Wednesday, April 27, 2016

Akathisto Por el Descanso de los Que se han Dormido en el Señor


  1. Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Si no hay Sacerdote: Por las oraciones de nuestros Santos Padres, oh Señor Jesucristo, Dios Nuestro, Ten piedad de nosotros. Amén.
Gloria a Ti, Dios Nuestro, Gloria a Ti.
Rey del Cielo, Consolador, Espíritu de la Verdad, que estás en todo lugar, y que todo lo llenas, Tesoro de bienes y Dador de la Vida, ven y haz de nosotros tu morada, purifícanos de toda mancha, y salva, Tú que eres bueno, nuestras almas.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor, purifícanos de nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras transgresiones. Santo, visítanos y cura nuestras enfermedades, por tu nombre.
Señor, ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu Majestad, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan sobreesencial dánosle hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos introduzcas en la tentación, mas líbranos del maligno.
  1. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
El coro canta estos Troparios, tono 6º. En los días de fiesta y los domingos, se omiten.
Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros, porque aunque pecadores y privados de toda defensa, te ofrecemos como a nuestro Dueño esta súplica: Ten piedad de nosotros.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Señor, ten piedad de nosotros, pues hemos esperado en ti; no estés airado contra nosotros, ni te acuerdes de nuestras transgresiones, mas vuélvete hacia nosotros, oh Bondadoso, y líbranos de nuestros enemigos, porque eres nuestro Dios, y nosotros tu pueblo, la obra de tus manos, y clamamos a tu nombre.
Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Ábrenos las puertas de la misericordia, oh bienaventurada Madre de Dios, porque hemos esperado en ti; no permitas que perezcamos, sino que por ti seamos librados de las adversidades, porque eres la salvación del pueblo cristiano.
Señor, ten piedad (12 veces)
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 50
Ten compasión de mí, oh Dios, en la medida de tu misericordia; según la grandeza de tus bondades, borra mi iniquidad. Lávame a fondo de mi culpa, límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mi maldad y tengo siempre delante mi delito. He pecado contra Ti, contra Ti solo, he obrado lo que es desagradable a tus ojos, de modo que se manifieste la justicia de tu juicio y tengas razón en condenarme. Es que soy nacido en la iniquidad, y ya mi madre me concibió en pecado. Mas he aquí que Tú te complaces en la sinceridad del corazón, y en lo íntimo del mío me haces conocer la sabiduría. Rocíame, pues, con hisopo, y seré limpio; lávame Tú, y quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír tu palabra de gozo y de alegría, y saltarán de felicidad estos huesos que has quebrantado. Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis culpas. Crea en mí, oh dios, un corazón sencillo, y renueva en mi interior un espíritu recto. No me rechaces de tu presencia, y no me quites el espíritu de tu santidad. Devuélveme la alegría de tu salud; confírmame en un espíritu de príncipe. Enseñaré a los malos tus caminos; y los pecadores se convertirán a Ti. Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío, y vibre mi lengua de exultación por tu justicia. Abre Tú mis labios, oh Señor, y mi boca publicará tus alabanzas, pues los sacrificios no te agradan, y si te ofreciera un holocausto no lo aceptarías. Mi sacrificio, oh Dios, es el espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado. Por tu misericordia, Señor, obra benignamente con Sión; reconstruye los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios legales, las oblaciones y los holocaustos; entonces se ofrecerán becerros sobre tu altar.
Salmo 69
Ven a librarme, Dios mío, apresúrate, Señor, a socorrerme. Confundidos y sonrojados queden los que buscan mi vida; vuelvan la espalda cubiertos de vergüenza los que se gozan de mis males. Retrocedan llenos de confusión los que me dicen: “¡ajá! ¡ajá!”. Mas alégrense en Ti y regocíjense todos los que te buscan; y los que aman tu auxilio digan siempre: “Dios es grande”. Yo soy miserable y doliente; mas Tú, oh Dios, ven en mi socorro. Mi amparo y libertador eres Tú, oh Dios, no tardes.
Salmo 142
Señor, escucha mi oración, presta oído a mi súplica según tu fidelidad; óyeme por tu justicia, y no entres en juicio con tu siervo, porque ningún viviente es justo delante de Ti. El enemigo persigue mi alma, ha postrado en tierra mi vida; me ha encerrado en las tinieblas, como los ya difuntos. El espíritu ha desfallecido en mí, y mi corazón está helado en mi pecho. Me acuerdo de los días antiguos, medito en todas tus obras, contemplo las hazañas de tus manos, y extiendo hacia Ti las mías; como tierra falta de agua, mi alma tiene sed de Ti. Escúchame pronto, Señor, porque mi espíritu languidece. No quieras esconder de mí tu rostro: sería yo como los que bajaron a la tumba. Hazme sentir al punto tu misericordia, pues en Ti coloco mi confianza. Muéstrame el camino que debo seguir, ya que hacia Ti levanto mi alma. Líbrame de mis enemigos, Señor; a Ti me entrego. Enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios. Tu Espíritu es bueno; guíame, pues, por camino llano. Por tu Nombre, Señor, guarda mi vida; por tu clemencia saca mi alma de la angustia. Y por tu gracia acaba con mis enemigos, y disipa a cuantos atribulan mi alma, porque soy siervo tuyo.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti oh Dios.
Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un Solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho, que por nosotros los hombres y para nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre, y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día según las escrituras y subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre y de nuevo volverá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia. Que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Contaquio I
Oh Tú, que por Tu inescrutable Providencia preparaste al mundo para la bienaventuranza eterna y que señalaste los tiempos y las estaciones y el modo de nuestro fin: perdona, oh Señor, a los que han muerto en tiempos pasados en todos sus pecados; recíbelos en el reino de la luz y del gozo, apresúrate a abrirles tus paternales brazos, y escucha a los que celebramos su memoria y cantamos: ¡Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido!.
Ikos I
Oh Tú, que salvas a Adán y a toda la raza humana de la perdición eterna, que enviaste a Tu Hijo al mundo, oh Buen Dios, y que por Su Cruz y Resurrección nos concedes también la vida eterna. Confiando en tu infinita misericordia, buscamos el reino inmortal de Tu gloria, te imploramos que se lo concedas a los que se han dormido y rezamos:
Alegra, oh Señor, las almas cansadas por las tormentas de la vida, para que las penas terrenales y los cánticos no los entierren en el olvido.
Escúchalos, oh Señor, en Tu seno, como una madre responde a sus hijos, y diles: vuestros pecados son perdonados.
Recíbelos, oh Señor, en Tu refugio tranquilo y bendito para que puedan regocijarse en Tu gloria divina.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio II
Iluminado por la luz de lo Alto, San Macario escuchó una voz de un cráneo pagano: “Cuando rezas por los que sufren en el infierno, hay alivio para los paganos”. Oh maravilloso poder de la oración cristiana, por la que incluso las regiones infernales son iluminadas. Tanto creyentes como incrédulos reciben consuelo cuando clamamos por todo el mundo: ¡Aleluya!
Ikos II
San Isaac el Sirio dijo una vez: “Un corazón misericordioso es el que arde de amor por los hombres y animales y por toda la creación, y en todo tiempo ofrece oraciones con lágrimas para que puedan ser purificados y protegidos”. Del mismo modo, nosotros valientemente suplicamos al Señor que ayude a los muertos desde el principio del tiempo y clamamos:
Envíanos, oh Señor, el don de la oración ferviente por los muertos.
Recuerda, oh Señor, a todos los que nos han pedido, indignos como somos, que recemos por ellos, y perdonas los pecados que han olvidado.
Recuerda, oh Señor, a los que han sido enterrados sin oraciones.
Recibe, oh Señor, en Tus moradas, a todos los que han muerto de pena o júbilo por una muerte repentina o prematura.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio III
Somos culpables de las calamidades del mundo, del sufrimiento de las criaturas irracionales, de las enfermedades y tormentos de los niños inocentes, pues por causa de la caída del hombre, ha sido afectada la bienaventuranza y la belleza de toda la creación. ¡Oh Cristo nuestro Dios, el más grande de todos los sufrientes!. Sólo tú puedes perdonarnos a todos. Así pues, perdona a todos y todo, y concede al mundo su prosperidad primera, para que los vivos y los muertos puedan regocijarse y clamar: ¡Aleluya!.
Ikos III
Oh Gozosa Luz, Redentor del mundo, abraza a todo el universo con Tu amor, pues he aquí, se escucha Tu clamor desde la Cruz por Tus enemigos: “Padre, perdónalos”. En nombre de Tu amor perdonador nos atrevemos a rezar a Tu Padre Eterno por el descanso eterno de Tus enemigos y de los nuestros.
Perdona, oh Señor, a los que han vertido sangre inocente, a los que han sembrado el camino de nuestra vida con penas, a los que han caminado en la prosperidad por medio de las lágrimas de sus prójimos.
No condenes, oh Señor, a los que nos persiguen con calumnias y maldad.
Paga con misericordia a los que hemos perjudicado u ofendido por ignorancia, y concede que nuestra oración por ellos sea santa por el sacramento de la reconciliación.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio IV
Salva, oh Señor, a los que han muerto en graves sufrimientos, a los que han sido asesinados, a los que fueron enterrados vivos, a los que fueron ahogados o quemados, a los que fueron devorados por bestias salvajes, a los que murieron de hambre o frío, a los que estaban expuestos en las tempestades, a los que cayeron desde grandes alturas, y concédeles a todos el descanso eterno por la pena de su muerte. Que el tiempo de su sufrimiento sea bendecido como un día de redención, para que puedan cantar: ¡Aleluya!.
Ikos IV
Recompensa con la compasión de Tu infinito amor, oh Señor, a los que han muerto en la flor de su juventud, que recibieron en la tierra la corona de espinas del sufrimiento y nunca experimentaron el gozo terrenal. Concede la recompensa a los que murieron a causa de excesivo trabajo, por explotación o trabajo agotador.
Recibe, oh Señor, en las salas nupciales del paraíso a los chicos y chicas, y concédeles el gozo en el banquete de bodas de Tu Hijo.
Conforta y consuela el dolor de los padres por sus hijos muertos.
Da descanso, oh Señor, a los que no tienen a nadie que Te ofrezca oraciones por ellos, a Ti su creador, para que sus pecados sean borrados en la deslumbrante luz de Tu perdón.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio V
Nos has dado la muerte como último prodigio para devolvernos a nuestros sentidos y al arrepentimiento, oh Señor. En esta luz terrible, la vanidad terrenal queda expuesta, y las pasiones carnales y los sufrimientos se vuelven tenues, y se humilla la razón sumisa. La justicia eterna y la rectitud se abren ante nuestros ojos y así, los incrédulos y los sobrecargados de pecados confiesan en su lecho de muerte Tu existencia real y eterna y claman a Tu misericordia: ¡Aleluya!
Ikos V
Oh Padre de todo consuelo y alivio. Tú resplandeces con el sol, T deleitas en tus frutos y Te alegras con la belleza del mundo, tanto con tus amigos como con tus enemigos.
Y creemos que incluso más allá de la tumba, Tu bondadoso amor, que es misericordioso incluso con los pecadores rechazados, no falla.
Nos afligimos por los blasfemos malvados y empedernidos de Tu Santidad.
Que Tu salvífica y graciosa Voluntad esté sobre ellos.
Perdona, oh Señor, a los que han muerto sin arrepentimiento.
Salva a los que han cometido suicidio en la oscuridad de su mente, para que la llama de su pecado se extinga en el océano de Tu gracia.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VI
Terrible es la oscuridad de un alma separada de Dios, el tormento de su conciencia, el rechinar de sus dientes, el inextinguible fuego y el gusano que no muere. Tiemblo por el pensamiento de este hecho, y rezo por los que sufren en el infierno, así como por mí mismo. Que nuestros himnos desciendan sobre ellos como rocío refrescante mientras cantamos: ¡Aleluya!
Ikos VI
Tu luz, oh Cristo nuestro Dios, ha resplandecido sobre los que moran en la oscuridad y en la sombra de la muerte y sobre los que están en el infierno y no pueden clamarte. Desciende a las regiones infernales de la tierra, oh Señor, y lleva el gozo de Tu gracia a Tus hijos que se han separado de Ti por el pecado, pero que no Te han rechazado.
Pues sufren cruelmente. Ten misericordia de ellos.
Pues pecaron contra el cielo y ante Ti, y sus pecados son infinitamente graves, pero Tu misericordia es infinita.
Visita la amarga miseria de las almas separadas de Ti.
Ten piedad, oh Señor, de los que odiaron la verdad por ignorancia.
Que Tu amor esté sobre ellos, no como fuego consumidor, sino como frescura del Paraíso.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VII
Queriendo ayudar por Tu poderoso poder a Tus siervos que se han dormido, apareciste a tus amados, oh Señor en sueños misteriosos, inspirándoles claramente que rezaran, para que pudieran recordar a los difuntos, y que hicieran buenas obras y trabajo, con fe y amor por ellos, clamando: ¡Aleluya!
Ikos VII
La Iglesia universal de Cristo ofrece incesantemente oraciones a toda hora por los difuntos de todo el mundo, para que los pecados del mundo sean lavados por la purísima Sangre de Tu divina corona, y para que las almas de los que se han dormido sean llevadas de la muerte a la vida y de la tierra al cielo por el poder de las oraciones ofrecidas por ellos en los altares de Dios.
Que la intercesión de la Iglesia por los muertos, oh Señor, sea una escalera al cielo.
Ten piedad de ellos, oh Señor, por la intercesión de la santísima Theotokos y de todos los santos.
Perdónales sus pecados por Tus siervos que Te claman día y noche.
Por los hijos inocentes, oh Señor, ten piedad de sus padres, y por las lágrimas de sus madres, perdona los pecados de sus hijos.
Por las oraciones de los inocentes que sufren y por la sangre de los mártires, perdona y ten piedad de los pecadores.
Recibe, oh Señor, nuestras oraciones como recuerdo de sus virtudes.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio VIII
El mundo entero es un cementerio sagrado y común, pues en todo lugar está el polvo de nuestros padres y hermanos. Oh Cristo nuestro Dios, que nos amas invariablemente, perdona a todos los que han muerto desde el principio hasta ahora, para que puedan cantarte con infinito amor: ¡Aleluya!
Ikos VIII
Viene el día, como horno incandescente, el día grande y terrible del Juicio Final, cuando los secretos de los hombres sean revelados y los libros de la conciencia sean expuestos.
“Reconciliaos con Dios”, clama San Pablo.
“Reconciliados antes de aquel día terrible”.
Ayúdanos, oh Señor, a cubrir con las lágrimas de los vivos aquello que estaba ausente en los muertos.
Que el sonido de la trompeta del ángel, oh Señor, sea para ellos el anuncio alegre de su salvación y la gozosa manumisión de su libertad en la hora de Tu juicio.
Corona con gloria a los que han sufrido por Ti, oh Señor, y cubre los pecados de los débiles con Tu bondad.
Oh Señor, que conoces a todos por su nombre, recuerda a los que buscaron la salvación en la vida monástica.
Recuerda a los bienaventurados pastores con sus hijos espirituales.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio IX
Bendice el paso ligero del tiempo. Pues toda hora y todo momento, trae cercana a la eternidad. Una nueva pena, un nuevo cabello gris son los heraldos del mundo venidero, testigos de la corrupción terrenal, pues todo pasa (ellos nos lo dice), y el reino eterno está cercano, donde no hay pena, ni suspiro, ni lágrimas, sino canto gozoso: ¡Aleluya!
Ikos IX
Así como un árbol pierde sus hojas pasado un tiempo, sí nuestros días, tras un cierto número de años, llegan a su fin.
El festival de la juventud se va, la lámpara del gozo huye, la locura y la despojo de los años se acerca.
Amigos y parientes mueren. ¿Dónde estás, joven que disfrutabas de tu juventud?.
Sus tumbas están en silencio, pero sus almas están en Tu mano.
Pensemos cómo nos miran desde el mundo espiritual.
Oh Señor, Sol resplandeciente, ilumina y calienta las moradas de los que se han dormido.
Que el tiempo de nuestra amarga separación pase para siempre.
Concede que todos sean uno contigo, oh Señor.
Restaura en los fallecidos, oh Señor, la pureza de la niñez y el espíritu genial de la juventud, y que la vida eterna sea para ellos una fiesta Pascual.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio X
Vertiendo lágrimas en las tumbas de nuestros familiares, rezamos con esperanza y clamamos con expectación: Dinos, oh Señor, que sus pecados son perdonados. Da a nuestro espíritu una seguridad secreta de ello, para que podamos cantar: ¡Aleluya!
Ikos X
Mirando a tras, veo nuestra vida pasada. ¡Que vasta multitud de gente ha fallecido desde el primer día hasta ahora!. Y muchos de ellos me han hecho bondades. Con gratitud por lo que les debo, con amor Te clamo:
Concede la gloria celestial, oh Señor, a mis parientes y a mis queridos y cercanos familiares que me vieron desde mi cuna en la niñez, y me criaron y me educaron.
Glorifica, oh Señor, en la presencia de los santos ángeles, a los que me contaron las alegres nuevas de salvación y me enseñaron lo que es justo y bueno, lo justo y verdadero, por el santo ejemplo de sus vidas.
Llena con regocijo, oh Señor, a los que me alimentaron con el maná oculto en los días de mi pena y aflicción.
Recompensa y salva a todos los benefactores y a los que ayudaron a otros personalmente y con la oración.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XI
¿Oh muerte, dónde está tu aguijón?. ¿Dónde está la oscuridad y el terror que reinaba en el pasado?. Desde ahora eres el ansia para la unión inseparable con Dios. ¡Oh gran paz del Sábado místico!. Queremos morir y estar con Cristo, clama el apóstol. Por eso, también miramos la muerte como la puerta hacia la vida eterna, y clamamos: ¡Aleluya!
Ikos XI
Los muertos se levantarán y los que están en las tumbas se pondrán en pie, y los que estén vivos en la tierra exultarán de gozo cuando estén con sus cuerpos espirituales, radiantes de gloria e incorrupción.
Huesos secos, escuchad la palabra del Señor: “Dispondré sobre vosotros un espíritu de vida, y pondré tendones sobre vosotros, y os revestiré de carne, y os cubriré con piel”.
Levantaos, los antiguos, pues sois redimidos por la sangre del Hijo de Dios, restaurados a la vida por Su muerte, pues la luz de la Resurrección ha amanecido sobre vosotros.
Ábreles ahora, oh Señor, el abismo de Tus perfecciones.
Tú has hecho brillar sobre ellos la luz del sol y de la luna, para que puedan ver la gloria de los coros radiantes de los ángeles.
Los has deleitado con la magnificencia de las luces celestiales del oriente y del occidente, para que también puedan ver la luz sin ocaso de Tu Divinidad.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XII
La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios. Mientras vivimos en la carne, estamos separados de Cristo. Y si morimos, viviremos eternamente. Pues nuestro cuerpo corruptible debe revestirse de incorrupción, y esta naturaleza mortal debe resplandecer con la inmortalidad, para que en la luz del día eterno podamos cantar: ¡Aleluya!.
Ikos XII
Esperamos el encuentro con el Señor, esperamos el alba clara de la Resurrección, esperamos la resurrección de sus tumbas de nuestros parientes muertos y de nuestros allegados, y su restauración a la santa belleza de vida.
Y nos regocijamos en la próxima transfiguración de toda la creación y clamamos a nuestro Creador: “Oh Señor, que creaste al mundo para el triunfo del gozo y la bondad, que nos has restaurado de los abismos del pecado a la santidad, concede que los muertos puedan reinar en la nueva creación y resplandezcan como luces celestiales en el día de su gloria.
Que el Divino Cordero sea su luz perpetua.
Concede, oh Señor, que también nosotros podamos celebrar con ellos la Pascua inmortal.
Une a los muertos y a los vivos en un gozo interminable.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio XIII
(Este contaquio se Repite tres veces)
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Oh misericordioso y eterno padre, cuya voluntad es que todos se salven, que enviaste a Tu Hijo a los perdidos y derramaste Tu vivificador Espíritu: Ten piedad de nuestros familiares y nuestros allegados que se han dormido, y de todos los que han muerto desde todos los tiempos; perdónalos y sálvalos, y por su intercesión visítanos, para que con ellos, podamos clamarte, oh nuestro Dios y Salvador, el himno de victoria: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
(Se repite el ikos I y el contaquio I)
Ikos I
Oh Tú, que salvas a Adán y a toda la raza humana de la perdición eterna, que enviaste a Tu Hijo al mundo, oh Buen Dios, y que por Su Cruz y Resurrección nos concedes también la vida eterna. Confiando en tu infinita misericordia, buscamos el reino inmortal de Tu gloria, te imploramos que se lo concedas a los que se han dormido y rezamos:
Alegra, oh Señor, las almas cansadas por las tormentas de la vida, para que las penas terrenales y los cánticos no los entierren en el olvido.
Escúchalos, oh Señor, en Tu seno, como una madre responde a sus hijos, y diles: vuestros pecados son perdonados.
Recíbelos, oh Señor, en Tu refugio tranquilo y bendito para que puedan regocijarse en Tu gloria divina.
Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido.
Contaquio I
Oh Tú, que por Tu inescrutable Providencia preparaste al mundo para la bienaventuranza eterna y que señalaste los tiempos y las estaciones y el modo de nuestro fin: perdona, oh Señor, a los que han muerto en tiempos pasados en todos sus pecados; recíbelos en el reino de la luz y del gozo, apresúrate a abrirles tus paternales brazos, y escucha a los que celebramos su memoria y cantamos: ¡Oh Señor de indecible amor, recuerda a Tus siervos que se han dormido!.

Oración Por los Que se han Dormido.
Oh Dios de los espíritus y de toda carne, que has pisoteado la muerte, derrotado al maligno y dado vida a Tu mundo:
Da descanso, oh Señor, a las almas de Tus siervos que se han dormido: patriarcas, metropolitas, arzobispos, obispos, sacerdotes, diáconos, hipodiáconos, monjes y monjas, y a todos los que Te han servido en Tu iglesia, a los fundadores de todas las iglesias y monasterios, y a todos los antepasados ortodoxos, padres, hermanos y hermanas que han muerto aquí y en todo lugar, oficiales, soldados y los ejércitos de tierra, mar y aire que han entregado sus vidas por su fe y país, a todos los fieles asesinados en las guerras civiles, a los que se han ahogado, quemado, congelado hasta la muerte, devorados por bestias salvajes, y los que han muerto repentinamente sin arrepentimiento y no tuvieron tiempo de reconciliarse con la Iglesia y con sus enemigos, a los que arrebataron sus vidas en un momento de trastorno mental, a los que pidieron que rezáramos por ellos, a los que no tienen a nadie que rece por ellos, a los que murieron sin un entierro cristiano, (NOMBRES), en la morada de la luz, en la morada de delicia, en la morada de descanso, donde no ha sufrimiento, ni pena, ni dolor. Perdona todos sus pecados de pensamiento, palabra y obra, porque Tú eres un Dios bondadoso y Amante de los hombres. Pues no hay nadie que viva sin pecado. Tú eres el único sin pecado, y Tu justicia es la justicia eterna, y Tu Palabra es la Verdad.
Pues Tú eres la Resurrección, la Vida y el Descanso de Tus siervos que se han dormido (NOMBRES), oh Cristo Dios nuestro, y a Ti te rendimos gloria, junto con Tu Padre Eterno, y Tu santísimo, bueno y vivificador Espíritu, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  1. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor, purifícanos de nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras transgresiones. Santo, visítanos y cura nuestras dolencias por tu nombre.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu Majestad, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan sobreesencial dánosle hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos introduzcas en la tentación, mas líbranos del maligno.
  1. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
  1. Bendice, padre.
  1. Aquél, que es bendito os bendiga, Cristo, Dios nuestro, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
  1. Amén. Oh Cristo nuestro Dios, fortalece en la santa y verdadera fe a todos los cristianos piadosos y ortodoxos, así como a esta santa asamblea por los siglos de los siglos.
  1. ¡Santísima Madre de Dios, sálvanos!
  1. Tú más venerable que los querubines, e incomparablemente más gloriosa que los serafines, que sin mancha engendraste a Dios el Verbo, a Ti verdadera Madre de Dios, te magnificamos.
  1. ¡Gloria a Ti, Cristo Dios nuestro, esperanza nuestra, gloria a Ti!
  1. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
  2. Señor ten piedad, Señor ten piedad, Señor ten piedad,
  3. Padre, bendice.
  1. Que Cristo, nuestro verdadero Dios, por las plegarias de su Madre Santísima, toda pura e inmaculada, de los santos gloriosos Apóstoles, de los santos y justos antepasados del Señor, Joaquín y Ana y de todos los Santos, dé el descanso a todos sus siervos difuntos, tenga piedad de nosotros y nos salve, porque él es bueno y amante de la humanidad.
  1. Amén.

                                    Catecismo Ortodoxo

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El amor de Dios ( San Tikon de Zandonsk )


Amados cristianos, todos los cristianos dicen: “¿Cómo no amaremos a Dios?”, o “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Esto es muy cierto, “¿cómo no amaremos a Dios?”. Y asimismo, “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Dios es el bien supremo, increado, sin principio, sin fin, existente y sin cambio. Así como el sol siempre resplandece, así como el fuego siempre calienta, así mismo Dios es bueno por naturaleza. Él es, y siempre hace, el bien, pues “Uno solo es el bueno” (Mateo 19:17). Dios hace el bien incluso cuando nos castiga, pues nos castiga para poder corregirnos. Él nos golpea para poder tener misericordia de nosotros, nos da penas para consolarnos verdaderamente. Pues “el Señor corrige a quien ama, y a todo el que recibe por hijo, le azota” (Hebreos 12:6). Entonces, ¿cómo puede alguien no amar un bien tan grande como Dios? Dios es nuestro Creador. Él nos creó de la nada. No existíamos, y he aquí, vivimos, nos movemos y tenemos el ser. Sus poderosas manos nos formaron y nos crearon. Él nos creó, oh hombres, no como a las demás criaturas, insensatas e irracionales. Nos creó por Su propio consejo divino especial, “Hagamos al hombre” (Génesis 1:26). De otras criaturas se dice: “Porque Él lo mandó y fueron creados” (Salmos 148:5), pero no así con el hombre. ¿Y entonces qué?. Dice: “Hagamos al hombre”. ¡Oh santo, oh amado Consejo! El Dios Tri-Hipostático, Padre, Hijo y Espíritu Santo, dijo del hombre, “Hagamos al hombre”. ¿Qué clase de hombre?. Él dijo: “a imagen nuestra, según nuestra semejanza” (Génesis 1:26). ¡Oh maravillosa bondad de Dios para con el hombre! ¡Oh exaltado honor del hombre! ¡El hombre fue creado por Dios a imagen y semejanza de Dios!. ¿A qué criatura ha concedido Dios tal honor? No conocemos ninguna igual. Fue concedida al hombre y fue honrado con la imagen de Dios. ¡Oh amada y hermosa creación de Dios, el hombre, imagen de Dios!. El hombre la lleva en sí mismo como un sello real. Así como se honra al rey, así es su retrato. Así como a Dios el Rey Celestial le es debido todo el honor, así mismo a Su imagen, el hombre. Dios derramó su bondad sobre nosotros, en nuestra creación, oh cristiano. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios?.

Caímos y perecimos. No podemos lamentarnos suficientemente por esto: “Porque el hombre no permanece en su opulencia; desaparece como los brutos” (Salmos 48:13). Pero incluso así, Dios, que ama a la humanidad, no nos abandonó, sino que encontró un maravilloso medio para nuestra salvación. Nos envió a su Hijo Unigénito para salvarnos y reunirnos con Él. “Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto? Así como le llamamos: Dios es el Amante de la humanidad, así mismo el hombre debe ser un amante de Dios. Pues no se puede dar otra cosa a cambio del amor, mas que amor y gratitud.

Dios es nuestro abastecedor. Piensa por nosotros y nos cuida. Nos da nuestro alimento, vestido y hogar. Su sol, su luna y sus estrellas nos dan luz. Su fuego nos calienta y cocinamos nuestra comida con él. Su agua nos lava y nos refresca. Sus bestias nos sirven. Su aire nos aviva y nos mantiene vivos. En una palabra, estamos rodeados por sus bendiciones y amor, y sin ellas no somos capaces de vivir ni un momento. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto?. Amamos a un hombre que hace el bien; pues tanto más debemos amar a Dios que hace el bien, de quien somos creación, y todo lo que podamos poseer. Toda la creación, y el hombre mismo, es posesión de Dios. “De Dios es la tierra y cuanto ella contiene” (Salmos 23:1).

Dios es nuestro Padre. Le rezamos y decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo”, y lo que continúa. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios el Padre? Los buenos hijos aman necesariamente a su padre. Entonces, si queremos ser verdaderos hijos de Dios, y sin hipocresía Le llamamos Padre, entonces también debemos amarle como Padre.

Verdaderamente, todos dicen: “¿cómo no amaremos a Dios?”. El amor, como toda virtud, debe residir también en nuestro corazón. Si el amor no reside en el corazón, entonces no existe. Dios no dice: “amad, sed humildes, sed compasivos, implorad, clamadme”, y todo lo demás, a nuestros labios, sino a nuestro corazón. Entonces, el amor, la humildad, la compasión, la oración y todo lo demás, debe residir en el corazón. Y si no mora en el corazón, inevitablemente saldrá de él como una eructación del estómago. Un fuego oculto se revela a sí mismo por su calor, y un bálsamo fragante, por su aroma. Así, David mostró el santo amor que tenía por Dios mediante sus dulcísimos himnos a Él. “Te amo, Señor, fortaleza mía, mi peña, mi baluarte, mi libertador, Dios mío, mi roca, mi refugio, broquel mío, cuerno de mi salud, asilo mío” (Salmos 17:2-3), y en otros muchos lugares. Aunque el amor pueda estar oculto en el corazón, no se puede ocultar, sino que se muestra a sí mismo por medio de signos externos. 


        Sobre el amor a Dios, continuación

Pero veamos cuales son los signos del amor de Dios, para que no tengamos una idea falsa del amor, en vez del amor en sí. En nada se engaña tanto el hombre a sí mismo como en el amor. Los signos de este amor son:
Dios mismo lo indica, diciendo: “El que tiene mis mandamientos y los conserva, ese es el que me ama” (Juan 14:21). Pues el que verdaderamente ama a Dios, se guardará de todo lo que es repugnante a Dios, y se apresurará a cumplir todo lo que complace a Dios. Por lo tanto, guarda sus mandamientos. De esto se deduce que aquellos cristianos que descuidan los mandamientos, no aman a Dios. Tales son los malvados y los que hacen daño a otros de cualquier forma. Tales son los libertinos, adúlteros y profanadores. Tales son los ladrones, los bandidos, los atracadores y todos los que se apropian injustamente de los bienes de otros. Tales son los calumniadores y aquellos que maldicen a otros. Tales son los astutos, los deshonestos, los engañadores, los mentirosos e hipócritas. Tales son los hechiceros y los que los llaman. Todos estos, ni aman la Ley de Dios, ni aman a Dios. Se aman a sí mismos y a sus propios apetitos, pero no a Dios ni a Su santa Ley.
Un signo manifiesto del amor a Dios es una sincera alegría en Dios, pues nos regocijamos en lo que amamos. Del mismo modo, el amor de Dios no puede existir sin alegría, y cuando un hombre siente la dulzura del amor de Dios en su corazón, se regocija en Dios. Pues una virtud tan dulce como el amor no puede sentirse sin regocijo. Así como la miel endulza nuestra garganta cuando la probamos, así alegra nuestro corazón el amor de Dios cuando “Gustamos y vemos cuán bueno es el Señor” (Salmos 33:9). Tal alegría en Dios la encontramos en muchos lugares de la Santa Escritura y se refleja sobre todo en los santos salmos. Esta alegría es espiritual y celestial, y es un anticipo de la dulzura de la vida eterna.
El que verdaderamente ama a Dios desdeña al mundo y todo lo que hay en él, y se afana por Dios, su amado. Tiene como nada el honor, la gloria, las riquezas, y todas las comodidades de este mundo que los hijos de esta era buscan. Para él, sólo basta Dios, el increado y más amado bien. Sólo en Él encuentra el perfecto honor, gloria, riqueza y comodidad. Para él, sólo Dios es la perla de gran precio, por la que tiene todo lo demás como poco y escaso. Ese tal no desea nada en el cielo ni en la tierra más que Dios. Tal amor lo encontramos en las palabras del Salterio: “¿Quién hay para mí en el cielo sino Tú? Y si contigo estoy, ¿qué podrá deleitarme en la tierra?. La carne y el corazón mío desfallecen, la roca de mi corazón es Dios, herencia mía para siempre” (Salmos 72:25-26). Usa el alimento, la bebida, el vestido y todo lo demás, sólo por necesidad, y no por placer sensual.

De esto se deduce que el que ama al mundo, no ama a Dios. Según el testimonio del apóstol: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1ª Juan 2:15). Tales son los que encuentran placer sólo en el orgullo y la pompa de este mundo, en casas fastuosas, en ricos carruajes, en mesas suculentas y abarrotadas, en vestir ricos y costosos vestidos, para ser glorificado y admirado por todos, y todo lo demás. Tales personas aman “todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida” (1ª Juan 2:16), que son repugnantes a Dios, pero no aman a Dios.
El que verdaderamente ama a Dios tiene a Dios en su mente, y Su amor hacia nosotros, y Sus beneficios. Vemos esto incluso en el amor humano, pues a menudo recordamos al que amamos. Así que el que ama a Dios, Lo recuerda, piensa en Él, encuentra consuelo en Él, y se cautiva por Él. Pues allí donde está su tesoro, allí también está su corazón (Mateo 6:21). Para el que verdaderamente ama a Dios, el invaluable y amado tesoro es Dios. Por lo cual, también recuerda a menudo Su Santo Nombre, y con amor. Así, el corazón lleno del amor de Dios revela signos exteriores de amor. Por eso vemos que los que olvidan a Dios, no lo aman, pues el olvido es un signo manifiesto de no amar a Dios. El que verdaderamente ama a Dios nunca puede olvidar a su amado.
El que ama, no desea estar nunca separado de la persona a la que ama. Muchos cristianos desean estar con Cristo el Señor cuando Es glorificado, pero no quieren estar con Él en el deshonor y el reproche, ni llevar su cruz. Le piden poder estar en Su Reino, pero no desean sufrir en el mundo, y de este modo muestran que su corazón no es recto y que no aman verdaderamente a Cristo. Y a decir verdad, se aman a sí mismos más que a Cristo. Por esta razón, el Señor dice: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mateo 10:38). Se conoce a un verdadero amigo, en la desgracia. Es nuestro verdadero amigo, el que nos ama, y el que no nos abandona en la desgracia. Así mismo, el que verdaderamente ama a Cristo es el que permanece con Cristo en este mundo, se adhiere a Él en su corazón, soporta sin quejarse la cruz con Él, y desea estar con Él, inseparablemente en el siglo venidero. Tal persona es la que dice a Cristo: “Mas para mí la dicha consiste en estar unido a Dios” (Salmos 72:28).
Un signo del amor de Dios es el amor al prójimo. El que ama verdaderamente a Dios, ama a su prójimo. El que ama al que ama, ama lo que él ama. La fuente del amor al prójimo es el amor a Dios, pero el amor a Dios es conocido por el amor al prójimo. De este modo se hace aparente que el que no ama a su prójimo, no ama tampoco a Dios. Así lo enseña el apóstol: “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien nunca ha visto. Y este es el mandamiento que tenemos de Él: que quien ama a Dios ame también a su hermano” (1ª Juan 4:20-21).

Queridos cristianos, arrepintámonos y alejémonos de la vanidad del mundo, y purifiquemos nuestros corazones con arrepentimiento y contrición, para que el amor de Dios pueda morar en nosotros. “Dios es amor, y el que permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios permanece en él” (1ª Juan 4:16).

         ¿Por qué debemos amar a Dios?

Dios es el supremo bien del que surge todo bien, y toda la bendición que es y siempre será.

Sin Dios, toda bienaventuranza es maldición y aflicción, la vida es muerte, y la alegría y la dulzura son amargura. Vivir con Dios es la felicidad en la desgracia, la riqueza en la pobreza, la gloria en el deshonor y el consuelo en la pena. Sin Dios, no puede haber verdadero descanso, paz y consuelo.

Por lo tanto amadlo como vuestro bien supremo y bienaventuranza, amadlo por encima de toda criatura, por encima de padre y madre, por encima de mujer e hijos, por encima de vosotros mismos. Unios sólo a Él en vuestro corazón, y por encima de todo , deseadlo sólo a Él, porque Él es vuestro bien eterno y bienaventuranza, sin la que ni hay vida ni bienaventuranza en esta era o en la venidera.

Toda criatura de Dios es buena, pero su Creador es incomparablemente mejor. Así pues, amad y desead este bien como existente, sin principio, sin fin, siempre existente, y sin cambio, de Quien todas las criaturas son creadas buenas. 


  Sobre el recuerdo de Dios en todo lo posible
En todo lugar y en todo lo posible, recordar al Señor vuestro Dios y Su santo amor por nosotros. Todo lo que veis en el cielo, en la tierra y en vuestra casa os abre los ojos al recuerdo del Señor vuestro Dios y a Su santo amor. Estamos envueltos en el amor de Dios. Toda criatura de Dios nos da testimonio de Su amor por nosotros. Cuando veáis la creación de Dios y hagáis uso de ella, decios a vosotros mismos: Esta es la obra de las manos del Señor mi Dios, y fue creada por mí. Estas luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, son creaciones del Señor mi Dios, e iluminan a todo el mundo y a mí. Esta tierra en la que vivo, que da fruto para mí y mi ganado, y todo lo que pueda haber en ella, es la creación del Señor mi Dios. Esta agua que me refresca a mí y a mi ganado es una bendición del Señor. Este ganado que me sirve es la creación del Señor y Él me lo dio para servirme. Esta casa en la que vivo es bendición de Dios y me la dio para mi reposo. Esta comida que pruebo es un don que Dios me ha dado para el fortalecimiento y el consuelo de mi carne débil. Este vestido con el que me revisto me lo dio el Señor mi Dios para conservar mi cuerpo desnudo. Y así con todo.

Este icono es la imagen de Cristo, la imagen de mi Salvador, que vino por mí a este desafortunado mundo para salvarme, pues había perecido, y sufrió y murió por mí, y así me redimió del pecado, del diablo, de la muerte y del infierno. Adoro su inefable amor por el hombre.

Este icono es la imagen de la Theotokos, la imagen de esta Toda Santa Virgen, que dio a luz en la carne sin semilla a Jesús Cristo, mi Señor y Dios. ¡Bendita entre todas las mujeres es la Madre que llevó a Dios encarnado, y bendito es el fruto de su vientre (Lucas 1:42)!. ¡Bendito es el vientre que llevó a mi Señor, y los pechos de los que se amamantó!.

Este es el icono del Precursor, es la imagen del gran profeta que fue enviado por Dios ante el rostro de mi Salvador Jesús Cristo, a quien predicó al pueblo cuando ya había venido al mundo, y le señaló diciendo: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), y fue hecho digno de bautizarle en las aguas del río Jordán.

Este es el icono del apóstol, es la imagen del discípulo de mi Salvador, que le vio en persona, que fue con Él, que le vio obrar milagros, que le escuchó predicar, que lo vio sufrir por la salvación del mundo, y levantarse de entre los muertos y ascender al cielo. Este es el icono del mártir, es la imagen del luchador que resistió incluso hasta verter su sangre por el honor de mi Salvador Jesús Cristo, y que no escatimó ni siquiera su propia vida por Su Nombre, y estableció nuestra piadosa fe como verdadera, vertiendo su propia sangre.

Esta palabra, la Sagrada Escritura que escucho, es la palabra de Dios, es la palabra de Su boca. La boca de mi Señor habló esto, y por medio de ella, mi Dios me habla: “Mejor es para mí la Ley de tu boca que millares de oro y plata” (Salmos 118:72). ¡Oh Señor, concédeme oídos para escuchar Tu santa palabra!.

Esta santa casa, la iglesia en la que estoy, es el templo de Dios en el que se ofrecen oraciones y glorificaciones a Dios en común, por parte de todos los fieles, mis hermanos. Estas voces, esta glorificación y oración común son las voces por las que se elevan himnos, acciones de gracias, alabanzas y glorificación al santo nombre de mi Dios.

Este hombre consagrado, el obispo o sacerdote, es el siervo más cercano de mi Dios, que le ofrece oraciones por mí, pecador, y por todo el mundo. Este hombre, el predicador de la Palabra de Dios, es el mensajero de Dios, que me hace conocer el camino de la salvación y al resto del pueblo, mis hermanos.

Este hermano mío, cada hombre, es la amada criatura de mi Dios, y al igual que yo, es una criatura creada a partir de la imagen y semejanza de mi Dios. Y habiendo caído, ha sido redimido, al igual que yo, por la sangre del Hijo de Dios, mi Salvador, y es llamado a la vida eterna por el Logos de Dios. Debo amarle como la criatura amada de mi Dios, amarle como me amo a mí mismo. Y no debo hacerle nada que yo mismo no ame, y debo hacerle lo que deseo para mí mismo, pues es lo que Dios me mandó. En una palabra, toda ocasión y toda cosa puede y debe inspiraros a un amoroso recuerdo del Señor vuestro Dios, y debe mostraros Su amor por vosotros, pues incluso Su castigo procede de Su amor por vosotros. Según la Escritura: “El Señor corrige a quien ama” (Hebreos 12:6). Así pues, recordad en todo lugar, en toda ocasión y en todas las cosas, el nombre del Señor vuestro Dios. Guardaos de no olvidar a vuestro Benefactor cuando disfrutéis de Sus beneficios, para que no parezcáis ingratos a Él, pues el olvido de un benefactor es un signo claro de ingratitud. 


                    Sobre la gratitud a Dios

Dios es vuestro creador, libertador, supremo benefactor y buen proveedor. Él os creó, así como también os da todo lo bueno, pues sin Su bondad no podríais vivir ni siquiera un minuto. No veis a vuestro Benefactor con estos ojos, pero veis los beneficios que os ha dado. Veis el sol, la luna y Sus estrellas que os iluminan. Veis el fuego que os calienta y cocina vuestra comida. Veis el alimento que os satisface, veis la vestidura con la que se cubre vuestro cuerpo desnudo. Veis otras incontables bendiciones que Os dio para vuestras necesidades y comodidades.

Así pues, viendo y recibiendo estas bendiciones, recordar a vuestro invisible Benefactor en todo lugar y siempre con amor, y dadle gracias por todos Sus beneficios con un corazón puro. La mayor y más elevada de todas Sus bendiciones es que por Su buena voluntad, Cristo, Su Hijo Unigénito, vino a nosotros y nos redimió por Su preciosa Sangre, y sufrió por el maligno, el infierno y la muerte. En esta obra nos mostró Su inefable bondad hacia nosotros. Así, debemos contemplar siempre con fe esta gran obra de Dios tan incomprensible a la mente, y recordar a Dios, que tanto nos amó, tan indignos como somos. Debemos darle gracias con todo nuestro corazón, adorarlo, alabarlo, cantarle himnos y glorificarlo con todo nuestro corazón y labios. “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, al suscitarnos un poderoso Salvador, en la casa de David, su siervo” (Lucas 1:68-69).

Vosotros, también, debéis recordar siempre esta gran obra de Dios y maravillaos por ella, y dar gracias a Dios desde el fondo de vuestro corazón, y vivir como complace a Dios, que vino al mundo a salvar a los pecadores, para que no le ofendáis con vuestra ingratitud. Él desea salvaros, pues vino al mundo por vosotros, y sufrió y murió en Su santa carne. Por eso, debéis cumplir Su santa voluntad y tener cuidado por la salvación de vuestras almas con toda diligencia. Dad gracias a Dios, y vivid en el mundo humildemente, con amor, mansa y pacientemente, como Él mismo vivió. También desea lo mismo de vosotros.
       

             Sobre la complacencia a Dios
Esforzaos por complacer a Dios con fe y obediencia, esto es, haced lo que Él desea y lo que le complace, y no hagáis lo que no desea y no le complace. Sin obediencia, cualquier cosa que pueda hacer un hombre no complacerá a Dios.

 

                                   Catecismo Ortodoxo 

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Monday, April 25, 2016

He aquí, el esposo viene a la medianoche...

He aquí, el esposo viene a la medianoche
Y bendito es aquel siervo encontrar vigilia
Y eso es indigno
Se va a encontrar a sí mismos descansar.
Véase, pero mi alma,
No se deje dormir cobrado
No hay que darle muerte
Y para bloquear a sí mismo fuera del reino
Pero es inteligente, gritando:
Santo, Santo, Santo
Usted es nuestro Dios
Con las utilidades sin cuerpos (Para Theotokos)
Ten piedad de nosotros!


                                   Catecismo Ortodoxo

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Saturday, April 23, 2016

La Resurrección de Lázaro Por San Juan Crisóstomo


HOMILÍA LXII (LXII)

Había un enfermo, por nombre Lázaro, de Betania, aldea de María y de Marta su hermana. María era la que ungió al Señor con perfumes (Jn 11:1)

MUCHOS HOMBRES, cuando caen en enfermedad o en pobreza u otro parecido sufrimiento, se perturban porque ignoran que eso es lo más propio de los amigos de Dios. Lázaro era uno de los amigos de Dios, y estaba enfermo. Así lo aseguraban los mensajeros: Señor, el que tú amas está enfermo. Pero tomemos la historia de más arriba. Dice el evangelista: Había un enfermo, por nombre Lázaro, de Betania. No sin motivo dice de dónde era Lázaro, sino por la razón que luego explicará. Por mientras, tratemos del texto presente. Útilmente indica quiénes eran las hermanas, y en especial María, que de algún modo sobresalía entre ellas; pues añade: María era la que ungió al Señor con perfume. En este punto algunos suscitan una cuestión acerca de por qué el Señor le permitió a esta mujer ungirlo. Conviene ante todo que sepas no ser esta María ninguna de aquellas de que hablan Mateo y Lucas, sino otra honesta mujer. Aquéllas eran mujeres cargadas de pecados; ésta, en cambio, era honrada y fervorosa, puesto que cuidó de recibir a Cristo en hospedaje. Cuenta el evangelio que también las hermanas de Lázaro amaban al Señor. Y sin embargo, permitió Jesús que Lázaro muriera.

¿Por qué habiendo enfermado su hermano no proceden ellas como el centurión o el Régulo que fueron a encontrar a Cristo, sino que le envían un mensajero? Porque en absoluto confiaban en Cristo y le eran muy familiares. Por otra parte, eran débiles mujeres y las impedía el sufrimiento. Que no procedieran así por menos aprecio de Cristo, luego lo demostraron. Y que esta María no fuera la otra pecadora, es manifiesto. Pero preguntarás: ¿por qué a esa otra la recibió Cristo? Para perdonarle su maldad, para mostrar El su benevolencia y para que aprendas que no hay enfermedad alguna que supere su bondad. No te fijes únicamente en que la recibió, sino además en que la transformó.

Mas ¿por qué trae a cuenta el evangelista esta historia? Mejor pregunta: ¿qué es lo que quiere enseñarnos cuando dice: Y Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro? Que jamás nos indignemos ni llevemos a mal el que varones virtuosos y amigos de Dios caigan enfermos. El que amas está enfermo. Querían con esto mover a Cristo a compasión, porque aún lo tenían por sólo hombre, como se deduce de las palabras de ellas. Pues le dicen: Si hubieras estado aquí no habría muerto.

Y no le dijeron: Lázaro está enfermo; sino: El que amas está enfermo. ¿Qué dice Cristo?: Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios; para que sea glorificado por ella el Hijo de Dios. Advierte cómo de nuevo a una misma gloria la llama suya y del Padre. Porque habiendo dicho: de Dios, añadió: Para que sea glorificado por ella el Hijo de Dios. Esta enfermedad no es para muerte. Habiendo El de permanecer ahí aún dos días, manda a los mensajeros que se vuelvan y lleven la noticia. En este punto es de admirar que las hermanas de Lázaro, habiendo oído semejante recado, y habiendo luego visto morir a su hermano, no se dieron por escandalizadas por haber sucedido la cosa al revés; sino que se acercaron a Jesús y no pensaron que hubiera mentido. En cuanto a la partícula para no es causal, sino que únicamente significa el hecho; pues la causa de la enfermedad fue otra. Cristo se aprovechó de ella para la gloria de Dios.

Después de haber dicho eso, permaneció aún dos días en el lugar en donde estaba. ¿Por qué se quedó? Para dar tiempo a que Lázaro muriera y fuera sepultado; y así nadie pudiera decir que lo había resucitado cuando aún no moría, sino que estaba solamente adormecido, desvanecido, traspuesto, pero no muerto. Por tal motivo se queda todo el tiempo suficiente para que puedan decir: Ya huele mal. Luego dice a sus discípulos: Vamos a Judea. ¿Por qué, pues nunca acostumbró decirlo de antemano, ahora lo anuncia? Porque los discípulos estaban llenos de terror. Por semejante disposición de ánimo les anuncia de antemano el viaje, para que no se turben de inmediato. Y ¿qué le dicen los discípulos? Hace poco trataban de lapidarte los judíos ¿y otra vez vas allá? Temían por El, pero mucho más por sí mismos; pues aún no eran perfectos. Por lo cual Tomás, empujado y sacudido por el temor, exclama: Vamos a morir con El. Al fin y al cabo era el más débil en la fe y más incrédulo que los otros.

Observa cómo Cristo con sus palabras los fortalece: ¿Acaso no son doce las horas del día? Dijo esto por uno de dos motivos: o bien para enseñarnos que no debe temer quien no tiene conciencia de algo malhecho, puesto que el castigo es para quienes proceden mal (de modo que nosotros nada tenemos que temer pues no hemos hecho nada digno de muerte); o bien han de entenderse sus palabras como si dijera: Quien ve la luz del día procede con seguridad, pero si ese tal así procede, mucha mayor seguridad tendrá quien va conmigo y no se aparta.

Con estas palabras los alentó; y apuntó además la necesidad de subir a Judea. Y una vez que puso en claro que no irían a Jerusalén, sino a Betania, añadió: Lázaro nuestro amigo duerme y yo voy a despertarlo. Como si les dijera: No voy yo ahora a discutir y trabar disputas con los judíos, sino para despertar a nuestro amigo. Le dicen los discípulos: Señor, si duerme curará. Y no lo dijeron sin motivo, sino tratando de impedirle a Jesús que partiera. Como si le dijeran: ¿Dices que está dormido? Entonces nada te obliga a ir allá. Pero Jesús les había dicho: nuestro amigo, para manifestarles ser necesario ir El allá.

Como ellos todavía se mostraron tardos, finalmente les habló con claridad diciendo: Ha muerto. Había hablado en la otra forma para evitar el fausto; pero como ellos no lo entendieron, continuó: Ha muerto. Y me alegro por vosotros. ¿Cómo es eso: por vosotros? Pues os lo he profetizado estando ausente; de modo que cuando Yo lo resucite no habrá lugar a ninguna sospecha. ¿Adviertes cómo los discípulos aún eran imperfectos y no conocían el poder de Jesús tal como convenía? Pero esto les venía del temor que les turbaba el ánimo.

Y habiendo dicho: duerme, añadió: Y yo voy a despertarlo. Pero cuando dijo: Ha muerto, no añadió: Voy a resucitarlo. Porque no quería adelantar en palabras lo que iba a confirmar con sus obras; enseñándonos continuamente que debemos huir de la vanagloria y no hacer promesas a la ligera y en vano. Si procedió de otro modo en el caso del centurión, pues le dijo: Yo iré y lo curaré, lo hizo para que quedara en claro la fe del centurión. Y si alguno preguntara por qué los discípulos pensaban que se trataba del sueño y no sospecharon que Lázaro ya había muerto cuando Jesús les dijo: Yo voy a despertarlo (pues al fin y al cabo era una necedad pensar que Jesús recorrería quince estadios solamente para despertarlo), responderé que sin duda creyeron que se trataba de un enigma, como muchas otras cosas que Jesús les había dicho.

En resumidas cuentas, todos los discípulos temían el asalto de los judíos, pero en especial Tomás. Por lo cual exclamó: Vamos también nosotros a morir con El. Afirman algunos que Tomás en realidad anhelaba la muerte; pero la cosa no va por ahí. Más bien hablaba movido de temor. Cristo no lo increpó, pues todavía le toleraba su debilidad; pero al fin vino a ser el más esforzado de los discípulos y de una fortaleza insuperable. Y es cosa que causa admiración ver que aquel a quien antes de la cruz lo contemplamos así tan débil, después de la cruz y de la resurrección lo encontremos como el más fervoroso de todos en la fe: ¡tan grande es el poder de Cristo! El que no se atrevía a subir a Betania con Cristo, ese mismo, sin estar presente Cristo, recorrió, puede decirse, todo el orbe; y anduvo entre naciones sanguinarias que trataban de quitarle la vida.

Pero, en fin, si Betania distaba solos quince estadios, que son dos mil pies, ¿cómo pudo ser que Lázaro llevara ya cuatro días de muerto? Es que Jesús se detuvo ahí dos días; y el día anterior le había llegado la noticia, y al cuarto día se presentó en Betania. Esperó hasta ser llamado, y no se presentó sin que lo llamaran, para que ninguno sospechara nada. Tampoco fueron a llamarlo las hermanas que Él amaba, sino que le enviaron otros mensajeros. Estaba Betania como a unos quince estadios. Por aquí se deja entender que muchos judíos se habían presentado ahí para consolar a las hermanas. Pero ¿cómo podían los judíos consolar a personas amadas de Jesús? Porque ya habían determinado que si alguno confesaba a Cristo se le echara de la sinagoga. Pues sin duda lo hacían o por la magnitud de la desgracia o porque, siendo ellas de más alta clase social que ellos, las respetaban; o tal vez los que fueron a Betania no eran de los perversos, pues muchos de ellos creyeron. El evangelista anota el pormenor como una confirmación de la real muerte de Lázaro.

¿Por qué Marta salió al encuentro de Jesús sin la compañía de su hermana? Quería estar aparte con El y comunicarle la noticia de la muerte. Pero en cuanto Cristo le inspiró la buena esperanza, corrió ella enseguida y llamó a María; y ésta se presentó a Cristo, todavía en pleno luto. ¿Adviertes la grandeza del amor? Esta es aquella María de la que Cristo dijo: María escogió la mejor parte. Preguntarás por qué ahora Marta aparece más ardorosa. No era ella más fervorosa que María; sino que ésta no había oído la llegada de Cristo. Marta era más débil en la fe, y por eso le dijo a Jesús: Señor, ya huele mal: ya lleva cuatro días. En cambio, María, aun cuando nada había oído, no se expresó así, sino que creyó al punto y dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Observa cuán grande es la virtud de estas mujeres aun teniendo aún débil su opinión acerca de Jesús. Porque habiendo visto a Jesús no se desatan al punto en llantos y gemidos, como solemos hacer nosotros cuando vemos que algunos conocidos se acercan para darnos su condolencia; sino que al punto admiran al Maestro. Ambas creían ciertamente en Cristo, pero aún no del modo que convenía. Aún no tenían perfecto conocimiento de que Él era Dios, ni de que obraba milagros por su propio poder y autoridad. Ambas cosas se las enseñará ahora Cristo. Es manifiesto que no poseían semejante conocimiento perfecto, puesto que tras de decirle: Si hubieras estado aquí nuestro hermano no habría muerto, añadieron: Pero todo cuanto pidas a Dios te lo concederá. Hablan de Él como de un varón eximio y dotado de virtud. Mira lo que Cristo les responde: Resucitará tu hermano, como refutando aquello de: Todo cuanto pidieres. Porque no dijo Jesús: Yo pediré; sino ¿qué?: Resucitará tu hermano. Si le hubiera dicho: ¡Oh mujer! ¿todavía tienes tus miradas en la tierra? Yo no necesito de auxilio ajeno. Yo todo lo hago con mi propio poder; sin duda que se habría molestado y ofendido Marta. En cambio, con decir: Resucitará tu hermano, tomó un camino intermedio y según lo que se siguió le dejó ya entender lo que le quería decir. Pues como ella replicara: Sé que resucitará en el último día, Jesús le manifiesta más claramente su poder diciendo: Yo soy la resurrección y la vida; expresando así que no necesita de ajeno auxilio, puesto que Él es la vida. Si necesitara de auxilio ajeno ¿cómo sería El la resurrección y la vida? No lo dijo así tan claramente, pero lo dio a entender.

Como Marta había dicho: Toda cuanto pidieres, Él le replica: Quien cree en Mí aun cuando haya muerto, vivirá; declarando de este modo ser El quien da todos los bienes y que es a Él a quien es menester pedir. Y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre. Mira en qué forma eleva el pensamiento de Marta. Porque no se investigaba únicamente acerca de la resurrección de Lázaro, sino que era necesario que Marta y los demás que con ella se hallaban presentes supieran lo de la resurrección. Por lo cual, antes de resucitar a Lázaro, Jesús lo explica con sus palabras.

Por otra parte, si Él es la resurrección y la vida, no se halla circunscrito a un lugar, sino que puede sanar en donde quiera. Si las hermanas le hubieran dicho como el centurión: Ordénalo tan sólo con tu palabra y quedará curado mi siervo, Jesús lo habría hecho; pero como lo llamaban y le suplicaban que fuera y Él se acomodó a ello, con el objeto de sacarlas de la opinión débil en que lo tenían. Así fue a Betania. Sin embargo, aun atemperándose de esa manera, todavía demuestra que tiene poder para dar la salud aun estando ausente. Tal es el motivo de que tarde en ir. El milagro hecho sin más ni más, no habría tenido la fama que tuvo, si Lázaro no hubiera ya olido mal.

¿Cómo sabía Marta eso de la resurrección futura? Había ella oído a Cristo muchas cosas acerca de la resurrección; pero ahora quería ver una resurrección. Observa cómo aún anda con sus pensamientos terrenos. Como oyera a Cristo decir: Yo soy la resurrección y la vida, no le contestó: Pues bien, resucítalo; sino ¿qué? Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. ¿Qué le replica Cristo?: Todo el que cree en Mí aun cuando haya muerto, vivirá; es decir: si ha muerto con esta muerte temporal. Y todo el que vive y cree en Mí, no morirá; es decir, con aquella otra muerte.

Como si le dijera: Puesto que Yo soy la resurrección y la vida, no te turbes aun cuando tu hermano haya muerto, sino cree. Porque esa muerte no es muerte. Por de pronto la ha consolado respecto de lo acaecido y le ha dado esperanzas, ya afirmando que Lázaro resucitará, ya añadiendo: Yo soy la resurrección; ya también insinuando que aun en el caso de que resucite y tenga que morir de nuevo, ningún mal le acontecerá. De modo que, en último término, no es temible esta muerte. Como si le dijera a Marta: Ni Lázaro ha muerto ni vosotras moriréis. ¿Crees esto? Y ella: Yo creo que Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

Paréceme que la mujer no entendió la palabra de Cristo. Comprendió que algo grande se decía, pero no lo abarcó todo. Por eso, como se le preguntara de una cosa, ella responde de otra. Pero en fin, por de pronto tuvo la ventaja de olvidar su duelo. Tal es la fuerza de las palabras de Cristo. Por eso precedieron las palabras y siguióse la consolación. La benevolencia para con el Maestro no daba lugar a sentir en exceso el suceso presente. De manera que ayudadas de la gracia aquellas mujeres ya discurrían con su pensamiento.

Pero actualmente, aparte de otras enfermedades, también ésta se ha apoderado de las mujeres: que en su luto y llanto usan de ostentación; desnudan sus brazos, se arrancan los cabellos, se abren en surcos las mejillas: unas por verdadero dolor y otras por ostentación; y aun otras con ánimo impúdico descubren sus brazos en presencia de los hombres. ¿Qué es lo que haces, oh mujer? En plena plaza vergonzosamente te desnudas, tú que eres miembro de Cristo; y esto en público y entre varones ¿Te arrancas los cabellos, rasgas tus vestidos, lanzas altos alaridos y danzas en derredor del muerto y representas a las antiguas ménades locas y crees que así no ofendes a Dios?

¿Qué locura es ésta? ¿Acaso no se burlarán los gentiles? ¿No pensarán que todas nuestras verdades son simples fábulas? Porque dirán: No existe la resurrección; los dogmas de los cristianos son ridículos, son engaños fraudulentos. Puesto que entre ellos las mujeres lloran a sus muertos como si tras de esta vida ya nada hubiera, y no hacen caso de sus Libros sagrados. Demuestran ellas que todo eso es pura ficción. Si creyeran de verdad que sus muertos en realidad no han muerto, sino que han sido trasladados a una vida mejor, no los llorarían como si ya no existieran, ni se macerarían en esa forma, ni lanzarían esos gritos llenos de incredulidad, diciendo: Ya no te veré más; no te podré recuperar. De modo que entre los cristianos todo es fábula; y si no creen en lo que constituye lo principal de todos los bienes, sin duda que mucho menos creen en sus demás cosas sagradas y venerandas.

Los gentiles no son todos tan afeminados, sino que hay entre ellos muchos virtuosos. Cierta mujer gentil, como cayera su hijo muerto en una batalla, lo único que preguntó al punto fue cómo quedaba la república. Otro filósofo premiado con una corona, como oyera que un hijo suyo había muerto por la patria, se quitó la corona y preguntó: ¿cuál de los dos? Y en cuanto supo cuál era, se ciñó de nuevo la corona. Muchos gentiles en honor de sus dioses entregaron sus hijos y sus hijas para ser sacrificados. Los espartanos exhortaban a sus hijos a volver de la batalla con sus escudos o ser traídos muertos sobre sus escudos. Me da vergüenza que así piensen y obren los gentiles, mientras que nosotros obramos en forma inconveniente. Los que nada saben de la resurrección proceden como si creyeran en ella; y los que la creen proceden como si la desconocieran.

Muchos hay que por humanos respetos hacen lo que no hacen por Dios. Las mujeres más ricas no se arrancan los cabellos ni desnudan sus brazos, cosa sumamente reprobable, no que no los desnuden, sino que no lo hagan por virtud, sino únicamente para no parecer desvergonzadas. La vergüenza les cohíbe el duelo ¿y el temor de Dios no se lo cohíbe? Pero ¿cómo no ha de ser en extremo reprobable tal cosa? Es pues conveniente que lo que las ricas hacen porque son ricas, lo hagan también por el amor de Dios las que son pobres. Pero ahora todo sucede al revés: aquéllas son virtuosas por vanidad, mientras que estas otras por pusilanimidad proceden en forma inconveniente. ¿Qué será lo peor en esta diferencia?

Todo lo hacemos por respeto humano. Y profieren ellas expresiones colmadas de necedad y ridiculas. Cierto que el Señor dice: Bienaventurados los que lloran, pero es acerca de quienes lloran por sus pecados; pero acá nadie llora con esa clase de llanto ni se cuida de si su alma perece. No es eso lo que se nos ordenó que hiciéramos, pero lo hacemos. Preguntarás: ¿de modo que al hombre no le es lícito llorar? No es eso lo que prohíbo, sino esos golpes y esos llantos descompasados. No soy cruel ni feroz, no soy inhumano. Sé que la naturaleza es vencida y que así lo exige la diaria costumbre. No podemos no llorar. Así nos lo mostró Cristo: lloró a Lázaro. Haz tú lo mismo: llora, pero suave, pero prudentemente, pero con temor de Dios. Si así lloras, no lloras como quien no cree en la resurrección, sino como quien mucho se duele de una separación.

También a quienes se ausentan lejos los lloramos, pero no como quien no tiene esperanza. Llora, pues, también tú, pero como si simplemente enviaras por delante al que se va. No digo esto como quien lo ordena, sino atemperándome a la humana flaqueza. Si el que murió era pecador y había frecuentemente ofendido a Dios, hay que llorarlo por cierto. Más aún, no sólo hay que llorarlo, ya que esto ninguna utilidad le acarrea, sino que debemos poner por obra lo que pueda ayudarle, como son las limosnas y donaciones. Y debemos alegramos de que ya se le haya quitado toda ocasión de pecar. Y si varón justo, debemos alegrarnos de que ya esté seguro y libre de la incertidumbre de su estado futuro. Si es joven, debemos alegrarnos de que prontamente haya sido arrebatado de los males de esta vida; y si anciano, de que haya disfrutado largamente de la vida, que es lo que más suele anhelarse.

Pero tú, haciendo a un lado todas estas cosas, incitas al llanto a las esclavas como si eso fuera un honor para el difunto, cuando en realidad es el colmo del desdoro. Honor del difunto son no los llantos, ni los gritos, sino el canto de los salmos y de los himnos sagrados y sobre todo la vida excelente. Pues ido de acá, morará con los ángeles aunque no tenga funerales. Y quien muere como un malvado, nada lucra con que esté presente en sus exequias la ciudad íntegra.

¿Quieres honrar a tu difunto? Echa mano de otras cosas: limosnas, beneficios, servicios. ¿Qué ganancia proviene de tantos lloros? Pero… yo he sabido de algo más grave: que abundan mujeres que mediante el llanto incitan a sus amantes y con la vehemencia de llantos de esposa se logran fama de amorosas. ¡Oh diabólica invención! ¡Oh satánico artificio! ¿Hasta cuándo seremos tierra y ceniza? ¿Hasta cuándo seremos carne y sangre? ¡Levantemos las miradas al cielo, pensemos en las cosas espirituales! ¿Cómo redargüiremos a los gentiles? ¿Cómo hablaremos con ellos acerca de la resurrección? ¿Cómo acerca de la virtud? ¿Con qué seguridad podemos vivir? ¿Ignoras que de la tristeza se origina la muerte? El dolor ensombrece la mente y no sólo no deja ver las cosas como son, sino que trae consigo otro grave daño. Dolor como ése es ofensa de Dios y con él nada conseguimos ante Dios, ni ayudamos al difunto; mientras que en la forma explicada, agradamos a Dios y nos ensalzan los hombres.

Si no nos entregamos al abatimiento, eso pronto nos quitará las reliquias de la tristeza; pero si nos indignamos, eso nos torna esclavos del dolor. Si damos gracias a Dios no nos doleremos. Dirás: pero ¿cómo es posible que no llore quien ha perdido a su hijo, a su hija o a su esposa? Yo no digo que no se lloren, sino que no se lloren sin tasa. Si pensamos que fue Dios quien nos los quitó, y que al fin y al cabo eran mortales, podremos rápidamente consolarnos. Indignarse por eso es propio de quienes exigen más de lo que da la naturaleza. Has nacido hombre, has nacido mortal: ¿por qué te dueles de lo que naturalmente tenía que suceder?

¿Te dueles acaso de tener que comer para conservar la vida? ¿Acaso exiges vivir sin comer? Pues bien, procede respecto de la muerte del mismo modo, y no busques no morir siendo mortal. Eso es cosa ya determinada. No te duelas, no te maceres, soporta lo que es suerte común estatuida para todos. Duélete de tus pecados: ese es llanto excelente y grande virtud. Llorémoslos continuamente para que alcancemos el gozo en la otra vida, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA LXIII (LXIII)

Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que estaba aún en el sitio en donde lo encontró Marta. Los judíos y los demás que estaban con ella, etc. (Jn 11:30-31)

GRAN BIEN es la filosofía; pero la nuestra, no la pagana. Porque la pagana se reduce a fábulas y cuentos; y semejantes fábulas en modo alguno son verdadera filosofía, puesto que todos ellos hacen por alcanzar la gloria vana. De modo que es un gran bien la filosofía que aun para esta vida nos presta utilidad. El que desprecia las riquezas, ya en este mundo recoge el fruto, pues queda libre de cuidados inútiles y superfluos. El que pisotea la gloria vana, recibe ya en esta vida su recompensa, pues de nadie es siervo, sino libre con verdadera libertad. El que anhela las cosas celestiales recibe desde acá su premio, pues estima en nada las cosas presentes y fácilmente supera la tristeza.

Pues bien: aquí tenemos a una mujer que ejercita semejante filosofía y recibe desde luego su recompensa. Mientras todos estaban sentados en torno de ella en duelo y llanto, María no esperó a que el Maestro llegara; y no puso los ojos en la dignidad suya, ni su duelo la contuvo. Porque quienes sufren duelos semejantes suelen andar enfermos de otra enfermedad, consistente en el anhelo de ser honrados por los que se hallan presentes. No procedió así María; sino que apenas oyó que se acercaba Jesús, al punto corrió a su encuentro. Jesús aún no había llegado a la aldea, pues se acercaba despacio para no dar la impresión de que se apresuraba para obrar el milagro, sino que venía porque se le había llamado.

Esto es lo que quiere significar el evangelista cuando dice que María se levantó al punto. O también manifiesta con esto que ella quiso adelantarse a recibir a Jesús. Y salió al encuentro de Cristo no sola, sino con los judíos que estaban en su casa. Por lo demás prudentísimamente le indicó su hermana en secreto la llegada del Maestro, para no perturbar la reunión. Tampoco María declaró el motivo de alejarse, pues muchos tal vez se habrían apartado. En cambio ahora todos acompáñanla como si fuera al sepulcro a llorar; y aun tal vez esto mismo es una prueba más dela muerte real de Lázaro.

Y se echó a sus pies. Era más fervorosa que su hermana. No temió a la turba ni las sospechas y opinión que muchos de aquellos judíos tenían de Jesús, puesto que muchos de ellos eran enemigos y decían: El que abrió los ojos del ciego ¿cómo no pudo impedir que éste muriera? Pero María hizo a un lado todas las consideraciones humanas y sólo se cuidó del honor del Maestro. Y ¿qué le dice?: ¡Señor! ¡si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto! ¿Qué le contesta Cristo? Aún no habla con ella ni le dice lo que había dicho a Marta; pues la turba era numerosa y no era el momento oportuno para esos discursos. Sino que se modera y se abaja y declarando tener verdadera naturaleza humana, llora mesuradamente, y mientras va retardan el milagro.

Grande iba a ser el prodigio y tal como raras veces lo había realizado, y mediante el prodigio muchos habían de creer. Por tal motivo atrae multitud de testigos. Si lo hubiera obrado estando ausente la turba, no lo habrían creído y no les habría aprovechado. Se acomoda, pues, a ellos para no perder aquella pieza de caza. Y demuestra tener naturaleza humana, puesto que llora y se turba. Suele el duelo conmover los afectos humanos. Pero enseguida, desechando semejantes afectos (pues tales los indica la expresión: se estremeció en su espíritu), dominó la turbación y preguntó: ¿En dónde lo habéis colocado? Se dominó para no preguntar llorando. Mas ¿por qué lo pregunta? Para en nada adelantarse El, sino saberlo todo y hacerlo todo a ruegos de ellas, y quitarle así toda duda al milagro. Le dicen: Ven y ve. Y lloró Jesús. ¿Adviertes cómo aún no da indicio alguno de que resucitará al difunto, sino que se acerca no como para llamar a la vida, sino para llorarlo? Así lo significan los judíos, pues decían: ¡Ved cómo lo amaba!

Pero algunos de entre ellos decían: El que abrió los ojos del ciego ¿no pudo impedir que éste muriera? De modo que ni aun en la desgracia reprimían su perversidad. Pero Jesús va a obrar algo más admirable con mucho. Porque es con mucho más admirable llamar a la vida después de la muerte, que alejar la muerte cuando ésta amenaza. De modo que calumnian a Jesús precisamente por lo que debían admirarlo. Sin embargo, confiesan que abrió los ojos del ciego; y cuando convenía quedar estupefactos, lo acusan de no hacer este otro milagro. Ni sólo por aquí se demuestra la perversidad de su ánimo, sino además porque, cuando aún no había llegado al sepulcro ni había procedido a nada, se adelantan a acusarlo, sin esperar a ver cómo termina el suceso. ¿Ves cuán a fondo tenían corrompido su juicio?

Llegó, pues. Jesús al sepulcro; y de nuevo refrenó sus afectos. Mas ¿por qué tan de propósito refiere el evangelista que lloró Jesús una y otra vez y se conmovió y se refrenó? Para que entiendas que verdaderamente se revistió de nuestra carne. Y como claramente había dicho de Él este evangelista muchas cosas y más altas que cualquiera otro de ellos, ahora refiere cosas más humildes que los otros acerca de la naturaleza humana de Jesús. Juan nada refirió de su muerte, ni de que estuvo triste y en agonía, sino que postró por tierra a los que lo iban a aprehender. De modo que lo que de humano en esos pasajes omitió, lo suple ahora aquí refiriendo el llanto de Jesús. Hablando de su muerte Cristo nada humano dice, sino: Tengo potestad para entregar mi vida. Por tal motivo los otros evangelistas refieren muchas cosas muy humanas acerca de Él, probando así la verdad de su encarnación. Lo que Mateo con la agonía, la perturbación, el sudor de sangre persuade, eso mismo lo persuade aquí Juan con el llanto. Si Jesús no hubiera tenido nuestra naturaleza, no lo habría sobrecogido el llanto una y dos veces.

¿Qué hace Jesús? No se defiende de la acusación. ¿Qué necesidad había de refutar con palabras a los que enseguida con obras iba a refutar? Era este modo de proceder menos molesto, y por otra parte podía ponerlos en mayor vergüenza. Les dice: ¡Quitad la losa! ¿Por qué no lo llamó a él y le ordenó levantarse del sepulcro estando ausente? Más aún: ¿por qué no lo resucitó estando aún colocada la losa? Pues quien tenía potestad para levantar con su voz un cuerpo muerto y animarlo de nuevo, más fácilmente con sola su palabra habría podido remover la losa. El que al difunto atado con cintas e impedido lo hizo caminar con sola su palabra, con mucha mayor facilidad habría podido remover la losa. Pero ¿qué digo? Pudo hacer todo eso estando ausente. ¿Por qué no lo hizo?

Fue para que los mismos judíos fueran testigos del milagro y no dijeran lo que dijeron en otra ocasión acerca del ciego: Este es, éste no es. Porque ahora las manos mismas y la presencia de Jesús ante el sepulcro daban testimonio de ser Lázaro mismo en persona. Si no hubieran ido los judíos al sepulcro, pensarían luego que se trataba de un fantasma, o que era otro hombre y no el Lázaro que veían. Ahora, en cambio, habiendo venido al sepulcro y removido por sus manos la losa y desatado al muerto de sus ataduras por mandato de Jesús, y habiéndolo reconocido por sus vestidos los amigos que lo habían sacado del sepulcro, y el no haberse apartado las hermanas y el haber dicho una de ellas: Ya huele mal, pues lleva cuatro días, todo ese conjunto era suficiente para cerrar la boca de los testigos perversosque quisieran negar el milagro.

Tal fue el motivo de que Jesús ordenara que removieran la losa del sepulcro, demostrando así ser El quien resucitaba a Lázaro. Por igual motivo pregunta: ¿Dónde lo habéis colocado? Para que quienes le contestaron: Ven y ve, y lo condujeron al sepulcro, no pudieran aseverar haber sido otro que Lázaro el resucitado. Y que así la voz y las manos dieran testimonio: la voz diciendo: Ven y ve; las manos removiendo la losa y desatando las cintas. Y también la vista y el oído: éste oyendo aquella voz, y aquélla viéndolo salir del sepulcro. Y además el olfato fuera también testigo, pues percibió el mal olor; y así Marta exclamó: Ya huele mal, pues lleva cuatro días. Por tal motivo razonablemente afirmé que aquella mujer no había comprendido el sentido de la palabra que Cristo le dijo: Aun cuando hubiere muerto vivirá. Mira lo que ahora dice, como si por el largo tiempo la resurrección ya no pudiera verificarse. Y ciertamente era cosa estupenda resucitar un cadáver ya corrompido de cuatro días. A los discípulos les dijo: Para que sea glorificado el Hijo de Dios, hablando de Sí mismo. Pero a la mujer le dice: Verás la gloria de Dios, refiriéndose al Padre.

¿Observas cómo la diferencia de oyentes es causa de la forma diversa de hablar? A la mujer le trae a la mente lo que a ella le había dicho, como si le arguyera de haberlo ya olvidado. O bien, para no herir a los circunstantes, le dice: ¿No te dije que si creyeres verás la gloria de Dios? De modo que la fe es un bien grande; grande en verdad y origen de muchos otros bienes; hasta el punto de que por ella pueden los hombres llevar a cabo obras divinas en nombre de Dios: Si tuviereis je, les había dicho, diréis a este monte: pásate allá y se trasladará. Y también: El que cree en Mí, las obras que Ya hago las hará también El y aún mayores que éstas. ¿Cuáles son esas obras mayores? Las que luego hicieron los discípulos. La sombra de Pedro resucitó un muerto. Fue porque de ese modo más aún se exaltaba el poder de Cristo. Pues no era tan admirable que El viviendo obrara milagros, como el que, una vez muerto, otros en su nombre pudieran hacerlos mayores.

Eso resultaba un argumento nada dudoso de su resurrección; y tal que si los hombres la hubieran contemplado, no le hubieran dado fe mayor como luego se la dieron. Porque podían haber dicho que se trataba de un fantasma. Pero los que veían que a sólo su nombre se verificaban milagros mayores que aquellos de cuando Él vivía entre los hombres, en absoluto no podían dejar de creer en ella, a no ser que estuvieran enteramente locos. Es pues la fe un bien grande cuando procede de un ánimo fervoroso, un amor grande y un corazón ardiente. Ella es la que nos presenta como verdaderos filósofos; ella es la que nos descubre la humana bajeza; ella, haciendo a un lado los discursos humanos, trata de las cosas del cielo. Más aún: lo que a la humana sabiduría le es imposible alcanzar, ella lo alcanza y abundantemente lo rectifica.

Apeguémonos a la fe y no fiemos nuestros intereses a humanos discursos. Pregunto yo: ¿cuál es la causa de que los gentiles no pudieran encontrar nada de la verdad? ¿Acaso no conocían aquella ciencia profana? ¿Por qué no pudieron vencer a unos pescadores y fabricantes de tiendas de campaña? ¿No fue acaso porque aquéllos se apoyaron del todo en la razón, mientras que éstos todo lo referían a la fe? Y así – superaron a Platón y a Pitágoras y a todos los otros que anduvieron vagando de error en error. Vencieron a los astrólogos, a los matemáticos, a los geómetras, a los aritméticos y a todos los instruidos en cualquiera otra disciplina; y los superaron hasta tal punto que ellos aparecen como verdaderos sabios, y los otros como necios y delirantes.

Advierte cómo ellos afirmaron ser el alma inmortal; y no sólo lo afirmaron, sino que lo persuadieron; mientras que aquellos sabios al principio ni siquiera sabían qué cosa fuera el alma. Y una vez que lo encontraron y la distinguieron del cuerpo, se dividieron en sus opiniones. Y unos decían ser incorpórea, otros que era un cuerpo que se disolvía y moría. Y luego afirmaron que el cielo era un ser viviente y un dios, mientras los pescadores afirmaban, y así lo persuadían, que era obra y creación de Dios. Pero no es cosa de admirar que los gentiles usen de los naturales raciocinios; pero que quienes parecen ser fieles cristianos se encuentre que son vivientes irracionales, esto sí que es cosa de lamentar. Y por tal motivo también éstos han caído en error, de manera que unos afirman conocer a Dios como El mismo se conoce, cosa que ninguno de los gentiles se atrevió a decir; otros aseveran que Dios no puede engendrar sino mediante las pasiones, y no le conceden mayor perfección que a los hombres; otros aseguran que de nada sirve la vida virtuosa ni las rectas instituciones. Pero el tiempo no nos permite ahora refutarlos.

Que la fe correcta de nada sirva si la vida es pecaminosa, lo declaran Cristo y Pablo, quienes sobre todo cuidaron de la vida virtuosa. Cristo cuando enseña: No todo el que me dice: ¡Señor, Señor entrará en el reino de los cielos! Y también: Muchos en aquel día me dirán: Señor ¿acaso no profetizamos en tu nombre? Entonces yo les diré: No os conozco. Apartaos de mí vosotros, obradores de maldad. Quienes no cuidan de sí mismos fácilmente incurren en la perversidad aun cuando su fe sea correcta. Pablo, escribiendo a los hebreos, les advierte y amonesta: Mirad de alcanzar la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie gozará del favor de Dios.

Llama santificación a la castidad; de manera que cada cual se contente con su propia esposa y no vaya a otra. Porque quien no se contenta con la suya no puede salvarse; sino que perecerá, aun cuando tenga otras innumerables buenas obras. Es imposible que un fornicario entre en el reino de los cielos; y en aquel caso ya no se trata de simple fornicación, sino de adulterio. Así como la mujer casada si se une a otro que a su esposo comete adulterio, así el varón casado, si se une con otra que su esposa, es adúltero. Semejante hombre no heredará el Reino de los Cielos, sino que caerá en la gehena. Oye lo que de tales hombres dice Cristo: Su gusano no muere y el fuego no se apaga. Porque no tiene perdón eso de que teniendo el consuelo de su esposa, la injurie admitiendo otra mujer.

Si muchos se abstienen del uso de su mujer para ayunar o para entregarse a la oración ¿cuán grande castigo y fuego no echará sobre sí quien, no contento con su esposa, admite a otra mujer? Si a quien ha repudiado a su mujer no le es lícito casarse y unirse con otra, pues sería adulterio, ¿cuán grande no será el pecado de quien teniendo su propia mujer admite a otra? Que nadie permita que semejante enfermedad se apodere de su corazón, sino arránquela de raíz. Al fin y al cabo, con ella más se daña a sí mismo que a su esposa.

Tan grave y tan indigno de perdón es este pecado que si la mujer, contra la voluntad de su marido, aun siendo éste idólatra, se separa de él, Dios la castiga; mientras que si se separa de él por adúltero, no la castiga. ¿Adviertes qué mal tan grave sea este género de pecados? Dice Pablo: Si alguna mujer está casada con un marido no cristiano, y éste se aviene a convivir con ella, no repudie al marido No dice lo mismo acerca de la adúltera, sino ¿qué?: Si alguno repudia a su mujer -a no ser que se trate de concubinarios- la pone en trance de ser adúltera. Puesto que el matrimonio hace de los esposos un solo cuerpo, el que se une a una meretriz se hace un cuerpo con ella. Pero entonces ¿cómo una mujer honesta, que es miembro de Cristo, recibirá a semejante hombre? ¿Cómo unirá consigo a uno que es miembro de una meretriz?

Observa lo admirable de esto. La que cohabita con el esposo infiel no es impura (pues dice Pablo: Queda santificado el marido infiel en la mujer); pero de la meretriz no dice eso, sino ¿qué?: ¿Profanaré yo los miembros de Cristo y los haré miembros de una meretriz? En el primer caso, habitando el infiel con la fiel, permanece ahí la santidad; pero en el segundo, desaparece. Porque es grave, es muy grave pecado la fornicación y acarrea un suplicio sin término.

Pero aun en esta vida semejante pecado trae consigo infinitos males. Lleva el adúltero una vida miserable, peor que la del ya condenado a la muerte; pues se introduce en una casa ajena a escondidas y temblando; y a todos los tiene por sospechosos, así sean esclavos como libres. Os ruego, en consecuencia, que desterréis esa enfermedad; y si en esto no obedecéis, no penetréis más en los sagrados dinteles. Porque de ningún modo conviene que las ovejas roñosas y enfermas convivan con las que están sanas: ¡es necesario apartarlas del redil hasta que sanen! Somos miembros de Cristo. No nos convirtamos en miembros de una meretriz. No es la iglesia un lupanar, sino un sitio de reunión. Si eres miembro de una meretriz, no te presentes en la iglesia, para que no manches con tu injuria este lugar sagrado. Aun cuando no existiera la gehena ni hubiera castigo alguno, tras de los pactos matrimoniales, tras de las lámparas nupciales, tras del uso correcto del lecho y la procreación de tus hijos, tras de tan íntima convivencia ¿cómo no te avergüenzas? ¿Cómo no te ruborizas?

¿Ignoras acaso que quienes, después de muerta su mujer se desposan con otra, son reprendidos por muchos; y esto aun cuando no hayan de sufrir castigo alguno? Y tú, en cambio, ¿viviendo aún tu esposa te introduces a otra? ¿Qué incontinencia es ésta? Aprende lo que de ella se asevera en la Escritura: El gusano de ellos no muere y el fuego no se extingue. Horrorízate de tales amenazas. Teme el castigo. No es tan grande acá el placer como es allá grande el suplicio. ¡Que nadie se haga reo de semejantes penas! Al contrario: ojalá que practicando la pureza, veamos a Cristo y gocemos de los bienes prometidos. Ojalá que todos los consigamos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA LXIV (LXIII)

Y Jesús levantando sus ojos al Cielo, dijo: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que siempre me atiendes, pero por el pueblo que me rodea he dicho esto, etc. (Jn 11:41-42)

REPETIRÉ ahora lo que muchas veces he dicho: Cristo atiende más a nuestra salvación que a su propia dignidad. No busca decir grandes cosas, sino cosas que puedan acercarnos a Él. Por tal motivo dice pocas cosas grandes y sublimes, y aun éstas sub-oscuramente, mientras que con frecuencia trata en sus discursos de otras humildes y humanas. Como éstas sobre todo atraían a los oyentes, de ellas usó con más frecuencia. Pero tampoco se mantiene en sólo éstas, para no causar daño a los que más tarde creerían en El; aunque tampoco las calla, para no escandalizar a los contemporáneos.

Quienes ya se habían despojado de los pensamientos terrenos, podían por una sola verdad altísima comprender todo lo demás; pero quienes permanecían apegados a lo de acá abajo, si no le hubieran escuchado con frecuencia esas cosas más humanas, nunca se le habrían acercado. Aun así, no permanecen firmes, a pesar de haber oído tantas y tan bellas cosas, sino que lo quieren lapidar y lo persiguen e insultan e intentan darle muerte y lo llaman blasfemo; y cuando habla de su igualdad con Dios, dicen: Este hombre blasfema; y cuando afirma: Tus pecados te son perdonados, lo llaman poseso y endemoniado.

También cuando dijo que quien obedeciera sus palabras será superior a la muerte, aseveraron lo mismo. Y cuando afirmó: Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí, finalmente se le separaron. También se escandalizan cuando asevera haber bajado del Cielo. Ahora bien, si estas afirmaciones, aunque raras veces proferidas, no las soportaban, claro es que con dificultad le hubieran prestado atención si continuamente les hubiera hablado de sublimes misterios. Si les dice: Como me lo ordenó mi Padre, así hablo; y: Yo no he venido de Mí mismo, entonces sí lo creen, como claramente lo dijo el evangelista: Cuando decía estas cosas, muchos creyeron en El. Si pues el hablarles a lo humano los atraía y el hablarles a lo divino los apartaba ¿no sería extrema locura pensar que eso humano no fue una obra de acomodarse a la capacidad del auditorio? Así, en otra ocasión, cuando quería decir algo sublime, calló y declaró la causa de callar diciendo: Para que no los escandalicemos, echa tu anzueloal mar.

Ahora bien, esto es exactamente lo que aquí hace. Puesto que una vez que dijo: Yo ya sabía que siempre me atiendes, añadió: Pero lo he dicho por la turba que me rodea, para que crean. ¿Es acaso esto opinión mía? ¿Se trata de una conjetura humana? Cuando alguno no se deja persuadir ni porque, como está escrito, ellos se escandalizan si se les hablaba de cosas sublimes, éste tal, oyendo a Cristo afirmar que habla de cosas más bajas y humanas para no escandalizar ¿cómo va a sospechar que Cristo habla conforme a la naturaleza de la encarnación y no por un cierto atemperarse a sus oyentes? Así cuando vino aquella voz de lo alto, dijo El: No ha venido por Mí esta voz, sino por vosotros

Ahora bien: al que es grande se le permite decir de sí cosas más humildes; pero al que es de baja condición no se le tolera decir cosas altas y grandes de sí mismo. Porque aquello primero corresponde a un cierto modo de atemperarse y acomodarse a la debilidad de los oyentes y, más aún, proviene de un cierto ejercicio de humildad. En Cristo, eso tiene lugar para que todos vean que realmente se revistió de nuestra carne, y para enseñar a sus oyentes que jamás se han de decir de sí mismo cosas grandes; y además, porque se le creía contrario a Dios y no se le creía venido de Dios y sospechaban que traspasaba la Ley y porque lo envidiaban y lo odiaban, pues decía ser igual a Dios. En cambio, para que quien es de baja clase hable de sí cosas grandes, no puede haber motivo razonable, sino que todo se achacará a su ignorancia, a su impudencia y a una audacia que no tiene perdón.

En resumen: ¿por qué habla de Sí cosas humildes y humanas el que es de aquella sublime e inefable substancia? Pues por los motivos que ya expusimos y también para que no se le creyera Ingénito. Parece que Pablo temía eso mismo, por lo cual dice: Excepto aquel que le sometió todas las cosas Pues el solo pensarlo sería una impiedad. Si fuera menor que el Padre y de otra substancia ¿acaso no habría hecho cuanto hubiera podido para quitar la opinión contraria? Ahora, en cambio, hace todo lo contrario; y dice: Si no hago las obras de aquel que me envió no me creáis A Y cuando dice: Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí nos declara la igualdad de ambos. En cambio, si fuera menor, habría convenido apartar firmemente semejante opinión y nunca afirmar: El Padre está en Mí y Yo en el Padre; ni tampoco: Somos una misma cosa; ni: El que me ve a Mí ve a mi Padre.

Pero sucede todo al revés. Porque tratándose del poder decía: Yo y el Padre somos una misma cosa; y tratándose de la facultad de hacer algo, decía: Pues así como el Padre resucita los muertos y les da la vida, así el Hijo da la vida a los que quiere. Cosas todas que no podría hacer si fuera de otra substancia. Y en caso de que las pudiera hacer, no debía decirlo para que no pensaran que El y el Padre eran una sola substancia y la misma. Si con el objeto de que no piensen ser El adversario de Dios dice a veces aun cosas que como Dios no le convienen, mucho más conveniente era que en este otro caso procediera así.

Mas, por el contrario, cuando dice: Para que honren al Hijo como honran al Padre; y cuando afirma: Las obras que El hace también igualmente las hago Yo; y cuando asevera ser El la resurrección y la vida y que es luz del mundo, todas esas expresiones son propias de quien se iguala con el Padre y confirman la opinión que en ese sentido se tenía de Él. ¿Has observado en qué forma se defiende cuando lo acusan de traspasar la Ley, mientras que la creencia de ser El igual al Padre no sólo no la combate, sino que la confirma y afianza? Así por ejemplo, cuando los judíos le dicen: Blasfemas y te haces a ti mismo Dios, Él lo confirma y prueba con la igualdad de las obras con el Padre.

Pero ¿qué digo del Hijo? También el Padre, que no se revistió de carne, procede del mismo modo. Porque también El toleró que se dijeran de El muchas cosas a lo humano, para la salvación de los oyentes. Aquella voz: ¡Adán! ¿en dónde estás?; y aquella otra: Para saber si realmente han obrado conforme al clamor que ha llegado hasta Mí; y también: Ahora conozco que temes a Dios; y luego: A ver si acaso escuchan; y: ¡Quién hiciera que siempre fuera así el corazón de este pueblo!, y además: No hay dioses iguales a tu Señor; y muchas otras expresiones que pueden reunirse del Antiguo Testamento parecen indignas de la majestad de Dios. Así acerca de Acab se escribe: ¿Quién me engañará a Acab? El ponerse Dios en comparación con los dioses gentiles y declararse superior a ellos es cosa indigna de su Majestad, por una parte; pero por otra parte todas esas expresiones son muy dignas. Porque demuestran ser tan grande su benignidad, que por nuestra salvación no se desdeña de expresiones menos convenientes a su altísima dignidad.

Por lo que mira a Cristo, el haberse hecho hombre y haber tomado forma de siervo y usar de expresiones más humildes y humanas y usar viles vestidos, cosas son indignas si se atiende a su majestad; pero muy dignas de El si se atiende a su bondad y a las inefables riquezas de su benignidad. Pero hay otro motivo para semejantes expresiones. ¿Cuál es? Que al Padre los judíos lo conocían y confesaban, pero a Él no lo conocían. Por eso con frecuencia recurre al Padre, pues éste sí les era bien conocido, como si El mismo no fuera digno de fe aún, no precisamente por lo que Él era, sino a causa de la necedad y debilidad de los oyentes.

Tal es el motivo de que niegue y diga: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Pero si El da la vida a quienes quiere y lo hace al igual que el Padre ¿por qué ora?… Tiempo es ya de venir a la explicación de este pasaje. Quitaron, pues, la losa del sepulcro en donde yacía el cadáver. Y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que siempre me atiendes, pero lo he dicho por el pueblo que me rodea, a fin de que crean que Tú me has enviado.

Preguntemos a un hereje: ¿Acaso Jesús resucitó al muerto por haber alcanzado gracia con sus ruegos? Si fue así, entonces ¿cómo obró otros milagros sin necesidad de oraciones, como cuando imperó diciendo: ¡Demonio! ¡a ti te ordeno! ¡sal de éUfi y también: Toma tu lecho y vete;9 y: Quiero, sé limpio; y: Tus pecados te son perdonados; y al mar: ¡Calla, enmudece!? Si necesita de súplicas para obrar los milagros ¿qué más tiene que los apóstoles? Pero aun los apóstoles no siempre obraban los prodigios con súplicas, sino que, sin rogar, simplemente usaban del nombre de Jesús. Y si su solo nombre tan gran poder tenía ¿por qué El necesita de oraciones? Si hubiera necesitado de súplicas, su nombre no habría tenido tan gran poder.

Y cuando creó al hombre ¿de qué súplicas echó mano? ¿Acaso había o no ahí una plena igualdad?: Hagamos al hombre. ¿Quién sería más débil que El si hubiera necesitado rogar? Pero consideremos ya el ruego que usa: ¡padre! te doy gracias porque me has escuchado. ¿Quién jamás ha orado en esa forma? Antes que otra cosa alguna, comienza diciendo: Te doy gracias, con lo que demuestra que no necesita rogar. Ya sabía yo que siempre me atiendes. Dijo esto no porque le faltara poder, sino indicando la unidad de voluntades.

Pero entonces ¿por qué usó esa forma de quien suplica? Oye no a mí, sino a Él, que dice: Por la turba que me rodea, para que crean que Tú me has enviado. No dijo: Para que sepan que soy menor que Tú y que necesito del favor de allá arriba y que sin oración nada puedo hacer; sino: Para que crean que Tú me has enviado. Todo esto significa su oración si la tomamos así sencillamente. No dijo: Me has enviado débil, consciente de que soy tu siervo y que de Mí nada puedo; sino que dejando a un lado todo eso, para que nada sospeches de esa inferioridad, expresa el motivo verdadero de su oración. Como si dijera: Para que no se me tenga como adversario de Dios; para que no digan: Este hombre no viene de Dios; para declarar que todo se ha hecho conforme a la voluntad del Padre. Si yo fuera contrario a Dios, la obra no sehabría llevado a cabo.

La expresión: Me has escuchado, es frecuente entre amigos e iguales. Ya sabía Yo que siempre me atiendes. Como si dijera: Para hacer mi voluntad no necesito rogar; pero lo digo así para que se persuadan de que Tú y Yo, Padre, no tenemos sino una sola voluntad. Entonces ¿por qué suplicas? En bien de los más rudos. Y dicho esto, clamó con fuerte voz. ¿Por qué no dijo: ¡En el nombre de mi Padre, ven afuera!; por qué no dijo: ¡Padre, resucítalo! sino que, omitiendo todo eso y tomando la actitud de quien suplica, enseguida con el milagro mismo demuestra su propia autoridad? Porque es propio de su sabiduría demostrar humildad en sus palabras y poder en sus obras. Como no podían acusarlo sino diciendo que no venía de Dios, y así engañaban a la multitud, con sus palabras demuestra abundantemente que sí viene de Dios, pero lo hace en el modo que lo pedía la rudeza de los oyentes.

Podía haber demostrado su concordia con el Padre de otro modo, manteniendo su dignidad; pero la turba no podía levantarse tan alto. Dijo, pues: ¡Lázaro! ¡Ven afuera! Se realiza lo que había predicho: Llega la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la escuchen vivirán. Para que no pienses que su poder le viene de otro, de antemano te lo avisó, y ahora con las obras lo comprueba. Y no dijo: ¡Resucita!, sino: ¡Ven afuera! hablando al muerto como si estuviera vivo. ¿Qué podrá compararse con este poder? Y si esto no lo hizo por propio poder ¿en qué es superior a los apóstoles que dicen: Por qué os fijáis en nosotros, como si con nuestro poder hubiéramos hecho andar a éste? 11 Si Jesús no procedía por propio poder ¿por qué no añadió lo que los apóstoles afirmaban de sí mismos? Habrían ellos demostrado mayor virtud y sabiduría que Jesús, pues rechazaban la vana gloria. En otra ocasión ellos exclamaron: ¡Varones! ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos hombres lo mismo que vosotros ¿O es que los apóstoles, que no obraban por propio poder, se expresaron así para persuadirlo a los demás; mientras que Jesús, si eso hubiera pensado de Sí mismo, no habría combatido la opinión de los que lo tuvieran como Dios, salvo el caso de haber hecho el milagro por propio poder? Pero ¿quién se atreverá a decir tal cosa?

Cristo se expresa de otra manera y dice: Lo he dicho por la turba que me rodea, para que crean. De modo que si la turba ya hubiera creído, no había necesidad de rogar. Pero por otra parte, si no era indigno suyo el rogar, ¿por qué había de achacarles la causa a otros? ¿Por qué no dijo: Para que crean que no soy igual a Ti? Porque era lo propio, dada aquella opinión, hacer esta declaración. Cuando se pensaba que El traspasaba la Ley, aunque ellos nada decían, El profirió su sentencia: No penséis que he venido a abrogar la Ley, mientras que acá al revés, confirma la opinión de su igualdad con el Padre.

En una palabra: ¿qué necesidad había de rodeos ni de enigmas? Bastaba con que hubiera dicho: No soy igual al Padre, y el negocio estaba concluido. Objetarás: pero ¿acaso no dijo: Yo no hago mi voluntad? Sí, pero lo dijo hablando oscuramente a causa de la rudeza de los oyentes; que fue el mismo motivo de rogar acá en nuestro caso. Y ¿qué significa: Porque me escuchaste? Es como si dijera: nada hay contrario entre Tú y Yo. De modo que así como la expresión: Me has escuchado no significa que El no tuviera poder -pues si esto fuera así no habría únicamente impotencia, sino además ignorancia, ya que supondría que antes de la súplica ignoraba El si Dios lo escucharía; y si lo ignoraba ¿cómo pudo decir: Voy a despertarlo y no dijo: Voy para rogar a mi Padre que lo resucite?-, de modo que, repito, así como aquella expresión no denota debilidad, sino concordia, así acá significa lo mismo: Siempre me atiendes. O este es el sentido, o habría que decir que se expresó así a causa de lo que la turba pensaba.

Pero si ni ignoraba ni era impotente, queda en claro que pronunció semejantes palabras por humildad, para que a lo menos por la hipérbole y exceso de humillación te veas obligado a creer y confesar que no habló conforme a su dignidad divina, sino conformándose con la opinión de los oyentes. Pero ¿qué oponen los enemigos de la verdad? No fue por causa de los oyentes, sino para mostrar que sobresalía en excelencia, por lo que dijo: Me has escuchado. Más esto no habría sido mostrar excelencia, sino obrar con excesivo abajamiento; y declarar que no era otra cosa sino simplemente hombre. Puesto que suplicar no es propio de Dios, ni de quien se asienta en el mismo trono de Dios.

¿Adviertes, pues, cómo no hubo otro motivo de proceder en esa forma, sino la incredulidad de las turbas? Observa ahora cómo el hecho mismo da testimonio de su poder. Llamó al muerto y éste ese presentó ligado aún. Enseguida, para que no se creyera ser un fantasma, pues presentarse así ligado parecía no menos admirable que resucitar, Ordenó que lo desataran, para que llegándose a él lo palparan y se convencieran de que era el mismísimo Lázaro. Y añadió: Dejadlo caminar. ¿Observas cuán ajeno está del fausto? No lo lleva consigo; no le ordena seguirlo, para no parecer que hace ostentación: ¡tan grande modestia practicaba!

Un milagro tan estupendo, unos lo admiraban; otros fueron a referirlo a los fariseos. ¿Qué hacen éstos? Debiendo admirarse y quedar estupefactos, entran en consulta para ver cómo darán muerte al que Jesús había resucitado. ¡Oh necedad! Al que en cuerpos ajenos había superado la muerte, pensaban que lo entregarían a la muerte; y decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros. Lo llaman hombre todavía, tras de haber recibido tan gran demostración de su divinidad. ¿Qué hacemos? Lo que debía hacerse era creer en El, reverenciarlo, adorarlo y no tenerlo en adelante por simple hombre. Si lo dejamos así suelto todos van a creer en él. Y vendrán los romanos y destruirán nuestro pueblo y nuestra ciudad. ¿Qué es pues lo que piensan hacer? Quieren concitar al pueblo, como si estuviera en peligro por la tiranía que prevén. Como si dijeran: Si los romanos saben que éste trae y lleva a las turbas, nos tendrán como sospechosos, y vendrán y destruirán nuestra ciudad.

Pero yo pregunto: ¿Por qué así? ¿Acaso El predicaba la revuelta? ¿No ordenaba que se pagara el tributo al César? ¿Acaso no huyó cuando lo querían proclamar rey? ¿Acaso no llevaba una vida humilde y sin fausto, sin casa y sin las otras comodidades? Es que decían ellos semejante cosa no temerosos sino envidiosos. Y les aconteció lo que menos esperaban: los romanos dominaron la nación y capturaron la ciudad precisamente porque ellos dieron muerte a Cristo. Los hechos de Cristo estaban exentos de toda sospecha. Quien curaba a los enfermos y ordenaba obedecer a las autoridades, en realidad no ansiaba otra cosa sino combatir la tiranía. Pero ellos objetan: lo deducimos por los casos anteriores. Mas aquellos otros proclamaban la rebelión; Jesús, al contrario. ¿Ves cómo lo que dicen no es sino una simulación? ¿En qué se parecía Cristo a los anteriores caudillos? ¿Iba rodeado de guardias? ¿Llevaba carros de guerra? ¿Acaso no buscaba los desiertos? Pero ellos, para no parecer que hablaban movidos por una enfermedad de su alma, dicen que la ciudad entera peligra y que se ponen asechanzas a toda la nación y que temen lo peor.

¡No fue esa la causa de que os pusierais en actividad! Lo contrario de eso fue lo que originó la actual cautividad y también antiguamente la babilónica y la del tiempo de Antioco. No sobrevinieron porque hubiera entre vosotros adoradores de Dios, sino porque había impíos que irritaban a Dios: eso fue lo que os perdió. Pero a esa enfermedad se le da el nombre de envidia: enfermedad que una vez cegado el entendimiento, ya nada deja ver que honorable y decoroso sea. ¿Acaso no enseñó Cristo que debíamos ser mansos? ¿No dijo que heridos en la mejilla derecha presentáramos la otra? ¿No enseñó que debíamos soportar las injurias? ¿No ordenó que tuviéramos más empeño en padecer los males que otros lo tienen en causarlos? Pero todo esto ¿es propio de quien anhela la tiranía? ¿No lo es más bien dequien la combate?

Pero, como ya dije, grave cosa es la envidia y anda llena de disimulo. Ella ha colmado de males sin cuento al universo. Por su causa andan repletos los tribunales de gentes sujetas a juicio. De ella nacen el amor al dinero y la vanagloria, el ansia de los principados y la soberbia. Por ella están infestados los caminos y los mares de ladrones y de piratas. De ella nacen en el mundo las matanzas y anda el género humano destrozado. De ella se originan cuantos males ves. Ella se ha introducido en las iglesias. Ella desde hace ya mucho tiempo dio origen a males infinitos. Ella metió por todas partes la codicia de riquezas, y todo lo revuelve, y corrompe la justicia; pues dice la Escritura: Presentes y regalos ciegan los ojos de los sabios; como bozal en la boca ahogan los reproches.

La envidia convierte a los libres en esclavos. De ella predicamos diariamente, pero sin provecho. Nos tornamos peores que las fieras, robamos los bienes de los pupilos, despojamos a las viudas, injuriamos y dañamos a los pobres y añadimos lamentos a lamentos. ¡Ay de mí que han desaparecido los varones píos de la tierra! 15 No nos queda sino llorar y repetir cada día los mismos consejos y avisos. Sólo nos queda verter lágrimas. Así lo hizo Cristo. Tras de haber hecho muchas advertencias a Jerusalén, pero no haber éstas aprovechado en nada a los judíos, lloró su ceguedad. Esto hicieron los profetas y esto hacemos ahora nosotros. Tiempo es de lágrimas, de gemidos, de llantos. Oportuno es decir: Llamad a las plañideras y mandad por las más hábiles, y entonen una lamentación.” Quizá de este modo podamos apartar enfermedad semejante, de aquellos que construyen soberbias mansiones y se proporcionan campos que son fruto de rapiñas.

¡Tiempo es de llorar! Pero llorad conmigo vosotros los que habéis sido despojados, los que habéis sufrido el daño: juntad mis lágrimas a vuestro duelo. Pero… ¡no! ¡Lloremos mejor a esos otros! No os causaron daño a vosotros, sino a sí mismos se destruyeron. Porque vosotros, en recompensa de la injusticia que os hicieron, recibiréis el Reino de los Cielos; pero para ellos su recompensa será la gehena. Mejor es sufrir daño que causarlo. Lloremos, pero no con llanto humano, sino tomado de la Escritura: llanto con que los profetas se dolieron. Lloremos amargamente con Jeremías y digamos: ¡Ay de vosotros los que juntáis casa con casa y anexionáis campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país! ¡Han de quedar desiertas muchas casas, grandes y hermosas, pero sin habitadores! Lloremos con Nahún y digamos con él: ¡Ay del que edifica su casa sin justicia! O mejor aún llorémoslos como lo hizo Cristo con los judíos, y digamos: ¡Ay de vosotros, ricos, pues ya tenéis acá vuestra recompensa y consuelo! No cesemos de llorar de esta manera; y si no es indecoroso, lloremos también la tibieza de nuestros hermanos.

No lloremos al que ya murió, sino al ladrón, al avaro, al codicioso de riquezas, al insaciable. ¿Por qué llorar sin fruto a los que ya murieron? Quizá mientras nosotros los lloramos ellos ríen. Pero también esto es digno de llanto, pues ríen de lo que debieran llorar. Si con nuestro llanto esos envidiosos se conmovieran, bueno sería dejar de llorar, pues con nuestro llanto estarían ya en camino de salvación y de enmienda. Pero como yacen en tierra postrados, sin conmoverse, persistamos nosotros en nuestro duelo y lloremos no sólo a los ricos, sino además a los que codician las riquezas, a los avaros.

No son malas las riquezas, puesto que podemos y conviene que las usemos para bien de los necesitados; pero la avaricia es un mal que engendra tormentos eternos. Lloremos, pues. Quizá se logre alguna enmienda. Si no se libran los que ya cayeron en mal semejante, quizá haya otros que cuiden de no caer en él. Haga el Señor que se libren de semejante enfermedad y que ninguno de nosotros caiga en ella; para que todos juntos consigamos los bienes prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Extrato del libro “Homilías sobre el Evangelio según San Juan” por San Juan Crisóstomo, editorial Ciudad Nueva.
 

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El mal empieza de los malos pensamientos. ( San Porfirios Kafsokalivita )


El mal empieza de los malos pensamientos. Cuando te enfadas, te disgustas y te amargas, aunque sea sólo con el pensamiento, estropeas tu ambiente espiritual. Impides que el Espíritu Santo actúe y envíe la energía increada y así permites al diablo que aumente el mal. Tú siempre tienes que orar, amar y perdonar, expulsando de tu interior cada malo loyismós (pensamiento, fantasía, idea, reflexión).

San Porfirios Kafsokalivita


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Tuesday, April 19, 2016

El amor es el más seguro de todos los caminos.. ( Abba Filotheos Zervakos )


Con relación al sentido de la vista, que está contaminado cuando se miran los cuerpos de hombres y mujeres, y especialmente de mujeres vestidas de forma inmodesta, haréis bien si volvéis vuestros ojos y mente para no ver las vanidades y la inmundicia de tontas mujeres, lascivas, sin vergüenza, locas, impuras y diabólicas. Pues el camino más seguro de todos para vosotros, es adquirir el amor perfecto, que aleja el temor (1ª Juan 4:18), y nunca falla (1ª Corintios 13:8). Como una llama ardiente, el amor consume todo deseo loco y maligno. Del mismo modo, debéis adquirir la verdadera humildad, a la que el astuto Satanás, que odia el bien, no se acerca y teme… Pidamos siempre, con fe ferviente y lágrimas al Dador de todos los dones y virtudes, que el Señor nos conceda humildad y amor, para que podamos escapar de las garras y redes del maligno y perverso enemigo, y alcancemos con toda seguridad el refugio tranquilo de la vida eterna y el descanso…


Abba Filotheos Zervakos 

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El ejemplo perfecto para imitar y el modelo para el género humano y la revocación del pecado original, es nuestro Señor y Dios ( San Hesiquio de Bazos )


El ejemplo perfecto para imitar y el modelo para el género humano y la revocación del pecado original, es nuestro Señor y Dios que tomó cuerpo y carne y puso ante nosotros como un retrato Su vida virtuosa. Junto con todos los bienes, que nos enseñó a modo de ejemplo, después de Su Bautismo, mientras subió al desierto, nos indicó también esto: que comenzó con el ayuno la guerra espiritual contra el diablo, que fue hacia Él como si se tratara de un simple ser humano (Mt 4,3). Y la manera que el Señor consiguió la victoria y cómo luchar contra los espíritus malignos y astutos, nos la ha enseñado también a nosotros, seres infames e inútiles, es decir, con humildad, ayuno, oración y Nipsis. Él que no tenía necesidad de estas cosas, porque es Dios y Dios de los dioses.

San Hesiquio de Bazos
 

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