No te engañes acerca del conocimiento de lo que pasará después de tu muerte; lo que siembres aquí, cosecharás allá. Después de salir de aquí, nadie puede progresar. Aquí esta la obra, allá está la recompensa; aquí el combate, allá las coronas.
San Barsanufios el Grande
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El alma humilde es bendecida. El Señor le ama. La Madre de Dios es superior a todos en humildad, por tanto todas las razas la bendicen en la tierra, mientras que los poderes celestiales le sirven. Y el Señor nos ha dado a Su bendita Madre como defensora y auxiliadora.
San Silvano el Athonita
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No digas: “He pecado mucho, por tanto, no tengo valor para postrarme ante Dios.” No desesperes; simplemente no aumentes tus pecados por la desesperación, y con la ayuda del Todo Misericordioso, no serás avergonzado. Pues El ha dicho: “Al que a mi viene, no lo echo fuera.” (Juan 6:37) De modo que, sé valiente y cree que El es puro y purifica a los que se le acercan. Si quieres obtener el verdadero arrepentimiento, demuéstralo con tus acciones. Si has caído en el orgullo, demuestra tu humildad, si en embriaguez, demuestra sobriedad; si en impureza, demuestra pureza en tu vida. Pues se ha dicho: “Aleja de ti todo mal y obra el bien,” (1 Pedro 3:11).
San Genadio
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Cristianos, siempre alégrense, pues el mal, la muerte, el pecado, el demonio y el infierno, han sido conquistados por Cristo. Y cuando todo esto está conquistado ¿habrá alguien en el mundo que pueda acallar nuestro júbilo? Ustedes son los amos de este eterno regocijo, en tanto no cedan al pecado. El júbilo arde en nuestros corazones a causa de los sufrimientos por El, las burlas por El y la muerte por El, en tanto estos sufrimientos inscriben nuestros nombres en el cielo. No hay gozo verdadero en el mundo sin la victoria sobre la muerte, pero la victoria sobre la muerte no existe sin la Resurrección, y no hay Resurrección sin Cristo. El Dios-Hombre Cristo Resucitado, el fundador de la Iglesia, pone constantemente este gozo en los corazones de sus seguidores, por medio de los Santos Misterios y buenas obras. Nuestra fe se realiza en este gozo eterno, en tanto el gozo de la fe en Cristo es el único gozo verdadero para la naturaleza humana.
San Justino Popovich
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Cuando hayas sido insultado, maldecido o perseguido por alguien, no pienses en lo que te ha sucedido, sino en lo que resultará de ello, y verás que el que te insulta se convierte en causante de muchos beneficios para ti, no solamente en esta vida, sino en la que está por venir.
San Marcos el Asceta
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Si no puedes cerrar la boca de alguno que injuria a su hermano, por lo menos evita conversar con él.
San Isaac el Sirio
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Os diré ahora... como debéis guardar vuestro espíritu, es decir, el acto (energía) de vuestro
espíritu y vuestro corazón. Sabéis que todo acto mantiene una relación natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que (una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha liberado el acto del espíritu - que tiene por órgano al cerebro - de todos los objetos exteriores del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la imaginación, deberéis llevar nuevamente este acto (energía)
a su esencia y a su potencia propia.
En otros términos llevaréis el espíritu al centro del
corazón -que es, como hemos dicho, el órgano de la esencia y de la potencia del espíritu- y
contemplaréis entonces, mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta conversión del espíritu, los principiantes acostumbran practicarla, según la enseñanza de los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno del espíritu al corazón esté exento de desviaciones.
Dionisio el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del alma, llama, a esta conversión, el movimiento circular y sin desviación del espíritu. Del mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del alma, consiste en su entraña en ella misma por el desprendimiento de los objetos exteriores y en la unificación de sus potencias intelectuales, la que le es conferida por su ausencia de desviación, como en un circulo»
(Noms divins, cap. 4).
Por su lado, el gran Basilio nos dice: «El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios» (Carta 1).
El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada más. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mi».
Pero esto no basta. Debéis, además, poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras.
Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está más allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir también de lo sensible y de lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina. De allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de la oración, 56).
Que vuestra voluntad se aplique enteramente, por el amor, a las palabras de la oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del alma, serán uno y la unidad comprenderá a los tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa Trinidad, adhiere y se une a su prototipo.
Según la expresión de ese gran héroe y doctor de la oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de Tesalónica: «Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo»
San Nicodemo el Hagiorita
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