Sunday, August 6, 2017

Canon de la Transfiguración


Kántico 1.
Irmos: Masas de Israelíes, cruzando con pies secos la profundidad húmeda del Mar Rojo, y viendo ahogados a los jinetes enemigos y sus jefes, en alegría cantaban: Cantemos a Dios nuestro ya que El se glorificó.
Anunciando a Sus amigos palabras de vida sobre el Reino de Dios, Cristo dijo: Cuando verán el brillo de la luz inalcanzable, conocerán a Padre en Mi y en alegría exclamarán: Cantemos a Dios nuestro ya que El se glorifico (Jn. 6:68; 14:7-9; 15:5).
Vosotros amigos-discípulos destruyan la fuerza de los paganos y enaltézcanse con su riqueza, ya que cuando apareceré brillando mas claro que el sol, vosotros os glorificareis en alegría, clamando: Cantemos a Dios nuestro ya que El se glorificó (Is. 61:6; Rom. 11:12).
Ahora Cristo, brillando sobre el monte Tabor, reveló a discípulos la visión de la Divina luz oculta, como prometió. Ellos plenos de iluminación Divina en alegría clamaban: Cantemos a Dios nuestro ya que El se glorificó (Mat. 16:28).

Kántico 3.

Irmos: Arcos de fuertes se debilitaron y los débiles se revistieron de fuerza, por eso mi corazón se afirmó en el Señor.
Revestido con el ser de Adán, Tu Cristo a este ser oscurecido en antigüedad, de nuevo iluminaste y divinizaste con la transfiguración de Tu rostro (Luc. 9:29).
Cristo, que en antigüedad conducías con pilar de fuego y nube a los israelíes en el desierto, ahora inexpresablemente has brillado sobre el monte Tabor (Ex. 13:21; Mat. 17:2).

Kántico 4.
Irmos: Escuche sobre Tu gloriosa edificación Cristo Dios, — que has nacido de la Virgen para salvar de error a los que llaman: Gloria a Tu fuerza, Señor.
Escribiendo la ley en Sinaí, Tu Cristo Dios apareciste en nube, fuego, tinieblas y tornado. Gloria a Tu fuerza Señor (Ex. 19:16-18; Deut. 4:11).
Para asegurar a discípulos de Tu gloriosa edificación Cristo Dios, Tu existente antes de siglos y Tu Mismo realizando sobre la nube Tu elevación, inexpresablemente brillaste en Tabor (Sal. 104:3).
Se presentaron, y sumisos conversaban Contigo, Señor Cristo, aquellos con quienes Tu antes conversabas entre fuego y humo, tinieblas y tornado. Gloria a Tu fuerza, Señor (Mat. 17:3; Deut. 4:11; Ex. 19:3; Reyes 19:11).
Sobre Tu futura muerte en la cruz predecían los presentados en Tabor, Moisés, que antaño Te previó Cristo en el fuego de la zarza, y también Elías, elevado en un carro de fuego (Luc. 9:30).

Kántico 5.
Irmos: Tu separaste la luz del caos primordial, para que Tus criaturas canten a Ti, Creador. Ahora, Cristo, en Tu luz dirige nuestros caminos (Gen. 1:4; Sal. 5:9).
Ante Ti se postraron las temporadas del año, ya que el sol puso a Tus pies su luz y rayos que cortan el cielo, cuando Tu, Cristo deseaste cambiar Tu imagen humana (Mar. 3:9).
He aquí el Salvador — exclamaban en voz alta Moisés y Elías a los discípulos sobre el santo monte Tabor, — Cristo que nosotros, en antigüedad, predecimos como Dios verdadero (Mar. 9:4).
El inmutable ser, al unirse con el mortal, reveló abundante luz de Divinidad e inmaterial e inexpresablemente brilló ante apóstoles (Heb. 12;29).
Viendo a Ti, luz eterna — Cristo, brillando en la gloria del Padre, los discípulos clamaban a Ti: En Tu luz dirige nuestros caminos (Heb. 1:3; Sal. 5:9, 119:133).

Kántico 6.
Irmos: En mi congoja, llamé al Señor y me escuchó Dios de mi salvación.
El Salvador, brillando en Tabor con luz mas brillante que la solar, iluminó, también, a nosotros (Luc. 1:79).
Al subir al monte Tabor, Te transfiguraste, Cristo, y oscureciendo todo error, brillaste con luz para nosotros (2 Tim. 1:10).
Gloriosos apóstoles en Tabor conocieron en Ti, Cristo, a Dios y asombrados hincaron las rodillas.

Kántico 7.
Irmos: Los hijos de Adán en Babilonia vencieron antaño a la llama del horno, en cánticos, clamando: Bendito seas Tu, Dios de nuestros padres.
Apóstoles, iluminados sobre el monte Tabor, con luz de inalcanzable gloria, exclamaban a Cristo: bendito seas Tu, Dios de nuestros padres (1 Tim. 6:16).
Apóstoles maravilladas por palabras de voz Divina, nube de roció y Tu resplandor, Cristo, cantaban: Bendito seas Tu Dios de nuestros padres (Mat. 17:5; Luc. 9:54).
Cuando Pedro sobre monte Tabor vio resplandeciendo con inexpresable luz Cristo, exclamó: Bendito sea Tu, Dios de nuestros padres (Mat. 17:1).
Hijos de Zabedeo, encontrándose con el Jefe de la vida, Cristo, cuando Su rostro irradió la luz, exclamaron: Bendito seas Tu, Dios de nuestros padres (Mar. 3:17).

Kántico 8.
Irmos: Los mancebos en Babilonia, ardiendo con celo Divino, vencieron con valor la amenaza del verdugo y las llamas, y arrojados en medio del fuego, bañados de rocío, cantaban: bendigan todas las criaturas de Dios, al Señor.
Cristo, que todo lo sostiene con Su poder, subió con Sus purísimos pies al monte Tabor, donde resplandeció Su rostro mas claro que el sol, y a los servidores superiores de la ley y gracia instó a cantar: bendigan todos las criaturas del Señor a Dios (Is. 40:22-26).
Luz inmensa y sin ocaso brillo del Padre, que apareció inexpresablemente en la gloria inalcanzable sobre el monte Tabor, iluminando a la creación, divinizó a los hombres que cantaban: Bendigan todas las criaturas del Señor, a Dios (Heb. 1:3).
Presentados con veneración sobre el monte Tabor, Moisés y Elías, claramente viendo la imagen Divina Persona-Cristo, resplandeciendo con gloria del Padre, cantaban: Bendigan todas las criaturas del Señor, a Dios (Ex. 34:35; Sal. 104:2).
Los discípulos, viendo a Cristo sobre Tabor, rodeado de nube luminosa, y cayendo de bruces a la tierra, se iluminaron con su mente y cantaban a El con Padre y Espíritu Santo: Bendigan todas las criaturas del Señor a Dios (Mat. 17:5).

Kántico 9.
Irmos: Ti diste a luz a Cristo, invulnerada; Dios provino de Tu seno apareció portador de la carne sobre la Tierra, y vivió con la gente, por eso Te llamamos madre de Dios.
Temblando, los discípulos iluminados de repente con la milagrosa luz, se miraban con asombro y, cayendo a tierra Te saludaron a Ti, Señor de todos (Mat. 17:1-5).
De la nube se escuchó la voz Divina, que aseguraba al milagro; ya que Padre de las luces (del mundo) proclamó a los apóstoles: Este es Mi Hijo amado. A El oíd (Sant. 1:17; Mat. 17:5).
Servidores de la Palabra, viendo lo extraordinario y asombroso, y escuchando la voz del Padre sobre Tabor, exclamaban: Ese Salvador nuestro es la imagen de la Protoimagen (Heb. 1:3).
Tu — verdadera imagen del Existente, sello fiel e invariable, Hijo, Logos, Sabiduría, músculo, mano y fuerza del Altísimo, Te cantamos con el Padre y el Espíritu Santo (1 Cor. 1:24. Is. 53:1).
Durante la Liturgia, en lugar de habituales salmos, se cantan antifones de la festividad. Antes de la lectura de Epístola, se canta el prokimenon: "Cuan numerosas son Tus obras, Señor, todo lo has hecho con sabiduría." En la Epístola (2 Ped. 1:10-19) se habla que la aparición en Tabor de gloria del Señor es la demostración de la Divinidad de Cristo. El Evangelio (Mat. 17:1-9) relata la Transfiguración del Salvador.
En lugar del Habitual cántico a la Virgen, se canta el cántico — 9-o del canon con esta frase introductora:
"Honra, alma mis, al Señor, transfigurado sobre el monte Tabor."
Antes de la Comunión se canta: "caminaremos en la luz de Tu rostro, Señor y sobre Tu nombre nos alegraremos todo el día."
La particularidad externa del oficio de la festividad de Transfiguración es la bendición de frutos y verduras, como un agradecimiento de la naturaleza, el aire puro y el pan de cada día para nosotros.
La costumbre de bendecir a la uva y otros frutos.
Se usa en la festividad de Transfiguración, después de la Liturgia, bendecir la uva, manzanas y otros frutos. La costumbre de traer frutas al templo se remonta a los tiempos de Antiguo Testamento (Gen. 4:2-4; Ex. 13:12; Num. 15:19-231; Deut. 8:10-14). De los apóstoles la costumbre pasó a la Iglesia de Nuevo Testamento (1 Cor. 16:1-2). Las indicaciones sobre frutas traídas al templo se puede encontrar en la 3-a reglamentación de los apóstoles ("Reglamentos Apostólicos" son en compendio mas antiguo de leyes eclesiásticas, [cánones], conocidos ya desde el siglo 2-o). En Grecia en agosto maduran los frutos los mas importantes son espigas y uva. Desde antigüedad, la gente traía al templo para su bendición a estos frutos, como un agradecimiento a Dios. De esto escribía san Juan Crisóstomo: "El agricultor recibe los frutos de la tierra, no tanto por sus esfuerzos y dedicación, como por la benignidad Divina, que se los devuelve, ya que él que planta y riega — es nada — todo es Dios que provee."
La uva se trae al templo por su relación directa con la Eucaristía, por eso, en la oración de bendición de uva el sacerdote dice: "bendice Dios este nuevo fruto de la vid, que Tu permitiste con aire propicio, gotas de lluvia y calma del tiempo llegar a la madurez. Que sirva la comunión de estos frutos de la vid para nuestra alegría y nos permite traer los a Ti, como don, para la purificación de los pecados, junto con el bendito Cuerpo de Cristo Tuyo."
En los primeros tiempos de cristianismo los creyentes traían al templo los frutos de la nueva cosecha — pan, vino, aceite, incienso, cera y miel, y otros. De estos dones al altar llagaban solo: pan, vino, incienso, aceite y cera. Todo lo otro se usaba para las necesidades del clero y de los pobres, a quienes ayudaba la iglesia. Con estos dones se expresaba el agradecimiento a Dios, por los bienes otorgados, y también, se ayudaba a la gente consagrada al servicio de Dios y a los pobres. Actualmente, la bendición del pan, vino, huevos, leche y otras comidas se conserva en el templo con la bendición del Artos y las comidas pascuales en las casas. Las flores y hojas de palmeras se bendicen el Domingo de Ramos, S-ta Trinidad, Elevación de la Cruz del Señor, y en Domingo de la 3-ra semana de Cuaresma. Se traen miel y trigo hervido (kutia) durante los responsos de los difuntos y comidas posteriores en honor a los mismos. La presentación de los Panecillos especiales (Prosforas) para la proscomidia se sigue usando en todas partes y siempre.

Catecismo Ortodoxo 

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La Transfiguración del Señor


La Transfiguración de Cristo representa uno de los acontecimientos centrales en su vida terrenal que se encuentra relatado en los Evangelios. Inmediatamente después de que el Señor fue reconocido por sus apóstoles como “el Cristo (Mesías)”, “el Hijo del Dios Viviente”, les dijo que “le era necesario ir a Jerusalén y Padecer mucho de los ancianos, de los Principales Sacerdotes y de los escribas; y ser Muerto, y Resucitar al tercer día.” (Mateo 16,21) La reacción de los Apóstoles a este anuncio de Cristo acerca de su próxima pasión y muerte fue de indignación. Y luego, después de reprocharles, el Señor tomó a Pedro, a Santiago y a Juan “aparte a un monte Alto”, de acuerdo a la tradición el Monte de Tabor, y “se transfiguró delante de ellos.”

«Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos, y tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.» (Mateo 17,1-9; ver también Marcos 9,1-9; Lucas 9,28-36; II Pedro 1,16-18)

La fiesta judía de las Tiendas era una celebración de la morada de Dios con los seres humanos, y la transfiguración de Cristo revela que Dios “habita” en el Mesías y se manifiesta por él, hombre de carne y huesos. No hay dudas de que la transfiguración de Cristo sucedió en el tiempo de la Fiesta de las Tiendas, y que la celebración del acontecimiento en la Iglesia Cristiana llegó a ser el cumplimiento neotestamentario de esta fiesta del Antiguo Testamento, de manera muy similar a las fiestas de la Pascua y Pentecostés.

En la Transfiguración, los apóstoles se dieron cuenta que en Cristo verdaderamente “habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad”, que “agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Colosenses 1,19; 2,9). Jesús les permite ver todo esto antes de la Crucifixión, a fin de que ellos sepan quién es el que sufrirá por ellos, y qué es lo que Él, que es Dios, ha preparado para aquellos que le aman. Esto es lo que la Iglesia celebra en la fiesta de la Transfiguración.

Cuando te transfiguraste, oh Cristo Dios, en el Monte Tabor, revelaste tu gloria a tus discípulos según la pudieron captar. Haz resplandecer sobre nosotros pecadores Tu Luz Eterna, por la Intercesión de la Madre de Dios. Tú que concedes la Luz, gloria a Ti. (Tropario)

Te transfiguraste en el Monte, oh Cristo Dios, y tus discípulos vieron tu gloria en cuanto pudieron; para que cuando Te vieran crucificado, comprenderían que Tu sufrimiento era voluntario, y proclamarían al mundo que Tú en verdad Eres el Esplendor del Padre. (Kontakion)

Además del significado fundamental que el acontecimiento de la Transfiguración posee dentro del contexto de la vida y misión de Cristo, del tema de la gloria de Dios que es revelada en todo su esplendor en el rostro de Cristo el Salvador, la presencia de Moisés y Elías es también de gran importancia para la comprensión y celebración de esta fiesta. Muchos de los himnos hacen referencia a estas dos figuras centrales de la Antigua Alianza, tal como lo hacen las tres lecturas de las Escrituras designadas para el oficio de Vísperas, que hablan de la manifestación de la gloria de Dios a estos santos varones de antaño. (24,12-18; 33,11-34,8; I Reyes 19,3-16)

Moisés y Elías, según los versos litúrgicos, no son solamente las más grandes figuras del Antiguo Testamento quienes vienen ahora para adorar al Hijo de Dios en gloria, ni tampoco son meramente dos de los varones santos a quienes Dios se reveló en las teofanías prefigurativas de la Antigua Alianza de Israel. Estas dos figuras en verdad representan el Antiguo Testamento mismo: Moisés representa a la Ley, y Elías a los Profetas. Y Cristo es el cumplimiento de la Ley y de los Profetas (Mateo 5,17)

Ellos también representan a los vivos y a los muertos, pues Moisés falleció y se conoce su lugar de sepultura, mientras Elías fue llevado al cielo vivo para aparecer nuevamente a anunciar el tiempo de la salvación de Dios en Cristo.

Entonces, apareciendo juntos a Jesús en el Monte de la Transfiguración, Moisés y Elías confirman que el Mesías-Salvador está aquí, y que Él es el Hijo de Dios de quien el Padre mismo da testimonio, el Señor de la Creación, del Antiguo Testamento y del Nuevo, de los vivos y de los muertos. La Transfiguración de Cristo en sí es el cumplimiento de todas las teofanías y manifestaciones de Dios, una consumación perfeccionada y completada en la persona de Jesucristo. La Transfiguración de Cristo nos revela nuestro propio destino como cristianos, el destino final de todos los seres humanos y de la creación entera, el de la transformación radical del ser y su glorificación por el majestuoso esplendor de Dios.

Lo más probable es, que originalmente la fiesta de la Transfiguración de Cristo pertenecía al periodo pre-pascual de la Iglesia. Tal vez se celebraba en uno de los domingos anteriores a la Pascua de Resurrección. Existe cierta evidencia histórica que lo indica; además, tenemos el hecho de que hoy en día San Gregorio Palamás, el gran maestro de la Transfiguración de Cristo, es conmemorado durante la Gran Cuaresma (en el cuarto domingo). Además, el acontecimiento propiamente tal está definitivamente relacionado con la muerte y resurrección del Salvador que se aproximan:

«… para que cuando Te vieran crucificado, comprenderían que Tu sufrimiento era voluntario…» (Kontakion)

Hoy en día, la fiesta de la Transfiguración de Cristo se celebra en el día 6 de agosto, probablemente debido a alguna razón histórica. En algunas iglesias, se acostumbra a bendecir uvas y otras frutas y verduras en este día. Esto simboliza la transfiguración de toda la creación en Cristo. Significa la fructificación de la creación entera en el paraíso del eterno Reino de Vida de Dios, cuando todo será transformado por la gloria del Señor.

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Friday, August 4, 2017

A San Cipriano, oración para protección de enemigos, magias, hechizos y mal de ojo.


 En tu Santo nombre,
Glorioso San Cipriano,
hoy, te rezo con toda mi devoción.

A ti recurro para líbrame
de todo peligro y daño de los prójimos,
que me quieran atacar,
líbrame de lo malo de mi vida:
de todo animal rabioso y venenoso,
líbrame de la mala lengua
de algún malqueriente mío,
líbrame del maleficio
y ensalmos malignos,
de las envidias y males de ojo
y de hechizos y brujería enviados.

Dirígeme con toda felicidad
y seguridad en mis viajes,
aclárame el camino,
aleja de mi los peligros y malhechores.

También de toda tentación
de mis enemigos, ocultos y visibles,
aléjalos de mi y de mi camino,
que aunque tengan lengua,
no me hablen ni de mi hablen,
y quede callado el mentiroso,
que aunque tengan ojos,
no me vean, no me miren,
y que si una mala mirada me echaran,
quede yo protegido por tu gran poder.

Líbrame de las envidias, glorioso santo,
de los que envidian mis logros,
mis bienes, mi amor, mi bienestar,
mi familia, mis posesiones,
y si con malas artes buscaran
arrebatarme lo que con tanto esfuerzo
he logrado conseguir,
que no me envíen males,
que yo a no hago mal a nadie
y no merezco males y daños.

Esta gracia te la pido por tu santidad
y por lo que en tu vida juraste
ser defensor contra los daños y peligros
que rodean al hombre.

Te ruego Santo mío,
que así alcances para mí
la protección y ayuda necesaria
contra todo mal,
por intercesión gloriosa para Dios.

Amén.

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Monday, July 31, 2017

“Pero... está escrito que tu esposa debe morir”, respondió el santo. Al escuchar esto, Vorotilov cayó de rodillas y, llorando desconsoladamente, le suplicó que orara para que su esposa sanara.

Las Oraciones de San Serafín tenían una fuerza muy grande. Eran capaces, incluso, de sanar enfermos en su lecho de muerte. Un caso de estos ocurrió en mayo de 1829, cuando enfermó gravemente la esposa de Alejo Yurievich Vorotilov, de la aldea Pavlov, en la región de Gorbachevo.

Vorotilov tenía una gran fe en las oraciones de San Serafín, y éste le amaba como si fuera discípulo suyo. Así, decidió ir a buscarle a Sarov, a donde llegó a la medianoche. A pesar de ser ya muy tarde, Vorotilov se dirigó inmediatamente a la celda de San Serafín. Éste, que parecía estar esperándolo, se hallaba sentado junto a la puerta, en la oscuridad.

“— ¿Qué te ha hecho, alegría mía, venir a la celda del pobre Serafín a estas horas?”.

“— Vine a pedirle ayuda para mi esposa.”

“— Pero... está escrito que tu esposa debe morir”, respondió el santo.

Al escuchar esto, Vorotilov cayó de rodillas y, llorando desconsoladamente, le suplicó que orara para que su esposa sanara. Lleno de compasión, San Serafín se puso a orar, permaneciendo en este estado unos diez minutos. Después, abrió los ojos y dirigió su mirada a Vorotilov, para decirle:

“—Bien, alegría mía. Dios le da vida a tu esposa. Puedes volver en paz a tu hogar.”

Poco después, Vorotilov habría de enterarse que, justo cuando San Serafín oraba, su esposa comenzó a sentir un repentino alivio. Y pronto sanó completamente.

San Serafín de Sarov

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Thursday, July 27, 2017

ORACION A SAN PANTALEON PARA PEDIR SANACION DE UN ENFERMO.



Glorioso Médico San Pantaleón
que toleraste con invencible fortaleza
las adversidades de esta vida,
y no sentiste temor ante los sufrimientos del cuerpo, acudo ante ti y deposito mi total confianza
en tu corazón Grande y Generoso.

Santo Mártir Pantaleón, tu que tantos milagros obraste,  que a tantos diste salud del cuerpo y alma,  posa tu mirada, manos y bendición sobre ......

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(Di tu Nombre o el de la Persona Enferma)

y Restitúyele la energía y la vitalidad,
alivia y calma sus sufrimientos y dolores
dale ánimos e infunde en él la esperanza,
concédele espíritu de fortaleza y tesón
y haz que recobre la salud perdida.

San Pantaleón Mártir, modelo de todas las virtudes
que superaste todos los tormentos por amor al Señor, haz que ...... supere sus dolencias y padecimientos,
intercede por ...... para que sea sanado.

Señor Tu que inflamaste con tu amor
al joven médico San Pantaleón
y le constituiste como nuestro Abogado y Protector, Tú que siempre recompensas a los que creen en Ti,  escucha la oración de sus fieles devotos, y concédenos a quienes le honramos y confiamos en su poder
ser atendidos favorablemente en lo que solicitamos y que cuanto pedimos en su nombre nos sea otorgado.

Jesús, salud y luz del mundo,
haz que nos abracemos a tus enseñanzas
con toda el alma, a ejemplo de tu Mártir San Pantaleón, que tanto trabajó y luchó por el bienestar de los hombres;
y te rogamos que por nuestra fe en tu misericordia
nos ayudes a extender las maravillas de tus favores
a nuestro alrededor y todo aquel que lo Precisara.

Así sea.
Rezar el Credo, Padrenuestro y Gloria.

Catecismo Ortodoxo
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El Santo Megalomártir y Médico Pantaleon.


El Santo y Glorioso Mártir de Cristo Panteleimon Nació en Nicomedia y era hijo de un senador pagano llamado Eustorgio y una cristiana de nombre Eubolia, quien le dio el nombre de Pantaleón. Puesto bajo la tutela de Eufrosino, un médico muy conocido, para su educación, poco a poco adquirió un perfecto conocimiento de la medicina, a tal punto que el emperador Galerio Maximiano, al tomar conocimiento de sus cualidades, le ofreció llevarlo al palacio como su médico personal. El joven pasaba todos los días frente a la casa donde San Hermolao (26 jul.) se encontraba escondido. El santo sacerdote, discerniendo la pureza de su alma, un día lo invitó a pasar, y le comenzó a enseñar que la ciencia médica sólo podía proporcionar un alivio muy débil al sufrimiento físico y a la naturaleza mortal, y que sólo Cristo, el único verdadero Médico, vino a traernos la salvación, con su medicina gratuita. Con su corazón exultante de alegría al oír estas palabras, el joven Panteleimon comenzó a visitar a San Hermolao con frecuencia y fue instruido por él en el gran Misterio de la fe. Un día, mientras regresaba de casa de Eufrosino, se encontró en el camino con un niño muerto que había sido mordido por una víbora. Comprendiendo que había llegado el momento de poner a prueba la promesa de Hermolao, invocó con fe el Nombre de Cristo, entonces el niño revivió inmediatamente y el reptil murió. Luego corrió a la casa de Hermolao y, lleno de alegría, pidió recibir el Santo Bautismo de inmediato. Entonces, decidió quedarse con el santo anciano, para regocijarse con su enseñanza, regresando a su casa ocho días después. Interrogado por su padre sobre dónde había estado, respondió que se había quedado en el palacio para curar a un hombre cercano al emperador. Manteniendo en secreto su conversión, se dedicó con empeño a convencer a su padre de la inutilidad de adorar a los ídolos.

Algún tiempo después, un hombre ciego fue llevado a su casa por su padre, quien le pidió a Pantaleón que lo sanara, ya que había gastado en vano toda su fortuna en otros médicos. Confiando en Cristo, que ya moraba en él con poder, el joven le aseguró a su asombrado padre que él lo sanaría por la gracia de su Maestro. Marcó sobre los ojos del ciego la Señal de la Cruz, invocando a Cristo, y el hombre recuperó inmediatamente la vista, no sólo de sus ojos corporales, sino también de los ojos de su alma, remarcando que era Cristo quien lo había curado. Luego fue bautizado por San Hermolao, junto con Eustorgio, que muy pronto se quedó dormido en la paz del Señor.

Entonces Pantaleón repartió su herencia entre los pobres, liberó a sus esclavos y se dedicó con celo redoblado al cuidado de los enfermos, a los cuales no les pedía ningún pago, sino que tuvieran fe en Cristo, que vino al mundo para curar todas nuestras enfermedades.[1] Esto despertó la envidia de los otros médicos de Nicomedia, y, cuando se enteraron que había cuidado a un cristiano que acababa de ser torturado por orden del emperador, aprovecharon la oportunidad para denunciarlo ante Maximiano. Después de haber recibido con dolor la denuncia contra su protegido, el emperador convocó al hombre que había sido ciego y le preguntó cómo le había restaurado la vista Pantaleón. Al igual que el ciego de nacimiento en el Evangelio, el hombre respondió con sencillez que lo había sanado invocando el Nombre de Cristo, y que este milagro le había traído la verdadera luz, la de la fe. El emperador, enfurecido, lo hizo decapitar de inmediato, y envió a sus soldados a buscar a Pantaleón. Cuando el Santo estuvo ante su presencia, le reprochó el haber traicionado su confianza y lo acusó de haber insultado a Esculapio y a los otros dioses por su fe en Cristo, un hombre que había muerto crucificado. El Santo respondió que la fe y la devoción a Dios son mayores que todas las riquezas y honores de este mundo vano, y, para apoyar sus palabras, le sugirió a Maximiano ponerlo a prueba. Entonces, trajeron a un paralítico, sobre el cual los sacerdotes paganos habían hecho primero sus conjuros, ante la burla del Santo. Ante sus inútiles esfuerzos, Pantaleón elevó su oración a Dios y, tomando al paralítico de la mano, lo levantó en el Nombre de Cristo. Muchos de los paganos, viendo al hombre caminar y exultante de alegría, creyeron en el Dios verdadero, mientras los sacerdotes paganos instaban al emperador a matar a este peligroso rival.

Cuando Maximiano le recordó las torturas infligidas poco tiempo antes a San Antimo (3 sep.), Pantaleón le respondió que, si un anciano había demostrado tal valentía, con más razón debían los jóvenes demostrar su valor ante la prueba. Ni la adulación ni las amenazas lograron quebrantar su resolución. Entonces el tirano decidió torturarlo. Estaqueado, sus miembros fueron lacerados con clavos y luego le pasaron sobre las heridas antorchas encendidas. Pero Cristo, apareciéndosele al santo mártir bajo la forma de su padre espiritual Hermolao, le dijo: ‘No temas, hijo mío, yo estoy contigo, y socorreré a todos los que sufren por mí.’ Entonces las antorchas se apagaron al instante, y las heridas del Santo se sanaron de inmediato. Luego lo sumergieron en la brea ardiente y lo arrojaron al mar con una pesada piedra atada al cuello, pero el Señor se mantuvo a su lado en todo momento, preservándolo ileso. Luego lo tiraron a las fieras salvajes, pero allí nuevamente Cristo lo protegió, y las bestias feroces se echaron a sus pies, lamiéndolos con ternura, como si fuesen animales domésticos. El emperador, sin embargo, actuando de manera más salvaje que los irracionales animales, ordenó que lo ataran a una rueda llena de filosas cuchillas, que fue arrojada desde un lugar alto ante la mirada atónita de todo el pueblo. Pero el Señor intervino milagrosamente una vez más: Liberó a su siervo de sus ataduras y la rueda acabó con un gran número de paganos a su paso.

Cuando Maximiano le preguntó sobre la fuente de este poder, y cómo había sido llevado a la fe cristiana, Pantaleón le reveló donde se escondía Hermolao, pues Dios le había manifestado que había llegado el momento para él y su maestro de confesar su fe y encontrar la perfección en el martirio. Después de la gloriosa muerte de Hermolao y sus compañeros, el tirano convocó nuevamente a Pantaleón a su presencia, y, fingiendo que los mártires se habían sometido, trató de persuadirlo para que también él ofreciera sacrificios. El hombre bendito pidió entonces verlos. Cuando el soberano le contestó que los había enviado en una misión a otra ciudad, Pantaleón respondió: ‘¡Has dicho la verdad a pesar de ti mismo, mentiroso, ya que ahora están en la Jerusalén celestial!’ Convencido de que era imposible vencer la resolución de Pantaleón, Maximiano ordenó que fuese decapitado y su cuerpo quemado.

El Santo marchó ansioso a las afueras de la ciudad, pero, en el momento en que el verdugo levantó su espada, esta se derritió como la cera ante el fuego. Ante este milagro, los soldados presentes confesaron el Nombre de Cristo. Pantaleón, sin embargo, los exhortó a cumplir su deber, y elevó una última oración. Una voz de los cielos le contestó: ‘fiel servidor, tu deseo será cumplido ahora. Las puertas del cielo están abiertas para ti y tu corona ya está preparada. Y serás a partir de ahora el refugio de los desesperados, el socorro de los que están en las pruebas, el médico de los enfermos y el terror de los demonios, y por lo tanto, tu nombre no será 'Pantaleón' sino 'Panteleimon'.[2] Entonces inclinó el cuello y, cuando su cabeza cayó, de su cuello manó leche, su cuerpo se volvió más blanco que la nieve y un olivo seco que había en el lugar, de repente se llenó de hojas y dio abundantes frutos. Los soldados que habían recibido la orden de quemar los restos del Santo los entregaron a los fieles, quienes les dieron piadosa sepultura en la propiedad de Amancio Escolástico, y se fueron a proclamar la Buena Nueva a otros lugares. Desde entonces, las reliquias de San Panteleimon Nunca dejaron de traer la sanidad y la gracia de Cristo, el único Médico del Alma y del Cuerpo, a todos los que se acercan con devoción.

[1] Esta es la rRzón por la cual se lo venera como uno de los Santos Anárgiros
[2] Que significa ‘Misericordiosísimo’.

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Santa Mártir Parasceva

La Santa y Gran Mártir Parasceva nació durante el reinado de Adriano (117-38) en un pueblo cerca de Roma, y era hija de Agatón y Politeia, dos devotos cristianos que durante muchos años le habían pedido al Señor concebir un niño. Dios, que siempre oye los deseos de los que le temen, les dio una hija a la que llamaron Parasceva, porque nació un viernes[2] y por devoción a la vivificadora Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Desde la más tierna infancia, se consagró enteramente a las cosas de Dios. No sintiendo ninguna atracción por los juegos infantiles, pasaba todo su tiempo ya sea en la iglesia, participando de los Oficios o en su casa, rezando o meditando la Palabra de Dios. Ella tenía doce años[3] cuando murieron sus padres, y distribuyó su gran riqueza entre los necesitados, y tomó el velo, signo de su consagración a Dios. Después de pasar algún tiempo en completa sumisión a su abadesa, y teniendo el deseo de compartir el tesoro de la fe con los demás, dejó el monasterio y pasó por ciudades y aldeas proclamando el nombre de Cristo. Mediante su proclamación, atrajo a muchos paganos a la verdadera fe y despertó el odio y el celo de los judios, que la denunciaron ante el gobernador de la región en la que se encontraba.[4] De inmediato ordenó la detención de esta noble cristiana e hizo que la llevaran ante él. Cuando la vio, se sintió abrumado por su belleza y rápidamente intentó conquistarla mediante la adulación, diciendo: ‘Si te dejas convencer por mis palabras, y te comprometes a adorar a los dioses, recibirás una gran fortuna, pero si persistes en tu obstinada negativa, te entregaré a terribles torturas’. La frágil joven le respondió con audacia viril: ‘Jamás voy a negar mi dulcísimo Jesucristo, y ninguna tortura podría separarme de su amor, porque él dijo: “Yo Soy la Luz del Mundo: el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn. 8:12). En cuanto a tus dioses, que no hicieron ni el cielo ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo (Jer. 10:11). La ira del rey estalló, y les ordenó a sus soldados colocar un casco incandescente sobre la cabeza de la Santa. Cubierta por un rocío, como los Tres Jóvenes en el horno, Santa Parasceva no sintió dolor. Luego le cortaron los senos y la encarcelaron con una pesada piedra sobre su pecho herido, pero fue curada por un ángel que apareció en medio de un gran terremoto. Al ver el milagro, setenta soldados de la guarnición se convirtieron a Cristo, y por orden del tirano fueron ejecutados inmediatamente y Parasceva fue llevada ante él. Cuando ella reiteró su ferviente confesión de fe, la Santa fue sumergida en un caldero de bronce lleno de plomo fundido. Sin embargo, también en este caso, su cuerpo, después de haber recibido a través de la virginidad y la ascesis los primeros frutos de la futura incorrupción, permaneció intacto. Pensando que la mezcla no se encontraba en el punto de ebullición, el tirano se acercó a ella y fue cegado por el calor que despedía.[5] Reconociendo su culpa debido a las dolorosas consecuencias, comenzó a clamar: ‘¡Ten piedad de mí, oh sierva del Dios verdadero!, devuélveme la vista y voy a creer en el Dios que tu proclamas.’ A través de las oraciones de la Santa, no sólo recuperó la vista, sino también la luz de la fe, y a petición suya, fue bautizado en el Nombre de la Santísima Trinidad, junto con todo su séquito.

Una vez libre, Santa Parasceva dejó la región para continuar con su misión. Al arribar a una ciudad gobernada por un tal Esculapio, comenzó a proclamar a Cristo y fue arrestada y llevada ante el tribunal. Cuando Esculapio le pidió que se identificara, la Santa hizo la señal de la Cruz y declaró que era una sierva del Dios que creó el cielo y la tierra, que se había ofrecido a sí mismo en la cruz por nuestra salvación, y que volvería con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. El tirano la hizo azotar, pero la Santa continuó glorificando a Dios, con la mirada elevada hacia el cielo, y cuando Esculapio detuvo a los torturadores para preguntarle si iba a adorar a los ídolos, ella le escupió los ojos con desdén. Fuera de sí de rabia, les dijo a los soldados que la despellejaran hasta los huesos. Sin embargo, después de pasar la noche en el calabozo, los soldados la encontraron nuevamente ilesa. Cuando Parasceva pidió ir al templo de Apolo, todos los paganos se alegraron, pensando que por fin había aceptado ofrecer sacrificios. Una vez allí, después de una prolongada oración, hizo la Señal de la Cruz y todos los ídolos se derrumbaron, haciendo un gran ruido, mientras la gente gritaba: ‘¡Qué grande es el Dios de los cristianos!’ Los sacerdotes responsables de los ídolos estaban indignados, y exigieron enfurecidos que la mataran. Entonces la arrojaron a un pozo, pero, por su oración, el dragón y los reptiles que estaban allí perecieron.

Al darse cuenta de que todos sus intentos habían sido totalmente infructuosos, Esculapio envió a la Santa a otra región, regida por el cruel Tarasio.[6] Mientras ella estaba sanando a todos los enfermos que se le acercaban mediante la invocación del Nombre de Cristo, el rey la convocó a comparecer ante él, acusándola de practicar la magia, y la hizo arrojar a un pozo pestilente, lleno de fieras venenosas. Pero por la Señal de la Cruz, este Agujero se convirtió en una pradera de fragante primavera, y la Santa, protegida por un Ángel, fue preservada de todas las demás torturas que le infligieron. Incapaz de contener su rabia, el rey ordenó que la sierva de Dios fuese decapitada. Arrodillada, Parasceva oró con lágrimas, confiando su valiente alma a Cristo, su Esposo y pidiéndole que le conceda el perdón de los pecados a todos los que honrasen su memoria. Al caer la cabeza bajo la espada, se oyó una voz del cielo dándole la bienvenida a la Santa en el Reino de los Cielos, un reino cuya proclamación había anunciado y la había acompañado con milagros. Desde entonces, los fragmentos de sus reliquias, diseminadas en varias iglesias, no han dejado de obrar numerosas curaciones, en Particular, de las Enfermedades de los Ojos.

[1] Aunque Santa Parasceva fue muy popular, su celebración no apareció en la antigua Sinaxaria y Menaia. Damos aquí su Pasión compuesta por Juan de Eubea (siglo VIII), Que ubica su conmemoración el 9 nov.
[2] En griego, Paraskevi, es decir ‘día de preparación’
[3] Según otros, 20 años.
[4] De acuerdo con las últimas versiones, el nuevo emperador, Antonino el Devoto (140).
[5] En recientes pasiones, fue cegado por la mezcla de brea y aceite que le arrojó Parasceva.
[6] En las últimas Pasiones, Esculapio fue convertido, y la misma Santa continuó su misión en el reino de Tarasio.

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