
El corazón puro percibe a Dios y lo descubre, mientras que el corazón fatuo no lo ve, incluso cuando se le indica.
Es evidente que la incredulidad es un fruto malvado de un corazón malvado; el corazón puro y sin argucia descubre a Dios en todo, lo discierne en todo, y cree siempre sin dudar en su existencia. Cuando el hombre de corazón puro ve el mundo de la naturaleza, es decir, el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas, y observa los sistemas que los constituyen, la multitud infinita de estrellas en el cielo, la innumerable cantidad de pájaros, de cuadrúpedos y de toda especie animal sobre la tierra, la variedad de plantas, la abundancia de los peces del mar, queda inmediatamente estupefacto y clama con el profeta David: ¡Cuán variadas son tus obras, oh Señor! Todo lo hiciste con sabiduría” (Salmos 103:24). Tal hombre, impulsado por un puro corazón, descubre a Dios igualmente en la gracia de la Iglesia de la cual, el hombre de malvado corazón se aleja. El hombre de puro corazón cree en la Iglesia, admira su vida espiritual, descubre a Dios en los misterios, en las alturas de la teología, en la luz de las revelaciones divinas, en las verdades de las enseñanzas, en los mandamientos de la ley, en el cumplimiento de los santos, en la buena obra, en cada don perfecto, y en general en la totalidad de la creación. Es justa, pues, la palabra del Señor en sus Bienaventuranzas con relación a los que tienen el corazón puro: “Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios” (Mateo 5:8).
San Nectario de Egina
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La plegaria, el ayuno, las vigilias y las otras prácticas cristianas, son aparentemente buenas en sí mismas, pero no constituyen el objetivo de la vida cristiana. El verdadero objetivo de la vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo de Dios. En cuanto a la plegaria, el ayuno, las vigilias, la limosna y toda buena acción hecha en nombre de Cristo, no son más que medios para alcanzar la adquisición del Espíritu Santo.
San Serafín de Sarov
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El mundo espiritual no se investiga con los métodos que investigamos el mundo material. Estos métodos son totalmente inadecuados para investigar el mundo espiritual… Hay fenómenos que la ciencia nunca podrá explicar porque no utiliza los métodos adecuados…
¿Puede la ciencia explicarnos cómo el gran Profeta Isaías 700 años antes del nacimiento de Cristo, predijo los acontecimientos más grandes de la vida de Cristo? ¿Pueden explicarnos la jaris (gracia, energía increada) clarividente que tienen los santos y decirnos, con qué métodos naturales estos santos adquirieron esta jaris y cómo podían apenas ver un hombre desconocido, inmediatamente comprender su corazón y leer sus pensamientos? Sin esperar del visitante alguna pregunta, daban la respuesta a los problemas que les inquietaban. Que nos expliquen de qué manera los santos predecían los grandes acontecimientos, los cuales con el tiempo se realizaban exactamente tal como habían profetizado…
… No os escandalicéis, cuando escuchéis lo que dicen contra la fe. Puesto que los que lo dicen, no entienden la esencia de la fe… Vosotros siempre recordad el principio básico que conocían muy bien los primeros cristianos. Ellos consideraban desgraciado al hombre que conocía todas las ciencias, en cambio desconocía a Dios. Y al contrario, consideraban feliz al que conoce a Dios, aunque no conociera absolutamente nada de las cosas humanas…
Guardad esta verdad como el mayor tesoro de vuestro corazón, caminad recto y no miréis a izquierda o derecha. Que no nos sirvan para nada las cosas que escuchamos y que hacen contra la Religión y perdamos nuestra orientación. Guardemos nuestra fe que es verdad, eterna e indudable. Amen.
San Lucas de Crimea
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El Antiguo Testamento es el ícono del ascetismo corporal, mientras que los Evangelios o Nuevo Testamento son los íconos de la pureza del corazón: “El ayuno, la abstinencia, el dormir en el suelo, el permanecer mucho tiempo de pie (al orar, N.N), la vigilia por las noches y otras prácticas semejantes que se acostumbran en relación al cuerpo, hacen que se tranquilice la parte afectiva (pasional) del cuerpo, evitando pecar con hechos. Son un límite al hombre en nosotros y un vigilante contra los pecados de obra; aún más, prácticas como las mencionadas nos cuidan, nos impiden incluso pecar con la mente. La pureza del corazón, o la observación y cautela de la mente, cuya imagen es el Nuevo Testamento, si es practicada por nosotros como se debe, ataja todas las pasiones y todos los males, desenraizándolos del corazón, trayendo en consecuencia alegría, esperanza, contrición hasta las lágrimas, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestros pecados, la oración por los que ya no están, la verdadera humildad, el amor infinito a Dios y a los demás, y el amor divino que nace del corazón”.
Sin ignorar el ascetismo del cuerpo, que es absolutamente necesario, los Santos Padres prestan una mayor atención a la pureza del corazón. El ascetismo corporal prepara el terreno para la lucha interior con nuestras debilidades – aunque el que lo practica, sin dedicarse también al ascetismo puramente interior, estará todavía en el período del Viejo Testamento. El esfuerzo de purificar nuestro corazón presupone el alejamiento de “las nubes de maldad en el espíritu del corazón”. Solamente así podremos ver al “Sol de la Verdad, Jesús”. Solamente así se nos iluminarán “el alguna medida, en la mente, los entendimientos de Su grandeza”.
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"Señor Jesucristo, Dios nuestro, Tú que lloraste por Lázaro con lágrimas de tristeza y compasión, recibe también las lágrimas que brotan de mis ojos. Con Tus sufrimientos sana los míos, con Tus heridas cura las que me cubren, con Tu sangre limpia la mía y llena mi cuerpo con la unción del Tuyo, que es dador de vida. Que la hiel que te dieron a beber endulce la amargura con la que el enemigo me inunda. Que Tu cuerpo extendido en la cruz, extienda hacia Ti mi mente tan abatida por los demonios. Que Tu cabeza, que inclinaste en la cruz, levante la mía tan golpeada por mis adversarios. Que Tus santísimas manos, atravesadas por quienes no creían en Tí, para crucificarte, me lleven hacia Ti desde mi estado de perdicion, así como Tus santísimos labios nos prometieron. Que Tu rostro, golpeado y escupido, llene de luz el mio, tan lleno de faltas. Que Tu alma, que le diste al Padre cuando estabas en la cruz, me eleve hacia Ti a través de Tu don.
No tengo un corazón contrito para buscarte, no tengo el suficiente arrepentimiento y la humildad que retorna los hijos a su heredad, no tengo lágrimas sinceras, Señor. Mi mente se ha oscurecido con las cosas de este mundo y es incapaz de buscarte en su dolor. Mi corazón se ha enfriado después de tantas tentaciones y no consigue encenderse en lágrimas de amor por Ti. Sino tu, Señor Jesucristo Dios, manantial de todo lo bueno, dame un arrepentimiento sincero y un corazón humilde para salir, con toda el alma, en tu búsqueda, porque sin Ti me alejo de todo lo que es bueno.
Dame, igualmente, oh Bondadoso, el don de Tu Padre, quien antes de todos los siglos te hizo nacer de Su seno, para que renueve en mí la luz de Tu rostro. Te he abandonado, no me abandones, me he alejado de Ti, sal en mi búsqueda. Llévame con Tu redil, hazme ser una de Tus ovejas elegidas. Llévame a pastar junto a ellas, en los verdes campos de Tus Misterios. Porque la limpia alma de Tus ovejas es tu morada y en ellas se ve la luz de Tus dones. Tu luz es consuelo y descanso para los que sufren por Ti en sus aflicciones y penas.Que esa luz me haga merecer a mí, indigno como soy, Tus dones y Tu amor a la humanidad, por los siglos de los siglos, Amén”.
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El Señor no nos reprocha el goce de los bienes terrenales. El dijo que, dada nuestra situación en la tierra, nosotros tenemos necesidad de ellos a fin de dar tranquilidad a nuestras existencias y tornar más cómodo y fácil el camino hacia nuestra patria celestial. Y el Apóstol Pedro estimó que no hay nada mejor en el mundo que la piedad unida a la alegría. La Santa Iglesia ora para que esto se nos dé. Pese al hecho de que las penas, las desgracias y las necesidades sean inseparables de nuestra vida en la tierra, el Señor no quiso jamás que las inquietudes y las miserias constituyan toda la trama. Es por eso que, por boca del Apóstol, El nos recomienda llevar la carga unos de los otros a fin de obedecer a Cristo, quien personalmente nos dio el precepto de amarnos mutuamente. Reconfortados en este amor, la marcha dolorosa sobre el camino estrecho que conduce hacia nuestra patria celestial nos será facilitado. No descendió el Señor del cielo para ser servido, sino para servir y dar Su vida por la redención de una multitud (Mt. 20,28; Mc. 10,45). Actuad de la misma forma, amigo de Dios y, consciente de la gracia de la que habéis sido visiblemente el objeto, comunicadla a todo hombre que desea su salvación.
San Serafín de Sarov
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A fin de que Adán y Eva pudiesen mantener siempre en ellos sus propiedades inmortales, perfectas y divinas, provenientes del soplo de vida, Dios plantó, en medio del paraíso, el árbol de la vida, en cuyos frutos El encerró toda la sustancia y la plenitud de los dones de Su divino aliento. Si Adán y Eva no hubieran pecado, habrían podido, ellos y sus descendientes, comer los frutos de este árbol y mantener en ellos la fuerza vivificante de la gracia divina, así como la plenitud inmortal, eternamente renovada, de las fuerzas corporales, psíquicas, y espirituales, perpetua juventud, un estado de beatitud que, actualmente, nuestra imaginación apenas puede representarse.
Pero habiendo gustado el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, antes de la hora y contrariando los mandamientos de Dios, conocieron la diferencia entre el bien y el mal y se convirtieron en el blanco de los desastres que se abatieron sobre ellos después de su desobediencia. Perdieron el don precioso de la gracia del Espíritu Santo y, hasta el advenimiento a la tierra de Jesucristo, Dios Hombre, el Espíritu no estuvo en el mundo.
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