
Según las palabras del Señor, no es conveniente ser rico, sino pobre: no juntar riquezas en la tierra sino en el cielo. Indiferente y sana actitud hacia la riqueza es servirse de ella conforme a los mandamientos: esto para nosotros es útil en muchos casos, ante todo para purificar el alma de los pecados.
Nuestra mayor suerte no es pues, la abundancia en cosas temporales, sino que nosotros somos llamados a coparticipar en los verdaderos y eternos bienes.
Los ascetas primeramente acumulan los bienes del reino prometido, porque con todas sus virtudes, con su forma de vida y su unión, ellos representan fielmente el reflejo de la forma de vida en el cielo, ellos viven sin nada propio, no tienen nada propio, todo es en común.
Por cosa propia no se tenga en consideración: ni vestido, ni cosas de la cocina, ni alguna otra necesaria para la vida. Sean pues todas estas cosas al servicio de la necesidad. Tener algo como propietario, contradice a las afirmaciones de los Hechos de los Apóstoles, donde está escrito: "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas" (Hch. 4:32). Pues, cuando llama a algo suyo, se aleja de la Iglesia de Dios y del amor de Cristo quien nos enseñó con la palabra y con el ejemplo a dar su vida por sus amigos (Jn. 15:13). Pues, cuando la vida hay que dar por los demás, entonces, cuanto más las cosas presentes.
San Basilio el Grande
Dos visiones de San Andrés el loco en Cristo
Una visión de San Andrés el Loco en Cristo: San Andrés, caminando un día por las calles de Constantinopla, vio un gran y espléndido funeral. Un hombre rico había muerto, y su cortejo era magnífico. Pero cuando miró más de cerca, Andrés vio una multitud de pequeños hombres negros brincando alegremente alrededor del cadáver, uno sonriendo como una prostituta, otro ladrando como un perro, un tercero gruñendo como un cerdo, un cuarto cubierto de algo asqueroso por todo el cuerpo. Y se burlaban de los que cantaban mientras decían: “¡Estáis cantando sobre un perro!” Andrés, maravillado, se preguntaba lo que este hombre había hecho. Volviéndose, vio a un hermoso joven llorando de pie detrás de una pared. “Por el bien del Dios de los cielos y de la tierra, dime la razón de tus lágrimas”, dijo Andrés. El joven entonces le dijo que él había sido el ángel guardián del que había muerto, pero que el hombre, por sus pecados, había ofendido grandemente a Dios, ignorando el consejo de su ángel y entregándose por completo a los demonios negros. El ángel dijo también que este hombre fue un gran e impenitente pecador: un mentiroso, una persona que odiaba a los hombres, un avaro, derramador de sangre y un hombre depravado que había conducido a trescientas almas a la inmoralidad. Fue vanamente honrado por el Emperador y respetado por el pueblo. Y vanamente se realizó este funeral pues la muerte le sorprendió sin arrepentirse; la cosecha se recogió sin avisar.
Otra visión de San Andrés el Loco en Cristo: San Pablo no fue el único en ser arrebatado al paraíso y en escuchar “palabras inefables” (II Cor 12:04.). Más de ochocientos cincuenta años después de San Pablo, esto le sucedió a San Andrés. Una noche de invierno, San Andrés yacía entre los perros en un muladar, con el fin de calentar su cuerpo congelado. Un ángel se le apareció y le llevo al paraíso (si en el cuerpo o fuera del cuerpo, el propio San Andrés fue incapaz de explicarlo) y lo mantuvo durante dos semanas en el mundo celestial, llevándole hasta el tercer cielo. “Me vi vestido con brillantes ropas como de un rayo, con una corona de flores en la cabeza y ceñido con un cinturón real, y me regocijé grandemente de esta belleza; y estaba maravillado en mi mente y en mi corazón por la hermosura del Paraíso de Dios, y caminé por el paraíso con gran alegría.”
Después de eso, San Andrés escribe sobre cómo vio a Cristo el Señor: “Y cuando una mano llameante descorrió la cortina, vi a mi Señor como el profeta Isaías lo vio en otro tiempo, sentado sobre un trono, alto y sublime, y rodeado de serafines. Iba vestido con una vestimenta de color rojo púrpura, Su rostro resplandecía y sus ojos se posaron en mí con gran bondad. Al verlo, me postré ante Él, adorando el magnífico trono de Su gloria. No tengo palabras para describir la alegría que se apoderó de mí al ver Su rostro; y ahora, al recordar esta visión, me lleno de un gozo inexplicable. Y oí a mi Creador misericordioso decirme tres palabras con sus dulcísimos y puros labios, que tanto endulzaron e inflamaron mi corazón con amor por Él que me derretí como cera de tal calidez espiritual.“ Cuando San Andrés preguntó, después de esto, si sería posible ver a la Santísima Madre de Dios, se le dijo que de momento no estaba en el cielo, ya que había descendido a la tierra para ser de ayuda a los pobres y necesitados.
Los Prólogos de Ochrid, vol. 4 Lazarica Press, Birmingham, 1986, pp 15, 18-19.
Sobre la eficacia de las oraciones por los difuntos
El amor es todopoderoso. Puede, entre otras cosas, suavizar la sentencia sobre las almas de los pecadores que han partido. La Iglesia Ortodoxa enfatiza deliberadamente esto, y se esfuerza por ofrecer oraciones y limosnas por los difuntos. Más rica en toda experiencia espiritual, la Iglesia Ortodoxa sabe que las oraciones y limosnas por los difuntos, les ayuda en el otro mundo. Santa Athanasia la Abadesa (12 de abril) encargó a sus monjas que preparasen una mesa para los pobres y necesitados durante cuarenta días después de su muerte. Las monjas lo cumplieron tan sólo durante diez días, y luego dejaron de hacerlo. La santa entonces se apareció, acompañada por dos ángeles, y le dijo a las monjas: “¿Por qué no habéis cumplido mis instrucciones? Sabed que por las limosnas y oraciones del sacerdote por las almas de los difuntos durante los cuarenta días, se invoca la misericordia de Dios. Si las almas de los que han partido son pecadoras, recibirán a través estás limosnas, el perdón de Dios de sus pecados; y si son almas sin pecado, entonces serán eficaces para el perdón de aquellos que hacen la limosna». Ella está aquí, por supuesto, pensando en limosnas y oraciones hechas con un gran amor por las almas de los difuntos. Estas limosnas y oraciones son realmente de ayuda.
Ibid., Vol. 3, p. 15.
El poder del arrepentimiento para salvar un alma
PARA EXAMEN
¿Puede un pecador, en el espacio de diez días, realizar un arrepentimiento completo de su pecado? Por la gracia inconmensurable de Dios, puede. En la época del emperador Mauricio, había un bandido muy conocido en la región alrededor de Constantinopla, tanto en el campo como en la propia capital, que inspiraba temor y temblor. Entonces, el propio Emperador le envió una cruz, como promesa de que no le castigaría si se entregase. El bandido tomó la cruz, y, efectivamente, se entregó. Al llegar a Constantinopla, se postró a los pies del emperador y le pidió perdón. El emperador mantuvo su palabra, tuvo misericordia de él y le dejó ir libre. Inmediatamente después de eso, el bandido cayó gravemente enfermo y sintió que la muerte se acercaba. Comenzó a arrepentirse amargamente de todos sus pecados, e imploró a Dios con lágrimas que le perdonara como el Emperador lo había hecho. Derramó muchas lágrimas en su oración, de tal forma que el pañuelo con el que se secaba las lágrimas se empapó completamente, y tras diez días de oración y llanto murió. La noche de su muerte, el médico que lo había estado asistiendo tuvo una extraña visión en un sueño: cuando el bandido en la cama exhaló su último suspiro, una serie de pequeños hombrecillos de color negro se reunieron en torno a él, y seguidamente comenzaron a florecer trozos de papel en los que estaban escritos sus pecados, y a continuación aparecieron dos gloriosos ángeles. Se colocó en medio una balanza; y seguidamente los hombrecillos negros alegremente pusieron todos los pedazos de papel en ella, y el lado de la balanza donde estaban ellos se cargó mientras que el otro estaba vacío. “¿Qué podemos poner?” “preguntaron los ángeles entre sí.” Vamos a buscar algo bueno en su vida”. Luego apareció en la mano de uno de los ángeles el pañuelo empapado con las lágrimas del arrepentimiento. Los ángeles rápidamente lo colocaron en su lado de la balanza, y de golpe sobrepaso al otro lado con todos sus papeles. Entonces, los pequeños hombrecillos negros huyeron, gritando en agonía; sin embargo los ángeles tomaron el alma del hombre y la llevaron al Paraíso, glorificando el amor de Dios por la humanidad.
Ibid., Vol. 4, pp 81-82.
Un ejemplo de cómo las almas pueden ser recompensadas o castigadas
Tanto el castigo y como la recompensa están en manos de Dios. Pero, como esta vida terrenal no es más que una sombra de la verdadera vida en el cielo, así también el castigo y la recompensa aquí en la tierra no son más que una sombra del verdadero y eterno castigo o recompensa. Los mayores perseguidores del santo jerarca de Dios Crisóstomo fueron Teófilo, Patriarca de Alejandría y la emperatriz Eudoxia. Tras la muerte de Crisóstomo en el martirio, cayó un duro castigo sobre ellos. Teófilo se volvió loco, y la emperatriz Eudoxia fue expulsada de la corte por el emperador Arcadio. Eudoxia pronto cayó enferma de una enfermedad incurable; se abrieron llagas por todo su cuerpo y salían gusanos de sus heridas. Salía un hedor tan fuerte de sus llagas que la gente en la calle apenas podía pasar delante de su casa. Los médicos usaron los perfumes con las fragancias más fuertes y poderosas, también usaron ungüentos e inciensos en un intento de mitigar el hedor de la afligida Emperatriz, pero sin éxito alguno, y finalmente murió en la inmundicia y la agonía. Pero la mano de Dios fue aún más pesada sobre ella después de su muerte. El ataúd que contenía su cuerpo se sacudió día y noche durante treinta largos años, hasta que el Emperador Teodosio traslado las reliquias de Crisóstomo a Constantinopla. Pero, ¿y qué le pasó a Crisóstomo después de su muerte? Fue recompensado con una recompensa que sólo Dios puede dar. Adeltius, el obispo árabe que recibió en su casa en Cucusa a Crisóstomo cuando fue exiliado, oró a Dios después de la muerte del santo para que le revelase donde estaba el alma de Crisóstomo. Una vez, cuando estaba en oración, fue como sacado de sí mismo, y vio a un joven bañado en la luz, que lo llevó al cielo y le mostró el rango de los jerarcas, pastores y maestros de la Iglesia, nombrando a cada uno de ellos. Pero no vieron allí a Juan (Crisóstomo). Entonces el ángel de Dios le llevó a la salida del Paraíso, y Adeltius estaba muy abatido. Cuando el ángel le preguntó la causa de su tristeza, Adeltius respondió que estaba muy angustiado por no haber visto a su maestro, Juan Crisóstomo, entre los jerarcas. El ángel le respondió: «Ningún hombre que se encuentre aún en la carne puede verle, porque se encuentra junto al trono de Dios, con la angélica compañía de los querubines y serafines.
Ibid., Vol. 4, pp 193-194.
Una apariencia de un monje a sus hermanos
La Iglesia Ortodoxa posee un tesoro inagotable en la evidencia de la vida después de la muerte. Por tomar un ejemplo entre muchos; uno que al mismo tiempo testifica que el espíritu del hombre vive después de la muerte corporal y que la obediencia voluntaria trae la bienaventurada inmortalidad: cuando San Teodosio el Grande fundó un monasterio, tenía al principio sólo siete monjes. Para establecerlos bien en el recuerdo de la muerte, les ordenó cavar una tumba. Cuando la tumba estaba lista, Teodosio se puso sobre ella, reunió a los siete y les dijo: ‘Bueno, hijos míos; ¡la tumba ya está lista! ¿Hay entre vosotros alguien que está listo para morir, para ser enterrado en esta tumba? “Uno de ellos, un sacerdote llamado Basilio, cayó de rodillas y suplicó para que Teodosio le diera la bendición para morir. Teodosio ordenó que se celebrasen servicios fúnebres en su memoria al tercer, noveno y cuadragésimo día, como es costumbre por los difuntos. Cuando se terminó el cuadragésimo memorial , Basilio, que se encontraba plena salud, se acostó y murió. Y fue enterrado en la nueva tumba que habían hecho. En el cuadragésimo día después de su entierro, Basilio se apareció por la mañana entre sus hermanos en la iglesia y cantó con ellos. Al principio sólo Teodosio le vio, pero rezó a Dios para que abriera los ojos de los demás. Entonces todos los hermanos miraron y vieron Basilio entre ellos. Uno de los hermanos, Letius, extendió los brazos con alegría, con la intención de abrazar a Basilio, pero éste desapareció. La voz de Basil se escuchó: “Sed salvos, mis padres y hermanos, sed salvos!
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La Santa Montaña, 23 de enero de 1969
Reverendo Padre Haralambos:
Considerando la gran agitación que ha tenido lugar en nuestra Iglesia, a causa de los diferentes grupos que obran por la unión (de las iglesias), así como los encuentros entre el Patriarca Ecuménico y el papa, estoy profundamente entristecido como hijo de la Iglesia.
También pensé que sería bueno que además de mis oraciones, escribiera estas pocas palabras que vienen al pobre monje que soy, para que sirvan para volver a coser las diferentes partes de la vestimenta de nuestra Madre (la Iglesia). Sé que demostraréis vuestro amor y las compartiréis con vuestros hermanos. Gracias.
Ante todo pido perdón a cada uno por la audacia con la que escribo estas palabras, pues no soy ni un santo ni un teólogo. Deseo que cada uno comprenda que lo que escribo es la expresión de mi profunda tristeza, que resulta de la actitud infortunada mostrando un amor por el mundo, de parte de nuestro padre el Patriarca Atenagoras.
Parece que ama a otra mujer más moderna que se llama la iglesia del papa, porque nuestra Madre Ortodoxa ya no le impresiona de ninguna forma, pues es modesta.
Este amor, de parte de Constantinopla, provoca grandes impresiones entre los ortodoxos de nuestros días, que viven en un entorno en el que el amor está desnudado de sentido y están esparcidos en ciudades por doquier en nuestro mundo. Además este amor es conforme al espíritu de nuestro tiempo: la familia perderá su significado divino con esta clase de amor en el que el principio es la desintegración y no la unión.
Es con tal amor mundano con el que nuestro Patriarca nos dirige a Roma. Por tanto, debería amarnos primero, a nosotros sus hijos, así como nuestra Madre la Iglesia; desgraciadamente ha enviado su amor muy lejos. El resultado, es verdad, complace a sus hijos seculares que aman al mundo (aquellos que tienen este amor mundano) pero nos ha escandalizado completamente a nosotros, que somos los hijos de la Ortodoxia, jóvenes y viejos, y que tenemos temor de Dios.
Debo confesar con gran tristeza que entre todos los unionistas (ecumenistas) que he encontrado, no he visto a ninguno que tuviera gusto por la espiritualidad. Sin embargo, saben hablar de amor y unión, si bien no están unidos a Dios, pues no lo han amado.
Es con ternura con que suplico a todos los hermanos unionistas: ya que la unión de las iglesias es un asunto espiritual y tenemos necesidad de un amor espiritual, dejemos esta cuestión a los que tienen un gran amor de Dios y que son verdaderos teólogos, como los Padres de la Iglesia, que no son legalistas sino que continúan entregándose en servicio a la Iglesia (en lugar de comprar grandes cirios) y que están iluminados por el fuego de Dios en lugar de estar iluminados por el mechero del sacristán.
Debemos reconocer que no hay más que leyes naturales, pero de igual modo hay leyes espirituales. En consecuencia, la cólera que vendrá de Dios no podrá ser evitada por una reunión de los pecadores (y entonces recibiremos una cólera doble), sino con el arrepentimiento y la adhesión a los mandamientos de Dios.
Es porque deberíamos saber que nuestra Iglesia Ortodoxa no tiene ni un solo defecto. Las insuficiencias aparentes provienen del hecho de que no tenemos suficientes jerarcas y pastores que tengan una sólida base patrística. “Los elegidos son poco numerosos”. Eso no debe turbarnos. La Iglesia es la Iglesia de Cristo y Él la dirige. La Iglesia no es un edificio de piedras, de arena y de cimiento que pueda ser destruida, sino que la Iglesia es el Cristo mismo. “Y quien cayere sobre esta piedra, se hará pedazos; y aquel sobre quien ella cayere, lo hará polvo” (Evang. San Mateo 21:44).
Cuando lo necesite, Nuestro Señor resucitará a un Marco de Éfeso o a un Gregorio Palamás, para reunir a nuestros hermanos escandalizados, confesar la fe Ortodoxa, reforzar la Tradición y colmar de júbilo a nuestra Madre Iglesia.
En el pasado, numerosos fieles, monjes o laicos, se separaron de la Iglesia a causa de los unionistas. En mi opinión, cada vez que las gentes se separan de la Iglesia a causa de las faltas del Patriarca, no hacen nada bueno. Es desde dentro, cerca de nuestra Madre la Iglesia, donde está el deber y la obligación de cada miembro de luchar a su lado. Cesar de conmemorar al Patriarca, separarse y crear su propia iglesia y continuar hablando del Patriarca de forma hiriente, denota una falta de sentido.
Si por esta (u otra) desviación del Patriarca nos separáramos de la iglesia y creáramos nuestras propias iglesias, que Dios nos preserve, ¡sobrepasaríamos a los protestantes! Es más fácil separarse que unirse de nuevo.
Desgraciadamente tenemos muchas “iglesias” creadas por grupos importantes o incluso por una sola persona. Puede ser que cada uno haga su iglesia en su skite (hablo de cosas que suceden en la Santa Montaña) y se figure así que ha creado su iglesia independiente.
Si los unionistas (ecumenistas) infieren en la Iglesia su primera herida, los grupos que acabo de mencionar le infieren la segunda.
Oremos para que Dios nos ilumines, incluido el Patriarca Atenagoras, para que la unión entre estas “iglesias” se haga la primera, que la tranquilidad vuelva entre los fieles que han sido escandalizados, que la paz y el amor fraterno reine entre todos los miembros de las Iglesias Ortodoxas; entonces pensaremos en la unión con las otras “confesiones”, y si solamente desean abrazar sinceramente la fe Ortodoxa.
Debo añadir que hay un tercer grupo en nuestra Iglesia. Se trata de los hermanos que cuyos hijos son fieles pero que no tienen entendimiento espiritual entre ellos. Pasan su tiempo criticándose unos a otros y no es para el buen combate. Se vigilan mutuamente (en lugar de vigilarse a si mismos) y hacen críticas violentas a lo que unos y otros dicen o escriben.
Esto resulta en mucho mal, pues se hacen daño mutuamente. Esto siembra la incredulidad en el corazón de los débiles, pues el comportamiento de estas personas los escandaliza.
Desgraciadamente entre nosotros hay quien hace reclamaciones insensatas sobre otros. Queremos que conformen su carácter espiritual a nuestro modo. En otros términos, si alguien no está en armonía con nuestro carácter, o bien si es un poco dulce con nosotros, o incluso si es un poco cortante, concluimos inmediatamente que no es una persona espiritual. Ahora bien, todos somos necesarios en la Iglesia; todos los Padres, los dulces como los austeros han ofrecido su servicio a la Iglesia. Es como las hierbas, pueden ser dulces o amargas y en todos los casos hacen bien a nuestro cuerpo. Sucede lo mismo con el Cuerpo de la Iglesia, todos son necesarios. Cada uno completa el carácter espiritual del otro y todos somos ligados entre nosotros para soportar, no solamente nuestras diferencias de carácter, sino igualmente nuestras debilidades humanas.
De nuevo os pido perdón por haber escrito con audacia. No soy más que un pobre monje y mi trabajo es luchar en la medida de mis posibilidades para librarme del hombre viejo y ayudar a otros en la Iglesia con la ayuda de Dios, por la oración.
Por eso, estas noticias que hieren el corazón, concerniente a nuestra Santa Ortodoxia, y que son recibidas en mi ermita, me entristecen grandemente, y por esa razón he escrito lo que he sentido.
Oremos para que Dios nos conceda su Gracia y que cada uno pueda contribuir a su manera a la gloria de nuestra Iglesia.
http://cristoesortodoxo.com/2012/04/20/carta-privada-del-padre-paisios-el-atonita-concerniente-al-ecumenismo/

Introducción
El padre Cleopa (Ilie) es uno de los más grandes espirituales rumanos del siglo XX. Es también aquel que ha tenido mayor influencia sobre el monaquismo rumano y sobre la Iglesia ortodoxa de Rumania en general. Está todavía presente, en el recuerdo de su persona carismática y sobre todo a través de sus escritos espirituales, en la vida de muchísimos monjes y fieles de Rumania, y es conocido también más allá de las fronteras de este país porque algunos de sus escritos han sido traducidos a diversas lenguas. El padre Cleopa es uno de los últimos grandes representantes de la tradición hesicasta en Rumania renovada por el starec Paisij Velickovskij del Monasterio de Neamt, en Moldavia.
Yo soy uno de sus numerosos discípulos. Por treinta años lo he frecuentado y escuchado con gran amor. Tenía un verdadero don para el ministerio de la palabra, se dirigía a la multitud que lo buscaba incesantemente y para no desatender este don, a menudo el padre Cleopa enviaba a los que le pedían confesarse al padre Paisij (Olaru), apodado por la gente “el hesicasta”, otro gran espiritual de Sihastria, que confesaba día y noche. El padre Paisij era padre espiritual y confesor del padre Cleopa desde cuando éste último había entrado al monasterio. Y así, del padre Cleopa los fieles recibían la enseñanza de la fe a través de la palabra, mientras que del padre Paisij recibían el perdón de los pecados en el sacramento de la confesión. Es una verdadera bendición para mí hablar en esta sede de mi padre espiritual en el Señor. Oso hacerlo gracias a sus santas oraciones, convencido de que él intercederá por mí y por los que le han conocido, así como por el mundo entero, porque aquellos que han encontrado gracia ante el Señor interceden por los hombres, sus hermanos. No escondo que tengo una gran veneración por el padre Cleopa, que le rezo a menudo y que espero ver el día en el cual nuestra Iglesia lo propondrá como santo a la veneración de los fieles.
La vida del padre Cleopa
El padre Cleopa nació el 10 de abril de 1912 en una familia campesina, discretamente pudiente, profundamente cristiana, en el norte de Moldavia, en municipio de Sulitza, del departamento de Botosani. Era el quinto de diez hijos y en el bautismo recibió el nombre de Constantino. En los primeros dos meses de vida el niño estuvo tan enfermo que sus padres temían que muriese. Rechazaba el alimento y lloraba casi continuamente. Su madre, desesperada, lo llevó un día a lo del hieromonje Conon Gavrilescu, del skit de Cozancea, famoso por sus dones de exorcista y de sanador. El hieromonje le dijo que debía ofrecer el niño a la Madre de Dios poniéndolo en la iglesia con un cirio encendido ante el ícono de la Virgen. La madre obedeció, orando con muchas lágrimas: “Madre de Dios, te ofrezco este niño enfermo. Haz de él lo que quieras”. El niño más tarde se curó y no estuvo jamás enfermo hasta su muerte. El padre Conon le había predicho también que sobreviviría a todos sus hermanos y hermanas. Y así sucedió.
Los padres, Alejandro y Ana, eran muy piadosos, amaban a Dios, a la Iglesia y a los hijos. Su vida cristiana, al igual que la de todos los habitantes del país, se desarrollaba entorno a la iglesia con sus fiestas y sus eventos religiosos. Consideraban importantísima la educación de los hijos, tanto en la escuela, con sus siete años de estudio, como, sobre todo, en la casa. Era una educación profundamente cristiana. El padre Cleopa recordaba a menudo en sus prédicas la atmósfera religiosa de su familia. Decía: “En casa había una habitación cubierta de íconos, una especie de capilla. A media noche nos despertábamos para leer el salterio y hacíamos una centena de metanías. Luego volvíamos a la cama. Por la mañana orábamos también una hora”. Era más bien el padre quien era severo con los hijos, vigilaba de cerca su comportamiento moral y su rectitud de vida. El padre Cleopa recordaba también: “A la mañana, antes de ir a la escuela, nuestra mamá quería darnos de comer, y papá decía: ‘Mujer, déjalos. No morirán de hambre’. Recién al medio día, después de terminar las lecciones, tomábamos primero que nada el pan bendecido traído el domingo de la iglesia, y después comíamos. Los hermanos más grandes, sobre todo Miguel, no comían nada hasta cuando no habían terminado de leer todo el salterio.” Esta atmósfera que reinaba en casa y la educación religiosa recibida prepararon la vocación monástica de los cincos hijos que fueron monjes. Después de la muerte del padre, Alejandro, la mamá Ana se hizo también ella monja en el monasterio de Agapia recibiendo el nombre de Agafia. Se durmió en el Señor después de veinte años de vida monástica, en 1968, a la edad de noventa y dos años.
Después de la escuela obligatoria, a la edad de catorce años, siguiendo el ejemplo de sus dos hermanos mayores, el joven Constantino comenzó a frecuentar regularmente el skit de Cozancea, a cinco kilómetros de su ciudad natal. En el skit vivía también el padre Paisij, el hesicasta, que lo acogió como hijo espiritual.
Después de tres años, en 1929, Constantino partió definitivamente para el skit de Sihastria con la bendición del padre Paisij y acompañado por el hermano mayor Basilio. El skit de Sihastria era conocido por la severidad de la vida espiritual querida por el higúmeno Ioanichie (Moroi), un gran asceta, formado en la vida monástica en el Monte Athos. Siendo el único presbítero del skit, él celebró la divina liturgia cada día por veinte años, alimentándose únicamente de la eucaristía y de la prósfora con la cual preparaban los santos dones. Sólo el sábado y el domingo tomaba un poco de alimento con los hermanos para no faltar al amor en el trato con ellos.
El padre Cleopa contaba también las duras pruebas a las cuales eran sometidos los novicios en el skit de Sihastria. En cuanto a él y a su hermano, debieron permanecer tres días a la puerta del skit, con la orden de golpear constantemente un tronco de un árbol que había sido cortado recitando interiormente la oración de Jesús: “Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. A la tarde el ecónomo del skit los conducía a una celda para que descansaran antes del oficio de medianoche y de la mañana. Al día siguiente debían volver a comenzar a observar lo que les había sido pedido en la puerta del skit. La tarde del tercer día fueron conducidos ante de todo al higúmeno para la confesión general de los pecados. Éste les preguntó si el tronco golpeado hubiese reaccionado de alguna manera. La lección sacada por ellos era que el monje debe soportar todas las pruebas sin lamentarse. Después de tres días de ayuno total, recibieron de comer y al día siguiente comulgaron los santos dones. Entonces fueron integrados en la vida de la comunidad. El hermano Constantino recibió el encargo de ocuparse de las ovejas del skit, cosa que hizo con gran celo por trece años.
El hermano Constantino tenía una memoria excepcional. Era capaz de aprender de memoria el salterio entero, numerosos pasajes del Nuevo y del Antiguo Testamento, muchos himnos acatistos y muchas oraciones y también algunos textos de los Padres de la Iglesia que más tarde citaría abundantemente en sus prédicas y en sus escritos. Su pensamiento estaba impregnado de la santa Escritura y de los Padres de la Iglesia. Escuchándolo hablar, a veces por horas, se tenía la impresión de que no decía nada por sí mismo, porque todo lo que decía se inspiraba de las Escrituras y de los santos. Si bien había frecuentado la escuela sólo siete años. Asombrados de su ciencia, muchos les preguntaban dónde había hecho sus estudios universitarios. El padre Cleopa respondía bromeando: “Sobre las colinas de Sihastria, pastando las ovejas del skit”. En realidad, leyó muchísimo durante los años en los cuales ejerció la tarea de pastor: “toda la biblioteca de Neamt”, en la cual en el siglo XVIII vivió Paisij Velickovski (1722-1794), monasterio del cual dependía el skit de Sihastria antes de volverse monasterio en el 1947.
El 2 de agosto de 1937, después de ocho años de noviciado, el hermano Constantino fue tonsurado monje y recibió el nombre de Cleopa. Fue ordenado diácono el 27 de diciembre de 1944, y presbítero el 23 de enero de 1945.
De la vida del skit de aquella época se debe decir que el 30 de mayo de 1941 un incendio quemó las celdas de los monjes –eran una treintena-, la capilla y el techo de la iglesia, construcciones que estaban edificadas en madera. El anciano y santo higúmeno Ioanichie, viendo que todo su trabajo de más de treinta años había sido consumido por las llamas en pocas horas, hizo tres grandes metanías delante de la iglesia diciendo como Job: “El Señor lo dio, el Señor lo quitó, sea bendito el nombre del Señor” (Job 1,21). Y dirigiéndose a los monjes dijo: “No se desanimen porque todo esto ha sucedido por nuestros pecados. Soporten con coraje cada prueba y no abandonen este lugar santificado por la oración y las lágrimas de nuestros predecesores. Respetad con asiduidad el santo orden de este skit. Sabed que aquel que no respeta este orden, será expulsado por el mismo lugar. Si llevan una vida casta y si el amor reina en medio de ustedes, la Madre de Dios reedificará ella misma nuestro skit de sus cenizas y encontrarán paz y salvación. Pero si no respetan estrictamente la regla de oración, el ayuno y sus deberes de monje, este lugar será abandonado, porque Dios ama más un lugar abandonado que el lugar en el cual viven muchos monjes, pero negligentes e impuros.”
Es en esta situación que el padre Cleopa es elegido en junio de 1942 para suplir al higúmeno y, después de la muerte de éste, en 1944, se convierte, contra su querer, en superior del skit. Al cabo de algunos años, a pesar de las durísimas condiciones de la guerra, logró con la ayuda de Dios y de la Madre de Dios, patrona del lugar, restaurar completamente el skit. También la vida espiritual se renovó con la llegada de nuevos novicios y un ritmo de oración aún más intenso. A parte de los siete oficios de alabanza cada día, el nuevo higúmeno introdujo doce vigilias de toda la noche en el curso del año y la lectura ininterrumpida del salterio en la iglesia, durante los oficios. Cada monje, por turno, debía leer el salterio en la iglesia por dos horas. Esta regla es respetada hasta nuestros días.
En 1947 el skit será elevado a rango de monasterio y gozará de una influencia aún más grande sobre los fieles de la región y del país entero. Un importante evento en la vida del monasterio fue el traslado, el 1º de diciembre de 1948, del gran staretz Paisij, el hesicasta de Cozancea, a Sihastria. Rebosante de amor y de bondad, con un corazón misericordioso, el padre Paisij tenía el don de escuchar y de aconsejar cada día en el sacramento de la confesión a decenas de personas, no sólo a los monjes del monasterio que, según la regla, debían confesarse cada viernes, sino también de una multitud de fieles. Debe decirse que en Rumania los fieles amaban confesarse en los monasterios, sobre todo allí donde encontraban grandes starcy como el padre Paisij.
Pero Rumania empezó justo en esta época una nueva etapa de su historia. El 30 de diciembre de 1947 el rey debió abdicar. Se instaló la dictadura comunista y con esta la persecución religiosa. Centro de la persecución eran los sacerdotes y los monjes misioneros que tenían una influencia espiritual en sus fieles. El padre Cleopa estuvo entre los primeros puestos en la mira. El 21 de mayo de 1948, en el día de la fiesta de Constantino y de Helena, el padre Cleopa terminó su prédica en la iglesia con estas palabras: “El Señor conceda a nuestros dirigentes de hoy ser como los santos Constantino y Helena para que la Iglesia se acuerde de ellos a través de los siglos.” Después de la divina liturgia no tuvo ni siquiera tiempo de quitarse los ornamentos litúrgicos: un auto lo esperaba en la puerta del monasterio para conducirlo a la policía secreta donde debió permanecer cinco días sufriendo continuos interrogatorios y sin recibir nada de comer y ni de beber. Liberado después del interrogatorio, el padre pidió consejo a su padre espiritual y a muchos otros monjes y se retiró al bosque, no lejos del monasterio, donde se excavó una celda subterránea. Allí vivió en el más grande anonimato muchos meses.
El 6 de junio de 1948, después de la muerte del patriarca Nicodemo, la Iglesia ortodoxa de Rumania recibió a otro patriarca, en la persona de Justinian Marina, que tenía una cierta influencia sobre el presidente del partido comunista y que apreciaba de modo especial al padre Cleopa. Por pedido del patriarca, el padre, después de seis meses de reclusión, regresa al monasterio y retoma sus funciones con gran alegría de los monjes y de los fieles. Pero el nuevo patriarca tenía otro proyecto respecto al padre Cleopa. Desde el inicio de su patriarcado, el patriarca se ocupó de la renovación del monaquismo rumano en su conjunto con la creación de la escuela monástica y también de escuelas técnicas para monjes. Así, en agosto de 1949, transfirió al padre Cleopa con un grupo de monjes de Sihastria, al norte de Moldavia, para fortalecer la vida de un monasterio situado en una zona en la cual muchos fieles se habían separado de la iglesia rechazando el nuevo calendario adoptado por la Iglesia en 1923. Como higúmeno de Slatina, el padre Cleopa, les introdujo la regla de los oficios de Sihastria, la confesión semanal y una estricta vida comunitaria según le modelo de Teodoro Studita. Organizó también una escuela monástica para los novicios cuyo número crecía constantemente. Entre los nuevos habían también algunos teólogos como Petronio Tanase (+2011), el cual por el 1970 fue higúmeno del skit Prodromos sobre el Monte Athos; Antonio Plamadeala, futuro metropolita de Transilvania (1982-2005); Daniel Tudor, gran poeta y místico, muerto en la prisión comunista; Arsenio Papacioc, nacido en 1914 y actualmente residente en el monasterio de Techirghiol, que pasó catorce años en prisión, y otros más. En 1952 eran ochenta entre monjes y hermanos en Slatina, setenta eran jóvenes.
Al mismo tiempo, el padre Cleopa recibió el encargo de cuidar y guiar la vida monástica en los monasterios de la región: Putna, Moldovita, Rasca, Sihastria y el skit de Sihla y Rarau. Todas estas comunidades seguían la misma regla de oración y tenían una gran estima por el padre Cleopa que les visitaba regularmente. También en estos monasterios fueron organizadas escuelas monásticas. La popularidad de padre Cleopa crecía. Numerosos monjes y fieles lo buscaban continuamente para recibir su palabra. Era también invitado a hablar en diversas parroquias para defender el nuevo calendario. Hasta la policía secreta pidió su colaboración en la propaganda por la colectivización de la agricultura, pero el padre les rechazó. Por este motivo la policía lo persiguió con continuas intimidaciones. Después de un interrogatorio en el monasterio en 1952, el padre Cleopa y numerosos otros monjes, entre los cuales estaba el padre Arsenio, fueron conducidos al puesto de policías y sometidos a un largo interrogatorio durante el cual fueron acusados de boicotear la economía nacional y de tener una actitud hostil en las relaciones con el partido comunista. Maltratados y encerrados durante la noche en una habitación iluminada con fuertes reflectores que les impedía dormir, fueron dejados con la orden de no hacer propaganda religiosa. Volvieron al monasterio, aconsejados por numerosos padres espirituales, los dos el padre Cleopa y Arsenio partieron y se escondieron en las montañas donde permanecieron por dos años. Vivieron separados en cabañas escondidas en el bosque, pero se veían regularmente para la confesión y la eucaristía. En 1954, el patriarca obtiene de las autoridades políticas el permiso de permitirles regresar al monasterio. Poco después el patriarca les pidió visitar los monasterios de su eparquía de Bucarest para predicar y confesar a los monjes y monjas. Al inicio de 1956, el padre Cleopa deja Slatina, cediendo su lugar de higúmeno a su discípulo Emiliano, y parte por pedido del metropolita de Banat, para una misión en los monasterios de Timisoara y de Arad, al oeste del país. Después de esta misión, que dura un año, regresa definitivamente a su monasterio de origen, a Sihastria, y se dedica exclusivamente a la oración y a la predicación.
Pero densas nubes se perfilan en el horizonte. En octubre de 1959 un decreto del gobierno ateo excluía de la vida monástica las mujeres que tuvieran menos de cincuenta años y los hombres que tuvieran menos de sesenta. De este modo muchos monasterios y muchos skit fueron cerrados y más de cuatro mil monjes y monjas debieron dejar los monasterios para volver al mundo “a trabajar en la construcción del socialismo”. La mayor parte de los monjes de Sihastria, incluso su higúmeno Ioil, debieron dejar el monasterio que se convirtió en una casa de reposo para los monjes ancianos de Moldavia. El padre Cleopa se vio obligado también él, por tercera vez, a tomar la vía del desierto. Vivió aislado en diversos lugares por más de cinco años, manteniendo sin embargo un vínculo secreto con algunos monjes entre los cuales estaba el padre Ioanichie Balan, futuro historiógrafo del monaquismo rumano. En este tiempo de oración y de silencio escribió diversos libros sobre varios temas religiosos que fueron publicados a fines de la época comunista en adelante.
En agosto de 1964 fue decretada la amnistía para todos los detenidos políticos. Un viento de libertad se hacía sentir por todos los lugares del país. Así, el 29 de septiembre, el padre Cleopa pudo volver a su monasterio. Retomo, si bien con prudencia, su predicación en la iglesia y sobre todo sobre la colina frente a su celda, donde los fieles se reunían cada día. Fue constantemente vigilado por la policía secreta hasta finales de la época comunista. En este tiempo, por veinticinco años, le fue prohibido, repetidas veces, hablar al pueblo. Y sin embargo la misma policía secreta lo apreciaba por su predicación y defensa de la ortodoxia contra las sectas: estas últimas, sostenidas por el extranjero, atraían muchísimos fieles, lo que era visto como una amenaza a la unidad del pueblo que contaba con un ochenta y siete por ciento de bautizados ortodoxos. Se explica así por qué algunos libros del padre Cleopa tuvieron el permiso para ser publicados en época comunista.
En 1977, el padre Cleopa hizo una peregrinación al Monte Athos y a Roma. Al regresar visitó en Celia al archimandrita Justin Popovié, canonizado este año por la iglesia serbia, para preguntarle si debía permanecer en Rumania o partir definitivamente para el Monte Athos. El santo hombre le dijo:
Padre Cleopa, si tú partes para el Monte Athos, serás una flor más en el “Jardín de la Madre de Dios”, pero ¿y los fieles? ¿A quién serán dejados? De tu permanencia en el Athos sacarás provecho tú, pero en el país muchos sacarán provecho de ti, y tú conducirás a Dios a tantas almas que no tienen una guía espiritual. También yo viví un tiempo en el Monte Athos, pero he regresado para dedicarme a la misión en mi país. Te aconsejo permanecer en el país. Allí encontrarás tu salvación y contribuirás a la salvación de otros. Esta es la más grande obra de los monjes de hoy: luchar contra la incredulidad, las sectas y la indiferencia religiosa. [1]
Después de la caída del comunismo, el padre Cleopa pudo actuar y hablar con toda libertad, y no se lamentó jamás de su sufrimiento. Al contrario, decía que el comunismo había sido permitido por Dios a causa de los pecados del pueblo. En la libertad reencontrada, muchos de sus discípulos, entre los cuales estaba el actual patriarca de la Iglesia de Rumania, Daniel, también él monje de Sihastria, se volvieron obispos. En este período el número de los monjes y de los fieles que le visitaban creció sucesivamente. Muchos jóvenes le pedían la bendición para entrar al monasterio y volverse monjes en Sihastria o en otros lugares. Así Sihastria se convirtió en un vivero de monjes para muchos nuevos monasterios y muchos skit de Moldavia. El Padre Ioanichie Balan publicó los libros del padre Cleopa aún inéditos y una colección de opúsculos titulados el Padre Cleopa nos habla para la difusión de la fe a nivel popular. El padre Cleopa recibió en su celda a monjes, fieles y también a obispos hasta el último día de su vida, el 30 de noviembre de 1998. Fue llamado por el Señor en la noche del 1º de diciembre, a la edad de 86 años. En su funeral, el 5 de diciembre, participaron ocho obispos, una centena de monjes y de sacerdotes y una multitud de más de diez mil fieles de todo el país.
Comunión y soledad en la vida del padre Cleopa
Comunión y soledad son dos dimensiones constantes en la vida del padre Cleopa. Fue un hombre de comunión con su vida y su misión en los monasterios de Sihastria, de Slatina y otros, y fue un hombre de soledad por su vida personal de oración en la celda –cuatro horas al día, “regla” que respetaba rigurosamente- como también por su vida de eremita durante ocho años. Su vida de soledad y de comunión ha plasmado su personalidad carismática. Tenía un sentido muy fuerte de la obediencia y de la sumisión a la autoridad de la Iglesia, tanto más cuando esta era perseguida. Sabía muy bien que los obispos estaban obligados a compromisos con el poder político para buscar el no hacer sufrir demasiado a la Iglesia y por esto no ha condenado jamás a la jerarquía cuya tarea es la de custodiar la unidad de la Iglesia. Respecto al nuevo calendario introducido en 1923, no sólo aceptó esta decisión de la Iglesia, y la defensa con todas sus fuerzas tanto con la predicación como con los escritos. Sobre este argumento estaba el testimonio de su higúmeno Ioanichie. Este después del cambio del calendario, se puso a ayunar por cuarenta días sin comer ni beber nada y preguntaba a Dios si tal cambio era conforme a su voluntad. Al cabo de veinte días vio a los tres santos jerarcas Basilio, Gregorio de Nacianzo y Juan Crisóstomo que le dijeron: “Ioanichie, ¿por qué dudas y no obedeces? ¿No sabes que la desobediencia conduce a la muerte y que la obediencia es más grande que la ofrenda de sí?”
En cuanto al ecumenismo, un tema tan controvertido hoy en algunos ambientes monásticos, el padre Cleopa afirma en los Diálogos espirituales con el padre Ioanichie Balan:
Los encuentros entre las Iglesias son buenos, evangélicos. Estos ayudan a los cristianos a conocerse mejor y a poner fin al odio entre las confesiones. [2]
Era bastante realista con respecto a la unión entre las Iglesias. Decía que no sería hecha pronto porque “ninguno renuncia fácilmente a su fe para adoptar la fe ortodoxa”. En cuanto respecta a la gracia de la salvación que algunos niegan a toda otra Iglesia fuera de la ortodoxia, dice literalmente: “la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica, en cuanto Iglesias apostólicas, tienen la gracia de la salvación” [3].
[...]
El amor que crea y fortifica la comunión era la virtud principal del padre. Desbordaba de amor por los monjes, por los fieles y por toda la creación. Era tan misericordioso que en Sihastria y en Slatina hizo introducir el uso de dar de comer a todos los fieles que participaban en los oficios. A veces estos eran tantos que todas las provisiones del monasterio eran distribuidas a los peregrinos. Y el padre insistía en que si pusiese todo en la mesa, sin reservas, convencido que cuando se da todo lo que se tiene, Dios provee milagrosamente las comidas que siguen, lo que sucedió siempre. El padre apreciaba la sinceridad, la humildad y el arrepentimiento de los pecados vivido por la gente simple. Decía con Juan Crisóstomo: “Si buscáis una fe pura, la encontraréis en el pueblo simple.”
Respecto a la relación entre comunión-misión y soledad en la vida de los monjes, el padre Cleopa decía:
Es necesario cuidar ambas para que no se excluyan. Hay necesidad, sin embargo, de mucha vigilancia y de mucha humildad. Como monjes no debemos dejar nuestra regla monástica de oración, silencio, obediencia, castidad y pobreza por amor a Cristo. Todo esto colabora para nuestra purificación y nuestra salvación… Es bueno para los monjes jóvenes, para aquellos que aman el silencio, para los monjes de gran hábito, para los ancianos y los enfermos elegir más bien el silencio, la obediencia, la iglesia, la celda y la soledad en el interior de la vida comunitaria, mientras los confesores, los monjes encargados de acoger a los peregrinos, los sacerdotes que viven una vida casta y que tienen el don de la palabra, todos ellos tienen el deber de ocuparse de los fieles con mucho amor, de escuchar sus problemas, de aconsejarles, de orar por ellos y de animarlos… Pero la oración, la iglesia y la obediencia son un deber de todos. [5]
El padre Cleopa no aconsejó a ninguno de retirarse al desierto porque la vida solitaria es más difícil que la vida en comunidad y comporta un mayor número de peligros. Decía que en el desierto el diablo mismo es el que combate contra el monje, mientras en el mundo o en una comunidad actúa a través de otros. De todos modos, según la tradición, es necesario tener una larga experiencia de vida común antes de retirarse al desierto con la bendición del padre espiritual y del higúmeno.
El padre Cleopa, que era un hombre muy realista y que ha escrito incluso un libro para poner en guardia contra una interpretación ligera de los sueños, de las visiones y de los milagros y para que no se busque semejantes fenómenos. Por el insistente pedido de sus discípulos cuenta algunos fenómenos extraordinarios que vivió él mismo en el desierto, sean algunas tentaciones del diablo, sean las intervenciones de Dios para salvarlo o animarlo en la lucha contra el maligno. He aquí dos ejemplos:
Una noche, hacia la una, después de haber leído el oficio de media noche y durante el oficio de la mañana, siento un fuerte ruido… La tierra temblaba. Abro la puerta de mi cabaña y veo una luz resplandeciente y dentro de la luz un carro de cuero con muchas ruedas. Del carro desciende un hombre de alta estatura con ojos medios blancos y medios negros. Con voz autoritaria me dijo: “¿qué haces aquí?” Me acordé al instante de lo que decían los santos padres: “Si tienes los santos dones contigo, tienes a Cristo viviente”. Entonces, sin dudarlo entré a mí cabaña, me abracé al árbol en el cual guardaba los santos dones diciendo: “¡Señor Jesús, no me abandones!” ¡Podéis imaginar con qué intensidad se ora cuando el diablo está en la puerta! Junto a mi cabaña había un gran precipicio. Cuando miro de nuevo veo al diablo precipitarse con el carro en el barranco, arrojado por el poder de Cristo. Cuando cayó, sentí un ruido ensordecedor cuyo eco permaneció en mis orejas hasta el día siguiente. [6]
El padre Cleopa recitaba cada día el himno de la Madre de Dios. Una noche, en el desierto, cuando leía el acatistos, el diablo se le aparece en una visión semejante a la descripta arriba. Quería matarlo tirándole una gran rueda que giraba. En peligro de muerte, el padre aprieta fuertemente contra el pecho el libro de oración que tenía en la mano y grita: “¡Desaparece! Tengo sobre mí los actos de la Madre de Dios que me protegen!” Y así fue salvado. Después de esta tentación diabólica, por cuarenta días cada vez que recitaba el acatistos, la cabaña se llenaba de un perfume de azucenas y de rosas. Los primeros días, temiendo que tal perfume viniese del diablo, pidió a Dios alejarlo. Pero al final se dio cuenta que el perfume venía de Dios que quería animarlo en su lucha ascética. [7]
Quería terminar esta presentación con algunas sentencias del padre Cleopa –que encontramos tantísimas en sus escritos- sobre la oración del corazón:
En cuanto la mente entra en el corazón [durante la oración], se manifiesta un signo natural. Es como un clavo de fuego que quema el corazón a partir de su centro. Luego el calor pasa al pecho, a la espalda, a la columna vertebral y al cuerpo entero. El sudor comienza a inundar el cuerpo y los ojos derraman lágrimas de arrepentimiento. ¡Es la oración de fuego! El esposo encuentra a la esposa: Cristo a nuestra alma. Esta unión espiritual hace del hombre un solo espíritu con Dios. Es lo que dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que quien se une a la prostituta forma con ella un solo cuerpo?... Pero quien se une al Señor forma con él un solo espíritu” (1 Cor 6, 16-17).
Esta unión nos da una gran dulzura espiritual y un gran calor. Pero el fundamento de la oración no es sólo la dulzura y el calor. El fundamento es más bien la compunción del corazón por los pecados, el arrepentimiento, las lágrimas. En este estado nuestra alma goza de tal alegría y consolación, de tal dulzura y calor que cuando vuelve de esta unión con Cristo en el corazón, le es imposible decir alguna palabra. ¡Qué momentos de felicidad, que dulzura, qué alegría se prueba en el corazón! Y quien ora así, es decir con la mente que desciende en el corazón o con la mente unida al corazón por una o dos horas, cuando deja de orar, su corazón por semanas no podrá más acoger algún pensamiento de este mundo. El cielo de su corazón es tan puro que el Espíritu Santo puede actuar en él con toda libertad.
La mente puede purificarse fácilmente de los pensamientos malvados. Basta leer algún pasaje de las santas Escrituras o decir una breve oración con atención. Pero es fácil dejarse arrastrar de nuevo por pensamientos malvados. El corazón, en compensación, se purifica difícilmente de las pasiones malvadas, porque se deja dominar más fácilmente por estas pasiones.
Tres son los enemigos que luchan contra nosotros hasta la muerte: el diablo, los placeres de este mundo y la carne. El diablo es el príncipe de todo mal. Nos tienta directamente con pensamientos de incredulidad, de blasfemia, de dudas, de desesperación, de orgullo y de vanagloria. Indirectamente nos tienta a través de los hombres con pensamientos de orgullo, de vanagloria, de cólera y de relajación. Nos tienta también con la avaricia, la avidez, la envidia, el juicio de los otros, la charlatanería… A través de la carne nos tienta con la pereza, la gula, la ebriedad, la relajación, la flojera de la voluntad, la insensibilidad del corazón y otras tentaciones semejantes a estas.
Debemos tener siempre conciencia de que a cada instante pecamos. Sin esta humildad no encontraremos la salvación.
La obediencia sin oración es propia del mercenario, pero quien obedece y ora al mismo tiempo realiza un acto litúrgico.
La humildad nace de la obediencia sin contestaciones.
Es necesario no enseñar nunca a los otros antes de vivir nosotros mismos lo que queremos decir. Quien enseña a los otros lo que no ha experimentado personalmente es semejante a una fuente pintada sobre una pared, mientras que quien habla a partir de la propia experiencia es semejante a una fuente de agua viva.
[...]
¡Es más difícil hacer un verdadero monje que hacer una catedral!
“Padre –le dijo un fiel- creo que usted es un santo”. El padre le respondió: “Yo creo que a través de tu boca ha hablado el diablo”.
Serafim Joanta
Comunione e Solitudine
Ed. Qiqajon. Comunita di Bose.2011
Pp. 213-230
Notas:
[1] Cf. Arch. Ioanichie Balan, Viata si nevointele Archimandritului Cleopa, Iasi 2002, pp. 168-169.
[2] Cf. Id., Convorbiri duhovnicesti, Eiscopia Romanului si Husilor 1984, p. 162 (cf. tr. It. In Id., Volti e parole dei padri del deserto romeno, a cargo de la Comunità dei fratelli contemplativi di Gesù, Bose 1991)
[3] Ibid., p. 30
[4] Ibid., p. 140.
[5] Ibid., p. 159.
[6] Id., Viata, pp. 125-126.
[7] Cf. ibid, p. 113.
[8] Fue el más grande santo obispo de la Iglesia de Rumania en el siglo XVIII.
Si un hombre no tiene preocupaciones acerca de si mismo por causa del amor a Dios y el hacer buenas obras, sabiendo que Dios cuida de él, esta es una esperanza sabia y verdadera. Pero si un hombre se ocupa solamente de si mismo, y busca a Dios en oración solamente cuando la desgracia que no puede controlar cae sobre él, y entonces comienza a confiar en Dios, tal esperanza es vana y falsa. La esperanza verdadera busca solamente el Reino de Dios…el corazón, no puede tener paz hasta que obtenga tal esperanza. Esta esperanza pacifica al corazón y produce gozo dentro de ella.
San Serafín de Sarov

Nuestra lucha es contra el espíritu de la fornicación y de la concupiscencia de la carne, que, desde la más temprana edad del hombre, empiezan a atormentarlo. Ésta es una gran lucha, ardua y doble, porque mientras los otros vicios declaran una guerra. al alma, solamente éste se presenta bajo una doble forma que acecha al alma y al cuerpo: por tanto la batalla es doble. El solo ayuno del cuerpo no es suficiente para adquirir la perfecta templanza y la verdadera castidad, si no hay también contricción del corazón, una perseverante oración a Dios, una asidua meditación de las Escrituras, una dura fatiga y trabajo manual: estas cosas tienen el poder de contrarrestar los impulsos inquietos del alma, apartándola de turbias fantasías. Sin embargo, lo que más beneficia es la humildad del alma, sin la cual no se puede salir ni de la fornicación ni de las otras pasiones.
Por lo tanto, es fundamental ser vigilantes y apartar nuestro corazón de los pensamientos sórdidos. Pues es del corazón, según la Palabra del Señor, de donde provienen los malos razonamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, y cosas de la calle. Y el ayuno nos ha sido prescrito, no solamente para tratar duramente al cuerpo, sino para ayudar a la sobriedad del intelecto, para que éste no se oscurezca por el exceso de alimento y no pierda su fuerza en la vigilancia de sus pensamientos. Debemos ser solícitos, pues, no sólo en el ayuno corporal, sino que debemos prestar atención a nuestros pensamientos y ejercer la meditación espiritual: sin todo esto, es imposible llegar a la cima de la verdadera castidad y pureza. Es pues necesario -como dice el Señor- que purifiquemos antes la parte interior del vaso y del plato, para que se torne puro también su exterior (Mt 23:26). Así es como, si nos preocupamos -como dice el Apóstol- por luchar según las reglas para recibir la corona, no presumamos de haber vencido al espíritu impuro de la fornicación con nuestra capacidad y ascesis: la ayuda de Dios nuestro Señor es invalorable. El hombre no cesa de estar en lucha con este espíritu, hasta que no cree en verdad que no es por su prisa ni por su fatiga, sino por la protección y la ayuda de Dios, que nos alejamos de este vicio y accedemos a la cima de la castidad. Se trata, de hecho de una cosa que supera a la naturaleza, y aquel que pisotea los estímulos de la carne y sus voluptuosidades, se sale de alguna manera de su cuerpo.
Por este motivo es imposible que el hombre vuele, por así decirlo, con alas propias hacia ese excelso y celeste premio de santidad, y se torne en imitador de los ángeles, a menos que la gracia de Dios lo eleve de la tierra y del fango. Los hombres, atados a la carne, con ninguna otra virtud imitan mejor a los ángeles, seres espirituales, que con la virtud de la templanza. Se debe a ella que, mientras aún están y viven sobre la Tierra, los hombres tienen su Ciudadanía en los Cielos, como dice el Apóstol.
La demostración de la perfecta posesión de esta virtud ocurre cuando el alma, durante el sueño, no atiende a alguna imagen de turbia fantasía. En efecto, aunque este tipo de actitud no es considerada como pecado, es síntoma de que el alma se encuentra enferma y no se ha alejado de la pasión. Y por esto debemos creer que las turbias fantasías que nos aquejan durante el sueño, denotan el descuido precedente y la enfermedad que está en nosotros; porque la enfermedad escondida en las zonas recónditas de nuestra alma, se torna manifiesta al sobrevenir el flujo durante el relajamiento del sueño. Y así es como el médico de nuestras almas ha colocado el fármaco en las zonas más recónditas de la misma: porque conocía las causas de la dolencia. Nos dice: El que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido con ella adulterio en su corazón (Mt 5:28). Y con esto no está corrigiendo los ojos curiosos y malvados, sino más bien al alma que está adentro y que usa malamente sus ojos, recibidos de Dios para el bien. También por este motivo el sabio proverbio no nos dice que pongamos toda nuestra vigilancia en custodiar nuestros ojos, sino que dice: pon toda tu vigilancia en custodiar tu corazón (Pr 4:23), aplicando a éste el cuidado de la vigilancia, pues es el corazón el que se servirá luego de los ojos para lo que realmente desea.
Custodiaremos, pues, así nuestro corazón, cuando, por ejemplo, se forma en nuestra mente la imagen de una mujer, producida por la astucia diabólica, aunque se trate de nuestra madre, o de una hermana o de cualquier otra mujer pía, ahuyentémosla de nuestro corazón enseguida, para que no suceda que, si nos entretenemos mucho en tal memoria, el Seductor que nos empuja hacia el mal, a partir de estas imágenes, haga a posteriori resbalar y precipitar nuestra mente en pensamientos turbios y perniciosos. El mandamiento mismo que Dios había dado al primer hombre ordenaba cuidarse de la cabeza de la serpiente, es decir, de la primera aparición de los pensamientos peligrosos, mediante los cuales trata de meterse dentro de nuestras almas. Si acogemos su cabeza, es decir, el primer estímulo del pensamiento, terminaremos por aceptar el resto del cuerpo de la serpiente, esto es, daremos nuestro consentimiento al placer. Y después de esto, el llevará nuestra mente a realizar la acción ilícita.
Nos conviene, sin embargo, como está escrito, matar cada mañana todos los pecadores de la tierra (Sal 100:8), es decir, discernir con la luz del conocimiento y destruir los pensamientos pecadores en la tierra de nuestro corazón, como enseña el Señor, y cuando los hijos de Babilonia, es decir, los malos pensamientos, son aún niños, hay que abatirlos y deshacerlos contra la piedra que es Cristo. Porque si, gracias a nuestra indulgencia, se convierten en adultos, no podrán ser vencidos sin grandes gemidos y fatiga.
Y además de lo dicho por las Sagradas Escrituras, es bueno recordar lo dicho por los santos Padres. Nos dice san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia: "Aunque no conozca mujer, no soy virgen. A tal punto sabía que el don de la virginidad no se consigue mediante la simple abstención corporal de la mujer, sino por la santidad y pureza del alma que suele actuar en el temor de Dios. Y los santos Padres dicen también que no podemos adquirir perfectamente la virtud de la castidad, si antes no poseemos en nuestro corazón la verdadera humildad, ni nos hacemos dignos del verdadero conocimiento hasta tanto la pasión de la fornicación no sea arrinconada en un lugar recóndito de nuestra alma.
Para demostrar la obra de la templanza, recordaremos alguna expresión alusiva dicha por el Apóstol, y con esto terminaremos nuestro discurso: Buscad la paz con todo, sin la cual nadie verá al Señor (Hb 12:14). Y es claro que habla de esto cuando agrega: Ningún fornicador o contaminado como Esaú (Hb 12:16), etc. Justamente porque la obra de la santificación es celestial y angélica, combate a los pesados ataques de los adversarios. Y por esto debemos ejercitarnos no solamente en la continencia del cuerpo, si no también en la contrición de nuestro corazón y en continuas postraciones con gemidos: de este modo apagaremos, con el rocío de la presencia del Espíritu Santo, las brasas de nuestra carne, que el rey de Babilonia enciende cada día, excitando nuestra concupiscencia.
Además de todo esto, el arma más poderosa que nos ha sido dada para la batalla es la vigilia según Dios. Así como la custodia durante el día prepara la santidad de la noche. así la vigilia nocturna según Dios, predispone el alma a la pureza durante el día.
San Casiano el Romano

Contaquio 1, tono 8:
Soberano Dueño y Señor del cielo y de la tierra, viéndote suspendido en la Cruz, Rey Inmortal, se turbo la creación entera, se amedrentó el cielo y los cimientos de la tierra temblaron. Mas, nosotros, aunque indignos, te ofrecemos esta acción de gracias por tu pasión por causa nuestra. Y con el ladrón te clamamos: Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Icos 1:
Tú que perfeccionaste el coro angelical, no tomaste la naturaleza de los ángeles para ti, S siendo Dios verdadero, te hiciste hombre por nosotros, y por tu vivificador cuerpo y sangre vivificaste al hombre, muerto desde antaño en el pecado. Por eso agradecidos por tu gran amor clamamos a ti: Jesús Dios mío amor de todos los siglos, que a nosotros los mortales de la tierra revelaste tu voluntad; Jesús misericordia inconmensurable, que descendiste al hombre caldo; Jesús revestido de nuestra carne, y que por tu muerte destruiste el dominio de la muerte; Jesús que nos deificas por tus Divinos Misterios; Jesús que redimiste al mundo entero por tus sufrimientos en la Cruz; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 2:
Viéndote en Getsemani, agonizando en oración hasta sudar sangre, se acercó un ángel y te fortalecía, cuando como carga pesada nuestros pecados pesaron sobre ti. Habiendo levantado al caído Adán sobre tus hombros, lo presentaste al Padre, arrodillándote y suplicando. Y a causa de esto, con fe y amor, te canto: Aleluya.
Icos 2:
Los Judíos no comprendieron el inefable significado de tus sufrimientos voluntarios. Y cuando dijiste: Yo Soy a los que te buscaban de noche con lámparas, aunque se cayeron al suelo, después te ligaron y te llevaron al tribunal. Los que pasamos por el mismo camino, caemos ante ti y con amor clamamos: Jesús, Luz del mundo, odiado por el mal del mundo; Jesús, que moras en luz inaccesible, apresado por el reino de las tinieblas; Jesús, Inmortal Hijo de Dios, traicionado hasta la muerte por el hijo de perdición; Jesús en quien no hay engaño, besado con disimulo por el traidor; Jesús, que te das libremente a todos, vendido por unas monedas de plata;
Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 3:
Por el poder de tu Divinidad predijiste a tu discípulo su triple negación. Mas, después, aunque te había negado con un juramento, cuando te vio, su Señor y Dueño, en la corte del sumo sacerdote, se derritió su corazón y salió y lloró amargante. Mírame también, Señor, y tócame en mi duro corazón a fin de que con mis lágrimas lave mis pecados, alabándote con: Aleluya.
Icos 3:
Como Sumo Sacerdote eterno, dotado de veras de potestad según el orden de Melquísedec, estabas ante Caifás, el sumo sacerdote transgresor, Tú que eres Dueño y Señor de todo, que recibiste suplicio de tus siervos, recibe de nosotros estas preces: Jesús, inapreciable, comprado por un precio, poséeme en tu eterna heredad; Jesús, apetecido de todos, de Pedro rechazado por miedo, no me rechaces a mí, pecador; Jesús Cordero inocente, golpeado a crueles azotes, rescátame de mis enemigos; Jesús Sumo Sacerdote, que por tu sangre has entrado en el Sanctasanctorum, purifícame de mis manchas carnales; Jesús aherrojado, que tienes poder de ligar y desatar, absuelve mis graves iniquidades; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 4:
La tempestad de Cristicidio enfurecida, los judíos, escuchando la voz del padre de la mentira y del asesino de antaño, Satanás, te rechazaron, el Recto Camino, la Verdad y la Vida. Mas te confesamos, Cristo Potencia de Dios, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la razón, te clamamos: Aleluya.
Icos 4:
Al oír tus humildes palabras, Pilatos te entregó a la crucifixión, como si merecieras la muerte, aunque mismo atestó no hallarte falta alguna. Luego lavóse las manos, mas su corazón le manchó. Maravillándonos del misterio de tus sufrimientos voluntarios, compungidos te clamamos: Jesús, Hijo de Dios e Hijo de la virgen, torturado por los hijos de la maldad; Jesús, mofado y desnudado, que das belleza a los lirios del campo y vistes el cielo de nubes; Jesus lleno de heridas, que con cinco panes llenaste a los cinco mil; Jesús, Rey de todo, que en vez de un tributo de amor y gratitud, recibiste crueles suplicios; Jesús, que por nosotros fuiste herido todo un día, cura las heridas de nuestras almas. Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 5:
Fuiste ataviado de tu Divina Sangre, Tú que te cubres de luz como de vestidura. Yo sé, en verdad, yo sé con el profeta por qué tus vestiduras son de escarlata. Soy yo, Señor, que te herí con mis pecados. A ti, pues, que por mí fuiste herido, te clamo con gratitud: Aleluya.
Icos 5:
En el espíritu viéndote cubierto de deshonra y de heridas, el divinamente inspirado Isaías clamo aterrado, "Lo hemos visto y no tiene ni forma ni belleza." Y nosotros viéndote en la Cruz con fe y temor exclamamos: Jesus sufriendo deshonra, que has coronado al hombre de gloria y honor; Jesus a quien no pueden contemplar los ángeles, abofetado; Jesús, golpeado en la cabeza con una caña, inclina mi cabeza en humildad; Jesús cuyos claros ojos fueron obscurecidos con tu sangre, aparta mis ojos para que no vean la vanidad; Jesús que de pies a cabeza no tenías parte ilesa, hazme enteramente sano e ileso; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 6:
Pilatos resultó abogado de tu mansedumbre cuando declaró a la multitud que no habla en ti nada digno de la muerte, mas los judíos, como fieras sanguinarias, rechinaron los dientes y clamaron, ¡Crucifícale, crucifícale¡ Nosotros, honrando tus purísimas heridas, clamamos: Aleluya.
Icos 6:
Brillaste como espectáculo y maravilla a los ángeles y a los hombres, y aún a Pilatos, que de ti dijo, "He aquí el hombre." Venid, pues, adoremos a Cristo, ultrajado por causa nuestra, clamando: Jesús, Creador y Juez de todo, juzgado y torturado por tus criaturas; Jesús, Dador de sabiduría, que ni siquiera diste contestación a los impíos; Jesús, Sanador de los que estamos heridos por el pecado, concédeme el sanativo de la penitencia; Jesús, Pastor acometido, ahuyenta a los demonios que me tientan; Jesús, que tuviste tu cuerpo en aflicción, aflige mi corazón de temor de ti; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 7:
Deseando librar al hombre de las obras del Enemigo, te humillaste ante tus enemigos, Jesús, y como cordero que no abre su boca, fuiste llevado al matadero, todo cubierto de heridas para curar a todos los hombres, que claman: Aleluya.
Icos 7:
Revelando paciencia maravillosa, cuando con la sentencia del injusto juez, los soldados te vituperaron, y con crueles heridas, afligieron tu purísimo cuerpo, de modo que estaba purpúreo de sangre de pies a cabeza. Por eso, con lágrimas te clamamos: Jesús, que amas a los hombres, coronado de espinas por los hombres; Jesús, sin pasión en tu Divinidad, sufriendo la pasión, para que de la pasión seamos librados; Jesús, salvador mío, sálvame que merezco todo tormento; Jesús, abandonado de todos, mi time fundamento, fortaléceme a mí;Jesús, injuriado de todos, mi felicidad, hazme feliz; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 8:
Maravilloso y extraño fue cuando Moisés y Elías te aparecieron en el Monte Tabor y hablaron de tu muerte, que ibas a sufrir en Jerusalén. Habiendo visto allí tu gloria y aquí nuestra salvación, te clamamos: Aleluya.
Icos 8:
Perseguido dondequiera por los judíos a causa de la gran multitud de nuestros pecados, sufriste el escándalo y el tormento. Hay quien te acusa de rebeldía contra César, quien te acusa como a reo, y quien clama: "Quita, quita, crucifícale." A ti, Señor, condenado de todos y llevado a la crucifixión, del fondo de nuestra alma, decimos: Jesús, injustamente condenado, Juez nuestro, no nos condenes de acuerdo con nuestras hazañas Jesús agotado en el camino bajo la Cruz, mi fortaleza, en la hora de mí tristeza y aflicción, no te alejes de mí; Jesús, que pediste ayuda al Padre, mi firme contendedor, fortaléceme en mis enfermedades; Jesús, que aceptaste las deshonras, Gloria mía, no me prives de tu gloria; Jesús, imagen de, la brillantísima hipóstasis del Padre, transforma mi impura y sombría vida; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 9:
Confundióse la naturaleza entera al verte pendiente de la Cruz; el Sol de los cielos encondió sus rayos, tembló la tierra, el velo del templo se rompió por medio, las piedras se partieron, salieron los muertos del infierno. Mas nosotros adoramos tus purísimas plantas y cantamos: Aleluya.
Icos 9:
Elocuentes oradores, aunque declamen mucho, no saben rendirte debida gratitud por tu Divina Pasión, Tú que amas a los hombres. Mas nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestro corazón y todos nuestros miembros, compungidos, te claman: Jesús, clavado a la Cruz, empala y destruye la cédula de nuestros pecados; Jesús, que extiendes tus manos desde la Cruz a todos, acércame a mí, que estoy extraviado; Jesús, Entrada de los corderos, tu costado traspasado, condúceme por tus heridas a la cámara nupcial; Jesús, crucificado en la carne, crucifica mi carne con sus pasiones y sus vicios; Jesús, que finaste en la agonía, concede que no conozca mi corazón nada aparte de tí crucificado; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 10:
Deseando salvar al mundo, sanaste a los ciegos, a los cojos, a los leprosos, a los sordos, y a los mudos, y echaste fuera demonios. Mas los necios judíos, respirando malicia y turbados por envidia, te suspendieron en la Cruz, sin saber cantarte: Aleluya.
Icos 10:
Jesús, Rey de todos los siglos, que sufriste en cada miembro por mi incontinencia, para hacerme enteramente puro, dándonos el ejemplo en todo para que siguiéramos tus pasos, clamando: Jesús, Amor insondable, que no acusaste de pecadores a los que te crucificaron; Jesús, que oraste con ardiente lamento y lágrimas en el huerto, enséñanos a orar; Jesús que en ti mismo eres el cumplimiento de toda la profecía, cumple el deseo de nuestro corazón de ser buenos; Jesús que encomendaste tu espíritu en manos del Padre, a la hora de mi muerte recibe mi espíritu; Jesús que no prohibiste que partieran tus vestiduras, suavemente parte mi alma de mi cuerpo; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas a tu reino.
Contaquio 11:
Tu inmaculada Madre te ofreció cánticos de ternura, diciendo, "Aunque sufres en la Cruz, yo sé de Ti desde el vientre que fuiste engendrado del Padre antes del lucero, porque veo que la creación entera sufre contigo." Tú rindes tu espíritu al Padre; recibe asimismo mi espíritu y no me abandones, porque te clamo: Aleluya.
Icos 11:
Como vela radiante estuvo la inmaculada Virgen junto a la Cruz, ardiendo de amor y agobiada de dolor maternal por ti, el verdadero Sol de la justicia que estaba en la tumba; juntamente con las de ella, acepta estas oraciones de nuestro corazón: Jesús elevado en el Madero, para elevarnos al Padre, a nosotros los caídos; Jesus que diste a la Siempre-Vírgen como Madre al castísimo Apóstol, para enseñarnos la virginidad y la pureza; Jesus que confiaste a la que te dio a luz a tu discípulo divino, Dios Verbo, encomiéndanos a todos a su protección maternal; Jesus Conquistador del mundo y del infierno, conquista la infidelidad, el orgullo de vida y la lujuria de los ojos que reside dentro de nosotros; Jesus Destruidor del reino de la muerte, líbrame de la muerte eterna; Jesus Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 12:
Concédeme tu gracia, Jesus Dios mío> recíbeme como recibiste a José y a Nicodemo, para que te pueda ofrecer mi alma como mortaja limpia y ungir tu purísimo cuerpo con la fragancia de la virtud, y guardarte en mi corazón como en un sepulcro, clamando: Aleluya.
Icos 12:
Alabando tu voluntaria crucifixión, adoramos tu Pasión, Cristo. Creemos con el centurión que eres verdaderamente el Hijo de Dios, que vendrás sobre las nubes con grande gloria y potencia; no nos avergüences que estamos redimidos por tu Sangre, clamando: Jesús, paciente, por la lamentación de tu madre Virgen, rescátanos del llanto eterno; Jesús, abandonado de todos, no me abandones a la hora de mi muerte; Jesús, cuyos pies fueron tocados por Magdalena, recíbeme como a quien quiere seguir tus pasos; Jesús, no me condenes con el Traidor y con tus crucificadores; Jesús, condúceme al Paraíso con el buen Ladrón sabio; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 13:
Jesucristo, Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acepta esta corta acción de gracias ofrecida a ti del fondo de nuestra alma, y cúranos por tus salubres sufrimientos de toda enfermedad de cuerpo y alma. Ampáranos por tu Cruz, de enemigos visibles e invisibles, y al fin de nuestra vida, no nos abandones, porque tu muerte nos libró de la muerte eterna, para que te clamemos para siempre: Aleluya, Aleluya, Aleluya.
Repítanse Icos 1 y Contaquio 1.
Oracion al
Señor Jesus Crucificado
Señor Jesucristo crucificado, Creador del cielo y de la tierra, Salvador del mundo, he aquí que yo que soy indigno, y de todos el más pecaminoso, habiendo doblado humildemente la rodilla de mi corazón ante la gloria de tu majestad, alabo tu Cruz y tu Pasión, y te ofrezco gracias, Rey de todo, porque quisiste sufrir como hombre toda opresión, calamidad, desventura y tortura, para ser nuestro compañero en el sufrimiento, nuestro auxilio, el Salvador de todos en la tristeza, necesidad y adversidad. Yo sé, omnipotente Dueño, que todo esto no te fue necesario, mas, por la salvación de la raza humana, sufriste la Cruz, y sufriendo, nos redimiste a todos de las crueles obras del Enemigo ¿Cómo te pagaré, tú que amas a los hombres, todo lo que has sufrido por causa mía, siendo yo pecador? No sé yo, pues el alma y el cuerpo, y toda bondad nos vienen de ti, y todo lo mío es tuyo; yo soy tuyo. Confiando tan solamente en tu infinita Compasión, bondadoso Señor, alabo tu inefable paciencia, magnífico tu indecible humillación, glorifico tu inconmensurable misericordia, alabo tu purísima Pasión, y con amor abrazo tus heridas, clamando: Ten misericordia de mí pecador, y concede que tu Santa Cruz no sea vana en mi, que participando aquí con fe de tus sufrimientos, sea yo digno de contemplar igualmente la gloria de tu reino celestial. Amén.