Saturday, June 17, 2017

Tres luces que son una Luz (Poemas Dogmáticos, 1, 2, 3). ( San Gregorio Nacianceno )


Bien sé que, al hablar de Dios a los que le buscan, es como si quisiéramos atravesar el mar con pequeñas naves, o nos lanzáramos hacia el cielo constelado de estrellas, sostenidos por débiles alas. Porque queremos hablar de ese Dios que ni siquiera los habitantes del Cielo son capaces de honrar como conviene.
Sin embargo, Tú, Espíritu de Dios, trompeta anunciadora de la verdad, estimula mi mente y mi lengua para que todos puedan gozar con su corazón inmerso en la plenitud de Dios.
Hay un solo Dios, sin principio ni causa, no circunscrito por ninguna cosa preexistente o futura, infinito, que abraza el tiempo, grande Padre del grande y santo Hijo unigénito. Es Espíritu purísimo, que no ha sufrido en el Hijo nada de cuanto el Hijo ha sufrido en la carne (...).
Unico Dios, distinto en la Persona pero no en la divinidad, es el Verbo divino. Él es la imagen viva del Padre, Hijo único de Aquél que no tiene principio, solo que procede del solo, igual hasta el punto de que mientras sólo Aquél es plenamente Padre, el Hijo es también creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre.
Cantemos en primer lugar al Hijo, adorando la sangre que fue expiación de nuestros pecados. En efecto, sin perder nada de su divinidad, me salvó inclinándose, como médico, sobre mis heridas purulentas. Era mortal, pero era Dios; descendiente de David, pero creador de Adán; revestido de cuerpo, pero no partícipe de la carne. Tuvo madre, pero madre virgen; estuvo circunscrito, pero permaneció siempre inmenso. Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y sin embargo era Dios. Ofreció a Dios su sangre y purificó el mundo entero. Fue alzado en la cruz, pero los clavos derrotaron al pecado. Se confundió entre los muertos, pero resucitó de la muerte y trajo a la vida a muchos que habían muerto antes que Él: en éstos se hallaba la pobreza del hombre, en Él la riqueza del Espíritu
Alma, ¿por qué tardas? Canta también la gloria del Espíritu; no separes en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Temblemos ante el poderoso Espíritu, como delante de Dios; gracias a Él he conocido a Dios. Él, que me diviniza, es evidentemente Dios: es omnipotente, autor de dones diversos, el que suscita himnos en el coro de los santos, el que da la vida a los habitantes del cielo y de la tierra, el que reina en los cielos. Es fuerza divina que procede del Padre, no sujeto a ningún poder. No es hijo: uno solo, en efecto, es el Hijo santo del único Bien. Y no se encuentra fuera de la divinidad indivisible, sino que es igual en honor (...).
[Ésta es la] Trinidad increada, que está fuera del tiempo, santa, libre, igualmente digna de adoración: ¡único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor! Mediante el Bautismo, soy Regenerado como hombre nuevo por los Tres; y, destruida la Muerte, avanzo en la luz, Resucitado a una vida nueva. Si Dios me ha Purificado, yo debo adorarlo en la plenitud de su Todo.

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Sunday, June 11, 2017

Tropario a Todos los Santos - Tono 8°

† Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Tu Iglesia adornada, con la sangre derramada por Tus mártires en todo el mundo, como con purpura y lino puro, te exclama, oh Cristo Dios:
¡Envía Tus compasiones sobre Tu pueblo; y concede la paz a Tu comunidad y gran misericordia a nuestras almas!

† Ahora y Siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

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Sinaxis de todos los Santos

El domingo después de Pentecostés se dedica a todos los Santos, todos los que son conocidos y todos los que no son conocidos por nosotros si no únicamente por Dios. Siempre han existido los Santos, y han venido de todas las esquinas de la tierra. Ellos eran Apóstoles, Mártires, Profetas, Jerarcas, Monásticos y Justos, y todos han sido perfeccionados por el mismo Espíritu Santo.

El descenso del Espíritu Santo lo hace posible para nosotros ser elevados de nuestro estado decaído y alcanzar santidad, así cumpliendo con el mandamiento de Dios “de ser santo, porque Yo soy santo” (Lev. 11:44, 1 Pedro 1:16 y siguientes). Por eso es apropiado celebrar todos los Santos el primer domingo después de Pentecostés.

La fiesta se originó en un tiempo temprano, tal vez como celebración de todos los mártires, después fue ampliado para incluir a todos los hombres y mujeres quienes habían sido testigos de Cristo por sus vidas virtuosas, aunque no hubieran derramado su sangre por Él.

San Pedro de Damasco, en su “Cuarta Etapa de Contemplación”, menciona cinco categorías de Santos: Apóstoles, Mártires, Profetas, Jerarcas y Santos Monásticos (Filocalía Vol. 3). Él está repitiendo lo que dice en el Octoikos, Tono 2 de los Maitines del sábado, Katisma después del primer Estiquio.

San Nicodemo de la Santa Montaña (14 de julio) agrega a los Justos a las cinco categorías de San Pedro. La lista de San Nicodemo se encuentra en su primer libro “Las Catorce Epístolas de San Pablo” en su discusión sobre 1 Corintios 12:28.

La himnografía de la fiesta de Todos los Santos, también refiere a seis categorías: “Regocíjate, asamblea de los Apóstoles, Profetas del Señor, fieles coros de Mártires, divinos Jerarcas, Padres Monásticos y los Justos…”

Algunos de los Santos se describen como Confesores, una categoría que no se encuentra en ninguna de las listas mencionadas. Como ellos son muy parecidos en espíritu a los mártires, se consideran como perteneciendo a la categoría de los mártires. Ellos no fueron matados como los mártires, pero confesaron a Cristo con mucho valor y llegaron a la muerte con fe, por ejemplo, San Máximo el Confesor (21 de enero).

El orden de estos seis diferentes tipos de Santos parece estar basado en su importancia para la Iglesia. Los Apóstoles son primeros, porque ellos fueron los primeros en predicar el Evangelio al mundo.

Los Mártires siguen por su ejemplo de valor en profesando su fe antes los enemigos y perseguidores de la Iglesia, esto inspiro a muchos otros cristianos seguir a Cristo fielmente aun hasta la muerte.

Aunque cronológicamente los Profetas son anteriores, ellos son mencionados después de los Apóstoles y Mártires. Esto se debe a que los Profetas del Antiguo Testamento solo vieron sombra de lo que estaba por venir, mientras que los Apóstoles y los Mártires más experimentaron más de cerca. El Nuevo Testamento también toma preferencia sobre el Antiguo Testamento.

Los Santos Jerarcas componen la cuarta categoría. Ellos son los jefes de sus rebaños, enseñándolos por su ejemplo y palabra.

Los Santos Monásticos son aquellos que se apartaron de este mundo para vivir en monasterios, o en reclusión. Ellos no lo hicieron porque tenían odio para el mundo, pero para dedicarse a orar sin cesar y para batallar con los demonios. Aunque existen algunos que creen que los monjes y monjas no tienen uso y no producen, San Juan Clímaco tenía la más alta estima por ellos.

La última categoría de los Justos, son aquellos que alcanzaron la santidad en la vida mientras vivían “en el mundo.” Ejemplo son Abraham y su esposa Sara, Job, Santos Joaquín y Ana, San José el desposado, Santa Juliana de Lazarevo, y muchos más.

La fiesta de Todos los Santos adquirió gran prominencia llegando al noveno siglo, durante el reinado del Emperador Bizantino Leo VI el Sabio (886-911). Su esposa, la santa emperatriz Teofana (16 de diciembre) vivía en el mundo, pero no estaba apegada a las cosas mundanas. Ella fue una gran benefactora para los pobres, y muy generosa con los monasterios. Ella era una verdadera madre para sus subditos, cuidando a las viudas y los huérfanos y consolando a los doloridos.

Antes de la muerte de Santa Teofana en 893 o 894, su esposo comenzó a construir una Iglesia, intentando dedicarla Santa Teofana, pero ella le prohibió hacerlo. Fue este emperador que decreto que el domingo después de Pentecostés sea dedicado a Todos los Santos. Creyendo así que su esposa, siendo unos de los Justos, ella será honrada también cuando sea que se celebre la Fiesta de Todos los Santos.

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Saturday, June 10, 2017

CONFESIÓN DE FE - Extracto del Synodikon, en el año 843.


Como los Profetas lo han sostenido. Como los Apóstoles han enseñado. Como la Iglesia lo ha recibido. Como los maestros han dogmatizado. Como el universo ha acordado. Como la Gracia ha mostrado. Como la Verdad ha revelado. Como la falsedad se ha disuelto. Como la Sabiduría ha presentado. Como Cristo ha conferido. Así nosotros declaramos. Así nosotros afirmamos. Así nosotros predicamos a Cristo nuestro Verdadero Dios, y honramos a sus Santos en las palabras, en las Santas Escrituras, en los pensamientos, en los sacrificios, en la Iglesia, en los Santos Iconos; por una parte adorado y reverenciando a Cristo como Dios y Señor; y por otra parte honrando como los verdaderos siervos del mismo Señor de todos y ofreciéndoles por lo tanto veneración.

¡ÉSTA ES LA FE DE LOS APÓSTOLES, ÉSTA ES LA FE DE LOS PADRES, ÉSTA ES LA FE DE LOS CRISTIANOS ORTODOXOS, ÉSTA ES LA FE QUE HA ESTABLECIDO EL UNIVERSO!

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Monday, June 5, 2017

Pentecostés : El descendimiento del Espíritu Santo


En el Antiguo Testamento, Pentecostés era la fiesta que acontecía a los cincuenta días después de la Pascua de los judíos. Mientras que la pascua celebraba el éxodo de los israelitas de la esclavitud de Egipto, Pentecostés celebraba el don de Dios de los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte de Sinaí. En la Nueva Alianza, el acontecimiento de la Pascua cobra su nuevo significado como la celebración de la victoria de Cristo cumplida con su muerte y resurrección, victoria que cumple el “éxodo” de los seres humanos desde este mundo de pecado, al Reino de Dios. Así también en el Nuevo Testamento, la fiesta de Pentecostés es cumplida y renovada por un nuevo don, el descendimiento del Espíritu Santo sobre los discípulos y sobre la Iglesia.

«Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.» (Hechos 2,1-4)

El Espíritu Santo que Cristo había prometido a sus discípulos llegó en el día de Pentecostés. (Juan 14,26; 15,26; Lucas 24,49; Hechos 1,5) Los apóstoles recibieron el “poder de lo alto”, y comenzaron a predicar y atestiguar a Jesús como el Cristo Resucitado, el Rey y el Señor. Tradicionalmente se refiere a este momento como el “cumpleaños” de la Iglesia.
En los oficios litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, se celebra la venida del Espíritu Santo junto a la revelación plena de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se manifiesta la plenitud de la divinidad con la venida del Espíritu Santo a la humanidad, y los himnos de la Iglesia celebran esta manifestación como al acto final de la auto-revelación de Dios al mundo, y el don último que Dios hace al mundo. Por esto, el Domingo de Pentecostés, de acuerdo a la tradición Cristiana Ortodoxa, también se conoce como el Domingo de la Trinidad. En este día el icono de la Santísima Trinidad – particularmente el de las tres figuras angélicas que aparecieron a Abraham, el ancestro de la fe cristiana, -- es colocado en medio del templo. Se utiliza este icono junto al tradicional icono de Pentecostés que demuestra las lenguas de fuego sobre las cabezas de María y los Doce Apóstoles, el prototipo original de la Iglesia, ellos mismos sentados en unidad alrededor de la imagen simbólica del “cosmos”, el mundo.

En el día de Pentecostés tenemos el cumplimiento final de la misión de Jesucristo, y la inauguración de la era mesiánica del Reino de Dios, místicamente presente en este mundo en la Iglesia. Por lo tanto, el día cincuenta es el inicio de la época que está más allá de las limitaciones de este mundo, siendo cincuenta el número que representa el cumplimiento eterno y celestial en la espiritualidad mística, tanto judía como cristiana: siete veces siete, más uno.

Así, se le llama a Pentecostés el día apocalíptico, que significa el día de la revelación final. También se le llama el día escatológico, que significa el día del final último y perfecto (en griego, la palabra “eschaton” quiere decir “el final”.) Pues cuando llega el Mesías y el día del Señor está pronto, se inauguran los “últimos días” en que «Dios declara […] Derramaré mi espíritu sobre toda carne». Esta es la antigua profecía a la cual se refiere el Apóstol Pedro en el más antiguo Sermón de la Iglesia Cristiana que fue predicado en el primer Domingo de Pentecostés. (Hechos 2,17; Joel 2,28-32)

Nuevamente debemos insistir que la celebración de Pentecostés nos es un mero recordatorio de un acontecimiento que sucedió hace muchísimo tiempo. Es la celebración de lo que debe suceder y lo que, de hecho, sucede a cada uno de nosotros hoy en la Iglesia. Todos nos hemos muerto y resucitado junto al Mesías-Rey, y todos hemos recibido el Santísimo Espíritu. Devenimos “templos del Espíritu Santo.” El Espíritu de Dios habita en nosotros. (Romanos 8; I Corintios 2 al 3, 12; II Corintios Gálatas 5; Efesios 2 al 3) Nosotros, ya que pertenecemos a la Iglesia, hemos recibido “el sello del don del Espíritu Santo” en el sacramento de la Crismación. Pentecostés ya ha acontecido en cada uno de nosotros.

La Divina Liturgia de Pentecostés recuerda nuestro bautismo en Cristo con el versículo de la carta a los Gálatas nuevamente reemplazando el Trisagion: «Vosotros que en Cristo os bautizasteis de Cristo os revestisteis. Aleluya.» Este himno también se canta en lugar del Trisagion en el Sábado de Lázaro y en la Pascua de Resurrección.

Las lecturas de la Epístola y del Evangelio hablan de la venida del Espíritu Santo al ser humano. El kontakion canta de cómo la confusión de Babel fue revertida al reunir Dios a todas las naciones en la unidad de Su Espíritu. El tropario proclama la reunión del universo entero en la red de Dios, mediante la inspirada obra de los pescadores convertidos en apóstoles. Por primera vez desde la Pascua de Resurrección, se vuelve a cantar los himnos

«Oh Rey Celestial, Paráclito, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes y todo lo llenas, ven y mora en nosotros, purifícanos de toda mancha, y salva nuestras almas, oh Bondadoso.»

«Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el Espíritu Celestial. Hemos hallado la verdadera fe. Adoremos la Trinidad Indivisible, pues ésta nos ha salvado.» (se canta después de la comunión)

llamando al Espíritu Santo a que venga a habitar en nosotros, y proclamando que “hemos recibido al Espíritu Celestial.” El templo está adornado con flores y ramas y hojas verdes, para demostrar que el Aliento o Soplo divino viene como el “Espíritu Vivificador” para renovar toda la creación. En Hebreo, la palabra que quiere decir Espíritu, aliento y viento es una sola, rúaj.

«Bendito eres Tú, oh Cristo Nuestro Dios, que mostraste llenos de sabiduría a los pescadores, derramando sobre ellos el Espíritu Santo. Y por medio de ellos conquistaste el universo. Oh Amante de la Humanidad, Gloria a Ti.» (Tropario)

«Cuando el Altísimo descendió y confundió las lenguas, Él dividió las naciones. Mas cuando distribuyó las lenguas de fuego, llamó a todos a la unidad. Por lo tanto, unánimes, glorificamos el Santísimo Espíritu.» (Kontakion)

El oficio de Vísperas Mayores de Pentecostés es caracterizado por tres largas oraciones durante las cuales los fieles se arrodillan por primera vez desde la Resurrección. De acuerdo a la tradición local en algunas iglesias, los fieles no se arrodillan en ningún oficio u otro momento de oración a partir de la Pascua de Resurrección hasta Pentecostés, simbolizando su alegría, además del hecho de que todos hemos sido levantados de la muerte a la vida.

En la Iglesia Ortodoxa, el día lunes después de Pentecostés se conoce como la fiesta del Espíritu Santo, y el domingo después de Pentecostés es la fiesta de Todos los Santos. Esta es la secuencia lógica ya que la venida del Espíritu Santo logra su acabamiento en la santificación de la humanidad, fin último de la creación y salvación del mundo. “Así dice el Señor: Vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque Yo, Tu Dios, soy santo.” (Levítico 11,45-46; I Pedro 1,15-16)

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