Sunday, December 9, 2018

No solo la boca debe ayunar, sino que los ojos y las piernas y los brazos ... ( San Juan Crisóstomo )


"No solo la boca debe ayunar, sino que los ojos y las piernas y los brazos y todas las otras partes del cuerpo también deben ayunar. Deje que las manos ayunen, permanezcan limpias de robos y codicia. Deje las piernas rápidas, evitando caminos conduzca a miradas pecaminosas. Deje que los ojos ayunen, no se fijen en rostros hermosos y no observen la belleza de los demás. Usted no está comiendo carne, ¿Verdad? No debería comer también con sus ojos el libertinaje. El ayuno de la audición no es aceptar malas conversaciones contra otros y difamaciones tontas ".


San Juan Crisóstomo
 
Catecismo Ortodoxo
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Monday, December 3, 2018

¿Qué Escribió Cristo en el suelo? ( San Nicolás Velimirovich )


El obispo Nicolás, dotado teólogo que combinó un alto nivel de erudición con la simplicidad de un alma llena de amor por Cristo y de humildad, es a menudo llamado como el “nuevo Crisóstomo” por su inspirada predicación. Como padre espiritual del pueblo serbio, constantemente los exhortó a cumplir su llamamiento como nación: servir a Cristo. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue encarcelado en el campo de concentración de Dachau. Más tarde sirvió como jerarca en América, donde murió.

Una vez, el amante Señor estaba sentado en frente del templo en Jerusalén, alimentando los corazones hambrientos con sus dulces enseñanzas. “Y todo el pueblo vino a Él” (Juan 8:2). El Señor hablaba al pueblo sobre la felicidad eterna, sobre la alegría sin fin de los justos en la patria eterna, el cielo. Y el pueblo se deleitaba en sus palabras. La amargura de muchas almas frustradas y la hostilidad de muchos de los ofendidos se desvanecía como la nieve bajo los brillantes rayos del sol. Quién sabe cuánto tiempo habría continuado esta maravillosa escena de paz y amor entre el cielo y la tierra, si algo inesperado no hubiera ocurrido en ese momento. El Mesías, amante de la humanidad, nunca se cansaba de enseñar a la gente, y la gente piadosa nunca se cansaba de escuchar esta sanadora y maravillosa sabiduría.


Pero algo aterrador, salvaje y cruel sucedió. Se originó como incluso hoy en día sucede, con los escribas y fariseos. Como todos sabemos, los escribas y los fariseos aparentemente guardaban la ley, pero normalmente la transgredían. Nuestro Señor los reprendía con frecuencia. Por ejemplo, les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera tienen bella apariencia, pero por dentro están llenos de osamentas de muertos y de toda inmundicia. Lo mismo vosotros, por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad” (Mateo 23:27-28).


¿Qué hicieron? ¿Habían atrapado, quizá, al líder de una banda de malhechores? Nada de eso. Trajeron a la fuerza a una desgraciada mujer pecadora, sorprendida en el acto del adulterio; la trajeron con triunfante jactancia y grotesco y estrepitoso estruendo. Habiéndola puesto ante Cristo, clamaron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?” (Juan 8:4-5).


El caso fue expuesto de esta forma por pecadores, que denunciaban los pecados de otros y eran expertos en ocultar sus propios defectos. La asustada multitud se apartó, dejando paso a los ancianos. Algunos huyeron atemorizados, porque el Señor estaba hablando de la vida y la felicidad, mientras que las clamorosas voces pedían su muerte.


Habría sido apropiado preguntar: ¿por qué estos ancianos y guardianes de la ley no apedreaban a la mujer pecadora por sí mismos? ¿Por qué la llevaron ante Jesús? La ley de Moisés les daba el derecho a apedrearla. Nadie habría objetado. ¿Quién protesta, en nuestros días, cuando la sentencia de muerte es pronunciada sobre un criminal? ¿Por qué los ancianos judíos trajeron a esta mujer pecadora ante el Señor? No para obtener una conmutación de su sentencia o su clemencia. ¡Nada de eso! Se la trajeron con un plan premeditado y diabólico de coger al Señor con palabras contrarias a la ley, pues también querían acusarlo. Tenían la esperanza de acabar de un solo golpe con dos vidas, la de la mujer pecadora y la de Cristo. “¿Y Tú, qué dices?”.


¿Por qué le preguntaron a Él, cuando la ley de Moisés era tan clara? El evangelista explica su intención con las siguientes palabras: “Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo” (Juan 8:6). Levantaron sus manos contra Él una vez, anteriormente, para apedrearlo, pero los eludió. Pero ahora han encontrado una oportunidad para llevar a cabo su deseo. Y era allí, frente al Templo de Salomón, donde las tablas de los mandamiento habían sido guardadas en el Arca de la Alianza, era allí donde Él, Cristo, iba a decir algo contrario a la ley de Moisés; así pues, su fin sería alcanzado. Querían apedrear hasta la muerte a Cristo y a la mujer pecadora. Mucho más ansiosos iban a apedrearlo a Él que a ella, así como más tarde le increpaban con celo a Pilatos que liberara al bandido Barrabás en lugar de a Cristo.


Todos los presentes esperaban que sucediera una de las dos cosas: o bien, que el Señor, en su misericordia liberara a la mujer pecadora, violando con esto la ley, o que cumpliera la ley, diciendo: ‘haced lo que está escrito en la ley’, y romper así su propio mandato de misericordia y bondad. En el primer caso sería condenado a muerte, y en el segundo, se convertiría en un objeto de burla y escarnio.


Cuando los tentadores hicieron la pregunta: “¿Y Tú, qué dices?”, sobrevino un silencio sepulcral: el silencio entre la multitud que estaba allí congregada, el silencio entre los jueces acusadores de la mujer pecadora, y el silencio y la respiración contenida en el alma de la mujer acusada. La misma clase de silencio se produce en el circo cuando los domadores de fieras conducen a mansos leones y tigres y les ordenan realizar diferentes movimientos, asumiendo varias posiciones y haciendo trucos por mandato suyo. Pero vemos ante nosotros, no a un domador de animales salvajes, sino al Domador de los hombres, una tarea mucho más difícil que la primera. Pues a menudo es más difícil domar a los que se han convertido en salvajes a causa del pecado, que domar a los que son salvajes por naturaleza. “¿Y Tú, qué dices?”, se le presiona una vez más, ardiendo con malicia, y con sus rostros retorcidos.


Así pues, el legislador de la moralidad y de la conducta humana, “inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo” (Juan 8:6). ¿Qué escribía el Señor en el suelo? El evangelista mantiene silencio sobre esto y no escribe nada al respecto. Era demasiado repugnante y vil para ser escrito en el Libro del Júbilo. Sin embargo, esto se ha preservado en nuestra santa Tradición Ortodoxa, y es horrible. El Señor escribió algo inesperado y sorprendente para los ancianos, aquellos que acusaban a la mujer pecadora. Con el dedo reveló sus secretos pecados, para aquellos que señalan los pecados de otros, mientras que eran expertos en ocultar sus propios pecados. Pero no tiene sentido tratar de ocultar nada ante los ojos de Aquel que lo ve todo.


“M(eshulam), ha robado los tesoros del templo”, escribió el dedo del Señor en el polvo.


“A(sher), ha cometido adulterio con la mujer de su hermano”.


“S(halum), ha cometido perjurio”.


“E(led), ha golpeado a su propio padre”.


“A(marich), ha cometido sodomía”.


“J(oel), ha adorado a los ídolos”.


Y así, una afirmación tras otra fue escrita en el suelo por el impresionante dedo del justo Juez. Y aquellos a los que se referían estas palabras, inclinándose, leían lo que estaba escrito, con indecible horror. Temblaban de miedo y no se atrevían a mirarse a los ojos. No tenían ya el pensamiento de la mujer pecadora. Pensaban solo en sí mismos y en su propia muerte, que estaba escrita en el suelo. Ninguna lengua era capaz de moverse, de pronunciar esa pregunta molesta y mala, “¿Y Tú, qué dices?”. El Señor no dijo nada. Aquello que es tan sucio solo tiene condición para ser escrito únicamente en el polvo del suelo. Otra razón por la que el Señor escribió en el suelo es aún mayor y más maravillosa. Lo que estaba escrito en el suelo era fácil de borrar. Cristo no quería que sus pecados fueran conocidos por todos. Si hubiera deseado esto, los habría anunciado ante el pueblo, y los habría acusado y apedreado hasta la muerte, según la ley. Pero Él, el inocente Cordero de Dios, no contemplaba la venganza o la muerte para aquellos que le habían preparado mil muertes, que deseaban su muerte más que cualquier otra cosa en sus vidas. El Señor sólo quería corregirlos, hacerlos pensar en sí mismos y en sus propios pecados. Quería recordarles que mientras llevaban el peso de sus propias transgresiones, no podían ser jueces estrictos de las transgresiones de otros. Solo esto deseaba el Señor. Y cuando lo hizo, movió la arena para borrarlo, y lo que había escrito desapareció.


Después de esto nuestro gran Señor se levantó y les dijo amorosamente: “Aquel que de vosotros esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella” (Juan 8:7). Esto fue como si alguien les quitaras las armas a sus enemigos y les dijera: ¡Ahora, disparad! Los jueces que ahora se disponen contra la mujer pecadora, están desarmados, como los criminales ante el juez, sin palabras y prendidos. Pero el benevolente Salvador “inclinándose de nuevo, se puso otra vez a escribir en el suelo” (Juan 8:8). ¿Qué escribía esta vez? Quizá sus otras transgresiones secretas, para que no pudieran abrir sus labios sellados durante mucho tiempo. O quizá escribía qué clase de personas eran los ancianos y líderes del pueblo. Esto no es necesario que lo sepamos. Lo más importante aquí es que por su escritura en el suelo consiguió tres cosas: en primer lugar, detuvo y aniquiló la tormenta que los ancianos de los judíos habían levantado contra Él; en segundo lugar, despertó su conciencia adormecida en sus endurecidas almas, aunque solo durante un corto tiempo; y tercero, salvó a la mujer pecadora de la muerte. Así se desprende de las palabras del Evangelio: “Pero ellos, después de oír aquello, se fueron uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los postreros, y quedó Él solo, con la mujer que estaba en medio” (Juan 8:9).


La plaza de delante del templo quedó repentinamente vacía. No quedó nadie, a excepción de los dos ancianos que la habían sentenciado a muerte, la mujer pecadora y el Único sin pecado. La mujer estaba en pie, mientras Cristo permanecía agachado en el suelo. Reinaba un profundo silencio. De repente el Señor se levantó de nuevo, miró alrededor y, no viendo a nadie más que a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te condenó?” (Juan 8:10). El Señor sabía que ninguno la condenaría; pero con esta pregunta esperaba darle confianza para que fuera capaz de escuchar y entender mejor lo que quería decirle. Actuó como un experimentado doctor, que primero alienta a su paciente y solo entonces le da su medicina. “¿Ninguno te condenó?”. La mujer recuperó la capacidad de hablar y respondió: “Ninguno, Señor” (Juan 8:11). Estas palabras fueron pronunciadas por una criatura deplorable, que justo antes no tenía la esperanza de volver a pronunciar otra palabra; una criatura que, muy probablemente, sentía el aliento de la verdadera alegría por primera vez en su vida.


Finalmente, el buen Señor dijo a la mujer: “Yo no te condeno tampoco. Vete, desde ahora no peques más” (Juan 8:11). Cuando los lobos dejan a su presa, así pues, tampoco el pastor desea la muerte de su oveja. Pero es esencial tener en cuenta que la “no acusación” de Cristo significa mucho más que la “no acusación” de los seres humanos. Cuando la gente no nos juzga por nuestros pecados, significa que no asignan un castigo por el pecado, sino que dejan el pecado con y en nosotros. Cuando Dios no acusa, sin embargo, esto significa que perdona nuestros pecados, los saca fuera como la podredumbre y hace nuestra alma limpia. Por esta razón, las palabras: “Yo no te condeno tampoco”, significan lo mismo que “Tus pecados son perdonados; vete, hija, y no peques más”.


¡Qué inesperado júbilo! ¡Qué gozo de verdad! Pues el Señor reveló la verdad a los que estaban perdidos. ¡Qué gozo en la justicia! Pues el Señor creó la justicia. ¡Qué júbilo en la misericordia! Pues el Señor mostró misericordia. ¡Qué gozo de vida! Pues el Señor preservó la vida. Este es el Evangelio de Cristo, que significa Buena Noticia; esta es la Noticia jubilosa, la Enseñanza de la alegría; esta es una página del Libro del Júbilo.


Por San Nicolás Velimirovich
 
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Thursday, November 29, 2018

Nada en esta vida es estable. ( Padre Philotheos Zervakos )

En este mundo, y en esta vida temporal presente, nada es estable; Todas las cosas sufren cambios y alteraciones. Afortunado es la persona que, durante esta vida, a través de la paciencia y las otras virtudes, construye un hogar en los cielos. Después de la muerte, morará allí, donde no haya dolor, sufrimiento, tristeza, peligro, miedo o guerra, sino perfecta y cierta fortuna y felicidad.


Padre Philotheos Zervakos
 
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Sunday, November 25, 2018

13° Domingo de Lucas.

La conversación de Cristo con el hombre muy rico, tal como nos la transmite hoy el evangelista Lucas, está llena con mensajes para nuestra época...
...El hombre rico se considera a sí mismo exitoso y asegurado, pero su interrogante apunta a la vida eterna. Cumplía, desde una edad temprana, los mandamientos de Dios, pero algo le faltaba para asegurarse la eternidad. Es digno de imitación su caso. Sin duda es el caso de un hombre devoto que cumplía la Ley y predominaba en él el deseo por la perfección. Y, esta perfección no consiste sólo en el cumplimiento de los mandamientos fundamentales, sino en el desprendimiento pleno del pecado.
La búsqueda de la perfección obedece a la consciencia. El ser humano tiene un conocimiento interno inmediato de sí mismo, proveniente de su conciencia innata. La conciencia del hombre expresa su propio ser, así como su relación con Dios y con el mundo. La mente humana, que es también el ojo del alma, influye inmediatamente sobre la situación de su consciencia. Cuando la mente es pura, también la conciencia es pura. Entonces el ser humano es conducido hacia el bien y rechaza el mal. Pero cuando la mente humana está oscurecida, entonces su consciencia también se oscurece, se agita y le cuestiona.
Cuando el ser humano hace oídos sordos a la voz de su consciencia y trata de diversas maneras de hacerla callar, ésta paulatinamente se corroe. Así, para el funcionamiento correcto de la consciencia se precisa una vigilia constante y autocrítica. Se necesita también el estudio de la voluntad divina, el cumplimiento de los mandamientos de Dios y la entrega total a Él.
Pero la entrega total a Dios no es fácil. Eso se revela en la actitud del hombre rico de la lectura evangélica, que se puso muy triste por la indicación de Cristo y se alejó pues no podía seguirle.
El hecho nos revela, cuán fácil es crear una falsa satisfacción en la conciencia del hombre. Satisfacción que proviene del cumplimiento de determinados mandamientos fundamentales. Uno tiende a creer con mucha facilidad que ha saldado sus cuentas con Dios por cumplir algunas formalidades, por cumplir los ayunos, por asistir con frecuencia a las reuniones eclesiásticas. Pero en un momento crítico de su vida es llamado a elegir entre Dios y el dinero, entre Dios y su lugar social o profesional, entre Dios y las ataduras terrenas. Entonces, no sacrifica nada de todo eso, por Dios, demostrando que su devoción cubre sólo una parte de su vida, la visible externamente, todo aquello que se refiere al cumplimiento anodino de los mandamientos, no así el sometimiento doloroso de todo el ser a la demanda absoluta de Dios. En eso consiste la debilidad del ser humano.
Esta debilidad viene a suplantar el poder de Dios. Cristo no acusa a Su devoto interlocutor. Dios brinda a todos Su auxilio, a fin de que, las virtudes de cada uno de nosotros se encuadren en la entrega total de Dios, que no sean manifestaciones aisladas de nuestra vida, por más que estas sean correctas y elogiables. La fuerza de Dios nos conduce a tomar conciencia que nuestra religiosidad se liga inmediatamente con nuestra vida en sociedad, que el camino que nos conduce a Dios pasa por la comunión de los hermanos y se cruza con los caminos de nuestros semejantes. Es en definitiva un camino sin retorno, sin convenciones, hipocresías y mentiras.
La entrega total de la persona a Dios, se liga con la debilidad del hombre de aceptarlo, en la práctica de su vida. Pero se liga también con la convicción de que se facilita con la gracia de Dios, con la vivencia y con la aceptación de esta gracia en la Iglesia. Pues, si lo imposible para los hombres es posible para Dios, entonces, que nadie crea que la entrega total del hombre a Dios, es cosa inalcanzable e irrealizable.
 
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9° Domingo de Lucas

La reunión de bienes que sirven a las necesidades de la vida, es una tarea muy prudente y lógica para cualquier persona, particularmente si es un padre de familia,...
...puesto que, de su laboriosidad y previsión depende la vida de los demás miembros de la familia. Nadie ha ensalzado la pereza y la imprevisión. Entonces, ¿por qué el hombre rico de la parábola de hoy es llamado insensato?
En primer lugar porque el horizonte del mundo se limitó para él en los límites de sí mismo. Luego, porque creyó que su bienestar sería interminable. Se trata del caso característico de quien basa su vida en la adquisición de bienes materiales, con desinterés a la conquista del bien. Ignora que los bienes materiales por sí mismo, no son suficientes para darle felicidad, mientras el bien, con las virtudes y los valores que representa, puede darle sentido y contenido a su vida.
Tal como lo pone en evidencia, la parábola de hoy, las personas consideran como bienes aquellas cosas que satisfacen sus necesidades y deseos. Su incesante búsqueda conduce al materialismo, mientras su deificación a la idolatría. Idolatría y materialismo están presentes en todas las épocas de diferentes formas y mutaciones. Contrariamente, en la Iglesia se aprende a desplazar su interés de las cosas materiales a las espirituales y de las cosas corruptibles a las incorruptibles. Sin desatender sus necesidades materiales, el cristiano trabaja y lucha por el bien y por conquistar las virtudes divinas. Y, lo consigue no sólo con la voluntad humana sino con el auxilio divino. ¿Cómo podría preferir las cosas incorruptibles si se apega a las cosas corruptibles? Y ¿cómo podría subir al cielo sin antes santificarse con la gracia del Espíritu Santo?
La búsqueda del bien es innata en el ser humano. Ello se revela en el rechazo que siente hacia el mal. Por otra parte, el bien es siempre bello, mientras el mal es feo.
El bien no es una idea sino una persona. El bien es Dios mismo. Además el bien está ligado con la realidad, está ligado al hombre y a su vida. El bien no se debe buscar sólo fuera del mundo. Si se hallare fuera del mundo le sería inalcanzable e inútil. En consecuencia, el bien se debe hallar en el mundo y dentro del ser humano.
La virtud del ser humano es la realización del bien. La virtud se logra con la comunión personal del ser humano con Dios y con el cumplimiento de su voluntad.
Como virtud entendemos las virtudes naturales que puede tener el ser humano, como criatura de Dios. Así, la prudencia, la valentía, la sensatez y otras muchas virtudes pueden hallarse como características naturales. Pero estas funcionan en su vida tanto positiva como negativamente. Para que funcionen positivamente, se necesita el Espíritu de Dios. Así como la lámpara de aceite, comenta San Simeón el Nuevo Teólogo, permanece a oscuras si no hace contacto con el fuego, así también el alma con sus virtudes naturales, permanece apagada y a oscuras, si no recibe la iluminación del Espíritu Santo.
Según la doctrina cristiana, la virtud corresponde a la situación natural del ser humano, mientras la maldad a su naturaleza degradada. La virtud, con el bien que representa, revela salud, mientras la maldad revela enfermedad. Si el ser humano permanece en la virtud, vive en la vida natural.
La virtud se logra con la gracia de Dios y la colaboración del ser humano. Sin la gracia de Dios, los esfuerzos humanos por la virtud, son vanos. Pero también, sin los esfuerzos del ser humano la gracia de Dios permanece estéril. La vida virtuosa del cristiano es revelación y confirmación de su participación en la gracia de Dios. El amor, la alegría, la paz y todas las virtudes de los fieles son frutos del Espíritu Santo. Pero para que existan las virtudes, deben ser cultivadas con los esfuerzos del ser humano. El creyente debe luchar constantemente para cultivar las virtudes. Con justicia se ha dicho que la virtud es una situación interminable de guerra contra nosotros mismos.
Ciertas virtudes no se deben aislar de su conjunto en la vida en Cristo. Virtudes cristianas no son sólo la humildad, la bondad, la condescendencia, la obediencia, la mansedumbre, o la tolerancia, es también la actitud decisiva, la valentía, la discreción y el control. Todas las virtudes juntas representan eso que llamamos con la palabra: bien.
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Monday, November 19, 2018

No te preocupes demasiado por lo espiritualmente pobre que eres. ( padre Seraphim Rose )

No te preocupes demasiado por lo espiritualmente pobre que eres. Dios ve eso, pero para ti se espera que confíes en Dios y ores a Él lo mejor que puedas, nunca caigas en la desesperación y luches de acuerdo a tu fuerza.

padre Seraphim Rose
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Wednesday, November 14, 2018

Dios perdona fácilmente abriéndole la puerta de tu alma. ( Padre Efraìn de Filoteu )



¡Con qué facilidad Dios perdona! Esto sucederá simplemente abriéndole la puerta de tu alma. Dios no espera ninguna recompensa por lo que le da a la gente. Aunque tus pecados sean millones o billones, porque Dios cuenta cero. ¿Qué vale una pequeña cantidad de arena en el océano? Todos los pecados del mundo son simplemente un virus en el océano.

No hay pecado que gane la misericordia de Dios. Así, los pecados del hombre son cero. Cuando el niño vuelve al seno del Señor, siempre termina delante de la misericordia.


Padre Efraìn de Filoteu 

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