Wednesday, March 23, 2016

Sobre la Ortodoxia ( Padre Dumitru Staniloae )


La Ortodoxia es idéntica en fe y culto, con el contenido de fe y de culto cristiano original. Pero el hecho paradoxal y absolutamente auténtico es que, siendo en su esencia una extensión de la fe, culto y espiritualidad de la Iglesia indivisible desde el principio, la Ortodoxia sigue respondiendo perfectamente a las necesidades espirituales actuales de los pueblos que le han conservado. Ella no ha modificado su esencia después de tantos períodos históricos por los que la humanidad ha atravesado en estos dos mil años. Ella no ha hecho del elemento temporal de unos u otros de esos momentos históricos, elementos esenciales de su ser, de manera que ahora le sea difícil eliminarlos. Ella no se medivalizó como el catolicismo romano, no es un producto de las manifestaciones renacentistas como el protestantismo y no busca ni siquiera ahora alguna modificación esencial para adaptarse a los tiempos actuales, por medio de la secularización. Ella ha permanecido en los valores esenciales y permanentemente humanos de la devoción, de las preocupaciones simples, profundas y permanentes del hombre en su relación con lo absoluto. Ella ha ayudado al hombre a dar una respuesta a las distintas preguntas surgidas a través de los tiempos, a través de la respuesta que le ha dado siempre a las preguntas fundamentales. Ella no se identificó con la dura armadura y las complejas formas de lucha del caballero medieval, ni con el severo traje y el código social disimulador del burgués individualista, sino que ha mantenido el mismo vigor de movimiento y simpleza de pensamiento, así como la manifestación directa y esencial del hombre natural de siempre, logrando ser siempre la misma y siempre actual.


La Iglesia Ortodoxa no introdujo en su santuario interior y no dejó que penetrara los rasgos simples de su fe, las diversas y complicadas invenciones de algunos instruídos, quienes se dejaron llevar más por el deseo de ciertas delicias de gimnasia intelectual, que por la emoción profunda y completa de la relación de misterio entre el hombre y Dios. La Ortodoxia no mezcló nunca los arabescos innecesarios de la mente humana en la esencia simple, insondable y grandiosa, permanente e inevitablemente vivida del misterio de la salvación. Podría afirmar que ella ha mantenido siempre un carácter popular, y el pueblo, en su naturalidad, ha estado siempre abierto solamente a los problemas reales y esenciales de la vida.


Por eso, la Ortodoxia ha ganado, con su exposición simple de los aspectos fundamentales del misterio de la salvación, la atención del hombre de cualquier tiempo. Ella ha ganado la comprensión del hombre de siempre, porque ha actualizado la vivencia de estos menesteres y respuestas fundamentales, indiferentemente si se trató del hombre de la Edad Media, del Renacimiento o de nuestro tiempo, porque esas necesidades y esa sensibilidad son comunes a todos los tiempos. La Ortodoxia no tuvo necesidad de las especulaciones escolásticas medievales, para encontrarse en realidad con el hombre de entonces, así como no necesita auto-secularizarse para encontrarse con el hombre contemporáneo. Al contrario, ella intuye que, auto-secularizándose, perdería totalmente la atención de este hombre, porque ya no le ofrecería en absoluto la respuesta a los problemas fundamentales de la salvación, que seguirán inquietándolo en lo profundo de su ser.


La Ortodoxia también se ha adaptado, desde luego, a los tiempos. Ella ha ayudado a los pueblos que la han guardado, en todas las circunstancias de vida por las que han pasado y en todas sus necesidades. Pero esa adaptación no ha significado nunca una modificación esencial en ella como misterio, o una sustitución de su misterio con determinada ideología. Ella ha sido siempre el mismo misterio de lo simple, fundamental y necesario para la vivencia religiosa. Pero el misterio responde no sólo a estas necesidades fundamentales de siempre, sino a todas las necesidades de la vida. El misterio cristiano debe ser puesto en evidencia, en cualquier tiempo, de acuerdo al modo de entendimiento del mismo tiempo, pero debe ser puesto en evidencia siempre en la misma integridad que satisfaga las necesidades de la salvación. Los hombres podrán extraer luego sus conclusiones teóricas y prácticas, entendiendo que el misterio de la salvación responde también a los problemas especiales de su propio tiempo, pero sólo en su calidad de misterio integral del cristianismo, sin reducirse al rol de una simple respuesta para estos problemas especiales.


Así hizo siempre la Ortodoxia y así lo sigue haciendo. En este sentido, ella comunica a los hombres al “Jesucristo, el mismo ayer y hoy” (Hebreos 13, 8), a Jesucristo, Quien, siendo el mismo, responde de la misma manera como lo hizo ayer. La Ley Antigua estaba sujeta a cambios, para que su revelación prosperara, pero heste hecho vino a modificar para siempre su razón de ser, cuando, finalmente, vino a ser cambiada por Cristo. Ese cambio provino de su incapacidad para hacerse plena como misterio de salvación. Ella pierde su sentido, “por razón de su ineficacia e inutilidad, ya que la Ley no llevó nada a la perfección, pues no era más que introducción a una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios.” (Hebreos 7, 18-19), ya que “éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hebreos 7, 18-19).


La Ortodoxia ha entendido que no necesita cambiar nada del sacerdocio pleno de Cristo, para agregarle o reducirle algo, sino sólo ponerlo una y otra vez en evidencia, en toda su plenitud. A la Ortodoxia le suena extraña la expresión “Ecclesia semperreformanda” (Iglesia en permanente necesidad de reformarse), porque ella comunica completamente a Cristo, quien es “semperconformis cum omni tempore” (Permanente en cualquier tiempo).


El Cristianismo occidental comenzó, a partir de la Edad Media y por medio de la Escolástica, un camino de “definición”, es decir, de delimitación o concentración del misterio de la salvación, de acuerdo a las capacidades de la mente humana; este camino ha sido seguido también por la Reforma, que proviene del catolicismo. El abordaje intelectual del misterio cristiano sustituyó la vivencia integral del misterio, con la reflexión en las piezas rotas de éste.


La Ortodoxia ha vivido el misterio de la salvación en toda su plenitud, siempre. Los pocos términos nuevos adoptados por los Concilios Ecuménicos, fueron emitidos con el objetivo de no reducir el misterio a una definición racional, sino precisamente para protegerlo contra las tentaciones de racionalizarlo y limitarlo, o incluso reducirlo. Dichos términos tuvieron como propósito proteger la experiencia, por siempre, del misterio anunciado en el Nuevo Testamento, que somos salvados por el Hijo de Dios, Quien para esto se hizo hombre y permanece el mismo, eternamente, Dios y hombre, plenamente accesible a nosotros. Los Concilios han guardado el misterio de nuestra salvación, conforme el cual la fuente infinita de vida se nos hizo accesible por medio de la máxima accesabilidad del humano: nuestro semejante. Ellos rechazaron la tentación racionalista que vaciaba el misterio de la salvación y hacía vana la misma salvación, reafirmando la separación del hombre y Dios, o la identificación panteísta del hombre con Dios. El misterio de la salvación no puede ser reproducido sino paradójicamente y la Ortodoxia ha guardo el carácter paradoxal del misterio cristiano contra cualquier intento de división hecha con proposiciones racionales unilaterales.


A la Ortodoxia se le objeta que, así como el cristianismo occidental se adaptó a la mentalidad de la Edad Media y del Renacentismo, así también ella se adaptó a la mentalidad bizantina, enterrando el centro vivo del misterio cristiano en una pompa formalista y aristócrata, que ha perdido toda relación con nuestros tiempos. No negamos que la Ortodoxia sufrió una cierta influencia bizantina. Pero esta influencia no llegó a tocar el centro del misterio cristiano. Al contrario, la vivencia del misterio permaneció viva también en el período bizantino y se puede decir que no fue el pensamiento bizantino el que generó la espiritualidad cristiana de ese período, sino al contrario, la forma de vivir cristiana original generó el pensamiento y el arte bizantinos. No fue la visión bizantina de la existencia la que dio a luz a la Liturgia de la Iglesia, sino la Liturgia de la Iglesia origina produjo la visión bizantina del mundo.


Lo que se considera herencia bizantina en la vida de la Iglesia Ortodoxa es, especialmente, esa multitud de símbolos mediante los cuales se expresa le fe cristiana y su vivencia en el culto, en el arte, en la vida. Pero la influencia bizantina en la Ortodoxia desarrolló sólo un simbolismo inherente a la propagación del misterio cristiano. Las definiciones intelectuales y las exposiciones docrinarias por las que el Occidente buscó y busca suprimir la divulgación simbólica del misterio de la salvación, comienzan de la convicción que este misterio puede ser expresado exactamente por medio de palabras humanas. En realidad, este misterio, entonces cuando es reducido a su sentido literal y a definiciones intelectuales, se reduce o se desvanece. La plenitud paradoxal del misterio de la salvación se sugiere de forma más real por medio de símbolos. Hablar de la cruz y la resurrección de manera general, su representación en imágenes, su manifestación por medio de los actos simbólico-litúrgicos, sugiere aún más real y existencialmente el misterio de la salvación, que la teoría de la satisfacción sostenida por Anselmo, o la teoría protestante, que no pueden abarcar sino sólo una parte del misterio imcomprensible de la salvación.


Estas teorías son buenas sólo si no pretenden reemplazar al misterio en sí, en su plenitud imcomprensible, sino enseñar alguna parte de él, de forma relativa y provisional. La influencia bizantina consta en la voluntad de organizar todos los detalles del culto, del arte, de los gestos de la vida religiosa, de tal manera que exprese intuitiva y simbólicamente los distintos detalles del misterio de la salvación. Estos podrían dar cierta impresión de formalismo, sólo si no son manifestados con seriedad y convicción. Una liturgia oficiada en cualquier parroquia campesina, cuyos feligreses están acostumbrados a su expresión natural-simbólica, muestra de un modo claro y penetrante los rasgos esenciales del misterio de la salvación. En cualquier caso, esta expresión es la misma enseñanza doctrinaria cargada de sutilezas; mientras tanto, en Occidente han buscado muchas veces sustituir las sugerencias del misterio, con símbolos. Si la Ortodoxia necesitara adaptarse de alguna manera a las necesidades del hombre de hoy, esta adaptación no podría constar en un abandono total de las expresiones simbólicas, sino solamente una simplificación de tales expresiones, para que se vean inmediatos los grandes símbolos del misterio cristiano, correspondiente a los inmensas, simples y permanentes evidencias y necesidades espirituales del hombre de todos los tiempos.


Pero debemos reconocer que en la era bizantina la Ortodoxia presentaba otra característica más (la concordancia entre Iglesia y Estado). Los cristianos occidentales lo mencionan, pero reconocen satisfechos que actualmente esa sinfonía ya no existe. Queremos detenernos en este punto, porque consideramos que tal aspecto no es propio de la era bizantina, sino que la influencia bizantina sólo vino a acentuarlo, siendo algo inherente al cristianismo auténtico y, como tal, permaneciendo de cualquier manera en la Ortodoxia actual.


Mientras en el Occidente medieval y subsiguiente a la Edad Media apareció y se desarrolló la idea de dos imperios separados y opuestos, o dos espadas en lucha, en el Oriente cristiano se afirmaba la unidad del mundo, sostenida por el mismo Cristo Pantocrátor; el imperio estaba espiritualizado desde su interior, no estaba obligado exteriormente a someterse a una espada presuntamente espiritual, que en el fondo lo que podría estar haciendo es obrar mundanamente, sometiéndose provisionalmente al imperio seglar a través de cierta superioridad también terrenalmente. El Imperio bizantino se hacía sentir, encontrándose dentro de las mismas zonas en las que se hallaba también la Iglesia, en el marco del ordenamiento universal determinado del mismo Redentor Pantocrátor, aunque en este mismo marco tenía otras actividades y la autonomía de unos órdenes propios. Esta era una visión muy cercana a la expresada por el Santo Apóstol Pablo: “Dios colocó todo bajo sus pies, y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.” (Efesios 1, 22).


En los siglos siguientes, las cosas se desarrollaron de una determinada manera también en Oriente, en el sentido de las concepciones occidentales, llegándose a una separación Estado-Iglesia. Pero la influencia occidental en este sentido se ejerció mucho más sobre el Estado que sobre a Iglesia. La Ortodoxia mantuvo su visión del mundo como un tejido unitario de razones, que tienen como centro y finalidad en el mismo Pantocrátor. Por eso, la Ortodoxia no puso nada de su parte para profundizar aquella separación, o para transformarla en cualquier clase de antagonismos y conflictos entre el orden eclesiástico y el orden estatal o cultural. Siempre encontró en la solicitud y aspiraciones profundas del pueblo una plataforma de entendimiento y de colaboración con el Estado.
(…)
La experiencia del misterio integral de la salvación por parte de la Ortodoxia es una con la experiencia viva del Espíritu Santo, como el soplo de vida que viene del plan divino. El Espíritu Santo es el que hace siempre contemporáneo, siembre vivo el misterio de la salvación. Por eso, el Espíritu Santo ocupa un lugar tan importante en la preocupación y en el discurso de la Ortodoxia. En el Espíritu Santo, o por medio del Espíritu Santo, la Ortodoxia vive continuamente el misterio de la salvación, vive a Cristo hecho hombre, crucificado y resucitado, en Su comunicación viva e hipóstasis hacia los fieles.



Se ha hablado y se habla mucho también el protestantismo sobre el Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo (en tal concepción y discurso) de hecho se ha vuelto el factor fundamental para el individualismo orgulloso, de una originalidad de entendimiento individual nueva de la fe, no de la experiencia más allá del entendimiento del misterio. El Espíritu Santo ha sido identificado allí con fenómenos intelectuales y sentimentales, inmanentes e individualistas. Pero la experiencia auténtica del Espíritu nos eleva a una percepción más allá de la mente y del orgullo individualista del misterio, mismo que se nos abre como una realidad no inventada por nosotros, para todos. El Espíritu Santo es la cima de la obra divina de la Trinidad, venida a nuestra intimidad subjetiva y revelándose a nosotros como tal, como dicen los Padres orientales.


El Espíritu nos habla de aquella realidad divina, no como teoría intelectual, sino como misterio de vida, más allá de nuestra inmanente vida. Él conecta nuestra vida espiritual con la vida de Cristo crucificado y resucitado, haciéndola una vida común y nueva. Por eso el Espíritu es dador de vida y nos hace vivos, porque nos aleja de las especulaciones sobre Dios y sobre la salvación, hechas a la distancia, en la mismísima experiencia del misterio divino en Su trabajo salvador. La Ortodoxia, siendo la experiencia del Espíritu, como experiencia del misterio entero de la salvación, es siempre actual, porque esta experiencia siempre responde a las necesidades humanas fundamentales, a diferencia de culquier teoría intelectual, que debido a su naturaleza reducida y unilateral, es falta de vida y superada con cada paso que dé el espíritu en la línea del progreso intelectual. Esta comunión de la realidad del misterio divino de la salvación, por medio del Espíritu Santo, es una verdadera vida para el espíritu, con todo lo que significa tal forma de vida. Por eso, canta la Ortodoxia “Por medio del Espíritu Santo, toda alma resucita”, “Por medio del Espíritu Santo comienza la vida”, “El Espíritu mueve la creación”, a donde viene Él, nace la vida”, “todo se renueva”, “por el Espíritu Santo viene la sabiduría” y “todo buen don”.
(…)


La Ortodoxia es doxológica, en el sentido extenso de que todo conocimiento sobre Dios y sobre Su labor redentora está orientada prácticamente, existencialmente. Es transformada en la oración, en el diálogo directo con Dios, en el contenido de tal diálogo, en la substancia de nuestra relación personal y viva con Él. La Ortodoxia ha mantenido el carácter auténtico de la religión como diálogo del creyente con Dios, mientras que el cristianismo occidental ha desarrollado el carácter de doctrina, de filosofía del cristianismo, de gnosis, que transforma a Dios en objeto, diluyendo Su realidad y subordinándolo a la mente humana.



Pero sólo en la relación dialógica Dios es vivido intensamente y en verdad. Por eso la Ortodoxia es la experiencia viva de Dios. Y Dios, como elemento en el diálogo con el creyente, en su momento, trabaja en su contraparte humana, la bendice, responde sus peticiones con Su consuelo y Sus dones.



Dios obra en los creyentes por medio del culto, por medio de sus sacramentos, mientras los fieles sienten y testifican la presencia de Dios en sus cantos de enaltecimiento y con las oraciones que le elevan. El culto ortodoxo sacramental es un diálogo ontológico entre Dios y los creyentes y solamente después de esto es también un diálogo verbal. Dios obra en nosotros, mientras oramos, después de recordar Sus hechos redentores y luego de alabarlo por ellos. Y, trabajando en nosotros, Dios nos abre los ojos del alma para que intuyamos Su obra, para que la sintamos y nos mueve a expresar nuestro agradecmiento por este sentimiento. Así, el culto sacramental no es solamente una forma de oración del conocimiento de Dios, sino también una fuente de conocimiento y de contínua verificación del conocimiento de siempre de la Iglesia, forma principal de la tradición viva de la Iglesia. Las palabras utilizadas en el culto son la guía hacia la experiencia de su contenido y la expresión de esta experiencia.


Los fieles ortodoxos no han obtenido la enseñanza de la Iglesia por medio de catequismos y esposiciones doctrinales, sino sobre todo del mismo culto, de la práctica sacramental del misterio de la redención. El pensamiento sobre Dios es culto y el culto es pensamiento, guía. El creyente ortodoxo no desprecia la reflexión sobre Dios y sobre Su obra salvadora, pero esta reflexión se hace en el espíritu del diálogo con Dios, es la reflexión de esa contraparte que alaba a Dios, le agradece y le pide algo, es una reflexión en el cuadro vivo del diálogo, en la experiencia del misterio divino. El pensamiento del otodoxo sobre Dios es culto, aún fuera del tiempo del culto.
Así, en el culto sacramenteal de la Ortodoxia, que es también pensamiento, trabaja el Espíritu Santo, Quien es la cima de la obra divina en nuestro interior más íntimo. En la práctica del culto se produce continuamente el suceso del encuentro con Dios. En el culto le hablamos a Dios cantando, porque sólo el canto expresa más cálidamente esa experiencia para la que no existen palabras. Cantando nuestro ser se hace más sensible a la experiencia del misterio, es llevado por el entusiasmo que produce en él la vivencia del misterio, del Espíritu dador de vida y encuentra la forma de comunicar esta vivencia entusiasta. El canto libera las palabras de su limitado sentido intelectual, haciéndolas adecuadas para vivenciar inefablemente el misterio.


Pero el culto es también, al mismo tiempo, la conversación del hombre con Dios sobre sus necesidades y las de sus semejantes, las del mundo entero, así como sus alegrías por los dones recibidos. En el culto, el hombre ve y vive, profunda y existencialmente, su necesidad de Dios y toma consciencia de lo que para él significa estar en comunión con Dios. Porque, en el Espíritu Santo, el hombre se ve a sí mismo no en el impase de su propia impotencia y la infelicidad de vivir sin conocer a Dios, sino en la esperanza optimista de su plenitud y en el comienzo de esta plenitud, que se teje en el diálogo misterioso y redentor con Dios. Por eso el culto es dinámico. El hombre se vive a sí mismo, en su integridad, elevado y puede gustar desde ya (...) de su vida eterna en Dios, en el Espíritu del amor y de la comunión con Dios y con Sus elegidos. Los íconos de los santos, los himnos de elogios dedicados a ellos, el vivir en comunión con ellos también, agrandan tal optimismo. Todo esto comprende una verdadera doctrina vital sobre el hombre, sobre lo que el hombre puede llegar a ser, mediante la profundización de su diálogo vivo con Dios y también con sus semejantes, una doctirna de la grandeza que le espera al hombre, una doctrina de la esperanza para cada creyente, de una esperanza conocida desde ya, por anticipado. Los íconos y los himnos dirigidos a los santos mantienen al creyente en cierta tensión entre la herencia recibida y la plenitud prometida, por medio del desarrollo del diálogo ontológico con Dios, que es un camino escatológico. La perspectiva escatológica del culto proyecta una luz de optimismo sobre la vida presente.


El fundamento más profundo de la esperanza, de la alegría que llena todo el culto ortodoxo y que caracteriza a la Ortodoxia, es la Resurección. La celebración de la Pascua, que es el centro del culto ortodoxo, es cual una explosión de felicidad, semejante a la que vivieron los discípulos al ver al Señor resucitado. Es la explosión de la alegría cósmica por la victoria de la vida, después de la inmensa tristeza por la muerte que tuvo que soportar el mismo Soberano de la vida por haberse hecho hombre. “Que se alegren los cielos y que la tierra se goce, y que celebre todo lo visible e invisible, porque Cristo resucitó, la eterna felicidad“. Todo se llenó con la certeza de la vida, después de que todo avanzaba inexorablemente hacia la muerte. El teólogo A. Schmemann dice que esta es la mejor noticia, o el evangelio que trajo y que promulga todo el cristianismo: la alegría de la Resurección. Si el cristianismo no le diera al mundo en más esta alegría única, su razón de ser desaperecería. La alegría de la Resurección es anunciada por el cristianismo en cada domingo. Porque cada domingo está dedicado a la Resurección. Así, todo el culto vibra de la felicidad de la Resurrección y está envuelto en esa tensión escatológia de la esperanza en la victoria de la vida. “Ahora todo se ha llenado ya de luz, cielos y tierra”, proclama la Iglesia en la noche de la Resurrección. En la noche de la falta de sentido de un mundo sometido a la muerte, cubierta por un cielo cuya intención no se conocía, de un tiempo que conducía todo a la muerte, teniendo grabado en sí el sello del sinsentido, brotó vida de un sepulcro, lo que vino a llenar de la luz del sentido a todo el mundo y su tiempo, mismo que nos descubrió la intención bendita del cielo para el mundo y reveló incluso a los ángeles el sentido de la creación. El tiempo devino entonces, de un tiempo que llevaba a la muerte, de un tiempo que se desarrollaba en la oscuridad de la falta de sentido, un tiempo de resucitar, un acontecimiento luminoso, una celebración permanente. Todos los días del tiempo, todos los días del año se volvieron fiesta, asegurándonos que nos llevan a la resurrección, como llevaron a la vida venerable a los santos que celebramos en cada uno de ellos. Mejor dicho, todos los días se volvieron vísperas de un domingo eterno, como los días de la semana son la espera del domingo, porque ellos nos obligan a esforzarnos, semejante al de los santos, para llegar a alcanzar un feliz descanso como el de ellos.

La Ortodoxia acentúa con una especial fuerza la fe del cristianismo en la victoria de la vida. La lucha tanto tiempo indecisa entre vida y muerte terminó con la victoria definitiva de la vida. Ahora no tememos más a la muerte, ahora ya no nos entristece, porque ella es el paso a una vida verdadera, la cual percibimos desde ahora. La mezcla del sentido y del sin sentido, impresa en todo, por el simple hecho de que por una parte existían, por otra todo estaba sometido a la muerte, se ha vuelto ahora sólo un sentido. La vida ha triunfado definitivamente sobre la tristeza y la desolación. La creación entera está destinada, por la Resurrección, a la vida eterna; la creación entera ha sido recuperada por Aquel que la creó.


                                  Catecismo Ortodoxo

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Akathisto a los 40 mártires de Sebaste


Contaquio I
Aunque San Constantino había concedido su edicto de tolerancia a los cristianos, Lucinio, que compartía el poder con él, en la tierra de Armenia, quiso forzaros, por medio de su gobernador Agrícola, a hacer sacrificio a los dioses paganos. Vosotros os negasteis y nosotros con gran voz clamamos: Regocijaos oh Santos Mártires de Sebaste.
Ikos I
Os distinguisteis por numerosas batallas, por vuestra bravura y fidelidad, pero aunque Lucinio os pidió rendir homenaje a los dioses paganos, vosotros preferisteis la muerte del cuerpo para salvar vuestra alma inmortal santificada por el bautismo y nosotros os cantamos:
Alegraos, modelos de firmeza.
Alegraos, ejemplos de fidelidad.
Alegraos, parangones del fervor.
Alegraos, imágenes del gran coraje.
Alegraos, espejos de la Vida en Cristo.
Alegraos, iconos de la Verdadera Vida.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio II
Fuisteis arrojados a la prisión, y pasasteis la noche en el calabozo en oración y salmodia. Oísteis una voz que decía: Perseverad hasta el fin y seréis salvados. Y elevasteis vuestras manos a Dios cantando: ¡Aleluya!
Ikos II
Al día siguiente fuisteis llevados de nuevo ante Agrícola, y usando su adulación, no os volvisteis débiles, mas rehusando renegar al Salvador por ganar el favor del emperador Licinio, continuasteis confesando firmemente a Cristo. Y ante vuestro indefectible coraje, nosotros cantamos:
Alegraos, granos fértiles de la fe.
Alegraos, ramo de virtudes cristianas.
Alegraos, brotes de santas promesas.
Alegraos, flores que florecieron en el cielo.
Alegraos, frutos magníficos de la ascesis.
Alegraos, cosecha agradable al Maestro.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio III
Un tiempo después, el juez Licio vino a Sebaste para procesaros. Él os habló del deshonor que manchaba vuestra reputación. Pero vosotros le respondisteis que podía tomar vuestras vidas, pues para vosotros no había más precioso que la fe en Cristo. Acacio y Acaeto, con vuestros compañeros cantaron, pues, a Dios: ¡Aleluya!
Ikos III
Entonces intentó lapidaros, pero las piedras lanzadas, volvían a vuestros verdugos y los herían. Os devolvieron a la prisión y vuestra noche fue una vigilia de oración al Dios del universo. Y una voz os hablaba así, Alejandro y Angias, y a todos los otros: El que crea en Mi, aunque muera, vivirá. Sed valientes y no temáis nada, y así obtendréis coronas imperecederas, mientras que los cielos claman:
Alegraos, sufrimiento aceptado por Dios.
Alegraos, testigos del dolor.
Alegraos, luces en las tinieblas.
Alegraos, esperanza en la desesperación.
Alegraos, pruebas del Amor de Cristo.
Alegraos, encarnaciones de la Fe.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio IV
Entonces fuisteis lanzados a un lago helado, vigilados por un guardia, para prevenir que salierais a tierra firme. Pero vuestra convicción cristiana no fue agitada: Atanasio y Claudio, fuisteis introducidos en esta aguas como en las del bautismo, cantando a Dios: ¡Aleluya!
Ikos IV
Cirilo y Domiciano, bravos soldados del Maestro Santo, vuestros labios no cesaron de orar mientras que el frío cruel penetraba mordazmente en vuestra carne. Como vuestros compañeros, vosotros mirabais al cielo como vuestra patria verdadera. Y nosotros cantamos ahora vuestro insigne coraje diciendo:
Alegraos, bornes en nuestro camino.
Alegraos, faros del Espíritu Divino.
Alegraos, cobijos de la vía estrecha.
Alegraos, refugios de los piadosos creyentes.
Alegraos, parada santa de nuestras vidas.
Alegraos, esperas del Inefable.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio V
Domno y Eudecio, con vuestros compañeros rezasteis así: Señor, haz que todos nosotros, los cuarenta, podamos perseverar y ninguno falte a tu Nombre Sagrado. Y perseverasteis en la oración ferviente, cantando a Aquel que salvó a los tres jóvenes del horno: ¡Aleluya!
Ikos V
Elías y Eunoquio, a pesar de los guardias que tentaban de haceros volver a la falsa razón del mundo y a la cobardía de la perjura, vosotros continuasteis vuestra ascesis en el agua helada. Maravillados por vuestra constancia, nosotros cantamos:
Alegraos, jardín de cuarenta flores.
Alegraos, tropa que marcha al Cielo.
Alegraos, cielo con múltiples estrellas.
Alegraos, últimos combates por la Vida Verdadera.
Alegraos, orgullo de todos los creyentes.
Alegraos, camino de la Ortodoxia.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio VI
Eutiquio y Flavio, cuando, pensando influenciar vuestra santa voluntad de morir por el nombre glorioso de Cristo, instalaron baños calientes cerca del lugar de vuestro martirio, para calentar vuestros cuerpos helados por el frío y renunciar a vuestra fe, vosotros rehusasteis con vuestros compañeros, cantando a una sola voz a Dios: ¡Aleluya!
Ikos VI
Gayo y Gorgonio, todas las seducciones del mundo fueron vanas ante el carácter inflexible de vuestra fe. Permanecisteis en el hielo con vuestros hermanos en el martirio y con oración ferviente al Señor, vosotros habéis merecido las alabanzas que cantamos:
Alegraos, hijos valientes del Padre.
Alegraos, hermanos de Cristo en la cruz.
Alegraos, receptáculos del Espíritu.
Alegraos, hijos de la Toda Pura.
Alegraos, compañeros de todos los santos.
Alegraos, exaltación de los fieles.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio VII
Heliano y Heraclio, atletas de la fe cristiana, comensales de los mártires de todos los tiempos, abandonasteis el tiempo y la época de vuestros verdugos, para refugiaros en la Eternidad, cantando a Dios: ¡Aleluya!
Ikos VII
Hesiquio y Juan, vuestro ejemplo sagrado es para nosotros más preciado que el oro, pues, sin perder vuestro coraje en ningún momento, pusisteis vuestra mirada fija en el Reino de lo Alto, despreciando la llamada de los paganos a uniros a sus errores. Por eso nosotros cantamos:
Alegraos, entusiasmo del Reino.
Alegraos, vigor de la rectitud.
Alegraos, fuerza invencible de Cristo.
Alegraos, bello heroísmo de los puros.
Alegraos, energía celeste y santa.
Alegraos, ardor en el invierno del mundo.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio VIII
Leoncio y Lisímaco, san Efrén el Sirio, el arpa inefable del Espíritu Santo en nuestra iglesia, cantó vuestras alabanzas y la de vuestros compañeros, poniéndoos como ejemplo de fidelidad a los creyentes de siglos venideros y dando gracias a Dios, cantando: ¡Aleluya!
Ikos VIII
Melecio y Melitón, se habló de vosotros, y el historiador Sozomeno de Bizancio dejó un escrito sobre el hallazgo vuestras santas reliquias y las de vuestros gloriosos compañeros por la emperatriz Pulqueria, que cantó para honraros:
Alegraos, pasarelas hacia el Edén.
Alegraos, manifestaciones de Gracia.
Alegraos, reflejos del cielo sobre la tierra.
Alegraos, fronteras del más allá.
Alegraos, canales de bendición.
Alegraos, promesas de la Vida futura.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio IX
Nicolás y Filoctimón, san Gregorio de Nisa, el brillante teólogo de Cristo nuestro Dios, escribió dos discursos que él mismo predicó en una iglesia dedicada a los santos cuarenta mártires, de los que formabais parte, clamando incesantemente a Dios: ¡Aleluya!
Ikos IX
Prisco y Quirión, ni la mordedura glacial del agua sobre vuestros cuerpos, ni la perspectiva de la muerte terrestre, ni las tentaciones humanas de poner fin a vuestro suplicio de frío, no superaron vuestra resolución de vivir para Cristo en el paraíso. Por eso, nosotros os cantamos a plena voz:
Alegraos, incienso que se eleva al cielo.
Alegraos, cirios ardientes ante Dios.
Alegraos, lámparas iluminadas con el amor de Cristo.
Alegraos, sustentos firmes de los creyentes.
Alegraos, coro sutil de oración.
Alegraos, oraciones rectas que ascienden al cielo.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio X
Sacerdón y Severiano, al igual que las de vuestros compañeros ardientes en la fe, vuestras reliquias sagradas son una muralla indestructible contra las invasiones, según san Basilio el Grande, que añadió que vosotros sois, santos mártires, un recurso aprobado en la prueba. Nosotros alabamos a Dios cantando: ¡Aleluya!
Ikos X
Sisinio y Esmeraldo, la elocuencia de los oradores, la sabiduría de los filósofos permanece muda ante el estruendo espiritual, que, con vuestros compañeros de tortura, habéis dado a los cristianos de todos los tiempos. Sois ejemplo de fidelidad, amor y fe indefectible. Por eso nosotros os alabamos así:
Alegraos, pilares de la fe de la Iglesia.
Alegraos, ambones santos del Inefable.
Alegraos, columnas de la piedad.
Alegraos, candelabros de la Única Luz.
Alegraos, puertas reales de Dios.
Alegraos, santuarios del misterio.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio XI
Teodulo y Teófilo, servidores amantes y amados de Dios, miembros de la santa milicia de los cuarenta mártires de Cristo en Sebaste. Vuestro renombre incorrupto en Cristo a través de los siglos, asombra y maravilla a los fieles que claman a Dios: ¡Aleluya!
Ikos XI
Valente y Valerio, ninguna argucia del enemigo, ninguna estratagema del tirano, superó vuestra fe invencible. Pues la gracia de Dios permanecía en vosotros y vuestros compañeros en Cristo. Y como un muro, ella no permitía que declinara vuestra afección por Cristo y sus promesas. Por eso nosotros os cantamos:
Alegraos, holocaustos de gran valor.
Alegraos, ofrendas inestimables.
Alegraos, sacrificios de gran precio.
Alegraos, oblaciones de pureza.
Alegraos, propiciaciones insignes.
Alegraos, inmolaciones consentidas.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio XII
Viviano y Xantias, al igual que vuestros compañeros, habéis combatido el buen combate por Cristo. Pero uno de los condenados cedió a las insidias del diablo, y abandonando el lago, fue hacia el baño caliente y murió. Coronas descendían del cielo hacia vosotros,  y viéndolo Aglayo, uno de los guardias que os custodiaban, vino a vosotros para unirse al martirio cantando: ¡Aleluya!
Ikos XII
Gloriosos mártires, vuestros cuerpos, muertos o aún con vida, fueron retirados del lago helado por la orden del tirano, entregados al fuego y lanzados los restos al agua para que desaparecieran para siempre. Pero al tercer día, os aparecisteis al obispo del lugar, Pedro, que recogió de las aguas vuestros restos sagrados que fueron al momento venerados por los piadosos cristianos que os claman:
Alegraos, bravos soldados de la fe.
Alegraos, combatientes del paraíso.
Alegraos, guerreros armados del único Amor.
Alegraos, compañeros de lucha del Bien.
Alegraos, tropa sagrada del buen combate.
Alegraos, santas milicias del Señor.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
Contaquio XIII
(Este contaquio se recita tres veces)
Fieles soldados de Cristo, os habéis unido a las milicias celestes donde intercedéis por la salvación de nuestras almas ante el Trono de Gloria con los otros elegidos del Reino. Rogad por nosotros a la Santísima Trinidad para que nos conceda una fe inquebrantable mientras que nosotros cantamos: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Fieles soldados de Cristo, os habéis unido a las milicias celestes donde intercedéis por la salvación de nuestras almas ante el Trono de Gloria con los otros elegidos del Reino. Rogad por nosotros a la Santísima Trinidad para que nos conceda una fe inquebrantable mientras que nosotros cantamos: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Fieles soldados de Cristo, os habéis unido a las milicias celestes donde intercedéis por la salvación de nuestras almas ante el Trono de Gloria con los otros elegidos del Reino. Rogad por nosotros a la Santísima Trinidad para que nos conceda una fe inquebrantable mientras que nosotros cantamos: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
(Se Repite el Contaquio I  y el ikos I)
Contaquio I
Aunque San Constantino había concedido su edicto de tolerancia a los cristianos, Lucinio, que compartía el poder con él, en la tierra de Armenia, quiso forzaros, por medio de su gobernador Agrícola, a hacer sacrificio a los dioses paganos. Vosotros os negasteis y nosotros con gran voz clamamos: Regocijaos oh Santos Mártires de Sebaste.
Ikos I
Os distinguisteis por numerosas batallas, por vuestra bravura y fidelidad, pero aunque Lucinio os pidió rendir homenaje a los dioses paganos, vosotros preferisteis la muerte del cuerpo para salvar vuestra alma inmortal santificada por el bautismo y nosotros os cantamos:
Alegraos, modelos de firmeza.
Alegraos, ejemplos de fidelidad.
Alegraos, parangones del fervor.
Alegraos, imágenes del gran coraje.
Alegraos, espejos de la Vida en Cristo.
Alegraos, iconos de la Verdadera Vida.
Alegraos, oh Santos Mártires de Sebaste.
  
Oración a los Santos Cuarenta Mártires
De Sebaste
Santos mártires de Cristo, celebrados por los teólogos y los poetas de nuestra iglesia. Interceded por nosotros ante el Dios de misericordia, para que nos conceda, a pesar de la debilidad de nuestra fe y nuestra falta de seguridad, permanecer fieles al Salvador hasta el fin de nuestra vida y ser acogidos por vosotros en el paraíso. Nosotros que somos a menudo pusilánimes, que el ejemplo del guardia Aglayo que vio descender las coronas de la gloria sobre vosotros y fue convertido instantáneamente tomando el lugar del que había renegado de Cristo, para unirse a vosotros, como Matías había remplazado a Judas entre los apóstoles, nos haga imitarlo y unirnos al rango de los que siguen al Maestro hasta el fin del combate que conduce a la victoria santa de la salvación.
Santos Quirión, Cándido, Heraclio, Domno, Hesiquio, Esmeraldo, Eunoquio, Valente, Viviano, Claudio, Prisco, Teodulo, Eutiquio, Juan Xantias, Heliano, Sisinio, Aggias, Aetio, Flavio, Acacio, Ecdiquio, Lisímaco, Alejandro, Elías, Gorgonio, Teófilo, Domiciano, Gayo, Atanasio, Cirilo, Sacerdón, Nicolás, Valerio, Filoctimón, Severiano, Melecio, Melitón, Leoncio y Aglayo, que fue convertido por el ejemplo de los santos mártires, rogad a Dios por nosotros. Amén.

                                      Catecismo Ortodoxo 

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Sunday, March 20, 2016

Los Canones Sagrados en la Vida de la Iglesia


"Condiciones para la interpretacion de los Canones sagrados"
Vlasios Io. Feidas, Catedratico de Universidad

Los canones sagrados constituyen fuentes fundamentales del Derecho Canonico, pues proporcionan el testimonio mas autentico tanto de los asuntos eclesiasticos que han surgido a traves de los tiempos como tambien del modo en que la Iglesia ha hecho frente a los mismos. Sin embargo la valoracion de los canones como fuentes del Derecho Canonico presupone una posicion objetiva en cuanto a la naturaleza humana y divina de la Iglesia y en cuanto al caracter espiritual peculiar y a la finalidad historica concreta de aquellos. Es decir procede distinguir sus condiciones historicas y su contenido historico material de la conciencia de la Iglesia expresada a traves de los mismos para hacer frente a los asuntos que surjan en cada ocasion, a causa de evidentes malentendidos del contenido de la revelacion en Cristo. Esta distincion es sumamente ardua, pues en los canones la conciencia de la Iglesia se expresa en una conexion historica y morfologica hacia el asunto concreto al que se enfrenta y hacia las condiciones vigentes en cada epoca. Es comprensible que unicamente mediante un estudio historico-canonico objetivo basado en el metodo historico-genetico es posible la distincion entre el contenido historico de los canones y la conciencia de la Iglesia expresada a traves de los mismos. No obstante para alcanzar dicho objetivo conviene llevar a cabo su valoracion particular frente a las otras fuentes de la historia de la Iglesia y tener en cuenta ciertas condiciones eclesiologicas basicas, sin las cuales la correcta interpretacion de los canones resulta imposible.

De lo anterior resulta evidente que toda la tradicion canonica de la Iglesia debe ser valorada mediante una correcta interpretacion de cada grupo concreto de canones, los cuales fueron establecidos por los Sinodos Ecumenicos o Locales o tambien como resultantes de la autoridad de los distinguidos Padres de la Iglesia. Sin embargo la correcta interpretacion presupone tambien la reconduccion de cada canon o grupo de canones del mismo tipo a la totalidad de la experiencia sacramental y espiritual global de la Iglesia, a la cual se refiere el contenido completo de la tradicion canonica. Sin dicho esfuerzo hermeneutico previo, entonces los contrastes aparentes de los canones se multiplicarian segun los criterios objetivos o motivos de turno de los canonistas, mientras que el desuso tempestiva o intempestivamente alegado de ciertos canones se ampliaria con el pasar del tiempo. Efectivamente, muchas veces la letra de los canones se pone por encima de su espiritu y cada canon se valora aislado de la tradicion canonica global, es decir independientemente del contenido de la revelacion en Cristo y de la esencia del sacramento de la Iglesia. Resulta pues evidente que la hermeneutica de los canones debe tener siempre presentes ciertos principios eclesiologicos e historico-canonicos peculiares, sin los cuales la interpretacion incluso de los canones por separado corre el riesgo de resultar una valoracion parcial o equivocada del espiritu o de la voluntad de los mismos:

Primero, en la interpretacion y la valoracion de los canones se presuponen, por supuesto, la suficiente formacion teologica y la opinion eclesiastica sana del estudioso. En caso contrario resulta imposible una correcta aproximacion a los textos canonicos, los cuales no constituyen ciertamente solo un simple objeto de estudio arido y horizontal. Es comprensible que en la interpretacion de un canon se persiga en la medida de lo posible la abstraccion de la subjetividad de los presupuestos y de las intenciones del estudioso, pues la posicion aprioristica contraria al canon puede conducir a conclusiones erroneas. Las premisas y las finalidades de los canones han sido ya puestas por la Iglesia, de modo que queda limitada la posibilidad de interpretacion subjetiva por parte del estudioso. Lo cual significa que quien se dedique al estudio de los canones debe iniciarse con anterioridad en el espiritu en general de la tradicion canonica y respetar todas las condiciones eclesiologicas y eclesiasticas imprescindibles para su interpretacion.

Segundo, en la interpretacion de los canones se debe tener en cuenta muy seriamente que estos no forman una parte distinta, independiente y autosuficiente de las fuentes de la revelacion, sino que estan incluidas organicamente en la Tradicion sagrada global de la Iglesia. Interpretan las Sagradas Escrituras y solo son interpretados a traves de estas y de su referencia a la Tradicion sagrada global de la Iglesia. Esto debe considerarse como una condicion sine qua non para la correcta interpretacion de los canones, dado que toda la constitucion de su contenido por razon de materia se basa directa o indirectamente en las Sagradas Escrituras y en la Tradicion sagrada. El hecho pues que en la formulacion de cualquier disposicion canonica se ponga como condicion necesaria la referencia a la totalidad del contenido de la revelacion en Cristo, del modo en que de esta es depositaria la Iglesia y la vive continuamente, hace que el no respeto a esta condicion durante la interpretacion de los canones constituya una inconsecuencia inaceptable y una omision peligrosa. Las consecuencias de tal omision son muy graves no solo para la correcta valoracion del espiritu de los canones, sino tambien para la plenitud del metodo cientifico seguido en la interpretacion, ya que cortar los canones del contenido de la revelacion en Cristo elimina de facto las condiciones objetivas historico-filologicas de hallazgo del espiritu que rige a los mismos. La eventual separacion de la forma historica de los canones del contenido subjetivo genuino de la revelacion en Cristo se identifica con la eliminacion de los fundamentos de toda la tradicion canonica y con su descomposicion en formas historicas parciales indiferentes para la historia de la salvacion, las cuales dejan de estar relacionadas con la naturaleza o con la finalidad de la Iglesia.

Tercero, para la correcta comprension o interpretacion de los canones se debe producir una clara distincion a priori entre la envoltura historica y el espiritu de la tradicion canonica que de algun modo se incluye en ellos. La interpretacion de los canones no se puede asumir con el significado de un empirismo juridico autonomo, es decir, con el significado de una investigacion univoca de la formulacion que se expresa o de la finalidad concreta perseguida. Al contrario, entonces existe realmente el peligro o de una absolutizacion de la letra de la tradicion canonica o de la limitacion de su espiritu a una composicion aditiva de los supuestos especiales referidos expresamente, en los cuales la Iglesia aplico en la practica la plenitud de la verdad de la fe vivida por ella. No obstante la eventual absolutizacion del material historico de la tradicion canonica significaria al mismo tiempo tambien la utilizacion de la parte para la sustitucion del todo de la experiencia espiritual, la cual constituye la "ley" empirica suprema de la iglesia. Por consiguiente, la correcta interpretacion de los canones presupone necesariamente por una parte el restablecimiento de la autentica relacion vertical del espiritu de los mismos por el contenido de la revelacion en Cristo, y por otra parte la incorporacion horizontal natural y objetiva de su envoltura historica en la experiencia eclesiastica de cada epoca.

Cuarto, la interpretacion de los canones debe realizarse basandose en todos los principios cientificos modernos establecidos de la hermeneutica. No es suficiente por tanto una simple interpretacion literal, sino que se deben encontrar tras una investigacion laboriosa todas las causas historicas y la finalidad concreta de los canones concretos, las particulares tendencias canonicas durante la epoca en cuestion, la situacion eclesiastica general, la importancia de los asuntos a los que se refieren los canones, su relacion con problemas eclesiasticos paralelos, la terminologia utilizada en la epoca en cuestion, la autoridad de los organos eclesiasticos que decretaron los canones, el procedimiento seguido, las discusiones que se llevaron a cabo durante el mismo, los fundamentos eclesiasticos esgrimidos durante el establecimiento de los canones etc... Unicamente tras un estudio responsable y exhaustivo similar de las condiciones eclesiologicas e historico-canonicas debe ejercerse la critica historico-filologica del texto de los canones, para restablecer el autentico texto, para delimitarse de modo exacto el significado canonico de los terminos utilizados, para esclarecerse la finalidad especifica del establecimiento de cada canon e interpretar por consiguiente su autentica voluntad.

Quinto, en la interpretacion de los canones deben evitarse los habituales paralelismos analogicos erroneos, esquivar las correlaciones subjetivas o inoportunas, huir de cuantas imprecisiones favorezcan falsas interpretaciones, esclarecerse o corregirse cualquier tipo de indeterminacion de termino o formulacion, senalarse las eventuales falsificaciones intencionadas en el pasado del texto, acoger todas las interpretaciones erroneas propuestas y examinarse todas las posibilidades de correcta interpretacion del texto. En la interpretacion debe determinarse claramente que dice y que no dice en realidad el canon sobre la epoca en la que fue establecido, hallar la peculiaridad o la novedad y constatar su acuerdo o su evolucion en comparacion con textos canonicos analogos o similares anteriores o contemporaneos al mismo. Finalmente, el espiritu y la voluntad de cada canon debe formularse positivamente y no mediante una interpretacion estrecha o literal del mismo, ya que solo de este modo se facilita la correcta reconduccion del espiritu del canon al contenido total de la revelacion en Cristo.

Sexto, la multiformidad de expresiones de la tradicion canonica que habitualmente se constata durante la interpretacion de los canones no debe ser fuente de problemas para el investigador, pues cada canon concreto no constituye tampoco la unica aplicacion autentica del contenido de la revelacion en Cristo en la vida historica de la Iglesia. Es por tanto posible que existan muchas formulas canonicas paralelas referentes al mismo asunto o a asuntos similares, las cuales sin embargo no danan la autenticidad de la aplicacion historica dada al canon concreto. Los canones no excluyen una multiformidad historica de la autentica expresion del mensaje de la salvacion en Cristo, mientras que excluyen constrastes sustanciales en esta multiformidad. La multiformidad sin contrastes sustanciales es habitual en la tradicion canonica.

Septimo, en la interpretacion de los canones, y sobre todo de los de la misma clase, se debe distinguir claramente aquellos canones, que condenan alguna infraccion canonica durante su perpetracion (herejia, cisma, secta, reunion secreta, doctrina moral equivocada), de aquellos otros los cuales tiene como objetivo la definicion de los asuntos canonicos para el regreso de los arrepentidos al seno de la Iglesia. A los primeros se suele aplicar la exactitud canonica, mientras que se suelen imponer penas mas severas contra los que atentan a la unidad de la Iglesia. No obstante, a los arrepentidos se aplica siempre la economia eclesiastica tanto para el fortalecimiento de la unidad, como para la salvacion de los arrepentidos a traves de los medios de santificacion de la Iglesia. En este sentido, la exactitud canonica expresa la naturaleza absoluta y la esencia del misterio de la Iglesia, y la economia eclesiastica constituye una aplicacion pastoral especial del misterio de la Iglesia en cada uno de los supuestos.

Octavo, la correcta reconduccion de los canones en parte similares o afines a su conjunto organico implica, en ultimo analisis, su referencia a la experiencia sacramental global de la Iglesia, pues segun la tradicion ortodoxa "la Iglesia se revela en los sacramentos" (N. Kavasilas). En este sentido, podria sostenerse firmemente que cuantos canones se refieren p.ej. a la organizacion administrativa de la Iglesia tanto local como universal dimanan del sacramento del sacerdocio, por ello todos se refieren a la posesion canonica, al ejercicio o a la perdida de la autoridad sacerdotal por los obispos, presbiteros y diaconos, mientras funcionan teniendo como eje el sacramento de la Divina Eucaristia , en la cual se resume toda la experiencia sacramental y se revela el misterio completo de la Iglesia.

Noveno, en realidad el Derecho Administrativo de la Iglesia fija la distribucion canonica durante las epocas del derecho de las ordenaciones y del juicio de los obispos, como tambien la funcion del resto de los clerigos, los monjes y los laicos, de modo que se afirma continuamente la unidad del cuerpo eclesiastico en la Divina Eucaristia y en toda la experiencia sacramental de la Iglesia. En el mismo marco funciona tambien el Derecho Penal de la Iglesia, el cual, a traves de la gran variedad de las penas espirituales, determina simplemente la relacion canonica de los obispos, del resto de los clerigos, los monjes y los laicos hacia la Divina Eucaristia y toda la experiencia sacramental de la Iglesia. El que los canones administrativos y penales esten centrados en la Eucaristia hace necesaria la reconduccion hermeneutica tanto del contenido como de la terminologia ambigua ( ordenacion, excomunion, comunion ) de los relativos canones al susodicho principio fundamental de su existencia y su funcionamiento. De este modo se evitan no solo las distinciones erroneas habituales en la doctrina juridica acerca del caracter de los canones (administrativos, dogmaticos) , sino tambien las interpretaciones arbitrarias o impropias de los terminos canonicos ambiguos, como p.ej. de los terminos ordenacion (elegir - celebrar ordenacion), excomunion (excomunion mayor o menor), entredicho (penitencia - pena) etc. Con este metodo hermeneutico de reconduccion a los principios fundamentales queda a salvo la autentica voluntad de cada canon concreto no solo segun su formulacion historica sino tambien en su referencia espiritual a todo el funcionamiento del cuerpo eclesiastico.

La interpretacion de los canones por tanto solo se lograra si, observados los susodichos principios hermeneuticos, resulta posible dar el mensaje completo a la terminologia y lengua contemporaneas. Esto es una tarea ardua y habitualmente insegura, pues no existen siempre cuestiones razonables tanto acerca de la autentica relacion entre canon e interpretacion como acerca de la completa identidad del espiritu de ambos. Sin embargo la fidelidad del espiritu de la interpretacion hacia el autentico espiritu de los canones es precisamente tambien la peticion de cualquier nueva formulacion canonica. Ciertamente, la fijacion en la forma historica o en la agrupacion por materias de los canones es un presupuesto necesario, pero no un elemento necesario de la interpretacion, aunque en la interpretacion haya que buscar la autentica analogia de todos los datos historicos contemporaneos a los canones, respecto de los cuales estaba vigente el espiritu y el contenido de estos.

Sin embargo, la dificultad objetiva por una parte para asegurar la completa identidad entre el espiritu del canon y el espiritu de su interpretacion, y por otra parte para preservar la autenticidad del espiritu en el cambio de la letra explica la actitud estricta de la Iglesia Ortodoxa frente a los canones, la cual, sin dar ciertamente caracter absoluto a su tenor literal historico, los considera autenticos y portadores ciertos de su espiritu subjetivo. Asi, se conserva intacta con una sensibilidad caracteristica la autentica conjuncion historica de letra y espiritu, no solo para mantener sin adulterar a traves de los mismos el mensaje de la revelacion en Cristo, sino tambien para fundamentar su nueva aplicacion autentica en cada epoca y en formas historicas familiares a los fieles. El respeto de la Ortodoxia a la conjuncion historica de la letra y el espiritu de los canones debe interpretarse ciertamente no como un enfermizo sindrome tradicionalista de su evolucion historica, sino principalmente como una sana sensibilidad incontestable hacia la salvaguardia de su fuente fidedigna y de su dinamismo renovador en todas las epocas de la historia de la Iglesia. 

                                 Catecismo Ortodoxo 

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