Thursday, July 27, 2017

El Santo Megalomártir y Médico Pantaleon.


El Santo y Glorioso Mártir de Cristo Panteleimon Nació en Nicomedia y era hijo de un senador pagano llamado Eustorgio y una cristiana de nombre Eubolia, quien le dio el nombre de Pantaleón. Puesto bajo la tutela de Eufrosino, un médico muy conocido, para su educación, poco a poco adquirió un perfecto conocimiento de la medicina, a tal punto que el emperador Galerio Maximiano, al tomar conocimiento de sus cualidades, le ofreció llevarlo al palacio como su médico personal. El joven pasaba todos los días frente a la casa donde San Hermolao (26 jul.) se encontraba escondido. El santo sacerdote, discerniendo la pureza de su alma, un día lo invitó a pasar, y le comenzó a enseñar que la ciencia médica sólo podía proporcionar un alivio muy débil al sufrimiento físico y a la naturaleza mortal, y que sólo Cristo, el único verdadero Médico, vino a traernos la salvación, con su medicina gratuita. Con su corazón exultante de alegría al oír estas palabras, el joven Panteleimon comenzó a visitar a San Hermolao con frecuencia y fue instruido por él en el gran Misterio de la fe. Un día, mientras regresaba de casa de Eufrosino, se encontró en el camino con un niño muerto que había sido mordido por una víbora. Comprendiendo que había llegado el momento de poner a prueba la promesa de Hermolao, invocó con fe el Nombre de Cristo, entonces el niño revivió inmediatamente y el reptil murió. Luego corrió a la casa de Hermolao y, lleno de alegría, pidió recibir el Santo Bautismo de inmediato. Entonces, decidió quedarse con el santo anciano, para regocijarse con su enseñanza, regresando a su casa ocho días después. Interrogado por su padre sobre dónde había estado, respondió que se había quedado en el palacio para curar a un hombre cercano al emperador. Manteniendo en secreto su conversión, se dedicó con empeño a convencer a su padre de la inutilidad de adorar a los ídolos.

Algún tiempo después, un hombre ciego fue llevado a su casa por su padre, quien le pidió a Pantaleón que lo sanara, ya que había gastado en vano toda su fortuna en otros médicos. Confiando en Cristo, que ya moraba en él con poder, el joven le aseguró a su asombrado padre que él lo sanaría por la gracia de su Maestro. Marcó sobre los ojos del ciego la Señal de la Cruz, invocando a Cristo, y el hombre recuperó inmediatamente la vista, no sólo de sus ojos corporales, sino también de los ojos de su alma, remarcando que era Cristo quien lo había curado. Luego fue bautizado por San Hermolao, junto con Eustorgio, que muy pronto se quedó dormido en la paz del Señor.

Entonces Pantaleón repartió su herencia entre los pobres, liberó a sus esclavos y se dedicó con celo redoblado al cuidado de los enfermos, a los cuales no les pedía ningún pago, sino que tuvieran fe en Cristo, que vino al mundo para curar todas nuestras enfermedades.[1] Esto despertó la envidia de los otros médicos de Nicomedia, y, cuando se enteraron que había cuidado a un cristiano que acababa de ser torturado por orden del emperador, aprovecharon la oportunidad para denunciarlo ante Maximiano. Después de haber recibido con dolor la denuncia contra su protegido, el emperador convocó al hombre que había sido ciego y le preguntó cómo le había restaurado la vista Pantaleón. Al igual que el ciego de nacimiento en el Evangelio, el hombre respondió con sencillez que lo había sanado invocando el Nombre de Cristo, y que este milagro le había traído la verdadera luz, la de la fe. El emperador, enfurecido, lo hizo decapitar de inmediato, y envió a sus soldados a buscar a Pantaleón. Cuando el Santo estuvo ante su presencia, le reprochó el haber traicionado su confianza y lo acusó de haber insultado a Esculapio y a los otros dioses por su fe en Cristo, un hombre que había muerto crucificado. El Santo respondió que la fe y la devoción a Dios son mayores que todas las riquezas y honores de este mundo vano, y, para apoyar sus palabras, le sugirió a Maximiano ponerlo a prueba. Entonces, trajeron a un paralítico, sobre el cual los sacerdotes paganos habían hecho primero sus conjuros, ante la burla del Santo. Ante sus inútiles esfuerzos, Pantaleón elevó su oración a Dios y, tomando al paralítico de la mano, lo levantó en el Nombre de Cristo. Muchos de los paganos, viendo al hombre caminar y exultante de alegría, creyeron en el Dios verdadero, mientras los sacerdotes paganos instaban al emperador a matar a este peligroso rival.

Cuando Maximiano le recordó las torturas infligidas poco tiempo antes a San Antimo (3 sep.), Pantaleón le respondió que, si un anciano había demostrado tal valentía, con más razón debían los jóvenes demostrar su valor ante la prueba. Ni la adulación ni las amenazas lograron quebrantar su resolución. Entonces el tirano decidió torturarlo. Estaqueado, sus miembros fueron lacerados con clavos y luego le pasaron sobre las heridas antorchas encendidas. Pero Cristo, apareciéndosele al santo mártir bajo la forma de su padre espiritual Hermolao, le dijo: ‘No temas, hijo mío, yo estoy contigo, y socorreré a todos los que sufren por mí.’ Entonces las antorchas se apagaron al instante, y las heridas del Santo se sanaron de inmediato. Luego lo sumergieron en la brea ardiente y lo arrojaron al mar con una pesada piedra atada al cuello, pero el Señor se mantuvo a su lado en todo momento, preservándolo ileso. Luego lo tiraron a las fieras salvajes, pero allí nuevamente Cristo lo protegió, y las bestias feroces se echaron a sus pies, lamiéndolos con ternura, como si fuesen animales domésticos. El emperador, sin embargo, actuando de manera más salvaje que los irracionales animales, ordenó que lo ataran a una rueda llena de filosas cuchillas, que fue arrojada desde un lugar alto ante la mirada atónita de todo el pueblo. Pero el Señor intervino milagrosamente una vez más: Liberó a su siervo de sus ataduras y la rueda acabó con un gran número de paganos a su paso.

Cuando Maximiano le preguntó sobre la fuente de este poder, y cómo había sido llevado a la fe cristiana, Pantaleón le reveló donde se escondía Hermolao, pues Dios le había manifestado que había llegado el momento para él y su maestro de confesar su fe y encontrar la perfección en el martirio. Después de la gloriosa muerte de Hermolao y sus compañeros, el tirano convocó nuevamente a Pantaleón a su presencia, y, fingiendo que los mártires se habían sometido, trató de persuadirlo para que también él ofreciera sacrificios. El hombre bendito pidió entonces verlos. Cuando el soberano le contestó que los había enviado en una misión a otra ciudad, Pantaleón respondió: ‘¡Has dicho la verdad a pesar de ti mismo, mentiroso, ya que ahora están en la Jerusalén celestial!’ Convencido de que era imposible vencer la resolución de Pantaleón, Maximiano ordenó que fuese decapitado y su cuerpo quemado.

El Santo marchó ansioso a las afueras de la ciudad, pero, en el momento en que el verdugo levantó su espada, esta se derritió como la cera ante el fuego. Ante este milagro, los soldados presentes confesaron el Nombre de Cristo. Pantaleón, sin embargo, los exhortó a cumplir su deber, y elevó una última oración. Una voz de los cielos le contestó: ‘fiel servidor, tu deseo será cumplido ahora. Las puertas del cielo están abiertas para ti y tu corona ya está preparada. Y serás a partir de ahora el refugio de los desesperados, el socorro de los que están en las pruebas, el médico de los enfermos y el terror de los demonios, y por lo tanto, tu nombre no será 'Pantaleón' sino 'Panteleimon'.[2] Entonces inclinó el cuello y, cuando su cabeza cayó, de su cuello manó leche, su cuerpo se volvió más blanco que la nieve y un olivo seco que había en el lugar, de repente se llenó de hojas y dio abundantes frutos. Los soldados que habían recibido la orden de quemar los restos del Santo los entregaron a los fieles, quienes les dieron piadosa sepultura en la propiedad de Amancio Escolástico, y se fueron a proclamar la Buena Nueva a otros lugares. Desde entonces, las reliquias de San Panteleimon Nunca dejaron de traer la sanidad y la gracia de Cristo, el único Médico del Alma y del Cuerpo, a todos los que se acercan con devoción.

[1] Esta es la rRzón por la cual se lo venera como uno de los Santos Anárgiros
[2] Que significa ‘Misericordiosísimo’.

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Santa Mártir Parasceva

La Santa y Gran Mártir Parasceva nació durante el reinado de Adriano (117-38) en un pueblo cerca de Roma, y era hija de Agatón y Politeia, dos devotos cristianos que durante muchos años le habían pedido al Señor concebir un niño. Dios, que siempre oye los deseos de los que le temen, les dio una hija a la que llamaron Parasceva, porque nació un viernes[2] y por devoción a la vivificadora Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Desde la más tierna infancia, se consagró enteramente a las cosas de Dios. No sintiendo ninguna atracción por los juegos infantiles, pasaba todo su tiempo ya sea en la iglesia, participando de los Oficios o en su casa, rezando o meditando la Palabra de Dios. Ella tenía doce años[3] cuando murieron sus padres, y distribuyó su gran riqueza entre los necesitados, y tomó el velo, signo de su consagración a Dios. Después de pasar algún tiempo en completa sumisión a su abadesa, y teniendo el deseo de compartir el tesoro de la fe con los demás, dejó el monasterio y pasó por ciudades y aldeas proclamando el nombre de Cristo. Mediante su proclamación, atrajo a muchos paganos a la verdadera fe y despertó el odio y el celo de los judios, que la denunciaron ante el gobernador de la región en la que se encontraba.[4] De inmediato ordenó la detención de esta noble cristiana e hizo que la llevaran ante él. Cuando la vio, se sintió abrumado por su belleza y rápidamente intentó conquistarla mediante la adulación, diciendo: ‘Si te dejas convencer por mis palabras, y te comprometes a adorar a los dioses, recibirás una gran fortuna, pero si persistes en tu obstinada negativa, te entregaré a terribles torturas’. La frágil joven le respondió con audacia viril: ‘Jamás voy a negar mi dulcísimo Jesucristo, y ninguna tortura podría separarme de su amor, porque él dijo: “Yo Soy la Luz del Mundo: el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn. 8:12). En cuanto a tus dioses, que no hicieron ni el cielo ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo (Jer. 10:11). La ira del rey estalló, y les ordenó a sus soldados colocar un casco incandescente sobre la cabeza de la Santa. Cubierta por un rocío, como los Tres Jóvenes en el horno, Santa Parasceva no sintió dolor. Luego le cortaron los senos y la encarcelaron con una pesada piedra sobre su pecho herido, pero fue curada por un ángel que apareció en medio de un gran terremoto. Al ver el milagro, setenta soldados de la guarnición se convirtieron a Cristo, y por orden del tirano fueron ejecutados inmediatamente y Parasceva fue llevada ante él. Cuando ella reiteró su ferviente confesión de fe, la Santa fue sumergida en un caldero de bronce lleno de plomo fundido. Sin embargo, también en este caso, su cuerpo, después de haber recibido a través de la virginidad y la ascesis los primeros frutos de la futura incorrupción, permaneció intacto. Pensando que la mezcla no se encontraba en el punto de ebullición, el tirano se acercó a ella y fue cegado por el calor que despedía.[5] Reconociendo su culpa debido a las dolorosas consecuencias, comenzó a clamar: ‘¡Ten piedad de mí, oh sierva del Dios verdadero!, devuélveme la vista y voy a creer en el Dios que tu proclamas.’ A través de las oraciones de la Santa, no sólo recuperó la vista, sino también la luz de la fe, y a petición suya, fue bautizado en el Nombre de la Santísima Trinidad, junto con todo su séquito.

Una vez libre, Santa Parasceva dejó la región para continuar con su misión. Al arribar a una ciudad gobernada por un tal Esculapio, comenzó a proclamar a Cristo y fue arrestada y llevada ante el tribunal. Cuando Esculapio le pidió que se identificara, la Santa hizo la señal de la Cruz y declaró que era una sierva del Dios que creó el cielo y la tierra, que se había ofrecido a sí mismo en la cruz por nuestra salvación, y que volvería con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. El tirano la hizo azotar, pero la Santa continuó glorificando a Dios, con la mirada elevada hacia el cielo, y cuando Esculapio detuvo a los torturadores para preguntarle si iba a adorar a los ídolos, ella le escupió los ojos con desdén. Fuera de sí de rabia, les dijo a los soldados que la despellejaran hasta los huesos. Sin embargo, después de pasar la noche en el calabozo, los soldados la encontraron nuevamente ilesa. Cuando Parasceva pidió ir al templo de Apolo, todos los paganos se alegraron, pensando que por fin había aceptado ofrecer sacrificios. Una vez allí, después de una prolongada oración, hizo la Señal de la Cruz y todos los ídolos se derrumbaron, haciendo un gran ruido, mientras la gente gritaba: ‘¡Qué grande es el Dios de los cristianos!’ Los sacerdotes responsables de los ídolos estaban indignados, y exigieron enfurecidos que la mataran. Entonces la arrojaron a un pozo, pero, por su oración, el dragón y los reptiles que estaban allí perecieron.

Al darse cuenta de que todos sus intentos habían sido totalmente infructuosos, Esculapio envió a la Santa a otra región, regida por el cruel Tarasio.[6] Mientras ella estaba sanando a todos los enfermos que se le acercaban mediante la invocación del Nombre de Cristo, el rey la convocó a comparecer ante él, acusándola de practicar la magia, y la hizo arrojar a un pozo pestilente, lleno de fieras venenosas. Pero por la Señal de la Cruz, este Agujero se convirtió en una pradera de fragante primavera, y la Santa, protegida por un Ángel, fue preservada de todas las demás torturas que le infligieron. Incapaz de contener su rabia, el rey ordenó que la sierva de Dios fuese decapitada. Arrodillada, Parasceva oró con lágrimas, confiando su valiente alma a Cristo, su Esposo y pidiéndole que le conceda el perdón de los pecados a todos los que honrasen su memoria. Al caer la cabeza bajo la espada, se oyó una voz del cielo dándole la bienvenida a la Santa en el Reino de los Cielos, un reino cuya proclamación había anunciado y la había acompañado con milagros. Desde entonces, los fragmentos de sus reliquias, diseminadas en varias iglesias, no han dejado de obrar numerosas curaciones, en Particular, de las Enfermedades de los Ojos.

[1] Aunque Santa Parasceva fue muy popular, su celebración no apareció en la antigua Sinaxaria y Menaia. Damos aquí su Pasión compuesta por Juan de Eubea (siglo VIII), Que ubica su conmemoración el 9 nov.
[2] En griego, Paraskevi, es decir ‘día de preparación’
[3] Según otros, 20 años.
[4] De acuerdo con las últimas versiones, el nuevo emperador, Antonino el Devoto (140).
[5] En recientes pasiones, fue cegado por la mezcla de brea y aceite que le arrojó Parasceva.
[6] En las últimas Pasiones, Esculapio fue convertido, y la misma Santa continuó su misión en el reino de Tarasio.

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Friday, July 21, 2017

La luz de Cristo ( San Serafín de Sarov )

 
Para recibir y sentir en el corazón la luz de Cristo, hay que alejarse lo más posible de las acciones visibles. Luego de purificar el alma con la penitencia y obras de bien, y con una fe sincera en el Crucificado, cerrando los ojos, hay que sumergir la mente en el interior del corazón, clamar y llamar, sin cesar, el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Entonces, en la medida del esfuerzo y del ardor del espíritu hacia el Bienamado (Luc. 3:22), el hombre encuentra en el nombre invocado una dulzura que provoca sed de conocimiento superior.

Cuando el hombre internamente ve la luz eterna su mente se torna limpia y libre de imágenes sensoriales. Estando todo concentrado en la admiración de la belleza no creada, olvida todo lo sensorial, no se quiere ver tampoco a sí mismo, quiere esconderse en el núcleo de la tierra, solo para no perder a este verdadero Bien: a Dios.

San Serafín de Sarov

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Saturday, July 15, 2017

Oración a San Paisio, el Athonita

Oración a San Paisio, el Athonita:
Amado Padre Paisios, tú que has subido los peldaños de la santidad, y llegaste ser perfecto en virtud y por eso ganaste la Gracia plena ante Dios misericordioso, pídele a Aquel a Quien serviste sin cesar en tu vida, que no nos pierda por la multitud de nuestros pecados, sino, que nos retorne al bendecido arrepentimiento. Tú, que mientras estuviste en la Tierra, sanaste con tanto amor nuestras innumerables debilidades corporales y espirituales, mucho más ahora puedes ayudarnos y salvarnos de todas las dificultades. Por ello, te pedimos, ten piedad de nosotros padre, por tu inmenso amor, por tu divina bondad; y no nos dejes a nosotros que somos llenos de tantos pecados.Tú, que no te cansaste de conducirnos hacia la salvación y sostener nuestras debilidades todo el tiempo que estuviste aquí con nosotros, también ahora danos sabiduría para poder superar las tentaciones del maligno; que astutamente, las teje constantemente a nuestro alrededor, y con las cuales quiere perder por siempre nuestras almas. Ilumínanos, para poder conocer la voluntad de Dios para nosotros y ora a nuestro Señor que nos dé fuerza para cumplirla con agradecimiento .Tú que has sido un ejemplo de valentía sin tentación y sacrificio, tu ejemplo nos fortalece y nos ayuda a poder seguirte en la virtud, para lograr ganar la eterna corona, la que tú también la has obtenido en abundancia. Así, padre no nos dejes a nosotros, los que constantemente atraemos la ira de nuestro Muy Paciente Dios, sino quédate con confianza ante su Trono intercediendo por nosotros con lágrimas, para que Dios nos otorgue por tu intercesión, la dulce salvación. Y de esta manera, agradeciendote desde el fondo del corazón, por todo lo que haz hecho por nosotros, y todavía estás haciendo, damos gracias a nuestro Bondadoso Dios, prosternados ante la Santa Trinidad: Padre, Hijo y Santo Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
 
San Paisios el Athonita.(Farsala, Capadocia, 25 de julio de 1924 - Monte Athos, 12 de julio de 1994).  

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Saturday, July 8, 2017

Oración de San Basilio el Grande


Todopoderoso Señor, Dios de los poderes y de toda criatura, que vives en lo más alto y miras a los humildes, que escudriñas nuestros corazones y afectos, y sabes de antemano los secretos de los hombres; eterna e imperecedera luz, en Quien no hay cambio ni sombras de variación; oh Rey Inmortal, recibe nuestras plegarias, Te las ofrecemos con labios impuros, confiando en tus innumerables bendiciones. Perdónanos todos los pecados cometidos en pensamiento, palabra o acción, consciente e inconscientemente, y purifícanos de toda corrupción de la carne y el espíritu. Concédenos pasar la noche de la presente vida con el corazón alerta y el pensamiento cuerdo, aguardando siempre el advenimiento del día radiante de la aparición de Tu engendrado Hijo Único, nuestro Señor y Dios y Salvador, Jesucristo, cuando el Juez de todos ha de venir en gloria a juzgar a cada uno de acuerdo a sus actos. Ojalá no nos encuentre caídos en pecado ni ociosos, sino que despiertos y alertas para la acción, listos para acompañarlo en el divino palacio de sus bienaventuranzas donde se oye un incesante sonido de los que aceptan el festín y el inefable placer de los que contemplan la inexpresable belleza de su Rostro. Porque Tú eres la verdadera luz que iluminas y santificas a todos, y toda la creación Te canta por los siglos de los siglos. Amén.

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Saturday, July 1, 2017

LA ABEJA Y LA MOSCA. ( Santo Paisios del Monte Athos )


 Sé por experiencia propia, que en esta vida la gente se divide en dos categorías. No hay una tercera: cada hombre pertenece a una categoría o a la otra. Una categoría se parece a la de la mosca. La mosca tiene esta particularidad, que siempre se posa sobre algo sucio. P. ej., si en el jardín hay muchas flores perfumadas y en un rincón del jardín un animal hizo sus necesidades, la mosca cruza todo el hermoso jardín sin posarse en ninguna flor. Solo cuando ve la suciedad, baja y se posa, comienza a removerla, deleitándose con el hedor, y no puede separarse.

Si ella pudiera hablar, y uno, agarrándola, le preguntara si sabe dónde están las rosas en el jardín, ella contestaría que no sabe de qué se trata. Diría — "yo sé dónde hay basura, baños, suciedad de animales, lodo..." De manera semejante, en la vida, hay gente parecida a la mosca. Esta categoría de Gente aprendió a Pensar negativamente y en todo ve lo malo, no viendo e ignorando todo lo bueno.

Otra categoría de Gente se parece a la abeja. La particularidad de la abeja es encontrar y posarse sobre lo hermoso y dulce. Digamos, p. ej., que en un ambiente sucio, en un rincón, alguien puso un jarrón con una flor. Si la abeja entra volando ahí, dejará de lado todo lo sucio sin posarse, y encontrando la flor se posará en ella…

Si tomas a esta abeja y le preguntas donde está el lugar de la basura, ella contestará que no notó nada, pero ahí están las dalias, y ahí las rosas, más lejos — las violetas, allí la miel y más allá el azúcar... ella resultará una conocedora de todo lo bueno y no tendrá ni idea de lo malo. Las buenas reflexiones piensan y ven lo bueno.

Así que el hombre se encuentra en la categoría o de Moscas, o de Abejas.

Y el Santo Paisios concluyó:
— "Cuando vienen a mí y comienzan a acusar a otros, les relato ese ejemplo y propongo elegir en que categoría quieren ubicarse, y de acuerdo a esto definir también a los que los acusan.

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Sunday, June 25, 2017

De la Vida Después de la Muerte - El Alma en su Camino al Cielo.

Ya hablamos más arriba sobre la etapa de "evaluación," que algunos pasan inmediatamente después de su separación del cuerpo. Evidentemente esta fase tiene algo en común con el juicio personal, o con la preparación para él.

En las vidas de los Santos y en la literatura espiritual, hay relatos de cómo, después de la muerte del hombre, el alma es acompañada de su Ángel Guardián, que la lleva al cielo a adorar a Dios. A menudo, en este camino, los demonios viéndola, la rodean, para asustarla y llevarla consigo. Esto se debe, según las Sagradas Escrituras, al hecho que los ángeles rebeldes, después de su expulsión del Cielo, se adueñaron del espacio, si se lo puede llamar así, entre la tierra y el Cielo. Por eso, el apóstol Pablo llama a satanás el "príncipe que gobierna en el aire" y a sus demonios — los espíritus "infracelestes" del mal (Efes. 6:12; 2:2). Estos espíritus infracelestes errantes, viendo el alma conducida por el Ángel, la rodean y la acusan de sus pecados hechos en la tierra. Siendo sumamente descarados, tratan de espantarla, llevarla a la desesperación y adueñarse de ella. En este tiempo el Ángel la defiende y la anima. De lo dicho no hay que sacar la conclusión que los demonios tienen algún derecho sobre el alma humana, — ellos mismos están predestinados a ser juzgados por Dios. Ellos sólo aprovechan, en su descaro, que el alma durante su vida en la tierra en algo les obedecía. Su lógica es simple: "Si tú actuabas como nosotros, tu lugar es con nosotros."

En la literatura eclesiástica, este encuentro con los demonios se llama "tribulaciones" (Entre los Padres de la Iglesia hablan sobre este tema San Efrem el Siríaco, Atanasio el Grande, Macario el Grande, Juan Crisóstomo y otros). Más detalladamente desarrolla ese tópico San Cirilo de Alejandría, en su "Palabra sobre la separación del alma," que forma parte del Salterio Liturgico. Una descripción muy clara de este camino se encuentra en la vida del Beato Basilio el Nuevo (Siglo X), donde aparece la Bienaventurada Teodora, fallecida, que relata lo que vio y sintió después de la separación con el cuerpo. Las descripciones de las tribulaciones se pueden encontrar, asimismo, en el Libro "Los eternos misterios de ultratumba." Leyendo estos relatos hay que tener presente que hay mucho de relativo en ellos, ya que las circunstancias reales del mundo espiritual, no se parecen al nuestro.

Un encuentro semejante con los espíritus del mal infracelestiales, está descripto por Ikskul, cuyo relato comenzamos más arriba. He aquí lo que pasó cuando los dos Ángeles vinieron a buscar su alma: "Comenzamos a subir rápidamente, y a medida que lo hacíamos, veía yo un espacio cada vez mayor, y al final, cuando este espacio tomó tan horripilantes dimensiones enormes, sentí miedo al sentirme tan ínfimo ante tan inconmensurable desierto. Había también ciertas características en mi visión. En primer término, estaba oscuro, pero yo veía todo con claridad, por consiguiente mi vista adquirió la facultad de ver en la oscuridad. En segundo lugar, mi vista abarcaba un espacio tal que es imposible para una vista común.

La idea del tiempo, desapareció de mi mente y yo no sé cuánto tiempo más subimos. De repente se oyó un ruido indefinido y luego apareciendo, no se sabe de dónde, con gritos y ruido, se acercó a nosotros una muchedumbre de seres repugnantes. "Demonios," — entendí con inusual rapidez y me helé de un horror especial, desconocido por mí hasta ahora. Rodeándonos por todos lados, ellos con gritos y ruido, exigían que se me entregue a ellos, trataban de agarrarme y arrancarme de alguna manera de las manos de los Ángeles, pero, evidentemente no se atrevían a hacerlo. En esta repugnante algarabía, tanto para el oído, como para la vista, yo lograba, a veces, escuchar palabras y hasta frases enteras.

— "Él es nuestro, él negó a Dios," — de repente como a una voz gritaron ellos y ahora ya con todo descaro se tiraron sobre nosotros, que del horror por un instante se me heló el pensamiento. "¡Es mentira! ¡Eso no es verdad!" volviendo en mí, quise gritar, pero la servicial memoria me ató la lengua. De una manera incomprensible recordé, de repente, un hecho trivial relacionado con mi adolescencia, y que antes tenía completamente olvidado.

Recordé, que en el tiempo cuando todavía estudiaba, nos reunimos en casa de un compañero, y charlando primero sobre las cosas de la escuela, pasamos a hablar de temas elevados y abstractos — como pasaba a menudo.

— "No me gustan las abstracciones, — decía uno de mis compañeros, — pero esto es ya completamente imposible. Puedo creer en alguna, aunque sea hasta ahora no estudiada por la ciencia, fuerza de la naturaleza, o sea, puedo aceptar su existencia, sin ver sus claras manifestaciones, ya que ella puede ser tan ínfima, que se confunde en sus acciones con otras fuerzas y es difícil distinguirla; pero creer en Dios como Ser Personal y Omnipotente, — creer cuando no veo por ningún lado claras manifestaciones de esta Personalidad — esto ya es un absurdo. Me dicen: Cree. Pero por qué debo creer, cuando en forma idéntica, puedo creer que Dios no existe. ¿No es cierto acaso? ¿Y es posible, que Él no exista?" Ya directamente se dirigió a mí, mi compañero.

— "Puede ser, que no exista," dije yo. Esta frase era verdaderamente una "frase vana": el discurso insensato de mi amigo no podía despertar en mí dudas acerca de la existencia de Dios. Yo ni siquiera seguía con atención de qué se hablaba — y he aquí que esta frase vana, no desapareció sin dejar rastro. Yo debía justificarme, defenderme de la acusación recibida... Esta acusación aparentemente, era el argumento más fuerte para mi perdición, para los demonios. Era como si ellos sacaran de él una nueva fuerza para el atrevimiento de sus ataques y con un atroz rugido, giraron alrededor de nosotros, cortándonos el camino.

Me acordé de la oración y comencé a orar, llamando en auxilio a aquellos Santos que conocía o cuyos nombres recordaba. Esto no espantó a mis enemigos. Pobre ignorante, cristiano sólo de nombre, yo posiblemente, por primera vez me acordé de Aquella que se llama la Protectora de los cristianos.

Pero, evidentemente, mi llamado a Ella era tan ferviente, hasta tal punto estaba mi alma llena de horror, que apenas yo, recordando, articulé Su Nombre, alrededor nuestro repentinamente apareció como una neblina blanca que rápidamente cubrió la repugnante masa de demonios, y éstos desaparecieron de mis ojos, antes de separarse de nosotros. Su rugido todavía se escuchó durante un tiempo, luego comenzó a debilitarse y comprendí que la terrible persecución nos había dejado.

El miedo experimentado por mí, era tan fuerte, que no sabía si seguíamos nuestro vuelo durante este horrible encuentro o si nos detuvimos por un tiempo. Entendí que nos movíamos, que continuábamos elevándonos hacia arriba, solo cuando nuevamente se abrió ante mí el espacio infinito.

Después de recorrer cierta distancia, vi una fuerte luz sobre mí. Se parecía a la luz solar, pero era mucho más fuerte. Allí, seguramente, había algo así como un reino de la Luz. Si, justamente un reino, con pleno poder de la Luz, — adivinando con algún sentido especial nunca visto por mí, pensaba yo, — porque con esta luz no hay sombras. "¿Pero cómo puede ser la luz sin sombras?" enseguida surgieron, con extrañeza, mis conceptos terrenales.

De repente, rápidamente, entramos en la esfera de esta Luz, y Ella literalmente me encegueció. Cerré los ojos, cubrí con las manos mi rostro, sin resultado, ya que mis manos no daban sombra. ¡Y que hubiera significado aquí una defensa semejante!.

Pero pasó algo diferente. Majestuosamente, sin enojo, pero poderosamente e irrevocablemente sonaron desde arriba las palabras: "¡No está listo!" — Y luego... luego una instantánea parada en nuestra dirección ascendente — y rápidamente comenzamos a bajar. Pero antes de dejar estas esferas, me fue dado a conocer una manifestación especial. Apenas sonaron las palabras desde arriba, que todo en este mundo, parecía, que cada partícula de polvo, cada minúsculo átomo, las contestaron con su afirmación. Como un multimillonario eco, las repitió en un idioma intangible para el oído, pero comprensible para el corazón y el intelecto, expresando su total asentimiento a lo determinado por la voz. Y en esa unidad de la voluntad, había una magnífica armonía, y en esta armonía se sentía tanta inexpresable y entusiasmada alegría, ante la cual todos nuestros encantamientos y entusiasmos se parecían — un día sin sol. Como un inimitable acorde musical sonó este enorme eco y toda mi alma contestó con un fogoso impulso para reunirse a esta magnífica armonía.

Yo no entendí el verdadero significado de las palabras dirigidas a mí, o sea, no comprendí que debía volver a la tierra y vivir como antes. Pensé que me llevaban a algún otro lugar. El sentimiento de una tímida protesta se movió en mí, cuando, primero vagamente, como en una neblina matinal, comenzaron a perfilarse los contornos de la ciudad, y luego, claramente, aparecieron las calles conocidas y el hospital. Acercándose a mi cuerpo inanimado, el Ángel Guardián, me dijo: "¿Escuchaste lo determinado por Dios?" — E indicando mi cuerpo, me ordenó: — "¡Entra en él y prepárate!" Después de esto ambos Ángeles se hicieron invisibles para mí.

A continuación, K. Ikskul, relata su vuelta al cuerpo, que estuvo en la morgue durante 36 horas, y cómo los médicos y todo el personal se extrañó por el milagro de su vuelta a la vida. Poco después, K. Ikskul, se retiró a un Monasterio y terminó su vida como Monje.

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