
Contaquio 1, tono 8:
Soberano Dueño y Señor del cielo y de la tierra, viéndote suspendido en la Cruz, Rey Inmortal, se turbo la creación entera, se amedrentó el cielo y los cimientos de la tierra temblaron. Mas, nosotros, aunque indignos, te ofrecemos esta acción de gracias por tu pasión por causa nuestra. Y con el ladrón te clamamos: Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Icos 1:
Tú que perfeccionaste el coro angelical, no tomaste la naturaleza de los ángeles para ti, S siendo Dios verdadero, te hiciste hombre por nosotros, y por tu vivificador cuerpo y sangre vivificaste al hombre, muerto desde antaño en el pecado. Por eso agradecidos por tu gran amor clamamos a ti: Jesús Dios mío amor de todos los siglos, que a nosotros los mortales de la tierra revelaste tu voluntad; Jesús misericordia inconmensurable, que descendiste al hombre caldo; Jesús revestido de nuestra carne, y que por tu muerte destruiste el dominio de la muerte; Jesús que nos deificas por tus Divinos Misterios; Jesús que redimiste al mundo entero por tus sufrimientos en la Cruz; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 2:
Viéndote en Getsemani, agonizando en oración hasta sudar sangre, se acercó un ángel y te fortalecía, cuando como carga pesada nuestros pecados pesaron sobre ti. Habiendo levantado al caído Adán sobre tus hombros, lo presentaste al Padre, arrodillándote y suplicando. Y a causa de esto, con fe y amor, te canto: Aleluya.
Icos 2:
Los Judíos no comprendieron el inefable significado de tus sufrimientos voluntarios. Y cuando dijiste: Yo Soy a los que te buscaban de noche con lámparas, aunque se cayeron al suelo, después te ligaron y te llevaron al tribunal. Los que pasamos por el mismo camino, caemos ante ti y con amor clamamos: Jesús, Luz del mundo, odiado por el mal del mundo; Jesús, que moras en luz inaccesible, apresado por el reino de las tinieblas; Jesús, Inmortal Hijo de Dios, traicionado hasta la muerte por el hijo de perdición; Jesús en quien no hay engaño, besado con disimulo por el traidor; Jesús, que te das libremente a todos, vendido por unas monedas de plata;
Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 3:
Por el poder de tu Divinidad predijiste a tu discípulo su triple negación. Mas, después, aunque te había negado con un juramento, cuando te vio, su Señor y Dueño, en la corte del sumo sacerdote, se derritió su corazón y salió y lloró amargante. Mírame también, Señor, y tócame en mi duro corazón a fin de que con mis lágrimas lave mis pecados, alabándote con: Aleluya.
Icos 3:
Como Sumo Sacerdote eterno, dotado de veras de potestad según el orden de Melquísedec, estabas ante Caifás, el sumo sacerdote transgresor, Tú que eres Dueño y Señor de todo, que recibiste suplicio de tus siervos, recibe de nosotros estas preces: Jesús, inapreciable, comprado por un precio, poséeme en tu eterna heredad; Jesús, apetecido de todos, de Pedro rechazado por miedo, no me rechaces a mí, pecador; Jesús Cordero inocente, golpeado a crueles azotes, rescátame de mis enemigos; Jesús Sumo Sacerdote, que por tu sangre has entrado en el Sanctasanctorum, purifícame de mis manchas carnales; Jesús aherrojado, que tienes poder de ligar y desatar, absuelve mis graves iniquidades; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 4:
La tempestad de Cristicidio enfurecida, los judíos, escuchando la voz del padre de la mentira y del asesino de antaño, Satanás, te rechazaron, el Recto Camino, la Verdad y la Vida. Mas te confesamos, Cristo Potencia de Dios, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la razón, te clamamos: Aleluya.
Icos 4:
Al oír tus humildes palabras, Pilatos te entregó a la crucifixión, como si merecieras la muerte, aunque mismo atestó no hallarte falta alguna. Luego lavóse las manos, mas su corazón le manchó. Maravillándonos del misterio de tus sufrimientos voluntarios, compungidos te clamamos: Jesús, Hijo de Dios e Hijo de la virgen, torturado por los hijos de la maldad; Jesús, mofado y desnudado, que das belleza a los lirios del campo y vistes el cielo de nubes; Jesus lleno de heridas, que con cinco panes llenaste a los cinco mil; Jesús, Rey de todo, que en vez de un tributo de amor y gratitud, recibiste crueles suplicios; Jesús, que por nosotros fuiste herido todo un día, cura las heridas de nuestras almas. Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 5:
Fuiste ataviado de tu Divina Sangre, Tú que te cubres de luz como de vestidura. Yo sé, en verdad, yo sé con el profeta por qué tus vestiduras son de escarlata. Soy yo, Señor, que te herí con mis pecados. A ti, pues, que por mí fuiste herido, te clamo con gratitud: Aleluya.
Icos 5:
En el espíritu viéndote cubierto de deshonra y de heridas, el divinamente inspirado Isaías clamo aterrado, "Lo hemos visto y no tiene ni forma ni belleza." Y nosotros viéndote en la Cruz con fe y temor exclamamos: Jesus sufriendo deshonra, que has coronado al hombre de gloria y honor; Jesus a quien no pueden contemplar los ángeles, abofetado; Jesús, golpeado en la cabeza con una caña, inclina mi cabeza en humildad; Jesús cuyos claros ojos fueron obscurecidos con tu sangre, aparta mis ojos para que no vean la vanidad; Jesús que de pies a cabeza no tenías parte ilesa, hazme enteramente sano e ileso; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 6:
Pilatos resultó abogado de tu mansedumbre cuando declaró a la multitud que no habla en ti nada digno de la muerte, mas los judíos, como fieras sanguinarias, rechinaron los dientes y clamaron, ¡Crucifícale, crucifícale¡ Nosotros, honrando tus purísimas heridas, clamamos: Aleluya.
Icos 6:
Brillaste como espectáculo y maravilla a los ángeles y a los hombres, y aún a Pilatos, que de ti dijo, "He aquí el hombre." Venid, pues, adoremos a Cristo, ultrajado por causa nuestra, clamando: Jesús, Creador y Juez de todo, juzgado y torturado por tus criaturas; Jesús, Dador de sabiduría, que ni siquiera diste contestación a los impíos; Jesús, Sanador de los que estamos heridos por el pecado, concédeme el sanativo de la penitencia; Jesús, Pastor acometido, ahuyenta a los demonios que me tientan; Jesús, que tuviste tu cuerpo en aflicción, aflige mi corazón de temor de ti; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 7:
Deseando librar al hombre de las obras del Enemigo, te humillaste ante tus enemigos, Jesús, y como cordero que no abre su boca, fuiste llevado al matadero, todo cubierto de heridas para curar a todos los hombres, que claman: Aleluya.
Icos 7:
Revelando paciencia maravillosa, cuando con la sentencia del injusto juez, los soldados te vituperaron, y con crueles heridas, afligieron tu purísimo cuerpo, de modo que estaba purpúreo de sangre de pies a cabeza. Por eso, con lágrimas te clamamos: Jesús, que amas a los hombres, coronado de espinas por los hombres; Jesús, sin pasión en tu Divinidad, sufriendo la pasión, para que de la pasión seamos librados; Jesús, salvador mío, sálvame que merezco todo tormento; Jesús, abandonado de todos, mi time fundamento, fortaléceme a mí;Jesús, injuriado de todos, mi felicidad, hazme feliz; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 8:
Maravilloso y extraño fue cuando Moisés y Elías te aparecieron en el Monte Tabor y hablaron de tu muerte, que ibas a sufrir en Jerusalén. Habiendo visto allí tu gloria y aquí nuestra salvación, te clamamos: Aleluya.
Icos 8:
Perseguido dondequiera por los judíos a causa de la gran multitud de nuestros pecados, sufriste el escándalo y el tormento. Hay quien te acusa de rebeldía contra César, quien te acusa como a reo, y quien clama: "Quita, quita, crucifícale." A ti, Señor, condenado de todos y llevado a la crucifixión, del fondo de nuestra alma, decimos: Jesús, injustamente condenado, Juez nuestro, no nos condenes de acuerdo con nuestras hazañas Jesús agotado en el camino bajo la Cruz, mi fortaleza, en la hora de mí tristeza y aflicción, no te alejes de mí; Jesús, que pediste ayuda al Padre, mi firme contendedor, fortaléceme en mis enfermedades; Jesús, que aceptaste las deshonras, Gloria mía, no me prives de tu gloria; Jesús, imagen de, la brillantísima hipóstasis del Padre, transforma mi impura y sombría vida; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 9:
Confundióse la naturaleza entera al verte pendiente de la Cruz; el Sol de los cielos encondió sus rayos, tembló la tierra, el velo del templo se rompió por medio, las piedras se partieron, salieron los muertos del infierno. Mas nosotros adoramos tus purísimas plantas y cantamos: Aleluya.
Icos 9:
Elocuentes oradores, aunque declamen mucho, no saben rendirte debida gratitud por tu Divina Pasión, Tú que amas a los hombres. Mas nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestro corazón y todos nuestros miembros, compungidos, te claman: Jesús, clavado a la Cruz, empala y destruye la cédula de nuestros pecados; Jesús, que extiendes tus manos desde la Cruz a todos, acércame a mí, que estoy extraviado; Jesús, Entrada de los corderos, tu costado traspasado, condúceme por tus heridas a la cámara nupcial; Jesús, crucificado en la carne, crucifica mi carne con sus pasiones y sus vicios; Jesús, que finaste en la agonía, concede que no conozca mi corazón nada aparte de tí crucificado; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 10:
Deseando salvar al mundo, sanaste a los ciegos, a los cojos, a los leprosos, a los sordos, y a los mudos, y echaste fuera demonios. Mas los necios judíos, respirando malicia y turbados por envidia, te suspendieron en la Cruz, sin saber cantarte: Aleluya.
Icos 10:
Jesús, Rey de todos los siglos, que sufriste en cada miembro por mi incontinencia, para hacerme enteramente puro, dándonos el ejemplo en todo para que siguiéramos tus pasos, clamando: Jesús, Amor insondable, que no acusaste de pecadores a los que te crucificaron; Jesús, que oraste con ardiente lamento y lágrimas en el huerto, enséñanos a orar; Jesús que en ti mismo eres el cumplimiento de toda la profecía, cumple el deseo de nuestro corazón de ser buenos; Jesús que encomendaste tu espíritu en manos del Padre, a la hora de mi muerte recibe mi espíritu; Jesús que no prohibiste que partieran tus vestiduras, suavemente parte mi alma de mi cuerpo; Jesús Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas a tu reino.
Contaquio 11:
Tu inmaculada Madre te ofreció cánticos de ternura, diciendo, "Aunque sufres en la Cruz, yo sé de Ti desde el vientre que fuiste engendrado del Padre antes del lucero, porque veo que la creación entera sufre contigo." Tú rindes tu espíritu al Padre; recibe asimismo mi espíritu y no me abandones, porque te clamo: Aleluya.
Icos 11:
Como vela radiante estuvo la inmaculada Virgen junto a la Cruz, ardiendo de amor y agobiada de dolor maternal por ti, el verdadero Sol de la justicia que estaba en la tumba; juntamente con las de ella, acepta estas oraciones de nuestro corazón: Jesús elevado en el Madero, para elevarnos al Padre, a nosotros los caídos; Jesus que diste a la Siempre-Vírgen como Madre al castísimo Apóstol, para enseñarnos la virginidad y la pureza; Jesus que confiaste a la que te dio a luz a tu discípulo divino, Dios Verbo, encomiéndanos a todos a su protección maternal; Jesus Conquistador del mundo y del infierno, conquista la infidelidad, el orgullo de vida y la lujuria de los ojos que reside dentro de nosotros; Jesus Destruidor del reino de la muerte, líbrame de la muerte eterna; Jesus Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 12:
Concédeme tu gracia, Jesus Dios mío> recíbeme como recibiste a José y a Nicodemo, para que te pueda ofrecer mi alma como mortaja limpia y ungir tu purísimo cuerpo con la fragancia de la virtud, y guardarte en mi corazón como en un sepulcro, clamando: Aleluya.
Icos 12:
Alabando tu voluntaria crucifixión, adoramos tu Pasión, Cristo. Creemos con el centurión que eres verdaderamente el Hijo de Dios, que vendrás sobre las nubes con grande gloria y potencia; no nos avergüences que estamos redimidos por tu Sangre, clamando: Jesús, paciente, por la lamentación de tu madre Virgen, rescátanos del llanto eterno; Jesús, abandonado de todos, no me abandones a la hora de mi muerte; Jesús, cuyos pies fueron tocados por Magdalena, recíbeme como a quien quiere seguir tus pasos; Jesús, no me condenes con el Traidor y con tus crucificadores; Jesús, condúceme al Paraíso con el buen Ladrón sabio; Jesús, Hijo de Dios, acuérdate de nosotros cuando vengas en tu reino.
Contaquio 13:
Jesucristo, Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acepta esta corta acción de gracias ofrecida a ti del fondo de nuestra alma, y cúranos por tus salubres sufrimientos de toda enfermedad de cuerpo y alma. Ampáranos por tu Cruz, de enemigos visibles e invisibles, y al fin de nuestra vida, no nos abandones, porque tu muerte nos libró de la muerte eterna, para que te clamemos para siempre: Aleluya, Aleluya, Aleluya.
Repítanse Icos 1 y Contaquio 1.
Oracion al
Señor Jesus Crucificado
Señor Jesucristo crucificado, Creador del cielo y de la tierra, Salvador del mundo, he aquí que yo que soy indigno, y de todos el más pecaminoso, habiendo doblado humildemente la rodilla de mi corazón ante la gloria de tu majestad, alabo tu Cruz y tu Pasión, y te ofrezco gracias, Rey de todo, porque quisiste sufrir como hombre toda opresión, calamidad, desventura y tortura, para ser nuestro compañero en el sufrimiento, nuestro auxilio, el Salvador de todos en la tristeza, necesidad y adversidad. Yo sé, omnipotente Dueño, que todo esto no te fue necesario, mas, por la salvación de la raza humana, sufriste la Cruz, y sufriendo, nos redimiste a todos de las crueles obras del Enemigo ¿Cómo te pagaré, tú que amas a los hombres, todo lo que has sufrido por causa mía, siendo yo pecador? No sé yo, pues el alma y el cuerpo, y toda bondad nos vienen de ti, y todo lo mío es tuyo; yo soy tuyo. Confiando tan solamente en tu infinita Compasión, bondadoso Señor, alabo tu inefable paciencia, magnífico tu indecible humillación, glorifico tu inconmensurable misericordia, alabo tu purísima Pasión, y con amor abrazo tus heridas, clamando: Ten misericordia de mí pecador, y concede que tu Santa Cruz no sea vana en mi, que participando aquí con fe de tus sufrimientos, sea yo digno de contemplar igualmente la gloria de tu reino celestial. Amén.
La obediencia defiende al hombre contra el orgullo. La oración es dada por causa de la obediencia. La Gracia del Espíritu Santo también es dada por la obediencia. Por esto es que la oración es mayor que la oración y el ayuno.
San Silvano el Athonita
Dios ha dado a la gente la palabra “amor” para que ellos pudieran nombrar su relación con El con este nombre. Cuando las personas abusan esta palabra para nombrar su relación con cosas mundanas, ella pierde su significado.
San Nicolás de Serbia

El Ecumenismo es el nombre común para los pseudo-cristianismos, para las pseudo-iglesias de Europa Occidental. Dentro del Ecumenismo se encuentra el corazón de todos los humanismos, y como cabeza de todos ellos, el Papismo. Todos estos pseudo-cristianismos, todas estas pseudo-iglesias, no son otra cosa que una herejía al lado de otra. El nombre común evangélico de todas ellas es PANHEREJÍA. ¿Por qué? Porque a lo largo de la historia, las diferentes herejías negaban o desfiguraban determinadas particularidades del Dios-Hombre y Señor Jesús, mientras que estas herejías europeas alejan, desplazan al Dios-Hombre en su totalidad, y en su lugar colocan al hombre Europeo. Aquí no existe diferencia sustancial entre Papismo, Protestantismo, Ecumenismo y otras herejías, todas comparten el nombre de “Legión”.
El dogma ortodoxo, o más bien, el pan-dogma sobre la Iglesia, fue rechazado y sustituído por el dogma pan-herético latino de la Primacía y la Infabilidad del Papa, es decir, del hombre. De esta pan-herejía nacieron y nacen contínuamente otras herejías: el Filioque, la eliminación de la Epíclesis, la introducción de la Gracia Creada, el Purgatorio, el Depósito de Buenas Obras Sobrantes, la enseñanza mecanizada de la salvación y del mismo modo la enseñanza mecanizada sobre la vida, el Césaro-papismo, la Santa Inquisición, las Indulgencias, el odio al pecador por su pecado, el jesuitiïsmo, la escolástica, la casuística, el monarquismo, el individualismo social de diferentes tipos, etc…
¿El protestantismo? Es el hijo más fiel del papismo, el cual, mediante el racionalismo escolástico, va cayendo a través de los siglos, de herejía en herejía, ahogándose contínuamente en el herético veneno de sus diferentes errores. Incluso así, la grandeza papística y la locura “infalible” reinan despótica y desgraciadamente en las almas de sus fieles. Para empezar, cada protestante es un papa independiente en todo lo referente a la fe.
Todo esto, conduce siempre a una muerte espiritual tras otra, y final de este ”morir” no existe, ya que el número de muertes espirituales del hombre es incontable. Puesto que así son las cosas, para el ecumenismo papista-protestante no existe otra escapatoria de su callejón sin salida, que el arrepentimento con toda el alma delante del Dios-Hombre Cristo y de Su Iglesia Católica Ortodoxa. El arrepentimiento es el medicamento para todo pecado, medicamento dado al hombre por el único Filántropo. Sin el arrepentimiento y la entrada en la auténtica Iglesia de Cristo, es antinatural e inconcebible hablar sobre la unión “de las Iglesias”, sobre el diálogo del amor, sobre la intercomunión.

¿Qué es el arrepentimiento?
Hermano pecador, esto es la preparación que debes llevar a cabo antes de que te arrepientas e ir a la confesión. Conoce primeramente que el arrepentimiento, según San Juan de Damasco, es un regreso del maligno a Dios, que se produce por medio del dolor y la ascesis (25). Así, también tú, amado, si deseas arrepentirte correctamente, debes partir del maligno y de sus diabólicas obras y regresar a Dios y a la vida propia de Dios. Debes abandonar el pecado, que es contra natura, y volver a la virtud, que es según la naturaleza. Debes odiar tanto la maldad, que puedas decir, junto con David: “Aborrezco a los de corazón doble y amo tu Ley” (Salmos 118:113), y en su lugar, debes amar el bien y los mandamientos del Señor tanto, que también puedas decir, junto con David: “Por eso amo yo tus mandamientos” (Salmos 118:127). En pocas palabras, el Espíritu Santo te avisa por medio del Eclesiástico sobre qué es verdaderamente el arrepentimiento, diciendo: “Entra en la compañía del siglo santo, con aquellos que viven, y dan alabanza a Dios. No te pares en el camino errado de los malos. Alaba a Dios antes de morir; pues el muerto, como si no fuese, no puede alabarle” (Eclesiástico: 17:25-26) (26).
Los aspectos del arrepentimiento
Conoce ahora que los aspectos del arrepentimiento son tres: la contrición, la confesión y la satisfacción (27).
Contrición
La contrición es el perfecto dolor y la pena del corazón (28) que se produce en una persona que, a causa de los pecados cometidos, decepciona a Dios y quebranta su ley divina. Este arrepentimiento no viene sino para los perfectos y los que son hijos de Dios, porque sólo procede del amor a Dios, así como un hijo se arrepiente simplemente porque ha decepcionado a su padre, y no porque hubiera sido privado de su herencia o porque vaya a ser expulsado de la casa de su padre. Con relación a esto, el divino Crisóstomo dice: “Gime después de haber pecado, no porque vayas a ser castigado (pues eso no es nada) sino porque has ofendido al Maestro, al Único tan gentil, tan bueno, al Único que te ama tanto y que anhela tu salvación como para haber entregado a Su Hijo por ti. A cuenta de esto, gime” (29).
Aflicción
Con relación a la contrición está la aflicción, que es también una tristeza y un dolor imperfecto del corazón, que se produce, no porque una persona haya ofendido a Dios por sus pecados, sino porque esta persona estaba privada de la gracia divina, habiendo perdido el paraíso y obtenido el infierno. Esta aflicción pertenece a lo imperfecto, esto es, a los contratados a sueldo y a los esclavos, porque no procede del amor a Dios, sino del temor y del amor por sí mismos, así como un contratado se arrepiente por haber perdido su salario y un esclavo se arrepiente porque teme la disciplina de su amo (30).
Así pues también, hermano pecador, si deseas adquirir esta contrición y aflicción en tu corazón, y mediante esto que tu arrepentimiento sea agradable a Dios, debes hacer lo siguiente.
Confesar a un padre espiritual experimentado
Primero, busca y conoce quién es el más experimentado padre espiritual, porque San Basilio el Grande dice que así como la gente no muestra sus enfermedades y heridas corporales a cualquier médico, sino solo a médicos experimentados que conocen cómo tratarlas, así también los pecados deben ser revelados, no a cualquiera, sino a los que son capaces de sanarlos: “La misma forma puede ser observada en la confesión de los pecados como en la manifestación de las enfermedades corporales. Así como los hombres revelan las enfermedades del cuerpo no a todos recién llegados sino a aquellos que son experimentados en su tratamiento, así también, la confesión de los pecados debe llevarse a cabo en presencia de aquellos que son capaces de tratarlos, como está escrito: “Los fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles” (Romanos 15:1), esto es, sacarlos del pecado por vuestras atenciones (31).
Cómo examinar nuestra conciencia
Segundo, tal como te sentarías y contarías tu dinero tras una transacción comercial, de la misma forma ve a un lugar a parte, hermano, y dos o tres semanas antes de acudir al padre espiritual que has encontrado, especialmente durante el inicio de los cuatro periodos de ayuno del año (32), acude a este lugar de quietud, y doblegando tu cabeza, examina tu conciencia, a lo que Filón el judío llama: “el estudio de la conciencia”, y sé para ti: “no un defensor, sino un juez de tus pecados”, según el bienaventurado Agustín. Considera, al igual que Ezequías, el transcurso de tu vida en el dolor y la amargura de tu alma: “Andaré humildemente todos mis años en la amargura de mi alma” (Isaías 38:15). Considera también cuántos pecados cometiste en obra, palabra, y por el acoplamiento de tus pensamientos (33), tras tu última confesión, contando los meses, las semanas y los días. Recuerda a la gente con la que has pecado y los lugares donde has pecado, y reflexiona en estas cosas con diligencia a fin de encontrar todos tus pecados. Así es cómo el Eclesiástico te aconseja por un lado, diciendo: “… y antes del juicio examínate a ti mismo” (Eclesiástico 18:20), y por otro lado, San Gregorio el Teólogo dice: “Examínate a ti mismo más que a tu prójimo. La cuenta de las acciones es mayor que la cuenta del dinero. Pues el dinero está sujeto a la corrupción, pero las acciones permanecen” (34).
Y así como los cazadores no se satisfacen con la simple búsqueda de un animal en el bosque, sino que buscan acabar con él por todos los medios, del mismo modo, hermano pecador, no debes estar igualmente satisfecho con el mero examen de tu conciencia y con la búsqueda de tus pecados, pues esto te aprovecha poco, sino lucha con toda la mente para eliminar tus pecados por el dolor del corazón, a saber, por la contrición y la aflicción. Y para adquirir la contrición, considera cuán gravemente has herido a Dios por tus pecados. Para adquirir también la aflicción, considera así mismo cuán gravemente te has herido a ti mismo por tus pecados.
Notas
Nota: La numeración no coincide con el libro original.
25. “El arrepentimiento es el regreso de lo que es contra natura a lo que está en relación a la naturaleza, del maligno a Dios, por las ascesis y la agonía” (De Fide Orthodoxa 2, 30, PG 94, 976A).
26. Con relación al verdadero arrepentimiento, ver la Homilía sobre el arrepentimiento al final del libro original.
27. George Koressios, escribiendo sobre los Misterios, añade un cuarto aspecto del arrepentimiento, la pérdida del pecado (llamada clave), que pasa por la gracia del Espíritu Santo a través de la mediación del padre espiritual y que, dice, en especial define el misterio del arrepentimiento (extraído de su Teología).
28. Este dolor no solo consiste en manifestaciones sensibles, como gemidos y lágrimas, sino que principalmente consiste en la voluntad interior del hombre odiando el pecado y deseando que el pecado nunca ocurriera, y con la resolución de no volver a cometer el pecado. Y nótese también que este dolor y contrición del corazón, según Koressios, es un elemento del arrepentimiento y, tanto como sea encontrado en el corazón, una persona estará en estado de arrepentimiento. Pero tan pronto como el dolor sale del corazón, así también sale la persona del estado del arrepentimiento, lo que significa que el dolor y la contrición deben estar presentes en el corazón del penitente perpetuamente, pues en esta forma su arrepentimiento es verdadero. Con relación a este dolor, ver más sobre ello en la Homilía sobre el arrepentimiento, al final del libro original.
29. Sobre II Corintios, homilía 4, 6, PG 61, 426.
30. Algunos maestros dividen la tristeza y el dolor que un pecador siente a causa de sus pecados en tres partes: el dolor que tiene antes de la confesión, que ellos llaman imposición o reproche (pros-tribe); el dolor que tiene durante la confesión, al que llaman contrición (syn-tribe), y el dolor que tiene después de la confesión, al que llaman aflicción (epi-tribe).
31. Regulae Brevius 229, PG 31, 1236A; tr. Trabajos ascéticos de San Basilio, pp. 313-314.
32. Mi hermano cristiano, no esperes hasta el último momento para confesar y acudir a tu padre espiritual cuando los días en que deseas comulgar están cercano, sino acude muchos días antes. Y ciertamente, durante los cuatro periodos de ayuno del año, tan pronto como empiecen, acude a confesar con anticipación y cuando tengas tiempo, para que seas propiamente corregido. Uno o dos días antes de comulgar, acude a tu padre espiritual para que pueda leer una oración de perdón en ti por la cuenta de tus perdonables pecados que hayas cometido entre el tiempo de tu confesión y tu recepción de la Comunión, y así, recíbela en esta forma, según esta buena costumbre que siguen los monjes de la Santa Montaña.
33. A causa de que a la gente de hoy en día le resulta oneroso llevar a cabo este examen de su conciencia a la luz, o a causa de la falta de memoria no son capaces de recordar sus pecados, ver las zonas pertinentes de la parte 1 de este libro, sobre las Instrucciones para el padre espiritual, que hemos preparado para ti, hermano, particularmente, y el capítulo 3, Concerniente a los pecados mortales, perdonables, y los pecados de omisión, y el capítulo 4, Concerniente a los Diez Mandamientos, donde explicamos quién yerra en estos mandamientos, a fin de aliviar su conciencia, ayudando a recordar fácilmente los pecados. Así que, mira allí y examina tu conciencia y trae a la memoria los pecados que has cometido de acuerdo con lo que se dice allí para que los confieses. Lee también el capítulo 6, Con relación a los pensamientos, a fin de aprender de ahí que también se deben confesar los malos pensamientos, si no todos, y sin duda los pensamientos que te asalten y más te molesten, porque así como los huevos del ave, cuando están ocultos en el estiércol, son cobijados y los pollos surgen, también los malos pensamientos, cuando no se revelan al padre espiritual, se vivifican y se convierten en hechos, según indica San Juan Clímaco: “Como los huevos de la gallina que se calientan en el fango del estiércol, así los pensamientos que no son confesados se cobijan y se procede a su obra” (Paso 26, PG 88, 1085C; tr. La Escalera, p. 193).
San Nicodemo el Agiorita
El primer grado de la oración consiste en arrojar, mediante un pensamiento o una palabra, simple y fija (monológicamente), las sugestiones en el momento mismo en que aparecen. El segundo, es vigilar nuestro pensamiento únicamente en aquello que decimos y pensamos. El tercero, el rapto del alma en el Señor. Una es la exultación que encuentran en la oración aquellos que viven en comunidad; otra, diferente, la que experimentan los solitarios: la primera puede estar todavía ligeramente manchada de imaginación, la segunda está totalmente colmada de humildad...
San Juan Clímaco

Dios es el bien en si, la misericordia misma, un abismo de bondad y, al mismo tiempo, él abraza ese abismo y excede todo nombre y todo concepto posible. No hay otro medio para obtener su misericordia que la unión. Uno se une a Dios compartiendo, en la medida de lo posible, las mismas virtudes, por ese comercio de súplica y de unión que se establece en la oración.
La participación en las virtudes, por la semejanza que instaura, tiene por efecto disponer al hombre virtuoso a recibir a Dios. Pertenece al poder de la oración operar esta recepción y consagrar místicamente el crecimiento del hombre hacia lo divino y su unión con él -pues ella es el lazo de las criaturas razonables con su Creador- siempre a condición de que la oración haya transcendido, gracias a una compunción inflamada, el estadio de las pasiones y de los pensamientos. Pues un espíritu ligado a las pasiones no podría pretender la unión divina. En tanto que el espíritu ora en esta clase de disposición, no obtiene misericordia; en cambio, cuanto más éxito alcanza en alejar los pensamientos, más adquiere la compunción y, en la medida de su compunción, participa en la misericordia y en su consuelo. Que persevere humildemente en ese estado y transformará enteramente la parte apasionada del alma.