Aunque no seas como deberías ser, no debes desesperar. Ya es bastante malo el que hayas pecado; ¿por qué, además, haces a Dios erróneo considerándole en tu ignorancia tan impotente? ¿Es Él, quien por amor creó el gran universo que contemplas, incapaz de salvar tu alma? Pues si afirmas este hecho, así como Su encarnación, solo haces peor tu condenación. Por lo tanto, arrepiéntete, y Él recibirá tu arrepentimiento, como aceptó el del hijo pródigo (Lucas 15:20), y el de la pecadora (Lucas 7:37-50). Pero si el arrepentimiento es demasiado para ti, y pecas habitualmente, incluso cuando no quieres, muestra humildad al igual que el publicano (Lucas 18:13): esto es suficiente para asegurar tu salvación. Y de igual modo, el que peca sin arrepentirse, puesto que no desespera, debe considerarse como la peor de las criaturas, y no se atreverá nadie a juzgarlo o censurarlo. Más bien, se maravillará de la compasión de Dios, y estará lleno de gratitud hacia su Benefactor, y así podrá recibir muchas otras bendiciones. Incluso si está sometido al maligno por el cual peca, aún así, en el temor de Dios, desobedece al enemigo cuando este último intenta hacerlo desesperar. A causa de esto tiene su porción en Dios; pues es agradecido, da gracias, es paciente, teme a Dios y no juzga para que no sea juzgado. Todas estas son cualidades cruciales. Es lo mismo que dice San Juan Crisóstomo sobre la Gehena: es casi de mayor beneficio para nosotros que el reino de los cielos, ya que a causa de esto muchos entran en el reino de los cielos, mientras que pocos entran por el bien del mismo cielo; y si entran en él, esto es en virtud de la compasión de Dios. La Gehena nos persigue con temor; el reino nos abraza con amor, y con ambos somos salvados por la gracia de Dios (Homilía sobre la 1ª Carta de Timoteo, cap 15:3) Pues si los que son atacados por muchas pasiones del alma y del cuerpo, lo soportan todo pacientemente, no descuidando renunciar a su libre voluntad, y no desesperando, entonces serán salvados. De forma similar, el que ha alcanzado el estado libre de la pasión, de la libertad del temor, y de la ligereza del corazón, rápidamente cae si no confiesa continuamente la gracia de Dios, no juzgando a nadie. En efecto, si se atreve a juzgar a alguien, hace evidente que, habiendo adquirido la riqueza, ha confiado en su propia fuerza, como testifica San Máximo. San Juan Damasceno dice que si alguien aún sujeto a las pasiones, y aún privado del conocimiento espiritual, es puesto a cargo de alguien, este está en gran peligro; y también la persona que ha recibido el desapego y el conocimiento espiritual de Dios pero no ayuda a su prójimo. Nada beneficia tanto al débil como el alejamiento al silencio, o al hombre sujeto a las pasiones y sin conocimiento espiritual, como la obediencia combinada con el retiro. Ni hay nada mejor como reconocer la propia debilidad e ignorancia, ni nada peor que no reconocerlas. Ninguna pasión es tan detestable como el orgullo, o tan ridícula como la avaricia, “Pues es la raíz de todos los males” (1ª Timoteo 6:10): pues aquellos que con gran trabajo encuentran plata, y la esconden de nuevo en la tierra, permanecen sin beneficio. Esto es por lo que el Señor dice:“No os amontonéis tesoros en la tierra” (Mateo 6:19), y otra vez: “Porque allí donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón” (Mateo 6:21). Pues la inteligencia del hombre es arrastrada por la nostalgia de las cosas en las que se ocupa habitualmente, ya sean cosas terrenales, o pasiones, o bendiciones celestiales y eternas. Como dice San Basilio el Grande, ‘un hábito persistente adquiere toda la fuerza de la naturaleza’ (Gran Regla 6). Una persona débil debe prestar atención, sobre todo, a las inspiraciones de su conciencia, para que pueda liberar su alma de toda condenación. De lo contrario, al final de su vida se arrepentirá en vano y llorará eternamente. Aquel que no pueda soportar, por amor a Cristo, una muerte física como la de Cristo, debería, al menos, soportar una muerte espiritual. Así, será un mártir con respecto a su conciencia, no sometiéndose a los demonios que lo asedian, o a sus propósitos, sino que los vencerá, como hicieron los santos mártires y los santos padres. Los primeros fueron martirizados corporalmente, los últimos espiritualmente. Forzándose uno a sí mismo, se puede derrotar al enemigo; por un leve descuido, cualquiera es cubierto de oscuridad y es destruido. (Un tesoro de conocimiento divino, en la Filocalía,vol. 3)
Sunday, September 6, 2015
No debemos desesperar aunque pequemos ( San Pedro de Damasco )
Aunque no seas como deberías ser, no debes desesperar. Ya es bastante malo el que hayas pecado; ¿por qué, además, haces a Dios erróneo considerándole en tu ignorancia tan impotente? ¿Es Él, quien por amor creó el gran universo que contemplas, incapaz de salvar tu alma? Pues si afirmas este hecho, así como Su encarnación, solo haces peor tu condenación. Por lo tanto, arrepiéntete, y Él recibirá tu arrepentimiento, como aceptó el del hijo pródigo (Lucas 15:20), y el de la pecadora (Lucas 7:37-50). Pero si el arrepentimiento es demasiado para ti, y pecas habitualmente, incluso cuando no quieres, muestra humildad al igual que el publicano (Lucas 18:13): esto es suficiente para asegurar tu salvación. Y de igual modo, el que peca sin arrepentirse, puesto que no desespera, debe considerarse como la peor de las criaturas, y no se atreverá nadie a juzgarlo o censurarlo. Más bien, se maravillará de la compasión de Dios, y estará lleno de gratitud hacia su Benefactor, y así podrá recibir muchas otras bendiciones. Incluso si está sometido al maligno por el cual peca, aún así, en el temor de Dios, desobedece al enemigo cuando este último intenta hacerlo desesperar. A causa de esto tiene su porción en Dios; pues es agradecido, da gracias, es paciente, teme a Dios y no juzga para que no sea juzgado. Todas estas son cualidades cruciales. Es lo mismo que dice San Juan Crisóstomo sobre la Gehena: es casi de mayor beneficio para nosotros que el reino de los cielos, ya que a causa de esto muchos entran en el reino de los cielos, mientras que pocos entran por el bien del mismo cielo; y si entran en él, esto es en virtud de la compasión de Dios. La Gehena nos persigue con temor; el reino nos abraza con amor, y con ambos somos salvados por la gracia de Dios (Homilía sobre la 1ª Carta de Timoteo, cap 15:3) Pues si los que son atacados por muchas pasiones del alma y del cuerpo, lo soportan todo pacientemente, no descuidando renunciar a su libre voluntad, y no desesperando, entonces serán salvados. De forma similar, el que ha alcanzado el estado libre de la pasión, de la libertad del temor, y de la ligereza del corazón, rápidamente cae si no confiesa continuamente la gracia de Dios, no juzgando a nadie. En efecto, si se atreve a juzgar a alguien, hace evidente que, habiendo adquirido la riqueza, ha confiado en su propia fuerza, como testifica San Máximo. San Juan Damasceno dice que si alguien aún sujeto a las pasiones, y aún privado del conocimiento espiritual, es puesto a cargo de alguien, este está en gran peligro; y también la persona que ha recibido el desapego y el conocimiento espiritual de Dios pero no ayuda a su prójimo. Nada beneficia tanto al débil como el alejamiento al silencio, o al hombre sujeto a las pasiones y sin conocimiento espiritual, como la obediencia combinada con el retiro. Ni hay nada mejor como reconocer la propia debilidad e ignorancia, ni nada peor que no reconocerlas. Ninguna pasión es tan detestable como el orgullo, o tan ridícula como la avaricia, “Pues es la raíz de todos los males” (1ª Timoteo 6:10): pues aquellos que con gran trabajo encuentran plata, y la esconden de nuevo en la tierra, permanecen sin beneficio. Esto es por lo que el Señor dice:“No os amontonéis tesoros en la tierra” (Mateo 6:19), y otra vez: “Porque allí donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón” (Mateo 6:21). Pues la inteligencia del hombre es arrastrada por la nostalgia de las cosas en las que se ocupa habitualmente, ya sean cosas terrenales, o pasiones, o bendiciones celestiales y eternas. Como dice San Basilio el Grande, ‘un hábito persistente adquiere toda la fuerza de la naturaleza’ (Gran Regla 6). Una persona débil debe prestar atención, sobre todo, a las inspiraciones de su conciencia, para que pueda liberar su alma de toda condenación. De lo contrario, al final de su vida se arrepentirá en vano y llorará eternamente. Aquel que no pueda soportar, por amor a Cristo, una muerte física como la de Cristo, debería, al menos, soportar una muerte espiritual. Así, será un mártir con respecto a su conciencia, no sometiéndose a los demonios que lo asedian, o a sus propósitos, sino que los vencerá, como hicieron los santos mártires y los santos padres. Los primeros fueron martirizados corporalmente, los últimos espiritualmente. Forzándose uno a sí mismo, se puede derrotar al enemigo; por un leve descuido, cualquiera es cubierto de oscuridad y es destruido. (Un tesoro de conocimiento divino, en la Filocalía,vol. 3)
La Confesión - San Ignacio Briantchaninov
Para los Santos Padres, la herida del pecado no queda restringida a un miembro particular, sino que contamina el ser entero. Al abarcar el cuerpo y el alma, toma posesión de todas las fuerzas y propiedades del hombre. Al prohibir a Adán y Eva de probar el árbol del conocimiento del bien y del mal, Dios calificó esa gran úlcera de muerte: “¡El día que comas, morirás!” (Gen. 2:17). Y de hecho, tan pronto como hubieron comido del fruto prohibido, nuestros ancestros sintieron la muerte eterna. Sus miradas se hicieron carnales, vieron que estaban desnudos. La toma de conciencia de la desnudez de sus cuerpos revela la repentina desnudez de sus almas que acababa de perder la belleza de la inocencia sobre la cual reposaba el Espíritu Santo. Las miradas revelaron la vergüenza de sus almas que escondió de ahí en adelante todos los componentes del pecado: el orgullo, la impureza, la tristeza, la acedia, la desesperación… ¡Qué herida más grande fue la muerte del alma! ¡Qué vetustez irreparable fue la pérdida de la re-semblanza de Dios! ¡ El Apóstol llama a esta gran pena la ley del pecado y el cuerpo mortal (Rom. 7: 24-25). El espíritu y el corazón, una vez traídos a la muerte, se dirigieron completamente a la tierra, sirviendo de forma sumisa a los deseos corruptibles de la carne. Se oscurecieron y se volvieron pesados, hasta volverse carne. La carne no fue más capaz de entrar en relación con Dios, ya no pudo más heredar la belleza eterna y celestial (1 Cor. 6:50). Esta gran pena se apoderó del género humano entero, volviéndose algo exclusivo que alteró el estado de cada persona.
Examinando mi úlcera, observando mi inmersión en la muerte, he obtenido una amarga tristeza. Estoy perplejo, ¿Qué hacer? ¿Seguiré el ejemplo del antiguo Adán, que viendo su desnudez se afano por esconderse de Dios? ¿Me justificaré como él rechazando la falta sobre el pecado? ¡Es inútil esconderse de Aquel que todo lo ve! ¡Es inútil justificarse delante de Aquél que siempre vence cuando debe juzgar!
En vez de con hojas, me revestiré con lágrimas de arrepentimiento. En vez de justificación, ofreceré un sincero reconocimiento de mis faltas. Revestido de lágrimas de arrepentimiento, me presentaré delante de Dios. ¿Dónde Le encontraré? ¿En el paraíso? Pero he sido expulsado, el Querubín que guarda el acceso (al paraíso) no me dejará entrar. ¡La misma pesadez de mi carne me clava a la tierra, mi prisión!
¡Valor!, pecador e hijo de Adam. ¡La luz ha surgido de tu prisión, dios ha descendido al lugar de tu exilio a fin de elevarte a tu patria celestial perdida! ¿Quieres conocer el bien y el mal? ¡Él te deja este conocimiento!. ¿Quieres ser como Dios? ¡Tu alma se hace semejante al diablo y tu cuerpo al de las bestias! Pero al unirte a Él, Dios te hace dios por Su gracia, ¡Él te perdona tus pecados!, ¡y no es suficiente! Él extirpa de tu alma la raíz del mal, la contaminación pecaminosa, el infierno sembrado por el diablo. Él te hace poseedor del remedio para sanarte del pecado tantas veces como caigas a causa de tu debilidad. Ese remedio, es la confesión de los pecados. ¿Quieres despojarte del viejo Adán, a ti a quien el Santo Bautismo ya ha revestido del nuevo Adán, pero que las iniquidades cometidas han vuelto a sumergirte con la vestidura de la muerte? ¿Quieres, tú que te has esclavizado al pecado por la violencia de los hábitos, recuperar la libertad y la santidad? ¡Sumérgete en la humildad!
¡Vence la vergüenza presuntuosa que te enseña a fingir maliciosamente e hipócritamente la justicia, hundiéndote cada vez más en la muerte del alma! ¡Rechaza el pecado! ¡Hazle la guerra por una confesión sincera! ¡He aquí el remedio que debe preceder a todos los demás! Sin eso, la oración, las lágrimas, el ayuno y todos los otros remedios son insuficientes, insatisfactorios e inconsistentes. ¡Orgullosos, id pues con vuestro padre espiritual para encontrar a sus pies la misericordia del Padre Celestial! Sólo la confesión sincera y frecuente puede liberarte de tus habitudes pecaminosas, haz tu arrepentimiento fértil, y tu enmienda sólida y verdadera.
Escribo estas líneas instructivas, llenas de exhortaciones y llamadas al orden, acusándome a mí mismo durante unos de estos breves y raros momentos de compunción donde los ojos del alma se abren al conocimiento de sí mismo. ¿Es posible que tú, que vas a leer estas líneas con fe y amor en Cristo, encuentres alguna cosa útil, que suscitará un suspiro de corazón, una oración del alma? Tu alma de tanto sufrir la voluntad del pecado, vio asiduamente delante de sí, el océano de perdición. El descanso está en un solo refugio: la confesión de sus caídas y de sus pecados.
Catecismo Ortodoxo
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Saturday, September 5, 2015
Komboskini : La Cuerda de Oroación .....
El origen de la cuerda de oración, se atribuye a los tiempos del fundador del monasticismo cenobítico (tradición monástica iniciada desde los tiempos más remotos del cristianismo, que enfatiza la vida en común). San Pacomio el Grande (siglo IV), quién la introdujo como un medio para ayudar a los monjes analfabetos a decir su regla de oración diaria, para que lograran realizar una cantidad definida de oraciones y postraciones. Desde entonces la cuerda de oración ha ganado popularidad en el monasticismo Oriental y ha sido de uso común entre los fieles. De acuerdo con su regla, cada monje se obliga a cumplir un número determinado de postraciones junto con la Oración de Jesús (“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, quesoy pecador”).
- Su origen, según los monjes del monasterio de San Gerasimo en el monasterio de Zakinthos, Grecia. Según estos monjes existió en el siglo VI, un monje muy dedicado a la oración, quien en su búsqueda de un modo de concentrarse en la
oración, ideó la forma de hacer una cuerda basándose en nudos, acompañándolo de
oración. Pero cada vez que él comenzaba a tejer los nudos, el demonio los desasía y el monje debía reiniciar el trabajo. Entonces un Ángel se le apareció en sueños y le mostró un nuevo nudo para hacer la cuerda, este nudo estaba compuesto de nueve cruces y por esta la razón el demonio no podía desarmarlos.
Oración del Komboskini
- Existen diversas versiones de la Oración
de Jesús:
U“Señor Jesuscristo ten piedad de mí”
U“Señor Jesuscristo, Hijo de Dios, ten pieda d mí, que soy pecador”
U“ Señor Jesucristo, por la intercesión de nuestra Señora, ten piedad de mí”-
- Esta oración debe decirse en cada nudo del komboskini, ya sea cuando se hace o mientras se reza con él. Para las intenciones de oración ha ganado popularidad en el
monasticismo Oriental y ha sido de uso común entre los fieles. De acuerdo con su
regla, cada monje se obliga a cumplir un número determinado de postraciones junto
con la Oración de Jesús (“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, que
soy pecador”).
Descripción del Komboskini
El Komboskini se hace con lana pura de oveja para recordarnos que Jesús es el
cordero de Dios.
Es negro para recordarnos el luto por nuestros pecados; borgoña para
recordarnos la sangre de Nuestro Señor; o blanco que es el color natural del cordero.
La Cruz nos recuerda a Jesús y sirve como marca, cada 10, 25, 33, 50 o 100 nudos.
La borla, en algunos Komboskini, nos recuerda el consuelo a nuestras lagrimas.
Tipos de Komboskini
- Komboskini de uso cotidiano para usar en la muñeca de la mano.-
- Komboskini de uso cotidiano que se lleva en el bolsillo.
- Komboskini para tener sobre la cabecera de la cama.
- Komboskini para el Iconostacio.
Utilidad del Komboskini
La razón principal para la cual se utiliza el Komboskini, es para ayudarnos en
nuestras oraciones a Dios.
Las mejores horas para la oración, son en la noche antes de dormirnos o
temprano en las mañanas antes de salir a trabajar Alguien podría decir que
aún sin el Komboskini podemos elevar nuestras oraciones y es cierto. Pero muchas
veces, tenemos tantas preocupaciones y problemas , que hasta olvidamos darnos
tiempo para la oración.
Es entonces cuando el Komboskini de muñeca o de bolsilleo nos pueden ayudar,
mientras caminamos, vamos en bus o metro, esperamos que nos atiendan o en
los momentos de oración en nuestra casa.
Llevando la cuerda de oración en su mano, el monje recuerda su tarea principal
continuamente: orar incesantemente, algo que el Apóstol Pablo no sólo requirió de los monjes, sino de todo Cristiano en general (I Tes. 5:17). Esto explica por qué a un monje recientemente tonsurado, se le confía inmediatamente por el abad el cordón de oración con las siguientes palabras: “Acepta, hermano ......, la espada espiritual que es la palabra de Dios en el Jesús eterno, ora por que debes tener el nombre del Señor en tu alma, tus pensamientos, y tu corazón, y di siempre: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador.”
Todos aquéllos que buscan su salvación están invitados a este recuerdo incesante
del nombre salvador de Jesús, tanto las personas comunes, como los monjes o
monjas.
Catecismo Ortodoxo
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Las pasiones son extraídas y alejadas de la mente por la constante ocupación de las cosas de Dios ( San Isaac el Sirio )
Las pasiones son extraídas y alejadas de la mente por la constante ocupación de las cosas de Dios. Esta es una espada que las aniquila. Aquel que siempre piense en Dios aleja a los demonios de si mismo, y extrae la semilla de su malicia.
San Isaac el Sirio
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.ca/Oración Mental y noética ( San Nicodemo el Hagiorita )
El escrito que hoy comentamos se refiere a la oración mental y cordial (mente y corazón). Recurriendo a autores de la Alta Edad Media, Nicodemo nos muestra el camino para conseguir la unidad, definiendo previamente en que consiste dicha unidad.
Nos indica que alcanzar dicha unidad es una conversión que califica, de acuerdo con Dionisio el Aeropagita, de MOVIMIENTO CIRCULAR y, como tal, SIN DESVIACIÓN DEL ESPÍRITU. Veamos como argumenta. Todo acto, dice, está relacionado con esencia y potencia, luego el acto del espíritu, esto es el desarrollo de sus funciones en el hombre, también debe retornar a la esencia, unírsele y reposar. Por tanto, si, cuando se libera la energía del acto espiritual que se genera en el cerebro, logramos fijar el espíritu a su esencia y a su potencia, situada ésta en el corazón, entonces conseguimos contemplar el hombre interior en su integridad. Para la mejor comprensión de lo que pretende decirnos, nos remite al símil de la circunferencia. En efecto, la circunferencia se centra en sí misma, su principio se funde con su final, ella misma es su propia entraña y no se desvía de su ser. Implícitamente, se nos está diciendo que el hombre es una serie de chispas anárquicas, buenas y malas, positivas y negativas o mejor materiales y espirituales. Si predominan las materiales, a lo que nuestra naturaleza inmersa en este mundo es ciertamente proclive, nos desequilibramos y nos separamos del espíritu y con ello de Dios. Como sabemos y veremos, todo proceso meditativo y contemplativo no deja de ser un ejercicio de atención. Hemos de estar vigilantes y favorecer el chispazo del acto espiritual y no dejarlo marchar, ubicarlo en el corazón y evitar que “se distraiga” con las cosas de este mundo, como si estuviera en un círculo.
Así, concluye Nicodemo: “(…) del mismo modo en que la periferia del círculo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre sí mismo y se hace uno.” Y, por si fuera poco, aporta las palabras de Basilio: “El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia sí mismo y sube por sí mismo hacia el pensamiento de Dios” (Noms Divins, cap 4)
No conforme con esto, Nicodemo aporta algunos consejos sobre los aspectos físicos que deben apoyar el proceso. Así nos habla de la postura, del verbo interior, de la respiración, de la voluntad y de la unión.
Respecto de la postura nos indica que debemos inclinar la cabeza y apoyar el mentón sobre el pecho. Nos dice que es fundamental para los principiantes a fin de asegurar que el espíritu retorne al corazón. Aunque la expresión utilizada es un poco extrema, esta recomendación está en línea con otras prácticas meditativas orientales que pretenden favorecer el flujo energético a lo largo de la columna vertebral. Aun empleando una terminología diferente, el fundamento parece ser el mismo.
Del verbo interior dice que es lo que el espíritu encontrará en el corazón. Pero el verbo interior es la base del raciocinio, de la imaginación, del juicio,… no para, no se está quieto y, por tanto le resulta muy difícil atender al espíritu en su visita y mucho menos hacer que se quede con él. Es cuando introduce la oración del corazón, esto es utiliza un truco para conseguir que el verbo interior, la mente, se centre en una idea, en una jaculatoria. De esta forma conseguiremos que el verbo interior no se disperse en esfuerzos inútiles. Propone así la fórmula oracional: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí.”
Pero claro está, de nada servirá la repetición de una jaculatoria, si no tenemos la voluntad firme en conseguir lo que queremos conseguir. Y ¿qué es ello? Nicodemo nos asegura que es la unidad. Pero no se trata de la unidad con Dios, sino de una unidad trina que, a semejanza de la Santísima Trinidad, asegura el funcionamiento parejo y coherente del espíritu, del verbo interior y de la voluntad que, dice, son las tres partes del alma. En apoyo de su tesis aporta una cita de Gregorio Palamas el gran teólogo de la hesiquia: “Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo.” Aunque ambos pensamientos tienen diferencias de matices que llegan a ser fundamentales, creo más adecuado prescindir de su análisis y concentrarnos en la conclusión. Lo que importa es conseguir un equilibrio. Tan malo como un desarrollo exagerado de las pasiones del cuerpo es el arrobamiento continuado del espíritu que nos impida vivir la experiencia de esta vida que Dios nos ha asignado.
Aunque hemos dejado para lo último la respiración, no es, por cierto, lo menos importante. Si es fundamental que el chispazo del acto espiritual prenda en nosotros para que el verbo interior centrado en la oración del corazón lo perciba y la voluntad decida fijarlo en el corazón en ese “movimiento circular” de que nos habla Dionisio, aún tenemos que controlar el cuerpo en su parte más animal. Y para ello nada mejor que recurrir a un proceso fisiológico casi automático: la respiración. El cuerpo no se entera de que respira, salvo que le falle la respiración. Cuando le falta el aire todo él centra su atención en aspirarlo. La expiración es un fenómeno más volitivo. Por tanto, si forzamos el ritmo de la respiración conseguiremos dos efectos: tener el cuerpo pendiente de la respiración, algo vital para él, y atraer la atención de la voluntad en lo que estamos haciendo. Pues bien, Nicodemo, recogiendo el sentir de los Padres Nípticos (sobrios) recomienda una respiración sometida a una “retención mesurada”. Así, en la práctica el proceso sería: Inspirar (por la nariz), expulsar el aire (aunque personalmente prefiero hacerlo por la boca más que por la nariz, hay opiniones a favor y en contra de ambas opciones) de forma suave iniciando la recitación de la jaculatoria, lenta pero no parsimoniosamente, no volviendo a inspirar hasta que hayamos terminado la oración. Si queremos aumentar la concentración en lo que estamos haciendo, utilizaremos un rosario, como si estuviéramos contando el número de veces que recitamos la oración, aunque realmente solo nos sirva como otro medio de captar nuestra atención. El “conteo” se hará en la fase aspiratoria. La jaculatoria puede recitarse mentalmente o vocalizarla tan en voz alta como nos permita el respeto a otros meditantes.
San Nicodemo el Hagiorita
Catecismo Ortodoxo
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Friday, September 4, 2015
Dios todo lo usa para el bien. ( San Paisios )
— Geronta, a veces comenzamos algo y aparece una serie de obstáculos. ¿Cómo entender si son de Dios?
— Veamos, si no hay nuestra culpa en esto. Si tenemos la culpa, entonces el obstáculo de Dios sirve para nuestro bien. Por eso no hay que preocuparse si la cosa no está hecha o se alarga su terminación. Una vez presionado por algún asunto apurado bajaba yo del monasterio Stomión a Koniza. En una parte difícil del camino (llamé a este lugar Gólgota) encontré a un conocido del monasterio, Tío Anastasio con tres mulas cargadas. Sobre la subida abrupta las sillas de carga se ladearon, uno de los animales estaba sobre el borde de precipicio — listo para caer. "¡Dios te envió, padre!" — se alegró el tío Anastasio. Le ayudé arreglar las sillas de carga de las mulas y luego las guiamos hasta el camino. Allí lo dejé y continué mi camino. Caminé un gran pedazo del camino cuando el sendero se topó con una avalancha. Recién se produjo esta avalancha de unos trescientos metros de largo que obliteró al sendero. Árboles, piedras — todo se fue abajo al río. Si no me hubiera quedado con las mulas, estaría justo en el lugar cuando se produjo la avalancha. "Tío Anastasio, — dije yo — tú me salvaste, Dios te envió."
Cristo de lo alto ve cómo actúa cada uno de nosotros, sabe cuándo y cómo actuará Él para nuestro bien., Él sabe cómo y a dónde llevarnos, solo es necesario que nosotros pidamos a Él ayuda, abramos ante Él nuestros deseos y permitamos a Él Mismo organizar todo. Cuando estuve en el monasterio Filofeo de Athos, tenía ganas de irme al desierto. Pensaba retirarme a una isla desierta y ya hablé con un botero para que venga y me lleve, pero al final él no apareció. Así organizó Dios, ya que yo era poco experimentado y en la isla desierta podía ser vulnerado y sería victima de los demonios. Entonces no teniendo éxito con la isla, tuve deseo de irme a Katunaki. Me parecía propicio el desierto de Katunaki, oraba que pueda encontrarme allí y me preparaba para eso. Quería vivir y cumplir la hazaña al lado de staretz Pedro — hombre de alta vida espiritual. Pero pasó un acontecimiento que me obligó a ir no a Katunaki, sino a Koniza. Una vez a la tarde, después del servicio de la tarde me retiré a mi celda y oraba hasta muy tarde. Cerca de once horas me recosté para descansar. A la una y media de la noche me despertó el sonido de la campana del monasterio que llamaba a los hermanos al templo para el servicio de medianoche. Traté de levantarme y no pude. Comprendí que pasaba algo especial. Hasta el mediodía quedé clavado al lecho. Podía orar, pensar, pero no podía moverme. Encontrándome en este estado, yo como en TV vi por un lado Katunaki y por otro el monasterio de Stomión en Koniza. Con fuerte deseo dirigí mis ojos a Katunaki y entonces una cierta voz me dijo: "Iras no a Katunaki sino al monasterio Stomión." Era la voz de Santísima Madre de Dios. "Madre de Dios, — dije yo — Te pedí desierto y en cambio ¿Tú me envías al mundo?" Y de nuevo escuché la misma voz, que me decía severamente: "Irás y encontrarás un tal hombre. Él te ayudará mucho." Me liberé enseguida de estos lazos invisibles y mi corazón se llenó de la Gracia Divina. Luego fui a mi confesor y le conté lo que pasó. "Esta es la voluntad de Dios — me dijo el confesor. — Sin embargo, no digas a nadie sobre esto. Diles que por estado de salud (yo tenía entonces hemorragias) debes retirarte de Athos y ándate."
Yo quería una cosa, pero Dios tenía Su plan. Pensé entonces que la voluntad de Dios era que yo hiciera renacer el convento en Koniza. Así yo cumplía la promesa que di a la Madre de Dios cuando estuve en la guerra. "Madre de Dios, — pedí yo a Ella entonces — ayúdame hacerme monje y trabajaré tres años y ordenaré Tu convento quemado." Pero, como se aclaró luego, la causa principal que la Santísima Madre de Dios me mandara allí era la necesidad de ayudar a ochenta familias, que se fueron al protestantismo, volver a la Ortodoxia.
Dios a menudo permite que pase algo para el bien de mucha gente. Él nunca hace un sólo bien, sino tres-cuatro juntos. Y no permite nunca que pase algo malo, si de esto no salga mucho bien. Todos los errores y peligros Él usa para provecho nuestro. El bien y el mal están mezclados entre sí. Sería mejor si ellos estarían separados, pero los intereses personales humanos los intermezclan entre ellos. Sin embargo, Dios extrae provecho hasta de este embrollo. Por eso se debe creer que Dios permite que pase sólo aquello de lo cual puede resultar lo bueno, ya que Él ama a Su creación. P. ej. Él puede permitir alguna pequeña tentación para protegernos de una tentación más grande. Una vez un laico estaba en la fiesta parroquial en alguno de los monasterios del Monte Santo. Allí él tomó y quedó borracho. En el camino de vuelta del monasterio él cayó sobre el camino. Nevó y la nieve lo cubrió, pero de la respiración alcohólica en la nieve sobre él se hizo un agujero. Pasaba un hombre. Viendo un agujero en la nieve él dijo con sorpresa: "¿Qué es esto aquí, una surgente?" — y golpeó al agujero con el palo. "¡Oh!" — gritó el ebrio. Así Dios no lo dejó perecer.
San Paisios
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Santos cánones y escritos relacionados con el ecumenismo
Primer concilio ecuménico de Nicea
Sobre la oración con los herejes
Canon XLV de los Santos Apóstoles
Si un Obispo, sacerdote o diácono se une a la oración de los herejes, que sea suspendido; pero si les permite cumplir un servicio litúrgico en calidad de clérigos, que sea destituido.
Canon LXV de los Santos Apóstoles
Si alguien del clero o un laico entra a rezar a una sinagoga judía o hereje, que sea destituido del orden sagrado y excomulgado de la comunión con la Iglesia.
Interpretación de San Nicodemo
El presente canon reconoce que es un gran pecado para cualquier cristiano el entrar en una sinagoga de los judíos [o en una asamblea] de los herejes para orar [con ellos]. Pues, “¿Qué concordancia hay entre Cristo y Belial?” (2ª Corintios 6:15), según dice el divino apóstol. Pues si los mismos judíos violan la ley yendo a sus sinagogas y ofreciendo sacrificios, en vista del hecho de que ofrecer sacrificios en cualquier lugar fuera de Jerusalén está prohibido, según la ley, (como lo atestigua el divino San Justino en su diálogo con Trifón, y Sozomeno en su Historia eclesiástica, Libro 5, cáp. 21, y San Juan Crisóstomo en su segunda homilía contra los Judíos) , ¿cuánto más prohibido estará el que un cristiano viole la ley rezando junto con los verdugos de Cristo? Por otra parte, se debe enfatizar que cualquier iglesia de los herejes, o cualquiera de sus asambleas, no debe ser honrada asistiendo a ella, sino que debe ser rechazada y despreciada, en razón a que creen cosas contrarias a las creencias de los verdaderos cristianos ortodoxos. Esta es la razón por la que el presente canon ordena que si alguien del clero o un laico entra en la sinagoga de los judíos o en una asamblea de los herejes para orar, el clérigo debe ser depuesto de su oficio y al mismo tiempo debe ser excomulgado en base a que ha cometido un gran pecado, pero el laico solo debe ser excomulgado, ya que, puesto que es laico, ha pecado en menor grado que el clérigo, y como tal no debe aplicársele ninguna deposición y no puede ser depuesto. O, para decirlo más correctamente, según lo interpretan algunos, el clérigo que entre en una sinagoga de los judíos o en una asamblea de los herejes para orar, debe ser destituido de su cargo, mientras que el laico que haga lo mismo, solamente será excomulgado. Léase también la interpretación de Ap. VII y Ap. XLV. (A continuación)
Canon de los apóstoles VII
Si alguno de los obispos, presbíteros o diáconos festejare el día de la Santa Pascua antes del solsticio de primavera, junto con los judíos, que sea expulsado del orden sagrado.
Comparar con Reglas Ap. 70; VI Ecuménico11; Antioquia 1; Laodicea 37. El tiempo del festejo de la Pascua fue establecido por el Primer Concilio Ecuménico. La presente regla establece el momento astronómico del festejo de la Pascua (antes del solsticio de primavera). Pero, no es menos importante el otro principio indicado en la regla: no se puede celebrar la Pascua conjuntamente con los judíos, ya que la celebración de los Cristianos debe estar separada de ellos sin unirse de manera alguna con aquellos que son ajenos al Salvador. Esta regla no es respetada en Occidente, donde la celebración de la Pascua según el nuevo calendario a veces coincide con la festividad judía.
Explicación del canon XLV de los apóstoles
Si un Obispo, sacerdote o diácono se une a la oración de los herejes, que sea suspendido; pero si les permite cumplir un servicio litúrgico en calidad de clérigos, que sea destituido.
En su 1 regla, San Basilio el Grande dice, que los antiguos “llamaban herejes a quienes se separaron por completo y se apartaron en la misma fe” (de la Iglesia Ortodoxa). La herejía, según su definición, “es una diferencia evidente en la propia fe en Dios.” La regla Apostólica 10 prohíbe la oración en conjunto con los excomulgados de la Iglesia, quienes pueden haber sido sujetos a tal castigo por algún pecado grave. Más aún se separa de la Iglesia una persona, que no acepta la enseñanza dogmática de la Iglesia y se opone a ella. Por ello, un obispo o un clérigo, que se une en oración con los herejes, es excomulgado, es decir, se le prohíbe oficiar. Pero, se castiga más severamente con la expulsión, es decir, se le quita el orden, al obispo o clérigo que permitió a un hereje realizar ceremonias en la Iglesia, como si fuera su servidor, expresado de otra manera: quien reconoció en la ceremonia de un clérigo herético la fuerza de un sacramento ortodoxo. En calidad de ejemplo contemporáneo de la trasgresión a la regla, se puede citar el caso cuando se le permite a un sacerdote católico romano o protestante realizar el matrimonio de un feligrés propio o el permiso otorgado a éste último de recibir la Comunión de un sacerdote de otra confesión. A este respecto, la regla 45 de los Apóstoles se completa con la siguiente regla 46. Comparar Reglas Apostólicas 10, 11 y 46; III Ecuménico 2 y 4; Laodicea 6, 9, 32, 33, 34, 37; Timoteo de Alejandría 9.
Canon XLVI de los Santos Apóstoles
Ordenamos expulsar a los Obispos o presbíteros que hayan recibido el sacramento del bautismo o la ofrenda de herejes. ¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial, qué unión puede haber entre un fiel y un infiel?
Nota del webmaster: No negamos que el “bautismo” de los herejes pueda ser recibido por “Economía” en algunas circunstancias (aunque hoy en día, esta “economía” se ha convertido, a causa del Ecumenismo, en la “norma”, en vez de la excepción). Este canon ha sido incluido aquí, principalmente por la “interpretación” que San Nicodemo realiza de él en el Pidalion (p. 68). Las sabias palabras del santo instruyen a los cristianos ortodoxos descarriados que participan apoyando el movimiento ecuménico, y que piensan que es apropiado entrar en las iglesias de los cristianos heterodoxos, y unirse a ellos en su culto y oración.
Es deber de los cristianos ortodoxos huir de los herejes y de sus ceremonias y ritos. Estos, es decir, los herejes, deben, sin embargo, ser reprendidos y advertidos por los obispos y presbíteros, con la esperanza de que no continúen y salgan de su error. Por esta razón, el presente canon prescribe que si un obispo o presbítero acepta el bautismo de los herejes como correcto y verdadero, o cualquier sacrificio ofrecido por ellos, debe ser expulsado. Porque, “¿qué concordancia entre Cristo y Belial? ¿O qué comunión puede tener el que cree con el que no cree?” (2ª Corintios 6:15). Los que aceptan las acciones de los herejes, y tienen puntos de vista similares a ellos, o cualquier cosa semejante, deben afanarse en liberarse de su creencia errónea. Pues, ¿cómo pueden aquellos que participan en sus ceremonias religiosas y ritos criticarlos con la mira de persuadirlos para que salgan de su cacodoxia y de su herejía errónea?
Canon IX de Laodicea (aprobado también por el concilio ecuménico)
Que no les sea permitido a las personas que pertenecen a la Iglesia dirigirse a los cementerios de los herejes, o a los así llamados lugares martiriales para orar o recibir curación. Si los fieles concurren allí, que sean excomulgados por un cierto tiempo. Aquellos que se arrepientan y confiesen su pecado, que sean admitidos a la comunión.
Canon XXXIII de Laodicea
No se debe orar con herejes o cismáticos.
Asamblea extraordinaria de la sagrada comunidad del Monte Athos
9/22 de Abril de 1980
3. El diálogo teológico no debe, de ninguna manera, estar relacionado con la oración en común, o mediante la participación conjunta en servicios litúrgicos o adoración de ningún tipo, o en otras actividades que puedan crear la impresión de que nuestra Santa Iglesia Ortodoxa acepta, por un lado, a los católicos romanos como parte plena de la Iglesia, o por el contrario, al papa como obispo canónico de Roma. Actividades como estas engañan a la plenitud del pueblo ortodoxos, al igual que a los católicos romanos, fomentando en ellos una idea equivocada de lo que la fe ortodoxa enseña.
Sobre la fecha de la Celebración de la Pascua
Canon VII de los Santos Apóstoles
Si alguno de los obispos, presbíteros o diáconos festejare el día de la Santa Pascua antes del solsticio de primavera, junto con los judíos, que sea expulsado del orden sagrado.
Canon I de Antioquia
Todo aquel que ose transgredir lo establecido sobre la salvadora festividad de la Pascua por el santo y gran Concilio de Nicea, reunido en presencia del piadosísimo Emperador Constantino amado por Dios, que sea excomulgado y expulsado de la Iglesia si insiste en oponerse con el ánimo de contrariar a lo que fue bien establecido. Esto fue dicho con respecto a los laicos. Si después de la promulgación de este canon alguna autoridad de la Iglesia, es decir, un obispo, presbítero o diácono osare aislarse, confundiendo a la gente y disturbando las iglesias, y celebrare la Pascua junto con los judíos, el santo Concilio ya lo condena a ser ajeno a la Iglesia, por ser culpable de pecado para sí mismo y causa de disturbios y seducción para muchos. El concilio no sólo destituye a tales personas de la liturgia, sino también a todos cuantos osaren estar en comunión con ellos luego de su destitución del sacerdocio. Los destituidos son privados también de los honores visibles con los que son honrados según los santos cánones y el divino sacerdocio.
Ver también el Sigillon de 1583, que anatematizó el calendario gregoriano papal.
Sobre la separación de los jerarcas herejes
Del primer canon de San Basilio
Cisma es el nombre aplicado a aquellos que, a causa de razones eclesiásticas, o por cuestiones remediables, han desarrollado una disputa entre sí. Parasinagogas es el nombre que se aplica a las reuniones celebradas por los presbíteros u obispos insubordinados, y a los que se adhieren a ellos y demuestran no tener ningún conocimiento de la doctrina ortodoxa. Así, por ejemplo, cuando alguien ha sido acusado de un delito menor celebrando la liturgia y ha rehusado someterse a los cánones, y conmemora al obispo en la liturgia por sí mismo, y otras personas se fueron con él, abandonando la santa iglesia, esto es una parasinagoga.
Canon XXXI de los Santos Apóstoles
Si, despreciando a su Obispo, un sacerdote arrastra gente y erige otro altar, sin acusar por medio de un juicio a su obispo en algo contrario a la devoción y a la verdad, que sea destituido por pedigüeño. Que sea alejado como amante del mando, ya que se convirtió en usurpador del poder. Del mismo modo que sean alejados todos los demás miembros del clero que se unieron a él. Los laicos que sean excomulgados. Que esto se cumpla luego de tres requerimientos del Obispo.
Interpretación (de San Nicodemo y San Agapios)
“El orden sostiene la coherencia entre las cosas terrenales y las cosas celestiales, según San Gregorio el teólogo. Así, el buen orden debe mantenerse en todas partes, ayudando a preservar la coherencia y el sistema establecido, especialmente entre los clérigos, que necesitan conocer sus propias normas, evitando exceder los límites y las fronteras de su propia clase. Mas los presbíteros, diáconos y todos los clérigos deben someterse a su propio obispo; el obispo, por su parte, a su metropolitano; los metropolitanos, por su parte, a su propio patriarca. A este respecto, el presente canon apostólico ordena lo siguiente: cualquier presbítero que desprecie a su obispo, y sin conocimiento manifieste que este es culpable, ya sea en relación a la piedad o a la verdad, es decir, sin saber que sea manifiestamente un hereje o un injusto, y reúna a algunos cristianos y construya otra iglesia, y celebre separadamente, sin el consentimiento ni la aprobación de su obispo, haciendo esto conscientemente debe ser depuesto; ya que, al igual que un tirano trata, con violencia y tiranía, pretende arrebatar la autoridad que le pertenece al obispo. Y también cualquier clérigo que se una a él en tal apostasía debe ser depuesto de su oficio al igual que este; y los laicos, que sean excomulgados. Sin embargo, esto debe ser hecho después de tres requerimientos del obispo, instando amistosamente a los que se han separado a que renuncien a tal conyunta, y renuncien concienzudamente a ello. Sin embargo, a aquellos que se separan de su obispo antes de una investigación sinodal porque este está predicando alguna creencia errónea y hace pública la herejía, no están sujetos a las penitencias anteriores, sino que tienen derecho a reclamar el honor debido a los cristianos ortodoxos según el canon XV del Primer-Segundo Concilio.
Canon XV del Primer-Segundo Concilio
“Las normas establecidas con relación a los presbíteros, obispos y metropolitanos son aún más aplicables a los patriarcas. Así que, en caso de que algún presbítero, obispo o metropolitano reniegue de la comunión con su patriarca, y no mencione su nombre según la costumbre dispuesta y ordenada, en la divina Mistagogia, sino que, antes de que se haya pronunciado un veredicto por parte del concilio, se dictara sentencia contra él, creando un cisma, el santo sínodo decreta que esta persona sea tratada como ajena a cualquier función sacerdotal, si fuera culpable de haber cometido esta transgresión contra la ley. Según esto, estas reglas han sido selladas y ordenadas con respecto a aquellos que, bajo el pretexto de arremeter contra sus superiores, crean un cisma, y rompen la unión de la Iglesia. Por otro lado, con respecto a las personas que, a causa de alguna herejía condenada por los santos sínodos, o los padres, se separan de la comunión con su patriarca, es decir, siendo predicada públicamente la herejía, y siendo enseñada públicamente también en la iglesia, estas personas no solo no están sujetas a un castigo canónico, por haberse separado a sí mismas de todos y de toda comunión con el obispo antes de que se haya dictado un veredicto conciliar o sinodal, sino que, por el contrario, son dignos de gozar del honor que les corresponde como cristianos ortodoxos. Pues han desafiado, no a los obispos, sino a los pseudo obispos y pseudo maestros; y no han sesgado la unión de la Iglesia con ningún cisma, sino que, por el contrario, han sido diligentes en rescatar a la Iglesia de los cismas y divisiones”.
Comentarios sobre el Primer y Segundo Concilio, encontrados en la Vida de San Focio el Grande, por el eminente estudioso y santo serbio Hieromonje Justin Popovic de Chelije (De San Focio, Sobre la Mistagogia del Espíritu Santo, traducido por el Monasterio de la Santa Transfiguración (Studion Publishers, 1983)
Manteniendo su mansedumbre, su amor por el orden y los cánones de la Iglesia, San Focio convocó un segundo concilio en la Iglesia de los Santos Apóstoles en la primavera de 861*, con la aprobación del emperador Miguel. Esta asamblea fue conocida más tarde como el primer concilio. Muchos obispos, incluyendo a los representantes del papa Nicolás, estuvieron presentes. Todos confirmaron las determinaciones del santo Séptimo Ecuménico, condenando, una vez más, la herejía iconoclasta, y aceptaron a Focio como el legítimo y canónico patriarca. En este concilio, fueron promulgados diecisiete santos cánones con el propósito de unir a los monjes y obispos desobedientes a la armonía con la tradición y orden eclesiástico. A los monjes desobedientes se les prohibió abandonar a su obispo excusándose en la supuesta impiedad de los obispos, pues esto trae el desorden y el cisma a la Iglesia. El santo concilio añadió que el clero podía rechazar al obispo del que se pensara que fuera impío solo mediante decisión del concilio. Esta regla fue adoptada como respuesta directa a lo irracionales y estrictos monjes que se habían separado de su nuevo patriarca y sus obispos. Sin embargo, el santo concilio distinguió entre rebelión irracional y loable resistencia en defensa de la fe, a la cual alentó. Con relación a este asunto se decretó que un obispo debía confesar públicamente alguna herejía ya condenada por los Santos Padres y concilios previos, y a quien cesara de conmemorar a tal obispo, incluso antes de que una condena conciliar lo hubiera censurado, mas el supuesto falso obispo debía ser conmemorado. Actuando así, por otra parte, no dividía a la Iglesia, sino que luchaba por la unidad de la fe (Canon Quince).
* La nota dice lo siguiente: “Este concilio, junto con el de los 869 es considerado el Primer-Segundo concilio, cuyos cánones son aceptados por la Iglesia Ortodoxa”
Sobre la obediencia a los cánones
Canon I del Segundo Concilio Ecuménico
No se derogue el Símbolo de la fe, … sino que permanezca este símbolo inmutable. Que se anatematice toda herejía.
Canon VII del Tercer Concilio Ecuménico
Que no se le permita a nadie pronunciar, escribir o componer otra fe que no sea la que estipularon los Santos Padres reunidos en la ciudad de Nicea con el Espíritu Santo. Para aquellos que osen componer otra fe o presentarla, u ofrecerla a quienes desean convertirse al conocimiento de la verdad,… si son obispos o pertenecen al clero, que sean privados: los obispos, del obispado, y los clérigos, del clero; si son laicos, que sean anatematizados.
Canon I del Cuarto Concilio Ecuménico
Consideramos justo que los cánones expuestos por los Santos Padres en todos los Concilios hasta el presente deben ser cumplidos en todo.
Extracto de Divinas oraciones y servicios de la Iglesia Católica Ortodoxa de Cristo, compilado y organizado por el Reverendo Serafín Nassar (Englewood, NJ: Antiochian Archdiocese of N. J. America, 1979), p. 1031.
Ahora, dado que la Iglesia es una, y su unidad se compone principal y universalmente de acuerdo a las doctrinas ortodoxas, es necesario que todos los que no se ajusten a las doctrinas ortodoxas, ya sea por adición o por omisión, o por cualquier innovación suya, cambiando así la verdad, sean expulsados de la Única y Santa Iglesia, como también se puede determinar a partir de la revisión del sexto y séptimo canon del segundo concilio ecuménico, y del primer canon de San Basilio el Grande.
Canon I del Sexto Concilio Ecuménico, in Trullo (extracto)
… debemos guardar inmutable de innovaciones y cambios la fe que nos fue entregada por los testigos y servidores del Verbo, los Apóstoles elegidos de Dios; y luego por los 318 Santos y Bienaventurados Padres que se reunieron en Nicea durante el reinado de Constantino
Del mismo modo, proclamamos que aceptamos la confesión de la fe sobre el Espíritu Santo que teológicamente fue proclamada por los 150 Santos Padres reunidos en esta Ciudad Imperial durante el reinado de Teodosio el Grande, emperador nuestro.
Del mismo modo, sellamos con nuestro consentimiento las enseñanzas presentadas por los 200 Teóforos Padres que con anterioridad se habían reunido por primera vez en la ciudad de Éfeso, durante el reinado de Teodosio, hijo de Arcadio y emperador nuestro.
También, de manera ortodoxa confirmamos la fe que fue expresada en la Metrópolis de Calcedonia, durante el reinado de Marciano, emperador nuestro, por los 630 Padres elegidos de Dios.
También conocemos las pías palabras de los 165 Teóforos Padres que se reunieron en esta ciudad imperial durante el reinado de Justiniano, emperador nuestro de bienaventurada memoria, y las enseñamos a nuestra descendencia porque reconocemos que han sido pronunciadas por el Espíritu Santo.
Y nuevamente nos unimos en la promesa de preservar de manera inviolable la fe proclamada por el Sexto Concilio Ecuménico que recientemente se reunió en esta ciudad imperial durante el reinado de Constantino.
De manera sucinta decretamos que la fe de todos los hombres glorificados en la Iglesia de Dios que fueron luminarias en el mundo, “que conservaron la palabra de la vida” (Fil. 2:16) debe ser cumplida con firmeza y que permanezca inmutable hasta el final de los siglos, junto con sus escritos inspirados por Dios y los dogmas.
Si alguien no mantiene y no acepta los dogmas de piedad mencionados, y no piensa y predica de esa manera, sino que intenta ir en contra de ellos: que sea anatematizado, según las reglas ya promulgadas por los mencionados santos y bienaventurados Padres; y que sea expulsado y destituido de la compañía de los Cristianos por ser extraño a ella.
Canon I del Séptimo Concilio Ecuménico
Para aquellos que recibieron la dignidad sacerdotal, sirven de testimonio y guía las reglas y decretos establecidos que recibimos gustosamente y alabamos junto con David, inspirado por Dios, proclamando a nuestro Señor y Dios: Heme gozado en el camino de tus testimonios, como sobre toda riqueza y: Tus testimonios, que has recomendado, son verdad. Tus testimonios son por los siglos; dame entendimiento y viviré (Salmo 119:14, 138 y 144). Y si la voz del profeta nos manda guardar los testimonios de Dios por los siglos y vivir en ellos, entonces es evidente que permanecen inquebrantables e incólumes. Ya que aún Moisés, quien vio a Dios, dice así: Cuidaréis de hacer todo lo que yo os mando: no añadirás a ello, ni quitarás de ello (Deuteronomio 12:32). Y el Divino Apóstol Pedro, exultando en ellos, proclama: las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; en las cuales desean mirar los ángeles (I Pedro 1:12). También San Pablo anuncia: Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema (Gálatas 1:8). Viendo que estas cosas son fidedignas y nos han sido testimoniadas, gozándonos en ello, como el que halla mucho provecho (Salmo 119:162), aceptamos los cánones divinos con deleite y guardamos en su totalidad y de manera incólume lo establecido por las reglas expuestas por los honrosísimos Apóstoles, santas trompetas del Espíritu, y de los santos Concilios Ecuménicos, también de los concilios locales reunidos para promulgar tales cánones, y de nuestros santos padres. Ya que todos ellos, iluminados por el mismo y único Espíritu, legislaron lo que es útil. Y a quienes ellos anatematizan, también nosotros los anatematizamos; a quienes destituyen, también nosotros los destituimos; y a quienes excomulgan, también nosotros los excomulgamos; a quienes imponen una penitencia, también nosotros lo hacemos.
Del Synodicon del Espíritu Santo.
Nota: Está subtitulado como “ Una confesión y proclamación de la piedad de los cristianos ortodoxos, en la que todas las impiedades de los herejes son derrocadas y las definiciones de la Iglesia Católica Ortodoxa de Cristo son sustentadas. Por lo cual, los enemigos del Espíritu Santo son separados de la Iglesia de Cristo”. Este Synodicon (decisión, declaración, tomo, que es originario de un sínodo que posee autoridad conciliar) se atribuye al patriarca Germanos el Nuevo (1222-1240)
“A aquellos que desprecian los sínodos ecuménicos, santos y venerables, y que desprecian aún más sus tradiciones, dogmas y cánones, y para los que dicen que todas las cosas no estaban perfectamente definidas y expuestas por los sínodos, y que dejaron la mayor parte oscura, confusa y sin instrucción,ANATEMA”
“A los que desprecian los sagrados y divinos cánones de nuestros benditos padres que, sustentando a la santa Iglesia de Dios y adornando a la Iglesia cristiana, nos guían a la divina reverencia, ANATEMA”
“A las innovaciones y promulgaciones en contra de la tradición de la Iglesia, de las enseñanzas e instituciones de los santos y siempre recordados padres, o de cualquier cosa que sea ahora promulgada,ANATEMA”
El ejemplo de San Máximo el Confesor
De La vida de nuestro santo padre San Máximo el Confesor
La vida de San Máximo es también instructiva para nosotros. San Máximo, aunque era un simple monje, resistió y rompió la comunión con todos los patriarcas, metropolitanos, arzobispos y obispos del este porque estos habían sido infectados con la herejía del monotelismo. Durante el primer encarcelamiento del santo, los mensajeros del patriarca ecuménico le preguntaron:
“¿A qué iglesia perteneces? ¿A la de Bizancio, Roma, Antioquia, Alejandría o Jerusalén? Pues estas iglesias, junto con las provincias a las que pertenecen, están unidas. Por eso, si también perteneces a la iglesia católica, estas, a la vez, en comunión con nosotros, y no te crees un nuevo y extraño camino, no sea que caigas en lo que ni siquiera esperas”.
A esto, el sabio y justo hombre replicó: “Cristo el Señor llamó a esta iglesia la Iglesia Católica (Ortodoxa), pues mantiene la verdad y la confesión salvadora de la fe. Por esta confesión Él llamó a Pedro bendito, y declaró que fundaría Su Iglesia sobre esta confesión. Sin embargo, deseo conocer el contenido de vuestra confesión, sobre la base de que todas las iglesias, como decís, están en comunión. Si esto no esta opuesto a la verdad, entonces no me separaré de ella”.
La confesión que le proponían al santo no era ortodoxa, por supuesto, y por eso rechazó acceder a su coacciones. Además, mentían acerca de la sede de Roma que, según ellos, permanecía ortodoxa. Tiempo más tarde, en su último interrogatorio por parte de las autoridades bizantinas, tuvo lugar la siguiente conversación:
El santo dijo: “Ellos (los patriarcas de Constantinopla y Alejandría, y todos los obispos herejes del Este) han sido depuestos y privados del sacerdocio en el concilio local que tuvo lugar recientemente en Roma. Entonces, ¿qué misterios pueden realizar? ¿O qué espíritu descenderá sobre los que son ordenados por ellos?”
“Entonces, ¿solo tú serás salvo, y todos los demás perecerán?”, argumentaron.
A esto respondió el santo: “Cuando todo el pueblo en Babilonia fue a adorar el ídolo de oro, los tres santos jóvenes no condenaron a nadie a la perdición. Ellos no se preocuparon por las acciones de los demás, sino que se ocuparon de ellos mismos, para no apartarse de la verdadera piedad. Igualmente, cuando Daniel fue arrojado al foso de los leones, no condenó a ninguno de los que, cumpliendo la ley de Darío, no quisieron orar a Dios, sino que se aferró a su deber, y prefirió morir en vez de pecar contra su conciencia trasgrediendo la ley de Dios. ¡Dios me guarde de condenar a nadie o decir que solo yo seré salvado!. Sin embargo, prefiero morir antes que apostatar de algún modo de la verdadera fe y sufrir así los tormentos de mi conciencia”.
“Pero inquirieron los enviados, ¿qué harás cuando los romanos se unan a los bizantinos?. Ayer, de hecho, llegaron dos delegados de Roma y mañana, día del Señor, comulgarán los santos misterios con el patriarca”.
El santo replicó: “Incluso si el universo entero tomara la comunión con el patriarca, yo no comulgaré con él. Pues sé, según los escritos del santo apóstol Pablo que el Espíritu Santo declara que, incluso los ángeles serían anatematizados si predicaran un Evangelio diferente, introduciendo alguna nueva enseñanza.”
Como ha demostrado la historia, San Máximo, que era un simple monje y ni siquiera ordenado, y sus dos discípulos fueron los únicos que eran ortodoxos, y aquellos ilustres, famosos e influyentes patriarcas y metropolitas de los que el santo había escrito en contra, estaban en la herejía. Cuando el sexto concilio ecuménico fue convocado finalmente, entre los condenados por herejía había cuatro patriarcas de Constantinopla, un papa de Roma, el patriarca de Alejandría, dos patriarcas de Antioquia y una multitud de otros metropolitas, arzobispos y obispos. Durante todos aquellos años, aquel simple monje guardó la verdadera fe, y todos aquellos notables obispos estuvieron en el error. (pp. 60-62)
Otras citas de La vida
Aquellos que primeramente defendieron y salvaguardaron la herejía de los monotelitas fueron Ciro, patriarca de Alejandría (630-643), y Sergio, patriarca de Constantinopla (610-638), e incluso el mismo emperador Heraclio, que fue arrastrado a esta herejía por ellos. Convocando sínodos locales, Ciro en Alejandría y Sergio en Constantinopla, confirmaron esta herejía, distribuyendo sus decretos por todo lugar y corrompiendo al Este entero. San Sofronio, patriarca de Jerusalén, fue el único que se opuso a esta herejía y no aceptó las falsas enseñanzas. San Máximo, viendo que esta herejía había penetrado incluso en el palacio real y había corrompido al mismo emperador, empezó a temer que también él estuviera corrupto, siguiendo el ejemplo de muchos… Se dirigió a Roma, prefiriendo vivir con hombres ortodoxos que conservaran firmemente la fe (p. 2, 4).
(Ante la insistencia de San Máximo) el papa convocó a los obispos, siendo 105 en número, con el padre Máximo en medio. Este era el concilio de Letrán (649); se revisaron los errores de Ciro, Sergio, Pirro y Pablo, y también la confesión herética del emperador. Las falsas enseñanzas fueron anatematizadas, y el papa escribió a los fieles de todo lugar, confirmándoles en su fe ortodoxa, y explicando los errores de los herejes y advirtiéndoles para que en sus caminos estuvieran en guardia contra ellos.
Entonces Teodosio empezó a hablar: “El emperador y el patriarca desean, antes de nada, saber porqué os retiráis de la comunión con la sede de Constantinopla”
San Máximo respondió: “Conoces las innovaciones que se introdujeron hace veintiún años en Alejandría, cuando Ciro, el ex patriarca de esa ciudad, hizo públicos los nueve capítulos que habían sido aprobados y ratificados por el trono de Constantinopla. También ha habido otras alteraciones y adiciones (el Ekthesis y el Typos), que han distorsionado las definiciones de los sínodos. Estas innovaciones fueron hechas por los principales representantes de la iglesia de Bizancio, Sergio, Pirro y Pablo, y son conocidas por todas las iglesias. Esta es la razón por la que yo, su siervo, no entraré en comunión con la iglesia de Constantinopla. Que estas ofensas, introducidas por los mencionados hombres en la Iglesia, sean eliminadas; que estos que las han introducido sean depuestos; y así el camino de la salvación será limpiado de toda barrera, y andaréis por el camino correcto del Evangelio, limpio de toda herejía. Cuando vea a la Iglesia de Constantinopla como fue formada, entonces, entraré en comunión con ella sin ninguna exhortación a ningún hombre. Pero mientras haya tentaciones heréticas en ella, y mientras sus obispos sean herejes, ninguna palabra o hecho me convencerá para estar en comunión con ella” (p. 19-20)
A esto replicó el padre Máximo: “Guardar silencio sobre algo significa negarlo, como dice el Espíritu Santo por medio del profeta: “Si bien no es la palabra, tampoco es un lenguaje cuya voz no pueda percibirse” (Salmos 18:3). Por tanto, si una palabra no es dicha, entonces no es una palabra”.
Entonces dijo Troilo: “Ten la fe que quieras en tu corazón; nadie te lo prohíbe”
San Máximo objetó: “Pero la completa salvación no depende solamente de la fe del corazón, si no también de su confesión, pues el Señor dijo: “mas a quien me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre celestial” (Mateo 10:33). También enseña el apóstol: “porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salud” (Romanos 10:10). Por tanto, si Dios y los santos profetas y apóstoles ordenan que el misterio de la fe se confiese con palabras y con la lengua, y este misterio de la fe trae la salvación a todo el mundo, entonces la gente no debe ser obligada a guardar silencio con respecto a la confesión, para que la salvación de las personas sea obstaculizada” (p. 29)
El ejemplo de San Marcos de Éfeso
[Estas palabras] las dirigió a sus fieles el día de su deceso. Este es un extracto:
En cuanto al patriarca diré esto, no sea que tal vez se le ocurra venir a mostrarme algún respeto en el entierro de mi humilde cuerpo, o que envíe a mis exequias a cualquiera de sus jerarcas o clérigos o, en general, alguno de los que estén en comunión con él, para tomar parte en la oración, o unirse a los sacerdotes invitados a él, pensando que tal vez, o quizá en secreto, yo haya manifestado alguna comunión con él. Y para que mi silencio dé ocasión a aquellos que no conocen bien y enteramente mis opiniones, y sospechen algún tipo de conciliación, con la presente declaro y testifico ante los dignos hombres presentes que no deseo, de ninguna forma y absolutamente, y no acepto la comunión con él, o con los que estén con él, ni en esta vida ni después de la muerte, al igual que tampoco (acepto) ni la Unión ni los dogmas latinos, que él y sus allegados aceptaron, reforzando así la autoridad y preeminencia que habían ocupado, con el objetivo de destruir los verdaderos dogmas de la Iglesia. Estoy absolutamente convencido de que cuanto más lejos esté de él, y de otros como él, más cerca estaré de Dios y de todos los santos, y cuanto más me separo a mi mismo de ellos, más unido estoy a la Verdad y a los Santos Padres, los teólogos de la Iglesia; y estoy igualmente convencido que todos los que se relacionan con ellos permanecen lejos de la Verdad y de los benditos Maestros de la Iglesia. Y por esta razón digo: así como estuve separado de ellos durante el transcurso de mi vida, ahora, en el momento de mi partida, sí, y después de mi muerte, me seguiré alejando de la relación y comunión con ellos, y pido y ordeno que ninguno de estos se acerque a mi entierro o mi sepultura, e igualmente a los que sean de la misma opinión que ellos, con el ánimo de intentar unirse y concelebrar en nuestros divinos servicios; pues esto sería mezclar lo que no puede ser mezclado. Pues les conviene estar absolutamente separados de nosotros hasta el tiempo en que Dios conceda la corrección y la paz a Su Iglesia. (Citado en The Orthodox Word, Junio-Julio, 1967, pág. 103).
Catecismo Ortodoxo
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