Monday, December 29, 2014

Cristo, el Todo ( San Justin Popovic )


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¡Deteneos todos los universos, todos los mundos existentes y todos los seres! ¡Abajo todos los corazones, todas las mentes, todas las vidas, todas las inmortalidades, todas las eternidades! Ya que todo esto, sin Cristo, para mí es un infierno; un infierno al lado de otro. Todo esto son incontables e interminables infiernos en altura, profundiad y anchura.
La vida sin Cristo, la muerte sin Cristo, la verdad sin Cristo, el Sol sin Cristo y el Universo sin Él, todo es un terrible sinsentido, un martirio insoportable, un sufrimiento infructuoso, un infierno!
¡No quiero ni la vida, ni la muerte sin Tí, dulce Señor! No quiero ni la verdad, ni la justícia, ni el paraíso, ni la eternidad.¡No, no! ¡A Tí sólo quiero, que Tú estés en todo, por encima de todo y todos!…La verdad, si no está Cristo, no me hace falta, es sólo un infierno.
Lo mismo son el infierno y la justícia, o el amor, o el bien, o la felicidad o incluso el mismo Dios, si Cristo no está, son un infierno. No quiero ni la verdad sin Cristo, ni la justícia sin Cristo, ni el amor sin Cristo, ni a Dios sin Cristo.
¡No quiero nada de esto de ningún modo! Aceptaré cualquier tipo de muerte. Matadme del modo que queráis, pero sin Cristo no quiero nada. Ni a mí mismo, ni al mismo Dios, ni cualquier otra cosa en medio de estas dos no quiero, ¡no quiero, no quiero!

(San Justin Popovic, “Hombre y Dios-hombre” Ediciones Astir-Papadimitríou Atenas 1970, página 184)

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Historia del Imperio Bizantino. (14)




Continuación de la (13)

Quinto Concilio Ecuménico.

Como heredero de los Césares, Justiniano considero su deber restaurar el Imperio romano, pero a la vez quería establecer en el interior del Imperio una ley y una fe únicas. “Un Estado, una Ley, una Iglesia”): tal fue la breve fórmula a que se atuvo la política de Justiniano. Absolutista por principio, estimaba que en un Estado bien organizado todo debía subordinarse a la autoridad del emperador. Notando muy bien que la Iglesia podía ser un arma preciosa en manos del gobierno, se esforzó por todos los medios en subordinarla a él. Los historiadores que tratan de descubrir los principios directivos de la política religiosa de Justiniano, se inclinan en favor del predominio de los móviles políticos y declaran que la religión no fue para él sino la servidora del Estado, (2) ahora dicen que aquel “segundo Constantino estuvo siempre dispuesto a olvidar sus deberes con el Estado tan pronto como intervino la religión.”


(3) De hecho, Justiniano, en su deseo de ser dueño de la Iglesia, no sólo se propuso conservar en su mano el gobierno del clero y presidir los destinos de éste (sin exceptuar a sus más eminentes representantes), sino que también consideró derecho que le pertenecía el de definir el dogma para sus súbditos. La opinión religiosa del emperador, cualquiera que fuese, debía ser obligatoriamente seguida por sus vasallos. Por consecuencia, el emperador bizantino tenía el derecho de regular la vida del clero, de nombrar a su albedrío los jerarcas eclesiásticos más elevados, de imponerse como mediador y juez en los debates de la Iglesia. Por otra parte, Justiniano mostró su actitud favorable hacia la Iglesia protegiendo al clero, haciendo construir nuevos templos y monasterios, y concediendo a éstos privilegios particulares. Además dedicó todos sus esfuerzos a establecer la unidad de fe entre todos sus súbditos, participando con frecuencia en los debates dogmáticos e imponiendo soluciones definitivas a las cuestiones doctrinales en discusión. Esta política de preponderancia del poder temporal en los asuntos religiosos y eclesiásticos, extremada hasta hacerse sentir en las raíces de las más hondas convicciones religiosas de los individuos, se conoce en la historia con el nombre de cesareopapismo, y Justiniano puede ser considerado uno de los representantes más característicos de la tendencia cesareopapista. A su entender, el jefe del Estado debía ser a la vez Cesar y Papa, reuniendo en su persona la plenitud de los poderes temporal y espiritual. Para los historiadores que ven especialmente en la actividad de Justiniano el lado político, la razón principal de su cesarismo fue el deseo de asegurar su poder político, reforzar su gobierno y dar bases religiosas a su autoridad suprema, que sólo la casualidad le había procurado.

(1) Sobre la escuela de Derecho de Beirut en el siglo VI, Collinet, ob. cit., p. 52-54• En 551 la ciudad de Beirut fue destruida por un gran temblor de tierra seguido de una inundación marítima y de incendios. La escuela de Derecho fue trasladada a Sidón (ibíd., páginas 54-57). Ello en la práctica fue el fin de la escuela. La escuela de Derecho de Roma no se suprimió, pero en el siglo VI estaba en plena decadencia.

(2) V., por ej., A. Knecht, Die Religions Politik Kaiser Justiniannus (Wurzburg, 1896), páginas 53 y 147.

(3) A. Lebedev, Los concilios ecuménicos de los siglos VI, VII y VIII (7.a ed., San Petersburgo, 1904), p. 16 (en ruso).

Justiniano había recibido una excelente educación religiosa. Conocía muy bien la Santa Escritura y se complacía interviniendo en los debates religiosos. Incluso escribió algunos himnos de tal carácter. Pero los conflictos religiosos le parecían entrañar peligros, sin exceptuar peligros políticos, ya que, según él, amenazaban la unidad del Imperio.

Vimos que los dos predecesores de Justino y Justiniano, es decir, Zenón y Anastasio, habían entrado en el camino de la reconciliación con la Iglesia oriental monofisista, habiendo, así, roto con la Iglesia romana. Justino y Justiniano se declararon abiertamente por la última y reanudaron las relaciones con ella. En consecuencia, las provincias orientales se apartaron, por así expresarlo, de Justiniano, cosa que, sin duda, no entraba en las miras del emperador, ansioso de establecer una fe única en su vasto Imperio. Pero la restauración de la unidad de la Iglesia en Oriente y en Occidente, en Alejandría, Antioquía y Roma, era imposible. Un historiador dice: “El gobierno de Justiniano, en su política religiosa, semeja un Jano de doble rostro, una faz del cual se volvía al oeste, interrogando a Roma, y la otra, vuelta al este, buscaba la verdad entre los monjes de Siria y Egipto.” (1)

Desde el mismo principio de su reinado, Justiniano situó en la base de su política religiosa la reaproximación a Roma y por consecuencia asumió el papel de defensor del concilio de Calcedonia, a cuyas decisiones eran tan opuestas las provincias orientales. Bajo Justiniano, la Santa Sede gozaba de autoridad suprema en el campo eclesiástico. En las cartas que dirigía al obispo, Justiniano llamábale “Papa,” “Papa de Roma,” “Padre Apostólico,” “Papa y Patriarca,” etcétera, aplicando el título de Papa exclusivamente al obispo de Roma. En una de sus epístolas, el emperador se dirigía al Papa como a la “Cabeza de todas las santas iglesias (“caput omnium sacrarum ecclesiarum”) (2) y en una de sus Novelas (3) declara, de manera muy nítida, que (da bienaventurada sede del arzobispo de Constantinopla, la nueva Roma, ocupa el segundo lugar después de la Muy Santa Sede Apostólica de la antigua Roma.”

(1) A. Diakonov, Juan de Efeso y sus trabajos sobre la historia de la Iglesia (San Pesterrsburgo, 1908), p. 52-53 (en ruso).

(2) V. Knecht, ob. cit., p. 62-65.

(3) Novelas, 131, cd. Z. v. Lingenthal, t. II, p. 267;.

Justiniano entró en lucha con los judíos, los paganos y los heréticos. Entre los últimos figuraban los maniqueos, los nestorianos, los monofisistas, los arríanos y los adeptos de otras doctrinas religiosas menos importantes. El arrianismo se había propagado mucho en Occidente entre las tribus germánicas. Existían vestigios de paganismo en diferentes zonas del Imperio y los paganos volvían aun los ojos a la Escuela de Atenas como foco principal del paganismo. Los judíos y los sectarios de tendencias heréticas de menor importancia se encontraban, al principio, esencialmente en las provincias orientales. El monofisismo era, por supuesto, la doctrina que más adeptos tenía.

La lucha contra los arríanos en Occidente asumió la forma de una serie de operaciones militares que terminaron, como sabemos, por la sumisión parcial o total de los reinos germánicos.

La convicción, honda en Justiniano, de que se necesitaba en el Imperio una fe única no dejaba lugar a la menor tolerancia con los principales representantes de las doctrinas y enseñanzas heréticas, y los tales sufrieron bajo él severas y tenaces persecuciones desarrolladas con ayuda de las autoridades civiles y militares.

Para exterminar de modo radical los últimos vestigios del paganismo, Justiniano, en 529, ordenó la clausura de la famosa Escuela filosófica de Atenas, último baluarte del expirante paganismo y cuya decadencia había precipitado la creación, en el siglo V, bajo Teodosio II, de la Universidad de Constantinopla. Muchos profesores fueron desterrados y se confiscaron los bienes de la Escuela. Un historiador escribe: “El mismo año en que San Benito destruyó el último santuario pagano en Italia, el templo de Apolo del bosque sagrado de Monte Cassino, vio también la destrucción del baluarte del paganismo clásico en Grecia.” (1) Desde entonces, Atenas perdió definitivamente su antigua importancia como foco de civilización, transformándose en una ciudad de segundo orden, pequeña y tranquila. Algunos de los filósofos de la Escuela de Atenas decidieron emigrar a Persia, donde se afirmaba que el rey Cosroes se interesaba por la filosofía. Fueron muy bien acogidos, pero los griegos no se acostumbraban a vivir en el extranjero y Cosroes resolvió devolverlos a Grecia, previo un acuerdo con Justiniano, quien se comprometía a no perseguir a tales filósofos ni obligarlos a profesar la fe cristiana. Justiniano cumplió su promesa y los filósofos paganos pasaron el resto de sus días en el Imperio bizantino en la más completa seguridad. De todos modos, Justiniano, pese a sus esfuerzos, no logró extirpar por completo el paganismo, que siguió existiendo en secreto en ciertas regiones alejadas.

En Palestina, los judíos, así como los samaritanos, que tenían una religión muy semejante a la de los judíos, no pudieron soportar las persecuciones del gobierno y se sublevaron, siendo cruelmente reprimidos. Se destruyeron muchas sinagogas y en las que quedaron en pie se prohibió leer el Antiguo Testamento en su texto hebreo, que debía ser reemplazado por el texto griego de los Setenta. La población perdió sus derechos civiles. También los nestorianos fueron perseguidos con saña.

(1) Knecht, ob. cit., p. 36.

Más importante que esto fue la política de Justiniano respecto a los monofisistas. Sus relaciones con ellos tenían gran importancia política, porque se enlazaban estrechamente con la cuestión vital de las provincias orientales; Egipto, Siria y Palestina. Además, los monofisistas estaban apoyados por Teodora, la esposa del emperador, la cual ejercía sobre él influencia considerable. Un escritor monofisista contemporáneo, Juan de Efeso, la llamaba “la mujer que ama al Cristo y está llena de celo… la emperatriz más cristiana, enviada por Dios en tiempos difíciles para proteger a los perseguidos.” (1)

Por consejo de Teodora, Justiniano, al comienzo de su reinado, quiso reconciliarse con los monofisistas. Los obispos monofisistas desterrados bajo Justino y en los primeros años del reinado de Justiniano, fueron autorizados a regresar. Se invitó a muchos monofisistas a participar, en la capital, en una conferencia religiosa de conciliación, y el emperador, según un testigo ocular, exhortó a discutir con sus adversarios todas las cuestiones dudosas “con toda la dulzura y toda la paciencia que convienen a la ortodoxia y a la religión.” (2) Quinientos monjes monofisistas instalados en uno de los palacios de la capital transformaron tal palacio en “un grande y admirable eremitorio.” (3) El 535, Severo, obispo de Antioquía, cabeza y verdadero legislador del monofisísmo, estuvo en Constantinopla, donde permaneció un año.” (4) La capital del Imperio, a principios del 535, recuperaba hasta cierto punto el aspecto que había presentado bajo el reinado de Anastasio.”(5) El arzobispo de Trebisonda, Antimo, conocido por su actitud conciliadora hacia los monofisistas, fue elevado al patriarcado de Constantinopla. Dijérase que los monofisistas estaban a punto de triunfar.

(1) Juan, obispo de Efeso, Commentarii de Beatis Orientalibiis, versión de Van Douwen y Laúd (Amsterdam, 1889), p. 114, 247. Juan de Efeso, Vidas de ios Santos Orientales, texto siriaco y traducción inglesa en Brooks, t. II, en Patrología Orientaiis, t. XVIII (1924), P• 634 (432), 677 (475), 679 (477). Comp. c. A. Diakonov, ob. cit., p. 63.

(2) Mansi, Sacrarum Conciliorum nova et amplissima collectio (Florencia, 1762} t VIII página 817. Baronii, Annates Ecclesiastici, IX, 419, 33.

(3) Juan de Efeso, Commentarii, p. 155; cd. Brooks. II, (177 (47-,). Comp c Diakonov, ob. cit., p. 58.

(4) V. J. Maspero, Histoire des patriarches d’Alexandrie (París, 1923), p. •}, 100, no.

(5) J. Maspero, ob. cit., p. 110.

Pero la situación cambió con mucha rapidez. El Papa Agapito, en su viaje a Constantinopla, así como el partido de los Akoimetoi u ortodoxos extremistas, lanzaron tales clamores ante las concesiones religiosas del arzobispo trebisondano, que el emperador, no sin disgusto, hubo de modificar su política. Antimo fue depuesto y substituido por el sacerdote ortodoxo Menas. Según un testimonio histórico hubo la conversación siguiente entre emperador y Papa: “Yo te forzaré a estar de acuerdo con Nos o te desterraré),” dijo Justiniano. “Había — contestó Agapito — deseado visitar al más cristiano de los emperadores, y he aquí que encuentro un Diocleciano. Empero, tus amenazas no me atemorizan.” (1) Es muy probable que las concesiones del emperador al Papa fuesen motivadas por el hecho de que empezaba entonces en Italia la guerra contra los ostrogodos y Justiniano necesitaba un apoyo en Occidente.

Pese a tal concesión, Justiniano no abandonó del todo la esperanza de reconciliar al Estado con los monofisistas. Esto se vio en breve cuando el famoso asunto de los Tres Capítulos. Se refería el asunto a tres famosos teólogos del siglo V, a saber, Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro, e Ibas de Edesa. Los monofisistas reprochaban al concilio de Calcedonia no haber condenado a aquellos tres escritores, a pesar de sus doctrinas nestorianas. El Papa y los Akoimetoi oponían sobre ese punto una encarnizada resistencia. Justiniano, muy irritado por ella, declaró que en aquel extremo los monofisistas tenían razón y que los ortodoxos debían aceptar el punto de vista monofisista. El 543 publicó, en consecuencia, un edicto condenando las obras de aquellos tres teólogos y amenazando con iguales rigores a quienes los defendieran o aprobaran.(2)

(1) Vita Agapeti papae. Líber Potttificalis, cd. L. Duchesne (París, 1886), t. I, p. 287. Mansi, t. VIII, p. 843.

(2) El edicto de los Tres Capítulos fue llamado así porque so componía de tres capítulos o parágrafos consagrados a los tres teólogos, pero el sentido primitivo de la calificación se olvidó pronto y los Tres Capítulos significaron Teodoro, Teodoreto e Ibas.

Justiniano quiso hacer obligatorio el edicto en todo el Imperio y exigió que lo firmasen todos los patriarcas y obispos. Ello no resultó fácil de ejecutar. El Occidente se conmovió a la idea de que consentir en firmar el edicto imperial podía equivaler en algún modo a usurpar la autoridad del concilio de Calcedonia. Un sabio diácono de Cartago escribía: “Si las definiciones del concilio de Calcedonia se ponen a discusión, ¿no puede correr parejo peligro el concilio de Nicea?.” (1) Además, se promovía la siguiente pregunta: ¿cabía condenar a muertos? Porque aquellos tres teólogos ya no existían desde el siglo precedente. Por ende ciertos representantes de la Iglesia occidental entendían que el emperador, con su edicto, atentaba a la libertad de pensamiento de los miembros de la Iglesia. Esta última opinión no existía prácticamente en la Iglesia oriental, acostumbrada hacía mucho a la intromisión del emperador en la resolución de las cuestiones dogmáticas. Lo de la condenación de los escritores muertos estaba, de otra parte, resuelto en las Escrituras, ya que el rey Josías, en el Antiguo Testamento, no sólo había sacrificado sacerdotes paganos vivos, sino profanado los sepulcros de otros muertos mucho antes de su reinado, quemando sus huesos sobre el altar (Reyes, IV, 23; 16). Así, mientras la Iglesia oriental consentía en reconocer el edicto y condenar los tres capítulos, la occidental se pronunciaba contra él. En definitiva, el edicto de Justiniano no fue reconocido nunca por toda la Iglesia.

Para reconciliarse con la Iglesia occidental, Justiniano necesitaba ante todo convencer al Papa de que aprobase el edicto. Invitó, pues, al Papa Virgilio a acudir a Constantinopla, donde el Pontífice hubo de pasar más de siete años. A su llegada el Papa se pronunció resueltamente contra el edicto y excomulgó al patriarca de Constantinopla, Menas. Pero, poco a poco, bajo la acción de diversas influencias, el Papa cedió ante Justiniano y Teodora y, el 548, añadiendo su voz a la de los cuatro patriarcas orientales, publicó una ordenación de los tres teólogos, a la que se llama de ordinario el Judicatum. Este fue el postrer triunfo de Teodora, que murió el mismo año, persuadida de la victoria definitiva e inevitable del monofisismo. El Papa invitó a los sacerdotes de la Europa occidental a orar por “los más clementes de los príncipes, Justiniano y Teodora.”(2)

(1) Fulgencio Ferrandi, diácono de Cartago, Epístola, VI, 7. Mignc, Patr. tal.. 67. col- 926.

(2) Mon. Gcrm. Híst. Epist., t. III, p. 62 (n.° 41).

Pero la Iglesia occidental no aprobó la concesión hecha por el Papa. Los obispos de África, tras reunir un concilio, llegaron a excomulgarle. Influido por los acontecimientos occidentales, el Papa vaciló y concluyó retirando el Judicatum. En tales circunstancias, Justiniano decidió convocar un concilio ecuménico, que se reunió en Constantinopla el 553.

La tarea de aquel quinto concilio ecuménico fue mucho más limitada que las de los precedentes. No se trataba de una herejía nueva, sino sólo de precisar ciertos puntos respecto a las decisiones de los concilios tercero y cuarto, relativas en parte al nestorianismo, pero sobre todo a la doctrina monofisista. El emperador deseaba vivamente que el Papa, que se hallaba entonces en Constantinopla, asistiese al concilio, más el Santo Padre, alegando excusas diversas, rehusó, y todas las sesiones se celebraron sin él. El concilio examinó las obras de los tres teólogos y opinó como el emperador, condenando y anatematizando “al impío Teodoro, que había sido obispo de Mopsuestia, así como a todas sus obras impías, y todo lo que de impío había escrito Teodoreto, y la carta impía atribuida a Ibas, y a todos aquellos que habían escrito o escribían para defenderlos (ad defensionem eorum). (1)

Las decisiones del concilio se declararon obligatorias y Justiniano inauguró una política de persecución y destierro contra los obispos que no aprobaban la condena. El Papa fue desterrado a una isla del mar de Mármara. Al fin consintió en firmar la condena y así se le autorizó a volver a Roma. Pero murió en Siracusa, yendo de camino.

Occidente no aceptó las decisiones del concilio de 553, sino a fines del siglo VI, sólo luego que Gregorio I el Grande (590-604) hubo proclamado que “en el sínodo que se había ocupado de los Tres Capítulos, nada había sido violado ni cambiado en lo que atañía a materia de religión,”(2) el concilio de 553 fue reconocido en todo Occidente como ecuménico e igual que los cuatro primeros concilios.

La recia lucha religiosa entablada por Justiniano para reconciliar a monofisistas y ortodoxos no condujo a los resultados apetecidos. Los monofisistas no quedaron satisfechos con las concesiones que se les hacían. J. Maspero llama al período comprendido entre 537 y 570 “el terror católico.” (3)

Hacia el fin del reinado de Justiniano parece advertirse una orientación nueva en la política religiosa del emperador, pero este punto no está suficientemente dilucidado. El 565 murió el anciano emperador y cambió la política religiosa del Gobierno.

Estableciendo un balance de la política religiosa de Justiniano, hallamos que no logró establecer una Iglesia unida en el Imperio. La ortodoxia y el monofisismo no se reconciliaron; el nestorianísmo, el maniqueísmo, el judaísmo y, en cierta medida, el paganismo, siguieron existiendo. No hubo unidad religiosa y la tentativa de Justiniano para establecerla debe ser considerada como un fracaso.

Pero al hablar de la política religiosa de Justiniano no debe olvidarse la actividad evangelizadora característica de aquel período. Justiniano, emperador cristiano, creyó su deber extender el cristianismo allende las fronteras del Imperio. En su época se produjo la conversión de los hérulos a orillas del Danubio, la de algunas tribus caucásicas y también la de las tribus indígenas del África del Norte y del Nilo Medio. (4)

(1) Mansi, t. IX, p. 376.

(2) Epístolas Gregorii Magni, II, 36, en Mansi, t. IX, p. 1105. Gregorii I papac Registrum epistolarum, 49, en Man, Germ. Hist, Epist., t. I (1891), p. 151.

(3) J•Maspero, ob. cit., p. 135. Se hallará en ella un buen examen histórico del problema monofisita bajo Justiniano (p. 102-163). V. también Diakonov, ob. cit., p. 51-87.

(4) A propósito del deseo de Justiniano de propagar el cristianismo entre los diferentes pueblos germánicos de la Europa occidental, puede notarse la carta del rey franco Teodobcrto a Justiniano, carta en que el franco informa con mucha humildad de los pueblos sobre los cuales reina en Occidente, constituyendo una especie de lección sobre geografía germánica en el siglo VI. (Mon. Germ. Hist. Epist., t. III, p. 133, n.° ao.) V. Diehl, Justinien, p. 404-5. Comp. A. Dopseh, Wirtschaftliche una soziale Grundlagen der europaischen Kulturentwicklung, t. II, 2.a ed. (Viena, 1934), p. 296.


http://www.diakonima.gr/2009/09/30/historia-del-imperio-bizantino-14/

Historia del Imperio Bizantino. (13)

 
Continuación de la (12)

La Obra Legislativa de Justiniano. Triboniano.

Justiniano debe su celebridad universal a su obra legislativa, que sobresale por su amplitud. El emperador, según sus propias expresiones, “no sólo debe ser célebre por las armas, sino también estar armado de leyes para hallarse en estado de gobernar, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Debe ser el protector poderoso de la ley, así como el triunfador de los enemigos vencidos.” (1) Es Dios quien da a los emperadores el derecho de hacer e interpretar las leyes, y por tanto, Justiniano piensa que un emperador debe ser un legislador y considera ese derecho como santificado por la divinidad. Pero a Justiniano le impulsaron igualmente preocupaciones de orden práctico. Dábase, en efecto, perfecta cuenta del estado anárquico de la legislación romana en su época.


(1) Iustiniano, Instituciones, Introduccion.

En el período del Imperio romano pagano, donde el poder legislativo estaba por entero en manos del emperador, la única forma de legislación consistía en publicar constituciones imperiales, llamadas leyes o reglamentos legislativos (“leges”). En cambio, el conjunto de leyes creadas por una legislación más antigua había recibido el nombre de “jus vetus” o de “jus antiquum.” A partir de mediados del siglo III de J.C., la jurisprudencia sufrió una rápida decadencia. Los trabajos jurídicos se limitaron a meras compilaciones destinadas a ayudar a los jueces, incapaces de estudiar toda la innecesaria literatura jurídica, dándoles colecciones de extractos de las constituciones imperiales y de las obras de juristas antiguos de renombre universal. Pero esas colecciones eran privadas y sin valor oficial alguno, y así, en la práctica, el juez debía apelar a todas las constituciones imperiales y a toda la literatura clásica, tarea muy superior a las humanas facultades. No debe olvidarse que no había órgano central que asegurase la publicación de las constituciones imperiales. Estas, creciendo en número de año en año, dispersas en diversos archivos, eran muy difíciles de utilizar, tanto más cuanto que los nuevos edictos frecuentemente abolían o modificaban los anteriores. Todo esto explica la aguda necesidad que se sentía de reunir los edictos imperiales en un “Corpus” accesible a quienes debían utilizarlos. Ya sabemos que antes de Justiniano se había hecho mucho en ese sentido. En su obra legislativa propia, Justiniano fue muy auxiliado por las compilaciones precedentes, a saber, el Codex Gregorianus, el Codex Hermogeniamts y el Codex Theodosianus. Además, para hacer más fácil el empleo de las obras clásicas, esto es, del “jus vetus,” Teodosío II y su contemporáneo en Occidente, Valentiniano III, habían dado un decreto reservando el carácter de autoridad jurídica suprema a las obras de los cinco jurisconsultos más famosos. De lo demás autores podía prescindirse. Pero esto sólo era resolver el problema en apariencia. Por ende, en las obras de los cinco juristas escogidos era difícil encontrar decisiones adecuadas a un caso dado, ya que los jurisconsultos se contradecían a menudo y las condiciones de la vida habían cambiado, con lo que las soluciones propuestas por los juris consultos clásicos resultaban caducas a veces. En suma, se sentía la necesidad de una revisión, oficial y completa, de todo el sistema jurídico; era menester examinar su desarrollo a través de los siglos.

En los códigos precedentes no se habían reunido sino disposiciones imperiales de cierta época. En aquellas compilaciones no se mencionaban las obras jurídicas. Justiniano emprendió un enorme trabajo legislativo, que consistió en compilar todas las constituciones imperiales promulgadas hasta su época, las cuales hizo fijar en un código, y en la revisión de todos los antiguos escritos jurídicos. El auxiliar principal del emperador en esta tarea, y el alma de la empresa, fue Triboniano.

La labor avanzó con rapidez pasmosa. En febrero de 528 el emperador reunió una comisión de diez peritos, entre ellos Triboniano, “brazo derecho del emperador en su gran empresa legislativa y probablemente su inspirador hasta cierto punto,” (1) y Teófilo, profesor de Derecho en Constantinopla. La comisión había de revisar los tres códigos anteriores, y suprimir todo lo caído en desuso, así como ordenar las constituciones imperiales promulgadas después del Código de Teodosio. Los resultados de todos aquellos trabajos debían ser codificados en una compilación. En abril de 529 el Código de Justiniano (Codex Justinianus) fue publicado. Se dividía en diez libros, que contenían las disposiciones promulgadas desde Adriano hasta la época de Justiniano, y pasó a ser la única colección de leyes obligatoria para todo el Imperio, suprimiéndose así los tres códigos anteriores.

(1) Bury, t. II, p. 396.

Si la elaboración del Código de Justiniano fue muy facilitada por los códigos anteriores, el trabajo de revisión del “jus-vetus” perteneció exclusivamente al emperador. En 530 Triboniano fue encargado de reunir una comisión revisora de todos los jurisconsultos clásicos, a efectos de practicar extractos, eliminar todo lo caduco, suprimir todas las contradicciones y clasificar en un orden determinado el conjunto de materiales reunidos. Para ejecutar tal tarea, la comisión hubo de leer y estudiar unos dos mil libros, que encerraban más de tres millones de líneas. Tan gigantesco trabajo, cuya realización, según expresiones del propio Justiniano, “antes de darse orden de hacerla, no había sido esperada ni juzgada humanamente posible por nadie en el mundo” (1) y “libró todo el “jus vetus” de una palabrería superflua” (2), se terminó en tres años. El nuevo Código se publicó el 533 y entró en vigor en seguida, siendo conocido por el Digesto o las Pandectas (Digesta, Pandectae).

(1) Justiniano, Constitutío Tanta, praefatio, ed. P. Krüger (1911), p. 13.

(2) Cod. Justiniano, De emendatione Codicis, I, ed. P. Krügcr (1906), p. 4.

A pesar de la importancia de tal obra, ha de reconocerse que la prisa que presidió su ejecución hizo el trabajo defectuoso en ciertos aspectos. Se hallan allí gran número de repeticiones, contradicciones y decretos caídos en desuso. Además, merced a la libertad absoluta que se dejó a la comisión la facultad para abreviar, interpretar y condensar los textos, se comprueba en los resultados finales cierta arbitrariedad y a veces incluso una deformación de los textos antiguos.

En la obra hubo una completa ausencia de unidad. De esto se deriva el que los jurisconsultos del siglo XIX, que daban mucha importancia a la legislación clásica romana, juzgaran con extrema severidad el Digesto de Justiniano. Pero hemos de reconocer que esa obra, a pesar de sus numerosas imperfecciones, prestó en la práctica grandes servicios. Además, ha conservado a la posteridad un rico material extraído de las obras de los jurisconsultos clásicos romanos que de otro modo no nos hubiesen llegado hoy.

A la vez que se elaboraba el Digesto, Triboniano y sus dos eminentes auxiliares Teófilo, el ya mencionado profesor de Constantinopla, y Doroteo, profesor en Beirut, Siria, fueron encargados el 533 de resolver otro problema. Según Justiniano, no todos podían “soportar el peso de tan grande sabiduría” (el Código y el Digesto). Por ejemplo, los jóvenes que “hallándose en la antecámara del Derecho quisieran penetrar sus arcanos” (1) no podían esperar adquirir todo el contenido de aquellas dos voluminosas obras y necesitaban un buen manual práctico. El mismo 533, pues, se publicó un manual de Derecho civil, destinado primordialmente a los estudiantes. Se componía de cuatro volúmenes y fue llamado Instituciones (Institutiones o Institutas). Según Justiniano, aquel manual tenía por objeto conducir “todas las fuentes turbias del Derecho antiguo a un lago transparente.” (2)

El decreto imperial que sancionaba las Instituciones iba dirigido a la “juventud ávida de instruirse en el Derecho” (“cupida legum juventuti”) (3)

(1) Constitutio Tanta, U, ed. Krüger, p. 18.

(2) Conslitutio Omnen, 2, ed. Krüger, p. 10.

(3) Institutiones, ed. Krüger, p. XIX.

Mientras se desarrollaba aquel trabajo de compilación, la legislación corriente no se interrumpía. Se promulgaron muchos decretos. Hubo que revisar toda una serie de cuestiones. En 529 el Código apareció en varios puntos como anticuado. Se emprendió una nueva revision del Código y se concluyo en 534. En noviembre del mismo año se publico la segunda edición del Código, revisada, aumentada y distribuida en doce libros, bajo el titulo de Codex repetitae praelectionis. Esta edición anulaba la precedente de 529 y contenía los decretos del periodo comprendido entre Adriano y el año 534. Con este trabajo concluyo la ejecución del “Corpus.” No ha llegado a nosotros la primera edición del Código.

Los decretos posteriores al año 534 fueron llamados Novelas (Novellae leges). Mientras el Código, el Digesto y las Institutas estaban publicados en latín, la inmensa mayoría de las Novelas se publicó en griego. Era una concesión importante a las exigencias de la realidad y la vida practica, y mas proviniendo de un emperador penetrado de la tradición romana. En una de sus Novelas, Justiniano escribe: “No hemos escrito esta ley en la lengua nacional, sino en la lengua común, que es griega, a fin de que sea conocida de todos por la felicidad que tendrán en comprenderla.”(1).Justiniano se proponía reunir todas las Novelas en una compilación, pero no logró cumplir esta tarea, aunque si se hicieron durante su reinado algunas compilaciones particulares de tales leyes. Las Novelas se consideran como la ultima parte de la obra legislativa de Justiniano y constituyen una de las fuentes mas importantes de la historia interior de su época.

Era intención del emperador que el conjunto del Código, Digesto, Institutas y Novelas formase un “Corpus” legislativo, pero esa compilación única no vio la luz en sus días. Solo en la Edad Media, a partir del siglo XII, cuando reapareció en Europa el estudio del Derecho romano, empezó a ser conocido el conjunto de los trabajos legislativos de Justiniano bajo el titulo de Corpus juris civilis, o Cuerpo del derecho civil, como aun se llama hoy.

La enormidad de la obra legislativa de Justiniano y el hecho de que estuviera redactada en latín, lengua poco comprendida por la mayoría de la población, provocaron la publicación inmediata de cierto numero de comentarios y abreviaciones griegas de algunas partes del Código, sin contar traducciones mas o menos fieles (paráfrasis) de las Institutas y del Digesto, acompañadas de notas explicativas. Estas compilaciones se debieron a los mencionados auxiliares de Triboniano, Teofilo y Doroteo, y algunos otros (2). Estos pequeños resúmenes redactados en griego, y necesarios por las exigencias de la época y las circunstancias practicas, contenían bastantes errores y omisiones respecto a los originales latinos; pero, aun así, se impusieron a estos y los reemplazaron casi del todo.

(1) Novelas, 7 (15) a, ed. Zacarías von Lingenthal, t. I, p. 80.

(2) Comp. Zacarías von Lingenthal, Geschichte des griechisch-romischen Rechts, 3.a ed.. Berlin, 1892, p. 5-7. Sobre Teofilo hay varios articulos en las Obras de Contardo Ferrini, t. I (Milan, 1929) p. 1-224. Ferrini niega, probablemente sin razón, la autenticidad de Teofilo y le llama “pseudo-Teofilo.” Comp. Con Von Lingenthal, ob. Cit. p. 5 V. P. Collinet en la Cambridge Med. Hist., t. IV, p. 707: “La paráfrasis de las Institutas compuestas en todo o parte por Teofiolo.” Sobre Doroteo, v. Collinet, Histoire de l’ecole de droit de Beyrouth (Paris, 1925), p. 186-188, 303.

A la vez que se renovaba la legislación con tales trabajos, se reorganizaba la enseñanza del Derecho. Se compusieron nuevos programas de estudios. Los cursos se repartieron en un periodo de cinco años. En el primero, el principal tema de estudio eran las Institutas; en el segundo, tercero y cuarto, el Digesto; y en el quinto, el Código. Justiniano escribía acerca del nuevo Derecho: “Cuando todos los arcanos del Derecho se desvelen, nada quedará oculto a los estudiantes, y después de haber leudo todas las obras reunidas para Nos por Triboniano y los otros, se convertirán en abogados distinguidos, servirán a la justicia y serán los mas capaces y felices de los hombres en todos los lugares y tiempos” (1). Dirigiéndose a los profesores, Justiniano escribía: “Empezad, con la ayuda de Dios, a enseñar el Derecho a los estudiantes y mostrarles la vía que nosotros hemos trazado, de suerte que siguiendo esa vía se conviertan en perfectos servidores de la justicia y del Estado y vosotros merezcáis de la posteridad la mayor gloria posible.” (2). A los estudiantes jóvenes les escribía: “Aprended, con celo y atención, esas leyes que os damos, y mostraos tan instruidos en esa ciencia que podáis estar animados por la muy hermosa esperanza de, después de terminados vuestros estudios jurídicos, gobernar el Estado en las partes que os sean confiadas” (3). La enseñanza se reducía a una simple asimilación de las materias del programa y a unos cuantos comentarios sobre ellas. No se permitía ejecutar o proponer una nueva interpretación del texto al referirse al original, es decir a los trabajos de los jurisconsultos clásicos. Los estudiantes solo estaban autorizados a hacer traducciones literales y componer cortas paráfrasis y sumarios.

(1) Constitutio Omnen, 6, ed. Kruger, p. 11.

(2) Ibid 2, ed. Kruger, p. 12

(3) Constitutio Imperatorum Majestatem, 7, ed. Kruger, p. XIX. Este decreto concierne a las Institutas.

A pesar de las naturales imperfecciones de su ejecución y los numerosos vicios del método que presidió su composición, la sorprendente creación legislativa del siglo VI ha tenido una importancia universal y duradera. El Código de Justiniano nos ha conservado el Derecho romano, el cual nos ha dado los principios jurídicos fundamentales que gobiernan la mayor parte de nuestras sociedades contemporáneas. “La voluntad de Justiniano — escribe Diehl — cumplió una de las obras más fecundas para el progreso de la humanidad.” (1) Cuando, en el siglo XII, se empezó a estudiar en la Europa occidental el Derecho romano, el Código de Derecho civil de Justiniano fue en varios lugares la verdadera ley. “El Derecho romano — dice el profesor I. A. Pokrovski — resucitó y unificó por segunda vez el universo. Todo el desarrollo del Derecho occidental se halla bajo el influjo del Derecho romano, incluso hasta nuestra época… El contenido más precioso del Derecho romano ha sido vertido en los parágrafos de los códigos contemporáneos y obra bajo el nombre de estos últimos.” (2) La ejecución de tal obra legislativa basta para justificar el sobrenombre de “Grande” que la historia ha dado a Justiniano.

En la época contemporánea se puede observar un fenómeno muy interesante en el estudio de la legislación justinianea. Hasta ahora ese estudio sólo servía para penetrar mejor en el Derecho romano y su importancia era secundaria. Esto no se aplica a las Novelas. El Código en sí no se estudiaba, ni se practicaban sobre él investigaciones independientes. En tales condiciones, el principal reproche que se podía dirigir a la obra de Justiniano consistía en haber desfigurado el Derecho clásico abreviando o completando los textos originales. Se hacía responsable de ello a Triboniano. Hoy se trata de examinar las modificaciones aportadas a los textos clásicos, no como resultado de la arbitrariedad de los compiladores, sino como el de su deseo de adaptar el Derecho romano a las condiciones de la vida en el Imperio de Oriente en el siglo VI. Así, la cuestión importante pasa a ser ésta: ¿correspondía o no la obra de Justiniano a las exigencias de su época, y en qué medida? El problema debe estudiarse ateniéndose a las condiciones generales de la vida en el siglo VI, a las cuales hubo aquel código de tender a adaptarse. El helenismo y el cristianismo debieron ejercer, ambos a la par, influjo sobre la obra de los compiladores. Las costumbres orientales se mezclaron al trabajo de revisión del antiguo Derecho romano. La tarea de la ciencia histórícojurídica contemporánea es definir y apreciar las influencias bizantinas en el Código, el Digesto y las Instituías de Justiniano. (3) Las Novelas, como obras de legislación corriente, reflejan, según es lógico, las condiciones y necesidades de la vida contemporánea.

(1) Diehl, Justinien, p. 248.

(2) I. Pokrovski, Historia del Derecho romano, 2.a ed., Petrogrado, 1915, p. 4 (en ruso).

(3) V. P. Collinet, Eludes historiques sur le droit de Justinien (París, 1912), p. 7-44.

En relación con la obra legislativa de Justiniano conviene recordar que durante su reinado florecieron las dos escuelas de Derecho de Constantinopla y Beirut. (1) Todas las demás escuelas de Derecho fueron suprimidas, considerándoselas focos de paganismo.



http://www.diakonima.gr/2009/09/29/historia-del-imperio-bizantino-13/

Sunday, December 28, 2014

La humildad. ( San Siluan el Athonita )



Aprender tener la humildad de Cristo es un bien enorme; con la humildad es fácil de vivir y todo agrada al corazón. Solamente a los humildes se hace ver nuestro Señor a través del Espíritu Santo, y sin esto no veremos a Dios. La humildad es una luz, en la cual podemos ver la Luz Divina, como se canta: "En Tu luz veremos la luz."


San Siluan el Athonita

Saturday, December 27, 2014

Historia del Imperio Bizantino. (12)


 

Genseric (king of Vandals) in Rome. Sacco di Roma 455. Painting of Karl Briullov 1833-1836.

Continuación de la (11)

Guerras Contra los Vándalos, Ostrogodos y Visigodos. Los Eslavos. La Política exterior de Justiniano.

La expedición contra los vándalos no se presentaba muy fácil. Había de transportarse, por mar, al África del Norte, un ejército que debería luchar contra un pueblo posesor de una flota potente, la cual, ya a mediados del siglo V, había tentado, con éxito, un golpe sobre Roma. Además, el traslado del grueso de las fuerzas imperiales a Occidente había de implicar graves consecuencias en Oriente, donde Persia, el más peligroso enemigo del Imperio, mantenía con éste continuas guerras fronterizas.


Procopio da un interesante relato de la sesión del Consejo en que se debatió por primera vez la expedición a África. (3) Los consejeros más fieles del emperador expresaron dudas sobre las posibilidades de éxito de la empresa y la consideraron precipitada. Justiniano empezaba a titubear, pero acabó triunfando de su breve flaqueza e insistió en su plan primitivo. La expedición se resolvió. A la vez, se producía en Persia un cambio de dinastía y, en 532, Justiniano lograba concluir una paz “perpetua” con el nuevo soberano, mediante la condición, humillante para Bizancio, de que el Imperio pagaría un considerable tributo anual al rey de Persia. Este tratado dejaba a Justiniano las manos libres en Occidente. A la cabeza del ejército y de la flota que debían participar en la expedición puso al famoso Belisario, que poco tiempo antes había reprimido la gran sedición interior conocida por el nombre de sedición Nika, de la cual hablaremos después. Belisario había de revelarse el más valioso auxiliar del emperador en sus empresas militares.

(1) Diehl, Justinien et la civílisation byzantine an VI síecle. París, 1901, p. 137.

(2) Jordanes, Getica, XXVIII, ed. Mornmsen, p. 95.

(3) Procopio, De bello vandálico. I, 10, ed. Haury, t. I, p. 355-60.

Ha de advertirse que en esta época los vándalos y los ostrogodos no eran ya los peligrosos enemigos de antes. Mal adaptados al clima deprimente del Mediodía, e influidos por la civilización romana, habían perdido muy de prisa su antigua energía y su antiguo valor. Además, las creencias arrianas de estos germanos hacían que sus relaciones con los pobladores romanos de los países que ocupaban no fueran muy amistosas. Las continuas revueltas de las tribus beréberes contribuían mucho a debilitar a los vándalos. Justiniano se daba perfecta cuenta de la situación. Merced a una diplomacia hábil agudizó las discordias interiores de los vándalos, seguro, por ende, de que los reinos germánicos no se unirían contra él. En efecto, los ostrogodos estaban en disensión con los vándalos, los francos ortodoxos mantenían luchas constantes con los ostrogodos, y los visigodos españoles, muy alejados del campo de las hostilidades, difícilmente podían tomar parte activa en una guerra contra Justiniano. Todo ello estimulaba en el emperador la esperanza de poder llegar a batir por separado a sus enemigos.

La guerra contra los vándalos duró, con algunas interrupciones, de 533 a 548. (1) Al principio Belisarío sometió, en un período muy corto, y con una serie de brillantes victorias, al reino vándalo en masa. Justiniano triunfante proclamó: “Dios, en su misericordia, no sólo ha liberado África y todas sus provincias, sino también ha devuelto las insignias imperiales apresadas por los vándalos en la toma de Roma.” (2) Considerando terminada la guerra, Justiniano llamó a Belisario a Constantinopla, con lo más del ejército. Pero entonces estalló una terrible insurrección: los moros, tribu indígena beréber, se sublevaron y las tropas de ocupación en África tuvieron que pelear contra ellos una campaña muy dura. Salomón, sucesor de Belisario en África, fue completamente batido y resultó muerto (544). La lucha continuó, agotadora, hasta el 548, en que la autoridad imperial fue restaurada en definitiva. Esta decisiva victoria se debió a Juan Troglita, diplomático y general de talento. Sus éxitos aseguraron en África una tranquilidad absoluta durante cosa de cuarenta años Juan Troglita, con Belisario y Salomón, son los tres héroes de la reconquista de África por el Imperio. (3) Sus altos hechos son relatados por el poeta africano Corippo en su obra histórica Johannis.

Los planes de conquista de Justiniano en África del Norte no se habían realizado por completo. La zona occidental, próxima al Atlántico, no se había reconquistado, a excepción de la poderosa fortaleza de Septum (hoy fortaleza española de Ceuta), próxima a las columnas de Hércules. Pero la mayor parte de África del Norte, Córcega, Cerdeña y las Baleares se habían vuelto a convertir en regiones integrantes del Imperio. Justiniano se esforzó con máxima energía en restablecer el orden en los territorios recuperados. Aun hoy, las grandiosas ruinas de numerosas fortalezas bizantinas erigidas por Justiniano en África del Norte atestiguan la considerable actividad desplegada por el emperador con miras a la defensa del país.

Más agotadora todavía fue la lucha contra los ostrogodos, que duró, también con algunas interrupciones, desde 535 a 554 (4) Estas fechas acreditan que la guerra con los ostrogodos, en sus trece años primeros, se mantuvo a la par que la guerra contra los vándalos, Justiniano empezó por intervenir en los asuntos internos de los ostrogodos, y luego emprendió una acción militar. Un ejército suyo inició la conquista de Dalmacia, que entonces pertenecía al reino ostrogodo. Otro ejército, conducido por mar a las órdenes de Belisario, ocupó Sicilia sin gran dificultad, y después, pasando a Italia, conquistó Nápoles y Roma. Poco más tarde — 540 ,— Ravena, la capital ostrogótica abrió sus puertas a Belisario. Este regresó a Constantinopla, llevando prisionero al rey ostrogodo. Justiniano añadió a sus títulos de “Africano” y “Vandálico,” el de “Gótico.” Italia parecía definitivamente conquistada para Bizancio.

(1) Sobre esta guerra v. Dichl, L’Afrique byzantine (París, 1896), p. 3-33. 3SS-381• Id., Jusünien, p, 178-180, W. Holmcs, The Age of Justinian ana Theodora, t. II. 2.” ed. (Londres, 1912), p. 489-520

(2) Codex Justinianus, I, 27, I, 7.

(3) V. Bury, II” p. 147.

(4) Se hallará un relato muy detallado en Bury, II, p. 151-286. V. también Diehl, Justinien, p. 181-201. Holmes, II, 544- 583

Entonces apareció entre los godos un jefe valeroso y enérgico, el rey Totila, último defensor de la independencia de los ostrogodos, cuya situación restableció rápidamente. En vista de los éxitos militares de Totila, Belisario fue llamado de Persia y enviado a Italia para asumir el mando supremo. Pero era imposible conseguir la dominación imperial en Italia sin potentes refuerzos. Una tras otra, las conquistas bizantinas en Italia y las islas pasaron a manos de los ostrogodos. La infortunada ciudad de Roma, que cambió de manos varias veces, quedó trocada en un montón de ruinas. Tras tantos fracasos, Belisario fue llamado a Constantinopla. La situación fue al cabo restablecida por otro valeroso general, Narsés, quien sometió a los ostrogodos en una serie de hábiles operaciones militares acreditativas de un verdadero talento estratégico El ejército de Totila fue derrotado en la batalla de Busa-Gallorum (Gualdo Tadino), en Umbría, el 552. Totila se dio a la fuga y fue muerto. (1) “Sus ropas manchadas de sangre y la toca ornada de piedras preciosas que llenaba fueron recogidas por Narsés, quien las mandó a Constantinopla, donde fueron puestas a los pies del emperador, con el fin de probar a los ojos de este último que el enemigo que había desafiado su autoridad por tanto tiempo había dejado de existir.” (2)

Tras una guerra ruinosa de veinte años, Italia, Dalmacia y Sicilia se hallaron reunidas al Imperio en 554. La Pragmática Sanción, publicada por Justiniano en ese mismo año, restituía a la alta aristocracia terrateniente de Italia y a la Iglesia los dominios que les habían quitado los ostrogodos, así como todos sus antiguos privilegios. En ella se indicaban, además, una serie de medidas destinadas a aliviar las cargas de la arruinada población. A raíz de las guerras ostrogóticas, la industria y el comercio italianos dejaron durante mucho tiempo de desarrollarse y, a causa de la falta de mano de obra, muchas campiñas de Italia permanecieron sin cultivo. Roma, por algún tiempo, sólo fue una ciudad de segundo orden, arruinada, sin importancia política. El Papa la eligió para su refugio.

La última empresa militar de Justiniano se dirigió contra los visigodos de la Península Ibérica. Aprovechando las luchas civiles que se habían entablado en España entre diversos pretendientes al trono visigótico, Justiniano, el año 550, envió una expedición naval a aquel país. (3) Aunque las tropas bizantinas no eran muy fuertes, la campaña tuvo éxito. (4) Numerosas ciudades y plazas fuertes marítimas fueron ocupadas.

(1) En Bury se hallará una descripción detalladísima de !a batalla, t. II, p. 261-260 y 288-91.

(2) Juan Malalas, p. 486. Teófanes, s. a. 6044, ed. De Boor, p. 228. V. Bury, t. II, página 268.

(3) V. Bury, t. II, p, 287.

(4) El autor dice, en el origina utilizado por mí, “un éxito muy grande.” Basta comparar el resultado de la expedición contra los visigodos españoles con el de las análogas dirigidas contra ostrogodos y vándalos para advertir que el éxito no fue muy grande. Ostrogodos y vándalos fueron deshechos, mientras los visigodos sólo sufrieron un quebranto parcial del que no tardaron mucho en recuperarse, expulsando de España a los bizantinos. (Nota del Traductor.)

En definitiva, tras cruentas batallas, Justiniano logró arrebatar a los visigodos el ángulo sudeste de la Península, con las ciudades de Cartagena, Málaga y Córdoba. Más tarde extendió los territorios sometidos, que llegaron por el oeste hasta el cabo San Vicente y por el este más allá de Cartagena. (1) La provincia imperial de España, creada entonces, quedó, con algunas modificaciones, bajo el dominio de Constantinopla durante 70 años aproximadamente. No se sabe con exactitud si esa provincia era independiente o subordinada al gobernador de África. (2)

Se han descubierto y descrito recientemente algunas iglesias y otros monumentos arquitectónicos de arte bizantino en España y en sus islas Baleares, pero, hasta donde cabe juzgar, no tienen gran importancia. Son como una prolongación pobre, rústica, del arte difundido en el África Septentrional… El dominio bizantino de España fue, pues, una provincia política, y también una provincia artística de África. (3)

(1) V. Diehl, Justinien, p. 204-206. Bury, t. II, p. 287, H. Gelzer en su ed. de Jorge Ciprio, Descriptio Orbis Romani (Leipzig, 1890), p. XXXII-XXXV. F. Corres, Die byzantinischen Besitzungen an den Küsten des spanisch-westgothischen Reiches (554-624) (Byz. Zeit., tomo XVI, 1907, p. 516). E. Bouchier, Spain under the Román Empire (Oxford, 1914), páginas 54-55. Rafael Altamira, en The Cambr. Mea. Hist., t. II, 1913, p. 163-64.

(2) V. Bury, t. H, p. 287.

(3) Así se expresa J. Puig y Cadafalch en La arquitectura religiosa en el dominio bizantino de España (Byzantion, t. I, 1924, p. 530). Todo el artículo (p. 519-533) merece ser leído.

El resultado de todas estas guerras ofensivas de Justiniano fue duplicar la extensión de su Imperio. Dalmacia, Italia, la parte oriental de África del Norte (zonas de Túnez y del oeste de Argelia actuales), el sudeste de España, Sicilia, Cerdeña, Córcega y las Baleares entraron en el Imperio de Justiniano. El Mediterráneo pasó a ser un lago romano. Las fronteras del Imperio iban de las columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar) al Eufrates. Pero a pesar de los considerables éxitos obtenidos, los resultados estuvieron lejos de realizar los planes iniciales de Justiniano, puesto que en definitiva no logró reconquistar todo el Imperio romano de Occidente. La mitad occidental del África del Norte, la mayor parte de la Península Ibérica, el norte del reino ostrogodo, al septentrión de los Alpes (antiguas provincias de Retia y Nórica), quedaron fuera de los límites de los países sometidos por los ejércitos de Justiniano. En cuanto a Galia, no sólo permaneció independiente en absoluto del Imperio bizantino, sino que incluso triunfó de él en cierta medida, ya que Justiniano, amenazado por los francos, hubo de ceder Provenza al rey de estos. Además, en los vastos territorios reconquistados el poder del emperador no fue igualmente sólido en todas partes. El gobierno no disponía de bastantes tropas ni bastantes medios para establecerse con más firmeza. Y aquellos territorios sólo podían conservarse por la fuerza. De manera que los éxitos, brillantes en apariencia, de las guerras ofensivas de Justiniano, contenían en sí los gérmenes de graves complicaciones para el futuro, tanto en lo político como en lo económico. Las guerras defensivas de Justiniano fueron mucho menos felices y a veces incluso humillantes por sus resultados. Tales guerras se mantuvieron contra los persas, al este, y contra los eslavos y hunos, al norte.

Las dos “grandes potencias” del universo conocido, Bizancio y Persia, sostenían desde siglos atrás guerras agotadoras en la frontera oriental del Imperio bizantino. Después de la paz “perpetua” convenida con Persia y que hemos mencionado antes, el rey persa Cosroes AnushiIVan — esto es, el Justo,— príncipe hábil y valeroso (1), advirtiendo las altas miras del emperador en Occidente, se preparó a la acción. Consciente de la importancia de los intereses que poseía en sus provincias limítrofes de Bizancio, y visitado además por una embajada de ostrogodos que le pedían socorro, denunció la paz “perpetua” y abrió las hostilidades contra el Imperio bizantino. (2) Siguió una guerra cruel, ventajosa para los persas. Belisario, llamado desde Italia, no logró nada contra ellos. Cosroes invadió Siria, saqueó y destruyó Antioquía, “ciudad que era a la- vez antigua y de grande importancia y la primera de todas las ciudades que los romanos tenían en Oriente, a la par que por su riqueza y magnitud por su población y por su belleza y por su prosperidad de todo género.” (3) En su marcha victoriosa, Cosroes alcanzó la costa del Mediterráneo. Al norte, los persas se esforzaron en abrirse camino hacia el mar Negro y tuvieron que combatir a los lazios en la provincia caucásica de Laziquia (hoy Lazístán); que entonces dependía del Imperio bizantino. Tras muchos esfuerzos, Justiniano logró al fin una tregua de cinco años, para obtener la cual hubo de entregar una gran suma de dinero. Pero aquella lucha interminable había fatigado a Cosroes, y en 562 Bizancio y Persia llegaron a un convenio que garantizaba una paz de cincuenta años. Merced al historiador Menandro (4) poseemos informes precisos y detallados sobre las negociaciones y condiciones del convenio. El emperador se comprometía a pagar cada año a Persia una gruesa cantidad en metálico, mientras el rey de Persia prometía garantizar la tolerancia religiosa a los cristianos de Persia, con la estricta condición de que se abstuviesen de todo proselitismo. Los negociantes romanos y persas, cualquiera que fuese su negocio, debían efectuar su tráfico en ciertos lugares prescritos, donde se establecían aduanas, con exclusión de todo otro punto. La estipulación más importante para Bizancio era el abandono por los persas de la provincia de Laziquia, situada en el litoral sudeste del mar Negro y que debía volver a los romanos. Así, los persas no lograban mantenerse en las riberas del mar Negro, que seguía siendo bizantino. El hecho tenía gran importancia política y económica. (1)

(1) E. Stein da mucha importancia a Cosroes y sobre todo a su padre Kavad, hombre de gran talento, que le recuerda a Filipo de Macedonia y a Federico Guillermo I de Prusia, dos casos en que vastagos eminentes utilizaron la obra de sus padres y donde los éxitos de los hijos han relegado a la sombra las tareas menos brillantes, pero quizá más difíciles, de sus progenitores. V. Stein, Ein Kapitel vom persischen und vom byzantinischen Staate (Byzantinisch Neugriechtsche Jahrbücher, t. I, 1920, p. 64).

(2) Sobre la guerra pérsica bajo Justiniano, v. Diehl, Justiníen, p. 308-217. Holmes, t. II, p. 365-419 y 584-604. Bury, t. II, p. 79-123. Kulakovski, Historia de Bizancio, t. II, Kiev, 1912, p. 188-208 (en ruso).

(3) Procopio, De bello pérsico, II, 8, 23 (ed. Haury, t. I, p. 188),

(4) Menandro, Excerpta, ed. Bonnensis, p. 346 y sigs. Excerpta historien jussu imp. Constantini Porphyrogeniti confecta, ed. de Boor (Bcrolini, 1903), I, p. 175 y sigs.

Amenazado por el peligro persa, Justiniano, entre tanto, había entrado en negociaciones con los lejanos abisinios y los himiaritas de Arabia. La provincia más avanzada de la Península Arábiga era el Yemen, al suroeste. Allí había florecido, en tiempos remotos, anteriores a la Era cristiana, el reino de los sábeos (Saba-Shoba), al que se vincula la leyenda de la reina de Saba, que se dice haber visitado al rey Salomón. A fines del siglo II a. de J.C. aquel país se convirtió en el reino de los sábeos himiaritas. El comercio y la vida marítima eran las principales ocupaciones de los habitantes. Las numerosas ruinas e inscripciones que se hallan aún atestiguan el poderío y prosperidad de aquel reino. El cristianismo empezó a propagarse en él a mediados del siglo IV, hallando un serio adversario en el judaísmo, que había hecho muchos prosélitos en el país. En la primera mitad del siglo VI, el rey de los himiaritas u homeritas, que favorecía a los sectarios del judaísmo, comenzó a perseguir con dureza a los cristianos de la Arabia del Sur. En ayuda de éstos acudió el rey cristiano de Etiopía, quien triunfó del rey judío en la lucha que siguió. El rey abisinio ocupó el Yemen, esforzóse en devolver al cristianismo su antiguo rango preeminente, y notificó al patriarca de Alejandría y al emperador bizantino Justino I su victoria sobre el judaísmo. El sucesor de Justino, Justiniano el Grande, envió una embajada a Axum, capital del reino abisinio, y a los homeritas, sobre quienes reinaba a la sazón el monarca abisinio. Justiniano tenía la intención de servirse de aquellos lejanos Estados para sus planes militares y comerciales, y sobre todo para obtener el concurso de tales países contra Persia. El principal servicio que los abisinios podían prestar era poner fin al monopolio persa del comercio de la seda, yendo a buscar la seda a Ceilán y llevándola hasta los puertos del mar Rojo, servicio que les habría reportado muchas ventajas.” (2) El rey de Abisinia consintió en aliarse con Justiniano y prometió hacer lo que se le pedía. Pero ni él ni sus vasallos del Yemen pudieron cumplir sus promesas. Sabemos (3) que, después de la primera embajada, Justiniano envió a Abisinia y al Yemen un tal Nonnosus; mas nada conocemos sobre éste, fuera de que en el curso del viaje corrió grandes peligros provocados por los hombres y por las fieras.

(1) Sobre detalles del tratado, v. K. Giiterbock, Byzanz und Persien in ihren diplomatisch-vólkerrechtlichen Beziehungen im Zeitalter Justinianus, Berlín, 1906, p. 57-105. Bury, tomo II, p. 120-23. E• Stein, Studien, p. 5-6.

(2) Bury, t. II, p. 325.

(3) Nonnosi fragmentum, ed. Bonn, p. 479. Fragmenta Historícomm graecorum, edicion Mullerus, t. IV, p. 179.

Muy diferentes fueron las guerras defensivas sostenidas al norte, es decir, en la misma Península de los Balcanes. Como ya dijimos, los bárbaros del norte — los búlgaros y, según toda probabilidad, los eslavos—habían devastado las provincias de la Península desde el reinado de Anastasio. En la época de Justiniano el Grande los eslavos, por primera vez, aparecen con su propio nombre. Procopio en sus escritos los llama “eslavones.” En este periodo, grandes hordas de eslavos y búlgaros, a los que Procopio llama hunos, cruzaban el Danubio y casi cada año adentraban bastante profundo al territorio bizantino, pasándolo todo a sangre y fuego. Por una parte alcanzaron los arrabales de la capital, internándose hasta la región Helesponto, y por otra entraron en Grecia, que recorrieron hasta el istmo de Corinto. Al oeste llegaron hasta las orillas de Adriático. Tambien en el reinado de Justiniano, comenzaron los eslavos a manifestar sus aspiraciones al mar Egeo. En sus esfuerzos para alcanzar este mar amenazaron Tesalónica, una de las ciudades más importantes del Imperio y cuyos alrededores fueron pronto uno de los focos eslavos de la península. Las tropas imperiales combatieron con encarnizamiento a los eslavos, y muy a menudo les obligaron a retirarse allende el Danubio. Pero puede afirmarse con la mayor certeza que no todos los eslavos eran expulsados. Las tropas de Justiniano, ocupadas en otros lugares importantes, no pudieron poner fin de manera decisiva a las incursiones anuales de los eslavos, y parte de éstos se instaló en el país. La época de Justiniano fue trascendente en el sentido de que asentó los cimientos del problema eslavo en la Península Balcánica, problema que había de tener máxima importancia para Bizancio a fines del siglo VI o principios del VII.

Además de los eslavos, los gépidos y los cutrigures, rama de la raza huna, invadieron por el norte la Península de los Balcanes. En el invierno de 558-59, los cutrigures, mandados por Zabergan, penetraron en Tracia. Desde allí una parte se destacó para devastar Grecia y otra invadió el Quersoneso tracio (Gallípoli). Un tercer ejército, compuesto de jinetes, a las órdenes de Zabergan en persona, marchó hacia Constantinopla. El país fue asolado y el pánico cundió en la capital. Todos los objetos preciosos de las iglesias de las provincias invadidas se enviaron a Constantinopla o se expidieron por mar a la orilla asiática del Bósforo. En esta ocasión crítica, Justiniano recurrió a Belisario para que salvase Constantinopla. Los invasores fueron vencidos en su triple ataque, pero Tracia, Macedonia y Tesalia padecieron muchísimo, desde el punto de vista económico, durante aquella invasión. (1)

El peligro húnico no se notó sólo en los Balcanes, sino también en Crimea, que pertenecía en parte al Imperio. Había allí dos ciudades, Querson y Bósforo, famosas por haber mantenido, en el curso de los siglos, la civilización griega en aquellos parajes bárbaros. Además, cumplían papel esencial en el comercio que mediaba entre el Imperio bizantino y los territorios de la Rusia de hoy. Hacia el fin del siglo V, los hunos habían ocupado la mayor parte de la península y empezaban a amenazar las posesiones bizantinas de aquella región. Por otra parte, existía en las montañas de Crimea una pequeña colonia de godos, cuyo centro principal era Doru, que, como protegido del Imperio, se hallaba amenazado también por los hunos. Para conjurar el peligro húnico, Justiniano mandó reconstruir varios fuertes y edificar largas murallas de las que todavía quedan vestigios hoy.(2) Era una especie de “Limes Tauricus.” El sistema de fortificaciones establecido por Justiniano en Crimea consiguió alejar el peligro húnico de las posesiones bizantinas y de la colonia goda de la península.(3)

(1) V. Bury, t. II, p. 298-308.

(3) W. Tomaschek, Die Gotcn tn Taurien (Viena, 1881), p. 15-16. A. Vasiliev, Los godos en Crimea (Leningrado, 1927), p. 182 (en ruso). La cuestión de los muros de Justiniano en Crimea requiere más estudio, hecho sobre el lugar.

(3) V, A. Vasiliev, ob. cit-, p. 179-183. J. Kulakovski, El pasado de la Taurida, 2.a ed., Kiev, 1914, p. 60-62 (en ruso). (Táurida era el antiguo nombre de Crimea.) Bury, II, páginas 310-312.

El celo evangelizador de Justiniano y Teodora se extendió a los pueblos africanos que habitaban la región del Alto Nilo comprendida entre Egipto y Abisinia. Allí moraban dos pueblos, los blemmies, más abajo de la primera catarata, y los nobadas, al sur de los primeros. Merced a la energía y a la habilidad de Teodora, los nobadas y su rey Silko se convirtieron al cristianismo, profesando la doctrina monofisista. (1) Luego, los esfuerzos combinados de un general bizantino y de Silko lograron imponer a los blemmies iguales creencias. Para conmemorar su victoria, Silko hizo grabar una inscripción en un templo de los blemmies. “La jactancia de ese reyezuelo — escribe Bury — sería apropiada en boca de Atila o de Tamerlán.” (2) En esa inscripción, Silko se da el título siguiente: “Yo, Silko, soberano ) de los nobadas y de todos los etíopes.” (3)

Haciendo balance del conjunto de la política exterior de Justiniano, ha de decirse que sus guerras interminables y agotadoras, que en definitiva no realizaron todas sus esperanzas ni todos sus planes, tuvieron fatales consecuencias para la situación general del Imperio. En primer lugar, aquellas gigantescas empresas requirieron gastos enormes. Procopio, en su “Historia secreta,” cuyo testimonio no debe ser acogido sino con la mayor cautela, declara — quizá con alguna exageración—que Anastasio había dejado reservas enormes para la época, que ascendían a 320.000 libras de oro (unos 1.500 a 1.600 millones de pesetas oro), todas las cuales Justiniano dilapidó pronto. (4) Según testimonio de otro historiador del siglo VI, el sirio Juan de Efeso, (5) las reservas de Anastasio no se agotaron en absoluto sino bajo el reinado de Justino II, esto es, después de la muerte de Justiniano. En todo caso, el legado de Anastasio, incluso si restringimos la cifra de Procopio, debió ser de gran utilidad a Justiníano para sus empresas militares. Pero no podía bastarle. En cuanto a los nuevos impuestos, eran superiores a las capacidades de pago de una población extenuada. Los esfuerzos del emperador para reducir los gastos estatales haciendo economías en el sostenimiento del ejército produjeron una reducción del número de soldados, disminución que tornaba muy insegura la suerte de las provincias occidentales conquistadas.

(1) Se hallará un interesante relato de este episodio en un historiador monofisita del siglo vi; Juan de Efeso, IV, 6-7. V. Crónica de Miguel el Sirio, trad. por J. B. Chabot, t. II (París, 1901), p. 266. L. Duchcsne, Les Missions chrctiennes au sud de l’Empire romain (Mélanges d’archéologie et d’histoire], t. XVI, 1896, p. 84-85. Bury, II, p. 328-329.

(2) Bury, II, p. 330.

(3) V. Corpus Inscriptionum Graecarum, III, 5072, p. 486. G. Lefébure, Colección de inscripciones griegas cristianas de Egipto (El Cairo, 1907), 628 (p. 118).

(4) Procopio, Historia Arcana, 19, 7-8, ed. Haury, p. 121.

(5) Juan de Efeso, Hist. ed. V, 20.

Desde el punto de vista romano de Justiniano, sus expediciones de Occidente son comprensibles y naturales; pero desde el punto de vista de los intereses reales del Estado deben ser consideradas inútiles y nocivas. La brecha abierta entre Oriente y Occidente era ya tan grande en el siglo VI, que la sola idea de reunir ambas regiones constituía ya un anacronismo. No podía existir una unión efectiva. Las provincias conquistadas sólo podían retenerse por la fuerza, y ya hemos visto que el Imperio no disponía de poder ni de medios para ello. Arrastrado por sus sueños irrealizables, Justiniano no comprendió la importancia de la frontera y provincias orientales, donde residían esencialmente los intereses vitales del Imperio bizantino. Las expediciones occidentales, obra sólo de la voluntad del emperador, no podían tener resultados duraderos, y el plan de restauración de un Imperio romano único desapareció con Justiniano, aunque no para siempre tampoco. A causa de la política general exterior de Justiniano, el Imperio atravesó una crisis económica intensa y extremadamente grave.



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Historia del Imperio Bizantino. (11)



Continuación de la (10)

Justiniano el Grande y sus Sucesores. (518-610).

Los sucesores de Zenón y Anastasio se atuvieron, en su política exterior tanto como en su política religiosa, a caminos absolutamente opuestos a los adoptados por aquellos dos emperadores: es decir, se volvieron de Oriente a Occidente.

Los Emperadores del Período 518-610.

Entre los años 518 y 578, el trono estuvo ocupado por los emperadores siguientes: primero, Justino, el Viejo (518-527), jefe de la guardia imperial (1), que fue elevado fortuitamente a la púrpura a la muerte de Anastasio; después su ilustre sobrino Justiniano, el Grande (527-565), y, en fin, un sobrino de este ultimo, Justino II, conocido por Justino el Joven (565-578). A los nombres de Justino y Justiniano está ligado estrechamente el problema de su origen.
 

Muchos sabios han tenido durante largo tiempo como un hecho el origen eslavo de Justino y Justiniano. Esta teoría se fundaba en una biografía del emperador Justiniano debida al parecer al abate Teófilo, profesor de Justiniano, y publicada por el conservador de la Biblioteca Vaticana, Nicolás Alemannus, a principios del siglo XVII. En esa “Vida” se halla a Justiniano y a sus padres mencionados por diversos nombres, con los cuales habían, según el autor, sido conocidos en sus países de origen. De acuerdo con las más doctas autoridades en materia de estudios eslavos, tales nombres serían eslavos, como el de Justiniano: “Upravda” (“la verdad,” “la justicia”). El manuscrito de Alemannus fue descubierto y estudiado a fines del siglo XIX (1883) por el sabio inglés Bryce, y éste ha demostrado que tal manuscrito, compuesto a principios del siglo XVII, era de carácter legendario y no tenía valor histórico alguno. Por tanto, hoy se debe eliminar en absoluto la teoría del origen eslavo de Justiniano.(1) Cabe, apoyándose en ciertas fuentes, considerar a Justino y Justiniano como probablemente iliríos o acaso albaneses. En todo caso, Justiniano nació en una población de Macedonia, no lejos de la actual ciudad de Uskub, cerca de la frontera albanesa. Algunos sabios hacen remontar su familia a los colonos romanos de Dardania, esto es, de la Macedónia superior.(2) Así, los tres primeros emperadores de este período fueron ilirios o albaneses, pero iliríos y albaneses romanizados. Su lengua materna era el latín.

(1) Era conde de los Excubítores, un regimiento de la guardia.

El débil Justino II murió sin hijos. A instigación de su mujer, Sofía, adoptó al tracio Tiberio, comandante del ejército imperial, y le designó cesar. En esta ocasión Justino pronunció un discurso muy interesante, que ha llegado hasta nosotros en su forma original, esto es, “estenografiado” por los escribas. Este discurso, sincero y contrito, produjo honda impresión en los contemporáneos. (3) He aquí algunos de sus pasajes:

“Sabe que es Dios quien te bendice y te confiere esta dignidad, y no yo… Honra como a tu madre a la que ha sido hasta aquí tu reina; no olvides que antes has sido su esclavo y ahora eres su hijo. No te complazcas en derramar sangre; no te hagas cómplice de muertes; no devuelvas mal por mal y te hagas impopular como yo… Que este boato imperial no te enorgullezca como me enorgulleció a mí… Presta atención al ejército; no estimules a los delatores y no dejes que los hombres digan de ti: “Su predecesor era tal y tal”; porque te hablo por mi propia experiencia.” (4)

(1) J. Bryce, Life of Justinian by Theopilus, en el Archivio della Reale Societa Romana di Storia Patria, t. X {Roma. 1887), p. 137-171, y en la English Historical Review, t. II (1887), p. 657-684.

(2) Jirecek, Geschichte der Serben (Gotha, 1911), t. I, p. 36. Bury, t. II, p. 18, n. 3. Sobre el origen de Justiniano, v. A. Yasilícv, El problema del origen eslavo de Justiniano (Bizantinski Vremennik, t. I (1894), p. 469-492, en ruso).

(3) El texto del discurso se hallará en Teofilacto Simocatta, III, II, ed. de Boor, páginas 132-133. Evagrio, V, 13. Juan de Efeso, III, 5. En un artículo muy interesante a propósito de ese discurso, el sabio ruso V. Valdenberg demuestra que esos tres escritores nos dan tres versiones diferentes de la misma arenga. (V. Valdenberg, Un discurso de Justino II a Tiberio, en el Boletín de la Academia de Ciencias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Leningrado, 1928, n. 2, p. 129. en ruso.)

(4) Según la trad. dada por Bury de la versión de Teofilacto (Bury, t. II (1889), p. 77-78).

A la muerte de Justino II, Tiberio reinó con el nombre de Tiberio II (578-5855). Con él terminó la dinastía de Justiniano. Su sucesor fue su yerno Mauricio (582-602). Las fuentes no están acordes sobre el origen de Mauricio. Algunos pretenden que su familia procedía de la lejana población capadocia de Arabissus (1) — cerca de la actual Elbistán—-, mientras, otros, aunque llamándole capadocio, declaran que fue el primer griego que ascendió al trono bizantino.(2) En rigor no hay contradicción entre los términos, porque es muy posible que Mauricio fuera en realidad el primer emperador de raigambre griega, aunque naciese en Capadocia. (3) Pero, según otra tradición, era romano.(4) Finalmente, Kulakovski considera probable que Mauricio fuese de origen armenio, porque la población indígena de Capadocia era armenia.(5) El ultimo emperador del período justinianeo fue el tirano tracio Focas (602-610), que destronó a Mauricio.

Justino I

Desde su exaltación al trono, Justino I abandonó la política religiosa seguida por sus dos predecesores inmediatos, aproximándose definidamente a los adeptos de la doctrina de Calcedonia y abriendo una serle de furiosas persecuciones contra los monofisistas. El gobierno se reconcilió con Roma y así concluyó el desacuerdo entre las Iglesias oriental y occidental, que se remontaba al reinado de Zenón y al Henótico. La política religiosa de los emperadores de este período fue ortodoxa y el Estado se enajenó, una vez más, la simpatía de sus provincias orientales.

(1) Evagrio, Hist. ecl., t. V, p. 19. Juan de Efeso, Hist. ed., V, p. ai.

(2) Paulo Diácono, Historia Longobardorum, III, 15.

(3) V. Stein, Studien, p. 100, n.° s.

(4) Evagrio, t. V, p. 19.

(5) f. A. Kulakovski, Historia del Imp. Bizant., t. II, p. 419 (en ruso)

(6) Diehl, Figures byzantines, París, 1906, t. I, p. ,56.

Justiniano el Grande. Teodora.

Justino I tuvo por sucesor a su sobrino Justiniano (527-565), la figura más importante de toda su época.

Al nombre de Justiniano está íntimamente vinculado el de su esposa Teodora, una de las mujeres más interesantes de la historia bizantina. La “Historia secreta,” de Procopio, contemporáneo de Justiniano, pinta con colores muy vivos la vida borrascosa de Teodora en sus años juveniles. De creer al autor, la hija del guardián de los osos del Hipódromo vivió en la atmósfera viciada del teatro de aquella época, y sus aventuras galantes fueron numerosas. Había recibido de la naturaleza una gran hermosura, gracia, inteligencia e ingenio. Según Diehl, “divirtió, encantó y escandalizó a Constantinopla.(6) Procopio cuenta que la gente honrada, cuando la encontraba en la calle, cambiaba de camino para no macular sus vestiduras al contacto de ella. (1) Pero estos detalles vergonzosos sobre la juventud de la futura emperatriz deben ser acogidos con las mayores reservas, porque todos emanan de Procopio, quien, en su Historia secreta, se propone, ante todo, difamar a Justiniano y a Teodora. Después de los años tempestuosos de la primera parte de su vida, Teodora desapareció de la capital y permaneció en África algunos años. De vuelta a Constantinopla ya no era la actriz de antes. Había dejado la escena y llevaba una vida de retiro, dedicando gran parte de su tiempo a hilar y testimoniando el interés más vivo por las cuestiones religiosas. En esta época la vio por primera vez Justiniano. Su belleza causó en él viva impresión. Hizo acudir a Teodora a la corte, la elevó al rango de patricia y a poco casó con ella. Al ser hecho Justiniano emperador, su mujer se convirtió en emperatriz. En su nuevo papel, Teodora se mostró a la altura de la situación, manteniéndose fiel a su marido, interesándose en los asuntos del Estado, demostrando gran penetración y ejerciendo considerable influencia sobre Justiniano en materias de gobierno. Durante la sublevación del 532, de la cual hablaremos después, Teodora cumplió un papel de importancia durante la gestión imperial de su marido. Con su sangre fría y su energía extraordinarias, probablemente salvó al Estado de nuevas convulsiones y lo apoyó a Justiniano en momentos donde las decisiones políticas al emperador, lo hacían dudar por su impacto en el Imperio. En lo religioso, manifestó con franqueza sus preferencias por el monofisismo, en lo que fue opuesta a su marido, que vacilaba y que, si bien haciendo concesiones al monofisismo, se aferró a la ortodoxia en el curso de todo su largo reinado. En este punto Teodora acreditó comprender mejor que Justiniano la importancia de las provincias orientales monofisistas, que eran de hecho las zonas vitales del Imperio.

Teodora murió de cáncer el 548, mucho antes que Justiniano. (2) En el famoso mosaico de la iglesia de San Vital, de Ravcna, — mosaico que se remonta al siglo VI ,— Teodora aparece en hábitos imperiales, rodeada de su corte. Los historiadores eclesiásticos contemporáneos de Teodora, así como los historiadores posteriores, han juzgado a la emperatriz con gran severidad. No obstante, en el almanaque ortodoxo, en la fecha 14 de noviembre, se lee: “Asunción del soberano ortodoxo Justiniano aniversario de la reina Teodora.”

(1) Procopio, Historia Arcana, 9, 25, ed. Haury. p. 60-61.

(2) Victoria Tonnennensis, Chronica, s. a. 549: Theodora Augusta Chalcedonensis synodi initnica canceris plaga corpore tota perfusa vitam prodigiose finivit (Chronica Minora, edición Mommsen, t. II, p. 202).

La Política Exterior de Justiniano y su Ideología.

Las numerosas guerras de Justiniano fueron en parte ofensivas y en parte defensivas. Las unas fueron sostenidas contra los Estados germánicos bárbaros de la Europa occidental; las otras contra Persia al este y los eslavos al norte.

Justiniano dirigió el grueso de sus fuerzas a Occidente, donde la actividad militar de los ejércitos de Bizancio quedó coronada por brillantes éxitos. Los vándalos y los ostrogodos hubieron de someterse al emperador bizantino. Los visigodos experimentaron también, aunque en menor grado, el poder de Justiniano. El Mediterráneo se convirtió, por decirlo así, en un lago bizantino. En sus decretos, Justiniano pudo darse el nombre de Caesar Flavius Justinianus, Alamannicus, Gothicus, Francicus, Germanicus, Anticus, Alanicus, Vandalicus, Africanus. Pero este anverso brillante de su política exterior tuvo un reverso. El éxito se pagó caro, muy caro para el Imperio, porque tuvo como consecuencia el agotamiento económico completo del Estado bizantino. Además, al trasladarse los ejércitos a Occidente, el Oriente y el Norte quedaron abiertos a las invasiones de los persas, los eslavos y los hunos.

A juicio de Justiniano, los germanos eran los mayores enemigos del Imperio. Así reapareció la cuestión germánica en el Imperio bizantino durante el siglo VI, con la única diferencia de que en el siglo V eran los germanos quienes atacaban al Imperio, mientras en el VI fue el Imperio el que atacó a los germanos.

Justiniano, al subir al trono, se tornó en representante de dos grandes ideas: la idea imperial y la idea cristiana. Considerándose sucesor de los Cesares romanos, creyó su sacrosanto deber reconstituir el Imperio en sus límites íntegros de los siglos I y II. Como emperador cristiano, no podía tampoco permitir a los germanos arríanos oprimir a las poblaciones ortodoxas. Los emperadores de Constantinopla, en su calidad de herederos legítimos de los Cesares, tenían derechos históricos sobre la Europa occidental, ocupada por los bárbaros. Los reyes germánicos no eran sino vasallos del emperador bizantino, que había delegado en ellos el poder sobre Occidente. El rey franco Clodoveo había sido elevado a la dignidad de cónsul por el emperador Anastasio, y el mismo Anastasio había confirmado oficialmente los poderes del rey ostrogodo Teodorico. Cuando decidió iniciar la guerra contra los godos, Justiniano escribía: “Los godos, que se han apoderado por la violencia de nuestra Italia, se han negado a devolverla.” (1) Él seguía siendo soberano natural de todos los gobernadores que había dentro de los límites del Imperio romano. Como emperador cristiano, había recibido la misión de propagar la verdadera fe entre los infieles, ya fuesen herejes o paganos. La teoría emitida por Eusebio de Cesárea en el siglo IV conservaba su vigencia en el VI. Ella se halla en la base de la convicción de Justiniano, persuadido de que era su deber restaurar el Imperio romano único, el cual, según los términos de una novela (2), alcanzaba antaño las orillas de los dos océanos, habiéndolo perdido los romanos por negligencia. De esta antigua teoría se desprende también la otra convicción de Justiniano de que debía introducir en el Imperio reconstituido una fe cristiana única, tanto entre los paganos como entre los cismáticos. Tal fue la ideología de Justiniano, quien llevó tan ambiciosa política, tal cruzada, al sueño de la sumisión de todo el universo conocido entonces.

(1) Procopio, De bello gothico, I, 5, 8, cd. Haury, II, 26.

(2) Justiniano, Novelas, 30 (44), II, ed. Zacarías von Lingenthal, I, 276. El texto de la Novela está citado por Lot en La fin du monde antique, p. 299-300: “Dios nos ha concedido el llevar a los persas a concluir la paz, el someter a vándalos, alanos y moros, el recobrar toda África y Sicilia, y tenemos buena esperanza de que el Señor nos concederá lo restante de este Imperio que los romanos de antaño extendieron hasta los límites de los dos océanos y perdieron por indolencia.”

Pero no se debe olvidar que esas grandiosas pretensiones del emperador sobre las zonas perdidas del Imperio romano no eran exclusivamente convicciones personales suyas. Análogas reivindicaciones parecían naturales en absoluto a los pobladores de las provincias ocupadas por los bárbaros. Los indígenas de aquellas provincias caídas bajo la dominación arriana veían en Justiniano su único defensor. La situación del África del Norte bajo los vándalos era especialmente difícil de soportar, porque los vándalos habían entablado severas persecuciones contra la población ortodoxa indígena, aprisionando a muchos ciudadanos y representantes del clero y confiscando los bienes de la mayoría. Emigrados y desterrados africanos, y entre ellos numerosos obispos ortodoxos, acudían a Constantinopla implorando al emperador que atacase a los vándalos y asegurándole que un levantamiento general de los indígenas acompañaría semejante tentativa.

Disposiciones análogas se hallaban en Italia, donde la población indígena, a pesar de la persistente tolerancia religiosa de Teodorico y del muy desarrollado gusto de éste por la civilización romana, seguía sintiendo un descontento profundo y volvía sus miradas a Constantinopla, en la esperanza de que ésta ayudaría a librar Italia de la dominación de los invasores y a restablecer la fe ortodoxa. Los propios reyes bárbaros alentaban las ambiciosas aspiraciones del emperador, puesto que continuaban mostrando el más profundo respeto por el Imperio, probando por todos los medios su adhesión al emperador, solicitando títulos honoríficos romanos, acuñando su moneda con la imagen del soberano imperial, etc. De buen grado habrían repetido, con expresión de Diehl, (1) la frase de aquel príncipe visigodo: “El emperador es un dios sobre la tierra y quien levante su mano sobre él debe expiarlo con su sangre.” (2)

Aunque la situación de África e Italia fuese favorable al emperador, las guerras emprendidas por él contra ostrogodos y vándalos habían de ser extremamente difíciles y largas.



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El hombre a menudo intenta organizar todo sin Dios. ( Padre Paisios )

Un hombre se ocupó de la cría de peces y todos los días decía — "¡Gloria a Ti, Dios!" — porque veía constantemente la providencia Divina. Él contaba que un pececito desde el momento de su eclosión del huevo, cuando es tan pequeño como la cabeza de un alfiler, tiene una pequeña bolsita con líquido con el cual se alimenta hasta que crezca y pueda alimentarse independientemente con los pequeños insectos acuáticos y algas. ¡O sea, recibe de Dios una "ración especial!" Si Dios provee hasta a los peces, ¡cuan más Él provee al hombre! Pero a menudo el hombre organiza todo y decide sin Dios. "Yo tendré — dice — dos hijos [y basta]" No cuenta con Dios. Por eso se producen tantos desastres y perecen tantos niños. En mayoría de las familias nacen dos hijos. Pero uno de ellos perece en un accidente automovilístico, otro se enferma y muere — y los padres quedan sin hijos.

Cuando para los padres — co-creadores de Dios, se hace difícil asegurar a sus hijos a pesar de los esfuerzos aplicados, entonces deben elevando los brazos al cielo, humildemente buscar la ayuda del Gran Creador. Entonces, se alegran tanto Dios, que ayuda, y él que recibe Su ayuda. Estando en el monasterio Stomión, conocía a un padre de muchos hijos. Él era un guarda del campo en la aldea Epira y su familia vivía en Koniza — a pie se caminaba cuatro horas y media. Él tenía nueve hijos. El camino a su aldea pasaba por el monasterio. Viniendo a trabajar y yendo a casa, el guarda entraba en el monasterio. Cuando volvía me pedía permiso de prender a las lámparas votivas. A pesar de que, al prenderlas, derramaba el aceite al piso, le permitía hacerlo. Yo prefería secar luego el piso que ofenderlo. Cada vez, saliendo del monasterio y caminando unos trescientos metros él tiraba de su fusil. No encontrando explicación a esto decidí observarlo la próxima vez desde el momento de su entrada en el templo y hasta que salga al camino a Koniza. Así supe que él primero prendía las lámparas del templo, luego salía en nartex y prendía la lámpara votiva ante el icono de la Madre de Dios sobre la entrada. Luego tomaba con el dedo el aceite de la lámpara, se arrodillaba, extendía sus manos hacia el cielo y decía "Madre de Dios, tengo nueve hijos. ¡Manda les un poco de carne!" Habiendo dicho esto, él untaba con el aceite que tenía en el dedo la mira de su fusil y se iba. A trescientos metros del monasterio al lado de una mora lo esperaba una cabra silvestre. Él tiraba, la mataba, la llevaba a una cueva que estaba algo mas lejos, allí la faenaba y llevaba la carne a sus hijos. Y eso pasaba cada vez que él volvía a casa. Yo me sentía extasiado ante la fe del guarda de campo y la providencia de la Madre de Dios. Después de veinticinco años, él vino al Monte Santo y me encontró. Durante la conversación pregunté: "¿Cómo están tus hijos? ¿Dónde están?" En respuesta él indicó con la mano el norte y dijo: "Unos en Alemania" — luego extendió su mano al sur y agregó: "En cambio otros en Australia y gracias a Dios saludables." Este hombre conservaba la pureza de las ideologías ateas a su fe y a sí mismo y por eso Dios no lo dejó.



Padre Paisios del Monte Athos