“LA GENTE HEBREA E ISLAMICA, Y LOS CRISTIANOS… estas tres expresiones de un monoteísmo idéntico, hablan con las mas autenticas y antiguas, e incluso las más audaces y cetreras voces. ¿Porqué no es posible que el nombre del mismo Dios, en lugar de engendrar una oposición irreconciliable, nos conduzca al respecto mutuo, al entendimiento y a una coexistencia pacífica? ¿Acaso no, la referencia al mismo Dios, el mismo Padre, sin prejuicios hacia la discusión teológica, un día nos conducirá a descubrir lo que es tan evidente, y tan difícil — que todos somos hijos del mismo Padre, y que, por lo tanto, todos somos hermanos?” (Papa Pablo VI, La Croix, Ago. 11, 1970)
En el jueves del 2 de 1970, se llevó a cabo una gran manifestación religiosa en Ginebra, Suiza. Dentro del marco de la Segunda Conferencia de la “Asociación del Religiones Unidas,” los representantes de las religiones que están en la mira fueron invitados a reunirse en la Catedral de San Pedro. Esta “oración en común” se baso en la siguiente motivación: “Los fieles de todas estas religiones fueron invitados a coexistir en el culto al mismo Dios” Veamos si esta aseveración es valida a la luz de las Santas Escrituras.
Para poder explicar mejor el asunto, nos limitaremos a las tres religiones que históricamente se han sucedido en este orden: Judaísmo, Cristianismo, Islam. Estas tres religiones reclaman, de hecho, un origen común: como adoradores del Dios de Abraham. Aunque está muy extendida la opinión de que ya que todos reclamamos la prosperidad de Abraham (los Judíos y Musulmanes de acuerdo a la carne y los Cristianos espiritualmente), todos tenemos como Dios al Dios de Abraham y los tres adoramos (cada uno a su manera, naturalmente) al mismo Dios. Y, este mismo Dios constituye de alguna manera nuestro punto de unidad y de “entendimiento mutuo,” y esto nos invita a una “relación fraternal,” como el Gran Rabino Dr. Safran enfatizó, parafraseando el Salmo: “Que bueno es el ver a los hermanos sentados juntos”
En esta perspectiva es evidente que Jesús Cristo, Dios y Hombre, el Hijo Co-eterno con el Padre sin principio, Su Encarnación, Su Cruz, Su Gloriosa Resurrección y Su Segunda y Terrible Venida — se convierten en detalles secundarios que no nos pueden impedir “fraternizar” con quienes lo consideran como “tan solo un profeta” (de acuerdo al Corán) o como “el hijo de una prostituta” (de acuerdo a algunas tradiciones Talmúdicas). De ese modo, pondríamos a Jesús de Nazaret y a Mahoma en el mismo nivel. No se como un Cristiano digno de llamarse así podría admitir esto en su conciencia.
Se podría decir que en estas tres religiones, sobrepasando al pasado, uno podría estar de acuerdo en que Jesús Cristo es un ser extraordinario y excepcional y que fue enviado por Dios. Pero para nosotros los Cristianos, si Jesús Cristo no es Dios, no lo podemos considerar tampoco como un “profeta” ni como alguien enviado por Dios, “sino como un gran impostor sin par, habiéndose proclamado así mismo “Hijo de Dios,” haciéndose de ese modo igual a Dios” (San. Marcos 14:61-62). De acuerdo con esta solución ecuménica a nivel supra-confesional, el Dios Trinitario de los Cristianos sería lo mismo que el monoteísmo del Judaísmo, del Islam, del antiguo hereje Sabelio, de los modernos anti-Trinitarios, y de algunas sectas Iluminísticas. No habría Tres Personas en una misma Divinidad, sino una sola Persona, inmutable para algunos, o sucesivamente cambiando de “máscaras” (Padre-Hijo-Espíritu) para otros. Y sin embargo uno pretendería que este fuese el “mismo Dios”
Aquí uno podría ingenuamente proponer: “Aún así existe un punto en común para las tres religiones: todas profesan a Dios el Padre “Pero de acuerdo con la Santa Fe Ortodoxa, esto es un absurdo. Siempre profesamos: Gloria a la Santa, consubstancial, Dadora de vida e Indivisible Trinidad.” Como podríamos separar al Padre del Hijo cuando Jesús Cristo afirma Yo y el Padre somos Uno (Sn. Juan 10:30); Y San Juan el Apóstol, Evangelista, y Teólogo, el Apóstol del Amor, claramente afirma: Quienquiera que niegue al Hijo, el mismo que no tiene al Padre (San. Juan 2:23).
Pero aunque los tres llamamos a Dios Padre: ¿De quién es Él realmente Padre? Para los Judíos y los Musulmanes Él es el Padre de los hombres en el plano de la creación; mientras que para nosotros los Cristianos Él es el Padre de nuestro Señor Jesús Cristo por adopción (Ef. 1:4-5) en el plano de la redención. ¿Qué semejanza hay, entonces, entre la Paternidad Divina en el Cristianismo y en las otras religiones?
Otros podrían decir: “Pero de igual manera, Abraham adoró al Dios verdadero; y los Judíos a través de Isaac y los Musulmanes a través de Hagar son descendientes de éste auténtico adorador de Dios.” Aquí uno tendría que poner muchas cosas en claro: Abraham de ninguna manera adoró a Dios en la forma que el monoteísmo impersonal de otros lo hace, pero en la forma de la Santa Trinidad. Leemos en la Santa Escritura: Y el Señor se le apareció en los Robles de Mambre… y él se postró hasta llegar al suelo (Gen. 18:1-2). ¿Bajo qué forma adoró a Dios Abraham? ¿Bajo la forma impersonal, o bajo la forma de la Divina Tri-unidad? Nosotros los Cristianos Ortodoxos veneramos a esta manifestación de la Santa Trinidad en el Antiguo Testamento en el Día de Pentecostés, cuando adornamos nuestras Iglesias con ramas representando a los robles antiguos, y cuando veneramos entre ellas al icono de los Tres Ángeles, tal y como nuestro padre Abraham lo veneró. La descendencia carne de Abraham no nos puede ser de ninguna utilidad si no somos regenerados por las aguas del Bautismo en la Fe de Abraham. Y en la Fe de Abraham estaba la Fe en Jesús Cristo, como el mismo Señor lo ha dicho: Vuestro padre Abraham se regocijó al ver Mi día; y lo vio y estuvo feliz (San. Juan 8:56). Así era también la Fe del Rey-Profeta David, quien escuchó al Padre celestial hablar de Su Hijo Consubstancial: El Señor le dijo a mi Señor (Ps. 109:1; Hechos 2:34). Así era la Fe de los Tres Jóvenes en el horno ardiente cuando fueron salvados por el Hijo de Dios (Dan. 3:25); Y la del santo Profeta Daniel, quien tuvo la visión de las dos naturalezas de Jesús Cristo en el Misterio de la Encarnación cuando el Hijo del Hombre vino en los Días de antaño (Dan. 7:13). Por esto el Señor al referirse a la posteridad (indisputablemente biológica) de Abraham. dijo: “Si fuesen los hijos de Abraham, harían las obras de Abraham,” (San Juan 8:39), y estas “obras” son el creer en quien Dios ha enviado (San. Juan 6:29).
Entonces, ¿Quienes son la posteridad de Abraham? ¿Los hijos de Isaac conforme a la carne o los hijos de Agar el egipcio? ¿Quiénes son la posteridad de Abraham es Isaac o Ismael? ¿Que es lo que la Santa escritura nos enseña a través de los labios del divino Apóstol? Ahora las promesas se les han hecho a Abraham y a su simiente. Él dijo que no, Y a la simiente, como por muchos; pero es uno, Y a vuestra simiente: que es Cristo (Gal. 3:16). Y si vosotros sois, Cristo Es, entonces sois simiente de Abraham, y herederos de acuerdo a la promesa (Gal. 3:29). Es entonces que en Jesús Cristo Abraham se convirtió en padre de muchas naciones (Gen. 17:5; Rom. 4:17). Después de tales promesas y tales certezas, ¿Qué significado tiene la descendencia carnal de Abraham? De acuerdo con la Sagrada Escritura, Isaac es considerado la simiente o posteridad, pero solamente como la imagen de Jesús Cristo. En contraste con Ismael (el hijo de Hagar, Gen 16:1ff), Isaac nació en la milagrosa “libertad” de una madre estéril, de edad avanzada y en contra de las leyes de la naturaleza, similar a nuestro Salvador, quien nació milagrosamente de una Virgen. Él subió la colina del Moriá tal y como Jesús subió al calvario, llevando sobre sus hombros los maderos de sacrificio. Un ángel libró a Isaac de la muerte, justo como el ángel rodó la piedra de la tumba para mostrarnos que estaba vacía, que el Resucitado ya no estaba ahí. Cuando estaba orando, Isaac se encontró con Rebeca en el llano y la llevó a la tienda de su madre Sarah, tal y como Jesús se encontrará con Su Iglesia en las nubes y ordenará traerla a dentro de las moradas celestiales, la Nueva Jerusalén, la tan deseada patria.
Y¡No! ¡Nosotros no tenemos ni en lo más mínimo al mismo Dios que tienen los no cristianos! El sine qua non para conocer al Padre, es el Hijo: Quien me ha visto ha visto al Padre; ningún hombre viene al Padre sino a través de mí (San. Juan 14:6,9). Nuestro Dios es un Dios encarnado, a quien hemos visto con nuestros ojos, y nuestras manos han tocado (1 Juan 1:1). Lo inmaterial se volvió material para nuestra salvación, como san Juan Damasceno lo dice, y Él se ha revelado a sí mismo en nosotros. Pero ¿Cuándo se reveló a sí mismo entre los Judíos y Musulmanes de hoy día para que podamos suponer que ellos conocen a Dios? Si ellos tienen un conocimiento de Dios fuera de Jesús Cristo, entonces, ¡Cristo se encarnó, murió, y resucitó en vano!
No, ellos no conocen al Padre. Tienen conceptos acerca del Padre; pero cada concepto acerca de Dios es un ídolo, porque un concepto es el producto de nuestra imaginación, una creación de un dios a nuestra propia imagen y semejanza. Para nosotros los cristianos dios es inconcebible, incomprensible, indescriptible, e inmaterial, como san Basilio el Grande lo dice. Para nuestra salvación Él se volvió (a la medida en que estamos unidos a Él) concebido, descrito y material, mediante la revelación en el Misterio de la encarnación de su Hijo. Sea para Él la gloria por los siglos de siglos. Amen. Y por eso San Cipriano de Cartago asevera que ¡Quien no tiene a la Iglesia como Madre, no tiene a Dios como Padre!
Que Dios nos guarde de la Apostasía y de la venida del Anticristo, de quien las señales preliminares se multiplican día a día. Que nos guarde de la gran aflicción que ni siquiera los elegidos serán capaces de soportar sin la Gracia de quien acortará estos días. Y que nos guarde en esa “pequeña grey,” los “recordatorios de acuerdo a la elección de la Gracia,” para que como Abraham podamos regocijarnos en la Luz de Su Rostro, por las oraciones de la Más Santa Progenitora de Dios y Siempre Virgen María, de todas las potestades celestiales, la nube de testigos, profetas, mártires, jerarcas, evangelistas, y confesores que han sido fieles hasta la muerte, quienes han derramado su sangre por Cristo, quienes nos han engendrado a través del Evangelio de Jesús Cristo en las aguas del Bautismo. Nosotros somos sus hijos — débiles, pecaminosos, e indignos, sin lugar a dudas; pero, ¡No extenderemos nuestras manos a un dios extraño! Amen.
Padre Basilio Sakkas
La Foi Transmise, Abril 5, 1970
Obtenido de “Ortodoxia y religión del futuro” por P. Hieromonje Serafín Rose

Los padres de antaño tenían una gran fe y una gran simplicidad. Aunque la mayoría de ellos fuese esencialmente analfabeta, recibían, sin embargo, la iluminación divina constante a causa de su humildad y su celo por el combate espiritual. Y aunque, en nuestros días, el conocimiento ha aumentado, desgraciadamente la lógica ha quebrantado la fe de las gentes en sus fundamentos y ha llenado sus almas de preguntas y dudas. Así, es natural que estemos privados de milagros, pues los milagros son vividos y no pueden ser explicados por la lógica.
Este espíritu terriblemente secular que prevalece en el hombre moderno, que ha vuelto toda su atención hacia una vida mejor, con mayores facilidades y menos esfuerzo, ha afectado desgraciadamente a las personas más espirituales; también ellas intentan ser más santas con menor esfuerzo, pero eso nunca puede suceder, pues, “los santos han dado su sangre y han recibido el Espíritu”. Mientras que nos regocijamos ahora en este gran avance hacia los santos padres y la vida monástica, y admiramos a los jóvenes valientes que se consagran a elevados ideales, al mismo tiempo, sufrimos porque vemos todo este buen material no encontrando la levadura espiritual apropiada, de la que esta pasta espiritual no se alza y acaba como con un pan sin levadura.
Antaño, incluso hace veinte años, la simplicidad abundaba en el “Jardín de la Theotokos” (la Santa Montaña de Athos). El perfume de la simplicidad de los padres atraía a las gentes temerosas de Dios como a las abejas y las alimentaba, mientras que, a su vez, transmitían esta bendición espiritual a otros para su provecho. Allá por donde se iba, se oían historias sencillas de milagros y de acontecimientos celestiales, pues los padres los consideraban como perfectamente naturales.
Viviendo en esta atmósfera espiritual de la gracia, nunca nos vendría la idea de dudar de lo que se hubiese oído, pues se vivía una parte en sí mismo. No habríais pensado jamás en tomar notas de estos acontecimientos espirituales, ni conservarlos en vuestra memoria para las generaciones venideras, porque pensaríais que esta forma de vida patrística continuaría. ¿Cómo se podía saber que en algunos años, la mayor parte de estas personas serían deformadas por demasiada educación, sabiendo que se les educa en el espíritu del ateismo y no en el de Dios, que puede santificar la educación externa, igualmente, y que la incredulidad llegaría a tal punto que los milagros serían considerados como cuentos de hechos de otro tiempo?
San Paisios

“Aquél que ama poco, da poco.
Aquél que ama más, da más
y aquél que ama muchísimo, ¿qué tiene digno de dar?
¡Se da a si mismo!”
Cristo es nuestra vida, nuestro amor
Cristo es la alegría, la luz, lo verdadero, la felicidad. Cristo es nuestra esperanza. La relación con Cristo es cariño, es amor, es entusiasmo, es anhelo de lo divino. Cristo es el todo. Él es nuestra vida, Él es nuestro amor. Es amor inalienable el amor de Cristo. Desde allí nace la alegría.
La alegría es el mismo Cristo. Es un alegría que te hace un nuevo hombre. Es un locura espiritual, pero en Cristo. Te emborracha como el vino más puro, este vino espiritual. Cómo dice David:”Me preparas una mesa ante mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y me llenas la copa a rebosar”.(Salmo 22, 5) El vino espiritual no está mezclado, no está adulterado, es muy fuerte y cuando lo bebes, te emborracha. Esta divina ebriedad es regalo de Dios, que se da a los “limpios de corazón”(Mat. 5, 8)
Ayunad tanto como podáis, haced todas las metanias que podáis, disfrutad de todas las agripnías que queráis; pero que estéis alegres. Que tengáis la alegría de Cristo. Es la alegría que dura eternamente, que tiene eterno regocijo. Es la alegría de nuestro Señor, que da el sosiego seguro, el placer sereno y la felicidad más agradable. La alegría, la máxima alegría, que supera cualquier alegría. Cristo quiere también alegrarse de esparcir la alegría, de enriquecer a Sus creyentes con la alegría. Deseo, “que nuestra alegría sea completa”(1ª Jn. 1, 4)
Ésta es nuestra religión. Allí tenemos que ir. Cristo es el Paraíso, mis niños. Qué es el Paraíso? Es Cristo. Desde aquí empieza el Paraíso. Es exactamente lo mismo; todos los que aquí en la tierra viven a Cristo, viven el paraíso. Es así ésto que os digo. Es correcto, es verdadero ésto, creedme! Es tarea nuestra el intentar encontrar la manera de entrar dentro de la luz de Cristo. No se trata de que haga uno lo formal, lo superficial. La esencia es que estemos junto a Cristo. Que se despierte tu alma y que ame a Cristo, que se vuelva santa. Que se entregue al amor divino. Así nos amará también Él. Será entonces la alegría inalienable. Ésto lo quiere muchísimo Cristo, llenarnos de alegría, porqué Él es la fuente de la alegría. Esta alegría es regalo de Cristo. Dentro de esta alegría conoceremos a Cristo. No podemos conocerle, si el no nos conoce. Cómo lo dice David? “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela”.(Salmo 126, 1)
Esto quiere conseguir nuestra psique. Si nos preparamos en función de esto, la gracia nos lo dará. No es difícil. Si cogemos la gracia, todo es fácil, alegre y bendición de Dios. La divina gracia llama continuamente la puerta de nuestra psique y espera a que abramos, para entrar en el corazón sediento y llenarlo. La culminación es Cristo, nuestra Panaguía, la Santa Trinidad. Qué cosa más bonita!
Si amas, vives en la plaza Omonia (plaza del centro de Atenas) y no sabes que te encuentras en la plaza Omonia. No ves coches, ni gente, ni nada. Estás dentro de ti con la persona que amas. Lo vives, te alegras con ello, te inspira. ¿No es verdad ésto? Pensad que esta persona que amáis sea Cristo. Cristo en tu espíritu, Cristo en tu corazón, Cristo en todo tu ser, Cristo en todas partes.
Cristo es la vida, la fuente de la vida, la fuente de la alegría, la fuente de la luz, de lo verdadero, el todo. El que ama a Cristo y a los otros, éste vive la vida. Vida sin Cristo es muerte, es infierno, no es vida. Éste es el infierno, el no amor. Vida es Cristo. El amor es la vida de Cristo. O estarás en la vida o en la muerte. De ti depende el escoger.
Que uno sea nuestro objetivo, el amor a Cristo, a la Iglesia, al prójimo. El amor, la adoración a Dios, el anhelo, la unión con Cristo y con la Iglesia es el Paraíso sobre la tierra. El amor a Cristo es el amor al prójimo, a todos, también a los enemigos. El cristiano sufre por todos, quiere que se salven todos, que todos saboreen la Realeza de Dios. Ésto es el cristianismo. A través del amor hacia el hermano, lograremos amar a Dios. Cuando lo deseamos, cuando lo queremos, cuando somos dignos, la divina gracia viene a través del hermano. Cuando amamos al hermano, amamos a la Iglesia, por lo tanto a Cristo. Dentro de la Iglesia estamos también nosotros. Entonces, cuando amamos a la Iglesia, nos amamos a nosotros mismos.

¿En qué se basan los dogmas? — Es evidente que los dogmas no se basan en las reflexiones racionales de algunas personas, aunque estas pudiesen ser Padres o Maestros de la Iglesia, sino en la doctrina misma de las Sagradas Escrituras y en las Sagradas Tradiciones Apostólicas. Las verdades exactas de la Fe en ellas comprendidas, fueron nombradas por los antiguos Padres de la Iglesia como "la Fe conciliar," "la Doctrina Católica" de la Iglesia. La confluencia armónica de la verdad de las Escrituras y de las Tradiciones en una sola es definitoria para la "conciencia conciliar" de la Iglesia Ortodoxa guiada por el Espíritu Santo.
Bajo el título de las Sagradas Escrituras se comprenden los libros escritos por los santos Profetas Bíblicos y por los Apóstoles bajo la influencia del Espíritu Santo, y llamados por eso "inspirados Divinamente." Ellos se dividen en Libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Son 38 libros del Antiguo Testamento que la Iglesia reconoce como propios, pero reuniendo algunos en un libro — como lo hacía la Iglesia del Antiguo Testamento — la cantidad de estos libros llega a las 22, a la cantidad de letras en el alfabeto hebreo. Estos libros, que fueron introducidos, en su momento, en el canon hebreo, adquieren el nombre de "libros canónicos." A ellos se agrega una cantidad de libros "no-canónicos," quiere decir, los que no fueron introducidos en el Canon hebreo por haber sido escritos después de haberse postulado el Canon de los libros sagrados del Ant. Test. La Iglesia acepta estos últimos libros considerándolos útiles y aleccionadores. La Iglesia recomendó su uso en la antigüedad para las lecturas edificantes no sólo en la intimidad de las casas, sino también en los templos, y por esa razón se denominan "eclesiásticos." La Iglesia los contiene en el mismo Código Bíblico, junto con los libros canónicos. Algunos de ellos se acercan de tal modo, por su importancia, a los "espirados Divinos," que, por ejemplo, en la regla 85 de los Apóstoles tres libros de Macabeo y el libro de Jesús, hijo de Siraj se mencionan a la par de los libros canónicos, y de todos ellos juntos se dice que son "venerados y santos," aunque esto habla sólo del respeto que la Iglesia antigua les tenía, pero la diferencia entre ellos se tomaba siempre en consideración.
De los libros canónicos del Nuevo Testamento las Sagradas Escrituras aceptan 27. Como los libros sagrados del Nuevo Testamento han sido escritos en los distintos años de la época apostólica y fueron distribuidos por los Apóstoles en los diferentes lugares de Europa y Asia, incluso algunos de ellos no fueron destinados a ningún punto geográfico determinado, poder juntarlos en un solo código no era una tarea fácil y había que tener mucho cuidado de que no se mezclaran entre ellos algunos libros llamados apócrifos que se escribían, en su mayoría, en los círculos heréticos. Por eso los Padres y los Maestros de la Iglesia de los primeros siglos del cristianismo han sido especialmente cuidadosos en distinguir los libros, aunque llevasen los nombres de los apóstoles.
A menudo los Padres de la Iglesia introducían en sus nóminas algunos libros con cierta reserva, con duda, y por eso no daban la lista completa de los libros sagrados. Eso sirve como ejemplo de los cuidadosos que eran en esta tarea sagrada: ellos no confiaban sólo en su propio criterio, sino que esperaban la pronunciación en común de toda la Iglesia. El Concilio local de Cartagena en el año 318 enumera todos los libros del Nuevo Testamento, sin excepción. San Atanasio el Grande nombra sin dudar todos los libros del Nuevo Testamento y en una de sus obras concluye la nómina diciendo lo siguiente: "He aquí la cantidad y los títulos de los libros canónicos del Nuevo Testamento! Son como rudimentos, anclas y pilares de nuestra Fe, porque han sido escritos y nos fueron entregados por los mismos apóstoles de Nuestro Salvador Jesucristo, quienes Lo han acompañado y fueron aprendidos por Él." Lo mismo que San Kirilo de Jerusalén, quien enumera todos los libros del N.T. sin hacer ningún comentario sobre algunas diferencias que existan entre ellos para la Iglesia. La misma enumeración completa hacen algunos escritores eclesiásticos del occidente, como por ejemplo San Agustín. De esta manera, por medio de la pronunciación conciliar de toda La Iglesia, se estableció el canon completo de los libros de Nuevo Testamento de las Sagradas Escrituras.
La Santa Tradición en su exacto sentido primario de la palabra es la tradición que provenía de la antigua Iglesia de los tiempos apostólicos y se llamaba así en el 2-do y en el 3-er siglo: "la tradición apostólica."
Hay que tomar en cuenta que la Iglesia antigua protegía de los profanos a la vida interior de la Iglesia, sus Santos Sacramentos eran misterios protegidos contra los no-cristianos. Durante su cumplimiento — en el bautismo, en la eucaristía — nunca estaban presentes los extraños, el orden que había que seguir no llevaba anotaciones, se transmitía oralmente; y en lo misteriosamente guardado estaba la parte esencial de la Fe. San Kirilo de Jerusalén (siglo 4-to) es quien nos lo presenta con mayor claridad. Enseñando a las personas que aún no se han decidido firmemente de hacerse cristianos, el Santo dice unas palabras previas antes de comenzar las clases: "Cuando se dan clases confidenciales, si uno que no pertenece te hará preguntas sobre lo dicho por los docentes, no debes contar nada al que está afuera. Porque es el secreto y la esperanza de los siglos venideros. Debes respetar el misterio del "Recompensador." Alguno te dirá: 'no hay ningún mal que yo lo sepa también?' Pero los enfermos piden también que les sirvan el vino, pero si esto se hace a destiempo, puede haber consecuencias funestas: muere el enfermo y calumnian al médico." Luego el Santo agrega: "toda la enseñanza de la Fe la incluimos en unas pocas estrofas poéticas que hay que recordar palabra por palabra, repitiéndolas entre ustedes, sin anotarlas en el papel, pero grabándolas en el corazón por medio de memoria, cuidando de que las personas que aún están de prueba (los "anunciados") no escuchasen lo que les fue comunicado a ustedes!" Y dice también en el texto anotado para discurso previo ante los "anunciados" que se preparan para el Bautismo y para sus acompañantes: "Este anuncio ofrecido para la lectura ante los que se preparan al Bautismo y a los fieles que ya lo hicieron, no debes dar a los "preanunciados," no a cualquier otro que no es cristiano, si no, tendrás que responder ante Dios, nuestro Señor. Y si querrás anotar este anuncio, debes agregarle esta advertencia."
San Basilio el Grande (siglo 4-to) nos deja una noción muy clara sobre las Santas Tradiciones Apostólicas, diciendo: "De las dogmas y sermones respetados por la Iglesia tenemos algunos en forma escrita, y otros, tomados de la Tradición apostólica, en herencia secreta. Tanto unos, como otros tienen la misma fuerza de devoción, y esto nadie lo va a negar, hasta él que menos conoce de los estatutos eclesiásticos. Porque si nos atrevemos a rechazar dándoles poca importancia a las costumbres no-escritas, seguramente haremos daño al Evangelio en lo esencial y de la prédica apostólica dejaremos el nombre solamente, sin el contenido. Por ejemplo, mencionaremos antes que nada, lo primero y lo más general: ¿quién enseñó por escrito que los que confían en el nombre de nuestro Señor Jesucristo se persignen con la señal de la Cruz? ¿O, al rezar, dirigirse hacia el Oriente? Las palabras de la invocación y de división del pan de la Eucaristía y de Su Bendición — ¿quién de los Santos nos ha dejado algo escrito sobre esto? Porque no son suficientes solo las palabras que pronuncian los Apóstoles y el Evangelio, y antes que ellos y también después, pronunciamos palabras que tienen gran fuerza para el misterio y que obtuvimos de la tradición no-escrita. Cual es la Escritura que nos enseña bendecir el agua para el bautismo y el óleo, y al mismo bautizado? ¿No será que nos lo enseñó la Tradición no escrita y secreta? ¿ Qué más? Para la misma unción con el Santo Oleo, ¿qué palabra escrita nos lo ha enseñado? ¿ De donde nos viene la triple inmersión y todo lo demás que acompaña al Bautismo, — renegar de satanás y de sus servidores, — de cuales Escritos hemos recibido esta enseñanza? No será aquella Enseñanza no-publicada y no-pronunciada que nuestros Padres han preservado en Su silencio inaccesible para los curiosos y sepias? Los que aprendieron sólidamente proteger en Su silencio la santidad de los Sacramentos. Por qué ¿cual hubiera sido la conveniencia de anunciar por escrito lo que para los no-bautizados se prohibe hasta mirar?
"De estas palabras de San Basilio el Grande podemos deducir, en 1-er lugar que la Sagrada Enseñanza de la Tradición es aquello que puede considerarse afín a los primeros tiempos de la Iglesia ; y en 2-do lugar, que esta Enseñanza está cuidada con esmero y se acepta unánimemente por los padres y los maestros de la Iglesia, en la época en que vivían los más grandes Padres de la Iglesia, y del comienzo de los Concilios Universales.
A pesar de que el mismo San Basilio presenta aquí unos cuantos ejemplos de la Tradición oral; sin embargo con esta anotación él hace el primer paso para transformar esa Tradición oral en una escrita. Hacia la época de la liberación y el triunfo de la Iglesia en el siglo 4-to toda la Tradición oral, en general, recibe la anotación escrita que se conserva en los anales de la Iglesia y que constituye el complemento de las Sagradas Escrituras.
La antigua Sagrada Tradición encontramos en: la más antigua obra monumental de la Iglesia "Los Preceptos de los Santos Apóstoles" ; en los Credos de las antiguas Iglesias regionales ; en las antiguas Liturgias; y en las antiquísimas actas con referencias a los mártires cristianos. Estas actas martirológicas no han sido utilizadas por los creyentes sin haber sido revisadas anteriormente y aprobadas por el Obispo del lugar ; se las leía en las reuniones de los cristianos también bajo la supervisión de los representantes de la Iglesia. En ellas encontramos la confesión de Fe a la Santa Trinidad, de la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, ejemplos de la invocación de los Santos, la fe en la vida eterna de los expirados en nombre de Cristo, y otr. Encontramos datos sobre la Sagrada Tradición en los antiguos escritos de la historia de la Iglesia, especialmente en la historia de Eusebio Pánfilo, donde se encuentran reunidas los antiquísimos ritos y dogmas tradicionales, como por ejemplo sobre el canon de libros pertenecientes al Antiguo y al Nuevo Testamento ; también en las obras de los antiguos padres y maestros de la Iglesia.
La Tradición Apostólica cuidada y protegida por la Iglesia, por ese mismo hecho de ser conservada por la Iglesia, se torna la Tradición de la propia Iglesia, ella le pertenece, se atestigua por medio de la Iglesia y, paralelamente, a las Sagradas Escrituras, recibe el nombre de la "Sagrada Tradición." La atestiguación de la Sagrada Tradición es necesaria para asegurarnos de que todos los libros de las Sagradas Escrituras nos fueron entregados desde los tiempos de los Apóstoles y provienen de los mismos Apóstoles. La necesitamos:
para la justa comprensión de ciertas partes de las Sagradas Escrituras y para contraponerla a su interpretación equivocada de parte de las herejías.
Para afirmar las dogmas de la Fe Cristiana, teniendo en cuenta que algunas verdades de la Fe están expresadas en las Escrituras en forma muy precisa, pero otras no son tan claras, ni tan exactas y por eso exigen la confirmación de la Sagrada Tradición Apostólica.
Además de todo esto, la Sagrada Tradición es muy valiosa, porque nos muestra qué fuerte arraigo tiene el régimen de los estatutos eclesiásticos, los cánones de los ritos y oficios religiosos dentro de las bases del mismo sistema de vida de la antigua Iglesia.

1. Oh Guía, defensor en la lucha. Señor, vencedor del infierno, ya que me has salvado de la muerte eterna canto tu alabanza, yo, tu criatura, tu siervo. Tú, cuya misericordia no tiene límite, libérame hoy de todo peligro, Tú, a quien yo invoco:
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
2. Oh Creador de los ángeles y Señor de las potencias del cielo, Tú que has abierto el oído y la palabra al sordomudo, ilumina mi espíritu y desata mi lengua para que pueda alabar a Tu Nombre purísimo y dirigirme a Ti con este canto:
Jesús, belleza luminosa, estupor de los ángeles.
Jesús, fuerza invencible, liberación de nuestros padres.
Jesús, dulzura inmensa, alabanza de los patriarcas.
Jesús, Señor muy amado, cumplimiento de los profetas.
Jesús, admirable en la fuerza, gloria de los mártires.
Jesús, paz resplandeciente, alegría de los monjes.
Jesús, lleno de benevolencia, dulzura de los sacerdotes.
Jesús, misericordia incansable, regocijo de los santos.
Jesús, purísimo, pureza de las vírgenes.
Jesús, Tú eres desde siempre, salvación de los pecadores.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
3. Cuando viste a la viuda quebrantada de dolor, tuviste piedad de ella, Señor, y resucitaste a su hijo que estaban llevando a la tumba. Del mismo modo, Tú que amas a los hombres, fortalece mi alma y ten piedad de mí, que te grito:
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
4. Buscando entender al Incomprensible, Felipe te dijo: “Señor, muéstranos al Padre”. Tú le respondiste: “¿Hace tanto tiempo que estoy con ustedes y tú no me conoces, Felipe? ¿No crees que yo estoy en mi Padre y que mi Padre está en mí?” A Ti, que estás más allá de toda comprensión, con temor te grito:
Jesús, Dios desde siempre y por siempre.
Jesús, Maestro muy paciente.
Jesús, Salvador lleno de compasión.
Jesús, Amor inmenso, custódiame.
Jesús, purifícame de mis pecados
Jesús, aparta tu mirada de mis culpas.
Jesús, libera de mi corazón toda falsedad.
Jesús, yo espero en Ti, no me abandones.
Jesús, no me rechaces lejos de Ti.
Jesús, mi Creador, no me olvides.
Jesús, Tú el único Pastor Bueno, vela por mí.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
5. Jesús, Tú has revestido con el poder de lo alto a los apóstoles que permanecían en Jerusalén. Del ardor del Espíritu Santo revísteme también a mí aunque esté desprovisto de toda obra buena y concédeme cantarte con amor: Aleluia.
6. Jesús, en la riqueza de tu misericordia has llamado al publicano y al pecador, ahora vuélvete hacia mí, que soy como ellos y acepta este canto como mirra muy preciosa:
Jesús, fuerza invencible.
Jesús, ternura infinita.
Jesús, belleza luminosa.
Jesús, amor inefable.
Jesús, Hijo de Dios viviente.
Jesús, te piedad de mí, pecador.
Jesús, ilumíname porque estoy en la oscuridad.
Jesús, purifícame de toda culpa.
Jesús, recondúceme a Ti, como el hijo pródigo.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
7. Asaltado interiormente por una tempestad de duda, Pedro se hundía. Cuando te ve presente corporalmente y caminar sobre el agua, te reconoce verdadero Dios, y aferrándose a la mano que salva dice: Aleluia.
8. El ciego te siente pasar, Señor, y se pone a gritar: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Llamándolo, Tú le devolviste la vista. Del mismo modo, en tu ternura, ilumina los ojos de mi corazón, a mi que te grito, diciendo:
Jesús, Creador de los ángeles.
Jesús, Redentor de los hombres.
Jesús, vencedor del infierno.
Jesús, Tu has revestido de belleza a toda criatura.
Jesús, reanima mi alma.
Jesús, ilumina mi inteligencia.
Jesús, colma de gloria mi corazón.
Jesús, da la salud a mi cuerpo.
Jesús, mi Salvador, sálvame.
Jesús, mi luz, ilumíname.
Jesús, de todo tormento, libérame.
Jesús, sálvame, aunque sea indigno.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
9. Con tu sangre derramada, nos has rescatado. Así, Jesús, no nos dejaste prisioneros, esclavos de nuestras pasiones y de la profunda tristeza. Haznos verdaderamente libres, a nosotros que te gritamos: Aleluia.
10. Los hijos de tu pueblo han visto, en un cuerpo como el nuestro, a Aquél que con su mano había creado al hombre. Y, habiéndolo reconocido como el Señor, buscaban festejarle agitando los ramos y gritando: ¡“Hosanna”! Del mismo modo, nosotros te ofrecemos un himno diciendo:
Jesús, verdadero Dios.
Jesús, Hijo de David.
Jesús, Rey de la gloria.
Jesús, Cordero inocente.
Jesús, Pastor maravilloso.
Jesús, Custodio de mi infancia.
Jesús, Consejero de mi juventud.
Jesús, alabanza de mi vejez.
Jesús, esperanza en la hora de mi muerte.
Jesús, vida después de la muerte.
Jesús, consolación en la hora misma de mi juicio.
Jesús, mi único deseo ábreme la puerta de tu Reino.
11. Llevando a cumplimiento el mensaje de los profetas inspirados por Dios, viniste al mundo, Jesús. Quisiste habitar entre nosotros. Tú, el Infinito, tuviste compasión de nuestra enfermedad. Porque, nos sanaste por tus heridas, nosotros hemos aprendido a cantar: Aleluia
12. La luz de tu Verdad se levantó sobre el universo entero, y la mentira fue rechazada: los ídolos, Señor, no soportaron tu poder y cayeron. Y nosotros que recibimos la salvación de Ti, te cantamos:
Jesús, Verdad que rechaza la mentira.
Jesús, luz que no decae.
Jesús, tan grande en tu poder infinito
Jesús, Dios inquebrantable en tu compasión.
Jesús, Pan de vida, sáciame, que tengo hambre.
Jesús, fuente de la inteligencia, sáciame que tengo sed.
Jesús, vestido de gloria, envuélveme, que soy corruptible.
Jesús, manto de alegría, recúbreme, que soy indigno.
Jesús, que das a quien pide, concédeme llorar mis pecados.
Jesús, que abres a quien golpea, abre a mi pobre corazón.
Jesús, Redentor de los pecadores, purifícame de mi pecado.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
13. Queriendo revelar el misterio escondido desde los siglos, como un cordero mudo has sido inmolado, Jesús. Siendo Dios, has resucitado de entre los muertos y has subido al cielo en la gloria. Contigo, nosotros hemos resucitado, y te gritamos: Aleluia.
14. Ante nuestros ojos hiciste tu obra maravillosa cuando el Creador, nacido de la Virgen, se manifestó: resucitó de la tumba, sin romper los sellos, se presentó corporalmente a los apóstoles a puerta cerrada. Por esto, maravillados cantamos con fuerza:
Jesús, Verbo incomprensible.
Jesús, Palabra impenetrable.
Jesús, poder inaccesible.
Jesús, sabiduría inconcebible.
Jesús, divinidad inmensa.
Jesús, Señor de todo el universo.
Jesús, soberanía infinita.
Jesús, fuerza estrepitosa.
Jesús, poder eterno.
Jesús, mi Creador, ten compasión de mí.
Jesús, Salvador, sálvame.
15. Viéndote, Jesús, Dios misteriosamente encarnado, nosotros vivimos en el mundo sin ser del mundo y caminamos lleno de esperanza hacia tu Reino. Si has bajado a la tierra es para subirnos a nosotros al cielo, por esto te cantamos: Aleluia.
16. Tú estás plenamente presente en la tierra sin dejar de estar ausente en el cielo. Jesús, ¡cuánto, voluntariamente, has sufrido por nosotros¡ Con tu muerte, has vencido a la muerte, y con tu resurrección, nos has dado la vida, y por esto nosotros te cantamos:
Jesús, dulzura del corazón.
Jesús, vigor del cuerpo.
Jesús, limpieza del alma.
Jesús, vivacidad del espíritu.
Jesús, alegría de mi corazón.
Jesús, mi esperanza, mi única esperanza.
Jesús, alabanza excelsa, alabanza eterna.
Jesús, plenitud de mi alegría.
Jesús, mi único deseo, no me rechaces.
Jesús, mi Pastor, búscame.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
17. Todos los ángeles magnifican incesantemente tu Santo Nombre Jesús, cantando en el cielo: “Santo, Santo, Santo”. Nosotros pecadores, también, con nuestros labios de arcilla, sobre la tierra te cantamos: Aleluia.
18. Viéndote, oh Jesús nuestro Salvador, los oradores más elocuentes quedan sin palabra. No son capaces de decir cómo tu permaneces Dios inmutable y hombre perfecto. Pero nosotros, llenos de admiración delante del misterio, con fe gritamos:
Jesús, Dios desde toda la eternidad.
Jesús, Rey de reyes.
Jesús, Señor de los señores.
Jesús, justicia de los vivos y de los muertos.
Jesús, esperanza de quienes están sin esperanza.
Jesús, consolación de los que lloran.
Jesús, gloria de los humildes.
Jesús, en tu compasión, cúrame.
Jesús, expulsa de mí el desaliento.
Jesús, ilumina los pensamientos de mi corazón.
Jesús, mantiene despierto en mí el recuerdo de la muerte.
19. Queriendo salvar el mundo, oh Sol que surges, has tomado un cuerpo como el nuestro y te has humillado hasta la muerte. Por esto tu Nombre ha sido exaltado sobre todo nombre y de todos los seres de la tierra y del cielo sientes cantar: Aleluia.
20. ¡Dios eterno, Consolador! Cristo verdadero: purifícanos de toda mancha, como has purificado los diez leprosos, y cúranos como has curado a Zaqueo, al publicano, de modo que arrepentidos te cantemos:
Jesús, tesoro incorruptible.
Jesús, riqueza inexorable.
Jesús, alimento de los fuertes.
Jesús, fuente inextinguible.
Jesús, vestido de los pobres.
Jesús, abogado de las viudas.
Jesús, defensor de los huérfanos.
Jesús, ayuda de los trabajadores.
Jesús, guía de los peregrinos.
Jesús, piloto de los navegantes.
Jesús, consuelo de los angustiados.
Jesús, levántame de mi culpa.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
21. Te ofrezco, yo indigno, un himno lleno de ternura y de arrepentimiento. Como la cananea te llamo: “¡Jesús, ten piedad de mí!” Cúrame, Jesús, yo que te grito: Aleluia.
22. Pablo, que hasta aquel momento Te perseguía obedece al poder de la voz que lo ilumina del conocimiento divino, y se convierte al instante. Así también Señor -Luz que ilumina a quien está en las tinieblas de la ignorancia- ilumina los ojos oscurecidos de mi alma que te invoca:
Jesús, Dios invencible en tu fuerza.
Jesús, Señor omnipotente e inmortal.
Jesús, Creador resplandeciente de gloria.
Jesús, guía seguro.
Jesús, Pastor infatigable en tu ternura.
Jesús, Salvador muy compasivo.
Jesús, ilumina a mis sentidos cegados por las pasiones.
Jesús, cúrame, que estoy desfigurado por el pecado.
Jesús, defiende mi corazón de los malos deseos.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí
23. Dadme la gracia, Jesús, tú que perdona toda deuda. Acógeme, arrepentido, como has acogido a Pedro que te había negado. Llámame, a mí pecador, como has llamado a Pablo que te perseguía, Y escúchame, que te canto: Aleluia.
24. Celebrando tu Encarnación, todos nosotros te alabamos. Con Tomás, te confesamos Dios y Señor que, sentado a la diestra del Padre vendrás a juzgar a vivos y a muertos. Otórgame un lugar a tu derecha a mi que te canto:
Jesús, fuego de amor, enciéndeme.
Jesús, morada eterna, refúgiame.
Jesús, manto de luz, revísteme de tu belleza.
Jesús, perla de gran precio, brilla sobre mí.
Jesús, sol que surges, ilumíname.
Jesús, luz santa, esclaréceme.
Jesús, de toda enfermedad, presérvame.
Jesús, arráncame de la mano del adversario.
Jesús, libérame de la pena eterna.
25. Oh Jesús, manso y humilde de corazón, en tu amor que nada desprecia, mira nuestra miseria, perdónanos sin límite y en tu compasión infinita acepta nuestra humilde oración como has aceptado la pobreza ofrecida de la viuda.
Jesús, a imagen de lo niños, tus preferidos, transfórmame.
Jesús, como los pastores asombrados, atráeme hacia Ti.
Jesús, como al ciego de nacimiento, tócame, que yo te vea.
Jesús, como al paralítico, cúrame para que yo camine contigo.
Jesús, como la cananea que te suplicaba, escúchame.
Jesús, como María que te escuchaba, háblame de Ti.
Jesús, como sobre Pedro que te había negado, fija tu mirada sobre mí.
Jesús, como María Magdalena que te amó mucho, perdóname.
Jesús, como Zaqueo, llámame y ven a mí.
Jesús, como la hija de Jairo, revíveme.
Jesús, como a la Samaritana, transfórmame.
Jesús, como Juan –el discípulo amado- hazme permanecer en Ti.
Jesús, al terminar mi vida, como el buen ladrón, dime: “Hoy estarás conmigo en mi Reino.”

Hay que educar a los niños desde la primera edad:
Ahora bien, si desde la primera edad carecen los niños de maestros, ¿qué será de ellos? Si algunos, educados e instruidos desde el vientre de su madre hasta la vejez, no logran triunfar, ¿qué fechorías no serán capaces de cometer quienes desde los comienzos de su vida se acostumbran a oír palabras semejantes? Lo cierto es que todo el mundo se afana por que sus hijos se instruyan en las artes, en las letras y en la elocuencia; pero a nadie se le ocurre pensar en cómo se ejercite su alma.
Yo no ceso de exhortaros, rogándoos y suplicándoos que, antes de todas las cosas, eduquéis bien a vuestros hijos. Si tienes consideración a tu hijo, aquí lo has de mostrar. Por lo demás, tampoco te faltará la recompensa. Escucha lo que te dice Pablo: Si permacieren en la fe, y en la caridad y en la santificación con castidad. Si tu conciencia te acusa de mil pecados, busca algún consuelo para ellos. Educa a un atleta para Cristo. No te digo que lo apartes del matrimonio y lo mandes al desierto y le hagas abrazar la vida de los monjes. No es eso lo que yo digo. Lo quiero ciertamente y haría votos a Dios para que todos lo abrazaran; mas dado caso que parece carga, no pongo obligación a nadie. Educa un atleta para Cristo, y aun permaneciendo en el mundo, enséñale a ser piadoso desde la primera edad.
Si las buenas enseñanzas se imprimen en el alma cuando ésta es aún blanda, luego, cuando se hayan endurecido como una imagen, nadie será capaz de arrancárselas. Es lo que pasa con la cera. Lo tienes ahora en tus manos cuando todavía teme, tiembla y se espanta de tu vista, de una palabra, de cualquier gesto tuyo. Usa de tu poder para lo que conviene. Si tienes un hijo bueno, tú eres el primero que gozas de ese bien; luego, Dios. Para ti trabajas.
San Juan Crisóstomo

La obediencia supone que el hijo espiritual, después de haberse elegido un pedagogo en quien cree incondicionalmente y en quien ve lo que busca, no sólo atiende a cada palabra de éste, sino que también hace el caso al tono de su voz y procura, a través de todo en que se minifiesta la personalidad de este starets y su experiencia espiritual, hacerla suya y sobrepasar a sí mismo, rebasar los límites de la medida que hubiera podido alcanzar con sus propios esfuerzos.
La obediencia es ante todo el don de atender. Atender aplicando no sólo el oído, sino también la inteligencia, todo el ser, abriendo el corazón y contemplando piadosamente el misterio espiritual de otro hombre. Y el padre espiritual, si es que puede serlo para uno, debe mostrar una profunda piedad por lo que en uno obra el Espíritu Santo. El padre espiritual debe ser capaz de ver en el hombre la inalienable belleza de la imagen de Dios. A veces esto puede costar esfuerzos, atenciones serias y actitud piadosa hacia aquel que acude a él. Si es incluso un hombre deteriorado por el pecado, el padre espiritual debe ver en él un icono damnificado por las condiciones de vida, por la negligencia o por el sacrilegio de los hombres; debe ver en él un icono y admirar lo que de este icono queda. Y sólo por eso, sólo por la divina belleza que tiene, debe trabajar para eliminar cuanto deforma esta imagen de Dios. Pero si el director espiritual no es capaz de ver en el hombre esta belleza celestial, ver que empieza a materializar ya su vocación de hacerse Hombre Dios según la imagen de Cristo, no puede dirigirlo. Por eso al hombre no lo construyen, no lo hacen, sino que le ayudan a crecer a medida de su propia vocación.
Aquí cabe aclarar un poco más la acepción del vocablo "obediencia". Por lo general hablamos de la obediencia como de la supeditación, la sujeción y muy a menudo incluso del avasallamiento al confesor, al que completamente en vano y en perjuicio del sacerdote mismo hemos llamado "padre espiritual" o "starets". Entretanto, la verdadera obediencia que consiste en prestar la atención con todas las fuerzas del alma compromete por igual tanto al director espiritual como al dirigido. El director espiritual debe atender con toda su experiencia, con todo su ser, con todas sus oraciones ,y más aún, con toda la acción que realiza en él la gracia del Espíritu Santo lo que este último obra en la persona que se le ha confiado al director espiritual.
Este debe seguir los caminos del Espíritu Santo en esta persona, debe venerar lo que Dios obra, sin procurar educarla según su propia imagen o tal como cree que debe desarrollarse, y no convertirla en víctima de su dirección espiritual. Se necesita la mansedumbre por ambas partes. Esperamos la mansedumbre por parte del hijo espiritual, pero ¡cuánta mansedumbre debe tener el director espiritual para no irrumpir jamás en el dominio sagrado, para tratar el alma humana tal como fue ordenado a Moisés tratar la tierra alrededor de la zarza ardiendo! En potencia o en realidad cada hombre es ya esta zarza y cuanto lo rodea es una tierra santa que el director espiritual puede pisar sólo habiendo desatado el calzado. Debe sentirse como el publicano que está a la puerta del templo, mira en el templo y sabe que es un dominio del Dios vivo, que es un lugar santo, y él tiene derecho a entrar únicamente si el mismísimo Dios se lo manda y le sugiere qué hacer y qué decir.
Una de las tareas del padre espiritual consiste en educar al hombre en la libertad espiritual, en la regia libertad de los hijos de Dios. No debe mantenerlo en el infantilismo toda vida, haciéndolo acudir a él por cualquier bagatela, sino que debe enseñarle a que él mismo oiga lo que el Espíritu Santo reza con verbos inefables en su corazón. Pensemos en lo que significa la "humildad". "Humildad" es la conformidad, quiere decir, que el hombre se ha conformado con la voluntad de Dios, entregándosele sin reserva, con plenitud y alegría y diciendo: "Señor, haz lo que quieras conmigo". Y en consecuencia se ha conformado también con todas las circunstancias de su propia vida. Todo -lo bueno y lo terrible- es don concedido por Dios. Dios nos ha llamado a ser sus mensajeros en la tierra y nos envía adonde están las tinieblas para que seamos luz, adonde está la desesperanza para que seamos esperanza, adonde la alegría se ha extinguido para que seamos alegría, etcétera. Y nuestro puesto no está sólo donde existe serenidad -en el templo, cuando se celebra la liturgia y donde estamos protegidos por la presencia de Dios-, sino también allí donde nos encontramos solos como presencia de Cristo en la oscuridad del mundo deformado.