el novicio también habla de aquellas ideas e impulsos que pueden parecerle inocentes, pero que el padre espiritual puede discernir como peligrosos secretos o signos significativos. La confesión es retrospectiva, pues se ocupa de los pecados que ya han sido cometidos; por otro lado, la divulgación de los pensamientos es preventiva, pues pone al descubierto nuestros logismoi antes de que conduzcan al pecado y así los priva de su poder para dañar. El propósito de la revelación no es jurídico, ni para garantizar la absolución de la culpa, sino el auto conocimiento, para que cada uno pueda verse a sí mismo como es verdaderamente (13).



Dotado con discernimiento, el padre espiritual no se limita a esperar a que una persona se revele a sí misma, sino que le muestra los otros pensamientos ocultos en él. Cuando la gente venía a San Serafín de Sarov, a menudo contestaba a sus dificultades antes de que tuvieran tiempo de poner sus pensamientos ante él. En muchas ocasiones la respuesta parecía al principio un poco irrelevante, e incluso absurda e irresponsable, por lo que San Serafín respondía que no era la pregunta que su visitante tenía conscientemente en su mente, sino la que debería haber preguntado. En todo esto, San Serafín confiaba en la luz interior del Espíritu Santo. Lo veía importante, según explicaba, no ejercitarse con antelación en rol que iba a emprender; en ese caso, sus palabras representarían sólo su propio juicio humano que bien podría estar equivocado, y no el juicio de Dios.



A ojos de San Serafín, la relación entre el staretz y el hijo espiritual es más fuerte que la muerte, y por lo tanto instaba a sus hijos a continuar su revelación de pensamientos con él incluso tras su partida a la otra vida. Estas son las palabras que, por su propio mandato, fueron escritas en su tumba: “Cuando esté muerte, venid a mi, a mi tumba, y cuanto más, mejor. Sea lo que sea que esté en tu alma, lo que te haya sucedido, venid a mi como cuando estaba vivo, y arrodillados en el suelo, verted toda vuestra amargura en mi tumba. Decídmelo todo y os escucharé, y toda la amargura se alejará de vosotros. Y así como hablabais conmigo cuando estaba vivo, haced así ahora. Pues estoy vivo, y lo estaré por siempre”.



El segundo don del padre espiritual es la habilidad para amar a otros y hacer el sufrimiento de otros el suyo propio. De Abba Pimen, uno de los más grandes staretz egipcios, se registró breve y simplemente: “Tenía amor, y muchos venían a él” (14). Tenía amor: esto es indispensable en toda la paternidad espiritual. Con ilimitado conocimiento de los secretos de los corazones de los hombres, si carece de amor, no sería creativo, sino destructivo, y el que no pueda amar a los demás tendrá poco poder para sanarlos.



El amar a otros supone sufrir con y por ellos; tal es el sentido literal de la compasión. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gálatas 6:2, Straubinger). El padre espiritual es “el único que por excelencia lleva las cargas de los otros”. Dostoievsky escribe en Los hermanos Karamazov: “Un staretz es el que toma tu alma, tu voluntad, sobre su alma y su voluntad…”. No le es suficiente con ofrecer consejo. También se le requiere cargar el alma de sus hijos espirituales sobre su propia alma, sus vidas en su vida. Su labor es rezar por ellos, y es más importante para ellos su constante intercesión por ellos, en su nombre, que cualquier palabra o consejo (15). Así mismo, su labor es asumir sus penas y sus pecados, llevar su culpa sobre él mismo, y responder por ellos en el Juicio Final.



Todo esto se hace manifiesto en el primer documento de dirección espiritual oriental, el Libro de Barsanufio y Juan, que engloba algunas de las 850 preguntas dirigidas a los dos ancianos palestinos del siglo VI, junto con sus respuestas escritas. Así, Barsanufio insistía a sus hijos espirituales: “Como Dios mismo sabe, no hay un segundo o una hora en la que no os tenga en mi mente y en mis oraciones… Cuido de vosotros más que vosotros mismos… Con sumo gusto daría mi vida por vosotros”. Esta es su oración a Dios: “Oh Maestro, dirige a mis hijos contigo, a tu Reino, o elimíname también del Tu libro”. Retomando el tema de llevar las cargas de los otros, Barsanufio afirma: “Llevo vuestras cargas y vuestras ofensas… Os habéis convertido en hombres sentados bajo un árbol con sombra… Asumo vuestra sentencia condenatoria, y por la gracia de Cristo, no os abandonaré, ni en este siglo, ni en el siglo venidero” (16).



Los lectores de Charles Williams recordarán el principio del “amor sustituto”, que juega un papel central en Descendiendo al infierno. La misma línea de pensamiento se expresa en el staretz Zósimo, de Dostoievsky: “Sólo hay un camino de salvación, y es hacerse responsable de los pecados de los hombres… Hacerse uno mismo responsable con toda sinceridad y por todos”. La habilidad de los staretz de soportar y alentar a otros está medida por su disposición para adoptar este camino de salvación.



Sin embargo, la relación entre el padre espiritual y sus hijos no es unilateral. A pesar de que lleva el peso de sus culpas sobre él mismo y responde por ellos ante Dios, no puede hacer esto de manera efectiva, a menos que ellos mismos se esfuercen con todo su corazón por su propia salvación. Una vez, acudió un hermano a San Antonio de Egipto y le dijo: “Reza por mí”, pero el anciano le respondió: “No voy a tener piedad de ti, ni Dios, a menos que hagas un pequeño esfuerzo por tu parte” (17).



Cuando se considera el amor de un staretz por los que están bajo su cuidado, es importante dar un sentido completo a la palabra “padre” en el título “padre espiritual”. Así como un padre y sus hijos, en una familia ordinaria, deberían estar unidos en amor mutuo, así debe ser también en la familia “carismática” de los staretz. Es principalmente una relación en el Espíritu Santo, y mientras que la fuente de la afección humana no se suprime insensiblemente, debe ser contenida dentro de los límites. Se cuenta cómo un joven monje cuidaba de su padre espiritual, que estuvo gravemente enfermo durante doce años sin interrupción. Ni una sola vez en este periodo se lo agradeció este anciano, ni tan siquiera le dirigió una sola palabra bondadosa. Sólo en su lecho de muerte, el anciano señala a la asamblea de hermanos: “Es un ángel y no un hombre” (18). La historia es válida como indicación de la necesidad por un destacamento espiritual, pero tal incomprensible supresión de muestras de afección externa no es típica de los Dichos de los padres del desierto, y menos aún de Barsanufio y Juan.



Un tercer don del padre espiritual es el poder de transformar el entorno humano, tanto el material como el inmaterial. El don de la curación, poseído por muchos staretz, es un aspecto de este poder: muy generalmente, los staretz ayudan a sus discípulos a percibir el mundo como Dios lo creó y como Dios desea una vez más que sea. “¿Podéis regocijaros por las obras de vuestro Padre?”, se pregunta Thomas Traherne. “Él mismo está en todo”. El verdadero staretz es el que discierne esta presencia universal del creador en todo lo creado, y asiste a los otros para discernirlo. En palabras de William Blake: “Si las puertas de la percepción fueran puras, todo aparecería ante el hombre tal y como es, infinito”. Así, para el hombre que mora en Dios, no hay nada infame y trivial: lo ve todo con la luz del Monte Tabor. “¿Qué es un corazón misericordioso?”, se pregunta San Isaac el Sirio. “Es un corazón que arde con amor ‘por toda la creación, por los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda criatura. Cuando un hombre con tal corazón como este piensa en las criaturas o las mira, sus ojos se llenan de lágrimas; una compasión abrumadora hace crecer su corazón, pequeño y humilde, y no puede soportar escuchar o ver ningún sufrimiento, incluso la más pequeña pena infligida a cualquier criatura. Por lo tanto, nunca cesa de orar con lágrimas, incluso por los animales irracionales, por los enemigos de la verdad, y por aquellos que le hacen mal, pidiendo para que puedan ser guardados y recibidos en la misericordia de Dios. Y también reza por los reptiles con una gran compasión, que crece sin cesar en su corazón hasta que brilla nuevamente y es glorioso como Dios” (19).



Un amor que lo abarca todo, como el del staretz Zósimo de Dostoievski, transfigura su objeto, haciendo el entorno humano transparente, para que las energías increadas de Dios brillen por medio de él. Una visión momentánea de lo que esta transfiguración envuelve se proporciona por la célebre conversación entre San Serafín de Sarov y Nicolás Motovilov, su hijo espiritual. Caminaban por el bosque un día de invierno y San Serafín hablaba sobre la necesidad de adquirir el Espíritu Santo. Esto condujo a Motovilov a preguntar cómo puede un hombre conocer con certeza que está “en el Espíritu de Dios”:



Entonces el Padre Serafín me tomó por los hombros y apretándolos muy fuerte dijo:

- Los dos estamos, tú y yo, en la plenitud del Espíritu Santo. ¿Por qué no me miras?

- No puedo, Padre, miraros. Rayos brotan de vuestros ojos. Vuestro rostro se tornó más luminoso que el sol. Tengo mal los ojos.

El Padre Serafín dijo: No tengáis temor, amigo de Dios. También vos os habéis tornado luminoso como yo. También estáis presente en la plenitud del Espíritu Santo, de otro tundo no habríais podido verme.

Inclinando su cabeza hacia mi, él me dijo al oído: Agradezcamos al Señor el habernos acordado esta gracia indecible, por la cual, como habéis visto, ni siquiera hice la señal de la cruz, sino, apenas oré, con mi pensamiento en el corazón: “Señor, hacedme digno de ver claramente, con los ojos de la carne, el descenso del Espíritu Santo, como Tus servidores selectos, cuando Te dignas aparecer ante ellos en la magnificencia de Tu gloria.” E inmediatamente Dios acogió la humilde plegaria del miserable Serafín. ¿Cómo no agradecerle por este extraordinario don que nos acuerda a los dos? No siempre Dios manifiesta de este modo Su gracia a los grandes eremitas. Como una madre amante, esta gracia consuela vuestro corazón afligido, ante la plegaria de la misma Madre de Dios. ¿Pero por qué no me miráis a los ojos? Osad mirarme sin temor, Dios está con nosotros.

Después de esas palabras, alcé mis ojos hacia él y, nuevamente, un gran temor se apoderó de mi. Imaginaos el rostro de un hombre que os habla envuelto por los rayos del sol del mediodía. Veis el movimiento de sus labios, la expresión cambiante de sus ojos, escucháis el sonido de su voz, sentís la presión de sus manos sobre vuestros hombros, pero al mismo tiempo no percibís sus manos, ni su cuerpo ni el vuestro, nada más que una brillante luz que se propaga alrededor, a una distancia de muchos metros, aclarando la nieve que recubre la pradera y cae sobre el gran staretz y sobre mí mismo (20).




Obediencia y libertad



Tal es la gracia de Dios, los dones de los staretz. Pero, ¿qué decir sobre el hijo espiritual? ¿Cómo contribuye a la mutua relación entre padre e hijo en Dios?.



Brevemente, lo que ofrece es su completa e incuestionable obediencia. Como clásico ejemplo, está la historia en los Dichos de los padres del desierto de un monje al que se le dijo que plantara un palo seco en la arena del desierto y que lo regara diariamente. La fuente estaba tan distante de su celda que tenía que salir por la tarde para recoger el agua y sólo regresaba a la mañana siguiente. Durante tres años cumplió pacientemente el mandato de su Abba. Al final de este tiempo, repentinamente el palo floreció y dio fruto. El Abba recogió el fruto, lo llevó a la iglesia, e invitó a los monjes a comer, diciendo: “Comed y probad el fruto de la obediencia” (21).



Otro ejemplo de obediencia es el monje Marcos que fue convocado por su Abba, mientras copiaba un manuscrito, y tan inmediata fue su respuesta que incluso no completó el circulo de la letra que estaba escribiendo. En otra ocasión, mientras caminaban juntos, su Abba vio un pequeño cerdo; probando a Marcos, le dijo: “¿Ves aquel búfalo, hijo mío?. Sí, padre”, replicó Marcos. “¿Y ves qué poderosos cuernos tiene?. Sí, padre”, respondió una vez más sin demora (22). Abba José de Panefo, siguiendo una política similar, probó la obediencia de sus discípulos asignándoles tareas ridículas, y sólo si las cumplían les daba entonces mandatos sensibles (23). Otro staretz instruyó a su discípulo para robar cosas de las celdas de sus hermanos (24); sin embargo, otro le dijo a su discípulo (que no había sido del todo sincero con él) que lanzara a su hijo al horno (25).



Tales historias son propensas a dar una impresión un tanto ambivalente al lector moderno. Parecen reducir al discípulo a un nivel infantil o infrahumano, privándole de todo poder de juicio y elección moral. Con indignación nos preguntamos: ¿Es esta “la libertad de la gloria de los hijos de Dios”? (Romanos 8:21, Straubinger).



Se deben señalar aquí tres puntos. En primer lugar, la obediencia ofrecida por el hijo espiritual a su Abba no está forzada sino que es voluntaria y dispuesta. Es la labor del staretz tomar nuestra voluntad sobre la suya, pero sólo puede hacer esto si por nuestra propia libre elección la ponemos en sus manos. No rompe nuestra libertad, sino que la acepta de nosotros como un don. Una sumisión que es forzada e involuntaria, está desprovista obviamente de valor moral; el staretz pide a cada uno que ofrezca a Dios su corazón, no sus obras externas.



La naturaleza voluntaria de la obediencia está vívidamente enfatizada en la ceremonia de la tonsura en el rito ortodoxo de la profesión monástica. Las tijeras son situadas sobre el Libro de los Evangelios, y el novicio debe cogerlas y entregárselas al abad. El abad inmediatamente las pone sobre el Libro de los Evangelios. De nuevo, el novicio coge las tijeras, y de nuevo se vuelven a poner en el Evangelio. Sólo cuando el novicio coge por tercera vez las tijeras, el abad procede a cortar el pelo. A partir de entonces, el monje no tendrá derecho a decir al abad o a sus hermanos: “Mi personalidad es restringida y suprimida en el monasterio; me habéis privado de mi libertad”. Nadie le ha quitado su libertad, pues fue él mismo quien cogió las tijeras y las puso tres veces en las manos del abad.



Pero este ofrecimiento voluntario de nuestra libertad es, obviamente, algo que no puede ser hecho una vez y para siempre, por un simple gesto; debe ser un ofrecimiento continuo, que exceda toda nuestra vida; nuestro crecimiento en Cristo está medido precisamente por el grado creciente de nuestra auto entrega. Nuestra libertad debe ser ofrecida cada nuevo día y a cada hora, en constantes formas diferentes, y esto significa que la relación entre el staretz y el discípulo no es estática, sino dinámica, no inmóvil, sino infinitamente diversa. Cada día y a cada hora, bajo la guía de su Abba, el discípulo se enfrentará a nuevas situaciones, pidiendo una respuesta diferente, una nueva clase de auto entrega.



En segundo lugar, la relación entre el staretz y el hijo espiritual no tiene una, sino dos caras. Así como el staretz permite a los discípulos verse a sí mismo como son realmente, así es el discípulo quien se revela al staretz mismo. En muchas instancias, un hombre no se da cuenta de que es llamado a ser un staretz hasta que otros vienen a él y le insisten que los ponga bajo su guía. Esta reciprocidad continúa mediante la relación entre los dos. El padre espiritual no posee un programa exhaustivo, cuidadosamente elaborado con antelación e impuesto de la misma forma para todos. Por el contrario, si es un verdadero staretz, tendrá una palabra diferente para cada uno; y puesto que la palabra que da está en el nivel más bajo, no siendo la suya, sino la del Espíritu Santo, no conoce de antemano la palabra que dará. El staretz actúa sobre la base, no de unas reglas abstractas, sino de unas situaciones humanas concretas. Él y su discípulo entran en cada situación juntos, sin saber ninguno de ellos cuál será el resultado, sino esperando la iluminación del Espíritu Santo. Cada uno de ellos, tanto el padre espiritual como el discípulo, deben aprender a medida que avanzan.



La mutualidad de su relación se indica por ciertas historia de los Dichos de los padres del desierto, donde un indigno Abba tenía un hijo espiritual mucho mejor que él. El discípulo, por ejemplo, descubre a su Abba en el pecado de fornicación, pero finge no haber sabido nada y permanece bajo su cargo; y así, por la paciente humildad de su nuevo discípulo, el padre espiritual fue conducido al arrepentimiento y a una nueva vida. En tal caso, no es el padre espiritual quien ayuda al discípulo, sino al revés. Obviamente, tal situación se aleja de la norma, pero indica que el discípulo es llamado a dar tanto como para recibir.



En realidad, la relación no es a dos bandas, sino triangular, ya que, además del staretz y del discípulo hay también un tercer participante, Dios. Nuestro Señor insistió en que no deberíamos llamar a ningún hombre “padre”, pues sólo tenemos un Padre, que está en el cielo (Mateo 13:8-10). El staretz no es un juez infalible o un tribunal de última instancia, sino un ferviente seguidor del Dios vivo, no un dictador, sino un guía y compañero en el camino. El único y verdadero “director espiritual”, en el sentido pleno de la palabra, es el Espíritu Santo.



Esto nos lleva al tercer punto. En la tradición oriental ortodoxa en su mejor momento, el padre espiritual siempre ha tratado de evitar cualquier clase de coacción y violencia espiritual en su relación con su discípulo. Si, bajo la guía del Espíritu Santo, habla y actúa con autoridad, es con la autoridad del amor humilde. Las palabras del staretz Zósimo en Los hermanos Karamazov expresan un aspecto esencial de la paternidad espiritual: “Por algunas ideas, os quedáis perplejos, especialmente a la vista del pecado de los hombres, sin saber si combatirlas por la fuerza o por el humilde amor. Siempre decidís: ‘Combatiré por el amor humilde’. Si os decidís sobre esto de una vez por todas, podréis conquistar el mundo. El amor humilde es una fuerza terrible; es más fuerte que todas las cosas y no hay nada igual a él”.



Ansiosos por evitar toda restricción mecánica, muchos padres espirituales del oriente cristiano rechazaron otorgar a sus discípulos una regla de vida, una serie de mandatos externos para que se aplicaran automáticamente. En palabras el contemporáneo monje rumano, el staretz no es “un legislador, sino un mistagogo” (26). Guía a otros, no imponiendo sus reglas, sino compartiendo su vida con ellos. Un monje le dijo al Abba Pimen: “Algunos hermanos han venido a vivir conmigo; ¿quieres que les de órdenes?. ‘No’, dijo el anciano. El monje persistió: ‘Pero padre, ellos mismos quieren que les dé ordenes’. ‘No’, repitió Pimen: ‘Sé un ejemplo para ellos, pero no un legislador” (27). La misma moral surge de la historia de Isaac el sacerdote. Como un joven hombre, permaneció en primer lugar con Abba Kronis y después con Abba Teodoro de Ferme, pero ninguno de ellos le dijo qué tenía que hacer. Isaac se quejaba a los otros monjes y ellos vinieron le reprobaron ante Teodoro. “Si lo desea”, respondió Teodoro finalmente, “dejadle hacer lo que me ve hacer” (28). Cuando se le pidió a Barsanufio que otorgara una norma detallada de vida, se negó, diciendo: “No quiero que estéis bajo la ley, sino bajo la gracia”, y en otras cartas, escribía: “Sabéis que nunca he impuesto cadenas a nadie… No forcéis la libre voluntad de los hombres, sino más bien sembrad la esperanza, pues nuestro Señor no obliga a nadie, sino que predicó la buena nueva, y los que lo desearon, le obedecieron” (29).



No forcéis el libre albedrío de los hombres. La tarea del padre espiritual es no destruir la libertad de un hombre, sino asistirle para que vea la verdad por sí mismo; no reprimáis la personalidad de un hombre, sino hacedlo capaz de descubrirse a sí mismo, para que crezca en completa madurez y se convierta en lo que realmente es. Si en alguna ocasión el padre espiritual requiere una implícita y aparente obediencia “ciega” de un discípulo, esto no es hecho como un fin en sí mismo, ni con vistas a esclavizarlo. El propósito de esta clase de tratamiento de choque es simplemente para liberar al discípulo de su falso e imaginario “yo”, para que pueda entrar en la verdadera libertad. El padre espiritual no impone sus ideas o sus devociones, sino que ayuda al discípulo a encontrar su propia vocación especial. En palabras de un autor del siglo XVII: “El mentor no está para enseñar su propio camino, ni de echo ninguna determinada forma de oración, sino para instruir a sus discípulos sobre cómo pueden encontrar por sí mismos el camino propio… En una palabra, sólo es el siervo de Dios, y debe conducir las almas según el camino de Dios, y no según el suyo”.



En última instancia, lo que el padre espiritual da al su discípulo no es un código de regulaciones escritas u orales, ni un conjunto de técnicas de meditación, sino una relación personal. En esta relación personal, el Abba crece y cambia así como el discípulo, pues Dios está constantemente guiándolos a los dos. En alguna ocasión puede proveer a su discípulo detalladas instrucciones verbales, con respuestas precisas a preguntas específicas. En otras ocasiones fracasará dando alguna respuesta, ya sea porque no piensa que la pregunta necesite respuesta, o porque él mismo no conoce, sin embargo, la respuesta que debería darse. Pero estas respuestas (o este fracaso en responder) son siempre dadas en el marco de una relación personal. No se pueden decir muchas cosas con palabras, pero pueden transmitirse por medio de un encuentro personal directo.




En ausencia de un staretz



Y, ¿qué se debe hacer, si no encontramos un padre espiritual?



Se debe dirigir, en primer lugar, a los libros. Escrito en la Rusia del siglo V, San Nilo de la Sora lamenta la extrema escasez de padres espirituales cualificados, y sin embargo, ¡cuán frecuentes deben haber sido en aquellos días, más que en nuestros días! Nos insta a buscar diligentemente, un confiable y digno guía. “Sin embargo, si no se puede encontrar tal maestro, entonces los santos padres nos ordenas dirigirnos a las Escrituras y escuchar a nuestro Señor mismo hablando” (31). Puesto que el testimonio de las Escrituras no debería estar aislado del testimonio continuo del Espíritu en la vida de la Iglesia, el investigador también deberá leer las obras de los padres, y por encima de todo, la Filocalía. Pero hay un evidente peligro en esto. El staretz adapta su guía al estado interior de cada uno; los libros ofrecen el mismo consejo para todos. ¿Cómo puede discernir el principiante si un texto es aplicable o no a su propia situación? Incluso si no puede encontrar un padre espiritual en el sentido pleno, debería al menos intentar encontrar a alguien más experimentado que él, capaz de guiarlo en su lectura.



Es posible aprender también visitando lugares donde la divina gracia se haya manifestado y donde ha oración se haya concentrado especialmente. Antes de tomar una mayor decisión, y en ausencia de otra guía, muchos cristianos ortodoxos peregrinan a Jerusalén o al Monte Athos, o a algún monasterio o la tumba de un santo, donde pueden orar pidiendo iluminación. Esta es la forma en la que he tomado las decisiones más difíciles de mi vida.



En tercer lugar, podemos aprender de las comunidades religiosas con una tradición establecida de la vida espiritual. En ausencia de un maestro personal, el entorno monástico puede servir como gurú; podemos recibir nuestra formación de la secuencia ordenada del programa diario, con sus periodos de oración y silencio litúrgicos, con su equilibro de trabajo manual, estudio y recreo (32). Esto parece haber sido la base principal con la que San Serafín de Sarov dirigió su entrenamiento personal. Un monasterio bien organizado encarna, de forma accesible y viva, la sabiduría heredada de muchos staretz. No sólo los monjes, sino los que vienen como visitantes durante un largo o corto periodo, pueden ser formados y guiados por la experiencia de la vida comunitaria.



De hecho, no es una coincidencia que la clase de paternidad espiritual que hemos estado describiendo surgiera inicialmente en Egipto en el siglo IV, ni en las comunidades organizadas completamente por San Pacomio, sino entre los eremitas y en los centro semi eremíticos de Nitria y Scetis. En el primer caso, la dirección espiritual fue provista por Pacomio mismo, por los superiores de cada monasterio, y por los responsables de las “casas” individuales dentro del monasterio. La regla de San Benito también prevé al abad como padre espiritual, y no hay provisión de un tipo más “carismático”. Con el tiempo, por supuesto, las comunidades cenobíticas incorporaron muchas de las tradiciones de la paternidad espiritual que se desarrollaron entre los eremitas, pero la por estas tradiciones siempre se dejó sentir menos intensamente en los cenobios, precisamente porque la dirección era provista por la vida corporativa realizada dentro del marco de la orientación de la regla.



Finalmente, antes de que dejemos el tema de la ausencia de los staretz, es importante reconocer la extrema flexibilidad en la relación entre el staretz y el discípulo. Algunos pueden ver a su padre espiritual diariamente o incluso a cada hora, rezando, comiendo y trabajando con él, quizá compartiendo la misma celda, como sucedía a menudo en el desierto egipcio. Otros pueden verlo sólo una vez al mes o incluso una vez al año, mientras que otros, nuevamente, pueden visitar a un staretz tan sólo en una sola ocasión en toda su vida, y sin embargo será suficiente para ponerlos en el camino recto. Por otro lado, hay muchos tipos diferentes de padre espiritual, y quizá pocos sean taumaturgos como San Serafín de Sarov. Hay numerosos sacerdotes y laicos que, si bien carecen de los dones más espectaculares de los staretz, son ciertamente capaces de proveer a otros la orientación que necesitan.



Mucha gente imagina que no puede encontrar a un padre espiritual, porque lo esperan que sea de un tipo particular: quieren un San Serafín, y así, cierran sus ojos a los guías a los que Dios en realidad les está enviando. A menudo, sus supuestos problemas no son muy complicados, y en realidad ya saben en su corazón cuál es la respuesta. Pero no les gusta la respuesta, porque se trata de un esfuerzo paciente por su parte, y así buscan un deus ex machina que, por una simple palabra milagrosa, lo haga repentinamente todo más fácil. Tales personas necesitan ser ayudadas para entender la verdadera naturaleza de la dirección espiritual.




Ejemplos contemporáneos



En conclusión, brevemente deseo nombrar a dos staretz de nuestros propios días, a quienes he tenido la suerte de conocer personalmente. El primero es el padre Anfilogio (+1970), abad del monasterio de San Juan en la isla de Patmos, y padre espiritual de una comunidad de monjas que fundó, no lejos del monasterio. Lo que más distinguía su carácter era su gentileza, el candor de su afección, y su sentido de tranquilidad, y sin embargo, triunfante gozo. La vida en Cristo, como él la entendía, no es un yugo pesado, una carga que se lleva con resignación, sino una relación personal que se persigue con afán de corazón. Estaba firmemente opuesto a la violencia espiritual y a la crueldad. Como era típico, mientras agonizaba, se despidió de las monjas a su cuidado, instando a la abadesa a no ser demasiado severa con ellas: “Ellas lo han dejado todo para venir aquí, y por eso no deben ser infelices” (33). Cuando tuve que volver de Patmos a Inglaterra como nuevo sacerdote ordenado, insistió que allí no tenía necesidad de tener temor por nada.



Mi segundo ejemplo es el arzobispo San Juan (Maximovitch), obispo ruso de Shangai, en Europa occidental y finalmente en San Francisco (+1966). Hombre de poca altura, con el pelo enmarañado y barba, y con impedimento en su discurso, poseía el toque de un “loco en Cristo”. Desde el momento de su profesión como monje, no se volvió a tumbar en una cama para dormir por la noche; siguió trabajando y orando, arrastrando su sueño y durmiendo escasos momentos en las 24 horas. Anduvo descalzo por las calles de París, y una vez celebró una panikidia entre unas líneas de metro cerca del puerto de Marsella. La puntualidad tenía poco significado para él. Desconcertado por su comportamiento impredecible, el más convencional entre los de su rebaño a veces lo juzgaba inadecuado para el trabajo administrativo de un obispo. Pero con su total desprecio a las formalidades normales, tuvo éxito donde los demás, basándose en la influencia y experiencia mundana, habían fracasado por completo, como cuando, contra toda esperanza, y bajo la mordedura del sistema de “cuotas”, aseguró la admisión de miles de personas rusas sin hogar refugiadas en los Estados Unidos.



En una conversación privada era muy gentil, y rápidamente ganaba la confianza de los niños pequeños. Particularmente notable fue la intensidad de su intercesora oración. Cuando era posible, le gustaba celebrar la Divina Liturgia diariamente, y a menudo la liturgia duraba dos o tres veces más del tiempo normal, pues tal era la multitud de los que conmemoraba individualmente por su nombre. Cuando rezaba por ellos, nunca eran despreciados sus nombres de las largas listas, sino que siempre los mencionaba a todos. Se me contó una historia muy típica. Era su costumbre visitar cada año el monasterio de la Santa Trinidad de Jordanville, en Nueva York. Cuando se iba, después de tal visita, un monje le dio un trozo de papel con cuatro nombres de aquellos que estaban gravemente enfermos. El arzobispo Juan recibía miles y miles de peticiones de oración en el transcurso de cada año. A su regreso al monasterio un año después, le hizo una señal al monje, y para sorpresa de este, del fondo de la rasa del arzobispo Juan salió un trozo idéntico de papel, ahora arrugado y roto. “Recé por tus amigos”, dijo, “pero dos de ellos” (y señaló sus nombres), “ahora están muertos y los otros dos se han recuperado”. Y de hecho, así fue.



Incluso a gran distancia compartía las preocupaciones de sus hijos espirituales. Uno de ellos, superior de un pequeño monasterio ortodoxo de Holanda, estaba sentado una noche en su habitación, incapaz de dormir por la ansiedad de los problemas a los que tenía que hacer frente. Sobre las tres de la madrugada, sonó el teléfono; era el arzobispo Juan, hablando a unos cuantos centenares de kilómetros. Lo llamó para decirle que ya era hora de que el monje se fuera a la cama.



Tal es el papel del padre espiritual. Como lo expresó Barsanufio: “Cuido de ti más de lo que tú cuidas de ti mismo”.


Notas



1. Sobre la paternidad espiritual en el oriente cristiano, ver el estudio bien documentado de I. Hausherr, S. L. Dirección espiritual en Oriente en otros tiempos (Orientalia Christiana Analecta, 144, Roma, 1955). Un excelente retrato de un gran staretz ruso del siglo XIX es presentado por J.B. Dunlop, Staretz Ambrosio: Modelo para el staretz Zósimo de Dostoievsky (Belmont, Mass, 1972); comparar también I. de Beausobre, Macano, Staretz de Optina: Cartas rusas de dirección 1834-1860 (Londres). Para la vida y escritos de un staretz ruso del siglo presente, ver Archimandrita Sofronio, La imagen sin distorsión. Staretz Silouan: 1866-1938 (Londres, 1958).



2. Apotegmata Patrum, colección alfabética (Migne, P. G., 65, pp. 37-38)



3. Los apotegmas de los padres del desierto, por J. C. Guy, S. JJ. (Textos de espiritualidad oriental, nº1: etiolles, 1968), pp. 112, 158.



4. A. Elchaninov, El diario de un sacerdote ruso (Londres, 1967, p. 54).



5. Uso “carismático” en el sentido restringido que habitualmente se le da en los escritores contemporáneos. Pero si esa palabra indica que ha recibido los dones o carismas del Espíritu Santo, entonces el ministerio del sacerdote, ordenado por la imposición de manos del obispo, es genuinamente “carismático” como el que habla en lenguas.



6. La vida de San Antonio, capítulo 87 y 81 (P. G., 26, 965A, y 957A).



7. Citado en Igumeno Jariton, El arte de la oración: una antología ortodoxa (Londres, 1966), p. 164 [nota del webmaster: No puedo determinar donde apareció esta nota en el artículo original].



8. Apotegmata Patrum, colección alfabética, Teófilo el arzobispo, p. 2. En el cristianismo oriental, el patriarca de Alejandría lleva el título de “papa”.



9. Ibíd., Antonio, p. 27.



10. Ibíd., Antonio, p. 24.



12. Tres de las grandes perdiciones del siglo XX son la taquigrafía, las duplicaciones y las fotocopiadoras. Si los representantes de los comités y los que tienen autoridad se vieran forzados a escribir personalmente a mano todo lo que quisieran comunicar, sin duda elegirían sus palabras con sumo cuidado.



13. Evergentinos, Sinagoga, 1, 20 (ed. Victor Matthaiou, I, Atenas, 1957, pp. 168-169).



14. Apotegmata Patrum, colección alfabética, Pimen, p. 8.



15. Para la importancia de las oraciones de un padre espiritual, ver por ejemplo Los apotegmas de los padres del desierto, tr. Guy, “serie de dichos anónimos”, p. 160.



16. El Libro de Barsanufio y Juan, editado por Sotirios Schoinas (Volos, 1960), pp. 208, 239, 353, 110 y 23G. Una edición crítica de parte del texto griego, acompañada por una traducción inglesa, fue preparada por D. J. Chitty: Barsafucio y Juan, preguntas y respuestas, (Patrología Orientalis, XXXI, 3, París, 1966) [Este y muchos otros libros de dirección espiritual están disponibles en St. Herman Press. OCIC. Ed].



17. Apotegmata Patrum, colección alfabética, Antonio, p.



18. Ibíd., Juan de Tebas, p. 1.



19. Tratados místicos de Isaac de Nínive, traducción de A. J. Wensinck, (Amsterdam, 1923), p. 341.



20. “Conversación de San Serafín sobre el fin de la vida cristiana”, en Una revelación al mundo (Jordanville, N. Y., 1953), pp. 23-24.



21. Apotegmata Patrum, colección alfabética, Juan Colobos, p. 1.



22. Ibíd., Marco el discípulo de Silvano, pp. 1, 2.



23. Ibíd., José de Panefo, p. 5.



24. Ibíd., Saio, p. q. El staretz consecuentemente volvió las cosas a sus propios dueños.



25. Los apotegmas de los padres del desierto, traducción Guy, “series de dichos anónimos”, p. 162. Hay una historia paralela en la colección alfabética, Sisóes, pg. 10; cf. Abraham e Isaac (Génesis 22).



26. Fr. André Scrima, “La tradición del padre espiritual en la Iglesia de oriente”, Hermes, 1967, nº 4, p. 83.



27. Apotegmata Patrum, colección alfabética, Pimen, p. 174.



28. Ibíd., Isaac el sacerdote, p. 2.



29. El libro de Barsanufio y Juan, pp. 23, 51, 35.



31. “La regla monástica”, en G. P. Fedotov, Un tesoro de la espiritualidad rusa, (Londres, 1950), p. 96.



32. Ver Tomás Merton, op.cit., pp. 14-16, sobre los peligros de la rígida disciplina monástica sin la correcta dirección espiritual.


33. Ver I. Gorainoff, “Santos hombres de Patmos”, Sobornost (El periódico de los fieles de San Albano y San Sergio), Series 6, nº 5 (1972). Pp. 341-343.


De Cross Currents (Verano/Otoño 1974), pp. 296-313.


Por el obispo Kallistos Ware 
 
http://cristoesortodoxo.com/2014/06/24/el-padre-espiritual-en-el-cristianismo-ortodoxo/