Saturday, July 20, 2019

ORACION A SAN PANTALEON PARA PEDIR SANACION DE UN ENFERMO.


Glorioso Médico San Pantaleón
que toleraste con invencible fortaleza
las adversidades de esta vida,
y no sentiste temor ante los sufrimientos del cuerpo, acudo ante ti y deposito mi total confianza
en tu corazón Grande y Generoso.

Santo Mártir Pantaleón, tu que tantos milagros obraste,  que a tantos diste salud del cuerpo y alma,  posa tu mirada, manos y bendición sobre ......

Seguir leyendo
(Di tu Nombre o el de la Persona Enferma)

y Restitúyele la energía y la vitalidad,
alivia y calma sus sufrimientos y dolores
dale ánimos e infunde en él la esperanza,
concédele espíritu de fortaleza y tesón
y haz que recobre la salud perdida.

San Pantaleón Mártir, modelo de todas las virtudes
que superaste todos los tormentos por amor al Señor, haz que ...... supere sus dolencias y padecimientos,
intercede por ...... para que sea sanado.

Señor Tu que inflamaste con tu amor
al joven médico San Pantaleón
y le constituiste como nuestro Abogado y Protector, Tú que siempre recompensas a los que creen en Ti,  escucha la oración de sus fieles devotos, y concédenos a quienes le honramos y confiamos en su poder
ser atendidos favorablemente en lo que solicitamos y que cuanto pedimos en su nombre nos sea otorgado.

Jesús, salud y luz del mundo,
haz que nos abracemos a tus enseñanzas
con toda el alma, a ejemplo de tu Mártir San Pantaleón, que tanto trabajó y luchó por el bienestar de los hombres;
y te rogamos que por nuestra fe en tu misericordia
nos ayudes a extender las maravillas de tus favores
a nuestro alrededor y todo aquel que lo Precisara.

Así sea.
Rezar el Credo, Padrenuestro y Gloria.

Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.ca

Monday, July 8, 2019

La virtud de la Paciencia ( San Basilio el Grande )


Toda la vida del justo está llena de tribulaciones, porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva al cielo (Mt 7:14), y "Muchos son los males del justo; Mas de todos ellos lo librará Jehová" (Sal 34:19). Por eso también el Apóstol dice: "Nos acosan por todas partes, pero no estamos aplastados ;nos encontramos en apuros, pero no desesperados" (2 Co. 4:8). Y otra vez se dice: "Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida, esperanza" (Rom 5:3-4), porque quien no da importancia al sufrimiento también desprecia el conocimiento. Al contrario, como a nadie coronan con la corona del triunfo sin el rival, así lo mismo a nadie llamarán probado sin el sufrimiento. Por eso estas palabras: "Dios me libera de toda miseria." No hay que entenderlas como si Dios nunca más permitirá la tentación, sino que junto a la tentación, da la posibilidad de soportarla.
Sucede que por la tentación del maligno, Dios que ama al hombre, le envía alguien como un gran luchador y para luchar con él, y El humilla su orgullo con la grandísima paciencia que da s sus siervos, como leemos en la historia de Noé. 
 
También como ejemplo para aquellos, que no saben soportar con paciencia, Dios muestra a sus fieles que hasta la muerte saben soportar todos los sufrimientos, como por ejemplo Lázaro. El, cubierto de heridas, nunca se lamentó de su condición de humilde, por eso recibió el descanso en el seno de Abraham que soportó los males de su vida (Lc. 16:25). Así también nosotros, aceptando los golpes de la mano de Dios, que con amor y sabiduría gobierna nuestra vida, ante todo pedimos conocer el motivo por el cual El nos da la cruz y entonces, para liberarnos de los sufrimientos y con la paciencia que junto con la prueba nos concede, la fuerza de soportar hasta el fin.
Yo deseo que ustedes tengan la misma convicción animándonos con la profunda esperanza a la alegría para poder en este tiempo, llevar las preocupaciones con paciencia; puede ser que con el sufrimiento, nosotros paguemos el débito de nuestros pecados. De tal manera nosotros, heridos, estaremos preservados de la airada mirada de Dios. Puede ser que Dios con tales pruebas quiera probar nuestra santidad. En tal caso el justo juez no permitirá el ser tentados por sobre nuestras fuerzas, sino nos dará - como premio de aceptar ya todos los sufrimientos - la corona de la paciencia y la esperanza.
Cuando les sucede algo doloroso, no se dejen llevar por la alteración sino deben estar preparados para esta prueba.
Luego, es importante aliviar la difícil situación con la esperanza de las cosas futuras. Como aquellos que tienen la vista débil, y se alejan de toda cosa resplandeciente, ellos no bajarán del cielo, sino que fueron expulsados del mirar solamente a las cosas tristes, ni ocuparse de las miserias, sino elevar los ojos con la meditación sobre los verdaderos bienes. Siempre ten a Dios en la mente y así podrás siempre alegrarte. ¿Alguien empañó tu gloria? Entonces orienta la atención a la gloria que te espera en el cielo por tu paciencia. ¿Te han causado disgusto? Contempla las riquezas celestiales y aquel tesoro que tu has preparado con tus buenas obras. ¿Te han expulsado de tu patria? La celestial Jerusalén, para ti es patria.

San Basilio el Grande
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Saturday, June 29, 2019

San Pablo (29 de Junio/12 Julio)

El Santo Apóstol Pablo, quien antes de su apostolado se llamaba Saulo, era judío de nacimiento, de la tribu de Benjamín. Nació en Tarso de Cilicia a donde sus padres, que pertenecían a familias prominentes, se habían mudado luego de vivir en Roma; éstos tenían el codiciado rango de ciudadanos romanos, razón por la cual Pablo también era ciudadano romano. Aparentemente, el primer Santo mártir Esteban era pariente suyo, con quien probablemente lo enviaron sus padres a Jerusalén para estudiar la ley de Moisés, en donde fue discípulo del famoso Rabí Gamaliel. Su amigo y compañero de estudios era Barnabás, quien después llegó a ser Apóstol de Cristo. Cuando dicho amigo se convirtió al cristianismo, éste imploró incesantemente a Dios para que iluminara el entendimiento de Saulo y cambiara su corazón. En tanto que Saulo estudió principalmente la ley de sus padres, se convirtió en un defensor de ella y se unió al partido de los fariseos (estrictos zelotes de su herencia que se jactaban de su piedad).

En ese tiempo, en Jerusalén y en las ciudades y tierras de la región, los Santos Apóstoles se empeñaban por difundir las buenas nuevas de Cristo; pero a causa de ello, a menudo tenían que meterse en largas discusiones con los fariseos y los saduceos, los últimos de los cuales rechazaban la tradición y no creían en la inmortalidad del alma; y también con todos los escribas y los expertos legales de los judíos, quienes odiaban y perseguían a los que predicaban a Cristo. Saulo detestaba también a los Santos Apóstoles y no quería ni siquiera escuchar a nadie que hablara sobre Cristo; también se burlaba de Barnabás, quien se había convertido en Apóstol de Cristo, y blasfemaba contra el Maestro. Cuando el primer santo mártir Esteban fue apedreado por los judíos, Saulo no sólo no mostró ninguna piedad por uno de su propia sangre, quien era condenado a pesar de su inocencia, sino que aprobó su muerte y montó guardia sobre las vestiduras de los judíos que arrojaban las piedras a Esteban. Posteriormente, luego de solicitar permiso a los sacerdotes y ancianos principales de los judíos, atacó la Iglesia (la comunidad de los creyentes) con una ira todavía mayor, ingresando a las casas particulares y arrestando a hombres y mujeres a quienes enviaba a la cárcel. No satisfecho con perseguir a los fieles en Jerusalén, y profiriendo en forma permanente amenazas e intimidando de muerte a los discípulos de Cristo, se trasladó a Damasco con cartas de altos sacerdotes para las sinagogas, a fin que allí inclusive pudiera buscar a todos los que creyeran en Cristo, hombres y mujeres, y luego de arrestarlos, llevarlos de vuelta a Jerusalén. Esto aconteció durante el reinado del emperador Tiberio.

Pero cuando Saulo se aproximaba a Damasco, una luz brillante y enceguecedora apareció súbitamente del cielo, la cual lo hizo caer al suelo, y se escuchó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Lleno de asombro, le replicó preguntándole: "¿Quién eres Tú Señor?" el Señor le contestó: "Yo soy Jesús a quien tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón." Temblando y temeroso, él le dijo: "Señor, ¿qué quieres que haga?" y el Señor le dice: "Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer" (Hechos 9:4-6). Los soldados que iban con Saulo, se pararon también atónitos, encandilados por la maravillosa luz; escuchaban la voz que le hablaba a Saulo, mas no podían ver a nadie.

Obedeciendo al Señor, Saulo se puso de pie, pero no podía ver nada, a pesar que tenía los ojos abiertos; sus ojos estaban enceguecidos, pero comenzó a ver con los ojos del alma. Los acompañantes y ayudantes de Saulo lo condujeron de la mano y lo llevaron a Damasco, donde permaneció tres días, sin poder ver nada. En su arrepentimiento no comió nada, sino se dedicó más bien a orar sin cesar para que el Señor le revelara su voluntad.

En Damasco vivía el discípulo llamado Ananías. El Señor se le apareció a éste en una visión, ordenándole que buscara a Saulo, quien estaba en casa de cierto hombre de nombre Judas, y le devolviera la visión tocándole los ojos corporales y, también, los del alma mediante el sagrado bautismo. Ananías le contestó: Señor sé que muchos hablan sobre todo el mal que ha hecho este hombre a tus Santos en Jerusalén; y aquí él tiene el permiso de los sacerdotes jefes para detener a todo aquél que invoca Tu Nombre." Y le dijo el Señor: "Ve, porque instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel. Porque yo le mostraré cuanto le es necesario padecer por mi nombre" (Hechos 9:13-16).

Entonces Ananías, tal como el Señor le ordenó, fue y encontró a Saulo, y poniéndole las manos encima, éste recuperó inmediatamente la vista; cuando se levantó, recibió el Bautismo que lo llenó con el Espíritu Santo, y fue consagrado para el ministerio Apostólico. Saulo comenzó a predicar inmediatamente en las sinagogas al Señor Jesucristo, diciendo que era el Hijo de Dios. Todos los que le escuchaban quedaron sorprendidos por el cambio de actitud del antiguo perseguidor de la Iglesia de Cristo, y le dijeron: "¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este Nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes?" (Hechos 9:21).

Sin embargo Saulo, lleno del Santo fervor, tenía una fe cada vez más sólida y llevó a la confusión a los judíos que vivían en Damasco al probarles que Jesús era el Mesías prometido. Entonces los judíos estallaron de ira en contra de él y conspiraron para matarlo, para lo cual pusieron vigilancia en las puertas de la ciudad de día y de noche a fin que no se escapara. Pero los discípulos de Cristo que se encontraban en Damasco con Ananías, sabiendo de las intenciones de los judíos, llevaron a Saulo a una casa que estaba construida en la misma muralla de la ciudad y lo hicieron bajar en una cesta por una ventana. Al salir de Damasco, no fue inmediatamente a Jerusalén, sino que se trasladó a Arabia, tal como escribe en su Epístola a los Gálatas: "No conferí con carne y sangre; ni fui a Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que yo; sino que me fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, fui a Jerusalén a ver a Pedro" (Gálatas 1:16-18).

Al llegar a Jerusalén, Saulo trató de juntarse con los discípulos de Cristo, pero éstos eran temerosos, no creyendo que se había convertido en discípulo del Señor. Quien creyó en él fue el Apóstol Barnabás, cuya fervorosa súplica no había dejado sin respuesta el misericordioso Maestro. El recién convertido Saulo cayó ante los pies de su amigo e imploró: "Oh Barnabás, maestro de la verdad, ahora estoy convencido de la verdad de la que me hablaste sobre Cristo." Barnabás lloró de alegría y abrazó a su amigo y, tomándolo de la mano, lo llevó donde los Apóstoles. Entonces Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino a Damasco y cómo había predicado en el nombre de Jesús en esa ciudad. Los Santos Apóstoles se llenaron de gozo y glorificaron a Cristo Señor. Saulo se ponía a discutir incluso en Jerusalén con los judíos y helenos en el nombre del Señor Jesús y les demostraba que éste era el Mesías que los profetas predijeron.

Un día, mientras rezaba en el templo, Saulo le sobrevino un éxtasis y vio al Señor, quien le dijo: "Date prisa y sal prontamente de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio de mí." Entonces Saulo le dijo: "Señor, ellos saben que yo encerraba en la cárcel y maltrataba por las sinagogas a todos lo que creían en Ti; y cuando se derramó la sangre de tu mártir, Esteban, yo también estuve presente y consentí su muerte y guardé las ropas de los que lo mataban." Pero el Señor le dijo: "Ve, porque Yo te enviare lejos a los gentiles" (Hech. 22:18-21).

A pesar de esta visión, Saulo quiso quedarse todavía unos cuantos días en Jerusalén, porque había recibido el consuelo de la conversación con los Apóstoles, pero no pudo hacerlo. Los judíos, con quienes había tenido discusiones sobre Cristo, estaban muy enojados y querían eliminarlo. Sabiendo esto, los cristianos de Jerusalén lo acompañaron hasta Cesárea, donde zarpó hacia Tarso, su tierra natal; allí se quedó por algún tiempo predicando a sus coterráneos la palabra de Dios.

Por inspiración del Espíritu Santo, Barnabás llegó hasta allá y se llevó a Saulo a Antioquía de Siria, sabiendo que éste fue designado Apóstol para los gentiles. Predicando allí en la sinagoga por un año entero, ambos convirtieron a muchos a Cristo, quales empezaron a llamarse cristianos. Transcurrido el año, Barnabás y Saulo regresaron a Jerusalén y relataron a los Apóstoles sobre lo que había hecho la Gracia de Dios en Antioquía, lo cual produjo gran regocijo en la Iglesia de Cristo en Jerusalén. Más aún, trajeron consigo generosas limosnas de donadores cristianos de Antioquía a fin de ayudar a los hermanos pobres y menesterosos que vivían en Judea; porque en ese tiempo, durante el reinado del emperador Claudio, había una gran hambruna, la cual había sido predicha por San Agabo, uno de los setenta Apóstoles, a través de una revelación especial del Espíritu Santo.

Después de Jerusalén, Barnabás y Saulo regresaron a Antioquía. Cuando hubieron permanecido allí un cierto tiempo, ayunando y orando, en la celebración de la Divina Liturgia y predicando la palabra de Dios, el Espíritu Santo les envió a predicar a los paganos. Este díjoles a los ancianos de la iglesia de Antioquía: "Apartadme a Barnabás y a Saulo para la obra a que los he llamado" (Hechos 13:2). Entonces los ancianos de la comunidad, habiendo ayunado y orado, y puesto las manos sobre ellos, despidiéronlos.

Bajo inspiración del Espíritu Santo, Barnabás y Saulo se trasladaron a Seleucia, donde se embarcaron a la isla de Chipre (tierra natal del Apóstol Barnabás). Allí, en la ciudad de Salamis, predicaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos y después viajaron por toda la isla, incluso por Pafos. En este último lugar, encontraron a un tal Elimas, un judío cuyo sobrenombre era Barjesús, quien era hechicero y falso profeta. Este estaba relacionado con el gobernador de esa región, de nombre Sergio Pablo, quien era una persona inteligente y estaba al parecer influenciado por aquél. El gobernador mandó a llamar a Barnabás y a Saulo porque quería escuchar la palabra de Dios y escuchar su prédica. Pero Elimas se opuso a éstos, tratando de alejar al gobernador de la fe. Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos, le dijo: "Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora pues, he aquí, la mano del Señor que se va contra ti y te volverás ciego; y no verás el sol por algun tiempo" (Hechos 13:10-11). Inmediatamente la oscuridad y tinieblas cayeron sobre el hechicero, quien yendo de un lado a otro, buscó a alguien para que le llevara de la mano. Al ver lo ocurrido, el gobernador comenzó a creer completamente; maravillándose por la enseñanza del Señor; con él mucha de su gente también comensaron a creer y, por lo tanto, el número de fieles creció.

Saliendo de Pafos en bote, Pablo y sus compañeros arribaron a Perga, que se encuentra en Parnfilía, de donde partió a Antioquía de Pisidia. Allí predicó sobre Cristo; pero luego que hubo convertido a muchos a la fe, los maliciosos judíos incitaron a las personas principales de la ciudad, que eran idólatras, a echar, con su ayuda, a los Apóstoles del pueblo y sus alrededores.

Sacudiendo el polvo de sus sandalias, los Apóstoles se fueron a Iconio, donde se quedaron por algún tiempo y predicaron valientemente. Gracias a ello, una gran multitud de judíos y paganos se convirtieron a la fe, no sólo por su prédica, sino por las señales y milagros que realizaban ellos con sus manos, fue allí donde convirtieron a la santa virgen Tecla (a quien se conmemora el 24 de septiembre) y la prometieron a Cristo. Sin embargo, los judíos no creyentes agitaban a los paganos y a sus jefes para que se enfrentaran a los Apóstoles y los atacaran con piedras. Al enterarse de esto, los Apóstoles se alejaron a Licaonia, a las ciudades de Listra y Derba y sus alrededores.

Cuando predicaban el evangelio en Listra, sanaron a un cojo de nacimiento que nunca había caminado; en el nombre de Cristo pusieron de pie a éste, quien se paró inmediatamente y comenzó a caminar. Al ver este milagro, la gente elevó su voz, diciendo en dialecto licaónico: "Dioses semejantes a hombres han descendido a nosotros" (Hechos 14:11). Entonces llamaron a Barnabás Zeus, y a Pablo — Hermes. Después les llevaron bueyes y guirnaldas, y se aprestaban a ofrecerles sacrificios a los Apóstoles. Pero cuando ellos oyeron esto, desgarraron sus ropas y, metiéndose entre la multitud, gritaron: "Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que está en ellos" (Hechos 14:15). Después ellos explicaron a la gente la palabra del único Dios, luego de lo cual lograron convencerla a no ofrecerles sacrificios.

Durante su permanencia en Listra, donde predicaban, llegaron unos judíos de Antioquía e Iconio quienes convencieron al pueblo para que abandonara a los Apóstoles, sosteniendo desvergonzadamente que éstos decían falsedades, mintiendo. Incitaron a los que no tenían una fe sólida, los cuales apedrearon al Santo Pablo, debido a que era el principal predicador, y lo sacaron de la ciudad, en la suposición que estaba muerto. Sin embargo, el Santo se recuperó cuando lo rodearon sus discípulos y regresó a la ciudad, pero al día siguiente partió a Derba con Barnabás. Después de predicar el Evangelio en esa ciudad y de ganar no pocos conversos, volvieron sobre sus pasos a Listra, Iconio y Antioquía, para afirmar el alma de sus discípulos y exhortarlos a permanecer fieles. Ordenaron sacerdotes en cada iglesia, oraron y ayunaron, y encomendaron al Señor a los creyentes.

Posteriormente, pasando por Pisidia llegaron a Pamfilia; y luego de predicar la palabra del Señor en Perga, se trasladaron a Atalia, en donde se embarcaron hacia Antioquía de Siria, lugar del cual habían sido enviados originalmente por el Espíritu Santo para predicar a los paganos la palabra del Señor. Una vez en esta última ciudad, reunieron a los fieles y les contaron sobre lo que Dios había hecho a través de ellos y la cantidad de paganos que habían convertido a Cristo.

Después de un tiempo, se suscitó entre los judíos y los helenos una discusión en relasión a la circuncisión; algunos afirmaban que era imposible salvarse sin ella, en cambio otros consideraban que no era necesaria. Por eso los Apóstoles tuvieron que ir a Jerusalén para preguntar a los Apóstoles y los presbíteros ancianos cuál era su opinión con respecto a este asunto y para informarles también que Dios había abierto la puerta de la fe a los paganos. Al enterarse de este hecho, los hermanos de Jerusalén se alegraron mucho.

Cuando los Santos Apóstoles y presbíteros se reunieron, rechazaron totalmente la circuncisión, indicando que era innecesaria bajo la Gracia Divina. Ordenaron que los cristianos no se dejaran tentar por las cosas sacrificadas a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; para no ofender a su prójimo. Con esta decisión, los Apóstoles y los ancianos, junto con la iglesia, se sintieron contentos de enviar a Judas y a Silas, elegidos de entre su compañía, a Antioquía con Pablo y Barnabás (Hechos 15:20-22).

Al llegar a Antioquía, los Apóstoles aguardaron mucho tiempo antes de regresar donde los gentiles. Pablo le dijo a Barnabás: "Regresemos y visitemos a nuestros hermanos en todas las ciudades donde proclamamos la palabra del Señor y veamos cómo están." Pero Barnabás quería que los acompañase su sobrino Juan, que tenía por sobrenombre Marcos. Sin embargo, a Pablo no le parecía bien llevarlo porque éste los había abandonado en Pamfilia y no les había ayudado en su tarea. Entonces se produjo un desacuerdo, por lo cual se separaron. Barnabás tomando a Marcos, navegó a Chipre; mientras que Pablo eligiendo Silas, partió encomendado por los hermanos a la gracia de Dios hacia Siria y Cilicia, donde confirmó las iglesias (Hechos 15:36-41). Luego se trasladó a Derba y a Listra; en esta última ciudad circuncidó a su discípulo Timoteo a fin de acallar las murmuraciones de los cristianos judíos, y se lo llevó con él. Después fue a Frigia y a Galacia, de donde se dirigió a Misia para tratar de ir a Bitinia, pero el Espíritu Santo no los dejó. Cuando Pablo y sus acompañantes se encontraron en Troas, en un sueño vio a un hombre que parecía ser de Macedonia, el cual se puso delante y le rogó, diciendo: "Pasa a Macedonia para ayudarnos!" (Hechos 16:9). Pablo interpretó esta visión como que el Señor lo estaba llamando para predicar en Macedonia. Primero navegó a Troas, pero la barca en que zarpó lo llevó primero a la isla de Samotracia; y al día siguiente llegó a Neápolis, de donde continuó a Filipos, ciudad que era colonia romana y la que estaba más cerca a Macedonia. En Filipos, enseñó y bautizó primero a una mujer de nombre Lidia, que vendía telas púrpuras, la cual le pidió que se quedara él y sus discípulos en su casa.

Cierto día, cuando Pablo y Sus discípulos iban a la oración, se toparon con una muchacha esclava que tenia espiritu de adivinacion, la cual reportaba considerables ganancias a sus amos porque predecía el futuro. Siguiendo a Pablo y sus acompañantes, ella dijo en voz alta: "Estos hombres son siervos del Dios el Altísimo, los cuales os anuncian el camino de la salvación" (Hechos 16:17). Así continuó diciendo por muchos días, lo cual desagradó a Pablo, quien volviéndose a ella, dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Al ver sus amos que se había arruinado la fuente de sus ingresos, estos agarraron a Pablo y a Silas y los llevaron ante los magistrados de la ciudad, diciendo: "Estos hombres, siendo judíos, alborotan demasiado nuestra ciudad y enseñan costumbres que no nos son lícitas de recibir ni observar como romanos" (Hechos 16:20-21). Los magistrados mandaron a azotar a los Apóstoles con varas, luego de haberles rasgado los vestidos, y después que les dieron muchos azotes, los echaron en la cárcel. Pero en la medianoche, cuando ambos oraban, se produjo un terremoto y todas las puertas se abrieron, y también se soltaron las ataduras de los prisioneros. El carcelero, al ver esto, comenzó a creer en Cristo y los llevó a su casa, donde lavó sus heridas. El y todos los miembros de su familia se bautizaron inmediatamente y prepararon una fiesta para los Santos, los cuales regresaron después a la cárcel. Al día siguiente, las autoridades de la ciudad, dándose cuenta que habían castigado cruelmente a inocentes, enviaron a los alguaciles a la prisión con órdenes de poner en libertad a los Apóstoles para que estos fueran donde quisieran. Pero Pablo les dijo: "Nos azotaron públicamente sin ser condenados, siendo ciudadanos romanos, y nos echaron a la cárcel; ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto, ¡Que vengan ellos mismos a sacarnos!" (Hechos 16:37). Cuando los magistrados se enteraron de lo dicho por Pablo, sintieron temor porque los prisioneros a quienes habían hecho azotar eran, en efecto, ciudadanos romanos. Apresuradamente fueron donde ellos y les rogaron que salieran de la cárcel y se alejaran de la ciudad. Entonces, saliendo de dicho lugar, fueron primero a casa de Lidia, donde habían estado antes, lo cual alegró a los fieles que allí se reunían. Finalmente, se despidieron de ellos y partieron a Arnfipolis y a Apolonia, de donde se trasladaron a Tesalónica.

En este último sitio, cuando ya habían ganado a muchos gracias a su evangelismo, los malvados judíos, luego de reunir a varias personas ruines, atacaron la casa de Jasón en donde se hospedaban los Apóstoles. Pero como no encontraron allí a éstos, agarraron a Jasón y a varios otros hermanos y los llevaron ante las autoridades de la ciudad, acusándolos de estar contra el César y de reconocer a otro emperador de nombre Jesús. Sin embargo, Jasón apenas logró zafarse de este peligro.

No obstante, los Apóstoles lograron esconderse de estos infames y salieron de Tesalónica por la noche hacia Berea. Incluso allí, la perversidad de los judíos no le permitió estar tranquilo a Pablo. Cuando los judíos de Tesalónica se enteraron que la palabra de Dios estaba siendo predicada por Pablo en Berea, fueron hasta allí para agitar e instigar a la gente contra Pablo. Por eso, el Santo Apóstol se vio obligado a partir, no por temor a morir, sino por insistencia de la hermandad, la cual le pidió que conservara su vida por el bien de la salvación de muchos y lo acompañó hasta la ribera del mar. El Apóstol dejó en Berea a sus compañeros de viaje, Silas y Timoteo, para que confirmaran a los recién convertidos a la fe, ya que sabía que los judíos buscaban sólo su cabeza. Después se embarcó hacia Atenas.

En esta ciudad, Pablo quedó consternado cuando vio la gran cantidad de ídolos que llenaba la ciudad y se afligió por la condenación de tantas almas. Comenzó a entablar discusiones con los judíos en las sinagogas y a diario debatía en las plazas públicas con los helenos y sus filósofos. Quienes le escuchaban lo llevaron al Areópago (lugar donde se reunía el tribunal superior para deliberar).

Pero el Santo Pablo, habiendo visto en la ciudad un altar donde se leía la inscripción: "Al Dios no conocido," comenzó su anuncio haciendo referencia a esto y les predicó sobre el verdadero Dios, antes desconocido para ellos, diciendo: "Aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerlo, a este os anuncio yo" (Hechos 17:23). Y les habló de Dios, el Creador de todo el mundo, del arrepentimiento, del juicio y de la resurrección de los muertos. Algunos se rieron cuando habló de la resurrección, pero otros querían saber más. Sin embargo, Pablo se apartó de ellos, aunque no sin llevar el bien a algunas almas; ya que varios comenzaron a creer en Cristo, entre los cuales estaba Dionisio el Areopagita y cierta importante mujer de nombre Dámaris, así como muchos otros, quienes fueron bautizados.

De Atenas, Pablo se trasladó a Corinto, donde permaneció junto a cierto judío llamado Aquila; allí también llegaron Silas y Timoteo desde Macedonia, y todos juntos anunciaron a Cristo. Aquila y su mujer Priscila se dedicaban a hacer tiendas (carpas), oficio que también conocía bien Pablo, por lo cual éste trabajaba con ellos, ganándose así su sustento y el de sus compañeros, tal como él mismo lo señala en su epístola a los Tesalonicenses: "Ni comimos el pan de ninguno en balde, sino que obramos con trabajo y fatiga día y noche para no ser carga de ninguno de vosotros" (II Tesalonicenses 3:8). En otra parte señala también: Ustedes mismos saben que estas manos me han proporcionado mis necesidades y a los que están conmigo" (Hechos 20:34).

Todos los sábados exhortaba a los judíos en las sinagogas, demostrando que Jesús era el Mesías. Pero como éstos se resistían obstinadamente y blasfemaban, él sacudió sus vestidos y les dijo: "Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza; yo, limpio, desde ahora me iré a los gentiles" (Hechos 18:6). Pero cuando se disponía a abandonar Corinto, el Señor se le apareció por la noche en una visión y le dijo: "No temas; más bien, habla y no te quedas callado, porque Yo estoy contigo; y nadie te hará daño, porque Yo tengo mucha gente en esta ciudad" (Hechos 18:1-10).

San Pablo se quedó en Corinto durante un año y medio, proclamando la palabra de Dios a los judíos y a los helenos; muchos creyeron y se bautizaron, incluso Crispo, jefe principal de la sinagoga, quien comenzó a creer en el Señor y se hizo bautizar junto a toda su familia. Sin embargo, un grupo de judíos no creyentes atacó a Pablo y lo llevó ante el tribunal de Galio, quien era procónsul de Acaya y hermano del filósofo Séneca; pero éste se rehusó a condenar al Apóstol, diciendo: "Si él hubiera cometido algún crimen o si estuviese envuelto en algún acto nefasto, tendría razones para escucharos y condenarlo; pero no tengo deseos de actuar como juez de ninguna disputa sobre vuestras doctrinas y leyes." Y luego los echó de la corte. Pero al cabo de algunos días, el Santo Pablo se despidió de sus hermanos y navegó a Siria con sus acompañantes. Aquila y Priscila lo siguieron y todos se quedaron en Efeso. Aquí, predicando la palabra del Señor, el Santo Apóstol obró numerosos milagros; pero no sólo sus manos realizaban milagros, curando todas las enfermedades sólo con su toque, sino que incluso sus pañuelos y vestiduras que hubiesen absorbido el sudor de su cuerpo, adquirían este mismo milagroso poder; porque cuando éstos eran colocados sobre los dolientes, inmediatamente los sanaban y expulsaban a los espíritus inmundos de la gente. Al ver esto, varios exorcistas itinerantes judíos comenzaron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que estaban poseídos por los malos espíritus, diciendo: "Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica." Pero el espíritu maligno les respondió, diciendo: "A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?" Entonces el hombre que estaba poseído, se lanzó sobre los exorcistas y, luego de dominarlos, adquirió tal poder sobre éstos que los golpeó e hirió hasta que éstos apenas lograron escapar desnudos de las manos del poseído. Al enterarse de esto los judíos y los griegos de Efeso, el temor se apoderó de ellos y glorificaron el nombre del Señor Jesús, y muchos comenzaron a creer en El. Incluso muchos hechiceros, después de aceptar la fe, echaron al fuego sus libros de conjuros; y cuando se calculó el precio de ellos, encontraron que valían cincuenta mil dracmas. Así la palabra de Dios creció poderosamente y se extendió.

Después, Pablo se preparó para ir a Jerusalén, y señaló: "Después que hubiera estado allá, tendré también que ir a Roma" (Hechos 19:21). Pero en eso se produjo una pequeña revuelta en Efeso de parte de los orfebres de plata, quienes hacían templecillos de este metal para la diosa Artemisa. Una vez que la revuelta hubo concluido, el Santo Pablo, que se había quedado en Efeso tres días, partió hacia Macedonia, de donde se dirigió a Troas, lugar en el cual se quedó siete días.

El primer día de la semana, cuando los fieles se reunieron para partir el pan,Pablo les pronunció un largo discurso, porque pensaba dejarlos al día siguiente, y continuó hasta la medianoche; la reunión se realizó en un cuarto superior, el cual era iluminado con muchas lámparas. Entre los que le escuchaban estaba cierto joven llamado Eutiquio, quien estaba sentado a la ventana; pero éste se quedó profundamente dormido y cayó fuera desde el tercer piso. Cuando lo levantaron ya estaba muerto; pero San Pablo bajó y lo abrazó, diciéndole: "No os preocupéis, porque su vida está en él" (Hechos 20:10). Después Pablo regresó arriba y los demás subieron al mozo vivo, y fueron consolados no pocos. Luego de hablar largamente hasta el alba, el Apóstol se despidió de los fieles y se marchó.

Al llegar a Mileto, Pablo escribió a Efeso luego de reunir a los ancianos de la iglesia, porque no deseaba ir allá personalmente, a menos que se retrasara; porque le urgía estar en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés. Cuando los ancianos estuvieron presentes, el Apóstol les dirigió un instructivo discurso, diciendo, entre otras cosas: "por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre" (Hechos 20:28). Después les predijo que después de su partida los atacarían feroces lobos que asolarían el rebaño; y también los habló de su propia jornada venidera: "Y ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me ha de acontecer; más que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio diciendo que prisiones y tribulaciones me esperan. Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi preciosa vida para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la Gracia de Dios. Y ahora, he aquí yo sé que ninguno de todos vosotros, por quien he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro" (Hechos 20:22-25). A esto hubo un gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, lo besaron, doliéndose de gran manera por las palabras que dijo respecto a que nunca más ellos volverían a ver su rostro. Lo acompañaron al navío y éste, dándoles un último beso, emprendió su viaje.

Pasó por muchas ciudades y tierras, tanto de la costa como de varias islas, visitando y dando ánimo a los fieles, hasta arribar a Tolorneo, de donde partió a Cesárea Marítima, lugar en que se alojó en casa del Apóstol Felipe, uno de los siete diáconos.

Allí, un día llegó de Judea el profeta Agabo buscando a Pablo; y cuando lo encontró, le tomó el cinto de éste y se ató los pies y las manos, diciendo: "Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto y lo entregarán en manos de los gentiles" (Hechos 21:11). A pesar de esto, el Santo Apóstol Pablo fue a Jerusalén junto con sus discípulos (entre los que estaba Trofimo, un éfesó que se había convertido al cristianismo del paganismo) y allí fue recibido alegremente por el Santo Apóstol Jacobo, el hermano del Señor, y por toda la congregación de fieles.

Por esos días, llegaron unos judíos, que eran implacables enemigos de Pablo y siempre habían tratado de provocar desórdenes en su contra, desde el Asia Menor para celebrar la fiesta de Pentecostés en Jerusalén. Al ver éstos a Pablo en esta ciudad, junto a Trofimo de Efeso, se quejaron en contra del Apóstol ante los sacerdotes principales de los judíos, así como ante los escribas y los ancianos, acusándolo de violar la ley de Moisés al no ordenar que sus seguidores se circuncidaran y al predicar en todas partes a Jesús crucificado. Las autoridades se alteraron tanto que decidieron apresarlo. Durante la fiesta, al ver unos judíos de Asia a Pablo en el templo de Salomón, ellos lo insultaron y agitaron a la gente, y se abalanzaron sobre él, dando voces: "¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, contra la ley y contra este lugar; y además ha metido gentiles en el templo y ha contaminado este lugar Santo." Porque antes lo habían visto acompañado por Trofimo, el éfeso, de quien suponían que Pablo había llevado al templo (Hechos 21:28-30).

Al oír los gritos, toda la ciudad se alborotó y se agolpó. La multitud agarró a Pablo y lo expulsó del templo, cerrando las puertas inmediatamente. Ellos querían matarlo, pero no en el templo, para no manchar el lugar sagrado. Sin embargo, en ese momento, la noticia había llegado donde el comandante militar de la ciudad, el cual juntó rápidamente a sus soldados y centuriones y partió hacia el templo sin demora. Al ver la gente al comandante y sus guerreros, dejaron de golpear a Pablo. Entonces el tribuno lo tomó y lo hizo atar con dos cadenas de hierro; sólo entonces le preguntó quién era y qué había hecho.

La muchedumbre le pidió a voces al comandante que lo hiciera matar; pero debido al alboroto del gentío, él no logró captar cuál había sido el crimen de Pablo, por lo que mandó llevarlo a la fortaleza. Numerosas personas siguieron al comandante y sus soldados, pidiéndole a voces la muerte del Apóstol. Cuando Pablo llegó a subir las gradas de la fortaleza, pidió permiso al comandante para dirigir unas cuantas palabras a la multitud, a lo cual asintió éste. El Apóstol se paró en las gradas y se dirigió a la gente en idioma hebreo, diciéndole en voz alta: "¡Varones, hermanos y padres, escuchad mi razón que ahora os doy!" (Hechos 21:1). Entonces comenzó a narrarles sobre su antiguo celo por la ley de Moisés y sobre la forma como, en su trayecto a Damasco, había sido enceguecido por una luz celestial y cómo había visto al Señor, quien lo había enviado a los gentiles. Pero la turba, no deseando escuchar más, comenzó a gritar al comandante: "¡Quita de la tierra a un hombre así, porque no conviene que viva!" Y dando ellos voces y arrojando sus ropas, echando polvo al aire, el comandante ordenó llevarlo a la fortaleza para examinarlo con azotes, a fin de saber por qué razón clamaban así contra él. Pero cuando lo ataban con correas, Pablo le dijo al centurión que estaba presente: "¿Os es lícito azotar a un romano sin ser condenado?" Entonces el centurión fue a comunicárselo al comandante, diciendo: "Ten cuidado de lo que haces, porque este hombre es romano." y este vino y le dijo: Dime ¿eres romano?" el le contestó que sí. Turbado, el comandante le dijo: "Con gran suma obtuve esta ciudadanía" (Hechos 22:22-28). Entonces lo soltó inmediatamente de sus ataduras.

Al día siguiente, el comandante mandó venir a los príncipes de los sacerdotes y al sanedrín a fin de poner al Santo Pablo ante ellos. Este, dirigiéndose fijamente al sanedrín, dijo: "Varones y hermanos, hasta hoy he vívido con toda buena conciencia ante Dios." El príncipe de los sacerdotes, Ananías, ordenó a los que estaban delante de él que le golpearan en la boca. Entonces Pablo le dijo: "Dios a ti te herirá, pared banqueada; ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir?" (Hechos 21:1-3). Sabiendo que el concilio estaba compuesto por saduceos y fariseos, Pablo clamó: "Varones y hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado." Cuando dijo esto, se produjo una discusión entre los fariseos y los saduceos, mientras que la multitud estaba dividida. Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus; pero los fariseos confiesan ambas cosas. Entonces se produjo un bulliciosos griterío. Los escribas, que estaban de parte de los fariseos, discutieron agriamente, diciendo: "No encontramos nada malo en este hombre" (Hechos 21:6-9). Pero los saduceos sostenían lo contrarío, por lo cual continuó la fuerte discusión. Temiendo que el concilio despedazará a Pablo, el capitán jefe mandó a sus soldados sacarlo de allí y llevarlo de vuelta a la fortaleza. A la noche siguiente, el Señor se le apareció al Santo y le dijo: "Confía, Pablo; que como has testifícado de mí en Jerusalén, así es menester que testifiques también en Roma" (Hechos 23:1 l).

Cuando llegó el día, algunos judíos se juntaron y juraron que no comerían ni beberían hasta ver a Pablo muerto. Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración (Hechos 23:12-13). Viendo esto, el comandante mandó a Pablo bajo una severa custodia donde el procurador Félix, en Cesárea. El príncipal de los sacerdotes, Ananías, y los miembros ancianos del sanedrín se trasladaron también a Cesárea para calumniar a Pablo ante el procurador y pedir su muerte; pero no tuvieron éxito, porque no se le halló ninguna falta como para merecer la pena de muerte. El procurador, sin embargo, deseando ganarse la simpatía de los judíos, hizo encadenar al Apóstol.

Después de dos años, Félix fue reemplazado como procurador por Porcio Festo. Entonces el príncipe de los sacerdotes le solicitó a éste, con maliciosa intención, que enviara a Pablo a Jerusalén, porque tenía la esperanza de asesinar al Apóstol de Cristo en el camino. Festo, deseando ganarse servilmente el favor de los judíos, preguntó a Pablo: "¿Quieres ir hasta Jerusalén para ser juzgado allá ante mí?" Pablo le respondió: "Estoy ante el tribunal del César donde debo ser juzgado; a los judíos no he hecho nada malo, como tú lo sabes muy bien. Si hubiera ofendido o hubiera cometido algo que merezca la muerte, no rehúso morir; pero si no hay nada de lo que me acusan, nadie puede llevarme ante ellos. ¡Apelo ante el César!" (Hechos 25:9-11). Festo, luego de conversar con sus consejeros, le respondió a Pablo: "Si al César apelas, al César irás" (Hechos 25:12).

Algunos días después, llegó a Cesárea el rey Agripa para saludar a Festo; y cuando escuchó hablar de Pablo, deseó verlo. Cuando éste estuvo ante el rey y el procurador, él les habló detenidamente del Señor Cristo y de cómo había llegado a creer en El; entonses el rey le dijo: "Casi me convences a ser cristiano." Entonces Pablo le dijo: "¡Placíese a Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fuiseis hechos como yo soy, excepto estas ataduras!" (Hechos 26:28-29). Luego de estas palabras, el rey, el procurador y quienes los acompañaban, se retiraron a un rincón para deliberar, decidiendo luego: "Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte o la prisión." Entonces Agripa le dijo a Festo: "Este hombre podía ser suelto, si no hubiera apelado a César" (Hechos 26:31-32).

Así pues, ellos decidieron mandar a Pablo donde el César en Roma, para lo cual lo encomendaron, junto con varios otros prisioneros, al centurión de un regimiento imperial de nombre julio, quien los embarcó y partió con ellos. El viaje estuvo lleno de peligros debido a los vientos en contra; y cuando atracaron en la isla de Creta, en el puerto conocido como Buenos Puertos, el Santo predijo el futuro, recomendando a los encargados que permanecieran en puerto hasta que pasara el invierno. Pero el centurión creyó más en el piloto y en el propietario de la nave que en las palabras de Pablo. Estando ya en alta mar, sobrevino un tempestuoso viento que levantó grandes olas y había tanta niebla que durante catorce días ellos no pudieron ver ni el sol de día ni las estrellas de noche; ni siquiera sabían donde se encontraban, porque la oleada los había arrastrado; y en su desesperación no comieron todos esos días y esperaban la muerte en cualquier momento. A bordo de la nave había doscientas setenta y seis personas. Metido entre ellos, Pablo los consolaba, diciendo: "Varones, si me hubieseis escuchado y no zarpado de Creta, os habríais evitado todo este sufrimientos y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, porque ninguna vida se perderá, sino sólo la nave. Anoche se me presentó un ángel de Dios, a quien pertenezco y sirvo, diciendo: ‘No temas, Pablo: es menester que seas presentado ante el César; y he aquí, Dios te ha dado a todos los que navegan contigo.’ Por eso, varones, tened buen ánimo; porque en Dios creo que sucederá tal como me dijo" (Hechos 27:21-25). Después Pablo los convenció a todos que probaran alimento, diciendo: "Esto es para vuestra salud, porque ni un pelo se caerá de la cabeza de ninguno de vosotros" (Hechos 27:34). Entonces él tomó un pedazo de pan y, dando gracias a Dios, lo partió y comenzó a comérselo. Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron también.

Al amanecer el día, ellos vieron tierra, pero no reconocieron el lugar. Trataron de guiar la nave hacía la orilla, pero apenas la movieron, ésta comenzó a hundirse; su proa se quedó inmovilizada y su popa se partía con el golpe de las olas. Los soldados, entonces, decidieron matar a todos los prisioneros, arrojándolos al mar, para que nadie escapara; peró el centurión, deseando salvar a Pablo, les impidió hacerlo y ordenó echar al agua a los que supieran nadar, para acercarse a la orilla. El resto se las arregló como pudo; algunos en tablones, otros en restos del naufragio; pero todos llegaron salvos y fueron sacados del mar.

Entonces descubrieron que la isla se llamaba Melita (la actual isla de Malta). Sus habitantes, que eran bárbaros, les mostraron no poca humanidad, porque, como llovía y hacía frío, ellos encendieron una fogata para calentar a los que se habían mojado en el mar. Entretanto, Pablo reunió una gran cantidad de leña, la cual echó en la hoguera; en eso, una serpiente, que se alejaba del calor, saltó sobre su mano. Al ver la gente la víbora que colgaba de su mano, se dijeron entre ellos: "Sin duda que este hombre es un homicida, a quien, escapado, de la mar, la justicia no deja vivir" (Hechos 28:4). Pero Pablo, sacudiendo la víbora en el fuego, no sufrió ningún mal. Ellos esperaban cuándo se había de hinchar o caer muerto, pero habiendo aguardado mucho y viendo que nada le pasaba, cambiaron de opinión y comenzaron a decir que se trataba de un dios.

El gobernador de esa isla, el cual se llamaba Publio, condujo a los náufragos a su casa, donde éstos se quedaron por tres días. Por esos días, su padre se encontraba enfermo con fiebre y sufría de disentería. Entonces Pablo lo sanó después de rezar al Señor y colocar las manos sobre el enfermo. Después de esto, todos los enfermos de la isla fueron donde el Santo Apóstol para ser sanados.

Tres meses más tarde, todos los náufragos, incluyendo el Apóstol, partieron en otra nave hacia Roma, pasando primero por Siracusa y Puteoli. Cuando los hermanos que vivían en Roma se enteraron de la llegada de Pablo, fueron a darle encuentro, llegando incluso hasta la plaza de Apio y las Tres Tabernas. Al verlos, Pablo se sintió confortado de espíritu y dio gracias a Dios.

En Roma, el centurión entregó los presos de Jerusalén al capitán de la guardia, pero a Pablo se le permitió estar solo, con un guardia que lo custodiara. Así vivió el Apóstol durante dos años enteros, recibiendo a todos los que acudían a él, predicando sin temor y abiertamente el reino de Dios y proclamando a nuestro Señor Jesucristo.

El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, relata hasta aquí la vida y la obra de Pablo. Sus posteriores labores y sufrimientos son contados por el mismo en su segunda epístola a los Corintios de la manera siguiente: "(En comparación con otros, yo era) en los trabajos más generoso, en azotes indeciblemente sufrido, en las prisiones más frecuente, en las muertes más a menudo. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces he naufragado, una noche y un día he estado en mar profundo. En caminos muchas veces; peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros en el desierto, peligros en la mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchas vigilias, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez" (2 Corintios 11:23-27).

Después de atravesar a lo largo y lo ancho de la tierra, a pie y en barco, el Apóstol Pablo llegó también a conocer las alturas del cielo, cuando ascendió al tercer cielo; porque el Señor, consolando a su Apóstol en el momento de sus labores más difíciles, las cuales eran hechas por causa de su Santo Nombre, le ensoñó la gloria del cielo que ojo alguno ha visto, escuchando palabras secretas que el hombre no puede decir.

La forma como el Santo Apóstol realizó las restantes luchas de su vida y actividades, la relata el historiador eclesiástico Eusebio Pánfilo, en su segundo libro "Historia Eclesiástica." Este señala que luego de dos años de encarcelamiento en Roma, el Santo Pablo fue puesto en libertad por su inocencia, y predicó la palabra de Dios en esa ciudad y en otras tierras de Occidente.

San Simeón Metafrastes escribe que, después de su reclusión en Roma, el Apóstol se dedicó a difundir las buenas nuevas de Cristo. De Roma salió para visitar España, Galia y toda Italia, iluminando a los paganos con la luz de la fe y convirtiéndolos de la idolatría al cristianismo. Cuando estuvo en España, cierta mujer noble y rica, llamada Xantipa, al escuchar predicar al Apóstol sobre Cristo, quiso ver a Pablo en persona y convenció a su marido, Probo, para que invitara a éste a la casa de ellos a fin de demostrarle su hospitalidad. Cuando el Apóstol entró a la casa de ellos, en el rostro del Santo vio ella sobre sus cejas escritas con letras de oro las palabras: Pablo el predicador de Cristo." Al leer esto, a pesar que nadie más podía verlo, ella se postró ante el Apóstol con gozo y temor, confesando a Cristo como el verdadero Dios y rogando ser bautizada. Xantípa fue la primera en recibir este sacramento; luego fue seguida por su marido, Probo, y todos los miembros de su familia, así como por Filoteo, el magistrado de la ciudad, y muchos otros.

Después de visitar todas estas tierras de Occidente e iluminarlas con la luz de la santa fe, san Pablo se dio cuenta que se acercaba su propio martirio. De vuelta en Roma, escribió a su discípulo Timoteo, diciéndole: "Ahora ya estoy listo para ser ofrecido y está cercano el momento de mí partida. He peleado la buena batalla, he recorrido mi trayecto, he guardado la fe; por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará en aquel día el Señor, juez justo" (2 Timoteo 4:6-8).

La etapa de los sufrimientos de Pablo es citada diversamente por los historiadores eclesiásticos. Gayo, cronista eclesiástico; Seferino, obispo de Roma, y Dionisio, obispo de Corinto, afirman que los Apóstoles Pedro y Pablo fueron rnartirizados juntos, el 29 de junio del año 67 d.C., en el désimo tercer año del reinado de Nerón. Ellos estaban retenidos en la prisión de Mamertino en Roma, de donde fueron sacados para ser ejecutados al mismo tiempo. A la entrada de las puertas de la ciudad, los guías de los Apóstoles se despidieron de estos. Nícéforo Calisto (+1350) — en el segundo libro de su historia, capítulo 36 escribe también que San Pablo padeció junto a San Pedro el mismo día. San Sofronio, patriarca de Jerusalén, y los cronistas Justino e Ireneo señalan que Pablo fue martirizado un año después que Pedro, pero en una misma fecha, el 29 de junio. Ellos afirman que la razón de su condena a muerte se debió a que, cuando anunciaba a Cristo, exhortaba a las doncellas y las mujeres a que abrazaban la vida de castidad. Sin embargo, no existe gran discrepancia; porque en la vida de San Pedro (según Simeón Metafrastes), se afirma que San Pedro no padeció inmediatamente (después de la muerte de Simón Mago), sino varios años después; debido a que las doce concubinas favoritas de Nerón se convirtieron al cristianismo y eligieron vivir en castidad gracias al Apóstol Pedro. Como Pablo vivía también en Roma y en las tierras cercanas en el mismo tiempo que Pedro, es probable que aquel ayudara a éste en su lucha contra Simón Mago, durante la primera estadía de Pablo en Roma; y cuando llegó a Roma por segunda vez, él y el Santo Pedro ayudaron a la salvación de los hombres, enseñando a hombres y mujeres por igual para vivir una vida pura de castidad. Fue así como los Apóstoles despertaron la ira del descreyente emperador Nerón, el cual llevaba una vida depravada y los condenó a muerte, haciendo ejecutar a Pedro como no ciudadano, mediante la crucifixión en la colina de Janículo, y a Pablo, como a ciudadano romano (ya que era prohibido ejecutar a ciudadanos de una manera deshonrosa) mediante decapitación; si no en el mismo año, por lo menos en la misma fecha. Cuando cortaron la honorable cabeza de San Pablo, de la herida fluyó leche junto a la sangre. La ejecución fue realizada a corta distancia de la ciudad, en el camino de Ostia. Sus preciosas reliquias fueron enterradas por los fieles en el lugar donde ratificó su testimonio con el martirio.

Cuando el Apóstol era conducido por los soldados para su decapitación, se produjo un milagro fuera de la ciudad. El se encontró con una mujer, llamada Perpetua, quien era ciega del ojo derecho. El Apóstol le dijo: "Mujer, dame tu pañuelo; te lo devolveré cuando regrese." Los soldados le afirmaron en broma: "Oh mujer, lo resibirás rápidamente." Cuando llegaron al lugar de ejecución, le cubrieron al Apóstol los ojos con este mismo pañuelo. ¿Qué fue lo que Dios hizo para glorificar a su siervo Pablo? Invisiblemente, el pañuelo manchado de sangre apareció en las manos de Perpetua. Ella se frotó con él los ojos y se sanó. Cuando los soldados regresaron y la vieron sanada, ellos también comenzaron a creer en Cristo y exclamaron: Grande es el Dios a quien Pablo predica." Cuando Nerón se enteró de lo sucedido, se puso terriblemente furioso y mandó a ejecutar a los soldados de una manera diferente: mediante decapitación, inmolación, apedreamiento, descuartizamiento, ahorcamiento, ahogamiento y desollamiento. Perpetua también fue aprehendida; le ataron al cuello una carga pesada y la arrojaron al río Tiber de Roma.

Fue así como reposó el recipiente elegido de Cristo, el maestro de todas las naciones, el predicador universal, el testigo de las alturas del cielo y de las bellezas del paraíso, objeto de embeleso de ángeles y hombres, el gran luchador y atleta, que soportó en carne propia las heridas de su Señor, el preeminente Santo Apóstol Pablo. Por segunda vez, aunque sin su cuerpo, fue elevado al tercer cielo, donde tomó su lugar ante la luz de la Trinidad, junto a su amigo y colaborador, el Santo y preeminente Apóstol Pedro, siendo transportado de la iglesia militante a la iglesia triunfante, en medio de la alegre acción de gracias, elevando las voces y el júbilo de los que se alegraban; y ahora, ellos glorifican al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, al Dios Trino, a Quien todos honran, glorifican, adoran y agradecen, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.



Tropario Tono 4: 
Oh líderes de los Apóstoles y maestros del mundo interceded ante el Maestro de todos, para que conceda la paz al mundo y a nuestras almas la gran misericordia.

Kontaquio Tono 4: 
Te convertiste en un receptor del Salvador, porque iluminaste las naciones a través de Tu prédica, la que se llevó a cabo en medio de los peligros del mar y las persecuciones a los atenienses revelaste el Dios desconocido, oh Pablo, Apóstol y maestro de las naciones y nuestro Santo Patrono, intercede por aquellos que te honran para que lo salves de todo peligro.

Megalinarion:  
Alabemos a los primeros heraldos del mundo: a Pedro, el más honrado Apóstol entre los doce; y a Pablo, el impetuoso predicador del designio divino de Cristo; porque, ceñidos con la corona de la gloria, ellos interceden en nuestro bien. 
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Tuesday, June 18, 2019

Una oración Por Los Niños ( Obispo Alejandro Mileant )


O Señor, Nuestro Padre Celestial, ten piedad de nuestros niños (nombres), por los cuales con humildad Te rogamos, y a los cuales encomendamos a Tú cuidado y protección. Implanta en ellos la verdadera fe, enséñales a ser reverendos en frente de Tí y dígnalos de amarte con fervor, nuestro Creador y Salvador. Guíalos hacía la virtuosidad, para que ellos hagan todo para Tú gloria. Enséñales a seguir una vida piadosa y virtuosa, para ser buenos cristianos y gente digna. Otórgales salud espiritual y física y éxito en sus esfuerzos. 
Protégelos de las trampas taimadas del diablo, de las muchas tentaciones, de las malas pasiones y de toda la gente atea y trastornada. 
Por Tú Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por medio de las oraciones de Su Santísima Madre y todos los santos, déjales encontrar en Tí un refugio tranquilo y Tu eterno Reino, para que ellos, con todos los salvados, eternamente Te den las gracias, a Tu único Hijo Primogénito y Tú Dispensador de la vida, Espíritu Santo. Amen.

Obispo Alejandro Mileant
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Saturday, June 15, 2019

Acerca de la importancia de la Proscomidia.

(*Parte preparatoria de la Liturgia con la ofrenda de pan para conmemorar el oficio — Prosfora).

Cierto famoso gran erudito, médico, enfermó gravemente. Los médicos invitados, sus amigos, consideraron, que su situación era tal que había muy pocas esperanzas por su recuperación. El profesor vivía solo con su hermana anciana. El era muy poco creyente, y no le interesaban los temas religiosos, no iba a la iglesia aunque vivía en las cercanías de una de ellas.
Después de tal diagnóstico médico, la hermana quedó muy triste, sin saber como ayudar al hermano. Y recordó que al lado — había una iglesia donde se podía en la proscomidia pedir por su muy enfermo hermano por medio de una ofrenda.
Temprano en la mañana sin decir nada al hermano, se preparó para el oficio de la mañana, le relató al sacerdote su pena, y pidió sacar una parte de la prosfora por la salud de su hermano (en el momento de la proscomidia). Al mismo tiempo, su hermano tuvo una visión: como que la pared de su cuarto hubiera desaparecido... y se abrió el interior del templo, el altar y vio a su hermana, hablando de algo con el sacerdote. El sacerdote se acercó al ofertorio, quitó una parte de la prosfora, la que cayó resonando sobre el "discos"(patena). En ese momento el enfermo sintió una fuerza que penetró en su cuerpo. Se levantó de la cama, lo cual hacía mucho tiempo que no había podido hacer. De regreso su hermana, no tuvo límites para su asombro.
— ¿Donde estuviste? — exclamó el ex enfermo — Yo vi todo, vi como hablaste con el sacerdote y como ofreció por mi salud una prosfora.
Aquí con lágrimas agradecieron a Dios por la milagrosa recuperación. El profesor vivió largos años después de esto, ya no olvidando la misericordia Divina hacia él, pecador.


Obispo Alejandro Mileant
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Thursday, June 6, 2019

Explicación de la Ascensión del Señor

Durante varias semanas después de Su Resurrección el Señor Jesucristo frecuentemente se aparecía a Sus discípulos y conversaba con ellos, preparándolos para su próxima misión apostólica. Finalmente en el cuadragésimo día, el Señor Jesucristo nuevamente se apareció a los apóstoles y les ordenó no alejarse de Jerusalén, pues precisamente allí debía descender sobre ellos el Espíritu Santo prometido por Él.
Después de decir esto los llevó hacia el monte de los Olivos, que se encontraba hacia el oriente de Jerusalén. En la expectativa, de que algo importante debía suceder, comenzaron a preguntarle: "¿Señor, es este el tiempo en el que Tu restaurarás el reino de Israel?" Los apóstoles, así como la mayoría de los hebreos, esperaban, que el Mesías iba a ser un rey-conquistador, quien realizaría grandes cambios sociales, liberaría a su pueblo del dominio extranjero, y les traería gloria y prosperidad. A los apóstoles les parecía completamente lógico, que por cuanto el Señor resucitó de entre los muertos, que ya había finalizado el período de Su voluntaria humillación, y que ya era tiempo de declararse a todo el pueblo, como el Mesías tan largamente esperado.
— "No os toca a vosotros saber los tiempos o los plazos, que el Padre puso en su potestad"; — contestó Jesucristo: — "Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los últimos confines de la tierra." En otras palabras, quiso decir no trataran de prever, cuándo y precisamente qué cambios visibles, deberían acontecer en el mundo. Vuestra labor será preparar las condiciones necesarias para su aparición, para que la gente crea en Mí, como Salvador del mundo, y reciban Mis enseñanzas. Esto será un trabajo grande y difícil, más Dios-Padre, os fortalecerá con la fuerza de Su Gracia.
Después de decir esto Jesucristo los bendijo, y comenzó, ante sus ojos, a separarse de la tierra, elevándose cada vez más y más. Viendo esto, los discípulos Lo reverenciaron, y el Señor alejándose, continuaba bendiciéndolos. Los Apóstoles no querían desviar su vista de Cristo, ni aun después, que Él Se ocultó totalmente detrás de las nubes. Después de esto se les aparecieron dos ángeles con vestiduras blancas como la nieve, y les dijeron: "¡Varones Galileos,! ¿Por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que se ha elevado ahora al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo!"
Alegrados con esta promesa, los apóstoles descendieron del monte y regresaron a Jerusalén.. Aquí, diariamente reuniéndose en la habitación de Sión, en oración y en la lectura de las Sagradas Escrituras, esperaban el descenso sobre ellos del Espíritu Santo (Hechos l-er. cap.) Acudían a estas reuniones también otros discípulos de Jesucristo y algunas de las mujeres miróforas. Evidentemente, este era el mismo aposento, donde, menos de dos meses atrás, en la víspera de Sus padecimientos en la cruz, el Señor Jesucristo realizó la Última cena.
Así, con Su Ascensión, el Salvador finalizó Su servicio sobre la tierra, que Él cumplió para la redención de los hombres pecadores. Su permanencia sobre la tierra fue el tiempo de Su voluntaria humillación, pobreza y padecimientos, que culminaron en la oprobiosa y dolorosa muerte en la cruz. Ahora Él regresó al mundo de Su eterna gloria. Siendo siempre igual al Padre por Su naturaleza Divina, con la ascensión al Cielo Él "se sentó a derecha" de Dios-Padre — es decir, también como Hombre, recibió aquella potestad, grandeza y gloria, las cuales Le corresponden, por ser el Hijo de Dios. Desde entonces Él, como Cabeza de la Iglesia fundada por Él, rige los destinos del mundo. De allí entonces, antes del fin del mundo, nuevamente vendrá en toda Su Divina gloria, rodeado por ángeles y santos, para resucitar a todos los hombres y retribuir a cada uno según sus obras. Entonces los salvados entrarán en Su Reino de gloria, el que no tendrá fin.

Tropario Tono 4:
Ascendiste en la gloria, oh Cristo Dios Nuestro, después de alegrar a Tus discípulos por la promesa del Espíritu Santo, fueron confirmados por Tu bendición otorgada; pues Tú eres el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.

Kontaquio Tono 6:
Habiendo cumplido la dispensación para con nosotros y unido todo lo terrenal con lo celestial, ascendiste en la gloria, oh Cristo Dios, sin apartarte de nosotros, sino permaneciendo inseparable y prometiendo a los que Te aman: estoy con vosotros, y nadie estará contra vosotros.
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Friday, May 31, 2019

Muchos padres, amando en forma errónea a sus hijos, les causan un daño espiritual ( San Paisios el Athonita )

Muchos padres, amando en forma errónea a sus hijos, les causan un daño espiritual. por. ej., la madre por excesivo amor a su hijo, abrazándolo y besándolo, le dice: "que maravilloso niño eres" o "Tu — el muchacho mejor del mundo," etc. De esto, el pequeño desde muy temprano (a la edad que no puede tener todavía plena conciencia), asimila una elevada opinión de si mismo, que él es el mejor y más inteligente de todos. Por eso él, naturalmente, no siente necesidad de la gracia Divina y no sabe pedir ayuda a Dios. Así, desde la temprana infancia, en el alma del niño se fija una pétrea presunción, que nunca podrá superar y la llevará consigo a la tumba.

El mal esta en que los primeros en sufrir esta soberbia son los mismos padres. Realmente, los niños de tales padres no van a escuchar tranquilamente sus enseñanzas, estando seguros de que lo saben todo mejor que ellos. Por eso, los padres deben ser muy cuidadosos con el desarrollo espiritual de sus hijos, ya que son responsables no solo por si mismos, sino también por ellos.


San Paisios el Athonita

Saturday, May 25, 2019

Siempre ten a Dios en la mente y así podrás siempre alegrarte ( San Basilio el Grande )


Siempre ten a Dios en la mente y así podrás siempre alegrarte. ¿Alguien empañó tu gloria? Entonces orienta la atención a la gloria que te espera en el cielo por tu paciencia. ¿Te han causado disgusto? Contempla las riquezas celestiales y aquel tesoro que tu has preparado con tus buenas obras. ¿Te han expulsado de tu patria? La celestial Jerusalén, para ti es patria.


San Basilio el Grande 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Saturday, May 18, 2019

El reino de los cielos se obtiene con esfuerzo, y los que hacen esfuerzo lo arrebatan. ( San Serafín de Sarov )

Cuando un hombre renace a la vida por la sabiduría divina, que siempre busca nuestra salvación, debe volver su mirada hacia Dios para escapar de la perdición, debe seguir el camino del arrepentimiento, practicar las virtudes contrarias a los pecados cometidos y esforzarse, actuando en Nombre de Cristo, para adquirir el Espíritu Santo que, en nuestro interior, prepara el Reino celestial. No es en vano que el Verbo dijo: "El reino de Dios está en medio de vosotros ... El reino de los cielos se obtiene con esfuerzo, y los que hacen esfuerzo lo arrebatan" (Lk. 17:21, Mt. 11:12). Si bien los lazos del pecado mantienen al alma cautiva, impidiéndole con nuevas iniquidades volverse hacia el Salvador con perfecta contrición, todos aquellos que se hubieran esforzado por romper esos lazos, llegarán, finalmente, ante el Rostro de Dios, más blancos que la nieve, purificados por su gracia. "Luego vengan y discutamos - dice el Señor - Aunque sus pecados sean de un rojo intenso, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana blanca" (Is. 1:18). Revela el Apóstol San Juan el Teólogo en el Apocalipsis que vio a tales hombres vestidos de blanco, arrepentidos y perdonados, portando palmas en sus manos en señal de victoria y cantando Aleluyas. La belleza de su canto era incomparable. El Ángel del Señor dijo hablando de ellos: "Estos son los que vienen de la gran persecución, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero" (Ap. 7:14).


San Serafín de Sarov 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Monday, May 13, 2019

La gracia de Dios siempre asiste al que lucha... ( San Juan Maximovitch )

La gracia de Dios siempre asiste al que lucha, pero esto no quiere decir que el luchador es siempre un vencedor, a veces las criaturas no tocaron a los correctos y de ninguna manera los tocan siempre. Nos es la victoria ni la postura de vencedor, lo que importa sino la labor del esfuerzo y veneración a Dios. Grande es el Apóstol Pablo, cuando pide por el Señor muchas veces (‘tres veces’) diciendo que un mensajero de Satanás lo hiere con ataques difíciles y adversos a su espíritu. El Señor lo deja en esa condición: "Te basta mi gracia" (2 Cor. 12:7-9) — y se le provee suficiente gracia y dones. El Señor quiere para el apóstol el esfuerzo que limpia su alma.

Lo que es importante en el estado del alma es el esfuerzo hacia Dios, y no la estatura del vencedor. "Mi poder triunfa en la debilidad" (2 Cor. 12:9). Que el hombre pueda encontrarse en un estado de debilidad no quiere decir que ha sido abandonado por Dios. El Señor Jesucristo, de acuerdo con la visión mundana, estaba en problemas pero cuando el mundo pecaminoso lo consideró totalmente destruido, en realidad el salía victorioso de la muerte y del reino de los muertos. El Señor no nos prometió posiciones de ganadores como recompensa de virtudes, pero nos dijo: "En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor, yo he conquistado el mundo" (Jn. 16:33). El poder de Dios es efectivo cuando una persona pide por su ayuda, reconociendo la debilidad y el pecado de su naturaleza. Por ello, la humildad y el esfuerzo hacia Dios son las virtudes fundamentales de los Cristianos.
 
San Juan Maximovitch 

Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Thursday, May 9, 2019

Santo y Gran Mártir Cristóforo ( Mayo 9 )

San Cristóforo vivió en el siglo tercero, en los tiempos de la persecución cristiana por el emperador Decio (249 —251). Él era de gran estatura, bello y estaba dotado de una fuerza extraordinaria. Siendo él, aun pagano, acusaba a los perseguidores de los cristianos. Decio, al enterarse de que San Cristóforo , poseía una gran fuerza, mandó a sus soldados para que lo traigan. En estos momentos San Cristóforo ya creía en Jesucristo, pero todavía no se había bautizado. En el camino su bastón seco había florecido en sus manos, el cual él utilizaba como báculo de peregrino. A continuación por sus oraciones se multiplicaron los panes, los que no alcanzaban a los peregrinos. Los soldados estaban asombrados por los milagros, creyeron en Jesucristo y junto a Cristóforo tomaron el bautismo del obispo Babillas de Antioquía. Al enterarse él Emperador de que Cristóforo , tomó la fe cristiana, decidió con viveza, persuadirlo para que renuncie a Jesucristo. El encargó a dos mujeres lascivas Callinica y Aquilina para que lo consigan. Pero a cambio de ello, Cristóforo , convirtió a estas mujeres a la fe de Cristo, por lo que ellas fueron sometidas a tormentos. Ellas terminaron como mártires. Los soldados que trajeron a Cristóforo y que se bautizaron, fueron decapitados. Después de ello a Cristóforo, lo arrojaron en un ardiente recipiente de cobre, pero el se quedó ileso. Al sojuzgar al Gran Mártir, con nuevos tormentos, los atormentadores, finalmente, lo decapitaron. Esto aconteció en Licia (en Asia Menor) hacia el año 250. Se venera la memoria de San Cristóforo, tanto en el este como en el oeste, pero principalmente en España. En el occidente vienen para pedirle ayuda en épocas de enfermedades contagiosas y durante los viajes o travesías. Las reliquias del Santo Mártir Cristóforo reposaban en el monasterio de San Dionisio en París, donde estaban enterrados los reyes franceses.
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Friday, May 3, 2019

Oración de San Juan Crisóstomo

Señor, no me prives de tus bienes celestiales, Señor líbrame de los tormentos eternos. 
Señor, si he pecado de intención o pensamiento, de palabra o acción, perdóname. 
 
Señor, redímeme de toda ignorancia, olvido, cobardía y despiadada insensibilidad. 
 
Señor, rescátame de toda tentación. Señor, ilumina mi corazón oscurecido por la concupiscencia. 
 
Señor, siendo humano he pecado, pero Tú siendo el Dios generoso, ten piedad de mí, conociendo la enfermedad de mi alma. 
 
Señor, transmite tu gracia en mi ayuda, para que yo pueda alabar tu Santo Nombre. 
 
Señor Jesucristo, inscribe a tu siervo en el Libro de la Vida, y concédeme un buen fin. 
 
Oh Señor mi Dios, aun cuando no he hecho nada bueno a tu vista, sin embargo concédeme tu Gracia para hacer un buen comienzo. 
 
Señor, esparce en mi corazón el rocío de tu Gracia. Señor del cielo y de la tierra, recuérda a tu pecaminoso servidor, ignominioso e impuro, en tu Reino. Amén.
 
Señor, recíbeme en mi arrepentimiento. Señor apártame de la tentación. Señor concédeme buenos pensamientos. 
 
Oh Señor, dame lágrimas y recuerdo de la muerte y contrición. Señor, dame el deseo de confesar mis pecados. Señor dame la humildad, la castidad y la obediencia. 
 
Señor, dame la paciencia, la magnanimidad y mansedumbre. Señor, introduce la raíz de todo bien en mi corazón, que es el temor ante Ti. 
 
Oh Señor, hazme capaz de amarte con toda mi alma, mi entendimiento y de cumplir en todo tu voluntad. 
 
Señor, protégeme de cierta gente, demonios, pasiones y de toda cosa perniciosa. 
 
Oh Señor, Tú sabes que Tú actúas como Tú quieres, que tu voluntad reine en mí, pecador, pues Bendito eres Tú para siempre. Amén.


Obispo Alejandro Mileant
 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Friday, April 26, 2019

Cristianos ortodoxos de todo el mundo celebraron el Viernes Santo ....

Cristianos ortodoxos de todo el mundo celebraron el Viernes Santo con una procesión a través de la Ciudad Vieja de Jerusalén, siguiendo los pasos que se dice que Jesús tomó en el camino hacia su muerte.

Miles de peregrinos, muchos con cruces de madera y al menos uno con una corona de espinas sobre su cabeza, visitaron las 14 Estaciones de la Cruz que marcaban los sitios tradicionales de la condena de Jesús hasta su crucifixión.

La policía israelí armada se alineaba en la ruta, a lo largo de la "Vía Dolorosa" o "Vía del sufrimiento", que incluye puntos en los que se dice que Jesús se encontró con su madre, había caído varias veces, recibió ayuda para cargar la cruz y se encontró con las lamentables mujeres de Jerusalén.

 Catecismo Ortodoxo 
http://catecismoortodoxo.blogspot.com/

Monday, April 22, 2019

Gran Lunes, Martes y Miércoles


La primera parte de la Gran Semana nos presenta una colección de temas basados principalmente en los últimos días de la vida terrenal de Jesús. La historia de la Pasión, como es contada y recopilada por los evangelistas, está precedida por una serie de incidentes ocurridos en Jerusalén y una colección de parábolas, dichos y discursos centrados en la filiación divina de Jesús, el reino de Dios, la Parusía y el castigo de Jesús de la hipocresía y los oscuros motivos de los líderes religiosos. Las celebraciones de los tres primeros días de la Gran Semana están enraizados en estos incidentes y dichos. Los tres días constituyen una sola unidad litúrgica. Tiene el mismo ciclo y sistema de oración diaria. Las lecciones de la Escritura, los himnos, las conmemoraciones y las ceremonias que conforman los elementos festivos en los respectivos oficios del ciclo destacan aspectos significativos de la historia de la salvación, haciendo recordar los acontecimientos que anticiparon la Pasión y proclamando la inevitabilidad y significado de la Parusía. Es interesante señalar que los maitines de cada uno de estos días es llamado el Oficio del Novio (Akolouthia tou Nimfiou). El nombre procede de la figura central de la conocida parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13). El título “Novio” sugiere la intimidad del amor. No deja de ser significativo que el reino de Dios sea comparado a una fiesta de bodas y a una cámara nupcial. El Cristo de la Pasión es el divino Novio de la Iglesia. La imaginería connota la unión final del Amante y la amada. El título “Novio” también sugiere la Parusía. En la tradición patrística, la parábola antes mencionada está relacionada con la Segunda Venida, y está asociada con la necesidad de la vigilancia espiritual y la preparación, por la que somos capaces de guardar los mandamientos divinos y recibir las bendiciones del siglo venidero. Además, conocer algo sobre la estructura de los maitines nos ayudará a mejorar nuestra comprensión del uso de la imagen del Novio. Se ha mostrado que, tras el llamado Oficio Real y el Hexasalmo, la primera parte de los maitines, como la conocemos y la practicamos hoy, es una versión antigua del oficio monástico de Medianoche. El oficio de Medianoche está centrado principalmente en el tema de la Parusía y está unido a la noción de vigilancia. El tropario “He aquí que viene el Novio a media noche...”, que se canta al inicio de los maitines del Gran Lunes, Martes y Miércoles, une a la comunidad de fieles a esta expectación esencial: vigilar y esperar al Señor, que vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos.
Aunque cada día tiene su propio carácter distintivo y su propia conmemoración específica, comparten muchos temas comunes entre los que están los siguientes.


Conflicto, juicio y autoridad

Los últimos días fueron especialmente tristes y sombríos. La implacable hostilidad y oposición a Jesús por parte de las autoridades religiosas ha alcanzado proporciones incomparables. En medio de este penoso conflicto, Jesús reveló aspectos de su autoridad divina juzgando los planes malvados y la falsa religiosidad de sus enemigos. La beligerancia sin tregua de los adversarios de Jesús fue completamente desenmascarada en los días precedentes a la crucifixión. Los líderes de todos los partidos y facciones religiosas colaboraron y conspiraron para atraparlo, humillarlo y matarlo. Ante las trampas de sus enemigos cercanos, Jesús predijo abiertamente su muerte y su posterior glorificación. Sus palabras fueron una clara declaración de que su muerte era voluntaria y se disponía en el marco del divino plan de salvación del mundo. El poder que Él ejercía sobre sus enemigos era concedido y controlado por Dios (Juan 12:20). La Iglesia conmemora la Pasión, no como feos episodios causados por hombres viles y despreciables, sino como el sacrificio voluntario del Hijo de Dios.

El mal con su completo absurdo irrumpió violentamente sobre la Cruz, para destruir y eliminar a Jesús y negar y abolir su mensaje. Sin embargo, fue en sí mismo el mal el que se hacía fundamentalmente impotente e ineficaz a causa de la soberanía del amor y la vida de Dios. Aunque el mal asalta a los santos de Dios, no puede destruirlos.

Los relatos del Evangelio que cuentan los hechos que condujeron a la crucifixión también incluyen muchas parábolas y discursos en los que Jesús criticaba severamente a los líderes religiosos por su incredulidad, obstinación, autoritarismo e hipocresía. La severa crítica a las clases religiosas (Mateo 21:28, 23-36) es otro claro signo de la autoridad y excelencia de Jesús. Al preservar estos dichos de Jesús, los evangelistas declaran que Cristo “no es sólo un maestro único, sino también el mayor juez. Es el único con autoridad que tiene derecho a juzgar y condenar” la mala y falsa fe y actividad religiosa. Ninguna enfermedad del espíritu es más insidiosa, engañosa y destructiva que la falsa religiosidad, que puede ser definida sucintamente como legalismo y exhibicionismo religioso. Jesús lo condenó rotundamente. Advirtió contra aquellos cuyas vidas estás medidas por ceremonias en vez
de por la santidad, la misericordia y el amor de Dios, y contra aquellos cuyas malas motivaciones, intenciones e incorrecciones están vestidas con la respetabilidad de los aspectos externos de la fe y la vida religiosa. La falsa religiosidad es un cruel engaño y una traición a la auténtica fe religiosa. Los practicantes de tal fe artificial cierran el reino de los cielos a los hombres, pues ni entran ellos, ni permiten que aquellos que quieran entrar lo hagan (Mateo 23:73).


Duelo y arrepentimiento

El tono de la Gran Semana es claramente sombrío y triste. Incluso las vestiduras del altar y del sacerdote, según una antigua tradición, son negras. Sin embargo, la asamblea litúrgica no se reúne para velar a un héroe muerto, sino para recordar y conmemorar un hecho de significado cósmico: el Hijo de Dios experimentando en Su humanidad toma forma de sufrimiento a manos de hombres débiles, mal dirigidos y malignos. Lloramos nuestros pecados y estamos en silencio contrito ante el asombroso e insondable misterio de Cristo, el Dios-Hombre (Zeántropos), que lleva su kenosis a límites extremos aceptando la muerte en la Cruz (Filipenses 2:5-8). La Gran Semana nos revela la vergüenza absoluta de la Caída, las profundidades del infierno, el paraíso perdido, y la ausencia de Dios. ¡Y así nos dolemos! No hay otra forma de luchar contra nuestra rebelión y con la insondable humildad de Dios y su condescendencia excepto experimentando el quebranto del corazón. A partir de este duelo es de donde nace el arrepentimiento, para ser experimentado como el compromiso honesto del largo proceso de vida de comprender, aceptar y elegir seguir los valores de la vida cristiana.

La liturgia de los días del “Novio” representa la llamada más urgente y enfática a tal arrepentimiento (metanoia). A los fieles se les recuerda que no hay pecado mayor como el de desafiar los límites de la misericordia divina, pues Cristo da a todos el poder de matar el pecado y compartir Su victoria. En la Cruz, Jesús tiene una visión de todos aquellos por los que muere. Ve a cada uno de nosotros individualmente, salvándonos por su muerte y por su amor... Hizo esto para permitir que Dios entrara allí donde haya sufrimiento humano, incluso en el abismo de la muerte, acompañando al hombre a las profundidades del sufrimiento para levantarlo de nuevo y llevarlo de vuelta a la vida, elevándolo al cielo y poniéndolo a la derecha del Padre. El Hijo de Dios muere como hombre para que el Hijo del Hombre pueda levantarse de nuevo como Dios. El Hijo de Dios tuvo que
experimentar la angustia de la ausencia de Dios para que todos los hombres que murieran pudieran recuperar la presencia de Dios: esto es la salvación.


La Parusía

En los días y horas antes de Su pasión, Jesús habló a sus discípulos sobre la Parusía, es decir, Su segunda venida gloriosa. Nos invita también al inicio de la Gran Semana a acercarnos al misterio y a reflexionar su sentido y significado para nuestra propia vida y la vida del mundo. En la Iglesia reconocemos que la vida eterna ha penetrado en nuestra finitud. Sin embargo, también sabemos que la completa realización y revelación del reino de Dios, que ya ha comenzado a desarrollarse secretamente en el mundo, se producirá solo al final de los tiempos, en la Parusía. La Parusía es la intervención climática de Dios en la historia del cosmos. Es el Último Día, cuando Cristo vendrá en Su gloria para juzgar a los vivos y a los muertos (Mateo 16:27; 25:31). Entonces, todas las cosas serán hechas nuevas (Apocalipsis 21:5). Aunque sólo tenemos un conocimiento parcial de las cosas que pertenecen al Último Día, algunas son claras y ciertas. Los tiempos del fin aparecerán de repente y cuando menos lo esperemos (1ª Tesalonicenses 5:2-3). El momento exacto de la Parusía sólo lo conoce Dios el Padre (Mateo 24:36; Hechos 1:7). Sin embargo, según la palabra de Jesús, este dramático y decisivo hecho que marcará el repentino final de la historia, estará precedido por ciertos signos que señalarán la inminente venida del Novio. Se hace evidente por Sus palabras que la Segunda Venida no se producirá por ningún interludio idílico, sino con calamidades cósmicas sin precedentes, tribulaciones y desastres (Mateo 24:1-51; Marcos 13:1-37; Lucas 21:7-36). La devastación y desolación de los últimos días ha sido prefigurada misteriosamente en los acontecimientos terribles y espantosos que acompañaron a la crucifixión (Mateo 27:27-54). Independientemente de cuándo venga el Último Día, siempre es inminente, espiritualmente cercano en la vida del ser humano. Las incertidumbres y lo impredecible en la vida humana nos permite captar, aunque vagamente, la inminencia de la Parusía. Por ejemplo, la muerte, la indignidad final, la abominación y el enemigo, nos acecha desde el momento en el que nacemos. Para conseguir la victoria de Cristo sobre la corrupción y la muerte, debemos permanecer espiritualmente vigilantes; ser firmes en la fe; utilizar sabiamente los dones concedidos por Dios, y ser conscientes constantemente de la primacía del amor en nuestras relaciones. La vida que vivimos en la carne está llena del potencial y la oportunidad para obtener el cielo o perderlo.
La batalla decisiva contra el mal ya se ha librado y ganado. Sin embargo, la plenitud de esta victoria no será obtenida y manifestada hasta la Parusía. Hasta entonces, los esfuerzos sin sentido, inútiles y torpes del maligno intentarán robarle a la gente su dignidad y destino. Por lo tanto, estamos obligados a guardar las palabras de San Pedro, vivas en nuestra memoria y obrarlas en nuestras vidas. Escribió: “Humillaos por tanto bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su tiempo. Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él mismo se preocupa de vosotros. Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos sufren vuestros hermanos en el mundo. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un breve tiempo de tribulación, Él mismo os hará aptos, firmes, fuertes e inconmovibles” (1ª Pedro 5:6-10). La Iglesia siempre está orientada hacia el futuro, al siglo venidero. Así, es eskhaton o Último Día, que marcará el comienzo del reino de Dios en poder y gloria, forma parte de una constante referencia tanto como personas, como comunidad. “La Iglesia no muestra su identidad por lo que es, sino por lo que será.... Debemos pensar del eskhaton como el inicio de la vida de la Iglesia, el “arjé” (principio), que hace nacer a la Iglesia, le da su identidad, la sostiene e inspira en su existencia. La Iglesia existe, no porque Cristo muriera sobre la Cruz, sino porque Él se levantó de entre los muertos, lo cual significa que el reino ha venido. La Iglesia refleja el futuro, la etapa inicial de las cosas, no un hecho histórico del pasado”. Esta visión escatológica es una característica fundamental de nuestra fe. Modela la conciencia de los cristianos ortodoxos y guía la vida y actividad de la Iglesia. La Iglesia es, ante todo, una comunidad de fieles constituida por la presencia del amor de Dios. Establecida por la acción redentora de Dios, sostenida y vivificada por el Espíritu Santo, la Iglesia en oración siempre está constituida y actualizada como el Cuerpo de Cristo. Impregnada por la gozosa y abrumadora presencia de Cristo resucitado (Mateo 28:20), la Iglesia está llamada a compartir Su resurrección, la vida deificada y a anhelar y esperar la venida en plenitud de la manifestación de Su gloria y poder (2ª Pedro 3:12). El siglo venidero, (el reino de Dios), es conocido y experimentado por los fieles tanto como un don y como una promesa, es decir, algo dado y, al mismo tiempo, algo anticipado. Mediante la adoración en general, y los sacramentos en particular, experimentamos una relación personal con Dios, que infunde Su vida en nosotros. Experimentamos Sus energías increadas, tocando, sanando, restaurando, purificando, iluminando, santificando y glorificando, tanto a la vida humana como al cosmos. Participamos en los hechos salvíficos de la vida de Cristo, para ser continuamente renovados. Experimentamos
continuamente la presencia del Espíritu Santo que mora y se activa dentro de nosotros, conduciéndonos a revestirnos con la vida de la resurrección. Nuestra preparación para el reino ya ha comenzado con nuestro bautismo y crismación. Se sustenta y avanza por medio de la Eucaristía. Los sacramentos nos dan poderes por los que podemos acercarnos a Cristo y a su reino. Estos poderes son dinámicos y están destinados a ser desarrollados por nosotros. Así, nuestra preparación para el reino es un movimiento que envuelve progreso, tanto como un regreso, así como un avance hacia Dios. El progreso comienza con el regreso del hombre de su distanciamiento a su propia autenticidad. Fundamentalmente, esto significa un regreso a Cristo, el arquetipo y modelo del hombre. Al mismo tiempo, este regreso también es un progreso encaminado a Dios. “El regreso es simultáneamente también un progreso hacia adelante, y el progreso hacia adelante es un regreso. Es un regreso de la naturaleza humana a sí misma, y un progreso hacia adelante en si mismo, pero al mismo tiempo es un regreso y un progreso hacia adelante en Dios y Cristo, pues no es posible que haya desarrollo de la naturaleza humana, excepto en Dios y Cristo.... La nueva o futura era se desarrolla promoviendo la disolución o transformación de la era presente”. El siglo venidero no surgirá a partir de algún progreso evolutivo biológico o histórico, ni será simplemente el resultado de logros humanos mediante un constante avance de la civilización. Efectivamente, el nuevo mundo se está obrando por sí mismo, pero en el misterio de la fe, oculto a los sabios de este mundo (1ª Corintios 1:19-21; 2:6-9). El reino, después de todo, es de Dios y no del hombre. Sin embargo, la “era mesiánica comenzada por la Encarnación sólo puede ser establecida con la colaboración de la humanidad. Esta colaboración es llamada sinergia. Nos preparamos para la Segunda Venida, el triunfo final de la justicia y la vida sobre el maligno y la muerte, estando unidos por fe al Salvador crucificado y resucitado”. Además de estos temas compartidos, cada uno de los tres días del “Novio” tiene su propia conmemoración especial que lo distingue de los otros dos.


Gran Lunes

En el Gran Lunes conmemoramos a José el Patriarca, el amado hijo de Jacob. Figura importante del Antiguo Testamento, la historia de José se cuenta en la sección final del Libro del Génesis (caps. 37-50). A causa de sus cualidades excepcionales y su extraordinaria vida, nuestra tradición litúrgica y patrística retrata a José como “tipos Christou”, es decir, como un prototipo, prefiguración o imagen de Cristo. La historia de José ilustra el misterio de la providencia de Dios, promesa y redención. Inocente, casto y justo, su vida nos da testimonio del poder del amor y la promesa de Dios.
La lección que debemos aprender de la vida de José, puesto que conduce a la redención final traída por la muerte y resurrección de Cristo, se resume en las palabras que dirigió a sus hermanos que previamente le habían traicionado: “‘No temáis. ¿Estoy yo acaso en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo dispuso para bien para cumplir lo de hoy, a fin de conservar la vida de mucha gente. Así, pues, no temáis; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros niños’. Y los consoló, hablándoles al corazón” (Génesis 50:19-21). La conmemoración del noble, bendito y santo José nos recuerda que en los grandes hechos del Antiguo Testamento, la Iglesia reconoce las realidades del Nuevo Testamento. Así mismo, en el Gran Lunes la Iglesia conmemora el acontecimiento de la maldición de la higuera (Mateo 21:18-20). En la narración del Evangelio se dice que este acontecimiento sucedió al día siguiente de la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén (Mateo 21:18; Marcos 11:12). Por esta razón, encuentra su sitio en la liturgia del Gran Lunes. El episodio también es muy revelante para la Gran Semana. Junto al acontecimiento de la purificación del templo, este episodio es otra manifestación del divino poder y autoridad de Jesús, y también una revelación del juicio de Dios sobre la incredulidad de las clases religiosas judías. La higuera es símbolo de Israel que se vuelve estéril por su incapacidad de reconocer y recibir a Cristo y Sus enseñanzas. La maldición de la higuera es una parábola en acción, un gesto simbólico. Su sentido no debe perderse por nadie en ninguna generación. El juicio de Cristo sobre los infieles, incrédulos, impenitentes y sin amor será cierto y decisivo en el último día. Este episodio deja claro que el cristianismo nominal no sólo es inadecuado e insuficiente, sino que también es despreciable e indigno del reino de Dios. La genuina fe cristiana es dinámica y fructífera. Impregna a todo el ser y causa un cambio. La fe viva, verdadera e inalterable hace al cristiano consciente del hecho de que ya es un ciudadano del cielo. Por tanto, su forma de pensar, sentir, actuar y ser debe reflejar esta realidad. Los que pertenecen a Cristo deben vivir y caminar en el Espíritu, y el Espíritu hará surgir frutos en ellos: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo (Gálatas 5:22-25).


Gran Martes

En el Gran Martes, la Iglesia nos llama a recordar dos parábolas, que están relacionadas con la Segunda Venida. Uno es la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13); la otra es la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30). Estas parábolas señalan la inevitabilidad de la Parusía y se ocupan de temas tales como la vigilancia espiritual, la mayordomía, la responsabilidad y el juicio.
De estas parábolas, aprendemos al menos dos cosas básicas. Primero, el Día del Juicio será igual a la situación en el que las damas de honor (o vírgenes) de la parábola se encontraron a sí mismas: algunas preparadas, y otras no. El tiempo en que uno se decide por Dios es ahora y no en un punto indefinido en el futuro. Si “el tiempo no espera a nadie”, ciertamente la Parusía no es una excepción. La tragedia de la puerta cerrada ‘es que son las personas las que la cierran, no Dios. La exclusión de la fiesta de bodas, es la exclusión del reino por nuestra propia mano. Segundo, se nos recuerda que la vigilancia y la preparación no significan un rendimiento fatigoso, una elaboración sin espíritu de obligaciones formales y vacías. Ciertamente no significa inactividad y pereza. Significa alerta espiritual, atención y vigilancia. La vigilancia es la profunda determinación personal a encontrar y hacer la voluntad de Dios, acogiendo todo mandamiento y virtud, y guardando la mente y el corazón de todo pensamiento y acción maligna. La vigilancia es el intenso amor de Dios. San Hesiquio el Sacerdote lo describe con estas palabras: “Por su Encarnación, Dios nos dio el modelo para una vida santa y nos volvió a llamar de nuestra antigua caída. Además de muchas otras cosas, nos enseñó, tan débiles como somos, que debemos luchar contra los demonios con humildad, ayuno, oración y vigilancia. Pues cuando, tras su bautismo, se fue al desierto y el maligno vino a él como si fuera simplemente un hombre, comenzó su lucha espiritual ayunando y ganó la batalla por este medio, y sin embargo, siendo Dios, y Dios de dioses, no tuvo necesidad de tal medio. Ahora voy a decirte en un lenguaje sencillo y directo lo que considero como tipo de vigilancia que gradualmente purifica la mente de los pensamientos apasionados. Un tipo de vigilancia consiste en examinar muy de cerca cada imagen mental o provocación, pues sólo por medio de una imagen mental puede Satanás fabricar un pensamiento maligno e insinuarlo a la mente para llevarlo por el mal camino. Un segundo tipo de vigilancia consiste en liberar el corazón de todos los pensamientos, manteniendo profundamente en silencio e inmóvil, y en oración. Un tercer tipo consiste en acudir continua e insistentemente al Señor Jesús Cristo pidiendo ayuda. Un cuarto tipo es tener siempre el pensamiento de la muerte en la mente. Estos tipos de vigilancia, hijo mío, actúan como porteros y barra de acceso a los malos pensamientos. Otro tipo que, junto con los demás, también es efectivo, es fijar la mirada en el cielo y no prestar atención a nada material”.


Gran Miércoles

En el Gran Miércoles, la Iglesia invita a los fieles a centrar su atención en dos figuras: la mujer pecadora que ungió la cabeza de Jesús poco antes de la pasión (Mateo 26:6-º3), y Judas, el discípulo que traicionó al Señor. La primera reconoció a Jesús como Señor, mientras que el último se apartó del Maestro. La primera fue hecha libre, mientras que el otro se convirtió en esclavo. La primera heredó el reino, mientras que el otro cayó en la perdición. Estas dos personas ponen ante nosotros preocupaciones y temas relacionados con la libertad, el pecado, el infierno y el arrepentimiento. El sentido completo de estas cosas sólo se puede entender en el contexto y por la perspectiva de la verdad esencial de nuestra existencia humana. La libertad pertenece a la naturaleza y al carácter del ser humano porque ha sido creado a imagen de Dios. El hombre y su verdadera vida se define por su Arquetipo increado que, según los padres griegos, es Cristo. La grandeza última del hombre, en palabras de un teólogo “no encuentra en su ser la mayor existencia biológica, animal racional o política, sino en su ser como animal deificado, en el hecho que constituye una existencia creada que ha recibido el mandato de convertirse en un dios”. En el análisis final, el hombre se vuelve auténticamente libre en Dios, en su habilidad para descubrir, aceptar, perseguir, disfrutar y profundizar en la relación filial que Dios le confiere. La libertad no es algo extraño y accidental, sino intrínseco a la genuina vida humana. No es un artilugio del ingenio y la sabiduría humana, sino un don divino. El hombre es libre, porque su ser ha sido sellado con la imagen de Dios. Ha sido revestido y posee cualidades divinas. Refleja en sí mismo a Dios, que como alguien ha dicho, revela en sí mismo una existencia personal, un distintivo y una libertad”. La verdad última del hombre se encuentra en su vocación para convertirse en una existencia personal consciente, un dios por la gracia. El ejercicio elemental de la libertad radica en la decisión y el deseo consciente de cumplir la vocación para ser una persona o negarlo, para convertirse en un ser de comunión o en una entidad de muerte, para ser un santo o un demonio. Puesto que el hombre es capaz de resistir a Dios y alejarse de Él, puede disminuir y desfigurar la imagen de Dios en Él a límites extremos. Es capaz de hacer un mal uso, abusar, distorsionar, pervertir y degradar los poderes y cualidades naturales con los que ha sido revestido. Es capaz de pecar. El pecado lo convierte en un fraude y en un impostor. Limita su vida al nivel de la existencia biológica, robándole el esplendor y la capacidad divina. Carente de fe y juicio moral, el hombre es capaz de convertir la libertad en libertinaje, rebelión, intimidación, y esclavitud. El pecado es más que romper las reglas y transgredir los mandamientos. Es el rechazo voluntario de una relación personal con el Dios vivo. Es una separación y una alienación, un camino de muerte, “una existencia que no llega a buen término”, usando las palabras de San Máximo el Confesor. El pecado es la negación de Dios y el alejamiento del cielo. Es la seducción,
abducción y cautiverio del alma por medio de provocaciones del maligno, por el orgullo y los placeres insensatos. El pecado es la luz convertida en oscuridad, el heraldo del infierno, el fuego eterno y las tinieblas de afuera. “El infierno”, según un teólogo, “es la libre elección del hombre, es cuando se encarcela a sí mismo en una carencia agonizante de vida, y deliberadamente rechaza la comunión con la amorosa bondad de Dios, la verdadera vida”. Pecar es perder la marca, no darse cuenta de la vocación y destino de uno. El pecado trae el desorden y la fragmentación. Disminuye la vida y causa que las partes más puras y nobles de nuestra naturaleza terminen como pasiones, es decir, facultades e impulsos que se han distorsionado, estropeado, violado, y finalmente se han hecho ajenas a la verdad misma. El pecado no es sólo una disposición. Es una elección deliberada y un hecho. Del mismo modo, el arrepentimiento no es simplemente un cambio de actitud, sino una elección de seguir a Dios. Esta elección implica un cambio radical, existencial, que está más allá de nuestra capacidad para cumplirlo. Es un don revestido por Cristo, que nos lleva a Él por medio de Su Iglesia, para perdonarnos, sanarnos y restaurarnos en su totalidad. El don que nos da es un corazón nuevo y puro. Tras haber experimentado este tipo de reintegración, así como el poder de la libertad espiritual que procede de ella, nos damos cuenta de que una verdadera vida virtuosa es más que el despliegue ocasional de la moralidad convencional. La impresión exterior de la virtud no es más que vanidad. La verdadera virtud es la lucha por la verdad y la elección deliberada de nuestra propia libre voluntad de ser imitadora de Cristo. Entonces, en palabras de San Máximo, “Dios, que anhela la salvación de todos los hombres y desea su deificación, marchita su engreimiento como la higuera estéril. Hace esto de modo que prefieran ser justos en realidad en vez de en apariencia, desechando el manto de moralidad hipócrita y persiguiendo genuinamente una vida virtuosa en la forma en la que el Logos divino desea. Entonces, vivirán con reverencia, revelando el estado de su alma a Dios en vez de desplegar la apariencia externa de una vida moral a sus prójimos”. El proceso de sanación y restauración de nuestra naturaleza dañada, robada, herida y caída está en curso. Dios es misericordioso y paciente con Su creación. Acepta a los pecadores arrepentidos tiernamente y se regocija por su conversión. Este proceso de conversión incluye la purificación e iluminación de nuestra mente y corazón, para que nuestras pasiones puedan ser educadas continuamente en vez de ser erradicadas, transfiguradas y no suprimidas, utilizándolas positivamente y no de forma negativa. El acto de arrepentimiento no es ninguna clase de ejercicio morboso y triste. Es un hecho y una empresa que produce regocijo, que libera la conciencia del peso y la ansiedad del pecado y regocija al alma en la
verdad y el amor de Dios. El arrepentimiento comienza con el reconocimiento y renuncia a los malos caminos. De este dolor interior se procede al reconocimiento verbal de los pecados concretos ante Dios y el testigo de la Iglesia. “Siendo consciente, tanto del propio pecado como del perdón que Dios le extiende”, el pecador arrepentido se vuelve libremente hacia Dios en una actitud de amor y confianza. Entonces centra su yo más verdadero y profundo, su corazón, continuamente en Cristo, para ser igual a Él. Experimentando el amor de Dios como libertad y transfiguración (2ª Corintios 3:17-18), autentifica su propia existencia personal y muestra preocupación que surge del corazón, y compasión y amor por los demás. “He pecado más que la prostituta, oh piadoso Señor, y sin embargo nunca te he ofrecido el fluir de mis lágrimas. Pero en silencio me postro ante Ti y con amor beso tus purísimos pies, suplicándote que como Maestro me concedas la remisión de los pecados, y clamo a Ti, oh Salvador: ‘Líbrame de la inmundicia de mis obras’”. Mientras la mujer pecadora trajo miro perfumado, el discípulo fue a un encuentro con los transgresores. Ella se regocijó por verter lo más preciado, él se apresuró a vender al que está por encima de todo precio. Ella reconoció a Cristo como Señor, él se apartó del Maestro. Ella fue liberada, pero Judas se hizo esclavo del enemigo. Lamentable fue la falta de amor de él. Grande fue el arrepentimiento de ella. Concédeme también tal arrepentimiento, oh Salvador, Tú que sufriste por amor a nosotros, y sálvanos.
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.ca/