Tuesday, April 5, 2016

Akathisto a la Santa y Vivificante Cruz


Contaquio I
Oh Cruz del Señor tres veces bendita, los creyentes te veneramos y nos postramos ante ti llenos de alegría en tu santa exaltación. Trofeo y arma invencible, por tu gracia protégenos, cúbrenos y se refugio para aquellos que te suplicamos diciendo:
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Icos I
Los ángeles del cielo rodean invisiblemente la vivificante Cruz con temor y contemplan como derrama su gracia sobre los creyentes. Asombrados exclaman diciendo:
Alégrate, oh Cruz, guardiana del mundo.
Alégrate, gloria de la Iglesia Ortodoxa.
Alégrate, pues generosamente sanas a los que suplican curación.
Alégrate, pues iluminas con tu luz a toda la tierra.
Alégrate, madero fragante que da la vida y tesoro de milagros.
Alégrate, tres veces bendita, fuente de la gracia.
Alégrate, escabel divino.
Alégrate, objeto precioso de nuestra veneración.
Alégrate, cáliz de néctar divino.
Alégrate, antorcha de fulgor esplendente.
Alégrate, pues por ti es bendecida la creación.
Alégrate, pues venerándote adoramos al Creador.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Condaquio II
La santa emperatriz Elena, llena de santo anhelo, le dijo a su hijo el Emperador Constantino: “Un gran deseo llena mi alma, ir a Tierra Santa y allí poder encontrar la Santísima Cruz” Puestos los ojos en el cielo, suplicante exclamaba: ¡Aleluya!
Icos II
Iluminada con una visión espiritual, convocó a sus sirvientes y les dijo: “Cavad aquí y sacad prestos de las profundidades de la tierra el Santo Madero para que pueda venerarlo el Orbe entero. Cuando lo vio la Santa Emperatriz, llena de temor, exclamó:
Alégrate, causa y signo de nuestra alegría. Alégrate, redención de la antigua maldición. Alégrate, tesoro ocultado por la envidia de los paganos.
Alégrate, tú que apareciste en los cielos como una señal.
Alégrate, rayo fulgurante de fuego divino.
Alégrate, pues fuiste anunciada desde antiguo como
escalera por la cual subimos al cielo.
Alégrate, maravilla de los ángeles.
Alégrate, tú que hieres a los demonios.
Alégrate, reliquia bendita del Logos.
Alégrate, antorcha que nos ilumina.
Alégrate, oh Cruz, protección del desvalido.
Alégrate, corona de los vencedores.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Condaquio III
Tres cruces descubrieron y ante la duda de cual sería la de nuestro Salvador acercaron el Santo Madero a una mujer que terminaba de morir. Ante todos se manifestó su poder y por el Árbol del que pendió el Fruto de la Vida, resucitó y se levantó exclamando llena de alegría: ¡Aleluya!
Icos III
Sosteniendo la Cruz, arma invencible, la emperatriz Elena corrió ante su hijo. El santo emperador Constantino se llenó de alegría y profundamente emocionado al contemplar el Madero Santo cuya imagen había visto en el cielo lloró diciendo:
Alégrate, cáliz luminoso. Alégrate, tesoro de vida eterna.
Alégrate, torre que contiene los dones del Espíritu Santo.
Alégrate, puerto seguro en el que se refugian los agitados por las tormentas.
Alégrate, altar en el que está Cristo como víctima del sacrificio.
Alégrate, vid que ha producido el racimo místico.
Alégrate, tú que proteges los cetros de los príncipes.
Alégrate, pues aplastas las cabezas de los demonios.
Alégrate, signo santo de nuestra fe.
Alégrate, defensa y protección del orbe.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Condaquio IV
Llenos de alegría los fieles se postraban ante el Santo Madero y llenos de gratitud hacia la Emperatriz cuyo celo fue premiado con el hallazgo de la vivificante cruz, levantaban sus manos al cielo exclamando: ¡Aleluya!
Icos IV
Como sol brillante apareció la Santísima Cruz ante los hombres y todos fueron iluminados con su resplandeciente luz. Corriendo a ella como hacia una estrella, elevada en el cielo por manos divinas, cantaron este himno.
Alégrate, alba del Sol espiritual.
Alégrate, fuente inagotable de miro divino.
Alégrate, vida de Adán y Eva.
Alégrate, muerte de los príncipes del averno.
Alégrate, y como eres ahora exaltada, exáltanos.
Alégrate, pues venerándote se santifican las almas de los hombres.
Alégrate, tú que fuiste proclamada al mundo por los Apóstoles.
Alégrate, fuerza invencible de los que luchan.
Alégrate, oh Cruz, vergüenza y reproche de los judíos.
Alégrate, alabanza de los creyentes.
Alégrate, por ti fueron destrozadas las puertas del infierno.
Alégrate, pues por ti nos viene la gracia.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!

Contaquio V
Contemplando el Santísimo Madero coronado por Dios, que nos podamos poner bajo su protección y teniéndolo como arma que podamos poner en fuga a nuestros enemigos. Con himnos alabemos al que pendió de él como fruto de salvación y digámosle: ¡Aleluya!
Icos V
El Gran Constantino vio una luz maravillosa en el cielo, y está luz fue poco a poco convirtiéndose en la señal bendita de la Cruz que refulgente cruzaba el cielo. Hizo ponerla en sus estandartes quitando las insignias paganas y mientras lo hacía así decía:
Alégrate, consejo inefable.
Alégrate, consuelo de los piadosos.
Alégrate, tu que haces retroceder a los enemigos.
Alégrate, fuego que quema a los demonios.
Alégrate, cetro celestial de los reyes fieles.
Alégrate, trofeo de los ejércitos que aman a Cristo.
Alégrate, pues humillas la arrogancia de los bárbaros.
Alégrate, tú que amas a los hombres tiernamente.
Alégrate, defensa contra todos los males.
Alégrate, fuente de todo lo bueno.
Alégrate, en quien se regocijan llenos de alegría los
cristianos.
Alégrate, lamento de los judíos.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio VI
La Cruz del Señor es escalera tan alta como el cielo que lleva a la gloria a los hombres que abandonan y desprecian todas las cosas de este mundo para que junto a los ángeles canten eternamente: ¡Aleluya!
Icos VI
Brillando en medio del Averno, oh Salvador, iluminaste con tu luz a los que se encontraban en la oscuridad. Los guardianes del infierno, no pudiendo resistir la gloria de tu llegada, cayeron como muertos, mas aquellos a por los que bajaste contemplando la Cruz exclamaron:
Alégrate, resurrección de los muertos.
Alégrate, consuelo de los afligidos.
Alégrate, pues expoliaste el Averno.
Alégrate, gozo del Paraíso.
Alégrate, cayado que cerró el mar ahogando al faraón.
Alégrate, pues rompiste la roca dando de beber a los israelitas.
Alégrate, Madero viviente, salvación del Buen ladrón.
Alégrate, rosa fragante, dulce olor del piadoso.
Alégrate, don que hemos recibido los hombres de Dios.
Alégrate, alimento del que tiene hambre espiritual.
Alégrate, oh Cruz, puerta de los misterios divinos.
Alégrate, pues de ti brotan los arroyos divinos.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio VII
Cuando el Faraón perseguía a los israelitas, llegaron al mar y viéndose perseguidos por los egipcios te suplicaban. Moisés levantando su vara abrió el mar y pudieron escapar del Faraón. Esta vara fue manifestación de la fuerza de Dios ante el pueblo que asombrado por su poder soberano exclamó: ¡Aleluya!
Icos VII
El que le dio en el Sinaí la ley a Moisés, por su propia voluntad subió al madero de la Cruz para ser clavado en él, librando de la maldición de la antigua Ley a los que miraran el poderío de la Cruz, que llenos de gratitud exclaman:
Alégrate, tú que levantas a los caídos.
Alégrate, castigo de los idólatras.
Alégrate, primicia de la Resurrección de Cristo
Alégrate, goce divino de los monjes.
Alégrate, árbol frondoso en el que se refugian los creyentes.
Alégrate, madero profetizado que ha sido plantado en la tierra.
Alégrate, alianza contra el enemigo.
Alégrate, protección de los Estados ortodoxos.
Alégrate, manifestación del justo Juez.
Alégrate, condenación de los ofensores.
Alégrate, oh Cruz, ayuda de los huérfanos.
Alégrate, oh Cruz que enriqueces a los pobres
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio VIII
Contemplando este portento, elevamos nuestras mentes y nuestros corazones al cielo, pues por esto subió Cristo a la Cruz y sufrió en la carne, para atraer hacía si a los que le suplican diciendo: ¡Aleluya!
Icos VIII
Cristo, siendo verdaderamente Dios, descendió de los cielos y sin perder su divinidad, El Logos preexistente antes de todos los siglos se manifestó en la carne naciendo de una Madre Virgen para elevar hasta el cielo a los que le suplican diciendo:
Alégrate, oh Cruz, arma de paz. Alégrate, origen y meta de los viajeros.
Alégrate, destrucción de los condenados.
Alégrate, árbol de fruto inmortal y dador de vida.
Alégrate, flor que se abre con nuestra salvación.
Alégrate, pues en ti se unen todas las cosas.
Alégrate, pues por ti se iluminan los corazones.
Alégrate, pues por ti se destierra la corrupción.
Alégrate, pues por ti desaparece el dolor.
Alégrate, tesoro precioso del género humano.
Alégrate, orgullo de los creyentes.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio IX
Los ejércitos de los demonios han sido vencidos y la raza de los judíos avergonzada. La santísima Cruz es levantada sobre el orbe y venerada. Nosotros la veneramos postrados y maravillados contemplamos como derrama las innumerables curaciones sobre aquellos que cantan: ¡Aleluya!
Icos IX
Cuando fuiste clavado en la Cruz, se descubrieron las falsas creencias de los idolatras que no soportaron la visión del Santo Madero, más nosotros glorificando tu Resurrección exclamamos:
Alégrate, manifestación de la sabiduría de Dios.
Alégrate, profundidad de su providencia.
Alégrate, ignorancia del imprudente.
Alégrate, infortunio del ignorante.
Alégrate, pues en ti se manifiesta la Resurrección de Cristo.
Alégrate, atributo glorioso de su Pasión.
Alégrate, salvación de los creyentes.
Alégrate, llave que nos abre el paraíso.
Alégrate, oh Cruz por todos venerada.
Alégrate, terror de las naciones infieles.
Alégrate, oh Cruz, salud de los enfermos.
Alégrate, ayuda constante de los que sufren.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio X
Con el propósito de salvar al mundo, El Verbo inefable, se encarnó y se sometió a la Cruz. Siendo verdadero Dios acepto la naturaleza humana para ser verdaderamente hombre y así salvar, venciendo a la muerte y al pecado, a los que llenos de fe y temor exclaman: ¡Aleluya!
Icos X
Oh Cruz, tú eres protección para el mundo entero ya que en ti, el Salvador del mundo, entero extendió sus manos y nos enseñó a todos a proclamar:
Alégrate, fundamento de la piedad.
Alégrate, pues por ti entramos en la tierra prometida.
Alégrate, pues pusiste en fuga al malvado Amalek.
Alégrate, pues fuiste prefigurada en las manos de Jacob.
Alégrate, pues por ti se disipan los antiguos errores.
Alégrate, pues en ti se cumplen las profecías.
Alégrate, pues en ti nos lleva el Salvador de todos.
Alégrate, pues tú destruiste al corruptor de las almas.
Alégrate, pues por ti somos unidos a los ángeles.
Alégrate, pues por ti somos iluminados por la Luz.
Alégrate, a ti te rendimos honor y gloria.
Alégrate, a ti te dirigimos nuestras alabanzas.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!

Condaquio XI
Nuestros himnos se quedan pobres ante la multitud de tus maravillas, y aunque te dirigimos nuestras alabanzas, oh Cruz preciosa, nada podemos hacer digno de lo que tú nos ofreces, aún así nosotros te suplicamos diciendo: ¡Aleluya!
Icos XI
Oh Cruz que da la vida, tu fulgor ilumina a los que estamos en la oscuridad, mostrándonos la luz inmaterial que ilumina a todos con el conocimiento divino y eleva nuestras mentes para que podamos cantar:
Alégrate, faro que ilumina a los que están en la oscuridad.
Alégrate, estrella que anuncia el amanecer al mundo.
Alégrate, relámpago que deslumbra a los asesinos de Cristo.
Alégrate, trueno que aterra al infiel.
Alégrate, pues haces resplandecer a los ortodoxos.
Alégrate, tú que destruyes los altares de los ídolos.
Alégrate, signo aparecido en el cielo.
Alégrate, victoria de los que mortifican su carne.
Alégrate, pues derrotas la insurrección de las pasiones.
Alégrate, en ti fue Cristo crucificado.
Alégrate, por ti el mundo fue salvado.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio XII
Cristo extendió en ti sus brazos, oh Madero bendito, y desde allí, llamó a todas las naciones concediendo el Reino de los Cielos a los que fielmente cantan diciendo: ¡Aleluya!
Icos XII
Movidos por el amor, te cantamos este himno a ti, Madero viviente en el que en la carne fue clavado el Señor. El que gobierna por encima de los poderes del mundo, te ha glorificado enseñándonos a suplicarte con estas palabras:
Alégrate, espada espiritual de Cristo.
Alégrate, santidad de los Santos.
Alégrate, profecía de los Profetas.
Alégrate, estratagema de Cristo.
Alégrate, lábaro de los ejércitos cristianos.
Alégrate, cetro y corona de los reyes ortodoxos.
Alégrate, fortaleza y refugio de los sacerdotes piadosos.
Alégrate, hermoso asilo de salvación.
Alégrate, destierro de los hijos de Hagar.
Alégrate, lámpara de la luz purísima.
Alégrate, alegría de las almas.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Contaquio XIII
(El condaquio XIII se leer tres veces)
Oh madero saludable y bendito que sostuviste al Logos divino; Madero santísimo digno de toda alabanza, pues has recibido nuestras súplicas, líbranos de toda calamidad y salva de los tormentos eternos a los que te cantan: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Contaquio XIII
Oh madero saludable y bendito que sostuviste al Logos divino; Madero santísimo digno de toda alabanza, pues has recibido nuestras súplicas, líbranos de toda calamidad y salva de los tormentos eternos a los que te cantan: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Contaquio XIII
Oh madero saludable y bendito que sostuviste al Logos divino; Madero santísimo digno de toda alabanza, pues has recibido nuestras súplicas, líbranos de toda calamidad y salva de los tormentos eternos a los que te cantan: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
(Repite el Condaquio I e Icos I)
Contaquio I
Oh Cruz del Señor tres veces bendita, los creyentes te veneramos y nos postramos ante ti llenos de alegría en tu santa exaltación. Trofeo y arma invencible, por tu gracia protégenos, cúbrenos y se refugio para aquellos que te suplicamos diciendo:
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Icos I
Los ángeles del cielo rodean invisiblemente la vivificante Cruz con temor y contemplan como derrama su gracia sobre los creyentes. Asombrados exclaman diciendo:
Alégrate, oh Cruz, guardiana del mundo.
Alégrate, gloria de la Iglesia Ortodoxa.
Alégrate, pues generosamente sanas a los que suplican curación.
Alégrate, pues iluminas con tu luz a toda la tierra.
Alégrate, madero fragante que da la vida y tesoro de milagros.
Alégrate, tres veces bendita, fuente de la gracia.
Alégrate, escabel divino.
Alégrate, objeto precioso de nuestra veneración.
Alégrate, cáliz de néctar divino.
Alégrate, antorcha de fulgor esplendente.
Alégrate, pues por ti es bendecida la creación.
Alégrate, pues venerándote adoramos al Creador.
¡Alégrate, Madero santo y bendito!
Amen.

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Friday, April 1, 2016

Los que viven en soledad están sujetos al padre espiritual, sólo a los demonios tienen por adversarios; más los que viven en congregación, a los hombres y a los demonios. ( San juan Climaco )


Los que viven en soledad están sujetos al padre espiritual, sólo a los demonios tienen por adversarios; más los que viven en congregación, a los hombres y a los demonios. Los primeros, al tener al maestro siempre delante, guardan con mayor cuidado sus mandamientos; pero los segundos, como algunas veces los pierden de vista, más veces los transgreden. A pesar de esto, si ellos fueran diligentes y esforzados, suplirán estas faltas con el sufrimiento de las injurias y merecerán una doble corona.

San Juan Climaco

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Inquebrantables en nuestra fe ( Abba Filotheos Zervakos )


Todo lo que los sabios y santos apóstoles, y los sabios y piadosos padres de nuestra Santa Iglesia Ortodoxa nos transmitieron, muchos de sus sucesores de hoy en día quieren abolirlo y así asolar la Iglesia. Sin embargo, serán incapaces de hacerlo, porque el Señor los aplastará como a vasijas de barro. Y los pocos elegidos serán atormentados, y muy pocos de entre estos, permanecerán inquebrantables. Forcémonos a permanecer fieles e inquebrantables a lo que hemos recibido de los divinos apóstoles, los santos padres y los maestros de nuestra Iglesia…. haced y escribid cuanto podáis, pero la generación de hoy en día tiene ojos y no ve, oídos, y no escucha…. (Jeremías 5:21; Ezequiel 12:2; Salmos 136:16-17; Marcos 8:18).

La consumación de la engañosa era actual se acerca. Arrepintámonos y estemos preparados, porque no sabemos la hora en la que vendrá el Señor y la muerte…


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Wednesday, March 30, 2016

La Encarnación del Hijo de Dios y Su venida al mundo, alienta firmemente a los pecadores al arrepentimiento. ( San Tikon de Zadonsk )


La Encarnación del Hijo de Dios y Su venida al mundo, alienta firmemente a los pecadores al arrepentimiento. ¿Por quién vino Cristo al mundo?. Por los Pecadores. ¿Con qué fin?. Para su salvación. ¡Oh, cuán querida era nuestra salvación para Dios!. Él mismo vino al mundo, oh pecadores, para nuestra salvación.

¡Escuchad, oh Pecadores, y entended! Dios vino al mundo por nuestra salvación, y vino con nuestra imagen. ¡Oh, verdaderamente es grande el misterio de la piedad!. Dios se apareció en la carne: “Señor, ¿qué es el hombre para que de él te ocupes, el hijo del hombre para que pienses en él?” (Salmos 143:3).

Es verdaderamente maravillosa la gracia de Dios para con el hombre, y también es maravillosa esta obra Suya. Previendo esto, el profeta Le clamó con temor y terror: “He oído tu anuncio, oh Señor, y quedé lleno de temor. Ejecuta, Señor, tu obra” (Habacuc 3:2). Pecadores, tengamos en mente esta gran obra de Dios, que Él obró por nosotros, y arrepintámonos. Recordemos cómo nació de una Virgen por nosotros, y se hizo niño y fue alimentado con la leche de su madre. El Invisible se manifestó, y el que era sin principio, tuvo un principio; el que era intangible se volvió tangible y fue envuelto en pañales como un niño: “Y el Verbo se hizo carne” (Juan 1:14).

Recordemos cómo, siendo aún un niño, huyó de los asesinos del rey Herodes. Recordemos cómo vivió en la tierra y fue un desconocido, cómo fue de un sitio a otro y obró por el bien de nuestra salvación. Recordemos como Él, que es inaccesible para los querubines y los serafines, tuvo compañía con los pecadores; cómo Él, que tiene el cielo como Su trono y la tierra como el escabel de Sus pies, y que habita en la luz inaccesible, no tuvo lugar donde recostar Su cabeza; cómo Él, que era rico, se hizo pobre, para que por Su pobreza, nosotros fuéramos ricos.

Recordemos cómo Él, que se reviste a Sí mismo con la luz como con una vestidura, se revistió con la vestidura de la corrupción. Cómo Él, que da alimento a toda carne, comió el pan terrenal. Cómo el Todopoderoso se hizo débil, y Él, que da fortaleza a todos, trabajó.

Recordemos como Él, que está por encima de todo honor y gloria, fue blasfemado, maldecido y burlado por los labios de los transgresores.

Recordemos cómo Él se afligió, sufrió, penó, lloró y se llenó de horror. Recordemos cómo fue vendido y traicionado por un discípulo ingrato y fue abandonado por el resto de los discípulos; cómo fue atado y llevado a juicio; cómo fue juzgado por los transgresores. Fue vilipendiado. Fue azotado. Fue vestido con la vestidura de la burla, fue aclamado con burla como Rey: “Salve, rey de los judíos” (Juan 19:3). Fue coronado con una corona de espinas, golpeado en la cabeza con una caña, y escuchó de Su pueblo desenfrenado: “¡Muera!, ¡Muera!, ¡Crucifícalo!” (Juan 19:15). Fue llevado a la crucifixión entre dos malhechores y murió sobre la Cruz.

Todo esto hizo el Hijo de Dios para nuestra salvación. Oh pecadores, en Adán perdimos nuestra salvación y toda nuestra bienaventuranza, pero Cristo, el Hijo de Dios, por la buena voluntad de Su Padre celestial, nos lo ha devuelto todo. Consideremos entonces, oh pecadores, si la Sangre de Cristo, vertida por nuestra salvación, y todo Su sufrimiento, no nos clama. Arrepintámonos, y no seamos privados de la salvación eterna, pues sin arrepentimiento, no hay salvación para nadie. Pero sin embargo, el miserable pecador aún no entiende.

Dios ama tanto al hombre que reveló Su maravillosa providencia para él, para que se arrepintiera, y así, fuera salvado, pero el pecador aún no entiende.

Cristo, el Hijo de Dios, le muestra Su venida al mundo en el Evangelio. Le presenta Su negación voluntaria, Su pobreza voluntaria, Su humildad voluntaria y profunda, Sus obras, penas, tribulaciones, tristezas, sufrimientos y muerte, e incluso una muerte en la Cruz. Y le dice: “Hombre, cargué todo esto sobre Mí, y lo soporté por ti y por tu salvación. Pero descuidas tu salvación, y no te preocupas ni piensas que debes arrepentirte y abandonar tus pecados, para poder hacer uso de Mi Sangre y vivir”.

Pero el pecador, aun cuando escucha esta lastimera y dulce voz de Cristo en el Evangelio, aún no entiende. Cristo promete no recordar sus pecados y transgresiones cuando vuelva a Él, pero el pecador aún no entiende. Cristo lo llama hacia Él y le promete descanso, pero el pecador no entiende. Permanece sin corregir, como estaba, y transgrede como transgredía antes. Hace malas obras, como las hacía antes; ama la oscuridad como la amaba antes; odia la luz, como la odiaba antes; y por esta razón no viene hacia la Luz, sino que permanece con el maligno, el príncipe de la oscuridad.

Oh pobres pecadores, despertad y volved en sí. Si no lo hacéis, la Sangre de Cristo derramada por vosotros clamará contra vosotros para retribución. Escuchad lo que el profeta de Dios os canta en la persona de Dios: “Yo te pediré cuentas y te lo echaré en cara” (Salmos 49:21), esto es, todas vuestras malas obras, palabras, pensamientos, intenciones y empresas os seguirán en el otro mundo y aparecerán en el Juicio universal de Cristo, y recibiréis la justa recompensa por ellas. No deseáis arrepentiros ahora para vuestro beneficio y ser así salvados por la gracia de Cristo; entonces, os arrepentiréis, pero demasiado tarde y en vano. “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará” (Efesios 5:14). Bendito sea Dios por los siglos.

¿En Quién buscamos la salvación?

Estableced vuestra salvación solamente en Cristo Jesús, el Salvador del mundo. Si verdaderamente creéis que sufrió y murió por vosotros, y que es vuestro Salvador, entonces amadlo con todo vuestro corazón, obedecedlo y complacedlo, como vuestro Salvador, y poned y confirmad toda vuestra esperanza de salvación solamente en Él. Indefectiblemente debemos hacer buenas obras como cristianos, pero debemos pedir y esperar la salvación, sólo de Cristo.

San Tikon de Zadonsk


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De Qué Forma el Espíritu Penetra en el Corazón. ( San Nicodemo el Hagiorita )


Os diré ahora... como debéis guardar vuestro espíritu, es decir, el acto (energía) de vuestro espíritu y vuestro corazón. Sabéis que todo acto mantiene una relación natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que (una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha liberado el acto del espíritu - que tiene por órgano al cerebro - de todos los objetos exteriores del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la imaginación, deberéis llevar nuevamente este acto (energía) a su esencia y a su potencia propia. En otros términos llevaréis el espíritu al centro del corazón -que es, como hemos dicho, el órgano de la esencia y de la potencia del espíritu- y contemplaréis entonces, mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta conversión del espíritu, los principiantes acostumbran practicarla, según la enseñanza de los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno del espíritu al corazón esté exento de desviaciones.
Dionisio el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del alma, llama, a esta conversión, el movimiento circular y sin desviación del espíritu. Del mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del alma, consiste en su entraña en ella misma por el desprendimiento de los objetos exteriores y en la unificación de sus potencias intelectuales, la que le es conferida por su ausencia de desviación, como en un circulo» (Noms divins, cap. 4). Por su lado, el gran Basilio nos dice: «El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios» (Carta 1).
El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada más. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mi».
Pero esto no basta. Debéis, además, poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras. Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está más allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir también de lo sensible y de lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina. De allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de la oración, 56). Que vuestra voluntad se aplique enteramente, por el amor, a las palabras de la oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del alma, serán uno y la unidad comprenderá a los tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa Trinidad, adhiere y se une a su prototipo. Según la expresión de ese gran héroe y doctor de la oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de Tesalónica: «Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo» (Acerca de la oración, 2).
Razones por las cuales se debe retener la respiración durante la oración
Dado que vuestro espíritu -el acto de vuestro espíritu - tiene por costumbre extenderse y dispersarse sobre los objetos sensibles y exteriores del mundo, es necesario que, al pronunciar esta santa oración, no respiréis continuamente como se acostumbra según la naturaleza. Retened un poco vuestra
respiración hasta que vuestro verbo interior haya dicho una vez la oración. Entonces respirad, según la enseñanza de los Padres.
* * *
Porque la retención mesurada de la respiración atormenta, comprime y, además, hace penar al corazón que no recibe el aire reclamado por su naturaleza. El espíritu, por su lado, gracias a este método, se recoge más fácilmente y retorna al corazón, por causa, a la vez, del esfuerzo, del dolor del corazón y del placer que nace de ese recuerdo vivo y ardiente de Dios. Pues Dios procura placer y alegría a aquellos que lo recuerdan según las palabras: «Cuando de Dios me acuerdo, gimo» (Sal 76, 4). Aristóteles señaló, por otra parte, que el espíritu se localiza y se recoge en el órgano que experimenta la sensación de pena o de placer.
* * *
Porque la retención mesurada de la respiración vuelve sutil al corazón endurecido y pesado. Los elementos húmedos del corazón, convenientemente comprimidos, calentados, se vuelven más tiernos, más sensibles, humildes, mejor dispuestos para la compunción y más aptos para derramar fácilmente las lágrimas. El cerebro también se utiliza y, al mismo tiempo, el acto del espíritu se hace uniforme, transparente y más apto para la unión que procura la iluminación sobrenatural de Dios.
* * *
La retención mesurada de la respiración comprime y hace sufrir al corazón, y la pena y el dolor le hacen vomitar el anzuelo envenenado del placer y del pecado que había tragado. Según el adagio de los antiguos médicos, lo contrario cura a lo contrario, de allí las palabras de Marco: «El recuerdo de Dios es una pena de Cristo abrasada por la piedad» «cualquiera que olvida a Dios se hace amigo del placer e insensible»; y aún, «el espíritu que ora sin distracción comprime al corazón»; y «a un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia».
* * *
Mediante esta retención mesurada de la respiración, todas las otras potencias del alma se unen también y vuelven al espíritu y, por el espíritu, a Dios, lo que es admirable. Así el hombre ofrece a Dios toda la naturaleza sensible e intelectual, de la que él es el lazo y la síntesis según Gregorio de Tesalónica (Vida de san Pedro, el Atonita).
Afirmo además, que son los principiantes quienes, cuando oran, tienen mayor necesidad de esta retención mesurada de la respiración. Puesto que, si bien pueden penetrar en el corazón a través del verbo interior y permanecer allí, cuando llega el momento de hacer reentrar al espíritu en el corazón, y fijarlo con mayor celo - sobre todo en la etapa de la guerra con las pasiones y los pensamientos- y, por ese retorno orar más integralmente, deben hacerlo recurriendo a la retención mesurada de la respiración.
Tal es, en resumen, la célebre oración a la cual los santos Padres han dado el nombre de oración mental y cordial. Si deseáis saber más, leed en el libro de la santa Filocalia el tratado de san Nicéforo, el discurso de Gregorio de Tesalónica sobre los santos hesicastas y la Centuria de Calixto e Ignacio Xanthopoulos.
Os exhorto calurosamente, fuera de la lectura de las siete horas canónicas cotidianas fijadas por la antigua legislación de la Iglesia, a dedicaros a esta oración cordial y mental y hacer de ella vuestra obra incesante y perpetua. A pronunciar en vuestro corazón el nombre, suave y amable entre todos, de Jesús, a pensar en Jesús en vuestro espíritu, a desear a Jesús y amarlo con vuestra voluntad. A dirigir hacia Jesús todas las potencias de vuestra alma. A buscar cerca de Jesús la misericordia en toda contrición y humildad. Si os es imposible, a causa de las preocupaciones y las inquietudes de este mundo dedicaros a ello sin cesar, por lo menos fijaos una hora o dos, de preferencia hacia la tarde y en un lugar tranquilo y oscuro, para consagraros a esta santa y espiritual ocupación.

Filocalia

                                   Catecismo Ortodoxo 

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Friday, March 25, 2016

¿Por qué los Monjes y Monjas Ortodoxas se Visten de Negro?


Alguien se preguntaba por qué los monjes y monjas ortodoxos se visten de negro. Es conocido que los (las) religiosos (as) católicos (as), utilizan vestiduras en color blanco u otros colores suaves, algo que les da un toque de elegancia, mientras que los nuestros, ortodoxos, en negro, parecen anticuados, obsoletos e incluso descuidados..

Enero es, especialmente, el mes de los monjes santos. Celebramos a los santos piadosos Teodosio, Pablo de Tebas, Antonio, Eftimio, Macario de Egipto, Máximo el confesor, Efrém Sirio, Isaac Sirio, además de los Santos Tres Jerarcas: Basilio, Gregorio y Juan, también monjes por excelencia. Esos dias de festividad representn una excepcional concentración de virtudes, penitencias y escritos de mucha utilidad para nuestra salvación, que nos fueran dejados por esos monjes santos, cual tesoros valiosísimos. La riqueza espiritual, la belleza pero también las luchas que conlleva la vida monacal son manantiales inagotables de los que podemos extraer lecciones muy importantes, que nos iluminan en muchísimos aspectos.
La entera espiritualidad ortodoxa tiene en su centro el arrepentimiento. Según las enseñanzas de los Santos Padres, sin esta virtud, sería inconcebible otro medio para escalar en la plenitud cristiana. Esta afirmación coincide completamente con la realidad, porque, en tanto que el hombre sirve a sus pasiones, no podrá andar el camino de la plenitud, porque éste presupone en sí el romper cualquier vínculo con el pecado. El arrepentimiento, como estado espiritual, debe ser abrazado por cu alquier cristiano, sin importar su cultura, preparación profesional, afiliación política, étnica o esas diferencias en distintos criterios que pertenecen al mundo y su contexto.

Tanto el rico, como el pobre, el intelectual y el campesino, el universitario y el estudiante... todos son llamados por Dios a alcanzar las bondades prometidas por Él. Junto a los cristianos que, viviendo en el mundo y sus contextos, luchan con sus propias pasiones y se arrepienten por sus pecados, ha existido - incluso desde los inicios del cristianismo - una categoría aparte que, renunciando a todo lo terrenal, opta por una vida de permanente arrepentimiento, haciendo de este un modus vivendi. Ellos y ellas son los monjes y monjas, y la forma de vida que ellos han asumido libremente se llama vida monacal.

A lo largo del tiempo, muchos han intentado definir el monaquismo, de manera que puedan abarcar completamente todos los aspectos espirituales, sociales y psicológicos que en éste se hallan. He aquí uno de estas definiciones: "El monaquismo constituye un camino, no el único, pero precisamente incuestionable como el primero, para encontrar la existencia perdida del hombre, pero también para encontrar a Dios. El monaquismo agita la entera vida psico-espiritual del hombre, busca en ella, constanta la existencia de algunos elementos abandonados, ve la imagen divina oscurecida por los pecados y lucha fervientemente para reconducir el alma a su estado de imagen y semejanza de Dios" (Teoclit Dionisiatul, Dialoguri la Athos, vol. I, traducere Pr. Ioan I. Ică). No negamos ni desconsideramos la otra forma de alcanzar la salvación, camino que eligen la mayoría de creyentes, el de la vida marital. Pero sólo quiero evidenciar un aspecto de la vida monacal que es casi desconocido por parte de los laicos: la vestimenta de los monjes y monjas. Junto al oficio (litúrgico) con el que se accede a la vida monacal, el candidato (o candidata) recibe las vestiduras que le habrán de recordar constantemente la vocación que ha elegido. Algunos podrán ver en la vestimenta monacal una especie de uniforme. Muchas categorías profesionales se distinguen por los ropajes que se utilizan para su práctica: médicos, soldados, policías, bomberos, marineros. Entonces, ¿La vestimenta monacal es un simple uniforme? Más de alguno diría que sí! En apariencia, esto es una verdad parcial, porque el uniforme monacal le da al monje la sensación de estar reclutado, pero también que se encuentra en una batalla permanente, no para avanzar en rango y dignidad terrenal, sino para asaltar el Reino de los Cielos.

Las vestimentas monacales envuelven al monje en distintos sentidos expresados mediante símbolos, de los que debe ser siempre consciente. Estas trasmiten algo que está más allá del material de que están hechas y de su propia forma: la expresión de la imagen espiritual que debe investir al eremita, la representación de un hombre nuevo, de un discípulo de Cristo, quien ha elegido la renuncia total y la entrega especial, distinta a la de los demás cristianos. La vestidura del monje, junto a sus muchos símbolos, tiene también una particularidad relacionada con su color, que caracteriza al monje, indicando su estado de permanente sacrificio.

Sobre las vestimentas de los monjes encontramos muchas referencias en los textos dejados por los Santos Padres. Entre estos, San Basilio el Grande, escribe sobre el hecho que las vestimentas monacales deben distinguirse de las de los laicos, por dos razones: la primera, para indicar el llamado monacal, pero que también en la misma vestidura se muestre una exhortación para vivir según la forma elegida. En las formas litúrgicas actuales, el oficio de tonsura preve la investidura del monje o monja con los siguientes elementos: camisa, paraman, dulama, potcapul, rasa, manta y camilafca. Se observa que el porte del monje está constituido por siete piezas principales, para demostrar que la vida plena a la que está llamado el monje, se alcanza mediante los siete Dones del Espíritu Santo. Aunque, claro está, junto a dichas piezas, el monje recibe, en el oficio de consagración, además, el cinturón, las sandalias, la metania y la cruz.

Volvamos al dilema de algunos, que por qué se eligió el color negro para las vestiduras de los monjes y monjas ortodoxas. El negro es un color controversial. Por una parte está asociado a lo oscuro, a la hechicería, y por otra parte, a la solidez y a la confianza. Al mismo tiempo inspira autoridad y poder, y por otra, desesperación, aflicción, dolor pero también constancia, prudencia y sabiduría. Aún más, muchas veces el color negro es la imagen de la penitencia y el sufrimiento. Así, en el caso de los monjes, el negro es un signo de renuncia a lo vano del mundo. El monje está muerto para el mundo y, por eso, su imagen exterior es negra, al tiempo que en su interior todo debe ser blanco, como la luz. El negro representa también las entrañas de la tierra de donde comenzó la renovación del mundo, por medio del nacimiento en un pesebre, del Santo Hijo de Dios. De esta manera, el monje, vestido en negro, se expone a una metamorfosis intensa de renovación espiritual, porque vistiéndose de ese color, vive permantentemente una muerte en misterio, la anticipación de un verdadero nacimiento. Él muere para el mundo, naciendo en Cristo.

Arcrhimandrita Mihail Daniliuc


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