Sunday, September 20, 2015

Vida de SAN CIRILO DE ALEJANDRIA (376 - 444)


VIDA

Nacido en Alejandría, era el sobrino del Patriarca de esta misma ciudad, Teófilo. Probablemente bajo la protección de su tío hizo muy buenos estudios, tanto religiosos como profanos, como lo prueban sus escritos.

Primeramente atraído por la vida eremítica, se hizo monje y se entregó a la ascesis. Pero su tío lo llamó muy pronto y lo hizo formar parte de su clero.

Con este carácter acompaño al Obispo de Alejandría al Sínodo de la Encina, cerca de Calcedonia, donde fue depuesto, por motivos harto fútiles, Juan de Constantinopla, más conocido con el nombre de Juan Crisóstomo, medida a la que evidentemente era totalmente ajeno al joven sacerdote (año 403). Cuando en el año 4l2 hubo sucedido a su tío en la sede de Alejandría, ilustrada el siglo precedente por San Atanasio, Cirilo no tardó en rehabilitar al condenado y en inscribir de nuevo en los dípticos el nombre de Juan Crisóstomo (4l7).

Desde el principio de su episcopado (4l2) se vio en lucha con los novacianos y los Judíos. Cuando decidió cerrar las iglesias de los primeros y expulsar a los segundos, hubo motines en el curso de los cuales la célebre Hipatía, hija del filósofo Teón, y ella misma platónica influyente, encontró la muerte. Apoyado por los monjes, el obispo resistió aun al Prefecto Orestes.

Pero el acontecimiento que debía marcar toda su carrera fue el nombramiento para el Patriarcado de Constantinoplade un sacerdote de Antioquía, Nestorio (428). Emprendiendo inmediatamente la lucha contra los apolinaristas, el nuevo obispo enseñaba claramente que el Cristo Verbo Encarnado era simultáneamente Dios perfecto y hombre perfecto; pero agregaba que la Virgen María, Nadre de Cristo, no habiendo dado a luz más que su naturaleza humana, no debía ser llamada “Madre de Dios – Theotokos”. Se produjo el escándalo. En una homilía a sus fieles, respaldadda por una carta a los monjes, Cirilo restableció la verdad: “Si Cristo es perfectamente Dios y hombre a la vez, sin embargo no está dividido, no es sino una sola Persona, la Persona divina del Verbo; y el nombre de ‘Madre de Dios’ atribuido a la Virgen María subraya presisamente la unidad de la Persona divina en Cristo”. Luego le escribió a Nestorio para señalarle sus inexactitudes de expresión que podrían venir a ser errores formales.

“Los fieles, el obispo de Roma mismo, Celestino, están muy escandalizados. . . Consentid, os lo ruego, en dar a María el título deTheotokos: no es ésta una doctrina nueva que se os pida profesar, es la creencia de todos los Padres ortodoxos”.-Pero a estas sabias y mesuradas advertencias no respondió Nestorio sino con el desdén, llegando hasta a pagar calumniadores para tratar de desacreditar al “egipcio”.

No habiendo obtenido mejor efecto una segunda carta, Cirilo intentó otro recurso por medio de un viejo amigo, Acacio, obispo de Berea, venerado por todos sus colegas. En fin, sobre esta materia firmuló tres profesiones de fe destinadas al Emperador Teodosio ll, a la Emperatriz Eudoxia, y a los príncipes Arcadio, Marina y Pulqueria. El Papa Celestino l, informado a su vez del asunto, examinó los sermones de Nestorio, ya sospechoso para Roma, en razón de su actitud demasiado favorable para los pelagianos; un sínodo romano aprobó las tesis de Cirilo y además le encargó obtener de Nestorio una retractación, o bien, si Nestorio no consentía en ello, deponerlo. En una carta al heresiarca, después de un breve resumen de la doctrina ortodoxa, Cirilo formulaba doce anatemas que le pedía firmar. Sus términos le parecieron inaceptables a Nestorio, y aun viciados de apolinarismo: los rechazó con altivez y apeló a un concilio ecuménico, obteniendo del Emperador la promesa de su celebración.

Habiendo dado su consentimiento el Papa, el Concilio se reunió en Efeso bajo la presidencia de Cirilo de Alejandría, aun sin esperar la llegada de los legados pontificios (22 de junio de 431). El acusado se sustrajo, estimando irregular el procedimiento. No por eso dejó de pronunciarse la sentencia de deposición esa misma tarde. Pero Nestorio tenía partidarios: Candidiano, representante del emperador; Juan, Arzobispo de Antioquía y sus sufragáneos, y otros también que no habían asistido a la asamblea. Estos se reunieron en un concilio que naturalmente proclamaron ser el único legítimo y ecuménico, por lo cual comenzaron por excomulgar a Cirilo de Alejandría, a Memnón de Efeso y a todos los prelados que habían participado en la primera asamblea, mientras que el emperador, por sulado, anulaba las decisiones del 22 de junio y hacía aprehender a Cirilo y Memnón. Pero los representantes de la Santa Sede llegaron, provistos de instrucciones precisas. Las actas de la asamblea fueron solemnemente ratificadas, Juan de Antioquía y sus acólitos desaprobados, Nestorio y sus adeptos definitivamente condenados. Algunos de los “orientales” se desligaron de Juan de Antioquía para unirse a la doctrina del “Theotokos”;pero en definitiva el concilio tuvo que disolverse sin haber hecho la unión de todo el episcopado en este punto. El emperador convocó para ante sí, en Calcedonia, una delegación de cada uno de los partidos y comprendió por fin de qué lado estaba la razón. Nestorio fue relevado de sus funciones, relegado primeramente a su antiguo monasterio, y luego desterrado.

Pero por eso dejó de tener seguidores. Dos conciliábulos, uno en Tarso, luego otro en Antioquía, no contemos con negarse a reconocer la doctrina del Patriarca de Alejandría, pretendieron exigirle la retractación de sus “anatemas”, a los cuales algunos reprocharon más tarde el estar viciados de “apolinarismo” y de servir de base a la herejía “monofisista”, la cual so pretexto de salvaguardar la unidad de Cristo no veían en El sino una sola naturaleza.

Pero el emperador, cansado de tantas discusiones, exigía el final de la controversia y la reconciliación de los obispos. Por lo tanto los Orientales hicieron proposiciones de paz: “El símbolo de Nicea, le escribieron a Cirilo, contiene toda la doctrina evangélica y apostólica; no necesita de ninguna adición. De manera clara y completa lo explica la carta de Atanasio a Epicteto. Todo lo que se ha sido recientemente agrandado debe ser retirado como superfluo”. . . La alusión era demasiado clara, el procedimiento muy astuto; pero el santo Patriarca tenía la mente demasiado alerta y la voluntad suficientemente recta para caer en el lazo. Su respuesta fue categórica: con gusto perdonaba las injurias de que había sido objeto en Efeso, tanto antes como después del Concilio; rechazaba toda sospecha de arrianismo o de apolinarismo; veneraba el símbolo de Nicea y enseñanza de San Atanasio; pero retirar sus “anatemas” sería traicionar la causa de la ortodoxia, anular el concilio de Efeso y justificar a Nestorio. Que todos ratifiquen pura y simplemente la condenación del heresiarca, y dejará de haber materia de discusión, y se restablecerá la paz.

No tardaron en dividirse los obispos respecto a la actitud que debían tomar ante Cirilo. Finalmente, un delegado, Pablo de Emesa, fue encargado de llevar a Alejandría una profesión de fe colectiva. Lo cual es prueba de que a pesar de todo se consideraba al Santo Patriarca como un árbitro en las cuestiones de doctrina. Pero una carta de Juan de Antioquía acompañaba al documento, carta hábil y cautelosa, pero pérfida, en la cual el autor felicitaba a Cirilo de haber atenuado sus anatemas, de haber prometido aun enmendarlos, de atenerse al Símbolo de Nicea y a la Carta de Atanasio, etc. . . , sin ninguna alusión a la condenación de Nestorio. Una vez más Cirilo vio la astucia y la desbarató: “Aunque la paz es deseable, dijo, sin embargo no debe hacerse con detrimento de la ortodoxia. Todos deben reputar a Nestorio y sus impiedades”. Al mensajero mismo le exijió el reconicimiento de Maximiano como Obispo de Constantinopla en lugar de Nestorio depuesto; y luego lo despachó a Antioquía para pedir la firma del propio patriarca Juan. Este terminó por decidirse y suscribir el formulario de Cirilo, “el Símbolo de Unión”. Por fin estaba descartada la amenaza de cisma. Con gran alegría lo participó el Santo Patriarca al Papa Sixto lll y a los principales obispos sus amigos, Maximiano de Constantinopla, Rufo de Tesalónica, Donato de Nicópolis.

Todavía se obstinaban algunos recalcitrantes, que para justificarse pretendían hallar en los “anatemas” de Cirilo huellas de apolinarismo, mientras que ciertos partidarios de Cirilo lo acusaban ahora de no haber consentido en el “Símbolo de Unión” sino sacrificado puntos de ortodoxia. De aquí toda una correspondencia autodefensiva, pero llena también de precisiones dogmáticas importantísimas, en particular la célebre fórmula: La naturaleza del Verbo de Dios encarnado”.

Más la herejía había de revivir ahora bajo otra forma: la publicación póstuma de escritos de Diódoro de Tarso y de Teodoro de Mopsuestia, a quienes se recordaba muy favorablemente en Antioquía y en Oriente. Ya al final de su vida, Cirilo de Alejandría escribió todavía varios tratados para combatir esos errores.

Murió el 27 de junio de 444.

Fue proclamado Doctor de la Iglesia universal por el Papa León Xlll, en l883.


OBRAS



La obra teológica y literaria de San Cirilo de Alejandría es considerable.

“La adoración en espíritu y en verdad”. En forma de diálogo entre el autor y un amigo, Paladio, estudio exegético de la sentencia de Cristo: “Yo no he venido a abolir la Ley y los profetas sino más bien a darles cumplimiento” y de su respuesta a la Samaritana:Ha llegado la hora de adorar a Dios en espíritu y en verdad”. Diecisiete libros para demostrar que las observancias judaicas eran la figura del culto verdadero y que los ritos materiales del Antiguo Testamento preparaban la adoración espiritual de la Nueva Ley, adoración que realizan las almas purificadas por los méritos de Jesucristo y dignas desde ese momento de presentarse con El ante Dios.

Completando esta primera obra, los “Glafiros” (o textos escogidos) explican como en todos los libros de Moisés está figurado el misterio de Cristo. Están consagrados siete libros a los Patriarcas citados en el Génesis, “tipos de Cristo”; tres a los acontecimientos referidos en el Exodo: Zarza ardiente, Cordero Pascual, maná, etc. . . , símbolos de los misterios de Cristo; los otros a las prescripciones del Levítico y a los episodios contenidos en los Números y el Deuteronomio, que evocan la acción redentora de Cristo.

Un “Comentario del prefeta Isaías” tiene algunos pasajes especialmente notables: la Virgen que da a luz (Cap. 7); la confianza que inspiran el poder y la bondad de Dios (caps. 40, 4l); los sufrimientos del Salvador (cap. 53).—Un comentario sobre los doce Profetas menores.

Un Comentario del Evangelio de San Juan es una exposición dogmática que insiste repetidas veces en la divinidad de Cristo, su consubstancialidad con el Padre, luego sobre la personalidad divina del Espíritu Santo y unidad de naturaleza con el Padre y el Hijo. En la intención del autor ésta es también una refutación a las herejías corrientes, en particular del arrianismo y del nestorianismo.

Otras obras exegéticas de San Cirilo no nos han llegado sino es estado fragmentario: Evangelios de San Mateo y San Lucas; Epístolas de San Pablo a los Romanos, a los Corintios, a los Hebreos, Libros de los Reyes, Libros Sapienciales, Salmos, Profetas Jeremías y Daniel.

Desde antes de la controversia nestoriana, San Cirilo había escrito tratados de teología. A petición de un amigo, Nemesio, y para responder a las aseveraciones de los arrianos, compuso un “Tesoro de sentencias sobre la Santísima Trinidad”. No es otra cosa que la doctrina tradicional sobre esta materia, pero condensada en frases breves y afirmaciones persuasivas y expuestas a lo largo de 35 Discursos o Capítulos.

“La Trinidad consubstancial”, como el título lo indica, vuelve a tocar el mismo tema, pero bajo una forma diferente: es un diálogo, y en un lenguaje más familiar.

En la adorable Trinidad no hay más distinción que la de las hipóstasis y los nombres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Estos nombres son relativos e indican los caracteres hipostáticos. Y aunque distintas, las hipóstasis son inseparables (La Trinidad, diálogo, l, Vll; Sobre San juan, XlV, XVll). La Trinidad está ya indicada, si no revelada explíciramente, en el Antiguo Testamento, por ejemplo en la palabra creadora pronunciada en plural ---“Hagamos al hombre a nuestra imagen”---. O también en la aparición de los tres ángeles a Abraham (Sobre San juan XVII). El nombre de Padre es el que mejor la conviene a la Primera Persona, porque designa su carácter hipostático; sin embargo el Padre es igualmente llamado “Principio” o “Fuente”, porque El es en efecto el principio de la divinidad, sin que esta prerrogativa por lo demás le confiera una superioridad sobre las otras personas. Cuando Cristo dice: “El Padre es más grande que Yo”,esto significa o bien que el Padre es más grande que el Verbo encarnado considerado como hombre, o bien que el Padre es el principio generador mientras que el Hijo es engendrado (Sobre San Juan, XlV). Tampoco hay en el Padre prioridad de origen: es Padre desde toda la eternidad, pero el Hijo es Hijo igualmente desde toda la eternidad (La Trinidad, diálogo ll).—El Hijo es Dios por naturaleza tanto como el Padre, y le es coeterno y coonsubstancial (La Trinidad, diálogos l. lll). El es la imagen, el Verbo, el poder, la sabiduría del Padre(Tesoro, lV, l2, 32). La producción del Verbo mental por el espíritu humano da una lejana idea de generación del Verbo eterno por el Padre(Sobre S. Juan, l; Tesoro, lV, 6; La Trinidad, diálogo ll).---También el Espíritu Santo es Dios por naturaleza, igual y consubstancial al Padre y al Hijo, aunque tiene su hipótesis distinta (La Trinidad, diálogo Vll; Sobre San Juan, XlV; Epístola, 55). El es como el fruto de la esencia divina, el complemento de la Trinidad; procede substancialmente del Padre y del Hijo, del Padre por el Hijo; es especialmente la imagen, la energía del Hijo, pero es enviado tanto por el Padre como por el Hijo (Sobre San Juan, XlV; Epíst. 55).

Pero a partir del asunto nestoriano, toda la atención de San Cirilo se concentra en la Cristología. Tratados y refutaciones, sin contar las cartas de las que algunas son verdaderos opúsculos, no comprenden menos de quince obras.

“Las conclusiones que conciernen a la Encarnación del Hijo de Dios” las resume Focio en estos términos: “¿Qué significa Cristo? ¿Cómo habrá que entender Emmanuel? ¿Qué es Jesucristo? ¿Por qué el hijo de Dios es llamado Hijo del hombre? ¿Por qué se dice que el Verbo de Dios se anonadó? ¿Cómo Cristo es uno? ¿Cómo explicar la unión de las dos naturalezas? ¿Qué quiere decir: ‘El ‘Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros? Cristo no es un hombre teóforo. Todo lo que se dice de Cristo se refiere a uno solo y no a dos. ¿Cómo sa Santísima Virgen es Madre de Dios, Theotokos?”.

“La verdadera Fe”, libro dedicado al emperador Teodosio, no es una exposición completa de la creencia católica; pero, escrito antes del concilio de Efeso, se limita también a la Cristología. Todas las antiguas herejías sobre este punto son examinadas: los gnósticos, que no le conceden a Cristo sino un cuerpo aparente y no real; o los maniqueos, que dicen que el Verbo eterno ha sido cambiado en un ser terreno; Fotino, que afirma que Cristo no comenzó a existir sino a partir de su generación en el seno de María, o los apolinaristas, que lo privan de alma humana racinal. Y a la teoría de Nestorio responde Cirilo que Cristo es uno, tanto antes como después de la Encarnación, porque la unión entre el Verbo y la humanidad es tan íntima e indisoluble que constituye una sola Persona, Dios y Hombre a la vez.

Con algunas variantes en la forma y quizá una mayor abundancia de citas sacadas de los Evangelios y de las Epístolas, esa misma doctrina se le presenta bajo un título idéntico: La verdadera Fe”, a la emperatriz Eudoxia, y a las princesas Pulqueria, Arcadia y Marina, hermanas de Teodosio.

“Quíntuple libro contra las blasfemias de Nestorio”. Con toda lealtad cita San Cirilo textualmente los pasajes reprensibles de su adversario (aunque éste, para defenderse, le reprocha el falser su sentido desprendiéndolos de su contexto). Luego los critica y les opone el dogma católico: I) La Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, Theotokos; 2) Cristo no es solamente un hombre teóforo, sino una verdadera Persona divina; 3) Entre Cristo y su humanidad hay unión hipostática; 4) La gloria del Hijo de Dios es en El un atributo propio y no una cualidad sobreañadida; 5) El Verbo Encarnado sufrió, resucitó en su carne.

Y he aquí los famosos anatematismos, así llamados porque están redactados en la forma de textos conciliares terminando en la sentencia “que sea anatema”. Baste con resumir el punto de doctrina enunciado en cada uno: I) El Emmanuel es el Hijo de Dios, y la Virgen su Madre es verdaderamente Madre de Dios, Theotokos; 2) La unión entre el Vervo divino y la carne humana de Cristo es una unión hipostática; 3) Esta unión es tal que Cristo es verdaderamente Uno, y no podría ser dividido; 4) por lo tanto, todo lo que se dice de Cristo se aplica a una sola y misma Persona; 5) Cristo no es solamente un hombre teóforo; 6) Así es que no se debe decir que el Verbo es el Dios o el Señor de Cristo; 7) Cristo no recibió la gloria como una cualidad sebreañadida que no le perteneciera como propia; 8) este Emmanuel, Dios y Hombre, tiene derecho al culto de latría, y no se debe decir que se adora, con el Verbo, al hombre que le está unido; 9) la gloria que Cristo recibe del Espíritu Santo no es extraña, porque el Espíritu Santo es su propio Espíritu; l 0) el Verbo Encarnado es nuestro Salvador, y es El quien se ofrece al Padre como hostia de suave olor; l l) La carne de Cristo, carne del Verbo vivificador, es vivificante; l 2) Es el Verbo quien sufrió, quien fue crucificado, quien muere en su carne.

Naturalmente que estos anatematismos no podían ser del gusto de los partidarios de Nestorio. A instigación de Juan de Antioquía, Andrés de Samosata los criticó de manera violenta. Para responderle San Cirilo escribió “La Apología contra los Orientales”,en la cual cada uno de los anatematismos integralmente reproducido, es seguido de la pretendida refutación hecha por Andrés, y luego del enfoque que mantiene y justifica los términos de los anatematismos, restableciendo en caso necesario el sentido verdadero desnaturalizado por las interpretaciones del contradictor.

Teodoreto, Obispo de Ciro, habiendo creído descubrir en los anatematismos huellas de apolinarismo, recibe una respuesta análoga a la enviada ya a los Orientales: La Apología contra Teodoreto”. Pasando de la defensa al ataque, Cirilo descubre en el texto de su adversario expresiones que parecen asimilar a Cristo con un simple profeta.

En “La Explicación de los doce capítulos” se trata todavía de los anatematismos, pero esta vez en atención a amigos perfectamente ortodoxos a los que ciertas fórmulas les han sorprendido y que el Santo Doctor se aplica a precisar y explicar.

“La Apología de Teodosio”,sin insistir en el asunto en sus detalles, se esfuerza por convencer al emperador de que la compañia llevada contra Nestorio no era partidista sino únicamente inspirada por el afán de salvaguardar la ortodoxia.

“Contra los que no quieren reconocer en la Santísima Virgen a la Madre de Dios” examina un punto particular de los errores de Nestorio, aquel que había disgustado a sus oyentes y puesto alerta al patriarca de Alejandía. En la Sagrada Escritura, en particular en los Evangelios y la Epístolas de los Apóstoles es donde el autor busca los argumentos y los textos que prueban que el Hijo de María es verdaderamente Dios, y no solamente un hombre unido a Dios; que consiguientemente María es realmente Madre de Dios.

El “Diálogo sobre la unidad de Cristo” es un tratado completo de la Encarnación: l) Emmanuel es verdaderamente el Verbo de Dios hecho hombre, sin lo cual la redención sería vana. Así es que el Verbo encarnado tiene una doble generación: una eterna como Dios, y la otra temporal como hombre. Y sin embargo El es uno, la única Persona del Verbo, por lo cual la Virgen María, aunque no haya dado naciemiento sino a la humanidad del Verbo, es sin embargo la Madre de esta única Persona que es el Verbo encarnado; 2) No es posible dividir a Emmanuel. Aunque la divinidad sigue siendo distinta de la humanidad, ambas están sin embargo indisolublemente unidas para no formar sino un solo Cristo, así como el alma y el cuerpo del hombre, distintos, también ellos, están unidos ciertamente el Hijo de Dios por naturaleza, y no por adopción o por gracia; 3) El Hijo de Dios, impasible en su divinidad, sufrió en su carne; murió en la cruz, luego resucitó. En su muerte somos bautizados; por su carne somos vivificados.

Tres libros escritos en el siglo precedente por el emperador Juliano el Apóstata “Contra los Evangelios y los cristianos” circulaban todavía en ciertos medios. San Cirilo emprende el contrarrestar su nefasta influencia con sus “Libros contra el emperador Juliano”, dedicados al emperador Teodosio. Conforme a su método habitual, el autor cita textualmente a su adversario, y luego lo refuta punto por punto: “¿No es Moisés más antiguo, más venerable que todos los sabios de la antigüedad griega? ¿Y el culto hebraico del Dios creador no es infinitamente superior a las fábulas de la mitología?” Siguen los relatos de la creación, luego la legislación mosaica, para llegar a Cristo, cuyos milagros prueban la divinidad y que ha venido a perfeccionar la Antigua Ley, y en fin a la Iglesia, supervivencia de Cristo, cuya doctrina prevalece sobre la de los paganos. Las numerosas citas de filósofos, sabios, poetas e historiadores, entretejidas en toda su obra, prueban la inmensa cultura literaria que poseía San Cirilo.

Otros libros de cuya existencia no sabemos sino por algunos fragmentos, completan la obra cristológica de Cirilo de Alejandría: “Contra los Sinousiastas”. Secta egipcia de apolinaristas: “Contra Diódoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia”, seguidores de Nestorio;“Libro de textos”, conjunto de citas patrísticas relativas al misterio de la Encarnación; “Contra los pelagianos”

Un conjunto tan considerable de escritos dogmáticos basta ampliamente para justificar el título de “Doctor de la Encarnación” otorgado a San Cirilo de Alejandría.

Hay que agregarle todavía sin embargo dos series de Homilías: l) veintinueve homilías pascuales, en las que después de algunas generalidades sobre los deberes de su cargo pastoral y las exhortaciones a la penitencia, el santo obispo vuelve a su tema favorito, la Encarnación, la Redenció,, la Maternidad divina de María, siguiendo los Artículos del Símbolo. “No es un hombre ordinario el que María dio a luz; es el Hijo de Dios hecho hombre. Por lo tanto Ella es ciertamente la Madre del Señor y Madre de dios” (Hom. I7; 2). Homilías diversas, desgraciadamente mutiladas, en las que aparece también el pensamiento dominante del Santo Doctor. Setenta Cartasrelativas también más o menos a las mismas cuestiones doctrinales. Las más características son las dirigidas a los monjes de Egipto para hablarles de la divinidad de Cristo y la maternidad divina de María; luego las cartas a Nestorio, una pararecordarle el Símbolo de Nicea y la unión hipostática del Verbo con la humanidad, la otra para notificarle la sentencia del Papa y preparar los anatematismos, cartas que fueron producidas y aprobadas en el concilio de Efeso, luego de nuevo en el concilio de Constantinopla en 553; en fin, la carta a Juan de Antioquía, conteniendo el “símbolo de unión”, formulario de la doctrina de la Encarnación, adoptado a la terminología oriental.

Teólogo de cepa, San Cirilo de Alejandría no es sin embargo uno de los que abrieron horizontes nuevos sobre los divinos misterios. Sistemáticamente descansa en la enseñanza tradicional: en sus tratados pululan, al lado de textos escriturados, citas de Santos Padres, de las que ha constituido una especie de catálogo. Su predecesor en la Sede de Alejandría, San Atanasio, es el objeto de su particular veneración; y aprovecha también mucho de la escuela de los Capadocios, San Basilio y San Gregorio de Nisea.

Aunque los estudios sobre la Santísima Trinidad lo ocuparon durante los primeros años de su episcopado, desde el día en que se le informó de los errores nestorianos se especializó en la cristología; y todas las demás cuestiones dogmáticas o morales, tales como la caída del hombre y su justificación, las liga como a su punto central al doble misterio de la Encarnación y de la Redención.

La Creación a partir de la nada es una obra propia y exclusivamente divina, incomunicable. Y el Verbo de Dios, después de haber dado la existencia a las creaturas, las conserva todavía y las sostiene, sin lo cual volverían a la nada de donde salieron (Glafiras, contra Juliano). Al principio Dios había dotado a las creaturas de vida y de incorruptibilidad. La muerte y la corrupción no se no se introdujeron en el mundo sino por la malicia del demonio y la caída del primer hombre.

Los Angeles, incorporales, o al menos sin cuerpo de carne, sino de etéreos, espirituales, están en la cúspide de la Creación: en grandísimo número y agrupados en órdenes distintas, tienen por misión adorar y alabar al Creador, y luego el ejecutar sus órdenes en la Creación(Hom. i2, l7; San Juan, Vl, XlV). Los ángeles malos, cuyo jefe es Satanás, insurreccionados contra su Creador, se dedican a engañar a los hombres, a hacerse adorar por ellos como dioses, a multiplicar a los malos, que son sus auxiliares en la tierra (Hom. Pasc. l6, l7).

Después de haber preparado el dominio del que quería hacerlo dueño, Dios creó al hombre, obra maestra entre las creaturas visibles. Lo hizo racional, a fin de que fuese capaz de comprender la belleza del universo y de conocer a su Creador; lo hizo libre, a fin de que pudiese obrar espontáneamente y merecer una recompensa. El alma es muy superior al cuerpo, puesto que es espiritual. Ella no es engendrada con el cuerpo, sino unida por Dios al cuerpo engendrado por los padres. No preexiste ella respeto del cuerpo, como lo pretendía Orígenes, y no es por castigo por lo que está unida al cuerpo (Hom. Pasc.). El la creó a su imagen, inteligente, virtuosa, perfecta, sin inclinación al mal, y la dotó de privilegios sobrenaturales, la ciencia, la incorruptibilidad. Pero, evidentemente, el hombre quedaba bajo la dependencia de su Creador. A fin de que él diese prueba de sumisión, Dios le impuso un precepto, o más bien una prohibición. No estando su naturaleza definitivamente fijada en el bien, Adán cedió al tentador transgredió el orden divino. Este pecado arrojó de su alma al Espíritu Santo, y simultáneamente suprimió los privilegios graciosamente concedidos para Adán mismo y para toda su descendencia: “Cuando Adán cayó bajo el imperio del pecado y quedó sujeto a la corrupción, las pasiones impuras se apoderaron de la carne. Por la desobediencia de uno solo, que era el padre, la naturaleza humana fue herida con la enfermedaddel pecado. De esta suerte, todos los hombres vienen a ser pecadores, no porque hayan pecado con Adán, puesto que aún no existían, sino porque de él han recibido una naturaleza pecadora”. Sin embargo, esta naturaleza no está totalmente viciada: la libertad, especialmente, sibsiste, y a pesar de la violencia de las pasiones, ayudada por Gracia, puede todavía obrar el bien (Sobre San Juan, l; Sobre Epístola a los Romanos, V).

Por haber previsto el Señor, desde toda la eternidad, la caída del hombre, había resuelto, igualmente desde toda la eternidad, salvarlo. Favor mós gratuito todavía que la Creación, si se piensa en que para la restauración de la humanidad se necesitaba nada menos que la Encarnación y la muerte del Hijo de Dios (De la Verdadera Fe, a las Princesas). Por esto “el Verbo se hizo carne”, por esto El es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, Dios perfecto sin haber perdido nada de lo que era, y hombre perfecto en todo semejante a nosotros, salvo el pecado. Aunque es completa su naturaleza humana (cuerpo y alma), no tiene sin embargo una existencia autónoma, sino que subsiste en la Persona del Verbo: la inión de las dos naturalezas es tan íntima que no hay sino una sola hipóstasis (Sobre San Juan, Vll; Epístolas l7, 44). Más de una vez San Cirilo emplea a este respecto la expresión “una sola naturaleza del Verbo de Dios hecho carne”. Esto es lo que hizo que se le acusara de caer en el apolinarismo. Pero lo explicaba él en el sentido más ortodoxo: quiere decir que la naruraleza divina del Verbo no cambió cuando se unió con la carne. (Epístola 46). Los abatimientos de Cristo en su humanidad no son menos propios de El que las grandezas de su divinidad (Contra Teodoreto).

A fin de rescatar la humanidad pecadora y de rehacernos como hijos de Dios, Cristo debía expiar el pecado en su propia carne y vencer a la muerte con su propia muerte (Sobre San Juan, XlV). En efecto, no se ha contentado con pasar sobre la tierra para ser nuestro Doctor y nuestro modelo: ha querido ser Redentor. Ha venido a ser el segundo Adán, el principio de la humanidad regenerada, la fuente de toda vida sobrenatural y de toda santidad. Por ser sus méritos sobreabundantes, han compensado nuestras faltas y obtenido todas las gracias. Y su Resurrección, aparte de probar su divinidad, es la prenda de nuestra resurrección futura (Sobre San Juan, Xlll, XV).

La Virgen María, Madre de Cristo, es por ese mismo hecho Madre de Dios. De otra manera habría que decir que en Cristo hay dos seres yuxtapuestos, Dios y el hombre, y no unidos en una sola Persona. Aunque la Escritura y el Concilio de Nicea no emplean este término, tienen expresiones equivalentes que muestran que tal Verdad les parece indiscutible (Epístola Xl, a Celestino).—La concepción de Cristo fue milagrosa y virginal, por la acción del Espíritu Santo en María; y permaneció Ella Virgen en el alumbramiento y después del alumbramiento de Jesús (Sobre San Juan, Vlll). En las nupcias de Caná, María mostró el poder de su intercesión, puesto que gracias a Ella Jesús cumplió el milagro que primero no quería hacer (Sobre San Juan, Vlll). Al morir en el Calvario, Jesús confió su Madre a San Juan, quien tuvo la misión de consolarla y de tranquilizarla en sus angustias, porque “ si su corazón fue traspasado por una espada”, quizá llegó Ella a dudar de la divinidad de su Hijo (Sobre San juan, XlX).—Opinión que ahora parece injuriosa para la Fe de María. Otros autores ----Orígenes, San Basilio---- anteriormente habían interpretado en este sentido la Profecía del anciano Simeón.

La santificación es la transformación, una renovación del alma, es pasar de la muerte a la vida, y por lo tanto un renacimiento y como una nueva creación, todavía más preciosa que la primera, puesto que nos convierte en hermanos de Cristo e hijos de Dios. (Sobre San Juan,l, XVll). El Espíritu Santo, virtud santificadora de Cristo, opera este cambio: El mismo fija su morada en el alma así divinizada, y con El la Trinidad entera de la que es inseparable (Sobre San Juan, Vll, XlV).

La gracia santificante es ora designada como una cualidad maravillosa que transforma el alma, una vestidura, un aliño, una fuerza, una riqueza; ora se le confunde con el Espíritu Santo mismo: “El Espíritu Santo es pues Dios, el que transforma las almas a la imagen de Dios, no por una gracia que le serviría de instrumento, sino dándose El mismo como participación de la naturaleza divina. . . “ (P.G. t. 75, col. l089).

Mediante la Iglesia, “esposa de Cristo, madre de los creyentes, nueva Jerusalén”, se transmite la Gracia a las almas. La Iglesia es santa y fuente de toda santificación; es una, así como no hay sino un solo Cristo una sola fe, un solo bautismo, y desdichados de los herejes que de ella se separan. La Iglesia es católica, abierta a todos los pueblos de la tierra; es apostólica, fundada sobre los Apóstoles, quienes están agrupados alrededor de Pedro su Jefe, al cual lo sucede el Obispo de Roma, quien tiene la primacía sobre todos los pastores y los fieles. Establecida por Cristo, que sigue siendo su piedra angular, desafía a sus perseguidores y sabe que no puede perecer (P.G., t. 70, col. 968, ll93; t. 7l, col. l20, 405; t. 75, col. 865; t. 77, col. 80).

La Iglesia, a su vez, comunica la Gracia, por medio de los Sacramentos. El bautismo administrado en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, es el instrumento primordial de la santificación: confiere al neófito una dignidad superior a la de Juan Bautista mismo, llamado sin embargo el mayor de los Profetas (P.G., t. 73, col. 757; Sobre la Epístola a los Romanos, Vl). Sus ministros son los apóstoles y sus sucesores, los cuales han recibido el poder de perdonar los pecados (Sobre San Juan, XX). Los adultos se preparan a él por el catecumenado, y en el momento de recibirlo pronuncian una triple profesión de fe (P.G., t. 70. col. 40). Pero se bautiza también a los recién nacidos (Sobre San Juan, Xl, 26). Todavía se acostumbra que se le difiera hasta la hora de la muerte: deplorable costumbre: “El que recibe el bautismo en el último momento ciertamente es santificado, pero no obtiene más que la remisión de sus pecados; le entrega al Padre el talento que le había sido confiado sin haber producido nada” (P.G., t. 69, col. 432). En ningún caso puede ser reiterado el bautismo (P.G., t. 68. col. 4l3).

La Confirmación o “crisma del crecimiento” es un complemento del bautismo y a menudo administrado en el curso de la misma ceremonia Sobre San Juan, Xl, 26; P.G., t. 60, col. 561).

Aunque no hay nuevo bautismo, hay una Penitencia para los que pierden, por el pecado, el beneficio de su primera santificación. Nunca se debe desesperar porque todos los pecados pueden ser purificados por Cristo. Les basta con confesar sus faltas con humildad y sincero arrepentimiento a los Apóstoles o a sus sucesores, que han recibido el poder de perdonar los pecados (Sobre San Juan, XX, 23; La verdadera Fe, a Teodosio, P.G., t. 74, col. 72l; t. col. ll85).

La Eucaristía, a menudo llamada “la eulogia mística”, es la carne del Verbo encarnado. “El Señor ha dicho, de manera demostrativa: ----este es mi cuerpo, esta es mi sangre---- a fin de que no consideremos lo que parece como simples figuras sino que sepamos que las substancias ofrecidas han sido verdaderamente transformadas en el cuerpo y en la sangre de Cristo por la omnipotencia de Dios” (P.G., t. 72, col. 452, 9l2). La Eucaristía es igualmente un sacrificio en el que Cristo, víctima sin tacha, es inmolado, aunque de manera no sangrante. Este sacrificio sse ofrece todos los días y no dejará de serlo hasta el final de los tiempos (P.G., t. 68, col. 708; t. 72, col. 297). La comunión eucarística une al hombre con Cristo como dos trozos de cera se funden juntos:la carne de Cristo nos vivifica y santifica cuerpo y alma, así como la levadura penetra y transforma la masa (Sobre S. Mateo, XXVl; Sobre San Lucas, XXll; Sobre San juan, Vl;Contra Nestorio, l, lV; Anatema Xl). La más pequeña partícula de la eulogia puede producir estos efectos, puesto que contiene a Cristo todo entero, el cual no podría ser dividido. (P.G., t. 74, col. 660). Aunque es necesario ser puro para participar en la Santa Eulogia, no hay que apartarse de ella por un sentimiento de indignidad, porque es ella la que da la fuerza de resistir al pecado y de mortificar las pasiones(P.G., t. 73, col. 584).

La Extremaunción no está indicada sino por una breve alusión al texto del Apóstol Santiago (P.G., t. 68, col. 472).

El Orden constituye la jerarquía eclesiástica -----obispos, sacerdotes, diáconos-----, cuyo doble oficio es rendir a Dios un culto digno de El y anunciar a los humanos los divinos misterios (P.G., t. 72, col. 272; t. 73, col. 3l7). El Obispo debe cuidar el no conferir el sacerdocio sino a hombres dignos y no a neófitos (P.G., t. 73, col. 240; t. 77, col. 385).

El Matrimonio es legítimo y excelente, instituido por el Creador para la propagación del género humano. Jesús mismo lo honró y bendijo con su presencia en las nupcias de Caná (Sobre San Juan, ll). Sin embargo, la continencia y el celibato son estados más perfectos (P.G.,t. 68, col. 690). El matrimonio se contrae por el consentimiento recíproco de los esposos: es indisoluble entre los cristianos; el divorcio tolerado bajo la Antigua Ley está prohibido ahora. Solamente con la muerte del cónyugue está permitido otro matrimonio (P.G., t. 74, col. 800, 876).

Sobre la doctrina general de la predestinación, de la salvación, de la vida futura, San Cirilo está en perfecto acuerdo con los Padres anteriores o contemporáneos, especialmete con San Agustín.

Dios quiere la salvación de todos los hombres, y ofrece gratuitamente este beneficio, sin ningún mérito previo. Sin embargo, no lo impone: respetuoso de la libertad humana, a cada uno le deja la responsabilidad de su destino. Evidentemente conoce de antemano el uso que los hombres harán de sus dones; pero tal presciencia no es un constreñimiento. Dios previó la caída de Adán; Cristo predijo la traición de Judas y la negación de Pedro; pero la libertad de los culpables no estaba impedida ni su responsabilidad atenuada, consiguientemente.

La vida humana sobre la tierra es un período de prueba. Después de la muerte, las almas no se quedan a errar alrededor de las tumbas, según pretendían los paganos, ni tampoco descienden ya a los "infi“rnos" com” otrora, antes de la Resurrección de Cristo: son juzgadas según sus obras, y entonces las almas de los justos entran a las moradas celestiales, mientras que las almas de los pecadores son precipitadas en los suplicios. Ciertas almas deben acabar, mediante penas temporales en el más allá, la explicación de sus faltas. Conviene orar por ellas, y en particular ofrecer el Santo Sacrificio,a fin de obtenerles misericordia. Al ocurrir el segundo Advenimiento de Cristo, todos los hombres resucitarán. Y un juicio universal fijará la suerte eterna de los cuerpos tanto como de las almas: vida gloriosa para los buenos, ignominiosa para los malos (P.G., t. 72 a 76 passim).

Método habitual en los herejes es tratar de apoyar sus teorías sobre la autoridad de algunos personajes conocidos y venerados y, si es posible, de Doctores y Padres de la Iglesia: espigando cuidadosamente algunos textos previamente cortados de su contexto, se esfuerzan por aprovecharlos para justificar sus doctrinas. Y así Eutiques y los monofisitas, luego Sergio y los monotelitas pretendieron hallar en las obras de San Cirilo de Alejandría pasajes que afirmaban la unidad de naturaleza o la unidad de voluntad en Cristo: “Yo he leído en los escritos del bienaventurado Cirilo y de los Santos Pasdres que después de la unión del Verbo con la humanidad ya no hay que hablar de dos naturalezas, sino de una sola” (Eutiques en el Sínodo de Constantinopla, 448).---“Sabemos que entre otros ilustres Padres, el muy santo Cirilo, Arzobispo de Alejandría, habló en algunas de sus obras de una sola energía vivificante de Cristo, nuestro verdadero Dios”(Carta de Sergio a Ciro de Fase).

Pero se desbarató este pérfido aprovechamiento cuando los verdaderos intérpretes y discípulos de San Cirilo demostraron su ortodoxia. Flaviano de Constantinopla denuncia al heresiarca Eutiques y agrega: “Previamente la verdadera fe que Cirilo enseño en sus cartas a Nestorio y a los Orientales”. . . y el Papa San León escribe al Emperador Teodosio ll, a propósito del nuevo Obispo de Constantinopla: “Que lea con cuidado la carta de Cirilo de Alejandría a Nestorio, en la que se encuentra una explicación clara del Sínodo de Nicea; verá que concuerda punto por punto con la enseñanza de los antiguos Padres”.

Después del Sínodo de Constantinopla en 448, es el Concilio de Calcedonia, en 45l, el que invoca “la fe de Cirilo”, inserta en las actas extractos de sus obras, compara su doctrina con la de San León y aprueba oficialmente cuanto hizo él en Efeso.

“Cirilo de Alejandría es el más dogmático, y por así decir el más escolástico de todos los Padres” (Arnaud d’ Andilly, Perpétuité de la Foi). No es menos extremadamente tradicional, porque cita constantemente los textos escriturarios o patrísticos.

San Clemente de Alejandría


Clemente de Alejandría nació hacia el año 150, probablemente en Atenas, de padres paganos; después de hacerse cristiano, viajó por el sur de Italia y por Siria y Palestina, en busca de maestros cristianos, hasta que llegó a Alejandría; las enseñanzas de Panteno hicieron que se quedara allí. Hacia el año 202, la persecución de Septimio Severo le obligó a abandonar Egipto, y se refugió en Capadocia, donde murió poco antes del 215.

Su conocimiento de los escritos paganos y de la literatura cristiana es notable; según Quasten, en sus obras se encuentran unas 360 citas de los clásicos, 1500 del Antiguo Testamento y 2000 del Nuevo.

La amplia cultura pagana de Clemente no fue borrada por su encuentro con el cristianismo; seguía encontrando en ella mucho de positivo y la gran trascendencia de su obra se deberá precisamente a lo mucho que contribuyó a que la filosofía fuera aceptada en la Iglesia. Los filósofos gentiles, Platón en especial, se hallaban según él en el camino recto para encontrar a Dios; aunque la plenitud del conocimiento y por tanto de la salvación la ha traído el Logos, Jesucristo, que llama a todos para que le sigan. Éste es el tema del primero de sus escritos, el Protréptico o «exhortación», una invitación a la conversión.

A los que se deciden a seguir a Cristo, Clemente dedica la segunda de sus obras, el Pedagogo, el «preceptor». En el primero de los tres libros de que se compone, de carácter más general, trata de la obra educadora del Logos como pedagogo y establece principios generales de moral. En el segundo y el tercero trata de situaciones de la vida ordinaria en Alejandría, siguiendo una relación pormenorizada y dando normas sobre ellas: la manera de vestir y de divertirse, el uso de perfumes, la asistencia a los baños, la música y la danza, la vida conyugal, la disposición y ornato de la casa, las buenas maneras, etc.; son cuadros en los que vemos retratado un ambiente refinado de gran ciudad, en el que se desarrolla la vida de sus oyentes. Clemente no les pide que renuncien a ese mundo, en el que se da una mezcla de cosas buenas y malas, pero sí les previene y les da consejos para que, sin salirse de su sitio, sepan portarse como cristianos. Esta misma idea aparecerá en su tratado Quis dives salvetur, «quién es el rico que se salvará», una homilía que comenta la escena evangélica del joven rico: no todos necesitan abandonar sus posesiones, pero sí desprenderse del apego al dinero.

Para cerrar esta trilogía, Clemente proyectaba otra obra, el Didascalos, en la que iba a exponer sistemáticamente la religión cristiana, pues «el Logos primero exhorta, luego educa y finalmente enseña». Pero no llegó a escribirla.

En cambio escribió unos Stromata, o «tapices», donde va tratando temas variados con los que Clemente quiere crear inquietudes religiosas en el gentil. En ellos domina el interés por presentar el cristianismo como una verdadera gnosis; como Ireneo, rechaza el uso que algunos hacen de la gnosis, pero no se queda en una postura negativa; hace notar el valor de la filosofía pagana para el cristiano, pues aunque la filosofía nunca podrá reemplazar a la revelación, ha preparado a una parte de la humanidad, a los griegos, para la venida de Cristo, de manera semejante a como el Viejo Testamento preparó a los judíos. Así, al mismo tiempo que rechaza la falsa gnosis, sostiene que el cristiano es el verdadero gnóstico, es decir, el verdadero sabio; la perfección moral, que consiste en la castidad y el amor a Dios, es el rasgo característico de este verdadero gnóstico en contraste con el falso.

El texto de estas obras ha llegado hasta nosotros razonablemente bien conservado. De otras obras de menor entidad sólo tenemos algún fragmento, o se han perdido enteramente; entre éstas se encontraba el Hypotyposeis, ocho libros que al parecer eran de comentarios alegóricos a algunos versículos de las Escrituras.



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Al ver a las multitudes se llenó de compasión, porque estaban maltratadas y abatidas...(Mt 9, 36).


Al ver a las multitudes se llenó de compasión, porque estaban maltratadas y abatidas...(Mt 9, 36).

Es necesario escudriñar el significado de las palabras no menos que el de los hechos, pues, como habíamos dicho, la clave para comprender el significado reside tanto en las palabras como en las obras. El Señor siente compasión de las multitudes maltratadas y abatidas, como ovejas dispersas sin pastor. Y dice que la mies es mucha, pero los obreros pocos, y que es preciso rogar al dueño de la mies para que envíe muchos obreros a su mies (cfr. Mt 9, 37-38). Y, llamando a los discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia (cfr. Mt 10, 1). Aunque estos hechos se refieren al presente, es necesario considerar lo que significan para el futuro.

Ningún agresor había asaltado a las multitudes y, sin embargo, estaban postradas sin que ninguna adversidad o desventura las hubiese golpeado. ¿Por qué siente compasión, viéndolas maltratadas y abatidas? Evidentemente, el Señor se apiada de una muchedumbre atormentada por la violencia del espíritu inmundo, que la tiene bajo su dominio, y enferma bajo el peso de la Ley, porque aún no tenía un pastor que le restituyese la protección del Espíritu Santo (cfr. 1 Pe 2, 25). A pesar de que el fruto de este don era abundante, ninguno lo había recogido. Su abundancia supera el número de los que lo alcanzan, pues, aunque todos tomen cuanto quieran, permanece siempre sobreabundante para ser dispensado con generosidad. Y puesto que es necesario que muchos lo distribuyan, exhorta a rogar al dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su mies, es decir, muchos segadores, para recoger el don del Espíritu Santo que había preparado, un don que Dios distribuye por medio de la oración y de la súplica. Y para mostrar que esta mies y la multitud de los segadores debían propagarse a partir de los doce Apóstoles, los llamó a Sí y les dio el poder de arrojar los demonios y de curar toda enfermedad. Con este poder recibido como don, podían expulsar al fautor del mal y curar la enfermedad.

/Mt/10/05-10: Conviene ahora recoger el significado de estos preceptos, considerándolos uno por uno. Los exhorta a mantenerse alejados de las sendas de los paganos (cfr. Mt 10, 5), no porque no los haya enviado también a salvar a los paganos, sino para que se abstengan de las obras y del modo de vivir de la ignorancia pagana. Igualmente les prohíbe entrar en la ciudad de los samaritanos (cfr. Ibid.). Pero ¿no ha curado Él mismo a una samaritana? En realidad, les exhorta a no entrar en las asambleas de los herejes, pues la perversión no difiere en nada de la ignorancia. Los envía a las ovejas perdidas de la casa de Israel (cfr. Mt 10, 6); y, sin embargo, ellas se han encarnizado contra Él con lenguas de víbora y fauces de lobo. Como la Ley debería recibir el Evangelio en primer lugar, Israel iba a tener menos disculpas por su crimen, en cuanto que habría experimentado una solicitud mayor en la exhortación.

El poder de la virtud del Señor se transmite enteramente a los Apóstoles. Los que habían sido formados en Adán a imagen y semejanza de Dios, reciben ahora de modo perfecto la imagen y la semejanza de Cristo (cfr. 1 Cor 15, 49). Su poder no difiere en nada del poder del Señor, y los que antes habían sido hechos de la tierra, se convierten ahora en celestes (cfr. 1 Cor 15, 48). Deben predicar que el Reino de los cielos está próximo (cfr. Mt 10, 7), es decir, que se recibe ahora la imagen y semejanza de Dios a través de la comunión en la verdad, que permite a todos los santos, designados con el nombre de los cielos, reinar con el Señor (cfr. 1 Cor 4, 8). Deben curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, arrojar demonios (cfr. Mt 10, 8). Todos los males causados en el cuerpo de Adán por instigación de Satanás, los debían a su vez sanar mediante la participación en el poder del Señor. Y para conseguir de modo completo, según la profecía del Génesis (cfr. Gn 1, 26), la semejanza con Dios, reciben la orden de dar gratuitamente lo que gratuitamente recibieron (cfr. Mt 10, 8). Deben ofrecer de balde el servicio de un don que han recibido gratis.

Les prohíbe guardar en la faja oro, plata, dinero; llevar alforja para el camino, coger dos túnicas, sandalias y un bastón en la mano, porque el obrero tiene derecho a su salario (cfr. Mt 10, 10). No hay nada de malo, pienso, en guardar un tesoro en la faja. ¿Qué significa la prohibición de poseer oro, plata o moneda de cobre en la propia faja? La faja es una prenda de servicio, y se ciñe para realizar un trabajo. Se nos exhorta, por tanto, a que no haya venalidad en nuestro servicio, a evitar que el premio de nuestro apostolado sea la posesión del oro, de la plata o del cobre.

Ni alforja para el camino (Mt 10, 10). Es decir, hay que dejar a un lado la preocupación por los bienes presentes, ya que todo tesoro terreno es perjudicial, desde el momento en que nuestro corazón está allí donde guardamos nuestro tesoro. Ni dos túnicas (Mt 10, 10). En efecto, basta con que nos revistamos de Cristo una vez (cfr. Gal 3, 27), sin revestirnos seguidamente de otro traje, como la herejía o la Ley mosaica, a causa de una perversión de nuestra inteligencia. Ni sandalias (cfr. Mt 10, 10). ¿Tal vez los débiles pies de los hombres pueden soportar la desnudez? En realidad, donde debemos permanecer con pies desnudos es sobre la tierra santa, no cubierta por las espinas y los aguijones del pecado, como fue dicho a Moisés (cfr. Ex 3, 5), y se nos exhorta a no tener otro calzado para entrar, que el recibido de Cristo. Ni bastón en la mano (Mt 10, 10), es decir, las leyes de un poder extranjero, pues tenemos el bastón de la raíz de Jesé (cfr. Is 11, 1). Todo poder, que no sea ése, no procede de Cristo.

Según el discurso precedente, hemos sido convenientemente provistos de gracia, viático, vestido, sandalias, poder, para recorrer hasta el final los caminos de la tierra. Trabajando en estas condiciones seremos dignos de nuestra paga (cfr. Mt 10, 10). Es decir, gracias al cumplimiento de estas prescripciones, recibiremos la recompensa de la esperanza celestial.


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Preparemos a la mujer para que se bella para Dios, no para nosotros. ( San Juan Crisóstomo )


Preparemos a la mujer para que se bella para Dios, no para nosotros. No busquemos bienes en ella, ni una buena familia, sino la nobleza de su alma.

Busquemos en la mujer su mente y un corazón bueno, pensamientos sensatos y mansedumbre. Estas son las señales de la belleza interior. No busquemos la belleza de su cuerpo, tampoco la culpemos por aquello que está fuera de su alcance. De hecho, no la culpemos por nada –esto sólo lo hacen los muy atrevidos– ni la agitemos, ni nos enojemos con ella. ¡Cuántos, al lado de alguna mujer hermosa, destruyen completamente su vida, mientras que otros, conviviendo con alguna que no lo es tanto, consiguen llegar, con alegria, a la más avanzada vejez?

Limpiemos la manchas interiores, sanemos las heridas de dentro, eliminemos todas las impurezas de nuestra alma. Tal es la belleza que Dios busca. Preparemos a la mujer para que se bella para Dios, no para nosotros. No busquemos bienes en ella, ni una buena familia, sino la nobleza de su alma.


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Saturday, September 19, 2015

El pecado ......


¿Que puede haber mas espantoso que el pecado, que aleja al hombre de Dios, de la alegría y la felicidad, que nacen en el corazón por la relación y el vínculo con Dios?

Cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, en la experiencia propia de su vida revive la catástrofe de Adán y Eva, quienes por el pecado se alejaron de Dios.

Recordemos nuestra niñez. ¿Porqué se nos presentaba tan alegre y luminosa? Parecería que hubiera pocas causas exteriores para ello. El hombre a esa edad es débil, indefenso, limitado en casi todas las expresiones de su individualidad. Pero él todavía no conoció el pecado. O bien, mas exactamente, lo conoció todavía en muy pequeña medida. El alma no se corrompió, está llena de los reflejos de aquella luz, cuyas chispas introduce el Creador en cada una de Sus creaciones.

Y el niño está alegre y feliz. Esto es algo que no depende de la edad. Todos nosotros conocemos ejemplos de chiquillos todavía comparativamente muy jóvenes pero que ya han alcanzado a perder su inocencia infantil y junto con ella también perdieron la alegría y la felicidad. Conocemos también personas, verdaderamente bienaventuradas que han sabido conservar hasta la vejez la pureza del corazón, la alegría y la claridad de espíritu que están inseparablemente ligados con ella. Pero el pecado lleva junto consigo el sufrimiento y las tinieblas. ¡Oh, no solo de las páginas de la Biblia, que nos hablan de Adán y Eva, sabemos esto! La experiencia propia y la experiencia de miles de personas que nos rodean nos dice lo mismo.

Solo que no siempre comprende el hombre, lo que sucede con él. Él procede "como todos los demás, no hace nada especial o fuera de lo común." Pero de repente percibe, que todo aquello, que antes lo alegraba, que lo hacía feliz, que llenaba su alma de luz y claridad, es doblegado mas y más por un humo que se hace cada vez más espeso, la vida deja de ser luminosa y se vuelve gris.

El hombre camina por la senda del pecado. Entonces una terrible tristeza y desazón envuelven el alma, y solo se puede convivir con esta angustia huyendo de sí mismo, no permaneciendo nunca solo, todo el tiempo tratando de ahogar el tormento de esta tristeza con el ruido de la sociedad humana, la que a su vez se compone también de personas, que tratan de apagar la llama de la tristeza y la angustia.

Es por eso que para el hombre medianamente esclavizado por el pecado la soledad es tan insoportable, es por eso que él tan ávidamente busca todo tipo de diversiones. Pero con las diversiones no se puede ahogar la tristeza. El hombre ve alrededor suyo gente que está en la misma condición, hace lo mismo que ellos, y cada vez se sumerge mas y mas en el abismo del pecado y junto con ello en el abismo del sufrimiento del alma, y frecuentemente aquí, sobre la tierra, se convence de la realidad del infierno. Acerca de la verdadera causa él no quiere escudriñar. Recordando, que en su infancia y en su temprana juventud él era feliz, el hombre atribuye su angustia a su edad, y culpando a la vida de sus sufrimientos, la maldice. El ejemplo de la mayoría de las personas que lo rodean lo convence de la veracidad de semejante juicio.

Pero, como testimonio de que su conclusión no es cierta, surgen no solo aquellas pocas excepciones de aquellas personas, que conservaron la pureza del alma desde los días de la infancia hasta el fin de sus días, sino también aquellas — muchas, que habiendo perdido la pureza del alma y junto con ella la alegría de la vida, nuevamente alcanzaron lo uno y lo otro, independientemente de cualquier sujeción del cambio o no cambio de las condiciones externas de vida, aquellos, que pasaron el camino del hijo pródigo, y por fin encontraron el camino hacia la casa del padre. Porque la alegría — está en la comunicación y el trato con Dios, y el tormento — en el alejamiento de Él.

Dios — es la plenitud de la Bondad, la Verdad, Alegría, Luz, Belleza, de todo lo bueno, que puede haber en el universo.

Para el hombre es natural amar el bien. Esta cualidad esta puesta en él por el Creador. El plan del Creador es, que amando el bien, la verdad, la alegría, la luz, la belleza, y todo lo positivo, --- el hombre de esta manera aprenderá a amar a Dios.

La fuerza oscura, por su parte, traicionando la Plenitud de la Bondad en su propio nombre, emplea todos los medios para tratar de alejar al hombre de aprender a amar a Dios, tiende a obligar su alma a servir a alguna otra cosa, cualquiera que sea, que no sea a Dios.

Son muy diversos en esto los caminos de la fuerza oscura, pero todos ellos confluyen hacia aquello, que el diablo quiere contraponer una cosa o la otra contra Dios en el corazón del hombre, a veces, para comenzar, hasta utiliza algo que en esencia es bueno, porque el hombre no puede amar lo malo, lo deforme, lo falso. Y el diablo, para engañar al hombre, para apartarlo de Dios, debe vestirse con los adornos de la ropa del bien, debe aprovechar las astillas del bien, para que después estas astillas, como chispas, contraponerlas a la Plenitud del Bien — Dios. Con este método fueron atrapadas muchas personas.

Pero la fuerza oscura nunca se detendrá solo en esto, porque ella odia cualquier bondad, aun la mas pequeña, aborrece la verdad y la belleza, porque sobre ellas siempre yace el sello de Dios — su Primera Fuente.

Existe otro camino, mas común y habitual para la seducción del hombre: la contraposición del propio individuo humano — con Dios. El diablo, que en su propio nombre se contrapuso al Creador, trata de inclinar también al hombre hacia lo mismo. La seducción de los goces, del poder, la gloria, la riqueza, la fuerza — son en esencia, la seducción del ensimismamiento, la autoafirmación, y tienen por finalidad obligar al hombre a servirse a sí mismo a pesar de Dios. A lo mismo llega también ese tipo de seducción, cuando el hombre ama a su propia parte del bien, y sirve con ella, en contienda a la plenitud de Dios.

Ante esto de repente cambia toda la organización interior del alma humana. De un hombre libre él se convierte en esclavo. Notemos, como se pierde la claridad del espíritu, cuando el hombre en la vida comienza a perseguir sus intereses personales. Por supuesto, ni que hablar, de que la servidumbre del hombre a sí mismo no es mas que solo un espejismo. Cediendo a la seducción de la fuerza oscura, él comienza a servirse no a sí mismo, sino a sus pasiones, o sea a los demonios, que lo esclavizan y lo atormentan. Una angustia mortal, de la que ya hablamos, nos atestigua esto.

Sin embargo no es la angustia que debemos odiar y no es contra ella, que hay que luchar. Hay que luchar contra el pecado, y odiarlo.

La angustia, hasta, puede ser beneficiosa. Como bienhechor es para nuestro organismo físico el dolor, que acompaña la enfermedad interior del cuerpo. Sin el dolor el hombre no sabría, que dentro suyo se desordenaron ciertas funciones, el médico no podría establecer el diagnóstico, y la mas pequeña enfermedad ya sería mortal.

Así también la tristeza puede ser bienhechora, cuando indica al hombre, que en su alma hay algo mal, que el alma esta sometida a un peligro de muerte. La tristeza obliga al hombre a buscar una salida, y avizorándola, dirigirse hacia ella, obliga a sentir la sed de volver al amparo paternal — a Dios.

Y el Señor solo espera este primer paso del hombre. Como el padre en la parábola del hijo pródigo, al momento se apresurara al encuentro del hombre que vuelve, hace gozoso el camino hacia Sí, lo facilita, le ayuda en cada paso, como una madre hacendosa, que observa los primeros pasos de su pequeñuelo.

La misericordia de Dios que nos ama, nos dé a nosotros entrar en este feliz camino y llegar hasta su término a las luminosas moradas, que preparó el Señor para el hombre desde el momento de la creación del mundo.



*** *** ***





Apocalipsis del pecado pequeño



"Pero tengo en contra tuyo, que has dejado tu primer amor" (Apoc. 2:4)

El pecado menudo y pequeño, como el tabaco, se introdujo hasta tal punto en la sociedad humana, que hoy en día hasta se le presentan todo tipo de facilidades. ¡Dónde hay un lugar en el que no se puedan encontrar cigarrillos! En todos lugares hay ceniceros, existen salas especiales, vagones destinados para fumadores. Fuman tanto los viejos como los jóvenes, los enfermos y los sanos, los ilustrados y los analfabetos... Al condenado, antes de su ejecución, se le permite fumar un cigarrillo.

El negocio del tabaco es uno de los mas importante en el comercio mundial y cada año millones de personas trabajan y se esfuerzan para proporcionar a otros muchos millones de personas la posibilidad de aspirar el corrosivo humo, de aventar con su narcosis su cabeza y todo su organismo.

¿Es que está en la naturaleza del hombre pecar en lo pequeño, narcoticamente — fumar? ¿Está en la naturaleza del hombre marchar en contra de la naturaleza? Los gobiernos prohiben el uso de drogas estupefacientes, pero incitan al uso del tabaco. Los pecados pequeños del hombre no son perseguidos por las leyes, ellos no llevan a la cárcel. El tabaco es permitido, como una "pequeña cocaína," como una pequeña mentira, como una imperceptible falta a la verdad, comparada a como lo es el homicidio de un hombre que es apuñalado en el corazón o en el vientre. Pero no es eso lo que dice la Revelación Divina, la voluntad del Dios Viviente. El Señor no acepta ni una pequeña mentira, ni una palabra homicida, ni una mirada lujuriosa. Una pequeña planta de injusticia, es igual de aborrecible delante de Dios como un gran árbol de crímenes. Una multitud de pequeñas caídas en el pecado son indudablemente mas pesadas para el alma del hombre que unos pocos grandes, que siempre permanecen en la memoria y que pueden ser limpiados con el arrepentimiento. Y es santo, por supuesto, no aquel que hace grandes obras, sino el que se abstiene hasta de las mas pequeñas transgresiones.

Es mas fácil comenzar la lucha contra el pecado grande, es mas fácil odiar su aproximación. Es conocido un suceso acaecido al justo Antonio de Muromsk. Vinieron a verlo dos mujeres: una se quebrantaba de un gran pecado suyo, la otra autosatisfactoriamente testimoniaba de su abstinencia hacia cualquier pecado grande. Encontrando a las mujeres en el camino, el "staretz" (anciano, maestro espiritual) le mandó a la primera que fuera y trajera una piedra grande, y a la otra — juntar la mayor cantidad posible de pequeñas piedritas. Después de algunos minutos las mujeres volvieron. Entonces el staretz les dijo: "Ahora llevad y colocad estas piedras exactamente en el mismo lugar, de donde las habéis tomado." La mujer con la piedra grande fácilmente encontró el lugar, de donde había tomado la piedra, pero la otra en vano iba de un lugar a otro, buscando los huecos de sus pequeñas piedritas, y volvió al staretz con todas sus piedras. El clarividente Antonio les explicó, que era lo que representaban estas piedras... En la segunda mujer ellas representaban una multitud de pecados, a los que ella se había acostumbrado, los consideraba como nada, y nunca se arrepentía de ellos. Ella no recordaba sus pequeños pecados y sus arrebatos de pasión, pero ellos expresaban la desventurada condición de su alma, incapaz hasta del arrepentimiento. Pero la primera mujer, que recordaba su pecado, se dolía por él y lo sacó de su alma.

Una multitud de pequeños, indignos hábitos — son un pantano para el alma del hombre, si el hombre se afirma en ellos o los recibe, como un mal inevitable, contra el cual no se puede ni vale la pena luchar. Y es allí donde el alma cae en la trampa del enemigo de Dios. La conciencia dolorida del hombre creyente se tranquiliza a sí misma: yo no soy un santo, vivo en el mundo, debo vivir, como todos los demás...

Tu eres, sin duda un hombre, no eres santo, vives en el mundo, etcétera, por eso nace y muere, como todos los hombres, mira, escucha, habla, como ellos, pero ¿para que debes heder moralmente, como ellos? Piensa en esto, hombre.

¡Cuan difícil es para el alma dejar un falso, pero acostumbrado hábito! La psicología del mundo ateo se incrustó tan fuertemente en el mundo psicológico del hombre contemporáneo, que con respecto al pecado y el quebrantamiento de los mandamientos de Dios, casi toda la gente procede de igual manera — según un "cliché". Lo mas triste, es que el mal indujo a la gente a llamar las necesidades del pecado como "necesidades de la naturaleza." Las exigencias de la naturaleza son: respirar, alimentarse con mesura, calentarse, destinar parte de la jornada al sueño, pero de ninguna manera narcotizar su organismo, encadenarse insensatamente a un espejismo, al humo.

Es suficiente solo pensar honestamente un poco sobre esta cuestión, que ya el mal por si mismo sale a flote sobre la superficie de la conciencia. Pero la cuestión está precisamente en que el hombre contemporáneo nunca tiene tiempo de ponerse a pensar sobre la única cuestión importante, que toca no a esta nuestra exigua vida sobre la tierra, sino a la eternidad, en nuestra existencia inmortal en ella, en nuevas, elevadas condiciones. Hundido en la "practica," que comprende poco y muy inciertamente, el hombre contemporáneo, sumergido en su vida práctica y terrenal, piensa realmente en que él es muy práctico. ¡Amargo extravío! En el minuto de su inevitable muerte (la que siempre está muy cerca de él), él verá con sus ojos, qué poco práctico ha sido, al encarar la cuestión de la práctica hacia las exigencias del cuerpo y olvidándose completamente de su espíritu.

Y mientras tanto, el hombre "no tiene tiempo" pensar en las elementales leyes morales de su vida. El hombre mismo sufre por esto. Como un niño, que se quema a menudo con el fuego, así también la humanidad que continuamente tiene contacto con el fuego del pecado y lujuria, llora y sufre, pero no comprende su estado de infantilismo espiritual, esto que en el Evangelio se denomina "ceguera," y que realmente es la ceguera del corazón, teniendo ojos físicos.

La humanidad se mata a sí misma a través del pecado, y así mismo lo hace cada hombre. Dominada, sofocándose con el mal, desenfrenando los bajos instintos, la humanidad prepara para sí misma un terrible destino, y así también lo hace cada hombre, que sigue este camino. Los que siembran viento cosecharán tempestades. Y es sobre esto, que es lo único importante — en lo que no hay tiempo para pensar... "Vive el instante --- y que pase lo que pase" — contradice el alma a verdad, que habla dentro de ella, que le dice que debe entrar dentro de sí mismo, concentrarse, observar los apegos de su corazón y pensar en su destino eterno. El Creador del mundo ordenó al hombre ocuparse solo del día presente; en cambio, el mundo sumerge al hombre en un mar de preocupaciones para toda la vida!

El tema acerca de lo moralmente menudo no es poco profundo. Aquí está el reflejo del reproche apocalíptico de Dios al mundo cristiano, de que él "se olvidó su primer amor." Cuanto mas elevada y moralmente pura que el hombre es ahora hasta la tambaleante naturaleza, a partir de la cual esta hecho su cuerpo. Qué limpia es la piedra, que está dispuesta a clamar contra los hombres, que no dan gloria a Dios, que limpias son las flores, los árboles, en el maravilloso círculo de su vida, que magníficamente sumisos a las Leyes del Creador son los animales, en su pureza. La naturaleza Divina no fuma, no se narcotiza, no se pervierte, no aborta el fruto dado por Dios. La muda naturaleza enseña al hombre, como se debe llevar la Cruz de la obediencia a Dios entre las tormentas y los sufrimientos de esta vida. El hombre debe pensar en esto.

Algunos piensan, que todo lo que sucede aquí sobre la tierra no tendrá ninguna consecuencia. Al hombre con una conciencia no limpia, por supuesto, le es mas agradable pensar así. ¿Pero, para que engañarse a sí mismo? Mas tarde o mas temprano tendremos que ver el enseguecedor misterio de la pureza de la creación del mundo.

Nosotros nos percibimos, como "vida." ¿Acaso nos valoramos tan poco a nosotros mismos y tan superficialmente comprendemos a Aquel, que creó los mundos, para pensar acerca de esta vanidad terrenal de la vida, como si fuera el verdadero sentido de la existencia del hombre? Nosotros somos mucho mas altos y superior que aquello, a lo que nos hemos acostumbrado a considerarnos aquí sobre la tierra, y no solo con respecto a nuestra vida, sino que también a nuestros ideales. Pero somos: una semilla, puesta en la tierra. Y por eso todavía no vemos la superficie del universo, ese verdadero cuadro de la naturaleza, que se nos abrirá delante de nuestros ojos en el minuto de lo que así llamamos muerte, o sea para todos muy pronto.

¿Que es la muerte? La muerte no es de ninguna manera la tumba, ni los baldaquines, ni una cinta de luto sobre la manga, ni el sepulcro en la tierra. La muerte — es cuando el retoño de nuestra vida sale sobre la superficie de la tierra, y entonces se pondrá debajo de los directos rayos del sol Divino. Debe germinar nuestra semilla de la vida, estando todavía aquí en la tierra. Esto es lo que así se llama en el Evangelio "el nacimiento por el espíritu, el segundo nacimiento" del hombre. La muerte del cuerpo es cuando el germen deja la tierra, sale de la tierra. A todo hombre, que haya recibido aunque sea la mas pequeña porción de fermento espiritual, aunque fuera la mas insignificante perla evangélica dentro suyo — le espera algo que de ninguna manera es la muerte, y hasta por lejos no es muerte. Para los muertos de espíritu, por supuesto, los féretros, las tumbas, las cintas de duelo, todo esto — son realidades. Y a su espíritu no le será posible salir a la superficie de la verdadera vida, porque ellos sobre la tierra no han muerto para sí mismos, para sus pecados, y se quedarán estas almas hasta aun después de su muerte física dentro de los limites de esta tierra, como una semilla que no ha germinado, vacía, sin señales de vida.

Aquí, sobre la tierra, nos encontramos verdaderamente en la oscuridad del espíritu, en su "vientre." ¿Y no seria criminal, encontrándonos en ese estado — no prepararnos para nuestro propio verdadero nacimiento, sino considerar a esta oscuridad, como un lugar hasta lo posible ideal y alegre para la vida (como lo considera el ateísmo optimista), o bien un incomprensible lugar de insensatas sufrimientos (como lo considera el ateísmo pesimista)?

El significado, por supuesto, no puede ser visto con los ojos físicos, pero se lo puede creer muy fácilmente, pensando en nosotros mismos y en el Evangelio. Sobre este sentido de la vida grita toda la naturaleza, acerca de él comienza a clamar toda alma humana despierta.

Con que cuidado tenemos que tratarnos unos a otros, gente no "germinada."... Como se debe proteger esta germinación, esta salida al aire libre bajo el sol de Dios!

El hombre es terriblemente responsable por todo, y es difícil imaginar teóricamente la desgracia de aquella persona, que habiendo vivido como atéo sobre la tierra "así, como si no hubiera nada," — de repente se enfrenta cara a cara con la realidad, no solo mucho mas clara, que esta que tenemos sobre la tierra, sino que supera todo nuestra comprensión acerca de la realidad... ¿No serian estas almas por las cuales el Señor sufría en el jardín de Getsemani? De cualquier modo, Él aceptó también por ellas los sufrimientos de la Cruz.

Si el cielo visible no nos separara del cielo invisible, nosotros nos estremeceríamos por aquella incoincidencia de espíritu, que existe entre la triunfal Iglesia angelical y nuestra Iglesia terrenal de almas humanas inertes y débiles. Nosotros nos aterrorizaríamos y entenderíamos claramente aquella verdad, que ahora nos es incomprensible: qué hizo para nosotros nuestro Señor Jesucristo, y que hace Él para cada uno de nosotros. Su salvación nos la representamos casi teóricamente y en forma abstracta. Pero si nosotros viéramos, por un lado, la multitud de flamantes espíritus celestiales, blancos como la nieve, radiantes, como el fuego, puros, ardientes de inconcebible amor a Dios y dirigidos hacia la salvación de toda la creación, y, por el otro lado, miraríamos la tierra con sus cientos de millones de personas, con corazones dirigidos solo hacia la tierra, que se matan el uno al otro, amantes solo de si mismos, poseídos por las fuerzas de tinieblas, nos horrorizaríamos y temblaríamos. Y se nos presentaría claramente el cuadro de la absoluta imposibilidad de salvarnos por los caminos "naturales." Los razonamientos de los ocultistas acerca del movimiento evolutivo de la humanidad reencarnada hacia lo alto, nos parecerían en como insensatos y dementes. Nosotros veríamos, que las tinieblas sobre la humanidad no se disipan, sino que se condensan... Y nosotros comprenderíamos, qué fue lo que hizo para los hombres el Creador Encarnado en la tierra.

Nosotros veríamos, como las espigas que tengan aunque sea una sola semillita son tomadas por los cosechadores celestiales al cielo, que la mas mínima chispa de Cristo en el hombre — como una única semillita en la espiga, ya salva al hombre. Todo lo oscuro se tacha, se corta, se toma solo la única chispa, y ella se hace la vida eterna del hombre. ¡Gloria a la salvación de Cristo! Verdaderamente nosotros no tenemos nada dentro nuestro, excepto nuestra dignidad humana que yace en el polvo. Y de este polvo surgimos por la gracia de Cristo, y como una chispa somos llevados al cielo. Pero somos llevados, si se encendió en nosotros esta chispa de amor a Dios, si somos capaces de distanciarnos en el alma de todo lo mortal en el mundo, si somos capaces de percibir esto mortal hasta en lo mas mínimo y rechazarlo. La sensibilidad hacia lo mas pequeño dentro nuestro será para nosotros un indicio de la salud de nuestra alma. Si los átomos verdaderamente encierran dentro de sí sistemas solares exactos, entonces esto será para nosotros un perfecto ejemplo de la uniformidad orgánica de todo pecado menudo o grande.

El tema acerca de la negación de hasta el mas mínimo pecado nos lleva a la cuestión mas importante de la vida del hombre: la cuestión acerca de la vida después de la muerte.

La revelación de la Iglesia afirma, que el alma que no se ha liberado de una u otra pasión trasladará esta pasión suya al otro mundo, donde, en vista de la ausencia del cuerpo será imposible satisfacer esta pasión, por lo cual el alma permanecerá en una continua angustia de autoquemación, sed de pecado y lujuria, sin la posibilidad de satisfacción.

El sibarita, que piensa solo acerca de la comida, como lo mas importante en su vida terrenal, indudablemente va a sufrir después de su muerte, estando privado del alimento corporal, pero no habiendo perdido la sed espiritual de ansiarlo. El alcohólico continuamente se desgarrará no teniendo cuerpo, que pueda ser satisfecho, inundándolo con alcohol, y con eso calmar un poco, por un tiempo, su alma sufriente. El fornicador experimentará el mismo sentimiento. El amante del dinero también... El fumador — también.

Es fácil hacer la experiencia. Que el fumador deje de fumar por dos o tres días. ¿Que es lo que va a experimentar? Un notorio sufrimiento, que todavía se puede suavizar con todas las relaciones y diversiones de la vida. Pero faltando la vida con todas sus diversiones... El sufrimiento se agudizará. No es el cuerpo el que padece, sino el alma, que vive en el cuerpo, que se ha acostumbrado a satisfacer su pasión a través del cuerpo. Privada de la satisfacción, el alma sufre. Así es como sufre, por supuesto, también el alma de un pecador rico, que de pronto ha sido privado de la riqueza, el alma del perezoso, privada de su tranquilidad, el alma del egoísta, cuando ha recibido un golpe en su orgullo... ¡Cuantos suicidios ha habido sobre este terreno! Todo esto es la experiencia desnuda de nuestra vida sobre la tierra. Ya aquí sobre la tierra nosotros podemos hacer experiencia sobre nuestra alma. Cada hombre debe ser precavido. Es necesario velar sobre nuestra casa y no dejarla minar (Mat. 24:43).

Asumiendo todo esto, ¿acaso podemos entregarnos tranquilamente a las pasiones, o hasta separarlas en serias e "inocentes?" Pues el fuego siempre es fuego — así como en el horno de una casa, como en una cerilla encendida. Tanto el uno como el otro son dolorosos para el hombre que los toca, y pueden ser mortales. Es necesario comprender esta indiscutible verdad, que cualquier pasión, cualquier rencor, ira, cualquier lujuria --- es fuego.

La ley de Dios encerró los instintos del cuerpo humano en marcos, y a las energías de la voluntad y de la excitación, da una dirección verdadera para que el hombre con comodidad y fácilmente avance hacia la espiritualización. ¿Cómo denominar al hombre, el cual, comprendiendo todo esto, trata tranquila y livianamente a sus pasiones, las disculpa, adormeciendo a los indicios de la salvadora sensibilidad del alma?

Es necesario, ante todo, dejar de absolver a su deseo — hasta el mas pequeño, es necesario condenarlo ante Dios y ante si mismo. Hay que rogar por la liberación y la salvación. El Señor Salvador se llama así no en forma abstracta, sino, realmente. El Salvador salva de todas las debilidades y pasiones. Él redime. Él sana en una forma visible, perceptible. Sanando perdona. El perdón es la sanación de lo que hay que perdonar. Se de solo a los que están hambrientos y sedientos de esta verdad. A los que simplemente quieren, tibios en sus deseos, no se les da la sanación. En cambio, a los ardientes, por su parte, a los que son fervorosos, los que imploran, que persisten en el corazón — se les da. Porque solo ellos son capaces de valorar el don de la sanación Divina, no pisotearla, sino agradecer por ella, resguardarse sensiblemente con el nombre del Salvador de nuevas tentaciones del mal.

Por supuesto, el fumar — es una pasión no muy grande, como una cerilla es un pequeño fuego. Pero este deseo — es contrario al espíritu, y no es posible siquiera imaginarse a alguno de los mas cercanos de los discípulos del Señor — fumando un cigarrillo.

"Aniquila el deseo pequeño," dicen los santos. No hay tal bellota, que no contenga dentro de sí un roble. Así es también con los pecados. Una maleza pequeña se arranca fácilmente. Una grande requiere herramientas especiales para ser desarraigada.

El sentido espiritual del fumar y de todos las pequeños "justificables" infracciones e ilegalidades contra el espíritu es la disolución no solo del cuerpo, sino también del alma. Esto es un falso tranquilizarse de sí mismo (de sus "nervios," como se dice a veces, no dándose cuenta, que los nervios — son un espejo corporal del alma). Este "tranquilizarse" conduce cada vez mas a un mayor distanciamiento de la verdadera paz, de la verdadera consolación del Espíritu. Este "calmante" — es un espejismo. Ahora, mientras tenemos un cuerpo, es necesario renovarlo continuamente. Después — este calmante narcótica será la fuente de una martirizante esclavitud del alma.

Hay que entender, que él que estalla en su furia — también se tranquiliza, hasta una nueva explosión de ira. Tranquilizarse a sí mismo, satisfaciendo la pasión, no se puede. Se puede calmar solo sobreponiéndose a la pasión, absteniéndose de ella. Se puede calmar solo llevando la Cruz de la lucha contra toda pasión, hasta la mas mínima. La Cruz de no aceptarla en su corazón. Este es el camino de una felicidad verdadera, fiel y eterna. El que se eleva sobre la niebla, contempla el sol y el cielo eternamente azul. El que se eleva sobre las pasiones entra en la esfera de la paz de Cristo, de una inexpresable felicidad, que comienza ya aquí, sobre la tierra, y es alcanzable para cada persona.

El espejismo de la felicidad — es el cigarrillo. Como así también, cuando nos enojamos contra alguien, o nos enorgullecemos delante de alguien... No debemos buscar tales felicidades. Su continuación son cocaína, golpe o tiro. Bienaventurado es el hombre, que rechaza este género de "felicidad." Esta demoníaca "felicidad" que reina en el mundo es una ramera, que se introdujo en la unión del alma humana con Cristo, Dios de Verdad y gozo puro y feliz.

Toda consolación fuera del Espíritu Santo Consolador solo es una insensata seducción, sobre la cual construyen sus sueños los organizadores del paraíso humano. El Consolador — es únicamente el Espíritu Creador de la Verdad de Cristo.

Orar en el espíritu, fumando un cigarrillo, es imposible, como también predicar. El cigarrillo se tira antes de entrar en el templo, pero nosotros también somos — templo de Dios. El que

quiere ser siempre templo Divino, que tire para siempre el cigarrillo, como un sentimiento impuro. La conducta hacia un pequeño movimiento del alma — es el termómetro de la calidez de la fe del hombre y de su amor a Dios.

Podemos imaginarnos un siguiente ejemplo de la vida: el tabaco, como planta, no tiene en sí ningún mal (como no lo tiene la arena aurífera, como el algodón, del que se hace el dinero en papel). El alcohol suele ser muy provechoso al hombre en determinadas circunstancias y en determinadas dosis, como el té o el café usados en forma moderada. El damasco es también una planta de Dios y da madera para los muebles. Pero si tomáramos estos términos en el siguiente enlace: el hombre está sentado en el sillón, fuma un cigarro, lo acompaña con licor de damasco... ¿puede un hombre en esas condiciones orar a Dios? Físicamente — si, puede, espiritualmente — no puede. ¿Porque? Pues porque el hombre en este momento está disoluto, su alma se hundió en el sillón, en el cigarro, en el alcohol. En ese minuto dentro de él casi no hay alma. Y como el hijo pródigo del Evangelio él vaga errabundo por lejanas regiones. Así el hombre puede perder su alma. Y es bueno si la encuentra a tiempo, lucha, para no perderla, y vigila sobre su alma, como sobre un niño amado. El alma — es el niño de la inmortalidad, indefenso en las condiciones del mundo circundante. ¡Cuán necesario es defender y amar nuestra alma, predestinada para la vida eterna! ¡Oh, cuan necesario es limpiar hasta la mas pequeña mancha de ella!

Ante cualquier disolución de espíritu, es menor pecado no hablar de Cristo, que hablar de Él. He aquí donde está la respuesta al hecho, de porque el mundo guarda silencio acerca de Cristo, porque ni en las calles, ni en los restaurantes, ni en una conversación amistosa la gente no habla del Salvador del Universo, del Único Padre del mundo, — a pesar de la multitud de personas que creen en Él.

No siempre es vergonzoso delante de la gente hablar acerca de Dios; a veces suele ser vergonzoso delante de Dios hablar a la gente acerca de Él. El mundo comprende instintivamente, que en nuestra circunstancia contemporánea — hay menos pecado en guardar silencio acerca de Cristo, que en hablar de Él. Y por eso el mundo calla acerca de Dios. Horrible síntoma. El mundo inunda este vacío con legiones de palabras, y — ni una palabra, prácticamente ninguna palabra acerca de Dios, acerca del Principio, del Fin y del Punto Central de todo.

Porque comenzar a hablar de Dios, significa allí mismo acusarse a sí mismo y a todo el mundo. Y si se dice alguna palabra, es difícil llevarla hasta su término — tanto delante de nosotros mismos como delante de todo el mundo.

Si en el hombre no hay repugnancia hacia sus pecados pequeños, — él no está sano espiritualmente. Si hay repugnancia, pero no hay fuerzas para vencer la debilidad, significa que ella se deja hasta aquel tiempo, cuando el hombre muestre su fe en la lucha contra algo mas peligroso para él, que la debilidad dada, y ella le es dejada para fomentar su humildad. Porque no son pocas las personas que a primera vista son intachables, no bebedoras ni fumadoras, pero semejantes, según las palabras de san Juan Escalerista, a una manzana podrida, o sea colmados de una soberbia visible u oculta. Y no hay posibilidades de humillar su soberbia, sino solo con alguna caída. Pero quedará fuera del Reino de Dios y de sus leyes aquel, que por si mismo, por sus propios entendimientos se perdona a sí mismo sus pequeños pecados. Un hombre así, que adormece su conciencia, se hace incapaz de traspasar las fronteras de la verdadera vida del espíritu. Él resulta semejante a aquel joven, que se acercó a Cristo, y al momento se alejó de Él con amargura, o acaso tal vez hasta sin pesadumbre, y simplemente para... ¡fumarse un cigarrillo!

La rigurosidad y el puritanismo son ajenos al espíritu evangélico. La virtud farisea --- sin amor — es mas oscura en los ojos de Dios, que cualquier pecado. Pero también la tibieza de los cristianos hacia el cumplimiento de los mandamientos — es igual de oscura.

Porque la voluntad de Dios es "nuestra santificación" (1 Tesal. 4:3). La conciencia sensible por si misma enfatizará aquel polvo extraño, que yace sobre las heridas del alma.

El Hijo de Dios e Hijo del Hombre nos dio un mandamiento para el Ansia: "Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre Celestial." Con esto el Señor si dijera a la gente: hombres, Yo no os doy la medida, — defínanla vosotros mismos. Determinad vosotros mismos la medida de vuestro amor a Mi pureza, y vuestra obediencia a este amor.



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Pensamientos sobre este tema


El pecado — en el no deseo de salir del estado de auto-identificación, del "¡Yo = Yo!" La afirmación de sí mismo, y en relación hacia el otro, —hacia Dios y hacia todo lo creado, como cosas secundarias. Esto es la raíz del pecado! Todos los pecados privados — son solo una variante visible, solo son la revelación de la auto obstinación, el mismísimo. En otras palabras, el pecado es aquella fuerza a resguardarse solo personalmente a sí mismo, que convierte la personalidad en un fetiche, un ídolo para sí mismo, explica y fundamenta el Yo sobre el Yo, y no sobre Dios.

El pecado es aquella enraizada tendencia del Yo, por la cual el Yo se afirma en su particularidad, en su desconexión, y hace de sí mismo el único punto de la realidad. El pecado es aquello, que cubre del Yo toda la realidad, porque ver la realidad — significa precisamente salir de sí mismo y desplazar su Yo hacia otro, ponerlo en lo visible, o sea — amar. De aquí, el pecado es aquel muro divisor, que pone su Yo entre sí mismo y la realidad, el cubrimiento del corazón con una corteza. El pecado es algo no trasparente, tinieblas, bruma, oscuridad, por lo cual también se dice: "Las tinieblas le han cegado los ojos" (1 Juan 2:11), y son muchos los dichos de las Escrituras, donde la palabra "oscuridad" — es sinónimo de "pecado." El pecado en su ilimitado desarrollo, o sea el infierno, es la oscuridad, las tinieblas, la falta de claridad. Pues la luz es la aparición de la realidad, la oscuridad por su parte — la separación, el desacoplamiento, la mutilación de la realidad, la imposibilidad de presentarse uno al otro, la invisibilidad del uno al otro. El mismo nombre infierno — es ese lugar, ese estado, con el cual no hay visibilidad, él no se puede ver y dentro de él no se ve nada. El infierno — no tiene aspecto, como dice Platón, es invisible y no observable, por la definición de Plutarco, y Homero habla de una "nebulosa oscuridad."

En una palabra, el pecado es aquello, que priva de la posibilidad de fundamentación, o sea sensatez y juicio. En la carrera tras el pecaminoso racionalismo, la consciencia pierde toda la racionalidad inherente a toda la existencia. Por causa de la raciocinación, ella deja de contemplar inteligentemente. El mismo pecado — es algo completamente razonador, colmado por la magnitud del raciocinio, el raciocinio en el raciocinio — cosa del diablo, porque el diablo-mefistófeles — es una desnuda raciocinación.





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Cuando entramos en la iglesia, recibimos la bendición de Dios....


¿Has notado cómo, con tan sólo entrar en la iglesia, tus sentimientos se sosiegan, mucho más que si simplemente oraras durante una hora en tu habitación? Porque aquí, en la iglesia, no sólo tu oración se eleva, sino que también el Espíritu Santo desciende a los corazones de todos.

Una sólo cosa le pedí al Señor: habitar en Su casa todos los días de mi vida. Esta es la respuesta. Pero que cada uno obre de acuerdo a sus posibilidades.

El alma que ama al Señor desea estar, todos los días de su vida, en Su casa. No existe una bendición más grande para ella. Pero no todos consiguen hacerlo. Por eso, al menos cuando haya oficios litúrgicos hay que asistir. Precisamente por eso fue que la Iglesia fijó las grandes fiestas para los domingos. Pero si tenemos un poco de amor —y tiempo libre— al menos un día, podemos asistir también entre semana.

Si la iglesia queda cerca de tu casa, puedes pasar con más frecuencia, al menos a venerar los íconos. Es de gran bendición el pasar antes de ir al trabajo o antes de hacer cualquier otra actividad importante, con tal de recibir la bendición de Dios, por medio de la gracia que allí habita.

¿Has notado cómo, con tan sólo entrar en la iglesia, tus sentimientos se sosiegan, mucho más que si simplemente oraras durante una hora en tu habitación? Porque aquí, en la iglesia, no sólo tu oración se eleva, sino que también el Espíritu Santo desciende en los corazones de todos.

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Friday, September 18, 2015

Cómo cambiar tu vida desde sus cimientos ( Santo Paisio del Monte Athos )


En el preciso momento en que leía esa poesía, escrita en el reverso de la fotografía que el stárets envió a su mamá después de ser tonsurado monje, algo cambio dentro de mí. Comencé a llorar profundamente, mi corazón se conmovió y, entre lágrimas, sólo alcancé a decir, “Dios mío, ayúdame para que, por las oraciones del Santo Stárets Paisios, pueda llegar yo también a ser monje!”

El señor Gheorghe Nicolau, de Atenas, da el siguiente testimonio:

“Sucedió un domingo de octubre, en el año 1996. Ese día, junto a un amigo, visité el Monasterio “San Juan Bautista” de la ciudad de Karea, para participar de la Divina Liturgia. Mi intención era que se oficiara la ceremonia por cumplirse el primer aniversario de la muerte de mi madre. Era la primera vez que iba a la iglesia después de mucho tiempo. Cuando se terminó la Divina Liturgia, me dirigí a la librería del monasterio, en donde. entre muchísimos más, me llamó la atención un libro del Padre Paisios. En aquel momento, mi corazón saltó. Sin pensarlo más, compré el libro y, al llegar a casa, mi única prisa era comenzar a leerlo. En el preciso momento en que leía esa poesía, escrita en el reverso de la fotografía que elstárets envió a su mamá después de ser tonsurado monje, algo cambio dentro de mí. Comencé a llorar profundamente, mi corazón se conmovió y, entre lágrimas, sólo alcancé a decir, '¡Dios mío, ayúdame para que, por las oraciones del SantoStárets Paisios, pueda llegar yo también a ser monje!'. Nunca antes había tenido semejante idea, pero en ese momento las palabras brotaron solas.

Lo más maravilloso de todo es que, seis años después de aquel suceso, me estoy preparando para ser tonsurado monje. Mientras leía aquel libro, perdí por unos momentos la noción del tiempo y del espacio, y pude ver al Santo Stárets Paisios, tomado de la mano con mi mamá. Entonces algo me estremeció, porque lo que veía me parecía estar sucediendo en realidad. Todo esto se lo conté a un sabio stárets, quien me dijo que aquella fue una visión legítima y no un engaño por parte del maligno. Después de todo lo acontecido, comencé a asistir a la iglesia con más frecuencia, empezando por los domingos y los días festivos. Poco antes de la Navidad de 1996, cuando me confesé por primera vez en mi vida, sentí una felicidad incontenible. Nunca antes había sentido una alegría comparable. Sólo Cristo puede traer paz al alma. En mayo de 2002 pude visitar la celda del Santo Piadoso Paisios el Aghiorita. Estando allí, no pocas veces pude percibir un agradable aroma”.


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