Wednesday, April 27, 2016

Akathisto Por el Descanso de los Que se han Dormido en el Señor


  1. Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Si no hay Sacerdote: Por las oraciones de nuestros Santos Padres, oh Señor Jesucristo, Dios Nuestro, Ten piedad de nosotros. Amén.
Gloria a Ti, Dios Nuestro, Gloria a Ti.
Rey del Cielo, Consolador, Espíritu de la Verdad, que estás en todo lugar, y que todo lo llenas, Tesoro de bienes y Dador de la Vida, ven y haz de nosotros tu morada, purifícanos de toda mancha, y salva, Tú que eres bueno, nuestras almas.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor, purifícanos de nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras transgresiones. Santo, visítanos y cura nuestras enfermedades, por tu nombre.
Señor, ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu Majestad, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan sobreesencial dánosle hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos introduzcas en la tentación, mas líbranos del maligno.
  1. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
El coro canta estos Troparios, tono 6º. En los días de fiesta y los domingos, se omiten.
Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros, porque aunque pecadores y privados de toda defensa, te ofrecemos como a nuestro Dueño esta súplica: Ten piedad de nosotros.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Señor, ten piedad de nosotros, pues hemos esperado en ti; no estés airado contra nosotros, ni te acuerdes de nuestras transgresiones, mas vuélvete hacia nosotros, oh Bondadoso, y líbranos de nuestros enemigos, porque eres nuestro Dios, y nosotros tu pueblo, la obra de tus manos, y clamamos a tu nombre.
Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Ábrenos las puertas de la misericordia, oh bienaventurada Madre de Dios, porque hemos esperado en ti; no permitas que perezcamos, sino que por ti seamos librados de las adversidades, porque eres la salvación del pueblo cristiano.
Señor, ten piedad (12 veces)
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 50
Ten compasión de mí, oh Dios, en la medida de tu misericordia; según la grandeza de tus bondades, borra mi iniquidad. Lávame a fondo de mi culpa, límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mi maldad y tengo siempre delante mi delito. He pecado contra Ti, contra Ti solo, he obrado lo que es desagradable a tus ojos, de modo que se manifieste la justicia de tu juicio y tengas razón en condenarme. Es que soy nacido en la iniquidad, y ya mi madre me concibió en pecado. Mas he aquí que Tú te complaces en la sinceridad del corazón, y en lo íntimo del mío me haces conocer la sabiduría. Rocíame, pues, con hisopo, y seré limpio; lávame Tú, y quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír tu palabra de gozo y de alegría, y saltarán de felicidad estos huesos que has quebrantado. Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis culpas. Crea en mí, oh dios, un corazón sencillo, y renueva en mi interior un espíritu recto. No me rechaces de tu presencia, y no me quites el espíritu de tu santidad. Devuélveme la alegría de tu salud; confírmame en un espíritu de príncipe. Enseñaré a los malos tus caminos; y los pecadores se convertirán a Ti. Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío, y vibre mi lengua de exultación por tu justicia. Abre Tú mis labios, oh Señor, y mi boca publicará tus alabanzas, pues los sacrificios no te agradan, y si te ofreciera un holocausto no lo aceptarías. Mi sacrificio, oh Dios, es el espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado. Por tu misericordia, Señor, obra benignamente con Sión; reconstruye los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios legales, las oblaciones y los holocaustos; entonces se ofrecerán becerros sobre tu altar.
Salmo 69
Ven a librarme, Dios mío, apresúrate, Señor, a socorrerme. Confundidos y sonrojados queden los que buscan mi vida; vuelvan la espalda cubiertos de vergüenza los que se gozan de mis males. Retrocedan llenos de confusión los que me dicen: “¡ajá! ¡ajá!”. Mas alégrense en Ti y regocíjense todos los que te buscan; y los que aman tu auxilio digan siempre: “Dios es grande”. Yo soy miserable y doliente; mas Tú, oh Dios, ven en mi socorro. Mi amparo y libertador eres Tú, oh Dios, no tardes.
Salmo 142
Señor, escucha mi oración, presta oído a mi súplica según tu fidelidad; óyeme por tu justicia, y no entres en juicio con tu siervo, porque ningún viviente es justo delante de Ti. El enemigo persigue mi alma, ha postrado en tierra mi vida; me ha encerrado en las tinieblas, como los ya difuntos. El espíritu ha desfallecido en mí, y mi corazón está helado en mi pecho. Me acuerdo de los días antiguos, medito en todas tus obras, contemplo las hazañas de tus manos, y extiendo hacia Ti las mías; como tierra falta de agua, mi alma tiene sed de Ti. Escúchame pronto, Señor, porque mi espíritu languidece. No quieras esconder de mí tu rostro: sería yo como los que bajaron a la tumba. Hazme sentir al punto tu misericordia, pues en Ti coloco mi confianza. Muéstrame el camino que debo seguir, ya que hacia Ti levanto mi alma. Líbrame de mis enemigos, Señor; a Ti me entrego. Enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios. Tu Espíritu es bueno; guíame, pues, por camino llano. Por tu Nombre, Señor, guarda mi vida; por tu clemencia saca mi alma de la angustia. Y por tu gracia acaba con mis enemigos, y disipa a cuantos atribulan mi alma, porque soy siervo tuyo.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un Solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho, que por nosotros los hombres y para nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre, y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día según las escrituras y subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre y de nuevo volverá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia. Que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Contaquio I
Oh Tú, que por Tu inescrutable Providencia preparaste al mundo para la bienaventuranza eterna y que señalaste los tiempos y las estaciones y el modo de nuestro fin: perdona, oh Señor, a los que han muerto en tiempos pasados en todos sus pecados; recíbelos en el reino de la luz y del gozo, apresúrate a abrirles tus paternales brazos, y escucha a los que celebramos su memoria y cantamos: ¡Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido!.
Ikos I
Oh Tú, que salvas a Adán y a toda la raza humana de la perdición eterna, que enviaste a Tu Hijo al mundo, oh Buen Dios, y que por Su Cruz y Resurrección nos concedes también la vida eterna. Confiando en tu infinita misericordia, buscamos el reino inmortal de Tu gloria, te imploramos que se lo concedas a los que se han dormido y rezamos:
Alegra, oh Señor, las almas cansadas por las tormentas de la vida, para que las penas terrenales y los cánticos no los entierren en el olvido.
Escúchalos, oh Señor, en Tu seno, como una madre responde a sus hijos, y diles: vuestros pecados son perdonados.
Recíbelos, oh Señor, en Tu refugio tranquilo y bendito para que puedan regocijarse en Tu gloria divina.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio II
Iluminado por la luz de lo Alto, San Macario escuchó una voz de un cráneo pagano: “Cuando rezas por los que sufren en el infierno, hay alivio para los paganos”. Oh maravilloso poder de la oración cristiana, por la que incluso las regiones infernales son iluminadas. Tanto creyentes como incrédulos reciben consuelo cuando clamamos por todo el mundo: ¡Aleluya!
Ikos II
San Isaac el Sirio dijo una vez: “Un corazón misericordioso es el que arde de amor por los hombres y animales y por toda la creación, y en todo tiempo ofrece oraciones con lágrimas para que puedan ser purificados y protegidos”. Del mismo modo, nosotros valientemente suplicamos al Señor que ayude a los muertos desde el principio del tiempo y clamamos:
Envíanos, oh Señor, el don de la oración ferviente por los muertos.
Recuerda, oh Señor, a todos los que nos han pedido, indignos como somos, que recemos por ellos, y perdonas los pecados que han olvidado.
Recuerda, oh Señor, a los que han sido enterrados sin oraciones.
Recibe, oh Señor, en Tus moradas, a todos los que han muerto de pena o júbilo por una muerte repentina o prematura.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio III
Somos culpables de las calamidades del mundo, del sufrimiento de las criaturas irracionales, de las enfermedades y tormentos de los niños inocentes, pues por causa de la caída del hombre, ha sido afectada la bienaventuranza y la belleza de toda la creación. ¡Oh Cristo nuestro Dios, el más grande de todos los sufrientes!. Sólo tú puedes perdonarnos a todos. Así pues, perdona a todos y todo, y concede al mundo su prosperidad primera, para que los vivos y los muertos puedan regocijarse y clamar: ¡Aleluya!.
Ikos III
Oh Gozosa Luz, Redentor del mundo, abraza a todo el universo con Tu amor, pues he aquí, se escucha Tu clamor desde la Cruz por Tus enemigos: “Padre, perdónalos”. En nombre de Tu amor perdonador nos atrevemos a rezar a Tu Padre Eterno por el descanso eterno de Tus enemigos y de los nuestros.
Perdona, oh Señor, a los que han vertido sangre inocente, a los que han sembrado el camino de nuestra vida con penas, a los que han caminado en la prosperidad por medio de las lágrimas de sus prójimos.
No condenes, oh Señor, a los que nos persiguen con calumnias y maldad.
Paga con misericordia a los que hemos perjudicado u ofendido por ignorancia, y concede que nuestra oración por ellos sea santa por el sacramento de la reconciliación.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio IV
Salva, oh Señor, a los que han muerto en graves sufrimientos, a los que han sido asesinados, a los que fueron enterrados vivos, a los que fueron ahogados o quemados, a los que fueron devorados por bestias salvajes, a los que murieron de hambre o frío, a los que estaban expuestos en las tempestades, a los que cayeron desde grandes alturas, y concédeles a todos el descanso eterno por la pena de su muerte. Que el tiempo de su sufrimiento sea bendecido como un día de redención, para que puedan cantar: ¡Aleluya!.
Ikos IV
Recompensa con la compasión de Tu infinito amor, oh Señor, a los que han muerto en la flor de su juventud, que recibieron en la tierra la corona de espinas del sufrimiento y nunca experimentaron el gozo terrenal. Concede la recompensa a los que murieron a causa de excesivo trabajo, por explotación o trabajo agotador.
Recibe, oh Señor, en las salas nupciales del paraíso a los chicos y chicas, y concédeles el gozo en el banquete de bodas de Tu Hijo.
Conforta y consuela el dolor de los padres por sus hijos muertos.
Da descanso, oh Señor, a los que no tienen a nadie que Te ofrezca oraciones por ellos, a Ti su creador, para que sus pecados sean borrados en la deslumbrante luz de Tu perdón.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio V
Nos has dado la muerte como último prodigio para devolvernos a nuestros sentidos y al arrepentimiento, oh Señor. En esta luz terrible, la vanidad terrenal queda expuesta, y las pasiones carnales y los sufrimientos se vuelven tenues, y se humilla la razón sumisa. La justicia eterna y la rectitud se abren ante nuestros ojos y así, los incrédulos y los sobrecargados de pecados confiesan en su lecho de muerte Tu existencia real y eterna y claman a Tu misericordia: ¡Aleluya!
Ikos V
Oh Padre de todo consuelo y alivio. Tú resplandeces con el sol, T deleitas en tus frutos y Te alegras con la belleza del mundo, tanto con tus amigos como con tus enemigos.
Y creemos que incluso más allá de la tumba, Tu bondadoso amor, que es misericordioso incluso con los pecadores rechazados, no falla.
Nos afligimos por los blasfemos malvados y empedernidos de Tu Santidad.
Que Tu salvífica y graciosa Voluntad esté sobre ellos.
Perdona, oh Señor, a los que han muerto sin arrepentimiento.
Salva a los que han cometido suicidio en la oscuridad de su mente, para que la llama de su pecado se extinga en el océano de Tu gracia.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VI
Terrible es la oscuridad de un alma separada de Dios, el tormento de su conciencia, el rechinar de sus dientes, el inextinguible fuego y el gusano que no muere. Tiemblo por el pensamiento de este hecho, y rezo por los que sufren en el infierno, así como por mí mismo. Que nuestros himnos desciendan sobre ellos como rocío refrescante mientras cantamos: ¡Aleluya!
Ikos VI
Tu luz, oh Cristo nuestro Dios, ha resplandecido sobre los que moran en la oscuridad y en la sombra de la muerte y sobre los que están en el infierno y no pueden clamarte. Desciende a las regiones infernales de la tierra, oh Señor, y lleva el gozo de Tu gracia a Tus hijos que se han separado de Ti por el pecado, pero que no Te han rechazado.
Pues sufren cruelmente. Ten misericordia de ellos.
Pues pecaron contra el cielo y ante Ti, y sus pecados son infinitamente graves, pero Tu misericordia es infinita.
Visita la amarga miseria de las almas separadas de Ti.
Ten piedad, oh Señor, de los que odiaron la verdad por ignorancia.
Que Tu amor esté sobre ellos, no como fuego consumidor, sino como frescura del Paraíso.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VII
Queriendo ayudar por Tu poderoso poder a Tus siervos que se han dormido, apareciste a tus amados, oh Señor en sueños misteriosos, inspirándoles claramente que rezaran, para que pudieran recordar a los difuntos, y que hicieran buenas obras y trabajo, con fe y amor por ellos, clamando: ¡Aleluya!
Ikos VII
La Iglesia universal de Cristo ofrece incesantemente oraciones a toda hora por los difuntos de todo el mundo, para que los pecados del mundo sean lavados por la purísima Sangre de Tu divina corona, y para que las almas de los que se han dormido sean llevadas de la muerte a la vida y de la tierra al cielo por el poder de las oraciones ofrecidas por ellos en los altares de Dios.
Que la intercesión de la Iglesia por los muertos, oh Señor, sea una escalera al cielo.
Ten piedad de ellos, oh Señor, por la intercesión de la santísima Theotokos y de todos los santos.
Perdónales sus pecados por Tus siervos que Te claman día y noche.
Por los hijos inocentes, oh Señor, ten piedad de sus padres, y por las lágrimas de sus madres, perdona los pecados de sus hijos.
Por las oraciones de los inocentes que sufren y por la sangre de los mártires, perdona y ten piedad de los pecadores.
Recibe, oh Señor, nuestras oraciones como recuerdo de sus virtudes.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VIII
El mundo entero es un cementerio sagrado y común, pues en todo lugar está el polvo de nuestros padres y hermanos. Oh Cristo nuestro Dios, que nos amas invariablemente, perdona a todos los que han muerto desde el principio hasta ahora, para que puedan cantarte con infinito amor: ¡Aleluya!
Ikos VIII
Viene el día, como horno incandescente, el día grande y terrible del Juicio Final, cuando los secretos de los hombres sean revelados y los libros de la conciencia sean expuestos.
“Reconciliaos con Dios”, clama San Pablo.
“Reconciliados antes de aquel día terrible”.
Ayúdanos, oh Señor, a cubrir con las lágrimas de los vivos aquello que estaba ausente en los muertos.
Que el sonido de la trompeta del ángel, oh Señor, sea para ellos el anuncio alegre de su salvación y la gozosa manumisión de su libertad en la hora de Tu juicio.
Corona con gloria a los que han sufrido por Ti, oh Señor, y cubre los pecados de los débiles con Tu bondad.
Oh Señor, que conoces a todos por su nombre, recuerda a los que buscaron la salvación en la vida monástica.
Recuerda a los bienaventurados pastores con sus hijos espirituales.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio IX
Bendice el paso ligero del tiempo. Pues toda hora y todo momento, trae cercana a la eternidad. Una nueva pena, un nuevo cabello gris son los heraldos del mundo venidero, testigos de la corrupción terrenal, pues todo pasa (ellos nos lo dice), y el reino eterno está cercano, donde no hay pena, ni suspiro, ni lágrimas, sino canto gozoso: ¡Aleluya!
Ikos IX
Así como un árbol pierde sus hojas pasado un tiempo, sí nuestros días, tras un cierto número de años, llegan a su fin.
El festival de la juventud se va, la lámpara del gozo huye, la locura y la despojo de los años se acerca.
Amigos y parientes mueren. ¿Dónde estás, joven que disfrutabas de tu juventud?.
Sus tumbas están en silencio, pero sus almas están en Tu mano.
Pensemos cómo nos miran desde el mundo espiritual.
Oh Señor, Sol resplandeciente, ilumina y calienta las moradas de los que se han dormido.
Que el tiempo de nuestra amarga separación pase para siempre.
Concede que todos sean uno contigo, oh Señor.
Restaura en los fallecidos, oh Señor, la pureza de la niñez y el espíritu genial de la juventud, y que la vida eterna sea para ellos una fiesta Pascual.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio X
Vertiendo lágrimas en las tumbas de nuestros familiares, rezamos con esperanza y clamamos con expectación: Dinos, oh Señor, que sus pecados son perdonados. Da a nuestro espíritu una seguridad secreta de ello, para que podamos cantar: ¡Aleluya!
Ikos X
Mirando a tras, veo nuestra vida pasada. ¡Que vasta multitud de gente ha fallecido desde el primer día hasta ahora!. Y muchos de ellos me han hecho bondades. Con gratitud por lo que les debo, con amor Te clamo:
Concede la gloria celestial, oh Señor, a mis parientes y a mis queridos y cercanos familiares que me vieron desde mi cuna en la niñez, y me criaron y me educaron.
Glorifica, oh Señor, en la presencia de los santos ángeles, a los que me contaron las alegres nuevas de salvación y me enseñaron lo que es justo y bueno, lo justo y verdadero, por el santo ejemplo de sus vidas.
Llena con regocijo, oh Señor, a los que me alimentaron con el maná oculto en los días de mi pena y aflicción.
Recompensa y salva a todos los benefactores y a los que ayudaron a otros personalmente y con la oración.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XI
¿Oh muerte, dónde está tu aguijón?. ¿Dónde está la oscuridad y el terror que reinaba en el pasado?. Desde ahora eres el ansia para la unión inseparable con Dios. ¡Oh gran paz del Sábado místico!. Queremos morir y estar con Cristo, clama el apóstol. Por eso, también miramos la muerte como la puerta hacia la vida eterna, y clamamos: ¡Aleluya!
Ikos XI
Los muertos se levantarán y los que están en las tumbas se pondrán en pie, y los que estén vivos en la tierra exultarán de gozo cuando estén con sus cuerpos espirituales, radiantes de gloria e incorrupción.
Huesos secos, escuchad la palabra del Señor: “Dispondré sobre vosotros un espíritu de vida, y pondré tendones sobre vosotros, y os revestiré de carne, y os cubriré con piel”.
Levantaos, los antiguos, pues sois redimidos por la sangre del Hijo de Dios, restaurados a la vida por Su muerte, pues la luz de la Resurrección ha amanecido sobre vosotros.
Ábreles ahora, oh Señor, el abismo de Tus perfecciones.
Tú has hecho brillar sobre ellos la luz del sol y de la luna, para que puedan ver la gloria de los coros radiantes de los ángeles.
Los has deleitado con la magnificencia de las luces celestiales del oriente y del occidente, para que también puedan ver la luz sin ocaso de Tu Divinidad.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XII
La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios. Mientras vivimos en la carne, estamos separados de Cristo. Y si morimos, viviremos eternamente. Pues nuestro cuerpo corruptible debe revestirse de incorrupción, y esta naturaleza mortal debe resplandecer con la inmortalidad, para que en la luz del día eterno podamos cantar: ¡Aleluya!.
Ikos XII
Esperamos el encuentro con el Señor, esperamos el alba clara de la Resurrección, esperamos la resurrección de sus tumbas de nuestros parientes muertos y de nuestros allegados, y su restauración a la santa belleza de vida.
Y nos regocijamos en la próxima transfiguración de toda la creación y clamamos a nuestro Creador: “Oh Señor, que creaste al mundo para el triunfo del gozo y la bondad, que nos has restaurado de los abismos del pecado a la santidad, concede que los muertos puedan reinar en la nueva creación y resplandezcan como luces celestiales en el día de su gloria.
Que el Divino Cordero sea su luz perpetua.
Concede, oh Señor, que también nosotros podamos celebrar con ellos la Pascua inmortal.
Une a los muertos y a los vivos en un gozo interminable.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XIII
(Este contaquio se Repite tres veces)
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
(Se repite el ikos I y el contaquio I)
Ikos I
Oh Tú, que salvas a Adán y a toda la raza humana de la perdición eterna, que enviaste a Tu Hijo al mundo, oh Buen Dios, y que por Su Cruz y Resurrección nos concedes también la vida eterna. Confiando en tu infinita misericordia, buscamos el reino inmortal de Tu gloria, te imploramos que se lo concedas a los que se han dormido y rezamos:
Alegra, oh Señor, las almas cansadas por las tormentas de la vida, para que las penas terrenales y los cánticos no los entierren en el olvido.
Escúchalos, oh Señor, en Tu seno, como una madre responde a sus hijos, y diles: vuestros pecados son perdonados.
Recíbelos, oh Señor, en Tu refugio tranquilo y bendito para que puedan regocijarse en Tu gloria divina.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio I
Oh Tú, que por Tu inescrutable Providencia preparaste al mundo para la bienaventuranza eterna y que señalaste los tiempos y las estaciones y el modo de nuestro fin: perdona, oh Señor, a los que han muerto en tiempos pasados en todos sus pecados; recíbelos en el reino de la luz y del gozo, apresúrate a abrirles tus paternales brazos, y escucha a los que celebramos su memoria y cantamos: ¡Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido!.

Oración Por los Que se han Dormido.
Oh Dios de los espíritus y de toda carne, que has pisoteado la muerte, derrotado al maligno y dado vida a Tu mundo:
Da descanso, oh Señor, a las almas de Tus siervos que se han dormido: patriarcas, metropolitas, arzobispos, obispos, sacerdotes, diáconos, hipodiáconos, monjes y monjas, y a todos los que Te han servido en Tu iglesia, a los fundadores de todas las iglesias y monasterios, y a todos los antepasados ortodoxos, padres, hermanos y hermanas que han muerto aquí y en todo lugar, oficiales, soldados y los ejércitos de tierra, mar y aire que han entregado sus vidas por su fe y país, a todos los fieles asesinados en las guerras civiles, a los que se han ahogado, quemado, congelado hasta la muerte, devorados por bestias salvajes, y los que han muerto repentinamente sin arrepentimiento y no tuvieron tiempo de reconciliarse con la Iglesia y con sus enemigos, a los que arrebataron sus vidas en un momento de trastorno mental, a los que pidieron que rezáramos por ellos, a los que no tienen a nadie que rece por ellos, a los que murieron sin un entierro cristiano, (NOMBRES), en la morada de la luz, en la morada de delicia, en la morada de descanso, donde no ha sufrimiento, ni pena, ni dolor. Perdona todos sus pecados de pensamiento, palabra y obra, porque Tú eres un Dios bondadoso y Amante de los hombres. Pues no hay nadie que viva sin pecado. Tú eres el único sin pecado, y Tu justicia es la justicia eterna, y Tu Palabra es la Verdad.
Pues Tú eres la Resurrección, la Vida y el Descanso de Tus siervos que se han dormido (NOMBRES), oh Cristo Dios nuestro, y a Ti te rendimos gloria, junto con Tu Padre Eterno, y Tu santísimo, bueno y vivificador Espíritu, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  1. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor, purifícanos de nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras transgresiones. Santo, visítanos y cura nuestras dolencias por tu nombre.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu Majestad, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan sobreesencial dánosle hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos introduzcas en la tentación, mas líbranos del maligno.
  1. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
  1. Bendice, padre.
  1. Aquél, que es bendito os bendiga, Cristo, Dios nuestro, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
  1. Amén. Oh Cristo nuestro Dios, fortalece en la santa y verdadera fe a todos los cristianos piadosos y ortodoxos, así como a esta santa asamblea por los siglos de los siglos.
  1. ¡Santísima Madre de Dios, sálvanos!
  1. Tú más venerable que los querubines, e incomparablemente más gloriosa que los serafines, que sin mancha engendraste a Dios el Verbo, a Ti verdadera Madre de Dios, te magnificamos.
  1. ¡Gloria a Ti, Cristo Dios nuestro, esperanza nuestra, gloria a Ti!
  1. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
  2. Señor ten piedad, Señor ten piedad, Señor ten piedad,
  3. Padre, bendice.
  1. Que Cristo, nuestro verdadero Dios, por las plegarias de su Madre Santísima, toda pura e inmaculada, de los santos gloriosos Apóstoles, de los santos y justos antepasados del Señor, Joaquín y Ana y de todos los Santos, dé el descanso a todos sus siervos difuntos, tenga piedad de nosotros y nos salve, porque él es bueno y amante de la humanidad.
  1. Amén.

                                    Catecismo Ortodoxo

                      http://catecismoortodoxo.blogspot.ca

El amor de Dios ( San Tikon de Zandonsk )


Amados cristianos, todos los cristianos dicen: “¿Cómo no amaremos a Dios?”, o “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Esto es muy cierto, “¿cómo no amaremos a Dios?”. Y asimismo, “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Dios es el bien supremo, increado, sin principio, sin fin, existente y sin cambio. Así como el sol siempre resplandece, así como el fuego siempre calienta, así mismo Dios es bueno por naturaleza. Él es, y siempre hace, el bien, pues “Uno solo es el bueno” (Mateo 19:17). Dios hace el bien incluso cuando nos castiga, pues nos castiga para poder corregirnos. Él nos golpea para poder tener misericordia de nosotros, nos da penas para consolarnos verdaderamente. Pues “el Señor corrige a quien ama, y a todo el que recibe por hijo, le azota” (Hebreos 12:6). Entonces, ¿cómo puede alguien no amar un bien tan grande como Dios? Dios es nuestro Creador. Él nos creó de la nada. No existíamos, y he aquí, vivimos, nos movemos y tenemos el ser. Sus poderosas manos nos formaron y nos crearon. Él nos creó, oh hombres, no como a las demás criaturas, insensatas e irracionales. Nos creó por Su propio consejo divino especial, “Hagamos al hombre” (Génesis 1:26). De otras criaturas se dice: “Porque Él lo mandó y fueron creados” (Salmos 148:5), pero no así con el hombre. ¿Y entonces qué?. Dice: “Hagamos al hombre”. ¡Oh santo, oh amado Consejo! El Dios Tri-Hipostático, Padre, Hijo y Espíritu Santo, dijo del hombre, “Hagamos al hombre”. ¿Qué clase de hombre?. Él dijo: “a imagen nuestra, según nuestra semejanza” (Génesis 1:26). ¡Oh maravillosa bondad de Dios para con el hombre! ¡Oh exaltado honor del hombre! ¡El hombre fue creado por Dios a imagen y semejanza de Dios!. ¿A qué criatura ha concedido Dios tal honor? No conocemos ninguna igual. Fue concedida al hombre y fue honrado con la imagen de Dios. ¡Oh amada y hermosa creación de Dios, el hombre, imagen de Dios!. El hombre la lleva en sí mismo como un sello real. Así como se honra al rey, así es su retrato. Así como a Dios el Rey Celestial le es debido todo el honor, así mismo a Su imagen, el hombre. Dios derramó su bondad sobre nosotros, en nuestra creación, oh cristiano. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios?.

Caímos y perecimos. No podemos lamentarnos suficientemente por esto: “Porque el hombre no permanece en su opulencia; desaparece como los brutos” (Salmos 48:13). Pero incluso así, Dios, que ama a la humanidad, no nos abandonó, sino que encontró un maravilloso medio para nuestra salvación. Nos envió a su Hijo Unigénito para salvarnos y reunirnos con Él. “Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto? Así como le llamamos: Dios es el Amante de la humanidad, así mismo el hombre debe ser un amante de Dios. Pues no se puede dar otra cosa a cambio del amor, mas que amor y gratitud.

Dios es nuestro abastecedor. Piensa por nosotros y nos cuida. Nos da nuestro alimento, vestido y hogar. Su sol, su luna y sus estrellas nos dan luz. Su fuego nos calienta y cocinamos nuestra comida con él. Su agua nos lava y nos refresca. Sus bestias nos sirven. Su aire nos aviva y nos mantiene vivos. En una palabra, estamos rodeados por sus bendiciones y amor, y sin ellas no somos capaces de vivir ni un momento. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto?. Amamos a un hombre que hace el bien; pues tanto más debemos amar a Dios que hace el bien, de quien somos creación, y todo lo que podamos poseer. Toda la creación, y el hombre mismo, es posesión de Dios. “De Dios es la tierra y cuanto ella contiene” (Salmos 23:1).

Dios es nuestro Padre. Le rezamos y decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo”, y lo que continúa. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios el Padre? Los buenos hijos aman necesariamente a su padre. Entonces, si queremos ser verdaderos hijos de Dios, y sin hipocresía Le llamamos Padre, entonces también debemos amarle como Padre.

Verdaderamente, todos dicen: “¿cómo no amaremos a Dios?”. El amor, como toda virtud, debe residir también en nuestro corazón. Si el amor no reside en el corazón, entonces no existe. Dios no dice: “amad, sed humildes, sed compasivos, implorad, clamadme”, y todo lo demás, a nuestros labios, sino a nuestro corazón. Entonces, el amor, la humildad, la compasión, la oración y todo lo demás, debe residir en el corazón. Y si no mora en el corazón, inevitablemente saldrá de él como una eructación del estómago. Un fuego oculto se revela a sí mismo por su calor, y un bálsamo fragante, por su aroma. Así, David mostró el santo amor que tenía por Dios mediante sus dulcísimos himnos a Él. “Te amo, Señor, fortaleza mía, mi peña, mi baluarte, mi libertador, Dios mío, mi roca, mi refugio, broquel mío, cuerno de mi salud, asilo mío” (Salmos 17:2-3), y en otros muchos lugares. Aunque el amor pueda estar oculto en el corazón, no se puede ocultar, sino que se muestra a sí mismo por medio de signos externos. 


        Sobre el amor a Dios, continuación

Pero veamos cuales son los signos del amor de Dios, para que no tengamos una idea falsa del amor, en vez del amor en sí. En nada se engaña tanto el hombre a sí mismo como en el amor. Los signos de este amor son:
Dios mismo lo indica, diciendo: “El que tiene mis mandamientos y los conserva, ese es el que me ama” (Juan 14:21). Pues el que verdaderamente ama a Dios, se guardará de todo lo que es repugnante a Dios, y se apresurará a cumplir todo lo que complace a Dios. Por lo tanto, guarda sus mandamientos. De esto se deduce que aquellos cristianos que descuidan los mandamientos, no aman a Dios. Tales son los malvados y los que hacen daño a otros de cualquier forma. Tales son los libertinos, adúlteros y profanadores. Tales son los ladrones, los bandidos, los atracadores y todos los que se apropian injustamente de los bienes de otros. Tales son los calumniadores y aquellos que maldicen a otros. Tales son los astutos, los deshonestos, los engañadores, los mentirosos e hipócritas. Tales son los hechiceros y los que los llaman. Todos estos, ni aman la Ley de Dios, ni aman a Dios. Se aman a sí mismos y a sus propios apetitos, pero no a Dios ni a Su santa Ley.
Un signo manifiesto del amor a Dios es una sincera alegría en Dios, pues nos regocijamos en lo que amamos. Del mismo modo, el amor de Dios no puede existir sin alegría, y cuando un hombre siente la dulzura del amor de Dios en su corazón, se regocija en Dios. Pues una virtud tan dulce como el amor no puede sentirse sin regocijo. Así como la miel endulza nuestra garganta cuando la probamos, así alegra nuestro corazón el amor de Dios cuando “Gustamos y vemos cuán bueno es el Señor” (Salmos 33:9). Tal alegría en Dios la encontramos en muchos lugares de la Santa Escritura y se refleja sobre todo en los santos salmos. Esta alegría es espiritual y celestial, y es un anticipo de la dulzura de la vida eterna.
El que verdaderamente ama a Dios desdeña al mundo y todo lo que hay en él, y se afana por Dios, su amado. Tiene como nada el honor, la gloria, las riquezas, y todas las comodidades de este mundo que los hijos de esta era buscan. Para él, sólo basta Dios, el increado y más amado bien. Sólo en Él encuentra el perfecto honor, gloria, riqueza y comodidad. Para él, sólo Dios es la perla de gran precio, por la que tiene todo lo demás como poco y escaso. Ese tal no desea nada en el cielo ni en la tierra más que Dios. Tal amor lo encontramos en las palabras del Salterio: “¿Quién hay para mí en el cielo sino Tú? Y si contigo estoy, ¿qué podrá deleitarme en la tierra?. La carne y el corazón mío desfallecen, la roca de mi corazón es Dios, herencia mía para siempre” (Salmos 72:25-26). Usa el alimento, la bebida, el vestido y todo lo demás, sólo por necesidad, y no por placer sensual.

De esto se deduce que el que ama al mundo, no ama a Dios. Según el testimonio del apóstol: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1ª Juan 2:15). Tales son los que encuentran placer sólo en el orgullo y la pompa de este mundo, en casas fastuosas, en ricos carruajes, en mesas suculentas y abarrotadas, en vestir ricos y costosos vestidos, para ser glorificado y admirado por todos, y todo lo demás. Tales personas aman “todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida” (1ª Juan 2:16), que son repugnantes a Dios, pero no aman a Dios.
El que verdaderamente ama a Dios tiene a Dios en su mente, y Su amor hacia nosotros, y Sus beneficios. Vemos esto incluso en el amor humano, pues a menudo recordamos al que amamos. Así que el que ama a Dios, Lo recuerda, piensa en Él, encuentra consuelo en Él, y se cautiva por Él. Pues allí donde está su tesoro, allí también está su corazón (Mateo 6:21). Para el que verdaderamente ama a Dios, el invaluable y amado tesoro es Dios. Por lo cual, también recuerda a menudo Su Santo Nombre, y con amor. Así, el corazón lleno del amor de Dios revela signos exteriores de amor. Por eso vemos que los que olvidan a Dios, no lo aman, pues el olvido es un signo manifiesto de no amar a Dios. El que verdaderamente ama a Dios nunca puede olvidar a su amado.
El que ama, no desea estar nunca separado de la persona a la que ama. Muchos cristianos desean estar con Cristo el Señor cuando Es glorificado, pero no quieren estar con Él en el deshonor y el reproche, ni llevar su cruz. Le piden poder estar en Su Reino, pero no desean sufrir en el mundo, y de este modo muestran que su corazón no es recto y que no aman verdaderamente a Cristo. Y a decir verdad, se aman a sí mismos más que a Cristo. Por esta razón, el Señor dice: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mateo 10:38). Se conoce a un verdadero amigo, en la desgracia. Es nuestro verdadero amigo, el que nos ama, y el que no nos abandona en la desgracia. Así mismo, el que verdaderamente ama a Cristo es el que permanece con Cristo en este mundo, se adhiere a Él en su corazón, soporta sin quejarse la cruz con Él, y desea estar con Él, inseparablemente en el siglo venidero. Tal persona es la que dice a Cristo: “Mas para mí la dicha consiste en estar unido a Dios” (Salmos 72:28).
Un signo del amor de Dios es el amor al prójimo. El que ama verdaderamente a Dios, ama a su prójimo. El que ama al que ama, ama lo que él ama. La fuente del amor al prójimo es el amor a Dios, pero el amor a Dios es conocido por el amor al prójimo. De este modo se hace aparente que el que no ama a su prójimo, no ama tampoco a Dios. Así lo enseña el apóstol: “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien nunca ha visto. Y este es el mandamiento que tenemos de Él: que quien ama a Dios ame también a su hermano” (1ª Juan 4:20-21).

Queridos cristianos, arrepintámonos y alejémonos de la vanidad del mundo, y purifiquemos nuestros corazones con arrepentimiento y contrición, para que el amor de Dios pueda morar en nosotros. “Dios es amor, y el que permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios permanece en él” (1ª Juan 4:16).

         ¿Por qué debemos amar a Dios?

Dios es el supremo bien del que surge todo bien, y toda la bendición que es y siempre será.

Sin Dios, toda bienaventuranza es maldición y aflicción, la vida es muerte, y la alegría y la dulzura son amargura. Vivir con Dios es la felicidad en la desgracia, la riqueza en la pobreza, la gloria en el deshonor y el consuelo en la pena. Sin Dios, no puede haber verdadero descanso, paz y consuelo.

Por lo tanto amadlo como vuestro bien supremo y bienaventuranza, amadlo por encima de toda criatura, por encima de padre y madre, por encima de mujer e hijos, por encima de vosotros mismos. Unios sólo a Él en vuestro corazón, y por encima de todo , deseadlo sólo a Él, porque Él es vuestro bien eterno y bienaventuranza, sin la que ni hay vida ni bienaventuranza en esta era o en la venidera.

Toda criatura de Dios es buena, pero su Creador es incomparablemente mejor. Así pues, amad y desead este bien como existente, sin principio, sin fin, siempre existente, y sin cambio, de Quien todas las criaturas son creadas buenas. 


  Sobre el recuerdo de Dios en todo lo posible
En todo lugar y en todo lo posible, recordar al Señor vuestro Dios y Su santo amor por nosotros. Todo lo que veis en el cielo, en la tierra y en vuestra casa os abre los ojos al recuerdo del Señor vuestro Dios y a Su santo amor. Estamos envueltos en el amor de Dios. Toda criatura de Dios nos da testimonio de Su amor por nosotros. Cuando veáis la creación de Dios y hagáis uso de ella, decios a vosotros mismos: Esta es la obra de las manos del Señor mi Dios, y fue creada por mí. Estas luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, son creaciones del Señor mi Dios, e iluminan a todo el mundo y a mí. Esta tierra en la que vivo, que da fruto para mí y mi ganado, y todo lo que pueda haber en ella, es la creación del Señor mi Dios. Esta agua que me refresca a mí y a mi ganado es una bendición del Señor. Este ganado que me sirve es la creación del Señor y Él me lo dio para servirme. Esta casa en la que vivo es bendición de Dios y me la dio para mi reposo. Esta comida que pruebo es un don que Dios me ha dado para el fortalecimiento y el consuelo de mi carne débil. Este vestido con el que me revisto me lo dio el Señor mi Dios para conservar mi cuerpo desnudo. Y así con todo.

Este icono es la imagen de Cristo, la imagen de mi Salvador, que vino por mí a este desafortunado mundo para salvarme, pues había perecido, y sufrió y murió por mí, y así me redimió del pecado, del diablo, de la muerte y del infierno. Adoro su inefable amor por el hombre.

Este icono es la imagen de la Theotokos, la imagen de esta Toda Santa Virgen, que dio a luz en la carne sin semilla a Jesús Cristo, mi Señor y Dios. ¡Bendita entre todas las mujeres es la Madre que llevó a Dios encarnado, y bendito es el fruto de su vientre (Lucas 1:42)!. ¡Bendito es el vientre que llevó a mi Señor, y los pechos de los que se amamantó!.

Este es el icono del Precursor, es la imagen del gran profeta que fue enviado por Dios ante el rostro de mi Salvador Jesús Cristo, a quien predicó al pueblo cuando ya había venido al mundo, y le señaló diciendo: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), y fue hecho digno de bautizarle en las aguas del río Jordán.

Este es el icono del apóstol, es la imagen del discípulo de mi Salvador, que le vio en persona, que fue con Él, que le vio obrar milagros, que le escuchó predicar, que lo vio sufrir por la salvación del mundo, y levantarse de entre los muertos y ascender al cielo. Este es el icono del mártir, es la imagen del luchador que resistió incluso hasta verter su sangre por el honor de mi Salvador Jesús Cristo, y que no escatimó ni siquiera su propia vida por Su Nombre, y estableció nuestra piadosa fe como verdadera, vertiendo su propia sangre.

Esta palabra, la Sagrada Escritura que escucho, es la palabra de Dios, es la palabra de Su boca. La boca de mi Señor habló esto, y por medio de ella, mi Dios me habla: “Mejor es para mí la Ley de tu boca que millares de oro y plata” (Salmos 118:72). ¡Oh Señor, concédeme oídos para escuchar Tu santa palabra!.

Esta santa casa, la iglesia en la que estoy, es el templo de Dios en el que se ofrecen oraciones y glorificaciones a Dios en común, por parte de todos los fieles, mis hermanos. Estas voces, esta glorificación y oración común son las voces por las que se elevan himnos, acciones de gracias, alabanzas y glorificación al santo nombre de mi Dios.

Este hombre consagrado, el obispo o sacerdote, es el siervo más cercano de mi Dios, que le ofrece oraciones por mí, pecador, y por todo el mundo. Este hombre, el predicador de la Palabra de Dios, es el mensajero de Dios, que me hace conocer el camino de la salvación y al resto del pueblo, mis hermanos.

Este hermano mío, cada hombre, es la amada criatura de mi Dios, y al igual que yo, es una criatura creada a partir de la imagen y semejanza de mi Dios. Y habiendo caído, ha sido redimido, al igual que yo, por la sangre del Hijo de Dios, mi Salvador, y es llamado a la vida eterna por el Logos de Dios. Debo amarle como la criatura amada de mi Dios, amarle como me amo a mí mismo. Y no debo hacerle nada que yo mismo no ame, y debo hacerle lo que deseo para mí mismo, pues es lo que Dios me mandó. En una palabra, toda ocasión y toda cosa puede y debe inspiraros a un amoroso recuerdo del Señor vuestro Dios, y debe mostraros Su amor por vosotros, pues incluso Su castigo procede de Su amor por vosotros. Según la Escritura: “El Señor corrige a quien ama” (Hebreos 12:6). Así pues, recordad en todo lugar, en toda ocasión y en todas las cosas, el nombre del Señor vuestro Dios. Guardaos de no olvidar a vuestro Benefactor cuando disfrutéis de Sus beneficios, para que no parezcáis ingratos a Él, pues el olvido de un benefactor es un signo claro de ingratitud. 


                    Sobre la gratitud a Dios

Dios es vuestro creador, libertador, supremo benefactor y buen proveedor. Él os creó, así como también os da todo lo bueno, pues sin Su bondad no podríais vivir ni siquiera un minuto. No veis a vuestro Benefactor con estos ojos, pero veis los beneficios que os ha dado. Veis el sol, la luna y Sus estrellas que os iluminan. Veis el fuego que os calienta y cocina vuestra comida. Veis el alimento que os satisface, veis la vestidura con la que se cubre vuestro cuerpo desnudo. Veis otras incontables bendiciones que Os dio para vuestras necesidades y comodidades.

Así pues, viendo y recibiendo estas bendiciones, recordar a vuestro invisible Benefactor en todo lugar y siempre con amor, y dadle gracias por todos Sus beneficios con un corazón puro. La mayor y más elevada de todas Sus bendiciones es que por Su buena voluntad, Cristo, Su Hijo Unigénito, vino a nosotros y nos redimió por Su preciosa Sangre, y sufrió por el maligno, el infierno y la muerte. En esta obra nos mostró Su inefable bondad hacia nosotros. Así, debemos contemplar siempre con fe esta gran obra de Dios tan incomprensible a la mente, y recordar a Dios, que tanto nos amó, tan indignos como somos. Debemos darle gracias con todo nuestro corazón, adorarlo, alabarlo, cantarle himnos y glorificarlo con todo nuestro corazón y labios. “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, al suscitarnos un poderoso Salvador, en la casa de David, su siervo” (Lucas 1:68-69).

Vosotros, también, debéis recordar siempre esta gran obra de Dios y maravillaos por ella, y dar gracias a Dios desde el fondo de vuestro corazón, y vivir como complace a Dios, que vino al mundo a salvar a los pecadores, para que no le ofendáis con vuestra ingratitud. Él desea salvaros, pues vino al mundo por vosotros, y sufrió y murió en Su santa carne. Por eso, debéis cumplir Su santa voluntad y tener cuidado por la salvación de vuestras almas con toda diligencia. Dad gracias a Dios, y vivid en el mundo humildemente, con amor, mansa y pacientemente, como Él mismo vivió. También desea lo mismo de vosotros.
       

             Sobre la complacencia a Dios
Esforzaos por complacer a Dios con fe y obediencia, esto es, haced lo que Él desea y lo que le complace, y no hagáis lo que no desea y no le complace. Sin obediencia, cualquier cosa que pueda hacer un hombre no complacerá a Dios.

 

                                   Catecismo Ortodoxo 

                     http://catecismoortodoxo.blogspot.ca

Monday, April 25, 2016

He aquí, el esposo viene a la medianoche...

He aquí, el esposo viene a la medianoche
Y bendito es aquel siervo encontrar vigilia
Y eso es indigno
Se va a encontrar a sí mismos descansar.
Véase, pero mi alma,
No se deje dormir cobrado
No hay que darle muerte
Y para bloquear a sí mismo fuera del reino
Pero es inteligente, gritando:
Santo, Santo, Santo
Usted es nuestro Dios
Con las utilidades sin cuerpos (Para Theotokos)
Ten piedad de nosotros!


                                   Catecismo Ortodoxo

                    http://catecismoortodoxo.blogspot.ca