El amor por las cosas mundanas hace que el alma esté vacía, luego se entristece y se hace rebelde, y no quiere orar a Dios. Entonces, el enemigo, al ver que el alma no está en Dios, la sacude y libremente pone en la mente todo lo que quiera, y mueve al alma de un pensamiento en otro, y así el día entero el alma permanece en tal desorden que no puede ver con pureza a Dios.
San Silvano el Athonita
