
“Aquél que ama poco, da poco.
Aquél que ama más, da más
y aquél que ama muchísimo, ¿qué tiene digno de dar?
¡Se da a si mismo!”
Cristo es nuestra vida, nuestro amor
Cristo es la alegría, la luz, lo verdadero, la felicidad. Cristo es nuestra esperanza. La relación con Cristo es cariño, es amor, es entusiasmo, es anhelo de lo divino. Cristo es el todo. Él es nuestra vida, Él es nuestro amor. Es amor inalienable el amor de Cristo. Desde allí nace la alegría.
La alegría es el mismo Cristo. Es un alegría que te hace un nuevo hombre. Es un locura espiritual, pero en Cristo. Te emborracha como el vino más puro, este vino espiritual. Cómo dice David:”Me preparas una mesa ante mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y me llenas la copa a rebosar”.(Salmo 22, 5) El vino espiritual no está mezclado, no está adulterado, es muy fuerte y cuando lo bebes, te emborracha. Esta divina ebriedad es regalo de Dios, que se da a los “limpios de corazón”(Mat. 5, 8)
Ayunad tanto como podáis, haced todas las metanias que podáis, disfrutad de todas las agripnías que queráis; pero que estéis alegres. Que tengáis la alegría de Cristo. Es la alegría que dura eternamente, que tiene eterno regocijo. Es la alegría de nuestro Señor, que da el sosiego seguro, el placer sereno y la felicidad más agradable. La alegría, la máxima alegría, que supera cualquier alegría. Cristo quiere también alegrarse de esparcir la alegría, de enriquecer a Sus creyentes con la alegría. Deseo, “que nuestra alegría sea completa”(1ª Jn. 1, 4)
Ésta es nuestra religión. Allí tenemos que ir. Cristo es el Paraíso, mis niños. Qué es el Paraíso? Es Cristo. Desde aquí empieza el Paraíso. Es exactamente lo mismo; todos los que aquí en la tierra viven a Cristo, viven el paraíso. Es así ésto que os digo. Es correcto, es verdadero ésto, creedme! Es tarea nuestra el intentar encontrar la manera de entrar dentro de la luz de Cristo. No se trata de que haga uno lo formal, lo superficial. La esencia es que estemos junto a Cristo. Que se despierte tu alma y que ame a Cristo, que se vuelva santa. Que se entregue al amor divino. Así nos amará también Él. Será entonces la alegría inalienable. Ésto lo quiere muchísimo Cristo, llenarnos de alegría, porqué Él es la fuente de la alegría. Esta alegría es regalo de Cristo. Dentro de esta alegría conoceremos a Cristo. No podemos conocerle, si el no nos conoce. Cómo lo dice David? “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela”.(Salmo 126, 1)
Esto quiere conseguir nuestra psique. Si nos preparamos en función de esto, la gracia nos lo dará. No es difícil. Si cogemos la gracia, todo es fácil, alegre y bendición de Dios. La divina gracia llama continuamente la puerta de nuestra psique y espera a que abramos, para entrar en el corazón sediento y llenarlo. La culminación es Cristo, nuestra Panaguía, la Santa Trinidad. Qué cosa más bonita!
Si amas, vives en la plaza Omonia (plaza del centro de Atenas) y no sabes que te encuentras en la plaza Omonia. No ves coches, ni gente, ni nada. Estás dentro de ti con la persona que amas. Lo vives, te alegras con ello, te inspira. ¿No es verdad ésto? Pensad que esta persona que amáis sea Cristo. Cristo en tu espíritu, Cristo en tu corazón, Cristo en todo tu ser, Cristo en todas partes.
Cristo es la vida, la fuente de la vida, la fuente de la alegría, la fuente de la luz, de lo verdadero, el todo. El que ama a Cristo y a los otros, éste vive la vida. Vida sin Cristo es muerte, es infierno, no es vida. Éste es el infierno, el no amor. Vida es Cristo. El amor es la vida de Cristo. O estarás en la vida o en la muerte. De ti depende el escoger.
Que uno sea nuestro objetivo, el amor a Cristo, a la Iglesia, al prójimo. El amor, la adoración a Dios, el anhelo, la unión con Cristo y con la Iglesia es el Paraíso sobre la tierra. El amor a Cristo es el amor al prójimo, a todos, también a los enemigos. El cristiano sufre por todos, quiere que se salven todos, que todos saboreen la Realeza de Dios. Ésto es el cristianismo. A través del amor hacia el hermano, lograremos amar a Dios. Cuando lo deseamos, cuando lo queremos, cuando somos dignos, la divina gracia viene a través del hermano. Cuando amamos al hermano, amamos a la Iglesia, por lo tanto a Cristo. Dentro de la Iglesia estamos también nosotros. Entonces, cuando amamos a la Iglesia, nos amamos a nosotros mismos.
(del libro “Vida y dichos”, editado por el santo monasterio de Ζωοδόχου Πιγής- Χρυσοπηγής, Junio 2006)
http://cristoesortodoxo.com/2012/04/09/sobre-el-divino-amor/
La obediencia construye y la voluntad propia destruye. Un hijo tiene que aprender a obedecer a sus padres y a Dios. Recordará las palabras de sus padres toda su vida y siempre respetará a los ancianos, y no sólo a estos, sino también a las personas que son más jóvenes. Será educado y cuidadoso con todo el mundo. Desafortunadamente, hay muy pocas familias que eduquen a sus hijos de esta forma.
Los espíritus del mal proveen una distracción en las mentes de nuestros hijos y tratan de molestarlos. Los hijos tienen que aprender la obediencia, especialmente antes de los cinco años, porque a esa edad es cuando se forman sus caracteres. Así pues, los indicios de la forma en que se hayan moldeado sus caracteres, permanecerá con ellos el resto de sus vidas. Los padres deben educar a sus hijos en total obediencia en este momento de sus vidas. Cuando uno de los padres diga algo, la respuesta debe ser: “Lo que tú digas”. Desafortunadamente, hoy en día, los padres no saben esto y enseñan a sus hijos exactamente lo opuesto. Y entonces los educan…
Si los padres dicen: “Quédate aquí”, entonces el niño debe permanecer allí donde se le ha dicho. Pero el niño es un niño; no puede estar quieto en ningún lugar. Lo que normalmente sucede es que los padres abofetean al niño por su desobediencia. Esta es una forma incorrecta de enseñar a un niño a obedecer. Puede que, algunas veces, tal reacción sea necesaria, pero no debería hacerse así sino con amor y el niño debería sentir este amor. Los padres nunca deberían expresar su ira abofeteando a sus hijos. Porque si se empieza a castigar a alguien cuando se está enojado, no se llegará a ninguna parte. Dañarás a la persona que tienes frente a ti y también a ti mismo. Si deseas conducir a alguien por el buen camino, debes enseñarle y aconsejarle. En primer lugar debes humillarte y hablar con ellos con mucho amor. Ellos aceptarán tu consejo si se da con amor. Pero si quieres que tu propia voluntad se imponga a toda costa, no conseguirás nada en absoluto. Esto es lo que hace que los niños reaccionen mal. Cuando un niño es desobediente, la respuesta no es abofetearlo.
Los padres reprenden a sus hijos por las cosas más insignificantes. Es como si no supieran cómo hablarles calmada y cuidadosamente. Cuando un padre tiene que establecer límites para un hijo, debe sentir que, tras la rigurosidad, hay amor. Es un gran error castigar a los hijos en el momento en que están haciendo algo malo, porque esto no les hará ningún bien. Debéis esperar a que se calmen y entonces, con mucho amor, decirle al niño que lo que ha hecho está mal y que tiene que aceptar alguna forma de castigo. Si otra vez sucede lo mismo, entonces se le da al niño un castigo más severo y, de esta forma, aprende.
La santa voluntad de Dios obra en nosotros por nuestros padres, o mediante nuestros maestros o nuestros jefes. Si necesitamos corregir el comportamiento de un niño, tenemos que hacerlo con gran amor y cuidado. Si lo único que tenemos en mente es cambiar la vida de un niño, ya le hemos dado una bofetada con nuestro pensamiento. He notado esto durante mi tiempo de higumeno: a menudo he visto a alguno de los hermanos no actuando correctamente, pero en el momento en que iba a decirle algo, sentí que ya le había abofeteado.
Nuestros pensamientos pueden ser muy instructivos y tener un gran poder. Esto es particularmente cierto en el caso de los pensamientos de los padres. Un padre tiene que soportar mucho y perdonarlo todo. Podemos perdonar a otros sólo si tenemos pensamientos buenos y bondadosos. Si nuestros pensamientos se dirigen a corregir los errores de los demás, es como si los estuviéramos abofeteando. Independientemente de cuán cerca esté alguien de nosotros, estos se alejarán, porque les habremos abofeteado con nuestros pensamientos. ¡Y somos de la opinión de que los pensamientos no son nada!.
Castigamos a nuestros hijos pero, de hecho, no tenemos derecho a hacer eso, porque hemos fallado en enseñarles la forma correcta. Una doctora me dijo hace tiempo en una carta: “Tengo un hijo con mi marido, que también es doctor. Nuestro hijo se ha estrellado con tres coches, pero gracias a Dios aún está vivo. Ahora quiere que le compremos otro coche, pero no podemos permitírnoslo. Cuando volvemos a casa del trabajo, intenta pedirnos dinero, incluso a la fuerza. ¿Qué podemos hacer para resolver este problema?”. Le dije que los únicos culpables eran ellos. Tenían un hijo y le habían permitido hacer todo lo que quería, incluso cuando era pequeño. Cuando era niño, sus peticiones eran proporcionalmente menores, pero ahora que es mayor, sus peticiones se han vuelto mayores. Lo único que podían hacer ahora sería darle a su hijo mucho amor y cuidado para que pudiera entrar en razón y darse cuenta de que lo único por lo que se preocupaban sus padres era por su propio bien. No hay otra forma excepto el camino del amor. ¿Veis por este ejemplo cómo podemos mejorar nuestras propias vidas y las de nuestro prójimo con nuestros pensamientos? Esperamos que vuestro esfuerzo en esta dirección dé fruto.
http://cristoesortodoxo.com/2015/01/08/los-hijos-y-la-obediencia-por-el-staretz-tadej-de-vitovnica/
Al obispo Inocencio de Cherson, se le preguntó si los que se acercaban a la Santa Comunión sin suficiente arrepentimiento y fe, les eran perdonados sus pecados, contestó: Sin ellos (fe y contrición) el alma no recibirá absolución de Dios, no importa cuántas veces el sacerdote repita: "perdonados, absueltos." La absolución y remisión de los pecados se concede por Dios según la medida de nuestro arrepentimiento y nuestra fe.
San Juan de Kronstadt

La Santa Tatiana era la hija de un rico romano y fue educada en la Fe Cristiana. No le interesaban las riquezas y los bienes materiales y cuando llegó a la mayoría de la edad no quiso casarse. Por su virtuosa vida fue asignada al puesto de la diaconisa de la Iglesia de Roma. En este puesto ella cuidaba con diligencia a los enfermos, visitaba a los presos, ayudaba a los pobres, tratando con sus oraciones y buenas obras complacer al Dios.
En los tiempos del emperador Alejandro Severo (años 222-235), Santa Tatiana fue martirizada por su Fe en Jesús Cristo (cerca del año 225). Según al antiguo relato, después de varias torturas ella fue tirada a la arena del circo (Coliseo), para que un león muy feroz la destroce para la diversión del público. Pero en vez de destrozarla el león comenzó a acariciarla (lamerla). Entonces Santa Tatiana fue sometidas a nuevas torturas y junto con su padre fue decapitada con una espada. Los siete servidores del gobernador, los cuales habían torturado a Santa Tatiana se convirtieron en cristianos, viendo la fuerza de Dios sobre ella y también fueron decapitados con una espada. Según el testimonio del diácono Zósimo, la cabeza de Santa Tatiana se encontraba hasta el año 1420 en Perivlepto, en Constantinopla.

Una vez, al Monte Athos, vino a ver al Starez el padre de una niña, enferma de cáncer. Los médicos le dieron un lapso de vida de pocos meses. Su padre trajo algunas cosas de la niña para que el Starez las bendigera, y pidió que rogara por su hija.
El Starez le dijo: Rogaré, pero tu, como padre, también debes ofrecer a Dios algún sacrificio, ya que el sacrificio con amor "predispone" a Dios a ayudar.
El padre preguntó: ¿Que puedo sacrificar, Geronta?
El Starez dice: ¿Que pasiones tienes? Sacrifica una de ellas.
Siendo poco espiritual, el padre contestó: — No me conozco ni una pasión... Entonces el Starez preguntó: ¿Fumas cigarrillos?
¡Así, deja de fumar por amor a tu hija, y entonces Dios la sanará.!
Aquel prometió hacer así y realmente dejó de fumar. Después de esto la niña empezó a mejorar, hasta que sanó completamente. Mas tarde los médicos confirmaron su total recuperación.
Pasado un cierto tiempo, el padre, olvidando su promesa, de nuevo comenzó a fumar. Simultáneamente con esto el cáncer empezó a volver a su niña, de manera que llegó de nuevo al estado critico. Entonces el padre de nuevo fue al Monte Santo al Starez. Mirándolo con severidad, el Starez le dice:
— Si tú, siendo padre, no posees suficiente devoción para sacrificar tu pasión y salvar la vida de tu hija, yo en nada te puedo ayudar.
El Starez insistía en subrayar, que el hombre no tiene derecho a decir "no puedo," a lo sumo puede decir: "no me gusta" o "no quiero."
Cuando las personas, están bajo el poder de alguna pasión, dicen que una fuerza les impide hacer el bien. Deben saber, que esta fuerza no es otra cosa que su propia fuerza, que les fue dada para amar, pero que ella comenzó a actuar en dirección errónea. Y como ellos aman a sus pasiones, es natural, que no quieren rechazarlas, ya que lo que amas — no lo quieres perder. Por consiguiente, al comenzar a odiar su pasión, es necesario encontrar algo mejor y más elevado para sustituirla. Ya que el hombre, si no puede encontrar algo mejor para sí, no sabrá hacia donde dirigir su amor y sus fuerzas, y por ello va a sufrir.
A menudo, la gente viene a mí y dice:
— Geronta, fumo y no puedo dejar el cigarrillo. ¿Que debo hacer?
El Starez pregunta: — ¿Quieres dejar?
Recibo la respuesta: — Si, Geronta, hice muchos intentos sin resultados.
Entonces digo: — Si, ¡ocurre!... Desde este momento no fumes más y Dios te ayudará. El hombre en poder de la pasión, mayormente, responde:
— ¡De ninguna manera, Geronta, no puedo!
Aquí, el Starez, interrumpiéndolo, dice en forma de mando:
— No existe "no me es posible," ¡cumple y nada mas! No te rindas a pensamientos que te sugieren, que no podrás ante ese hábito.
Con esto el Starez inculcaba a cada uno de nosotros que somos dueños de nosotros mismos. Si nos hicimos esclavos de alguna pasión, es por nuestro propio deseo. Y si vamos a quedar sus esclavos, es solo por cariño a ella, porque nos agrada vivir en esclavitud.
Pero, cuando amemos nuestra libertad, y al estar con Cristo, desde ese momento, cuando nosotros lo queramos, nos liberaremos de la pasión, y nos transformaremos en hijos de Dios. Esto demuestra que somos dueños de nosotros mismos. Además, Cristo daba Sus mandamientos a pecadores comunes, o sea a esclavos del pecado. A ellos El les ordenaba liberarse del yugo del pecado y acercarse a El. Al lujurioso le decía no fornicar. Al ladrón: "no robar." Al mal pensado: "no juzgar."
Si nosotros fuéramos esclavos contra nuestra voluntad, Dios no nos ordenaría:"Salgan de allí y
vengan hacia Mi," Ya que no podríamos cumplirlo. Por eso, si Él nos dice que nos retiremos solos, esto significa que nosotros nos sometimos voluntariamente a nuestras pasiones — las amamos y las deseamos. Pero, desde el momento en que las empezamos a odiar y dirigimos nuestro amor a Dios — inmediatamente nos liberamos de ellas.
Entonces es necesario:
Tener conciencia de que voluntariamente nos sometemos a las pasiones y por ello estamos enfermos por ellas.
Hay que odiar a nuestra pasión, pues ella nos destruye.
Hay que amar a Dios y a la virtud.
El amor, sin duda, es superior a todo. Si tú sientes que en tí no hay amor y quieres tenerlo, haz acciones de amor, aunque al principio sean sin sentimientos de amor. Dios verá tu deseo y tus esfuerzos y pondrá amor en tu corazón. "Quien posee un corazón malicioso no debe desesperarse porque con la ayuda de Dios el hombre puede corregirlo. Sólo es necesario ocuparse con atención de sí mismo y no perder la ocasión de serle útil a los prójimos, "abrirse" frecuentemente ante el padre y hacer caridad. Todo esto no se puede hacer enseguida pero Dios es muy paciente. Él solamente le pone fin a la vida de un hombre cuando lo ve listo para el paso a la eternidad o cuando ve que no hay ninguna esperanza para su corrección.
Padre Ambrosio de Optina
La aldea de Ouranoupolis, en el norte de Grecia, está cerca de las ruinas de Stagira, donde nació Aristóteles y, además, es el puerto obligado para quienes peregrinan al vecino Monte Athos, centro espiritual de la Ortodoxia. El hotel donde me alojo lleva el nombre del filósofo que fue preceptor de Alejandro y el encuentro al que asisto se titula: «La tragedia, entonces y ahora: de Aristóteles al tercer milenio». Nada más bajar del autobús que me trajo desde Salónica, zangoloteando entre olivares, cipreses y enjambres de turistas alemanes, me presentan al pope que me había propuesto conocer aunque fuera filtrándome de contrabando en la montaña sagrada de las iglesias orientales: el Padre Simeón.
Mario Vargas Llosa
Me habló de él hace un par de noches, en Atenas, mi amigo Stavros, mientras cenábamos en una terraza impregnada de aromas, bajo un cielo lleno de estrellas parpadeantes: «Si vas al Monte Athos, tienes que conocerlo. Es un monje-sacerdote, ermitaño, pintor, poeta, místico, reverenciado en toda Grecia, una de las figuras más destacadas de la Iglesia Ortodoxa. Y, cáete de espaldas, el Padre Simeón no es griego sino peruano». Desde entonces, este compatriota no se ha apartado de mi mente ni un solo momento. Y aquí me lo encuentro, entre los congresistas, invitado para hablar de la Poética de Aristóteles, la tradición mística y su propia poesía.
Es un hombre de cincuenta y dos años, de luengas barbas y plateada cabellera, ojos claros y largas manos que mueve al hablar con la misma elegancia con que lleva el imponente hábito que, a su paso, concentra todas las miradas. Es verdad: todos los griegos presentes lo rodean, lo siguen, lo acosan con una curiosidad efusiva a la que él parece consentir no sin dificultad. Es afable, cortés y habla despacio, como luchando contra el aturdimiento que deben producirle tantas voces, tanta gente, tanto trajín, comparados con el silencio y la quietud de la ermita erigida en una ladera cercana al monasterio de Stavronikita, donde ora, medita, escribe y pinta, solo con su fe, desde que en 1987 abandonó su clausura en el monasterio de Agios Grigorios para hacer vida de anacoreta.
Todo es griego en él, salvo su español, limeñísimo a más no poder. Un español muy suavecito, perezoso con las sílabas finales de las palabras, y musicalizado, de alta clase social, procedente de Miraflores o San Isidro, y forjado en un colegio de curas para niños bien: ¿el Santa María o la Inmaculada? Él se ríe: «Frío, frío. Estudié en el Claretiano». Su apellido es de la Jara, una familia que ha dado al Perú juristas y políticos destacados, una célebre promotora de la música criolla y la bohemia, y una pareja, los padres de Simeón, excepcionalmente comprensiva, pues, cuando en los años sesenta, su hijo, alumno destacado en el colegio, les anunció que «para no hacer concesiones al establishment» había decidido no presentarse a los exámenes de fin de año y por lo tanto cerrarse las puertas de una profesión liberal, en vez de hacer un dramón griego, se resignaron. Para entonces, Miguel Ángel, el futuro Padre Simeón, un muchacho rebelde y soñador, se había convertido en el primer peruano. Leía a los surrealistas y a Rimbaud, sobre budismo y taoísmo, y se había dejado el cabello hasta los hombros. Su apariencia indignó a una patota de jóvenes sanisidrinos, que le dio una tremenda paliza, a resultas de la cual estuvo varios días en el hospital, con amnesia. Cuando salió, sus prudentes padres optaron por enviarlo al extranjero.
Estuvo en el swinging London de finales de los sesenta, y después en París, y luego -naturalmente- en la India y en Nepal, haciendo yoga y estudiando budismo e hinduismo, pero no se quedó allí, dice, porque el espectáculo callejero de la miseria multitudinaria y eterna llegó a alterarle el sistema nervioso. Regresó a París, se instaló en el Barrio Latino y estaba aprendiendo chino cuando un buen día, en un restaurancito modesto, lo intrigó un religioso de hábitos ampulosos que comía solo. Era un sacerdote ortodoxo griego, de origen suizo, cuya amistad cambiaría su vida de raíz. «Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera ser dios». Dice que esa frase, que escuchó a aquel pope en la primera conversación que celebraron, todavía le resuena en la memoria, treinta años después.
La primera consecuencia de esa nueva amistad fue que Miguel Ángel reemplazó el chino por la hagiografía y se puso a aprender a pintar íconos, en el taller de Leonide Ouspensky, a la vez que empezaba leer a los teólogos y místicos de la Iglesia Ortodoxa. En 1972, luego de un viaje recorriendo iglesias ortodoxas de Serbia y Grecia, se convirtió formalmente y al año siguiente decidió hacerse religioso. Fue aceptado como novicio en el monasterio de Agios Georgios (San Jorge), en la isla de Evia o Euboia, a la que llegó, a sus veintidós años, sin hablar una palabra de griego. Pero me asegura que, a los seis meses, ya podía entenderse con los otros monjes, y que, en todo caso, su maestro de novicios chapurreaba algo de inglés.
El Padre Simeón tiene una manera de contar los episodios de su extraordinaria vida, que, se diría, no hay en ellos nada de insólito ni excepcional, sino una sucesión de ocurrencias de una bostezante banalidad. Cuando yo, malogrado por mi vocación truculenta, le replico que no pudo ser tan fácil ni tan simple, que cambiar de la noche a la mañana de lengua, de régimen de vida, de cultura, de estado, tener que levantarse a medianoche y pronunciar un millar de veces al día el nombre de Jesús y cumplir con las agobiantes jornadas de trabajo físico y espiritual en aquel monasterio en el que fue, por un buen tiempo, un total extranjero, debió costarle esfuerzos y sacrificios desmedidos, dudas atroces, sufrimientos, él niega con la cabeza y adopta una expresión de disculpas, como apenado de decepcionarme. «Fue una experiencia muy hermosa», insiste. «Desde el primer momento en el monasterio, comprendí que había encontrado por fin lo que andaba buscando».
No sólo lo encontró en la religión; también en la cultura y la lengua de Grecia, que se fueron haciendo cuerpo de su espíritu y recreando su personalidad. Cuando, a mediados de los años setenta, toda la comunidad de monjes de Agios Georgios se trasladó al Monte Athos, el Padre Simeón ya leía y hablaba el griego y hasta había empezado a garabatear sus primeros poemas en esa lengua. En los trece años que permaneció en el monasterio de San Gregorio, en el Monte Athos, se ordenó sacerdote, y su trabajo intelectual y teológico debió dejar una huella en su comunidad pues desde 1983 sale de Grecia a dar conferencias sobre la Ortodoxia y el Monte Athos (Una de ellas en la sede de la OTAN!) y en esa década se publican sus primeros ensayos religiosos y sus libros de poemas. El último, Me Imation Melan (Con Manto Negro) contiene, además, reproducciones de sus grabados y pinturas, un arte que había practicado de joven, en Lima, y que retomó al retirarse del monasterio de Agios Georgios en 1987 a la ermita donde hasta ahora vive.
En su conferencia, dicha en griego, y de la que los intérpretes nos dan una versión probablemente muy rudimentaria, el Padre Simeón explica que para él escribir es una manera de vivir más profundamente la naturaleza que lo rodea en la montaña, y otro modo de orar y de encontrar momentánea redención y consuelo, y hace sutiles aproximaciones entre el ejercicio de su vocación y la descripción aristotélica de la catarsis. Son razonamientos que sigo con dificultad, pero quien habla no es un pedante ni un farsante, sino alguien que, a ojos vista, hace denodados esfuerzos para comunicar con total sinceridad una experiencia que, por lo demás, sabe muy bien no es totalmente racionalizable. Es la misma impresión que me da en las charlas que celebramos estos días, paseando por las calles de Ouranoupolis -a las que el turismo ha vuelto idénticas a las de la Costa del Sol o a las de los balnearios de la República Dominicana- o escabulléndonos de los psicoanalistas, filólogos y filósofos del congreso: un hombre sencillo, que no parece medir en toda su dimensión la notable aventura de la que ha sido protagonista. Cuando se lo insinúo, rehuye la respuesta con risueñas evasivas: «Y las aventuras que espero vivir todavía».
Como estuvo cerca de 24 años sin hablar español, de pronto tiene un blanco, una duda lo asalta y se resiste a continuar hasta que, del fondo de la memoria, rescata la palabra perdida. Entonces, se le iluminan los ojos y dilata su cara una sonrisa de alivio. Su vida de monje y de ermitaño no lo ha aislado del siglo: recibe una correspondencia diluviana -le escriben muchos presos, por ejemplo-, numerosas personas lo vienen a visitar, y, cada cierto número de años, obtiene permiso de su comunidad para hacer un largo viaje. El último, por China y Asia del Sur, le llenó la cabeza de imágenes que ha volcado en poemas, pequeños como haikús, y en dibujos. Ahora se dispone a partir a Etiopía, en un largo periplo que lo hará recorrer todo Egipto. Cuando le bromeo que, tal vez, de esa peregrinación resulte que la Iglesia Etíope, de monjes cenicientos maravillosamente enturbantados, gane un nuevo adepto, no se ríe. Se encoge de hombros y, la mirada perdida en una súbita ensoñación, murmura: «Quién sabe».
La verdad es que, pensándolo bien, el Padre Simeón parece una de esas raras excepciones de la especie humana capaz de cambiar de vida todas las veces que haga falta, incluso ahora. Para qué lo haría? Para no apolillarse en la rutina ni convertirse en una estatua; para seguir explorando las infinitas posibilidades del mundo y de la vida hasta el último aliento con esa curiosidad regocijada con la que me interroga sobre todo lo que sé y no sé. Cuando le digo que su historia me recuerda mucho a la de Thomas Merton, el poeta norteamericano que se hizo cartujo y que narró su peripecia en una hermosa autobiografía, me dice que no la ha leído y no parece interesarse mucho por hacerlo. (En efecto, comparada a su propia historia, la de Merton es bastante menos original). Pero sí conoce algunos de sus poemas y su libro sobre los padres del desierto.
Por qué me ha impresionado tanto conocer al Padre Simeón que, cuando nos despedimos, tengo la impresión de separarme de un viejo y querido amigo? Por su rica calidad humana, desde luego. Pero también, sin duda, porque su caso es una ejemplar demostración de la manera como la libertad cabalmente asumida puede emancipar a un ser humano de todos los condicionamientos gregarios -religión, patria, cultura, lengua, costumbres- que, para los ciudadanos del común, funcionan en la práctica como otros tantos campos de concentración, y reemplazarlos por otros, libremente escogidos, de acuerdo a sus deseos y a sus sueños. Siendo agnóstico, las conversiones religiosas me suelen dejar bastante frío. Pero reducir la historia del Padre Simeón a un mero cambio de fe, sería desnaturalizarla. Su historia es la de un desconcertado joven hippy que a fuerza de valentía, sensibilidad y testarudez fue capaz de rechazar todos los destinos que su tiempo, su familia y su país le tenían asignados, y construirse uno a su propia medida y vocación, un destino que lo enriqueció personalmente y que ha enriquecido -¡todavía más¡- a la tierra de Aristóteles.
http://www.diakonima.gr/2009/06/23/aristoteles-y-el-padre-simeon-spanish-%CE%B9%CF%83%CF%80%CE%B1%CE%BD%CE%B9%CE%BA%CE%AC/