Saturday, March 5, 2016

Preparan para los Divinos Misterios ( San Ambrosio de Milán )

 

Oh Señor Jesús Cristo, Tú que eres el verdadero Sumo Sacerdote y Obispo de nuestras almas, y que en el altar de la Cruz te ofreciste a Dios el Padre para ser un sacrificio puro y sin mancha por nosotros, miserables pecadores, y que igualmente nos has dado a comer Tu carne y a beber Tu Sangre, y que estableciste este Misterio por el poder del Espíritu Santo, diciendo: Haced esto en memoria de Mí.
Te suplico por Tu misma preciosa Sangre, el rescate de nuestra salvación.
Te suplico por ese maravilloso e inefable amor que nos concedes a nosotros (miserables e indignos pecadores), lavándonos y purificándonos de todos nuestros pecados en Tu propia Sangre.
Enseña a Tu indigno siervo, a quien entre tus muchas misericordias has concedido compartir los beneficios de Tu Sacerdocio (Y esto, no por mis méritos, sino sólo por Tu abundante misericordia).
Enséñame, te lo suplico, por tu Espíritu Santo, a acercarme a tan gran Misterio, como es digno y justo, con reverencia y honor, y en toda piedad y santo temor.
Disponme por Tu gracia a creer y entender siempre, a sentir y sostener con firmeza, a hablar y a pensar, con relación a este santo Misterio para que Te sea agradable y provechoso para mi alma.
Que Tu Espíritu Santo entre en mi corazón, para que sin pronunciar palabra ni sonido pueda hablar allí toda Tu verdad, y que Él mismo, oculto bajo el velo de la santidad, sobrepase el entendimiento del hombre.
Por Tu gran misericordia, concédeme tomar parte en este santo Misterio con pureza de corazón e integridad de mente.
Líbrame con la atenta e infalible guardia de Tus benditos ángeles, para que por su poderosa protección, los enemigos de la bondad puedan ser desterrados de allí.
Por el poder de este gran Misterio y por la mano de ese santo ángel a quien me has enviado, aleja de mí y de todos tus siervos el espíritu de un duro corazón, el espíritu de orgullo y vanagloria, el espíritu de envidia y blasfemia, el espíritu de fornicación e inmundicia, el espíritu de duda e infidelidad. Confunde a los que nos persiguen y destruye a los que se apresuran a destruirnos.
Oh Rey de las vírgenes, amante de la castidad y la pureza, vierte sobre mí el rocío celestial de Tu bendición, extingue en mi carne cualquier resto ardiente de deseo lujurioso, para que pueda permanecer en continua castidad, tanto de cuerpo como de alma.
Mortifica en mis miembros todas las motivaciones de la carne, todas las afecciones desordenadas, todos los deseos de concupiscencia. Y concédeme verdadera y permanente castidad, y todos los dones que Te sean agradables. Concédeme así ofrecerte este Sacrificio de Alabanza y Acción de gracias con pureza de cuerpo y limpieza de corazón.
¡Pues quién puede entender qué dolor de corazón y qué fuente de lágrimas son necesarios!
¡Qué reverencia y temor, qué castidad corporal y pureza de corazón es requerido!
Y sin embargo sólo así debemos acercarnos a servir en este divino y celestial Sacrificio. Pues en él, Tu Carne es comida verdaderamente y Tu sangre es bebida verdaderamente. Aquí, las cosas de abajo y las de encima, las terrenales y las celestiales, son hechas una sola. Aquí, siempre están presentes tus santos ángeles. Aquí, en un maravilloso e inefable orden Te has constituido a la vez como Sacrificio y Sacerdote.
¡Quién puede ser digno de ofrecer este Sacrificio menos Tú, Todopoderoso Dios, que dignamente obras lo que haces! Yo sé, oh Señor, y conozco con seguridad, y a Tu bondad lo confieso, que no soy digno de acercarme a tan gran Misterio, a causa de mis graves pecados y de mi gran negligencia. Pero sé, y verdaderamente creo con todo mi corazón, y confieso con mi boca, que Tú puedes hacerme digno de realizarlo, pues sólo Tú puedes justificar y santificar a los pecadores.
Oh Dios mío, te suplico, por Tu poder Todopoderoso, que me concedas a mí, pecador, tomar parte dignamente en este Sacrificio. Y que con él me concedas temor y temblor, pureza de corazón y un torrente de lágrimas, regocijo espiritual y regocijo celestial. Concede que mi alma pueda sentir Tu bendita Presencia, y la guardia de Tus santos ángeles alrededor mío.
Pues yo, oh Señor, teniendo devoto recuerdo de Tu santa pasión, me acerco a Tu altar. Aunque pecador, me acerco al Sacrificio que Tú has instituido, y que nos has mandado ofrecerte en Tu memoria y para nuestra salvación.
Te suplico, Dios Todopoderoso, que lo recibas para beneficio de Tu santa Iglesia, y por el pueblo que rescataste con Tu propia Sangre.
Y puesto que Tú concedes disponer Tu Sacerdocio sobre los hombres pecadores, y puesto que concedes a cada sacerdote como mediador entre Ti y Tu pueblo, te suplico que donde no encuentres el testimonio de las buenas obras en ellos, no quites aún el oficio y ministerio que has depositado en su cargo, para que el Precio de su Redención, por el que has concedido ofrecerte una perfecta Oblación y Santificación, no se pierda a causa de ninguna indignidad nuestra.
Y además, oh Señor, elevo ante Ti (si te dignas mirarnos favorablemente por eso):
Las tribulaciones de los pueblos y los peligros de las naciones,
El gemido de los presos y las tristezas de los huérfanos,
Las necesidades de los que viajan,
Las carencias de los enfermos,
La depresión de los cansados,
La debilidad de los ancianos,
Las aspiraciones de los jóvenes,
Las resoluciones de las doncellas,
Y los lamentos de las viudas.
Pues Tú, oh Señor, tienes misericordia de todos los hombres y no aborreces nada de lo que creaste.
Recuerda cuán frágil es nuestra naturaleza, pues Tú eres nuestro Padre, Tú eres nuestro Dios. No te enojes con nosotros a pesar de que lo merecemos, y no alejes Tu misericordia de nosotros. Pues no presentamos nuestras súplicas ante Ti porque seamos justos, sino porque Tú eres compasivo.
Aleja de nosotros nuestras iniquidades, y en Tu misericordia enciende en nosotros el fuego de Tu Espíritu Santo.
Quita nuestro corazón de piedra, y concédenos un corazón de carne, para que podamos amarte, quererte, deleitarnos en Ti, seguirte y regocijarte.
Te suplicamos, oh Señor, que por tu misericordia muestres la luz de Tu rostro sobre Tu siervos que realizan este sagrado oficio, en honor a Tu Nombre. Y para que sus súplicas no sean en vano, ni sus peticiones no queden sin efecto, pon en sus mentes oraciones que Te sean agradables de escuchar y cumplir.
También te rogamos, oh Señor, Padre santo, por las almas de los fieles que han partido de este mundo; que este confortable Sacramento pueda ser su salvación, salud, regocijo y alivio. Oh Señor mi Dios, concédeles en este día un festín en abundancia en Ti, el Pan Vivo, que hiciste descender del cielo y concede la vida al mundo.
Concédeles comer Tu Carne, santa y bendita, que es el Cordero inmaculado que quita los pecados del mundo; incluso la Carne que tomaste del vientre, santo y glorioso, de la bendita Virgen María, por la operación del Espíritu Santo. Concédeles beber de esta fuente de amor que fluía de Tu sagrado costado, atravesado por la lanza del soldado para que siendo aliviados y santificados, restaurados y confortados, puedan regocijarse dándote alabanzas y gloria.
Te suplico, oh Señor, que por tu misericordia envíes sobre el pan que va a serte ofrecido, la plenitud de Tu bendición y los poderes santificadores de Tu Divinidad. Haz descender también, oh Señor, la invisible e incomprensible majestad de Tu Espíritu Santo, como lo enviaste una vez sobre el mismo sacrificio de nuestros padres y ancestros, para que pueda hacer realmente de nuestras oblaciones Tu Cuerpo y Tu Sangre.
Y puesto que soy tan indigno, enséñame a acercarme a este santo Misterio con pureza de corazón y con un piadoso dolor por mis pecados, con reverencia y asombro. Por eso, acepta con amor y gentileza este Sacrificio de mis manos para la salvación de los hombres, tanto vivos como difuntos.
También te suplico, oh Señor, que por este mismo sagrado Misterio de Tu Cuerpo y Sangre, que es entregado diariamente en Tu santa Iglesia como alimento y bebida, seamos lavados y santificados, y hechos partícipes de Tu Todopoderosa Divinidad; concédeme tus santas virtudes, para que siendo revestido con ellas, pueda acercarme a Tu altar con una buena conciencia, para que este sacramento celestial pueda serme vida y salvación.
Pues Tú, que siempre eres santo y bendito, has dicho: “El Pan que yo os doy es mi Carne para la vida del mundo: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo. El que coma de este Pan, vivirá para siempre”.
Oh Pan de dulzura, concede la salud a mi gusto, para que pueda percibir las delicias de Tu amor. Líbrame de lo mundano para que sólo pueda encontrar la dulzura en Ti.
¡Oh Pan de pura blancura, que contiene todas las delicias y todos los sabores agradables! ¡Oh Tú, que siempre nos revitalizas y nunca escaseas! Concede que mi corazón pueda alimentarse de Ti, y que la profundidad de mi alma pueda llenarse con la dulzura de Tu sabor. Los ángeles se alimentan en Ti con abundancia. Concédeme que yo, un peregrino y un forastero, pueda alimentarme de Ti en la medida que pueda. Y así, concede que no fracase en mi viaje, con tal provisión que me espera.
¡Oh Pan santo, puro y vivo, que bajó del cielo y dio la vida al mundo!
Ven a mi corazón, y purifícame de toda contaminación, tanto de la carne como del espíritu.
Entra en mi persona, y sana y límpiame por dentro y por fuera.
Sé la protección y la salud permanente de mi cuerpo y de mi alma.
Aleja de mi todos los enemigos que me acechan.
Concédeme que pueda alzarme a la presencia de Tu poder.
Concédeme que siendo defendido en todo por Ti, pueda andar en el camino recto hacia Tu Reino.
Pues allí ya no te contemplaremos como en un misterio igual que en este tiempo presente, sino que te veremos frente a frente, cuando entregues el reino a Dios el Padre, y Dios sea todo en todos.
Y en aquel día me satisfarás con maravillosa plenitud, para que ya no tenga más hambre ni sed por siempre, oh Jesús, que con el mismo Dios el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, en el mundo sin fin.
Amén. 

Catecismo Ortodoxo 

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El Amor Cristiano ( San Juan Crisóstomo )


Fragmentos de la homilía de San Juan Crisóstomo sobre el amor cristiano

Dijo el Señor: “Porque allí donde dos o tres están reunidos por causa mía, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). De manera que ¿no hay siquiera dos o tres reunidos en Su nombre? Los hay, pero raramente. Por otra parte, no habla aquí el Señor de una simple reunión y unión de personas locales. No pide sólo esto. Quiere, junto con esta unión, que estén también presentes en los reunidos las otras virtudes. Con estas palabras nos quiere decir el Señor: “si alguien me tiene como base y presupuesto de su amor por el prójimo, y, junto con este amor, portara en sí el resto de las virtudes, entonces estaré junto a él”. La mayoría de las personas, sin embargo, tienen otras motivaciones. No fundamentan en Cristo su amor. Uno ama al otro porque aquel también le brinda amor; el otro a su vez ama a aquel que lo honra; está también aquel que ama a otro porque lo considera útil para la realización de alguna empresa personal. Es difícil encontrar a alguien que ame a su prójimo sólo por amor a Cristo, porque son los intereses materiales los que usualmente unen a los seres humanos. Un amor, sin embargo, con tales debilidades, es precario y efímero (…)

Por el contrario, el amor que tiene en Cristo su causa y fundamento resulta firme y duradero. Nada puede disolverlo, ni las difamaciones, ni los peligros, ni siquiera la amenaza de muerte. Quien tiene en sí amor cristiano no deja nunca de amar a su prójimo, no importa cuántas cosas desagradables experimente por su causa, porque no se deja influir por sus pasiones, sino que se inspira en el Amor, en el mismo Cristo. Es por ello que el amor cristiano como dijo San Pablo, no cesa jamás. (…)

Así mismo, el amor no conoce qué significa conveniencia privada. Por ello San Pablo nos aconseja: “Ninguno mire por lo propio sino por lo del prójimo” (1ª Corintios 10:24). Pero el amor no conoce tampoco la envidia, porque quien ama verdaderamente, considera los bienes de su prójimo como suyos propios. Así, poco a poco, el amor transforma al ser humano en ángel. En la medida en que lo aleja de la ira, de la envidia y de toda especie de pasión tiránica, lo saca de su condición natural humana y lo conduce a la condición de la virtud (Apatheia) angélica.

¿Cómo nace, sin embargo, el amor en el alma del ser humano? El amor es fruto de la virtud. Pero también el amor, por su parte, produce la virtud. ¿Cómo sucede esto?: el hombre virtuoso no prefiere los bienes materiales antes que el amor a su prójimo. No es rencoroso. No es injusto. No es malediciente. Todo lo soporta con nobleza de alma. De estos elementos proviene el amor. De que a partir de la virtud nace el amor, lo demuestran las palabras del Señor: “y por efecto de los excesos de la iniquidad, la caridad de los más se enfriará” (Mt. 24:12). Y respecto al hecho de que del amor nace la virtud, lo muestran las palabras de San Pablo: “No tengáis con nadie deuda sino el amaros unos a otros; porque quien ama al prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8).

San Pablo nos refiere también las razones por las cuales debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: “En el amor a los hermanos sed afectuosos unos con otros” (Romanos 12:10). Con ello nos quiere decir: Lo mismo dijo Moisés a los hebreos aquellos que se peleaban en Egipto: “¿Por qué pegas a tu hermano?” (Éxodo 2:13) (…)

Debemos saber que el amor no es algo opcional. Es una obligación. Es tu deber amar a tu hermano, tanto porque tienes con él un parentesco espiritual, como porque sois miembros el uno de los otros. Si falta el amor, entonces sobreviene la catástrofe.

Debes, sin embargo, amar a tu hermano también por otra razón: porque tienes ganancia y dividendo, en tanto que con el amor guardas toda la ley de Dios. Así, tu hermano a quien amas, se convierte en tu benefactor. Y ciertamente, “el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no desearás los bienes ajenos y en general todos los mandamientos se sintetizan en este único, que ames a tu prójimo como a ti mismo” (Romanos 13:9).

El mismo Señor certifica que toda la ley y la enseñanza de los profetas se sintetizan en el amor: “De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas” (Mt. 22:40).

Quien tiene amor, no hace el mal a su prójimo. Dado que el amor es la plenitud de todos los mandamientos de Dios, tiene dos ventajas: por una parte, es protección contra el mal, y por otra, es realización del bien. Y se le llama plenitud de todos los mandamientos, no sólo porque constituye la síntesis de todos nuestros deberes cristianos, sino también porque logra fácilmente la plenitud de los mismos.

El amor constituye una deuda que permanece siempre sin liquidar. Tanto como trabajamos para su erradicación, en esa misma medida crece y se multiplica. En lo que concierte a asuntos monetarios, admiramos a aquellos que no tienen deudas, mientras que, cuando se trata del amor, consideramos que tienen un buen destino aquellos que deben abundantemente (…). El amor es una deuda que permanece, como ya dije, siempre sin liquidar. Porque es esta deuda el elemento que, más que cualquier otra cosa, reúne nuestra vida y más estrechamente nos implica.

Toda buena obra es fruto del amor. Por ello el Señor en múltiples ocasiones se refirió al amor. “En esto reconocerán todos que sois discípulos míos, si tenéis amor unos para otros” (Jn. 13:35). Cuando se enraíza bien el amor dentro de nosotros, todas las otras virtudes, como las ramas, nacerán de él.

Sin embargo, ¿por qué referimos estas nimias argumentaciones en torno a la importancia del amor, dejando a un lado las más grandiosas? Por amor vino el Hijo de Dios cerca de nosotros y se hizo hombre, para acabar con la mentira de la idolatría, para traernos el verdadero conocimiento de Dios, y para regalarnos la vida eterna, como dice el evangelista San Juan: “Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Además de esto, el amor concede a los hombres una gran fuerza. No existe castillo tan firme, indestructible e imbatible a los enemigos, como es una totalidad de seres humanos que aman y permanecen unidos a través del fruto del amor, la concordia (…). Como las cuerdas de la lira, a pesar de ser muchas, ofrecen un dulcísimo sonido, así conviven todos armónicamente bajo los dedos del músico, de esta manera aquellos que tienen concordia, como una lira de amor, ofrecen una admirable melodía (…). No existe pasión, no existe pecado que el amor no pueda destruir. Es más fácil para una rama seca salvarse de las llamas del horno, que para el pecado escapar del fuego del amor.

El amor presenta a tu prójimo ante ti como “un otro yo”, te enseña a alegrarte con su felicidad, y a lamentar sus desgracias cual si fueren las tuyas propias. El amor hace de los muchos, un solo cuerpo y convierte el alma de todos en vasos del Espíritu Santo … El amor, igualmente, hace comunes las propiedades y los bienes de cada persona.

Porque lo que mantiene hoy alejados de Cristo a los no creyentes, no es el hecho de que no se realizan milagros, como afirman algunos, sino la falta de amor entre los cristianos. A los no creyentes no los atraen tanto los milagros como la vida virtuosa, que sólo el amor es capaz de crear. (…)

El amor es la característica del verdadero cristiano y muestra al discípulo crucificado de Cristo, que no tiene nada de común con las cosas terrenas. Sin amor, ni siquiera el martirio sirve absolutamente de nada (…).

Si reinase el amor en todas partes, ¡cuán diferente sería nuestro mundo! Ni las leyes, ni los jurados, ni las penas serían necesarias. Nadie actuaría injustamente contra su prójimo. Los crímenes, las disputas, las guerras, los levantamientos, los pillajes, los excesos y todas las injusticias desaparecerían. La maldad sería totalmente desconocida. Porque el amor tiene la ventaja única de que no viene acompañado, como sucede con el resto de las virtudes, por determinados males. La brillantez, por ejemplo, aparece frecuentemente acompañada de la vanidad, la elocuencia, por el afán de gloria, la capacidad de realizar milagros, por la soberbia, la caridad por la lujuria, la humildad por la altanería, y así sucesivamente. Estas cosas, sin embargo, no existen en el amor, en el amor auténtico. El hombre que ama, vive sobre la tierra como si viviese en el cielo, como inconmovible serenidad y felicidad, con el alma pura de toda envidia, recelo, ira, soberbia, malos deseos (…). Como nadie en su sano juicio se hace el mal a sí mismo, así quien ama no daña nunca a su prójimo, a quien considera como otro yo. Mira al hombre del amor, ¡un ángel terrenal!.

Si en nuestra sociedad reinase el amor, no habría discriminaciones, no existirían esclavos ni libres, siervos ni señores, ricos ni pobres, pequeños ni grandes. El diablo, igualmente y sus demonios serían completamente desconocidos y débiles. Porque el amor es más fuerte que todo muro, y más poderoso que todo metal. No lo transforman ni la riqueza ni la pobreza, sino sólo lo mejor de ambas: de la riqueza toma la pobreza lo necesario para la conservación, mientras que de la pobreza toma la riqueza la falta de cuidado. Así desaparecen el cuidado de la riqueza y los temores de la pobreza. (…).

Quizás podrían preguntarme: ¿no existe satisfacción, aunque sólo incompleta, en cualquier especie de amor? No. Sólo el amor auténtico trae consigo alegría pura y sana. Y el amor auténtico no es el mundano, el amor “de comercio”, que constituye más bien maldad y defecto, sino el amor cristiano, el espiritual, aquel que pide de nosotros San Pablo, aquel que sólo mira el interés del prójimo. Este era el amor que embargaba al apóstol cuando dijo: “¿Quién desfallece sin que desfallezca yo?¿Quién padece escándalo, sin que yo arda?” (2ª Corintios 11:29).

Y de nuevo me preguntarán: Tomando cuidado del prójimo, ¿no vendremos a descuidar nuestra propia salvación? No existe tal peligro. Todo lo contrario, ciertamente. Porque aquel que se interesa por los otros, no causa tristeza a nadie. Tiene compasión por todos y a todos ayuda, según su fuerza. No roba nada a nadie. Ni es ambicioso, ni ladrón, ni mentiroso. Evita todo mal y siempre persigue el bien. Ora por sus enemigos. Hace bien a quienes cometen injusticia contra él. No ofende ni habla mal de nadie, aunque hagan esto con él. Con todas estas cosas ¿no contribuimos a nuestra salvación?.

El amor, pues, es el camino de la salvación. Sigamos este camino, para que así heredemos la vida eterna.


                                    Catecismo Ortodoxo 

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Thursday, March 3, 2016

Preparación para la confesión ( San Teófano el Recluso )


Todo lo que ha sido dicho es un marco en el cual se inserta esta preparación, o la regla exterior y la disciplina, a las que se dirigen habitualmente los penitentes sinceros. Esforzaos por dirigiros, también vosotros, si queréis prepararos correctamente. Tan sólo, no tengáis un aire sombrío, no ensombrezcáis vuestro rostro. Hacedlo todo de buen grado, con buen humor. Pasad este tiempo como lo pasarían los que están invitados a un banquete en casa del rey. No hablan ni piensan más que en esto: cómo será el banquete, en el cual se encontrarán con el rey; qué le dirán, que acogida les hará, cómo se vestirán y si saldrán adelante sin demasiada vergüenza. Pero a nosotros, lo que nos espera es infinitamente mejor, infinitamente mayor; un banquete, no en casa de un rey terrenal, sino en casa del Rey del cielo. Si hacéis el esfuerzo por engalanaros, por prepararos para complacer al Rey, seréis acogidos por Él con ternura, y recibiréis algo que no tiene precio y un gozo indecible.

¡Habéis dicho que ibais a prepararos como es debido! ¡Que Dios os bendiga! Imaginaos, pues, cómo prepararos. Las viejas vestiduras, dejadas de lado, las hemos de hacer nuevas. Si una de las vestiduras viejas parece conveniente, hay que lavarla, arreglarla, para que parezca nueva. Quiero decir con esto que os es necesario mirar de otra forma: rechazar lo que no sirve y guardar, arreglar y mejorar lo que sirve.

Entremos, pues, en nosotros mismos y empecemos a escoger lo que encontremos.

Que si alguna tercera persona se mezcla en todo esto, es inoportuno e incluso imposible. Entrad en vosotros mismos y desenredad los asuntos de vuestra conciencia, pues nadie puede hacerlo, sino vosotros. Hacedlo vosotros mismos. Solamente quiero daros algunas indicaciones para esto. Y en los libros que os he recomendado leer, hay muchos consejos que podrán guiaros. Pero añadiré aún algunas palabras.

Para examinarse bien, es necesario prestar atención a tres aspectos de nuestra vida activa: nuestros actos, acciones aisladas cumplidas en un momento dado, en un lugar dado y en tales o cuales circunstancias; las disposiciones de nuestro corazón y nuestras inclinaciones, ocultas bajo nuestros actos, y finalmente el espíritu general de nuestra vida.

Toda nuestra vida está llena de una serie de acciones ininterrumpidas: pensamientos, palabras, actos, que se suceden y se turnan. Analizar todos estos actos, cada uno en particular, y estimar el valor moral es algo imposible. Pero si pretendéis desenredar y juzgar los actos cometidos en el transcurso de una sola jornada, no podréis hacerlo. El hombre es un ser perpetuamente en movimiento. ¡Cuántas veces, entre la mañana y la tarde, habrá cambiado de ideas y rehecho las cosas! ¡Cuántas faltas cometerá entre dos confesiones! No hay necesidad de analizarlo todo, de juzgarlo todo. Tenemos en nosotros un guardián fiel, la conciencia. Lo que has hecho mal, no te lo dejará pasar, y trataréis de explicarle que eso no es grave, que lo haréis mejor, pero no dejará de repetiros: lo que está mal, está mal. Y esto es lo primero: prestad oído a vuestra conciencia y a estos actos que condena, reconocedlos, sin ninguna excusa, dentro del orden del pecado y preparaos para confesarlos.

Se podrá llamar a esto el primero y el último paso: reconocer que somos totalmente responsables de aquello que nos acusa nuestra conciencia, y prometer que en el futuro evitaremos obrar así, y será suficiente, si podemos estar seguros de que la conciencia misma tiene plena razón. Ahora bien, sucede que no señala tal o cual cosa: entonces se turbará, o habrá olvidado un hecho muy lejano, o quizá no habrá juzgado tal acción como un pecado, a causa de su ignorancia o conocimiento insuficiente de lo que nos es obligatorio. Entonces, para suplir a la conciencia, será necesario recurrir a los mandamientos de Dios que figuran en la Palabra de Dios y preguntarnos si no hemos quebrantado en algo alguno de estos preceptos. Muchos de los hechos olvidados volverán entonces a nuestra memoria y otros nos aparecerán como si fueran un nuevo día.

La Palabra de Dios es semejante a un espejo. Al igual que, viéndonos en un espejo, vemos una mancha, una mota de polvo en nuestra cara o en nuestro vestido, así mismo, nuestra alma, leyendo la Palabra de Dios y considerando los mandamientos que están escritos en ella, no puede evitar ver si los ha obedecido o no; la conciencia, iluminada por la Palabra de Dios, se lo dirá sin contemplación.

Y he aquí, pues, el segundo paso. Considerad uno tras otro todos los mandamientos y ved si los observáis o no. Por ejemplo: el mandamiento prescrito de dar limosna cada vez que alguien os la pida. Ved si lo habéis hecho siempre o nunca, si tal vez habéis rechazado el dar limosna, sin razón válida, sino simplemente por negligencia con respecto al mendigo. Si es un hecho comprobado, daos cuenta, pues es un pecado. Así mismo, el mandamiento dice: perdonadlo todo, incluso las ofensas y los disgustos. Y ved: ¿habéis cedido siempre, no habéis tenido disputas, cambios mordaces, e incluso querellas? Si os acordáis: sí, he cedido y he tenido; entonces notad aún, pues esto es un pecado, aunque la conciencia no tenga por costumbre acordarse demasiado de estos asuntos. E incluso más: es necesario ponerlo toda la esperanza en Dios. ¿Lo habéis hecho siempre? En el transcurso normal de nuestras ocupaciones, no prestamos atención, pero cuando tenemos necesidad, esto surge inmediatamente: vemos de inmediato en qué se apoya el alma, en Dios o en otra cosa, excluyendo a Dios. Indudablemente debemos emplear igualmente todos los medios de los que disponemos para salir de situaciones difíciles, pues también nos las envía Dios, pero no debemos descontar el éxito final que procede de Dios, y volvernos, pues, hacia Él pidiéndole su ayuda, y cuando la situación esté solucionada, darle gracias como único Liberador, olvidando los esfuerzos propios. Y bien, ¿pensáis si habéis obrado así? Si no es el caso, también esto es un pecado. Haced así con cada mandamiento y ved con qué acciones los habéis transgredido. De esta forma desenredaréis mejor todas vuestras obras.

Pero, ¿cómo hacerlo de la mejor forma posible? ¿Habéis estudiado el catecismo? Allí se explica cada mandamiento y se muestran qué buenas acciones nos son pedidas para cada mandamiento y qué pecados son prohibidos. Revisadlos, y con su ayuda, revisad vuestras obras. Recuerdo que en vuestra casa hay un librito de Monseñor Platón de Kostroma, que explica cómo confesar y cómo confesarse. Allí se encuentran enumeradas al detalle las preguntas que se pueden hacer a un penitente. Quizá, gracias a este libro, podréis interrogaros mejor a vosotros mismos.

Supongo que es la primera vez que queréis ocuparos de vosotros mismos y determinar quiénes sois y qué hay en vosotros. Esforzaos, pues, por estudiaros según estas instrucciones. En consecuencia, las demás veces, no será ya para vosotros tan complicado. Así pues, haced estos esfuerzos.

Prosigo. El segundo aspecto de la vida: las disposiciones, los humores y las inclinaciones del corazón. Las obras no nos permiten conocernos a fondo. Es necesario penetrar más profundamente en nosotros mismos y pensar cómo es nuestro corazón e interesarnos más que nada en nuestras obras. Puede suceder, por ejemplo, que tal persona se muestre poco servicial (pues no ha ayudado a alguien), aunque tenga un corazón caritativo. Pero tal otra persona no haya dado nada, y no fortuitamente, sino porque es avariciosa. En apariencia, estos dos gestos son idénticos, pero por la disposición interior de los obradores, hay entre ellos una gran diferencia. Los actos son obras de un solo momento y de un solo lugar, mientras que las disposiciones testifican inclinaciones permanentes del corazón, que determinan el carácter y el humor de la persona, que son la fuente de sus deseos, de sus orientaciones. A las buenas disposiciones se las llama virtudes; a las malas, los defectos, los vicios, las pasiones.

Las disposiciones del corazón que debe tener el cristiano son expuestas por Cristo en su sermón de las Bienaventuranzas. Son: la humildad, la contrición, la dulzura, el hambre y la sed de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, el amor por la paz y la paciencia. San Pablo compara las buenas disposiciones del cristiano con los frutos del Espíritu Santo: amor, júbilo, paz, paciencia, bondad, misericordia, fe, dulzura, templanza (Gálatas 5:22-23). Y además en otro pasaje: “Vestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre, longanimidad, sufriéndoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tuviere queja contra otro. Como el Señor os ha perdonado, así perdonad también vosotros. Pero sobre todas estas cosas, vestios del amor, que es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo, a la cual habéis sido llamados en un solo cuerpo, prime en vuestros corazones. Y sed agradecidos” (Colosenses 3:12-15, Straubinger). Las disposiciones inversas son los vicios y las pasiones, fuente de todas las malas obras que arrastran nuestra pérdida. Las principales son: orgullo, vanidad, concupiscencia, intemperancia, cólera, odio, envidia, pereza amor por los placeres sensuales, tristeza, desesperación. Sobre esto, el apóstol dice que los cristianos no deben, no sólo sostenerlos, sino incluso hacer mención entre ellos: “Ni siquiera se nombre entre vosotros” (Efesios 5:3, Straubinger).

¡Ved qué severidad! Mirad bien si no hay en vosotros alguna inclinación o pasión mala. Cada uno tiene un poco, pero no son ni profundas ni constantes. Pero hay en cada uno una pasión maestra sobre la que revolotean todas las demás. Es aquella la que debemos esforzarnos por descubrir. Aunque aún no sea del todo patente, a causa de vuestra juventud, sus rastros deben ser perceptibles, si los miráis de cerca. Habiéndolo detectado, clasificad las demás con relación a esta: cuál está más cerca y cuál más lejos. Y comprended cómo está hecho vuestro corazón: ¡es una adquisición preciosa! Pues, aunque a causa de esto emprendáis el lavaros de las pasiones y de las malas inclinaciones, veréis mejor en qué dirección dirigir vuestros esfuerzos: hacia vuestra pasión principal. Cuando la hayáis vencido, todas las demás se dispersarán por sí mismas. Como en la guerra: cuando el conjunto de fuerzas del enemigo es vencido, ya no queda más que perseguir al resto de las tropas y abatirlo. Pero domar el corazón y corregirlo, no es asunto de un instante, pues es necesario un gran combate. Y en este combate, cuando no se sabe dónde dar los golpes, nos podemos agotar, podemos desvivirnos por nada, y no llegar a nada. Así pues, agudizad vuestros esfuerzos.

El tercer aspecto de la vida es el espíritu general de nuestra vida. Es el aspecto principal, pero también el más sutil. El espíritu maligno es tan astuto y sabe tan bien tomar la máscara de la bondad y de la oportunidad que es necesario tener la vista espiritual más agudizada para desenmascararlo. En cambio, el espíritu del bien es evidente, pues es sólo uno; consiste en vivir para Dios, sin preocuparse de nada. El espíritu inverso, es vivir para sí mismo (el egoísmo), y a menudo toma, incluso siempre, una orientación anexa: vivir para el mundo.

Así pues, si nos planteamos que, cuando vivimos para alguien, esto refleja el espíritu de nuestra vida, entonces no os será difícil determinar cuál es el espíritu de vuestra vida: precisaréis para quién vivís, o bien, ya que no comenzáis más que a vivir, para quién deseáis vivir más, hacia qué tiende vuestro corazón, a quién deseáis consagrar más vuestra vida. Hacia qué tendéis más, es lo que determinará el espíritu de vuestra vida aunque esté aún en estado latente, o sea como un débil pajarillo. El espíritu del que vive para Dios está lleno del temor de Dios, y se esfuerza por complacerle, como Dios Único. El espíritu del que no vive más que para sí mismo es un espíritu egoísta, interesado, complaciente de sí mismo y carnal. El espíritu del que vive para el mundo es un espíritu mundano y lleno de vanidad. Ved, pues, por estos ejemplos, cuál es el espíritu que vive en vosotros.

A juzgar por vuestro deseo inflamado de acercaros a Dios, se puede concluir que vuestro espíritu es bueno, verdadero, tal y como debe ser. A juzgar igualmente por la forma en la que habéis sido afectados por las reglas de la vida del mundo, en las que vive el espíritu del mundo, se puede suponer que este espíritu no tiene en vosotros ni lugar ni fuerza, aunque pueda dominaros, si no tenéis cuidado. Queda la cuestión: ¿está en vosotros el espíritu egoísta? Me parece que sí, aunque no sepa a qué grado. Bueno, incluso si este espíritu está en vosotros, puesto que tenéis el deseo de acercaros a Dios y puesto que vuestra alma es extraña al espíritu del mundo, se evaporará muy rápido, sobre todo si dais a vuestro corazón el espacio necesario para inflamarse cada vez más con el deseo de Dios. Prestad, pues, atención.

Ahora, ved lo que tenéis que hacer, y hacedlo. A simple vista, esto parece abrumador, pero de hecho, es simple y fácil. Después de haber orado a Dios, revestios con esta labor, y podréis determinaros en una tarde. No se trata de ir allende los mares, sino de analizar lo que hay dentro de vosotros. Sin embargo, no dejéis esto sólo para la tarde que preceda a vuestra confesión. No, disponéis prontamente, en los primeros días de vuestra preparación. Poco a poco, lo haréis todo más preciso, más profundo. La dificultad no sea más que para esta vez. Pues a continuación, si continuáis viviendo según vuestro buen espíritu, la vida misma os conducirá a un conocimiento más pleno de vosotros mismos. Pues, ¿de dónde surge que la mayor parte del tiempo no nos conocemos a nosotros mismos? Esto surge del hecho de que vivimos en la negligencia.

Supongamos que os habéis examinado cuidadosamente y que habéis descubierto en vosotros un gran número de defectos. ¿Qué sucederá ahora? ¿Qué uso haremos de este descubrimiento?

Pues, ¿qué uso haremos de los que hemos aprendido sobre nosotros mismos? Ante todo, debéis juzgar todos vuestros defectos, sin ninguna reticencia ni excusa. Cuando, en la Liturgia de los Dones Presantificados, después de “Que mi oración se eleve”, se canta, “No inclines mi corazón a palabras malignas para buscar pretextos a mis pecados”, se invita a los fieles a orar a Dios para que no les permita inventar excusas hábiles para sus pecados. No esperéis ningún arrepentimiento de el que inventa este género de excusas, y el que no se arrepiente no intentará corregirse. Se trata, pues, de juzgarse buenamente sin piedad, de llegar a decir en el corazón: soy enteramente culpable.

Cuando la palabra “culpable” se escuche en el corazón, será necesario añadir el temor a la condenación de Dios. Si vuestra conciencia os condena, Dios ya nos os exculpa. Dios también os ve culpables, y si os ve así, os condena. Si condena, determina igualmente el castigo adecuado. Esto os caerá encima, hoy o mañana y ya está suspendido por encima de vosotros.

¿Qué hacer? Lo que no sepamos hacer, lo hará la misericordia divina. El Dios de misericordia nos da la esperanza de ser perdonamos, si nos arrepentimos amargamente y tomamos la firme decisión de evitar pecar como antes e irritar a Dios por nuestras faltas. Esa es la esencia del arrepentimiento.

Así pues, no os contentéis con conocer fríamente vuestras faltas, sino probad la compunción con relación a este tema y apesadumbraos sinceramente de haberlas cometido. La contrición engendra la resolución para evitar las faltas. El solo conocimiento, incluso si está acompañado de intención de evitarlo, conducirá al orgullo, ¡del cual Dios nos preserve!

Habiendo resuelto evitar las faltas, ahora es necesario reflexionar y decidir cómo conseguirlo, y comenzar incluso ahora mismo a corregirse verdaderamente. Si, por ejemplo, algo os ha contrariado, decidid no contristaros y ved cómo obrar para no irritaros. Sucede lo mismo con lo demás: con antelación, es necesario determinar cómo se va a obrar en tal o cual circunstancias, para no recaer en el error. Para mayor comodidad, tomad cuenta de vuestras faltas desde que hayáis tomado conciencia y tomad cuenta también de la forma en que pensáis corregirlas. Esta será vuestra primera confesión general, y de tal modo, correcta. Por amor al Señor, haced este esfuerzo. Veréis entonces qué poder tendréis sobre vosotros mismos y con qué fuerza os enseñaréis, reconociendo la justicia de este paso a excepción de todos los demás.

Entristeciéndose de los pecados y teniendo la intención de no volver a cometerlos, hay que añadirle a esto una ferviente oración al Señor, pidiéndole que nos ayude a luchar contra el pecado y a creer que el Señor no os dejará sin su ayuda. En lo más profundo del corazón de los cristianos debe morar esta convicción de que, así como los pecados que lamentan y que confiesan les son perdonados por el Señor misericordioso y por su muerte sobre la cruz, así mismo, simultáneamente, les es concedida la gracia de Dios, por el poder de esta misma muerte en la cruz. Esta gracia desciende sobre los que tienen la firme determinación de no volver a pecar más, y una fe inquebrantable y luminosa en Cristo Salvador.

Cuando hayáis cumplido esto, estaréis listos para la confesión. Y, cuando al término de la confesión, recibáis la absolución de los pecados, estaréis listos para la Comunión. Por vuestro arrepentimiento sincero y vuestra firme decisión de corregiros, el Señor vendrá en sus Santos Misterios y permanecerá en vosotros y vosotros en Él. ¡Oh, cuán inmensa e indecible es la bondad de Dios.


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Monday, February 29, 2016

Fundamentos de la Fe Ortodoxa ( Obispo Alejandro Mileant )


Explotación del Símbolo Niceo Constantinopolitano

Contenido: El Símbolo de la fe. Informe histórico. El texto del Credo. ¿En qué creemos conforme con el Símbolo?

El Símbolo de la Fe

EL SÍMBOLO DE LA FE (el credo) es una oración en la cual están presentadas, con breves pero exactas palabras, las verdades fundamentales de la fe ortodoxa.

El hombre sin fe es comparable a un ciego. La fe le permite al hombre obtener el conocimiento espiritual, que le ayuda a ver y comprender la esencia de lo que pasa a su alrededor, la razón de la creación, la finalidad de la existencia, lo que es correcto y lo que no lo es, hacia donde debe orientarse, etc.


Informe histórico

DESDE LOS ANTIGUOS tiempos apostólicos, los cristianos utilizaban los llamados “símbolos de la fe” (o credos) para recordar las mas importantes verdades de la fe cristiana. En la antigua Iglesia existían varios símbolos de fe sucintos. En el siglo IV, cuando aparecieron las falsas doctrinas acerca de Dios Hijo y el Espíritu Santo, se suscitó la necesidad de completar los símbolos de antaño.

El Símbolo de la fe que estamos tratando fue compuesto por los Padres del Primer y Segundo Concilio Ecuménico (universal). En el Primer Concilio Ecuménico fueron redactados los siete primeros artículos de este Símbolo, y en el segundo, los cinco restantes. El Primer Concilio Ecuménico tuvo lugar en Nicea en el año 325 de la era cristiana, con el fin de afirmar la verdadera doctrina acerca del Hijo de Dios en contraposición a la falsa doctrina de Arrio, que sostenía que el Hijo de Dios fue creado por Dios Padre. El Segundo Concilio Ecuménico fue celebrado en el año 381 en Constantinopla para afirmar la doctrina verdadera del Espíritu Santo en contraposición a la falsa doctrina de Macedonio, que había rechazado la divina dignidad del Espíritu Santo. De acuerdo con los nombres de las dos ciudades en las cuales se reunieron los Padres del Primer y Segundo Concilio Ecuménico, el Símbolo lleva en nombre de Niceo-Constantinopolitano.

El Símbolo de la fe se divide en 12 artículos. En el primer artículo se habla de Dios Padre; desde el segundo hasta el séptimo artículo se habla de Dios Hijo; en el octavo artículo, de Dios Espíritu Santo; en el noveno, de la Iglesia; en el décimo, del bautismo y finalmente, los artículos undécimo y duodécimo expresan la resurrección de los muertos y la vida eterna.


El texto del Credo

CREO EN UN SOLO DIOS, Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra y de todas las co­sas visibles e invisibles.

Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios nacido del Pa­dre, antes de todos los siglos; luz de luz; verdadero Dios de Dios verdadero. Engendrado no hecho; consubstancial al Padre, por Quien fueron hechas todas las cosas. Quien por noso­tros los hombres y para nuestra salvación, bajó de los cielos y se encarnó del Espíritu Santo y María Virgen, y se hizo hombre. Fue crucificado también para nosotros bajo el poder de Pon­cio Pilatos, padeció, fue sepultado. Resucitó al tercer día según las escrituras. Subió a los cie­los y está sentado a la diestra del Padre. Y vendrá por segunda vez lleno de gloria a juzgar a los vivos y a los muertos y su Reino no tendrá fin.

Y en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado que ha­bló por los profetas.

Y en una Iglesia Santa Católica y Apostólica. Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados. Y espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Amén.


¿En qué creemos  conforme con el Símbolo?

INICIAMOS EL SÍMBOLO con la palabra “creo,” porque el contenido de nuestros conceptos religiosos no se basa en la experiencia exterior, sino en la aceptación de las verdades divinas reveladas, ya que los objetos y fenómenos del mundo espiritual no pueden verificarse por medios de laboratorio, ni comprobarse con recursos de la lógica: entran en la esfera de la experiencia religiosa personal del hombre. Sin embargo, cuanto más crece el hombre en la vida espiritual, por ejemplo rezando, pensando en Dios o haciendo obras buenas, más se desarrolla en él la experiencia espiritual interior y con tanto mayor claridad se le manifiestan las verdades religiosas. De esta manera la fe se hace para el hombre creyente el objeto de su experiencia personal.

Creemos que Dios es la plenitud de la perfección: es el espíritu perfectísimo que no tiene ni principio ni fin, eterno, todopoderoso y sapientísimo. Dios omnipresente ve todo y sabe lo que todavía no ha acontecido. Es infinitamente bueno, justo y santísimo. No tiene necesidad de nada y es la causa primaria de todo lo existente.

Creemos que Dios es único por su esencia y trino en Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; Santísima Trinidad, unida e indivisible. El Padre no nace ni procede de ninguna otra entidad; el Hijo ha nacido en la eternidad del Padre; el Espíritu Santo, desde la eternidad, procede del Padre.

Creemos que todas las Personas o hipóstasis de Dios son equivalentes entre sí, conforme con la perfección, el poder, la majestad y la gloria Divinas; es decir que creemos que el Padre es Dios verdadero y perfectísimo, que el Hijo también es Dios verdadero y perfectísimo, al igual que el Espíritu Santo, que es asimismo Dios verdadero y perfectísimo. Por lo tanto, en las oraciones glorificamos simultáneamente al Padre, Hijo y Espíritu Santo como Dios Único.

Creemos que todo el mundo visible e invisible fue creado por Dios. Al principio Dios creó el mundo invisible angélico, llamado en la Biblia “ Firmamento” o “cielo”, y luego el nuestro, mundo material o físico (según la Biblia, “la tierra”). El mundo físico fue creado por Dios de la nada, pero no repentinamente sino de un modo gradual en períodos denominados en la Biblia “días.” Dios creó el mundo no por obligación o necesidad, sino por su Beneplácito, para que otras entidades creadas por Él, también gocen de la vida en medio de su creación. Siendo infinitamente bueno, Dios ha creado todo bueno. El mal ocurre en el mundo debido al uso de la libre voluntad, con la cual Dios ha dotado a los ángeles y a los hombres. Por ejemplo, el diablo y los demonios otrora fueron ángeles buenos, pero luego se sublevaron contra Dios y voluntariamente se convirtieron en espíritus malignos. Estos desobedientes ángeles convertidos en demonios fueron expulsados del Paraíso y formaron su tenebroso reino llamado Infierno. Desde aquel entonces incitan a los hombres al pecado y actúan como enemigos de nuestra salvación.

Creemos que Dios sostiene todo por su poder, es decir que todo lo dirige a todos y todo lo lleva a un beneficioso fin. Dios nos quiere y cuida de nosotros como una Madre a sus hijos. Por consiguiente no podrá ocurrirle nada malo al hombre que se encomienda a Dios.

Creemos que el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, descendió del cielo para nuestra salvación y se encarnó por obra del Espíritu Santo en el cuerpo de la Doncella María. Siendo Dios desde la eternidad, en la época del rey Herodes adoptó nuestra naturaleza humana, con alma y cuerpo, y por lo tanto es al mismo tiempo Dios verdadero y Hombre verdadero, o sea Dios-Hombre. Él, en una Persona Divina combina ambas naturalezas: la Divina y la Humana. Estas dos naturalezas permanecen en Él para siempre sin experimentar ningún cambio, sin fundirse ni transformar una naturaleza en otra.

Creemos que Nuestro Señor Jesucristo, al vivir sobre la tierra, iluminó al mundo con Su doctrina, ejemplo y milagros, es decir, que enseñó a los hombres en qué deben creer y cómo deben vivir para heredar la vida eterna. Con sus oraciones dirigidas al Padre, por el cumplimiento absoluto de su voluntad, con su pasión y muerte en la Cruz venció al diablo y redimió al mundo del pecado y de la muerte. Mediante su resurrección de entre los muertos, estableció nuestra resurrección. Después de su Ascensión al cielo con su cuerpo, lo que ocurrió al 40 día después de su resurrección, el Señor Jesucristo se sentó a la diestra de Dios Padre, es decir que asumió como Dios Hombre el poder único que tiene con su Padre, y desde aquel entonces dirige el destino del mundo juntamente con su Padre.

Creemos que el Espíritu Santo, al proceder de Dios Padre (solamente), desde el principio del mundo, junto con el Padre y el Hijo, otorga existencia a las criaturas, les da vida y las guía. Es la fuente de la bienaventurada vida espiritual para los ángeles, al igual que para los hombres; y al Espíritu Santo se le debe gloria y adoración conjuntamente con el Padre y el Hijo. En el Antiguo Testamento el Espíritu Santo habló por medio de los profetas, luego, en el principio del Nuevo Testamento, habló por los apóstoles, y en la actualidad actúa en la Iglesia de Cristo, instruyendo en la verdad a sus pastores y a todos los cristianos ortodoxos.

Creemos que Jesucristo, para la salvación de los que creen en Él, fundó en la tierra la Iglesia haciendo descender sobre los apóstoles el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Desde aquel entonces el Espíritu Santo permanece en la Iglesia, en esta bendita sociedad o unión de los creyentes cristianos, y guarda la pureza de la doctrina de Cristo. Además, la gracia del Espíritu Santo, que permanece en la Iglesia, purifica a los que se arrepienten de sus pecados, ayuda a los creyentes para que tengan éxito en sus buenas obras y los santifica.

Creemos que la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Es Una porque todos los cristianos ortodoxos, aunque pertenezcan a diferentes iglesias locales nacionales, forman una sola familia junto con los ángeles y los santos del cielo. La unidad de la Iglesia se funda en la unidad de la fe y la gracia. La Iglesia es Santa porque sus fieles hijos se santifican por la palabra de Dios, la oración y los Santos Sacramentos. La Iglesia se denomina Católica (Universal) porque está destinada a los hombres de todos los tiempos y nacionalidades. La Iglesia se llama Apostólica, porque conserva la doctrina de los apóstoles y la sucesión apostólica se transmite incesantemente hasta nuestros días de un obispo a otro en el Sacramento de la Ordenación. Según la promesa de Jesucristo, la Iglesia permanecerá invencible para los enemigos hasta el fin del mundo.

Creemos que en el Sacramento del Bautismo se perdonan al creyente todos sus pecados y que por medio de este Sacramento, los creyentes se hacen miembros de la Iglesia. Para ellos queda franqueado también el acceso a los otros sacramentos para su salvación. Así, en el Sacramento de la Confirmación (unción con el óleo) se proporciona al creyente la gracia del Espíritu Santo; en el Sacramento del Arrepentimiento se perdonan los pecados cometidos en uso de conciencia después del bautismo; en el Sacramento de la Eucaristía, que se lleva a cabo durante la Liturgia, se efectúa la comunión de los fieles con el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo; en el Sacramento del matrimonio se establece la inseparable unión entre los esposos; en el Sacramento del Orden Sagrado se consagran los servidores de la Iglesia: diáconos, sacerdotes y obispos; y en el Sacramento de la Unción a los Enfermos (que se realiza con 7 sacerdotes, o, de no ser posible, con la cantidad que haya) se ofrece la curación de las enfermedades espirituales y físicas.

Creemos que antes del fin de este mundo Jesucristo, acompañado por los ángeles, volverá a la tierra con gloria. Entonces cumpliendo su palabra, resucitarán todos los muertos; es decir, que tendrá lugar un milagro por el cual las almas de los muertos volverán a los cuerpos que tenían antes de morir, es decir, revivirán. Durante la resurrección universal, los cuerpos de los rectos, resucitados o todavía vivientes, se renovarán y se espiritualizarán a imagen de la resurrección de Cristo.

A continuación de la resurrección, todos los hombres comparecerán ante el juicio de Dios para recibir conforme con los actos realizados en la vida corporal, hayan sido éstos buenos o malos. Después del juicio, los pecadores no arrepentidos pasarán al eterno suplicio, mientras que los rectos pasarán a la vida eterna. De esta manera comenzará el Reino de Cristo que no tendrá fin.

Con la palabra final “Amén” testimoniamos que aceptamos de todo corazón la confesión citada de la fe ortodoxa, la cual consideramos verdadera.

El Símbolo de la fe es leído por quien recibe el bautismo (catecúmeno) durante el Sacramento del Bautismo. En el caso del bautismo de un niño es leído por los padrinos. Además, el Símbolo de la fe se canta en el templo durante la Liturgia, y se debe leer diariamente durante las oraciones matutinas. Una lectura atenta del Símbolo de la fe influye substancialmente sobre nuestra fe. Esto se debe a que el Símbolo de la fe no es una simple confesión de fe sino una oración. Pronunciando con espíritu de oración la palabra “creo” y otras palabras del Símbolo, vivificamos y afirmamos nuestra fe en Dios y en todas las verdades que están contenidas en el mismo. Precisamente por eso es tan importante para los cristianos ortodoxos leer diariamente o cuando menos regularmente el Símbolo de la fe. 


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Homilía sobre la Gran Semana por San Juan Crisóstomo


De dónde viene este nombre de gran semana. Sobre este versículo: “Alaba al Señor, alma mía” (Salmos 145:1). Sobre “el guardia de la prisión”, en los hechos de los apóstoles.
Advertencia
No sabríamos establecer ni la fecha de esta homilía, ni el lugar en el que fue pronunciada. Lo que surge de la homilía misma, es que fue expuesta en el momento en el que cesa el ayuno, en los grandes días de la gran semana, que hoy en día llamamos semana santa. Además de los desarrollos indicados para la homilía misma, notaremos, sobre este pensamiento, cómo nuestro cuerpo es una lira armoniosa que bendice y glorifica al Señor. Sobre la eficacia del ayuno y de la oración, sobre la necesidad, el deber de bendecir a Dios, en todo tiempo y por todo, con los acentos convincentes y magníficos de San Juan Crisóstomo.
1. Hemos terminado la navegación del ayuno, y por la gracia de Dios, hemos llegado al puerto. Pero no nos descuidemos, porque hayamos llegado al puerto; al contrario, redoblemos en celo, porque hemos alcanzado el término del viaje. Así obran los pilotos; en el momento de hacer entrar en el puerto un barco cargado de trigo y de una gran cantidad de mercaderías, se inquietan, toman mil cuidados, para impedir que el navío, después de haber atravesado tan bastos mares, no escore contra las rocas, y no se sumerja con todas las mercaderías. He aquí las inquietudes, los temores que debemos sentir también nosotros; al término de la travesía, guardémonos de perder el premio de nuestras fatigas. He aquí porqué debemos redoblar nuestro celo. Así obran también los corredores; cuando llegan al momento de obtener su premio, es cuando redoblan la velocidad. Así obran también los atletas; tras luchas y victorias sin número, cuando están al alcance de las coronas, es cuando se aprestan más vivamente, cuando hacen esfuerzos más generosos. Obremos, pues, también nosotros igualmente ahora. En efecto, lo que es el puerto para los pilotos, el premio para los corredores, la corona para los atletas, así, la semana en la que estamos lo es todo para nosotros. Es la fuente de nuestros bienes, y ahora es cuando debemos disputar por la corona; y he aquí porqué la semana presente se llama la Gran Semana. No es porque los días sean más largos que los otros; otras semanas, en efecto, tienen días más largos. No es porque los días sean más numerosos, pues, en todas las semanas, el número de días es el mismo; mas es porque, en esta semana, Dios ha hecho cosas particularmente gloriosas, es en esta Gran Semana cuando la larga tiranía del demonio ha sido destruida, la muerte ha sido extinguida, el que era fuerte, ha sido encadenado; sus poderes han sido eliminados, el pecado ha sido borrado, así como la maldición; el paraíso se ha abierto; el cielo se ha hecho accesible, los hombres se han mezclado con los ángeles; el muro que lo separaba todo ha desaparecido; el velo ha sido quitado; el Dios de paz ha extendido la paz en el cielo y en la tierra. Así se la llama la Gran Semana, y así como es la primera entre las demás semanas, igualmente el gran día del sábado es el primero de estos días; y lo que la cabeza es para el cuerpo, el sábado lo es para esta semana. También, en esta semana, cuando un gran número de personas muestran un celo más ardiente, unos ponen más austeridad a su ayuno, otros prolongan sus vigilias sagradas, otros dan limosna más abundante, y el celo que muestran por las buenas obras, y su aplicación a la piedad, testifican la grandeza del beneficio que Dios nos ha concedido. Así como el día que el Señor resucitó a Lázaro, todos los habitantes de Jerusalén acudieron ante Él, y su gran número testificaba que había resucitado a un muerto (pues la premura de todos los que acudían era una prueba del milagro), así, hoy, el celo que hace resplandecer esta Gran Semana, es un testimonio, una demostración de las grandes cosas que se han obrado. Y en efecto, no sólo nosotros salimos de una sola ciudad, los que hoy acudimos ante Cristo. No es sólo de Jerusalén, es la tierra entera la que envía ante Cristo sus iglesias, ricas de gente que no acuden con ramos de palma en sus manos, sino que traen limosna, humanidad, virtud, ayuno, lágrimas, oraciones, vigilias, todas las flores de la piedad, para ofrecérselas a nuestro Señor, a Cristo.
Y no somos los únicos en venerar esta semana; los emperadores que gobiernan en nuestra tierra, la honran también de una forma especial, y decretan la suspensión de todas las labores públicas en las ciudades, a fin de que, libres de preocupaciones, todos los cristianos honren estos días con un culto especia. He aquí porqué han cerrado las puertas de los tribunales. Hagamos tregua, dicen, a todo proceso, querella, contención, suplicio; que las manos de los verdugos descansen. Las maravillas del Señor son para todos, hagámonos también nosotros, esclavos del Señor, algún bien que sea bueno para todos. Y no solamente este celo; este homenaje testifica también su veneración y su respeto; dan también otra prueba, no menos considerable; se envían cartas imperiales para soltar, en las prisiones, las cadenas de los detenidos. Así como nuestro Señor, cuando descendió a los infiernos, liberó a todos los que estaban bajo el poder de la muerte, así, los siervos de Dios, haciendo lo que está en su poder, imitan la bondad del Señor y liberan de las cadenas sensibles, si no pueden hacen caer las cadenas espirituales.
2. Y nosotros también, veneremos esta Semana; y yo, salido con vosotros, llevando en la mano el ramo de la palabra que nos instruye, he puesto mis dos pequeñas monedas, a ejemplo de la viuda del Evangelio (Lucas 21:2). “Y las muchedumbres que marchaban delante de Él, y las que le seguían, aclamaban diciendo: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!’” (Mateo 21:9). Salgamos, pues, también nosotros, y en lugar de ramas de árboles, mostremos las disposiciones de un alma en flor, y clamemos lo que hemos cantado hoy: “Alaba al Señor, alma mía. Toda mi vida alabará al Señor, cantaré salmos a mi Dios mientras yo viva” (Salmos 145:1-2). Es David quien pronuncia la primera palabra y la que sigue es igualmente de él; me engaño: ni la una ni la otra son de David, sino que pertenecen a la gracia divina. Es el profeta quien ha hablado, pero lo que ha hecho hablar a la lengua del profeta, es el Espíritu Santo. También dice el salmista: Mi lengua es pluma de ágil escriba” (Salmos 44:2). Así como la pluma no escribe por su propio movimiento, sino que es la virtud de la mano la que la mueve, así la lengua de los profetas no hablaba por sí misma, sino por la gracia de Dios. Ahora, ¿por qué el salmista no ha dicho solamente: ‘mi lengua es pluma de escriba’, sino: “Mi lengua es pluma ágil de escriba”? Es para enseñaros que la sabiduría es una cosa espiritual; de ahí su facilidad, su rapidez. En efecto, cuando los hombres hablan por sí mismos, componen, deliberan, dudan, emplean mucho tiempo; el profeta, por el contrario, sentía las palabras surgir de él como de una fuente; no tenía ningún obstáculo, los pensamientos surgían a flote y sobrepasaban la rapidez de su lengua; de ahí lo que dice: “Mi lengua es pluma de ágil escriba”. Son como olas con lo que mi lengua está inundada; de ahí, la velocidad, la rapidez. Nosotros no tenemos necesidad, ni de reflexiones, ni de meditación, ni de trabajo.
Pero veamos lo que significa: “Alaba al Señor, alma mía”. Cantemos, también nosotros, con David estas palabras en el día de hoy; si el cuerpo de David no está presente en medio de nosotros, su espíritu está presente. ¿Queréis la prueba de que los justos están presentes en medio de nosotros, y que cantan con nosotros? Escuchemos la respuesta de Abraham al rico. En efecto, este decía: “Entonces te ruego, padre, que lo envíes (a Lázaro) a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, a fin de que no vengan, también ellos, a este lugar de tormentos. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los profetas’” (Lucas 16:28-29). Así, hacía mucho tiempo que Moisés y los profetas habían muerto, en cuanto a sus cuerpos, pero por sus escritos, se encontraban en medio de los judíos. Si la imagen inanimada de un hijo o de un amigo os hace creer en la presencia del que ya no está, si esta imagen inanimada os lo muestra, con mayor razón, juzguemos, por las Santas Escrituras, el comercio de los santos; no tenemos sus rostros, pero tenemos las imágenes de sus almas; las palabras dichas por ellos, son las imágenes de sus almas. ¿Queréis la prueba de que los justos están vivos y presentes? Nunca tomamos a los muertos como testigos. ¡Y bien! Cristo los ha tomado como testigos de su divinidad, y particularmente a David, a fin de enseñaros que David está vivo. Los judíos dudaban de la divinidad de Cristo; les decía: “¿Qué decís de Cristo? ¿De quién es Hijo? Le respondían: De David”. Y les dice: ¿Y cómo pues, David le llama, en espíritu, su Señor, por estas palabras: “Oráculo del Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies”? (Salmos 109:1; Mateo22:42). ¿Comprendéis que David está vivo? Si no estuviera vivo, ¿cómo, pues, lo habría llamado David en espíritu: “mi Señor”? Pero lo llama su señor, para mostrar que aún está presente, y que habla por sus escritos. En otro tiempo cantaba sus salmos; cantemos ahora con David. David tenía una cítara, hecha de cuerdas inanimadas; la Iglesia tiene una cítara, hecha de cuerdas vivas; nuestras lenguas son las cuerdas de la cítara, y hacen escuchar con la diversidad de sus sonidos la armonía de la piedad; las mujeres, los hombres, los ancianos, los jóvenes se distinguen por la edad, pero no por el canto de los himnos; el Espíritu Santo, modificando cada una de las voces, no compone de todas las voces más que una sola melodía, lo cual expresó el mismo David, llamando a todas las edades y a los dos sexos a este concierto. “Alaba al Señor, alma mía” ¿Por qué ha olvidado la carne? ¿Por qué no se dirige a todo el cuerpo? ¿Ha hecho dos partes del ser vivo? De ninguna manera, sino que excita en primer lugar al artista. Lo que prueba que no hay dos partes, cuerpo y alma, es lo que dice. Escuchad: “Oh Dios, Tú eres el Dios mío, a Ti te busco ansioso; mi alma tiene sed de Ti, y mi carne sin Ti languidece, como esta tierra árida y yerma, falta de agua” (Salmos 62:2). Pero muéstrame, me decís, que el salmista invita a la carne también a hacer escuchar himnos: “Bendice al Señor, alma mía, y todo cuanto hay en mí bendiga su santo Nombre” (Salmos 102:1). ¿Véis que la carne también toma parte en el concierto? ¿Qué significan las palabras: “y todo cuanto hay en mí bendiga su santo Nombre”? El salmista entiende por esto los nervios, los huesos, las venas, las arterias y todas las partes interiores.
3. Pero, ¿cómo estas partes, que están en nuestro cuerpo, pueden bendecir a Dios? No tienen voz, no tienen boca, no tienen lengua. El alma tiene este poder, pero las partes interiores de nuestro cuerpo, ¿cómo lo tendrían? ¿cómo podrían, sin voz, sin lengua, sin boca, bendecir al Señor? De la misma forma que “Los cielos atestiguan la gloria de Dios” (Salmos 18:1). Así como el cielo tampoco tiene lengua, ni boca, ni labios, sino que por la belleza del espectáculo que presenta, asombra a los espectadores con las maravillas que contiene, y los lleva a bendecir al que lo ha creado, así, las partes interiores de nuestro cuerpo se asombran por el pensamiento que considera tantas funciones diversas, operaciones, fuerza, armonía y todas las formas hermosas, y su posición, y también las leyes matemáticas que gobiernan el todo con tanta reunión; todo esto clama como el profeta: “Cuán variadas son tus obras, oh Dios. Todo lo hiciste con sabiduría” (Salmos 103:24). ¿Veis como nuestras entrañas, sin voz, sin boca, sin lengua, bendicen al Señor? ¿Por qué, pues, el salmista se dirige al alma? Es para impedir, mientras que la lengua hace escuchar su voz, que el alma se extravíe, se distraiga, lo cual nos sucede a menudo mientras oramos, mientras cantamos himnos. El salmista quiere el concierto del cuerpo y del alma. Cuando oráis sin escuchar las palabras divinas, ¿cómo queréis que Dios escuche vuestra súplica? Pues, si el salmista dice: “Alaba al Señor, alma mía”, es para hacer entender esto: las súplicas deben partir desde el interior de nuestro ser, desde la profundidad de nuestro corazón. Así es como dice San Pablo: “Oraré con el espíritu, mas oraré también con la mente” (1ª Corintios 14:15). El alma es un músico excelente, es un artista; su instrumento, es el cuerpo que tiene en lugar de cítara, de flauta o de lira. Los otros músicos no tienen siempre todos sus instrumentos; ya los toman, ya los abandonan; no hacen escuchar perpetuamente su melodía, y en consecuencia, no tienen siempre sus instrumentos en las manos. Pero Dios, que quiere enseñarte que siempre debes glorificarlo y bendecirlo, ha procurado darte un instrumento, uniéndolo a tu persona para que no te abandone. Lo que prueba que es necesario alabarlo siempre, son las palabras del apóstol: “Orad sin cesar. En todo dad gracias, pues que tal es la voluntad de Dios en Cristo Jesús en orden a vosotros” (1ª Tesalonicenses 5:17-18). Pues, así como hay que orarle sin cesar, así se encuentra el instrumento unido al artista. “Alaba al Señor, alma mía”; no había en principio más que una voz que hacía escuchar estas palabras, la de David; pero ahora que está muerto, son innumerables las lenguas que repiten estas palabras, y no solamente en nosotros, sino en toda la tierra. ¿Comprendéis bien ahora que no está muerto, que está vivo? ¿Cómo estaría muerto, el que tiene tantas lenguas y que habla por tantas bocas? En verdad, es una cosa admirable el himno de alabanza; es el alma la que se purifica, es el fervor el que se apodera de nosotros.
¿Queréis comprender la eficacia de los himnos que se alzan a Dios? Cantando himnos, los tres santos jóvenes extinguieron el horno de Babilonia; digamos mejor, no lo extinguieron, sino algo que es más maravilloso, lo pisotearon bajo sus pies, como si la llama ardiente fuera barro; los himnos, haciendo entrada en la prisión de Pablo, hicieron caer sus ataduras, abrieron las puertas de su prisión, quebrantaron los fundamentos del edificio, llenaron al carcelero de temor. Dice la Escritura: “Mas, a eso de la media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios, y los presos escuchaban” (Hechos 16:25). Y a continuación, ¿qué sucedió? ¿Lo preguntáis? Lo que sobrepasa todo alcance, toda creencia; los lazos cayeron, y los que estaban encadenados, encadenaron a los que no tenían cadenas. Sin embargo, ¿de qué sirven las ataduras? Para tener fuertemente encadenado al que acosan, para sujetarlo a sus guardianes. Así, ved al carcelero, que no estaba encadenado, el cual vino a ponerse a los pies de Pablo, cargado de cadenas. Las cadenas sensibles contienen al que está encadenado; las cadenas de Cristo, por el contrario, tienen la virtud de someter a los que no están encadenados a los que están cargados de cadenas. El carcelero había echado a los cautivos en el interior de la prisión, y estos prisioneros del interior, abrieron las puertas desde dentro; el carcelero, con una espada, puso trabas a sus pies, y estos pies, cargados de trabas, se hicieron libres por la mano de los cautivos. Dice la Escritura: “Entonces el carcelero pidió luz, se precipitó dentro, y temblando de temor cayó a los pies de Pablo y Silas” (Hechos 16:29). ¿Qué pasó, pues? ¿No los habías encadenado? ¿No los habías puesto en un lugar seguro? ¿Y porqué asombrarte, oh hombre, de que se haya abierto la puerta de la prisión, por medio de aquel que recibió el poder de abrir el cielo? “Todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18:18). Hizo caer los lazos del pecado, ¿por qué asombrarte de que haya hecho caer las cadenas de hierro? Hizo caer los lazos de los demonios, liberó las almas encadenadas por ellos, ¿por qué asombrarte de que haya liberado a los prisioneros? Y vez, pues el milagro es doble: desligó y encadenó, desligó los lazos y encadenó los corazones. Los prisioneros no sabían que estaban desligados; abrió y cerró; abrió las puertas de la prisión, y cerró los ojos de los prisioneros, de tal forma de que no se apercibieron de que las puertas estaban abiertas, y no aprovecharon para tomar la huída. ¿Habéis comprendido bien este milagro que desliga y ata, que abre y cierra?
4. Lo que sucedió durante la noche, para que el asunto no fuera muy sonado, no causó ninguna especie de tumulto, pues los apóstoles no hacían nada para exponerse al público, ni para adquirir gloria. Así, el carcelero se echó a los pies. Y bien, ¿qué hace Pablo? ¿Habéis comprendido el milagro? ¿Habéis comprendido lo que hay de asombroso, de extraño? Considerad ahora la solicitud, considerad la bondad de Pablo. “Mas Pablo clamó a gran voz diciendo: “No te hagas ningún daño, porque estamos todos aquí” (Hechos 16:28). El carcelero lo había encadenado cruelmente; el apóstol no lo dejó suicidarse de una forma cruel; olvidó su injuria: “Estamos todos aquí”, dice él. Ved la modestia. No dice: “Soy yo quien ha hecho estas cosas maravillosas”; mas, ¿qué dice? “Estamos todos aquí”. Se cuenta entre el número de los prisioneros. El carcelero, por esta visión, se llenó de admiración; el milagro lo llenó de estupor; bendijo a Dios, era un alma verdaderamente digna de la solicitud y de la bondad del apóstol; no consideró lo que había pasado como un presagio. ¿Y por qué no creyó en un presagio? Pues porque los escuchó cantar himnos al Señor, y un obrador de presagios no canta nunca himnos al Señor. Había recibido muchos obradores de presagios y santurrones en calidad de carcelero, pero nunca ninguno de ellos había hecho cosa semejante, no había hecho caer los lazos, ni mostrar la misma solicitud. Era porque Pablo quería ser encadenado, y no tomó la huída, no queriendo causar la muerte del carcelero.
Este hombre se dispuso, teniendo en sus manos una espada, a quitarse la vida; el demonio quería hacerle cometer un suicidio, para prevenir su conversión. Pero la voz atronadora de Pablo conquistó rápidamente la salud de su alma; pues no solamente clamó, sino que dijo con una voz atronadora: “Estamos todos aquí”. El carcelero admiró esta solicitud, y el que no estaba encadenado, cayó a los pies del que estaba cargado de cadenas. ¿Y qué le dice? “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30). ¡Cómo! Tú eres quien lo encadenó, ¿y tú eres el que te encuentras en la turbación? Eres tú quien ha puesto una traba en sus pies, ¿y he aquí que buscas la manera de convertirte y salvarte? ¿Veis el fervor? ¿Veis la premura del celo? Para este hombre no había retraso; libre del temor, no se cree libre con respecto a su benefactor, pero de repente, se lanza, se vuelva sobre la salud de su alma. Era la media noche; no dice: “liberémonos, dejemos venir el día”, sino que de repente, acude a su salud. Este hombre es grande, se dice a sí mismo; sobrepasa la naturaleza humana. He visto la maravilla que ha hecho, admiro su solicitud por mí; ha sufrido, de mí, males sin número; expuesto a las últimas desgracias, y estando en sus manos, yo que lo he encadenado, y ahora puede matarme, y no sólo no me hace nada, sino que, en el momento en el que me apresto a matarme, es él quien me detiene. Este carcelero tuvo razón en decir: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”. Pues no eran solamente los milagros los que atraían a los apóstoles a nuevos creyentes, sino que, antes de los milagros, sus vidas obraban sobre los hombres. He aquí porqué dice la Escritura: “Así, brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mateo 5:16).
¿Habéis visto bien el fervor del carcelero? Ved ahora el fervor de Pablo. No difiere. Su celo no se ralentiza. Está encadenado, cubierto de herida, y rápidamente lo instruye en los misterios, lo instruye a él junto a toda su familia, y después de la ablución espiritual, después de la mesa espiritual, le sirve también los alimentos de la carne. Pero, ¿por qué hizo temblar la prisión? Para despertar el alma del carcelero por el espectáculo de lo que sucedía. Hizo caer los lazos sensible de los que estaban encadenados con él, para hacer caer los lazos espirituales del carcelero. Cristo hizo todo lo contrario: un hombre se aproximó a él, sufriendo una doble parálisis: la parálisis del pecado y del cuerpo. Cristo sanó en principio la parálisis del pecado, con estas palabras: “Hijo mío, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). Y como se discutían sus palabras, se las blasfemaba, se decía: “Nadie puede perdonar los pecados, sino sólo Dios” (Marcos 2:7), Cristo, queriendo mostrar que es verdaderamente Dios, queriendo también proveer los medios de hacer acallar a sus contradictores por sus propias bocas, a fin de poder decir: “Os juzgo por vuestra propia boca” (Lucas 19:22), dice que eres tú quien acaba de decir que nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios. Y bien. He aquí, dice Él, yo perdono los pecados, confieso, pues, mi divinidad; por tu manera de juzgar, yo mismo traigo la sentencia. Vemos aquí en principio la acción espiritual, y a continuación, la acción sensible. Pablo nos muestra aquí lo contrario, pues hace caer en principio los lazos sensibles, y a continuación los lazos espirituales.
¿Habéis comprendido la fuerza de los himnos, el poder de la bendición, el poder de la oración? Ciertamente, la eficacia de la oración es siempre grande, pero cuando el ayuno se une a la oración, entonces el alma es doblemente poderosa; entonces tenemos la templanza en el pensamiento, entonces el alma se despierta y contempla las cosas de lo alto. También la Escritura une siempre el ayuno y la oración. ¿Cómo? ¿En qué pasaje? Dice el apóstol: “No os privéis recíprocamente, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para entregaros a la oración” (1ª Corintios7:5). Y en otro lado: “En cuanto a esta ralea, no se va sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21). Y nuevamente: “Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron” (Hechos 13:3).
5. ¿Veis al ayuno unido en todo a la oración? Así, en efecto, se escapa de la lira una melodía más agradable, más digna del Señor. Las cuerdas no están húmedas, relajadas por la embriaguez; la razón está contenida, la inteligencia, más despierta; el alma, más vigilante; así es como conviene acercarse a Dios, conversar con Él, los dos juntos. Si tenemos un grave asunto que comunicar a nuestros amigos, los tomamos con preparación; con mayor razón, así debemos conducirnos incluso con Dios, y entrar, con una calma perfecta, en la cámara en la que se dispone. Es un gran beneficio la oración cuando surge de un alma agradecida y sabia. Y ahora, ¿cómo mostrará la oración nuestro reconocimiento? Debemos hacernos una ley, por la que no sólo cuando recibimos, sino además, cuando no somos escuchados, incluso ahí debemos bendecir más al Señor. En efecto, ya nos conceda el Señor, ya no nos conceda, pero en uno y otro caso, obra útilmente para nosotros, de modo que, ya sea que recibamos, o que no recibamos, recibimos lo que no hemos recibido; y si lo obtenemos, o si no lo obtenemos, lo obtenemos no teniendo lo deseado. Hay circunstancias es las que es más útil para nosotros no recibir que recibir; si no fuera provechoso para nosotros el no recibir, Dios nos concedería siempre, pero como también es provechoso el que no obtengamos, lo infructuoso es un éxito. He aquí porqué Dios difiere a menudo el concedernos nuestras peticiones; no es para apartarnos y castigarnos. Cuando nos fuerza a esperar el don, nos ejerce, y hace bien en nosotros, haciendo asidua la oración. A menudo recibimos, y después de haber recibido, descuidamos la oración; así Dios, que quiere tenernos constantemente despiertos, difiere el concedernos lo que le suplicamos. Es la conducta de los buenos padres, cuyos hijos perezosos no muestran ardor más que por los placeres pueriles; los padres los retienen cerca de ellos, prometiéndoles grandes presentes, y para retenerlos, ya difieren, ya rechazan absolutamente el dárselos. Sucede también que queremos cosas perjudiciales, y Dios, que comprende mejor que nosotros nuestros intereses, no escucha nuestras oraciones, prefiriendo mejor procurarnos lo que nos es útil, ya sea de nuestro agrado o no. ¿Y qué hay de asombroso en que seamos escuchados, cuando sucedió lo mismo con Pablo? También él, a menudo, no obtuvo lo que pedía, y no solamente no se afligía, sino que incluso daba gracias a Dios. Así, dice: “Tres veces rogué sobre esto al Señor para que se apartase de mí” (2ª Corintios 12:8). Esta expresión: “tres veces”, significa a menudo. Si Pablo, después de frecuentes oraciones, no obtuvo lo pedido, con mayor razón nos conviene a nosotros perseverar. Pero veamos lo que soportaba, después de haber pedido a menudo sin obtener; no solo no se afligía, sino que incluso se gloriaba de que no había obtenido. “Mas Él me dijo: ‘Mi gracia te basta, pues en la flaqueza se perfecciona la fuerza’” (2ª Corintios 12:9). Y continúa: “Por tanto, con sumo gusto me gloriaré de preferencia en mis flaquezas, para que la fuerza de Cristo habite en mí” (2ª Corintios 12:9).
6. ¿Comprendéis el reconocimiento del deudor? Pidió ser liberado de sus debilidades. Dios no le concede su petición, y no solo no se aflige, sino que se gloría en sus debilidades. Hagamos nosotros igual, dispongamos nuestras almas de esta manera, y sea que Dios nos conceda o no nos conceda nuestras peticiones, sepamos en los dos casos bendecirlo, pues en los dos casos, obra según nuestro interés. Si tiene el poder de dar, es porque tiene el poder, de dar, de dar lo que quiere, y de no darlo. No conocemos nuestros intereses tan claramente como Dios. A menudo, pedimos cosas perjudiciales y funestas, pero Dios, más celoso que nosotros por nuestra salud, no escucha nuestra oración, ante nuestra oración, ve en todo lo que nos es útil. Si los padres según la carne, no conceden a sus hijos todo lo que piden, no prueba que desdeñen a sus hijos, sino que por el contrario, tiene por ellos una gran solicitud. Así, Dios, que nos ama más aún, que conoce mejor que nadie lo que nos es útil, sigue siempre la misma conducta. Así pues, no cesemos de entregarnos a la oración, no sólo durante el día, sino incluso durante la noche. Escuchad lo que dice el profeta: “A media noche me levanto para alabarte por tus justos decretos” (Salmos 118:62). Un rey, que tenía entre las manos el gobierno de tantos pueblos, ciudades y naciones, que tenía cuidado de la paz, y de terminar las guerras, que veía siempre ante él un sinfín de asuntos, que no tenía tiempo de respirar, no solamente consagró los días, sino hasta incluso las noches las consagró a la oración. Si un rey, dispuesto para llevar una vida de delicias, tuvo tanta preocupación, envuelto en tantos asuntos, y no encontraba reposo incluso durante la noche, sino que se entregaba sin cesar a la oración, con un cuidado más escrupuloso que los monjes de las montañas, ¿cuál será, respondedme, nuestra excusa, si tenemos una libertad completa, si tenemos una vida independiente, vacía de problemas, que no sólo pasamos nuestras noches durmiendo, sino que incluso durante el día no encontramos momentos en los que nuestra alma se despierte para la oración que le debemos al Señor? La oración es un gran arma, es un gran adorno, una gran seguridad, un puerto, un tesoro de bienes, y una riqueza que no puede perderse. Cuando tenemos necesidad de los hombres, hacemos gastos, empleamos adulaciones serviles, vamos y venimos, y tenemos muchas penas y preocupaciones, e incluso así muchas veces no podemos dirigirnos directamente a aquellos de quienes depende lo que pedimos. En principio, es necesario ir a ver a los ministros, los dispensadores de gracias, y los que se encargan de responder por los hombres poderosos, y con dinero, con palabras, y por todos los medios posibles, intentamos tenerlos de nuestro lado, a fin de obtener, por su medio, lo que pedimos. Con Dios, por el contrario, no sucede igual. Orándole por otros, obtenemos menos rápidamente sus favores que pidiéndolos para nosotros mismos. Y con Dios, el que recibe y el que no recibe, se aprovechan; por el contrario, con los hombres, en los dos casos, nos complacemos. ¡Y bien! Ya que es más provechoso y más sencillo acercarse a Dios, no despreciemos la oración. ¿Queréis encontrar a Dios más propicio? ¿Queréis obtener más fácilmente lo que deseáis? Invocadle vosotros mismos, con puras intenciones, con un alma sabia; no le roguéis, por conciencia, como hacen muchas personas con palabras pronunciadas como simples oraciones, y cuyo pensamiento, permanece a menudo en sus casas, o incluso paseándose por las plazas, por las calles, lo cual es un artificio del demonio; pues, como sabe que en el momento de la oración podemos obtener el perdón de nuestros pecados, celoso de cerrarnos este puerto, se alza entonces contra nosotros; expulsa nuestro pensamiento lejos de las palabras que pronunciamos, a fin de salir de la iglesia, sacando de nosotros más pérdida que provecho.
Penetrados por estas verdades, cuando nos acerquemos a Dios, pensemos ante quien nos presentamos. Basta, para tener el espíritu despierto, con creer en el que nos da lo que pedimos. Alcemos los ojos al cielo y pensemos a quién dirigimos nuestras palabras. Cuando hablamos a los hombres, aunque sean poco honorables, hasta los más descuidados se predisponen en todo y despiertan el espíritu. Con mayor razón, hagamos igual si pensamos que nos dirigimos al Señor de los ángeles: he aquí lo que bastará para alcanzar su atención. ¿Queréis otro medio para sacaros de vuestro letargo? He aquí uno: a menudo hacemos nuestra oración, y no hemos escuchado ni una sola de las palabras que hemos pronunciado, y nos vamos; pensemos en esto, de repente, y retomemos nuevamente la oración. Y si la distracción nos viene dos, tres, cuatro veces, retomemos igualmente la oración, y no nos vayamos hasta haberla dicho con un espíritu atento. Cuando el demonio comprenda que no queremos irnos sin haberla dicho con atención, con un espíritu despierto, cesará de asediarnos, pues verá que estos ataques no sirven más que para forzarnos a comenzar nuevamente en nuestra oración. Mis bien amados, todos los días recibimos numerosas heridas, de gente de nuestra casa, de extraños, en la plaza, en nuestra vida, de hombres públicos, de particulares, de vecinos, de amigos; a todas estas heridas, apliquémosles el remedio que le es propio, la oración. Pues si le oramos con un espíritu vigilante, con un alma dispuesta, con un corazón ardiente, Dios puede concedernos el perdón, la remisión de los pecados. Que podamos obtenerlo, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece, junto con el Padre y el Espíritu Santo, la gloria el honor y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

                                    Catecismo Ortodoxo

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