Tuesday, September 8, 2015

Cuarto Escalón: De la Bienaventurada Obediencia - San Juan Clímaco


1. Habiendo hablado de la peregrinación y del menosprecio del mundo, es muy oportuno, ahora, hacerlo sobre la obediencia para doctrina de los nuevos caballeros y guerreros de Cristo. Porque así como la flor precede al fruto, así también el exilio voluntario, sea del cuerpo, sea de la voluntad, precede a la obediencia. Con estas dos virtudes, como con dos alas doradas, se eleva en rápido vuelo hacia el cielo el alma santa, a la cual se refería el Profeta lleno del Espíritu Santo cuando dijo: "¡Quien me diera alas como de paloma, yo volaría y descansaría!" (cf. Sal. 54:7). Es decir: yo volaría por la acción y descansaría por la contemplación y la humildad.

2. Hemos de describir a continuación, en nuestro discurso, el hábito y las armas de estos poderosos guerreros. Ellos portan por escudo su fe en Dios y su lealtad para con el maestro que los ejercita. Con este escudo rechazan todo pensamiento de infidelidad o desconfianza. Ellos empuñan continuamente la espada del Espíritu para cortar con ella todas sus voluntades personales. Revestidos con la coraza i hierro de la paciencia y la dulzura, ellos son invulnerables rente a todos los insultos, todas las injurias y todas las paladas hirientes. Y por yelmo llevan ellos la oración espiritual, en la cual protegen la cabeza de su alma. Además de esto, s no están juntos, sino que uno de ellos avanza hacia servicio mientras el otro permanece inmóvil apoyado en Jalón. Tales son los hábitos y tales son las armas de los verdaderos obedientes. Veamos ahora qué cosa es la obediencia.

3. La obediencia es un perfecto renunciamiento a la propia alma que se expresa claramente por medio del cuerpo. Pero también es obediencia la perfecta negación del cuerpo, practicada con fervor y voluntad. Porque en lv. perfecta obediencia tanto concurren el alma como el cuerdo, y todo debe ser negado cuando la obediencia lo demanda. Obediencia es obra sin examen previo, muerte voluntaria, vida sin curiosidad, puerto seguro, excusa delante de Dios, menosprecio del temor a la muerte, navegación sin miedo, camino que durmiendo se pasa. Obediencia es sepulcro de la propia voluntad y resurrección de la humildad. Aquel que en verdad es obediente, en nada resiste, en nada discute lo que le mandan, porque el que está muerto no discierne ni emite juicios sobre lo que es bueno o parece malo. Aquel que santamente mortificara su alma de este modo, dará razón de sí a Dios. Obediencia es renuncia al propio discernimiento por plenitud de discernimiento.

4. En sus comienzos, esta ejercitación de mortificar tanto los miembros del cuerpo como las voluntades del alma, es un trabajo penoso. A mitad de camino, a veces es penoso y a veces descansado. Mas al final del camino hay perfecta paz y tranquilidad, y mortificación de toda perturbación desordenada y de todo trabajo. Este bienaventurado muerto en vida, entonces, sufre solamente cuando ve que ha hecho alguna vez su propia voluntad pues teme cargar con ese fardo.

5. Vosotros, que habéis osado despojaros de vosotros mismos a fin de entrar en el estado de confesión espiritual; vosotros, que deseáis poner el yugo de Cristo sobre vuestros cuellos; vosotros, que os esforzáis por depositar vuestro propio fardo sobre las espaldas de otro; vosotros, que deseáis inscribir vuestro nombre en el libro de los siervos para recibir en cambio la perpetua libertad; vosotros, que deseáis atravesar a nado el ancho mar de este mundo sostenidos por la mano de otro, sabed que hay para esto un camino corto, aunque áspero (particularmente en su comienzo), al que llamamos estado de obediencia. Existe en este camino un peligro fundamental, el cual es la libre disposición de uno mismo; mas aquel que escapare de este peligro alcanzará, ciertamente, todas las cosas espirituales y honestas. Porque la obediencia consiste en desconfiar de uno mismo en todas las cosas, por buenas que ellas parezcan, hasta el fin de la vida.

6. Cuando por amor al Señor determinemos inclinar nuestra cerviz y confiarnos a otro con el deseo de alcanzar la verdadera humildad y la salvación, antes mismo de ingresar en esta milicia (si es que hay en nosotros una chispa de juicio y discreción), debemos examinar, escudriñar, someter a prueba, por así decirlo, al pastor que tomamos, para que no nos suceda, al tomar marinero por piloto, enfermo por médico, vicioso por virtuoso, que en lugar de arribar a un puerto seguro, naufraguemos en alta mar. Mas, después de haber entrado nosotros en este estado de piedad y de obediencia, ya no nos será lícito juzgar a nuestro buen maestro en ninguna cosa, aun cuando encontremos en él, hombre como nosotros al fin, algunos defectos. Si así no lo hiciéramos, poco nos podrá aprovechar la obediencia.

7. Es absolutamente necesario que todos aquellos que desean tener una confianza inquebrantable en sus superiores, guarden en su corazón un recuerdo constante e indeleble de sus buenas acciones. De este modo, cuando los demonios pretendan sembrar en ellos la desconfianza, podrán tapar sus bocas con estos recuerdos que conservan en su memoria. Y cuanto más viva estuviera esta fe en el corazón, tanto más pronto estará el cuerpo para los trabajos de la obediencia, s el que hubiera caído en infidelidad contra su padre (espiritual), téngase por caído de la virtud de la obediencia.

Por tal motivo, cuando algún pensamiento te instigare e juzgues o condenes a tu superior, huye de él como lo del espíritu de la fornicación. Y jamás le des lugar, ni da, ni descanso, ni dejes iniciativa alguna en manos de serpiente. Habla con este dragón y dile: "¡Oh perverso engañador!, no soy yo el que ha de juzgar a mi superior, sino él a mí. Yo no soy su juez sino el mío.

9. Los padres enseñan que la salmodia es un arma, que la oración es una muralla y que las lágrimas son un baño; mas, de la bienaventurada obediencia, dicen que ella es semejante a la confesión de fe, porque con ella hace el hombre sacrificio de sí mismo.

10. Aquel que está sujeto a obedecer a otro, pronuncia sentencia contra sí mismo. Aquel que por amor de Dios obedece perfectamente, aun creyendo que no obedece de ese modo, con esto se sustrae al juicio divino y lo carga sobre su superior; pero si en algunas cosas hiciese su propia voluntad, aun creyendo que obra por obediencia, entonces él cargará con su propio fardo. El prelado hará muy bien en reprender al que así procede; mas si callara, yo no sabría qué decir.

11. Aquellos que con simplicidad obedecen en el Señor, recorren felizmente su camino sin dar ocasión a que los demonios exciten su espíritu crítico.

12. Por sobre todas las cosas, confesemos nuestras faltas sólo a nuestro excelente juez, y si él así lo dispusiera, hagámoslo en público. Porque las llagas, sacadas a luz y expuestas públicamente, se curarán en lugar de corromperse.

De los Memorables Hechos Acaecidos en un Monasterio. Historia de un ladrón penitente.

13. Cierta vez, en un monasterio, vi al muy buen juez y pastor que lo gobernaba, pronunciar un terrible juicio. Estando yo allí, en efecto, acudió un ladrón con el fin de tomar los hábitos, al cual el buen pastor y sapientísimo médico mandó que lo dejasen estar en toda quietud y reposo por espacio de siete días para que durante ese tiempo observase el señero de vida que se practicaba en el lugar. Pasado ese tiempo llamóle el pastor, y a solas le preguntó si le parecía bien morar en aquella compañía; y como el otro respondió, con toda sinceridad, en forma afirmativa, tornó a preguntarle qué males había cometido en el mundo. Y como el aspirante prontamente los confesó todos, para mejor probarle le dijo el padre: "Quiero que todas esas culpas las confieses en presencia de todos los religiosos." El otro, como verdadero penitente y como hombre que aborrecía de corazón todas sus maldades, dejando de lado toda vergüenza humana y toda confusión, respondió, sin dudarlo, que así lo haría. "Y si así lo pides, aun en medio de la plaza de Alejandría las diría a voces."

Reunidos, pues, todos los religiosos (cuyo número era de doscientos treinta) en la iglesia, en un día domingo, una vez leído el Evangelio y acabados los divinos misterios, mandó el padre que trajesen a aquel reo que en nada resistía. Trajeron lo entonces algunos religiosos, atadas las manos a su espalda, vestido con un áspero cilicio y cubierta la cabeza con ceniza. Al contemplarlo con este aspecto tan doloroso todos quedaron espantados, prorrumpiendo en lágrimas y gemidos porque ninguno de ellos entendía lo que estaba sucediendo. En cuanto al reo, apenas que hubo llegado a las puertas de la iglesia, aquel sagrado padre y clementísimo juez le ordenó con voz terrible que se detuviera, "porque no eres, le dijo, merecedor ni siquiera de llegar hasta el umbral de esa puerta. El otro entonces, herido por el golpe de ese grito, que con toda sabiduría aquel verdadero médico había dado -y que después con juramentos nos afirmó que le pareció como un trueno, se desplomó temblando de pavor. Y estando él así, cubriendo la tierra con sus lágrimas, aquel maravilloso medico que ordenaba todo esto para su salud y para dar un ejemplo de verdadera humildad, le mandó decir en público todos los pecados que había cometido. El lo confesó todo gran humildad para gran espanto de todos los presentes, dejar de enumerar todo tipo de homicidios, hechicerías hurtos y otras cosas que no es lícito decir ni escribir. Y después de haberse así confesado, mandóle el padre se tonsurara para ser recibido en el número de los hermanos.

14. Maravillado yo ante la sabiduría de este santo padre, le pregunté más tarde y en secreto: "¿Por qué causa has hecho tú una demostración tan extraordinaria?" A lo que este verdadero médico me respondió: "Hice esto por dos causas: la primera, intentando librar a ese penitente, por una confusión presente, de la confusión eterna. Y así fue, efectivamente, ya que no se levantó del suelo, ¡oh padre Juan!, hasta no haber recibido totalmente el perdón por sus pecados. Y en esto deseo que no tengas escrúpulos ni dudas: uno de los religiosos que estuvo presente me afirmó después que había visto allí a un hombre de gran estatura, el cual tenía un papel escrito en una mano y una pluma en la otra, y cuando el penitente postrado en tierra confesaba un pecado, este hombre lo borraba con la pluma. Y esto es justo, porque está escrito: "Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad. Digo: 'Confesaré a Yahvé mi pecado', y tú perdonaste la culpa de mi pecado" (Sal. 32:5). En segundo lugar hice esto porque tengo aquí algunos religiosos que no han confesado enteramente sus pecados, los cuales, con este ejemplo, se sentirán movidos a hacerlo. Pues sin esta confesión nadie puede alcanzar el perdón.

Otras muestras de virtud.

15. Muchas otras cosas, admirables y dignas de memoria, pude ver en aquel monasterio y en su ilustre pastor, de las cuales intentaré transmitir algunas. Porque permanecí allí no poco tiempo, observando atentamente su modo de vivir y maravillándome grandemente al ver como aquellos ángeles de la tierra imitaban a los del cielo.

16. En primer lugar estaban todos ellos unidos por un estrecho vínculo de caridad y, lo que es verdaderamente hermoso, amándose tanto como se amaban, no había entre ellos ni atrevimientos ni excesiva familiaridad, ni palabrería inútil. Así trabajaban los hermanos, poniendo gran cuidado en no escandalizarse los unos a los otros y en no darse ocasión para el mal. Y si acontecía que uno de ellos tenía un rencor contra otro, el buen pastor lo desterraba a otro monasterio apartado, y si alguno maldecía a otro hermano, el santo juez lo arrojaba fuera de la compañía diciendo: "No hay razón para soportar en el monasterio, además de los demonios invisibles, a uno visible."

17. Yo vi entre aquellos santos cosas verdaderamente útiles y admirables, pues se trataba de una comunidad de muchos — que eran como uno solo en el amor de Cristo — , todos muy ejercitados tanto en las obras de la vida activa como en las de la vida contemplativa, los cuales de tal manera se despertaban y se aguijoneaban para las cosas de Dios que casi no necesitaban de las amonestaciones de su padre espiritual. Pues ellos, en efecto, habían concertado ciertas reglas, ciertas prácticas santas y divinas: así, si en ausencia del superior alguno utilizaba un lenguaje ofensivo, o comenzaba a murmurar, o simplemente se entregaba a un palabrerío inútil, otro hermano le hacía secretamente una señal para que mirase por sí y moderase sus palabras. Y si por ventura el amonestado no cambiaba su actitud, entonces el otro se prosternaba ante él y luego se alejaba. Cuando estos hermanos se reunían para conversar, sólo lo hacían sobre la muerte y sobre el juicio venidero.

18. Y no puedo pasar por alto la singular práctica del cocinero de aquel monasterio, el cual, a pesar de estar continuamente ocupado, no sólo observaba siempre un perfecto recogimiento, sino que además había alcanzado la gracia de las lágrimas. Al preguntarle lleno de curiosidad cómo había él obtenido tal gracia, me respondió: "Jamás pensé que servía a los hombres sino a Dios; nunca me consideré digno de la quietud y el reposo; y ante la vista del fuego material siempre acude a mi mente la memoria del fuego futuro."

19. Otra extraordinaria práctica que era habitual entre los hermanos, era la de continuar con sus ejercicios espirituales aun sentados a la mesa. Tenían para esto ciertas señales con las cuales se exhortaban los unos a los otros al estudio de la oración incluso mientras comían. Y del mismo modo procedían, no solamente cuando estaban a la mesa, sino toda vez que se encontraban.

20. Cuando alguno cometía una falta, cada uno de los que lo habían visto le suplicaban les permitiera dar cuenta de ella al superior y recibir la penitencia. Y aquel gran varón, como conocía este proceder de sus discípulos, les imponía las más blandas correcciones. Sabiendo que el culpado era inocente, no quería, sin embargo, averiguar cual era el verdadero culpable.

21. ¿Podía existir entre los hermanos la más leve sospecha de habladuría o murmuración? Si acontecía que una querella se suscitaba entre dos de ellos, aquel que casualmente pasara por allí debía tenderse a sus pies hasta ver que se calmaran. Mas si este último sentía que en los otros restaba algún rencor, entonces debía acudir al superior, quien trataría de reconciliarlos de modo que el sol no se pusiese sobre su ira. Si de todos modos ellos permanecían enojados, se les privaba de alimentos hasta que se perdonaran mutuamente; y si aún así no se reconciliaban, entonces eran expulsados del monasterio.

22. No en vano, por cierto, se aplicaba tal rigor, ya que él producía abundantes frutos. Había muchos, en efecto, entre aquellos bienaventurados, que eran señalados como muy admirables en la vida activa y en la contemplación, en la discreción y en la humildad. Era un espectáculo realmente magnífico, y digno de los ángeles, poder ver a esos hombres venerables y de una santa majestad que, corriendo como niños ante el llamado de la obediencia, encontraban la gloria en este estado de humildad.

23. Vi algunos de estos que hacía cincuenta años que militaban bajo la obediencia, los cuales, como yo les preguntase qué consolación, o qué fruto habían alcanzado a través de un trabajo tan rudo, unos me respondían que por este medio habían llegado al abismo de la humildad, la que les había permitido rechazar todos los ataques del enemigo; y otros dijeron que por este camino habían perdido toda sensibilidad y toda pena frente a las injurias y los ultrajes.

24. Vi entre aquellos hombres dignos de eterna memoria, a viejos de blancos cabellos, de rostros angelicales, que habían llegado, por la acción de Dios y la generosidad de su voluntad, a una profunda inocencia y a una gran simplicidad, mas no una simplicidad irracional y carente de sabiduría como la de los ancianos que viven en el mundo, a los que solemos llamar tontos; por lo contrario, sin que en sus palabras y modales hubiera nada de fingido, de exagerado, de falsificado, ellos se mostraban exteriormente suaves, mansos, agradables y alegres, mientras que interiormente se hallaban, como niños inocentes, postrados a los pies de Dios y de sus superiores con los ojos de su espíritu ferozmente clavados sobre los demonios y las pasiones.

25. Todo el tiempo de mi vida no sería suficiente para describir las virtudes y la vida totalmente celestial de aquellos bienaventurados; por tal motivo, a fin de impulsaros a su imitación, antes que con la bajeza de mis palabras, he optado por adornar esta doctrina con los ejemplos de sus trabajos y sus virtudes. Con todo, primeramente os ruego no penséis que en este proceso pueda yo decir alguna cosa fingida, o que no sea verdadera, pues está claro que donde hay falsedad no puede haber utilidad.

Historia de Isidoro.

26. Un religioso llamado Isidoro, que anteriormente revistiera la dignidad del arconte en la ciudad de Alejandría, había renunciado al mundo en este monasterio hacía ya algunos años. Aquel maravilloso pastor, al recibirlo, conjeturando por su aspecto y por otros detalles que se trataba de un hombre áspero, intratable, soberbio y henchido de vanidad, determinó en su sabiduría vencer con su ingenio humano la astucia de los demonios. Le dijo entonces: "Isidoro, si verdaderamente has decidido tomar sobre ti el yugo de Cristo, quiero, ante todo, que te ejercites en los trabajos de la obediencia." A lo cual respondió Isidoro: "Así como él hierro está sujeto a las manos del herrero, así yo, padre santísimo, me sujetaré a todo lo que mandes." "Pues quiero dijo el pastor- que permanezcas a la puerta del monasterio y que te arrojes a los pies de todos los que entran o salen, diciendo: 'Ruega por mí, padre, que soy epiléptico'. Y a todo esto obedeció Isidoro como un ángel al Señor.

Habiendo pasado siete años en aquella obediencia, y alcanzado por este medio una profundísima humildad y compunción quiso el padre — después de este ejercicio de paciencia de la que tan gran ejemplo había dado — sumarlo al número de los religiosos y honrarlo con sus órdenes por encontrar que verdaderamente era merecedor de ellas. Pero Isidoro, por intermedio de otras personas y de mí mismo, miserable como soy, le suplicó que lo dejase en ese mismo lugar y haciendo lo que hasta ese momento había hecho hasta el fin de su carrera, dando a entender, de modo enigmático y oscuro, que su fin se aproximaba. Y así ocurrió, pues pasados diez días de haberle permitido el santo maestro permanecer en ese lugar, por medio de aquella sujeción e ignominia el buen Isidoro pasó a la gloria, y siete días después de dormirse llevó consigo al portero del monasterio, al cual prometiera que si después de su muerte obtenía algún crédito con el Señor, lo pediría por compañero perpetuo. Todo esto fue para nosotros indicio cierto de sus merecimientos, de su perfecta obediencia y de su sagrada y divina humildad.

27. Cuando aún vivía, pregunté cierta vez a Isidoro qué pasaba por su espíritu mientras él se comportaba según lo había dispuesto su superior frente a la puerta del monasterio. Deseando ser de utilidad, este santo varón me respondió: "Al principio hacía de cuenta que había sido vendido como esclavo por causa de mis pecados. Así, haciéndome gran violencia, con gran amargura, me arrojaba a los pies de todos los que entraban o salían. Pasado apenas un año, realizaba esto sin violencia y sin tristeza, esperando de Dios el galardón por mi paciencia. Pasado otro año comencé, de todo corazón, a tenerme por indigno tanto de la compañía, de la conversación y de la vista de los padres del monasterio, como de la participación en los divinos sacramentos. Finalmente ya no pude siquiera levantar mis ojos para mirar a nadie a la cara; por tal razón, con la vista y el corazón, no menos que el cuerpo clavados en la tierra, rogaba a los que entraban y salían que pidieran por mí

Historia de Laurencio.

28. Estando sentados cierta vez a la mesa, aquel gran pastor, acercando su sagrada boca a mi oreja, me dijo: "¿Quieres que te muestre una sabiduría toda divina en una cabeza toda blanca?" Como yo lo pidiera con insistencia, él llamó, de la mesa más cercana, a alguien cuyo nombre era Laurencio, que había vivido en ese monasterio durante casi cuarenta y ocho años y que era segundo presbítero del sagrario. El tal Laurencio acudió al llamado y, poniéndose de rodillas ante el abad, recibió de éste su bendición; mas, después que se hubo levantado, el superior lo dejó estar allí, sin comer, de pie y sin dirigirle palabra alguna. Permaneció así el religioso durante largo tiempo, tanto, que por vergüenza no osaba yo mirarlo a la cara. Recién al finalizar la comida le habló el abad ordenándole que recitara el principio del Salmo 39.

29. Como yo era muy malicioso, no dejé de tentar a aquel santo anciano — pues tenía más de ochenta años — preguntándole qué pensaba mientras permanecía de ese modo en el refectorio. Y él me respondió: "Yo he puesto la imagen de Cristo en mi Pastor, y todos sus mandamientos no los veo como salidos de él sino de Cristo. Por lo cual, ¡oh Padre Juan!,pareciéndome que estaba, no delante de la mesa de los hombres, sino ante el altar de Dios, hacía oración y no daba entrada a ningún tipo de pensamiento malo contra mi pastor, por la sincera fe y por la gran caridad que tengo para con él. Porque está escrito: 'La caridad no piensa mal'. También quiero que sepas, padre, que después de haberse entregado a la simplicidad y a la inocencia, uno ya no da tiempo ni lugar a los ataques del maligno."

Historia de un ecónomo.

30. Y así como era de bienaventurado aquel pastor y padre de espirituales ovejas, así también lo era el ecónomo que la gracia de Dios había dado al monasterio: casto y moderado como cualquier otro, y manso como muy pocos. Aquel gran maestro quiso cierta vez tentarlo reprendiéndolo para edificación de los otros; mandó entonces, sin que hubiera causa para ello, que lo echasen de la iglesia. Como yo sabía de la inocencia del ecónomo en relación a la falta por la cual había sido castigado, asumí su defensa frente al superior. Y el sapientísimo maestro me dijo: "Bien sé, padre, que él es inocente; mas, así como es cosa cruel quitar el pan de la boca de un niño que se muere de hambre, del mismo modo es perjudicial, para el prelado y para los súbditos, si el que tiene a cargo sus almas no les procura a toda hora cuantas coronas viere que pueden alcanzar, ejercitándolos, en la medida que cada uno de ellos puede soportar, con injurias e ignominias, con objeciones y escarnios, porque si esto no hace surgirán tres grandes injusticias. En primer lugar se privará al súbdito devoto del mérito de la paciencia. En segundo lugar, se privará del ejemplo de la virtud a los otros hermanos.

En tercer lugar — y esto es lo más grave — suele ocurrir muchas veces que los que parecen más cercanos de la perfección, y más endurecidos por el sufrimiento, si el superior deja pasar más tiempo del debido sin probarlos, reprenderlos o ejercitarlos con alguna maña, con de nuestros o injurias, como si ya fueran hombres de virtud acabada, terminan ellos por perder toda la dulzura y paciencia que tenían, porque aunque la tierra sea buena, gruesa y generosa, si le falta labranza y riego, o sea el ejercicio del sufrimiento de las humillaciones, suele hacerse salvaje, infructuosa, y producir las espinas del orgullo, de la malicia y de la presunción. Sabiendo esto, el gran Apóstol escribe a Timoteo: "Insiste, reprende, exhorta, oportuna e importunamente" (cf. 2 Tim. 4).

31 Yo repliqué, no obstante, a aquel verdadero guía, alegando la debilidad de nuestra generación e insinuando que muchos de los reprendidos sin causa, y a veces también los con causa, se desviaban y se apartaban de la manada. El respondió a mi objeción diciendo: "El alma que por amor de Dios está enlazada con vínculos de amor y fe con su pastor, sufrirá hasta derramar su sangre y nunca desfallecerá; mayormente si antes hubiere sido ayudada por él en la cura de sus llagas y agraciada con los beneficios y consolaciones espirituales, pues: 'ni ángeles ni principados, ni virtudes ni criatura alguna, podrán apartarnos de la caridad de Cristo'. Mas la que no estuviere así enlazada y fundida, por así decirlo, con su superior, maravilla será que no esté demás en el monasterio, porque su obediencia será fingida y no verdadera." Y, en verdad, aquel gran Varón jamás fue defraudado; por lo contrario; él enderezó, perfeccionó y ofreció a Cristo muchas de estas ofrendas puras y limpias.

Historia de Abaciro.

32. Cosa admirable de ver y de oír es la sabiduría divina encerrada en vasos de arcilla. Estando en aquel monasterio, en efecto, no dejaba yo de maravillarme al verla fe y la paciencia de los jóvenes hermanos, y la constancia invencible que les hacía soportar castigos, injurias e ignominias, no sólo de manos del abad, sino también de parte de otros que eran menores que él. Рог esto, y para mi edificación, me decidí a interrogar a uno de aquellos religiosos, cuyo nombre era Abaciro, el cual hacía quince años que estaba en el monasterio y al que veía yo continuamente injuriado por casi todos y, a veces, hasta ser echado de la mesa por los ministros, por ser este hermano algo incontinente de la lengua. Le pregunté, pues: "¿Qué es esto, hermano Abaciro, que te veo cada día ser injuriado, echado de la mesa y algunas veces acostarte sin cenar?" Y él me respondió: "Créeme, padre, lo que te digo: mis padres no obran así para injuriarme sino para probarme. Y sabiendo yo que esa es la intención del superior, así como la de ellos, fácilmente, y sin molestia alguna, lo soporto todo. Pensando de este modo he sufrido quince anos; y espero sufrir más, porque cuando entré al monasterio ellos me dijeron que hasta los treinta años probaban a los que dejaban el mundo. Lo cual, ¡oh padre Juan!,tengo yo por muy acertado; porque el oro no se purifica sino en el crisol."

33. Este noble y generoso Abaciro, que falleció a los dos años de mi llegada al monasterio, estando ya para morir dijo a los Padres: "¡Gracias doy al Señor y a vosotros, padres, que para bien de mi alma continuamente me probasteis, ya que por tal causa he vivido hasta ahora libre de las tentaciones del enemigo!" Y aquel santo Pastor, con toda justicia, mandó sepultarlo como a un confesor de Cristo, junto con los santos que allí estaban sepultados.

Historia de Macedonio.

34. Sería del todo injusto para con aquellos que son celosos amantes de la verdad, si yo dejara en la tumba del silencio la virtud y las batallas de un religioso llamado Macedonio, el cual era primer diácono del monasterio. Cierta vez, a dos días de la fiesta de la Epifanía, este religioso varón, rogó al abad le diera licencia para ir a Alejandría a fin de atender determinados asuntos personales, prometiendo regresar con la antelación que requería la preparación de la fiesta. Pero el demonio, enemigo de todo bien, enredó el asunto de tal manera que Macedonio no pudo retornar a tiempo. El abad entonces, como el religioso volviese un día tarde, lo privó de su oficio y le mandó ocupar el último lugar entre los novicios. Mas este buen diácono de paciencia, este archidiácono de constancia, aceptó el castigo tan sin tristeza y tan sin pesadumbre, como si otro, y no él mismo, fuera el castigado. Habiendo cumplido cuarenta días en esta penitencia, dispuso el sapientísimo Padre que volviera a su antiguo puesto; pero, pasado un día, acudió el religioso al abad para pedirle que lo dejara regresar a la humillación de aquella ignominia, diciendo que había cometido en la ciudad un cierto delito que no era para decir. El Pastor, sin embargo, sabiendo que decía esto más con humildad que con verdad, dio lugar al honesto deseo de aquel buen trabajador (espiritual). Pude ver, entonces, aquellas venerables canas en medio de los novicios, pidiendo sinceramente a todos que rogasen por él a Dios, diciendo: "¡He caído en la fornicación de la desobediencia!" Pero a mí, pobre e indigno como soy, este gran Macedonio me confió más tarde por qué causa había él abrazado con tantas ganas este estado de humildad y penitencia: "Jamás me había sentido tan libre de todo género de tentaciones, y tan lleno de la dulzura de la luz divina, como en aquellos días."

Historia del ecónomo del monasterio.

35. No caer es propio de los ángeles, de los hombres lo propio es caer y levantarse después, pero lo más conveniente, en cuanto a los demonios, es que jamás se levanten después de haber caído. El hermano que estaba a cargo del economato del monasterio me confió una vez: "Cuando yo era joven -tenía a mi cargo algunos animales — caí en una falta muy funesta para mi alma. Sin embargo, como no tenía por hábito guardar nada oculto en la cueva de mi corazón, tomando a la serpiente por la cola (que es el fin de la obra) se la mostré al médico. Éste, mirándome sonriente, me palmeó levemente en la cara y me dijo: 'Anda, hijo, y cumple con tus obligaciones como lo hacías antes, sin temor alguno'. Yo me sentí entonces fortificado en mi fe; y a los pocos días, recobraba la salud perdida, marchaba por mi camino lleno de alegría.". Lo cual he dicho a fin de mostrar claramente la fortaleza que sigue al hecho de revelar las llagas a nuestro padre espiritual.

36. Entre los diferentes órdenes de criaturas, como algunos dicen, existen muchos grados -y diferencias. Así también, en la sociedad de aquellos hermanos, había diferencias entre el progreso y las disposiciones de cada uno. El Pastor entonces, cuando veía que algunos tenían tendencia a mostrarse y a llamar la atención de los seculares que visitaban el monasterio, los curaba dirigiéndoles, frente a esos visitantes, las palabras más ásperas e injuriosas y mandándoles a ejercer los oficios más bajos de la casa. De tal modo sanaban estos hermanos que luego, al ver llegar algún visitante, ellos huían con gran prisa. Era algo cómico ver a la vanagloria persiguiéndose a sí misma al huir de los hombres, cuya presencia antes procuraba.

Historia de San Menna.

37. No quiso el Señor que me alejase de aquel lugar privado de las oraciones de un bienaventurado padre, un hombre santo y admirable llamado Menna, que ocupaba el segundo rango después del abad en la dirección de ese monasterio, en el cual había pasado cincuenta años cumpliendo todos los diferentes servicios. Menna falleció una semana antes de mi partida; tres días después de su muerte, mientras se celebraba el oficio por el descanso del bienaventurado, el sitio en que este se encontraba se llenó de un perfume de maravillosa suavidad. Quiso entonces aquel gran Pastor permitirnos descubrir el cuerpo del difunto; hecho esto, todos pudimos ver que de las preciosísimas plantas de sus pies, como de dos fuentes, brotaba un aromático ungüento. En ese momento, volviéndose hacia nosotros, el Padre del monasterio dijo: "¿Veis, hermanos, cómo los sudores de sus cansancios y trabajos fueron recibidos por Dios, cual ungüento preciosísimo?"

38. De este bienaventurado padre Menna contaban los religiosos de aquel lugar numerosísimos actos de virtud, por ejemplo éste: "Cierta vez, viniendo él de afuera y habiéndose postrado ante el abad pidiéndole su bendición (según era costumbre), el superior, queriendo probar aquella paciencia que Dios le había dado, lo dejó estar así, postrado en tierra desde el principio de la noche hasta la hora de los maitines. Recién entonces acudió a darle la bendición; después lo reprendió severamente, reprochándole su impaciencia y diciéndole que todo lo hacía por vanidad y ostentación. Sabía muy bien el santo padre que Menna podría soportar todo aquello generosamente. En realidad había armado toda la escena para edificación de los otros." El discípulo de aquel bienaventurado Menna, que conocía todos los secretos de su maestro (y que a veces contaba algunos), nos confió más tarde que al preguntarle a su maestro si no se había dormido mientras estaba allí postrado, él respondió que a lo largo de la noche había rezado todo el Salterio.

39. No dejaré de entretejer en la corona de esta obra, la presente esmeralda: Cierta vez inicié una conversación sobre la "hésychia" (1) con algunos de aquellos santísimos ancianos; ellos, con el rostro sereno y alegre, y sonriéndose, me dijeron: "Nosotros, oh padre Juan, somos seres materiales, y hemos adoptado una manera de vivir material. Nosotros estimamos, en efecto, que debemos emprender un combate a la medida de nuestra debilidad, pareciéndonos más apropiado luchar con los hombres, que a veces son feroces y a veces son mansos, que con los demonios, los cuales siempre están enfurecidos y armados contra nosotros."

40, Otro de aquellos hombres dignos de eterna memoria (que me amaba mucho en el Señor y tenía conmigo una gran familiaridad) me dio en pocas palabras una suma de toda la vida religiosa, diciendo así: "Si verdaderamente tienes en ti, muy sabio, la fuerza del que dijo: 'Todo lo puedo en Aquel que me conforta'; y si juntamente con esto el Espíritu Santo ha sobrevenido en ti con el rocío de la castidad y te ha hecho sombra con la virtud de la paciencia, ciñe entonces tus riñones — como el Hombre, el Cristo — Dios — con el lienzo de la obediencia. Levántate de la cena de la "hésychia" y lava con espíritu de contrición los pies de tus hermanos, o mejor, derríbate a los pies de toda la comunidad con un corazón abatido y humillado. Pon a la puerta de tu corazón guardianes severos y vigilantes. Esfuérzate siempre por mantener a tu alma inmóvil e inmutable en ese cuerpo movedizo, que permanezca ella en la quietud entre esos miembros que se mueven y se agitan. Y lo más paradojal: en medio de todos los desasosiegos y de todos los tumultos, guarda tu alma impávida. Refrena la desvariada y furiosa lengua para que no se lance a contradecir y a porfiar, pelea contra esta despótica señora setenta veces al día. Fija tu espíritu a tu alma como al madero de una cruz, de modo que ella pueda, como el yunque, después de ser golpeada repetidamente por el martillo de la burla, del escarnio, de la injuria, permanecer siempre entera, lisa, llana e inmóvil. Desnúdate de todas tus propias voluntades, como de una vestidura ignominiosa, y así, desnudo, comienza a correr por el camino de la virtud.

Reviste la coraza de la confianza hacia aquel que preside tu combate y no permitas que ninguna duda la falsee o la corrompa. Detén, con el freno de la castidad, al sentido del tacto, que desvergonzadamente se suele desmandar. Refrena, con la continua meditación sobre la muerte, la curiosidad de los ojos, para que no quieran en todo instante mirar vanamente la gracia o la hermosura de los cuerpos. Refrena también, con el perpetuo cuidado de ti mismo, la curiosidad de tu espíritu que, descuidado de sí, quiere siempre condenar al prójimo; antes procura, en todo tiempo, mostrarle y usar con él toda caridad y misericordia. Porque en esto nos conocerán todos, oh padre Juan, que somos discípulos de Cristo, si en nuestra vida de comunidad nos amamos los unos a los otros (cf. Jn. 13).

¡Aquí, aquí! — me decía este excelente amigo — , ven aquí a estar junto con nosotros, y bebe a cada instante, así los escarnios y los vituperios, como el agua viva. David, en efecto, después de haber experimentado todos los placeres posibles debajo del cielo, declaró finalmente: 'Cuan bueno y alegre es vivir los hermanos en unión' (cf. Sal. 132:1). Mas si no hemos alcanzado todavía este gran bien de paciencia y obediencia, es preferible, conociendo nuestra debilidad, permanecer en la soledad, al margen de esta batalla reservada a los atletas, proclamando bienaventurados a los que combaten en ella y pidiendo a Dios les de paciencia."

Confieso que fui conquistado por las palabras de este buen padre y excelentísimo maestro, el cual combatió contra mis pareceres con la autoridad del Evangelio y los profetas, y mucho más con la fuerza de su amor sincero. Así fue, que sin hesitar, yo le di de buena gana la victoria al estado de la obediencia.

Aún me queda por contar una muy provechosa virtud de aquellos bienaventurados; contada ésta, como quien sale del Paraíso, volveré a entrar en el zarzal de mi inútil y desgraciada doctrina.

41. Estando nosotros un día en la oración, vio el santo padre algunos religiosos que estaban hablando entre sí. Los mandó, entonces, ponerse a la puerta de la iglesia por espacio de siete días, debiendo postrarse delante de todos cuantos entrasen y saliesen de ella, fueran clérigos o hermanos.

42. Mirando yo cierta vez a uno de los religiosos que estaba más atento que los otros en el cantar de los Salmos, y cuya actitud, sobre todo al principio de los himnos, parecía la de alguien que conversaba con otro, le rogué me dijese qué era lo que esto significaba. Sabiendo él que podría serme de utilidad, no quiso ocultarlo, diciendo: "Yo, padre Juan, al principio del oficio divino, suelo recoger con gran cuidado mi corazón y mis pensamientos, y llamándolos ante mí, les digo: 'Venid, adoremos y postrémonos ante Cristo, nuestro Dios y nuestro Rey."

43. Vi también, en el refectorio del monasterio, a un religioso qué llevaba colgado de su cintura un pequeño librito en el cual escribía cada día todos los pensamientos que comunicaba a su superior. Y no sólo a éste, sino a otros muchos, vi allí hacer lo mismo porque tal era el mandamiento de aquel santo pastor.

44. Apartó una vez el padre de la compañía de los religiosos a uno que había maltratado de palabra a otro hermano. El culpable perseveró siete días a la puerta del monasterio pidiendo humildemente el perdón y la entrada. Aquel pastor, que tanto amaba a las almas, se preocupó al saber que durante todo ese tiempo el hermano no había probado bocado. Le mandó decir, entonces, que si deseaba reingresar al monasterio, debía morar en la casa de los penitentes, y como el otro aceptara esta condición, dispuso el padre que fuera llevado a ese sitio, donde estaban los que hacían penitencia por sus pecados. Y porque se ha ofrecido la ocasión de hacer mención de este lugar, la necesidad me obliga a decir algo de él.

45. Se hallaba esa casa a una milla de distancia del monasterio principal. Se le llamaba la Prisión, y era, verdaderamente, como una cárcel: totalmente desprovista de todo consuelo. No se veía brotar de allí el humo de ningún fuego; nada de vino, nada de aceite con la comida, solamente pan y algunas legumbres. En este lugar mandaba el padre encerrar a todos los que, después de su llamamiento, habían pecado gravemente, y no los sacaba de allí hasta que el Señor no le comunicase el perdón de sus errores. Y no estaban todos juntos, sino apartados, cada uno por su lado o, cuando mucho, de dos en dos. Había nombrado el padre, como representante suyo, a un gran anciano, llamado Isaac, el cual obligaba a todos aquellos que estaban a su cargo a estar casi en perpetua oración. Había allí gran abundancia de hojas de palmas (que trenzaban) como ocupación, y que les servía para desterrar la pereza de aquel santo lugar. Tal es la vida, tal es la condición, tal es el modo de vivir de quienes buscan verdaderamente la cara del Dios de Jacob (cf. Sal. 23:6).

46. Cosa digna de admirar los trabajos de los santos; querer rivalizar con ellos trae la salud, mas pretender imitar de un solo golpe su género de vida, ello es irrazonable e imposible.

47. Cuando nos acongojamos y afligimos por los reproches de nuestros superiores, traigamos a la memoria nuestros pecados hasta que el Señor, viendo la violencia que nos hacemos a nosotros mismos, nos descargue de los pecados y transforme en alegría el dolor que roe nuestro corazón. Porque está escrito: "Según la multitud de dolores de mi corazón, así su consuelo alegra mi alma" (cf. Sal. 93:19) en el momento oportuno. En este tiempo no nos olvidemos de aquel que dijo al Señor: "¡Cuántas y cuan grandes tribulaciones me diste, Señor! Mas luego regresaste para resucitarme y me sacaste de los abismos de la tierra donde estaba caído" (Sal. 70:20).

48. Bienaventurado aquel, que provocado cada día con denuestos e injurias, sufre con paciencia, violentándose a sí mismo, porque éste con los mártires se alegrará, y con los ángeles será coronado. Bienaventurado el monje que en todas las horas del día se considera merecedor de toda humillación y de toda confusión. Bienaventurado el que mortificó su propia voluntad hasta el fin de su vida, y que abandonó su carga en manos de su maestro espiritual, porque éste será colocado a la diestra del Señor que fue obediente hasta la muerte.

49. El que rechaza la objeción, justa o injusta, rechaza la vida, mas el que la sufre con trabajo o sin trabajo, rápidamente alcanzará el perdón de sus pecados.

50. Representa a Dios en espíritu, la confianza del amor sincero que tienes hacia tu padre espiritual, y El secretamente le descubrirá este afecto y este amor que le tienes, para que de ahí en adelante así te ame, y trate los asuntos de tu salud con más estudio y atención.

51. Aquél que descubre (a su padre espiritual) todas las serpientes (de sus pensamientos malvados), muestra claramente su confianza hacia él, mas el que las oculta en lo secreto de su corazón se pierde en los desiertos sin caminos.

52. Si alguno desea examinar la caridad y el amor que tiene para con sus hermanos, mire si llora en las culpas de ellos, y si se alegra en sus gracias y progreso.

53. Aquel que en una conversación quiere imponer sus propias opiniones, aunque sean correctas, tenga por cierto que el demonio es el que lo mueve a ello. Si esto hiciera solamente con sus iguales, las reprimendas de los ancianos podrán curarlo. Más si él procede del mismo modo con los mayores y con los más sabios, su mal, entonces, humanamente es incurable.

54. El que no es humilde en las palabras, no lo será en las obras, porque el que en lo poco es infiel, también lo será en lo mucho; él no hará caso de la autoridad de los ancianos. Así, trabajará en vano, porque no sacará fruto, sino juicio, del estado de obediencia,

55. Aquél que guardare la conciencia limpia viviendo en sujeción a su padre espiritual, ese esperará la muerte sin temor, como quien espera un sueño, o mejor, la vida, sabiendo que llegada la hora no le pedirán cuentas a él sino a su padre espiritual.

56. Si alguien, sin haber sido forzado por la obediencia aceptó de su padre espiritual algún cargo o administración desmandándose luego en su desempeño, no atribuya la causa de esta falta a quien le dio las armas, sino al que las tomó. Porque habiendo recibido armas para pelear con los enemigos, las volvió contra sí y atravesó su corazón. Mas si esto lo hubiera hecho por obediencia, no se acongoje, porque si cayere no morirá.

57. Había olvidado, amigos míos, presentaros este suavísimo pan de virtud: he visto, en aquel monasterio, algunos obedientes en el Señor a los cuales cada día se los maltrataba con deshonras, injurias e ignominias. De este modo, si en otro sitio eran realmente injuriados, estaban, por esta ejercitación, por esta esgrima, preparados de antemano para recibir cualquier insulto sin acongojarse.

58. 59. El alma que siempre piensa en la confesión de sus pecados, con este freno se aparta de ellos. Porque son los pecados que evitamos confesar los que más fácilmente solemos cometer, como algo que se hace a oscuras y sin temor de nadie. Si estando ausente nuestro padre (espiritual), lo imaginamos y lo ponemos delante nuestro, y hacemos de cuenta que está mirando nuestra manera de conversar y de hablar, de comer y de dormir, y huimos de todas aquellas cosas que a él le desagradarían, entonces podemos creer que verdaderamente hemos alcanzado una libre y sincerísima obediencia. Porque los mozos débiles y perezosos suelen holgarse en ausencia del maestro, mientras que los diligentes e industriosos, suelen tenerla por gran daño.

60. Pregunté cierta vez a uno de aquellos probados varones, cómo la virtud de la obediencia trae consigo la humildad. A lo cual me respondió: "El devoto obediente, aunque tenga el don de las lágrimas y aunque resucite muertos, y aunque sea vencedor en todas las batallas, todo esto, piensa que lo alcanzó por las oraciones de su padre espiritual. Y así queda libre de la vana hinchazón de la soberbia. Porque ¿cómo podría vanagloriarse de aquellas cosas que sabe de cierto no las alcanzó por sí mismo, sino por la ayuda de su padre?

61. El solitario no conoce la práctica de que acabo de hablarte, por esto es más débil ante la vanagloria, cuando ella le sugiere que sólo por sus esfuerzos alcanzó lo que tiene.

Las dos trampas del demonio.

62. Cuando aquel que vive en la obediencia escapare de las trampas del demonio (que son la desobediencia y la soberbia), quedará para siempre obediente servidor de Cristo.

63. Trabaja el demonio contra los obedientes manchando sus cuerpos con sucios humores, haciéndolos duros de corazón, provocando en ellos desórdenes no habituales, haciéndolos secos, estériles, amigos de comer y beber, perezosos para la oración, proclives al sueño, cerrados de entendimiento, para que, viéndose así (como gente que ningún provecho saca del instituto de la obediencia), quieran salir de ese estado y volverse atrás. Ellos no pueden ver, entonces, que con esta sequedad y esta pobreza, que obedecen a una singular disposición de Dios, se les da un gran motivo para alcanzar la humildad.

64. 65. Muchas veces fue vencido el autor de estos engaños con sufrimiento y paciencia. Mas, derrotado este enemigo, detrás de él se levanta otro con otra tentación contraria a la anterior. Porque he visto yo muchos obedientes, devotos, alegres, abstinentes, estudiosos y fervorosos, los cuales, con el favor del padre (espiritual) habían alcanzado esto y vencido en muchas batallas, que fueron acometidos por los demonios diciéndoles que ya estaban preparados y capacitados para marchar a la soledad, por lo cual podrían llegar a la cumbre de la impasibilidad y la perfecta victoria. Y persuadidos con este engaño, dejando el puerto seguro, marcharon hacia alta mar. Y sobreviniéndoles alguna tempestad, como les faltaba el piloto que los gobernase, fueron tragados por el sucio y salobre mar.

66. Porque es necesario que se revuelva el mar, y se turbe y embravezca, para que torne a lanzar a tierra toda la materia y toda la basura que los ríos llevaron a él. Y así es necesario, también, que antes sea ejercitado y probado por muchas tempestades aquel que del mundo entra en religión, pues si bien observamos, veremos que después de la tempestad sobre el mar, se hace la gran calma.

67. El que en unas cosas obedece a su padre espiritual y en otras no, es semejante a aquel que unas veces pone colirio en sus ojos y otras veces cal viva. Porque tal como está escrito, "si uno edifica y otro destruye ¿qué provecho sacan ambos si no es la fatiga?" (Eclo. 34:28).

68. No quieras, hijo, que por amor de Dios obedeces, engañarte con espíritu de soberbia, revelando tus faltas al maestro como si otro fuera el culpable de ellas, porque nadie puede librarse de la vergüenza sin vergüenza. Abre, desnuda, descubre ante el médico tu llaga: manifiéstala y no te confundas. "Mía es, di, esta llaga, mía es esta herida, y la causa de ella fue, no la culpa de otro sino la mía; nadie fue su autor, ni hombre ni espíritu, ni cuerpo ni otra cosa, sino mi propia negligencia."

69. Y, cuando así te confesares, has de estar, en la postura de tu cuerpo, en la expresión de tu rostro y en tus pensamientos, como un reo sentenciado a muerte, puestos los ojos en tierra; y si fuera posible, postrado con lágrimas ante el médico y maestro, como ante los pies de Cristo.

70. Suelen los demonios algunas veces incitarnos a que no nos confesemos, o al menos a que lo hagamos en nombre de terceros, como acusando a otros de algún pecado, cosa que de ningún modo conviene que obedezcamos. Si, como es cierto, la costumbre puede tanto que todas las cosas dependen de ella, sin duda tanto más poderosa será en el bien que en el mal, pues tiene la poderosa cooperación de Dios.

71. No quieras, Oh hijo, desfallecer en el trabajo de muchos años hasta no haber hallado en tu alma aquella bienaventurada quietud y paz hacia la cual todos caminamos.

72. Y si al principio te ofreciste por amor de Dios a todo género de humillaciones, no tengas por cosa indigna confesar, con rostro y ánimo humilde, todas tus culpas a tu maestro como si las confesases a Dios.

73. Porque he visto muchas veces algunos reos, con miserable hábito y con la fuerza vehemente de su confesión y de su súplica, ablandar la severidad del juez y trocar en misericordia su dureza. Es por esto que Juan el precursor, antes de bautizar a quienes a él venían, les pedía la humilde confesión de sus culpas, no para conocerlas sino para bien de su salud (cf. Mt. 3:6).

74. Y no nos maravillemos si después de esta confesión somos combatidos y tentados; porque más vale pelear con la soberbia de la carne que con la soberbia del espíritu.

75. No corras ni te entusiasmes al oír relatar la vida de los padres solitarios, a los que llaman anacoretas, porque tú militas en el ejército de los mártires, y aunque te acaezca ser herido en la batalla, no por eso has de salirte de ese ejército ya que entonces es cuando más necesitas del médico. Porque aquel que teniendo ayuda tropezó y cayó, careciendo de ayuda, no hubiera solamente caído, sino sucumbido.

76. Cuando de este modo alguna vez caemos, los demonios se aprovechan instigándonos a que huyamos y nos aislemos, para añadir de esta manera unas heridas a otras.

77. Y si ocurre que nuestro médico se excusa y revela claramente su impotencia y la insuficiencia de sus fuerzas, es preciso entonces buscar otro; porque sin la ayuda de un médico sabio pocos sanan. ¿Quién osará contradecirme, en efecto, si yo declaro que el navío que navega en medio de una tormenta bravía ha menester de un piloto experimentado?

78. De la obediencia, como dijimos más arriba, nace la humildad, y de la humildad la impasibilidad del alma. Porque el Señor, como dice el Profeta, se acordó de nosotros en nuestra humildad y nos libró de nuestros enemigos (cf. Sal. 135). Portal motivo no será inconveniente afirmar que de la obediencia nace la impasibilidad, que conduce a la humildad a su perfección. La humildad es, en efecto, el comienzo de la impasibilidad, así como Moisés es el comienzo de la Ley. Y después la hija perfecciona a la madre: esto es, la humildad a la obediencia, como María a la asamblea (cf. Ex. 15:1 y 20).

79. Merecedores son sin duda de gran pena delante Dios, aquellos enfermos que, después de haber experimentado en sus llagas la sabiduría de un médico, antes de estar perfectamente curados, lo despiden y toman otro.

80. No quieras, hijo, huir de las manos de aquél que primero te ofreció a Dios, y no reverencies en toda tu vida sino a él.

81. Tal como es peligroso para el soldado inexperto entrar solo al combate, del mismo modo es peligroso para el novicio marchar a la soledad en busca de la hésychia antes de haber adquirido la experiencia necesaria y de haberse ejercitado largo tiempo luchando contra las pasiones de su alma. Porque así como el primero corre peligro en el cuerpo, así el segundo lo corre en el alma. "Más valen dos que uno solo" dice la Escritura (cf. Ecl. 4:9), es decir: es mejor que el hijo esté junto al padre para luchar, con su ayuda y la gracia divina, contra las predisposiciones malignas.

82. Privar al discípulo de esta providencia es como privar al ciego de guía, a la manada del pastor, al niño de la asistencia de su padre, al enfermo de su médico y al navío de su piloto; lo cual no puede ser hecho sin peligro para ambas partes. Y el que sin la ayuda de su padre (espiritual) pretendiera combatir contra los espíritus malos, de maravillarse será que no muera a sus manos.

83. Aquellos que al principio de la enfermedad acuden a la casa del médico para ser curados, que consideren la calidad de los dolores que padecen; y los que van a la casa de la obediencia que miren la humildad que tienen. Porque en los primeros la disminución de los dolores será señal de mejoría; y el acrecentamiento de la humildad, y el menosprecio y la condenación de sí mismos, indicarán el retorno a la salud de los segundos.

84. Sea tu conciencia el espejo donde mires la sujeción y la obediencia que tienes, porque ella te dirá la verdad.

85. Los que viven en soledad están sujetos al padre espiritual, sólo a los demonios tienen por adversarios; más los que viven en congregación, a los hombres y a los demonios. Los primeros, al tener al maestro siempre delante, guardan con mayor cuidado sus mandamientos; pero los segundos, como algunas veces los pierden de vista, más veces los transgreden. A pesar de esto, si ellos fueran diligentes y esforzados, suplirán estas faltas con el sufrimiento de las injurias y merecerán una doble corona.

86. Con toda vigilancia miremos por nosotros mismos, pues sucede muchas veces que las naves se pierden también estando en puerto, especialmente aquellas que crían dentro suyo algún gusano que las roe, y que en nosotros es el vicio de la ira.

87. Ejercitémonos en guardar silencio y en manifestar una total ignorancia en presencia de nuestro superior, porque el hombre silencioso es hijo de la filosofía, y adquiere siempre un gran conocimiento.

88. Vi una vez un monje que tenía por hábito arrebatar la palabra de la boca de su maestro, dando a entender que él lo sabía todo; yo desesperé de su obediencia al ver que de ella sacaba más soberbia que humildad.

89. Miremos con toda vigilancia, y examinemos con toda diligencia, en qué tiempo y en cuáles ocasiones es provechoso anteponer el servicio al prójimo a la oración; porque no siempre se ha de hacer esto, sino cuando la obediencia o la necesidad de caridad lo pidieren.

90. Mira también, atentamente, cuando estás en compañía de otros hermanos, que no quieras parecer más santo que ellos, porque dos males haces en eso: el primero consiste en turbarlos con esta falsa y fingida apariencia; el segundo reside en que, de todo esto, tú sacas solamente soberbia y arrogancia.

91. Procura ser en lo interior de tu ánimo, diligente y solícito, mas no lo muestres exteriormente, ni con palabras ni dándolo a entender por señales. Así debes obrar aunque no te sientas inclinado a despreciar y a tener en menos a los otros; mas si tuvieras inclinación por ello, mucho más debes trabajar a fin de ser en todo semejante a los hermanos y no diferenciarte vanamente de ellos.

92. Vi una vez a un mal discípulo estar vanagloriándose delante de los hombres de las virtudes de su maestro. Pareciéndole que ganaba honra con la hacienda ajena, sacó de allí la deshonra, porque todos se volvieron contra él y le dijeron: "Pues, ¿cómo tan buen árbol produjo una rama tan estéril?"

93. No pensemos haber alcanzado la virtud de la paciencia cuando soportamos las reprensiones de nuestro maestro, sino cuando continuamente sufrimos las de los hombres, cuando continuamente somos acosados por ellos; pues al padre lo sufrimos porque lo reverenciamos, y le debemos esto por estar a cargo nuestro.

94. Bebe con gran alegría las reprensiones y escarnios que cualquier hombre te diera a beber, como si fueran agua de vida; porque el que esto hace te da la saludable purga que te hará despedir toda lujuria. Y sin duda nacerá en tu alma, por este brebaje, una profunda e íntima castidad, y la luz hermosísima de Dios brillará en tu corazón.

95. Que ninguno se glorifique en su espíritu cuando viere que su vida y su ejemplo son notablemente provechosos a la congregación de sus hermanos; porque los ladrones están más cerca de lo que nadie piensa. Acuérdate que dijo el Señor: "Después que hubiereis hecho todo cuanto os encomendaron, decid: 'Siervos somos sin provecho, lo que estábamos obligados a hacer, hicimos" (cf. Lc. 17:10). El juicio de nuestros trabajos, lo conoceremos en la hora de la muerte.

96. El monasterio es un cielo terrenal, por esto procuremos tener nuestros corazones cual los tienen en el cielo los ángeles que sirven al Señor. Algunas veces los que están en este cielo tienen los corazones como de piedra, otros como de cera; para que los unos por esta vía huyan de la soberbia, y los otros se consuelen en sus trabajos.

97. Un poco de fuego basta para ablandar la cera; y un poco de la ignominia que se nos ofrece, sobrellevada con paciencia, basta muchas veces para ablandar, endulzar y quitar toda la fiereza, toda la dureza, y toda la ceguera de un corazón.

98. Vi una vez a dos hombres que secretamente escuchaban y miraban los esfuerzos y los gemidos de los combatientes. Uno hacía esto por deseos de imitarlo; el otro, en cambio, esperaba el momento oportuno para menospreciar y apartar a los siervos de Dios de sus trabajos. En lo cual verás cuan diferentes hace nuestras obras, el ojo de la intención.

99. No seas indiscretamente callado, para no cargar a los otros con la pesadumbre de tu silencio; porque, como está escrito, "hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar" (cf. Ecl. 3); que no haya falsedad en tus palabras, ni provoques querellas y violencias cuando te hacen algo, porque esto es propio de perturbadores de la paz y la concordia. Pues he visto algunas veces perecer a las almas por su lentitud y pesadumbre, y otras veces por su excesiva rapidez, y me he asombrado ante la variedad de nuestra malicia.

100. Aquel que vive en comunidad no siempre aprovecha tanto con el canto de los salmos, cuanto con la oración secreta; porque muchas veces la atención del canto de los salmos impide alcanzar su virtud y su comprensión.

101. Combate con todas tus fuerzas, y reprime sin cesar y sin cansancio a la imaginación inquieta y vagabunda, recogiéndote dentro de ti mismo en todo tiempo, y más en el de la oración y los oficios divinos. Pues Dios no pide a los que viven en obediencia más que una oración sin distracciones. Si cuando oras el enemigo penetra sutilmente, y como un ladrón te roba en secreto la atención, no te entristezcas: confía en Dios y esfuérzate por hacer tu parte, que es trabajar siempre por recoger los pensamientos que corren velozmente de un punto a otro. Porque sólo los ángeles están exceptuados de estos hurtos.

102. Aquel que firmemente ha resuelto en su corazón no abandonar esta batalla hasta el último suspiro, y a sufrir mil muertes en cuerpo y alma, no será fácilmente combatido por los pensamientos ni por las fluctuaciones; porque las dudas interiores, la infidelidad y los cambios de lugar, siempre suelen engendrar peligros y trabajos, y guerra de pensamientos. Los que son inclinados a cambiar de lugar viven equivocados, porque nada, en tan gran medida produce la esterilidad, como este linaje de mudanzas hechas con facilidad y temeridad.

103. Si encontraras un médico o un hospital espiritual desconocidos, observa diligentemente, examina con atención todo cuanto allí vieres como un caminante curioso. Y si hallares por parte de estos ministros y oficiales algún socorro o remedio para aquellas enfermedades -especialmente para la hinchazón de la soberbia — que tú procuras evacuar, acércate con seguridad, y véndete allí por el oro de la humildad, y haz carta de venta firmada con la mano de la obediencia y llamando a los ángeles santos por testigos, a su presencia rompe la escritura de tu propia voluntad, para que desposeído de ti seas de aquellos que te han de curar y mejorar. Porque si dejaras este lugar y este sosiego por tu propia voluntad, y anduvieras de un lugar a otro, perderás el fruto de este contrato. Que el monasterio sea tu sepulcro antes del sepulcro del cual nadie sale hasta la común resurrección de todos. Y si algunos salieron como lo hizo Lázaro, piensa que después murieron: ¡Pídele al Señor que no te suceda a ti lo mismo!

104. Cuando los débiles y los perezosos sienten que les mandan cosas graves, suelen alabar la virtud de la oración; mas cuando les mandan cosas fáciles huyen de ella como del fuego.

105. Hay algunos que estando ocupados en algún oficio o ministerio, por la consolación o edificación del hermano interrumpen el oficio para asistir a su necesidad espiritual y hacen bien. Mas hay otros que hacen esto por pereza, y otros también por vanagloria, diciendo que quieren entregarse a cosas espirituales; estos borran el bien que hacen por la mala intención con que lo hacen.

106. Si estás en algún modo de vida, y ves claramente que los ojos de tu alma están del todo sin luz y sin provecho, esfuérzate prontamente por dejar esa manera de vivir y pasar a otra más propicia. Verdad es que el malo en todo lugar es malo, así como el bueno en todo lugar es bueno; pero la condición del lugar ayuda en ambos casos.

107. Injurias y afrentas fueron muchas veces en el mundo causa de muertes y discordias; mas, en las comunidades, la gula y la falta de templanza en el comer y en el beber fueron la causa de su perdición. Si tú trabajaras por sojuzgar a esta rabiosa señora, en todo lugar tendrás quietud y reposo; mas si ella tuviera señorío sobre ti, en todo lugar correrás peligro.

108. El Señor alumbra los ojos ciegos de los obedientes para que puedan ver las virtudes de sus maestros, y él mismo los ciega para que no vean sus defectos; mas el demonio, enemigo de todo bien, hace lo contrario.

109. Que el argento vivo (al cual llaman azogue) sea para nosotros, hermanos, ejemplo y modelo de una perfecta obediencia: aunque esté debajo de otros materiales, permanece siempre puro y libre de cualquier mezcla y suciedad.

110. Los que son cuidadosos y solícitos en la vigilancia de sí mismos, deben guardarse de no juzgar a los negligentes y a los débiles, a fin de no ser, por tal motivo, más gravemente condenados que los otros. Pienso que Job fue alabado como justo, porque viviendo en medio de los malos, no emitió juicio sobre ellos.

111. Hemos de esforzarnos siempre por tener el alma quieta y libre de perturbaciones, pero en mayor medida cuando cantamos u oramos, porque entonces, principalmente, es cuando los demonios trabajan para confundirnos y arruinar nuestra oración.

112. Verdadero servidor de Dios, sin duda alguna, es aquel que teniendo el cuerpo en la tierra y con los hombres, con el alma está en el cielo por la oración.

113. Las injurias, los agravios, los menosprecios, son para el almas obediente amargos como el acíbar; en cambio las honras, y las alabanzas, y la buena reputación, para los que andan en busca de estas cosas, son dulces como la miel. Sin embargo, en tanto el acíbar purga las heces de los malos humores, la miel acrecienta la cólera.

114. Confiemos plenamente en aquellos que están a cargo de nosotros, aunque a veces nos manden cosas que a primera vista parezcan ser contrarias a nuestro propósito y provecho. Porque la fe que en ellos tenemos se prueba en la fragua de la humildad; y nuestra lealtad para con ellos la demostramos obedeciendo sin dudar cuando nos mandan cosas contrarias a las que esperamos.

115. De la obediencia, como ya dijimos, nace la humildad, y de la humildad la discreción — como lo prueba el gran Casiano en el sermón que escribió sobre la humildad — ; y la discreción infunde en el alma una luz clarísima, por la cual algunas veces, por especial don de Dios, llega el hombre a conocer y prever las cosas futuras. ¿Quién dejará, pues, de correr con ánimo alegre por este camino de la obediencia, viendo que trae consigo tanta abundancia de bienes? De esta singular virtud decía aquel excelente cantor: "En tu bondad, Señor, tú has preparado para el alma del pobre que obedece, tu presencia en su corazón" (cf. Sal. 67).

116. No te olvides jamás, en toda tu vida, de aquel gran siervo de Dios, que durante dieciocho años jamás escuchó con sus orejas exteriores decir a su superior: "¡Dios te salve!"; pero que oía con sus orejas interiores, cada día, al Señor diciéndole, no ya: "Dios te salve," que es palabra incierta y de futuro, sino "Ya eres salvo," que es algo definitivo y cierto.

117. Algunos desobedientes, al ver la confianza y la bondad del superior, se trampean a sí mismos pidiéndole decisiones conformes a la propia voluntad. Sepan ellos que de este modo pierden la corona de la obediencia, porque obediencia es perfecta renunciación de la propia voluntad, y de todo artificio y fingimiento.

118. Hay algunos que al recibir el mandamiento, cuando entienden que no es del gusto y la intención del que lo manda, se niegan a cumplirlo. Y hay otros que, aun cuando barrunten la verdadera intención, obedecen simplemente a las palabras. Aquí es de ver: ¿cuál obedeció más perfectamente? A mi entender, aquel que no miró tanto a las palabras, como a la voluntad e intención.

119. No es posible que el diablo sea contrario a sí mismo: deben convencerse de esto todos cuantos viven negligentemente, sea en el monasterio, sea en la soledad. Pues el demonio, cuando los incita a mudar de lugar, no es porque haya cambiado su voluntad, sino para engañarlos más sutilmente. Por tal motivo, si somos tentados a dejar por otro el lugar en que vivimos, tomemos esto como indicio de nuestro adelanto, ya que de no haber adelantado, el enemigo no trataría de apartarnos de allí.

Historia de San Acacio.

120. No quiero ocultar injustamente ni encubrir inhumanamente, lo que sería maldad callar en este lugar. Y ha sido el ilustre Juan el Sabbaíta quien me ha narrado estas cosas admirables de oír y dignas de ser contadas. Por tu propia experiencia, venerado padre, tú sabes que se trata de un hombre que alcanzó la impasibilidad, libre de pasiones y de toda palabra o acción malvadas. He aquí lo que él me ha contado:

"Había en mi monasterio, que está en Asia — pues de allí había venido este santo hombre — , un viejo negligentísimo y muy destemplado; y no digo esto para condenarle sino para transmitir la verdad de los hechos. Tenía este viejo un joven discípulo llamado Acacio — que ignoro como le llegó-, simple de corazón y prudente de espíritu, el cual hubo de soportar tantas cosas del viejo, que serían inenarrables si se las quisiese contar. Porque no sólo lo maltrataba con injurias, deshonras e ignominias, sino también con castigos corporales casi cotidianos. Mas el mozo todo lo sufría, no como insensible, sino como alguien que comprende la importancia de todo aquello. Al verlo cada día tan miserable y tratado cual esclavo, encontrándome con él muchas veces le preguntaba: "¿Qué es esto, hermano Acacio? ¿Cómo te va hoy?." Y Acacio me señalaba con el dedo, ora un ojo morado e hinchado, ora una herida en la cabeza o quizás en la frente. Y sabiendo que él era un trabajador paciente, yo le decía: "Está bien, está bien: sufre virilmente, y al cabo de un tiempo verás los frutos."

Y habiendo pasado nueve años obedeciendo a aquel cruel y áspero viejo, falleció el joven y fue sepultado en el cementerio de los padres. Transcurridos cinco días después de su muerte, acudió el maestro de Acacio a un gran Anciano que allí moraba y le dijo: "Padre, Acacio está muerto." Oyéndole, el Anciano respondió: "En verdad, no podrás convencerme de eso." Dijo entonces el otro: "Pues ven conmigo y has de verlo." Se levantó el santo y acompañó al viejo al cementerio y elevando la voz, como cuando hablaba con él mientras estaba vivo (y verdaderamente estaba vivo en el cielo), dijo: "¡Hermano Acacio! ¿Por ventura estás muerto?" Y el santo obediente, que aun después de la muerte mostraba su obediencia, respondió desde el sepulcro: "¿Cómo puede ser, padre, que muera un hombre entregado a la obediencia?" Entonces el viejo aquel que poco antes se llamaba su maestro, espantado por lo que acababa de oír, cayó en tierra lleno de lágrimas y pidió al abad del monasterio le diese permiso para edificar una celda al lado de aquella sepultura. Y viviendo ya allí con templanza, decía siempre a los padres: "Soy un homicida."

Otra historia, además de esta, me contó el padre Juan, como si la contara de otro. Mas no trataba de otro, sino de él mismo, según pude averiguar más tarde.

Historia de Juan el Sabbaíta (o de Antíoco).

121. "Otro monje de este mismo monasterio de Asia — me dijo él — fue dado por discípulo a un solitario manso y benigno. Y como viese el discípulo que el Anciano lo honraba y lo trataba mansamente, lo cual podía resultarle muy peligroso, prudentemente le rogó que le diera licencia para marcharse. El viejo, dado que tenía otro discípulo, accedió rápidamente. Partió, pues, el monje, con una carta de recomendación hacia un monasterio situado en la región de Ponto: y la primera noche que allí pasó, vio en visión a ciertas personas que le pedían cuenta de su vida. Esas personas, después de aquel terrible examen, le dieron a entender que debía cien libras de oro. Y al despertar, habiendo comprendido la visión, se dijo a sí mismo: "Pobre Antíoco — que así se llamaba — , grande es la deuda que tienes, mucho es lo que debes pagar. De esta manera estuve — dijo él — tres años en el monasterio, obedeciendo a todos sin distinción, menospreciándome e injuriándome todos como a peregrino y forastero, ya que no había allí ningún otro monje extranjero sino yo. Pasados esos tres años, volví a ver en sueños a una persona, la cual me dijo que de aquella deuda, diez libras ya estaban pagadas. Al despertar me dije: "¿No he pagado hasta ahora más que diez libras? Siendo así, ¿cuándo terminaré de pagar lo que aún queda? Pobre Antíoco, es necesario que pases por más trabajos y humillaciones." A partir de ese momento comencé a fingirme bobo y tonto, sin dejar por eso de cumplir cosa alguna del cargo que tenía. Y viéndome los padres servir de ese modo, y con esa alegría, echábanme encima, con poca piedad, las mayores cargas y trabajos del monasterio. Al cabo de otros trece de perseverar en ese modo de vida, vi otra vez a los que antes habían aparecido, los cuales. me dijeron que toda la deuda estaba ya pagada por entero. A partir de entonces, cada vez que los padres me trataban rudamente, me acordaba de esta deuda y lo soportaba con paciencia."

Esta es la historia que me relató aquel sapientísimo padre Juan como siendo de otro, y por eso se puso por nombre Antíoco; mas, verdaderamente fue él quien rompió y borró la escritura de sus deudas con el mérito de la paciencia.

122. Quiero ahora contar cuan grande fue la virtud de la discreción que este santo Anciano alcanzó por su obediencia:

Estando él asentado en el monasterio de San Sabbas, se le acercaron cierta vez tres religiosos jóvenes que deseaban ser sus discípulos. Los recibió el padre con el rostro muy alegre, y les hizo toda la caridad y les dio el mejor trato que pudo a fin de aliviarlos del cansancio del camino. Pasados tres días, les dijo el Anciano: "Perdonadme hermanos, pero soy un mal hombre y no puedo recibir a ninguno de vosotros por discípulo." Ellos no se escandalizaron porque conocían bien la santidad y las obras del Anciano. Pero, como después de mucho rogar no pudieron lograr que él los recibiese, postrados a sus pies le pidieron que, al menos, les diese una regla de vida, y les enseñase el lugar y la forma de vivir. El Anciano, sabiendo que pedían esto con humildad y con el alma dispuesta a la obediencia, accedió finalmente, diciendo al primero: "Quiere el Señor, hijo mío, que vivas en soledad y sujeto a un padre espiritual." Al segundo le dijo: "Ve y vende todas tus propias voluntades y ofréndalas a Dios, y tomando tu cruz a cuestas vive en algún monasterio y así tendrás un tesoro guardado en el cielo." Al tercero le dijo: "Escribe en tu corazón y abrázate permanentemente a aquella palabra del Salvador que dice: Έ1 que perseverare hasta el fin, serα salvo' (cf. Mt. 10). Y si te fuera posible busca un maestro y guía de tus ejercicios, el más áspero y pesado que pudieras encontrar entre los hombres, y bajo él persevera, bebiendo siempre, cual leche y miel, sus reprensiones y menosprecios." A lo cual respondió el religioso: "Padre, y si éste fuera negligente, ¿qué haré?. Respondió el padre: "Aunque lo vieres fornicar, no te apartes de él, sino vuelve a ti mismo y di: 'Amigo, ¿a qué has venido?', y verás luego deshacerse la hinchazón de tu soberbia, y suavizarse el furor de tu ira."

123. Todos nosotros, que tememos al Señor, debemos combatir con todas nuestras fuerzas, a fin de que en esta escuela no vengamos a adquirir, en lugar de la virtud que buscamos, la malicia y la astucia, la perversidad y la cólera, pues entonces, tal como lo quiere el enemigo, se detendrá nuestra carrera. Porque los enemigos del rey no se alzan contra labradores, marineros o personas comunes, sino contra aquellos que han sido armados caballeros por el rey, y han recibido de él el escudo, y la espada, y el arco, y la vestidura militar. Contra estos últimos se enfurecen y a ellos procuran dañar. Es por esto que no podemos descuidarnos.

124. He visto muchas veces que algunos niños hermosos e inocentes acudían a las escuelas para estudiar y adquirir la sabiduría, los cuales, en lugar de eso, obtuvieron astucia y malicia en su contacto con los otros. El que tiene juicio, que lea y entienda.

125. Es imposible que aquellos que con todo su corazón, se ejercitan en un arte no progresen día a día. Mas, así como hay algunos que conocen su propio progreso, hay otros que lo ignoran por disposición de Dios.

126. Un buen banquero o comerciante jamás olvida, al final de la jornada, hacer la cuenta de sus pérdidas y sus ganancias. Mas él no podrá hacer esa cuenta con exactitud, si no anotare durante el día cada operación. Porque sólo así podrá hacer fácilmente su balance.

127. Cuando un insensato es reprendido y condenado, rápidamente se aflige y se acongoja a fin de acallar al que lo reprende: postrado a sus pies pide perdón, no por humildad sino para detener los reproches. Mas cuando tú fueras reprendido, calla y recibe en tu alma ese cauterio, o mejor, esas llamas purificadoras; y cuando el médico acabare de quemar, recién entonces humildemente pídele que te perdone, porque mientras él esté irritado, no aceptará tu pedido.

128. Los que vivimos en comunidad debemos combatir en todo momento contra todas las pasiones; pero especialmente contra dos enemigos es conveniente que lo hagamos: la ira y la gula, porque estos dos vicios tienen más lugar en la vida de comunidad que en la soledad.

129. A quienes viven en obediencia suele el demonio inspirarles el deseo por virtudes inalcanzables; y a los que viven en soledad, por el contrario, les hace desear aquello que no corresponde a su estado.

Si examinas atentamente el corazón de los cenobitas adúlteros tú encontrarás un pensamiento que se extravía: un gran deseo de quietud, de grandes ayunos, de la oración sin distracciones, de la total liberación de la vanagloria, del recuerdo continuo de la muerte, de la compunción permanente, de la perfecta mortificación de la ira, de un profundo silencio y de una castidad sobrehumana. El demonio les hace desear todas estas cosas antes de tiempo, a fin de que, engañados, se precipiten hacia otro género de vida sin estar preparados y maduros para ello. De este modo les impide obtener todo esto en el tiempo debido por su perseverancia en el monasterio.

Ante los ojos de los que viven en soledad, por el contrario, el enemigo hace brillar la gloria de la obediencia, la hospitalidad de los cenobitas, el cuidado de los huéspedes y peregrinos, el amor de los hermanos, la dulzura de la conversación familiar, la atención a los enfermos, y otras tantas cosas que no pertenecen a su estado, a fín de tornarlos a ellos tan inestables como a los primeros.

130. Pocos son, sin duda, los que viven como conviene en soledad. Solamente son capaces de hacerlo aquellos que nada más tienen que el consuelo divino para aliviarlos en sus trabajos y para ayudarlos en sus combates.

131. Para acertar en la elección del maestro, conviene que examines la naturaleza de tus pasiones e inclinaciones. Si te sientes inclinado a la lujuria y a los deleites del cuerpo, busca un padre que no le haga ningún tipo de concesiones al vientre, y no uno que deba siempre recibir huéspedes en su casa, a fin de que no se transforme este hecho en materia y ocasión de gula. Si eres de un natural altivo y soberbio,busca un padre ferviente y duro, no uno manso ni blando.

No busquemos padres que con espíritu profético alcancen las cosas venideras, sino aquellos que sean principalmente humildes, y que por sus costumbres y por el lugar en que viven resulten más convenientes para curar nuestras enfermedades.

132. Esfuérzate por imitar al justo Abaciro, a quien mencionamos más arriba, pues el mejor medio para obedecer prontamene es pensar que nuestro padre nos pone a prueba en cada cosa. De ese modo jamás te engañarás.

133. Si tu superior te reprende sin cesar, y cuanto más te reprende más unido te sientes a él, esto significa que el Espíritu Santo ha venido invisiblemente a morar en tu alma y que la virtud del Altísimo te hace sombra. Mas no te glories ni te regocijes por sufrir las ignominias con paciencia, sino, antes, llora por haber hecho aquellas cosas que te hicieron merecedor de la ignominia, y por haber turbado un alma irritándola contra ti.

134. No te asombres ni dudes de lo que ahora he de decirte, pues me apoyo en la autoridad de Moisés para defender esta sentencia. Aunque sea verdad que es mayor culpa pecar contra Dios que hacerlo contra el padre (espiritual), sin embargo se puede decir, de alguna manera, que es más peligroso pecar contra el padre que contra Dios. Porque si provocamos la ira de Dios, nuestro padre lo aplacará, como Moisés a Dios cuando el pueblo pecó contra Él (cf. Ex. 32); mas si ofendemos a nuestro padre no tenemos quien nos reconcilie con Dios; como no lo hizo el mismo Moisés cuando pecaron contra él Dathan y Abiron (cf. Num. 16), los cuales perecieron por faltarles reconciliador.

135. Miremos y examinemos con mucha atención y vigilancia qué es lo que debemos hacer en cada tiempo. Porque algunas veces, cuando somos reprendidos por nuestro pastor, nos conviene callar y sufrir alegremente, y otras veces conviene dar razón de lo que hicimos. A mi entender, debemos siempre callar en aquellas cosas que redundan en ignominia nuestra, porque entonces es tiempo de ganar; mas en las cosas que redundan en perjuicio de otro, debemos dar razón y establecer la verdad, pues a ello nos obligan los lazos del amor y la paz.

136. Todos los que abandonaron la obediencia podrán muy bien declarar en favor de su utilidad, porque ellos pudieron conocer el cielo donde estaban cuando se vieron fuera de él.

137. Aquel que camina hacia Dios y procura alcanzar la perfecta quietud del alma, tenga por gran pérdida cada día que pase sin sufrir alguna humillación.

138. Porque así como los árboles que son sacudidos por fuertes vientos echan siempre más hondo sus raíces, así también los que viven la obediencia tienen almas fuertes e inquebrantables por los combates que padecen.

139. Aquel que reconoció su propia debilidad viviendo en soledad, y que reconociéndola se entregó a la obediencia, éste, siendo ciego, abrió los ojos, y sin trabajo pudo ver a Cristo.

140. ¡Hermanos atletas! ¡Los que corréis y los que lucháis! .escuchad lo que el Sabio dice de vosotros: "Como al oro en el crisol los probó, o sea en los trabajos de la vida monástica, y como a sacrificio de holocausto, los aceptó en su seno" (cf. Sab. 6:3).

San Juan Clímaco

 

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