Saturday, February 27, 2016

Canon al Espíritu Santo, Divino y Venerable, el Paráclito Por San Máximo el Griego



Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Si no hay sacerdote: Por las oraciones de nuestros Santos Padres, oh Señor Jesucristo, Dios Nuestro, Ten piedad de nosotros. Amén.
Gloria a Ti, Dios Nuestro, Gloria a Ti.
Rey del Cielo, Consolador, Espíritu de la Verdad, que estás en todo lugar, y que todo lo llenas, Tesoro de bienes y Dador de la Vida, ven y haz de nosotros tu morada, purifícanos de toda mancha, y salva, Tú que eres bueno, nuestras almas.
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor, purifícanos de nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras transgresiones. Santo, visítanos y cura nuestras dolencias, por tu nombre.
Señor, ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Majestad, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo; el pan sobreesencial dánosle hoy, perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos introduzcas en la tentación, mas líbranos del maligno.
Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 142
Señor, escucha mi oración, presta oído a mi súplica según tu fidelidad; óyeme por tu justicia, y no entres en juicio con tu siervo, porque ningún viviente es justo delante de Ti. El enemigo persigue mi alma, ha postrado en tierra mi vida; me ha encerrado en las tinieblas, como los ya difuntos. El espíritu ha desfallecido en mí, y mi corazón está helado en mi pecho. Me acuerdo de los días antiguos, medito en todas tus obras, contemplo las hazañas de tus manos, y extiendo hacia Ti las mías; como tierra falta de agua, mi alma tiene sed de Ti. Escúchame pronto, Señor, porque mi espíritu languidece. No quieras esconder de mí tu rostro: sería yo como los que bajaron a la tumba. Hazme sentir al punto tu misericordia, pues en Ti coloco mi confianza. Muéstrame el camino que debo seguir, ya que hacia Ti levanto mi alma. Líbrame de mis enemigos, Señor; a Ti me entrego. Enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios. Tu Espíritu es bueno; guíame, pues, por camino llano. Por tu Nombre, Señor, guarda mi vida; por tu clemencia saca mi alma de la angustia. Y por tu gracia acaba con mis enemigos, y disipa a cuantos atribulan mi alma, porque soy siervo tuyo.
Tono IV
Oda I
Irmos: Aquel que era torpe de boca, habiendo sido cubierto con la divina oscuridad, dio expresión a la divina ley escrita, y habiendo quitado el fango de sus ojos Noéticos, contempló a Aquel que Es, y aprendió la comprensión del Espíritu, pronunciando alabanzas con himnos divinos.
Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti.
Oh Maestro, que en la antigüedad alimentaste a Israel con el maná en el desierto, llena mi alma con el Espíritu Santo, para que así pueda servirte continuamente, de forma agradable a Dios.
Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti.
Con audacia, Te canto con tus ministros incorporales el himno tres veces santo, aunque soy polvo y cenizas, oh verdadera Trinidad y Unidad bondadosa.
Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti.
Siendo asediado siempre en mi alma por las tormentas de las pasiones y los espíritus destructivos, pongo mi esperanza de salvación en Ti, oh bondadoso Paráclito, pues Tú eres Dios.
Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti.
Ahogado miserablemente en las profundidades de la ignorancia y en el sueño de la dolorosa negligencia, a Ti te clamo, pues eres completamente puro: ¡Líbrame de esta corrupción del alma!.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
¡Oh Tú que concebiste en Tu vientre a Aquel a quien el Padre engendró antes de todos los siglos, por tu poderoso poder líbrame, pues estoy esclavizado por los placeres del vientre!.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Sólo Tú eres verdaderamente la tierra santa, pues diste a luz a la Vida divina de todos. ¡Oh Theotokos, muestra a Tu Hijo mi alma como tierra fértil!.
Oda III
Irmos: En la antigüedad, la simple oración de la profetisa Ana al Dios Todopoderoso de la comprensión, que tenía un espíritu contrito, rompió los lazos de su vientre estéril y el reproche de la maternidad, que era difícil de soportar.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Grande es el conocimiento de Tu bondad, oh Santísima Trinidad; es la restauración de lo que fue creado según Tu divina imagen, y que inefablemente manifestaste por la maravillosa encarnación de Uno de Ti, como morada divina.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Oh Soberano, adorna mi mente con Tus santos dones y pensamientos de sagrada reverencia, para que en la tranquilidad y la santa disposición del alma, también pueda glorificarte, oh divino Paráclito.
Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti.
Te suplico, oh Soberano, que no me destruyan los movimientos ocultos de la carne, que se producen en mí por la pasión del orgullo, para que no contaminen vilmente mi miserable alma.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Con las riendas y el freno del temor de Dios, refrena las embestidas de mi desvergonzada alma, para que pueda alabarte y glorificarte con gran reverencia y mente sobria, oh divino Consolador.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Corrompido totalmente por la lujuria, me apresuro con fe a Ti, oh Sol radiante. Con tu divina luz, dígnate iluminar los ojos de mi alma, oh divino Paráclito.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Tú que alimentaste a la Vida de todos, oh purísima Señora, dígnate conceder la vida a mi alma con tu divina visitación, pues he sido aniquilado por viles pasiones.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Toda Pura, muéstrame como un hacedor anhelante y veloz de los vivificantes mandamientos de Tu Hijo, librando mi alma de la terrible división y el profundo sueño.
A continuación se dicen estos versos:
Salva a tus siervos de las desgracias, oh buen Consolador, pues los impuros demonios me asalta grande y constantemente con viles pensamientos y engaños.
En tu compasión contempla la dolorosa dureza de mi corazón, oh alabadísima Theotokos, e ilumina la oscuridad de mi alma.
Contaquio, tono 1º
Con himnos, alabemos y magnifiquemos reverentemente a la Vida de todos, el manantial inagotable de los dones divinos, al Espíritu Santo, de la misma esencia del Padre e igualmente eterno que el Hijo, y con fe, adorémosle como Dios.
Otro Verso:
Te adoro, oh Soberano, Consolador y Dios. Ten misericordia y salva a los que Te adoran y Te confiesan como Dios.
Oda IV
Irmos: Oh Logos, Rey de reyes, que surgiste de Aquel que es como Tú eres, del Padre que es sin causa, y del Espíritu, que es igual a Ti en poder. Como nuestro Benefactor, verdaderamente enviaste a los apóstoles, que te cantan: ¡Gloria a Tu dominio, oh Señor!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Oh Señor, concede que pueda escuchar Tu deseada invitación, que convocará a todos Tus santos a la cámara nupcial del cielo.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Has buscado y salvado al hombre que fue condenado por el engaño del autor del mal, oh Santísima Trinidad, y lo has glorificado. Fortalece mi corazón, que se ha vuelto débil por el dolor, con Tu poder de lo alto, y levanta mis pensamientos.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Atraviesa mi maldita mente carnal con el temor de Dios, como con un clavo, y atemoriza mi alma con el pensamientos de los tormentos que están por venir.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Oh alabadísima Theotokos, enriquece mi humilde alma con los dones divinos, descendiendo desde la altura de tu grandeza.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Oh Theotokos, haz de mi alma la sagrada morada de Tu Hijo, disipando sus innumerables corrupciones.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Por tus súplicas, oh alabadísima Theotokos, reafírmame en el temor y en el amor de Dios, pues perezco gravemente en la confusión de mi alma.
Oda V
Irmos: Oh radiantes hijos de la Iglesia, recibid el ardiente rocío del Espíritu, la purificación de los pecados que trae la liberación. Pues ahora, desde Sión, ha salido la ley: la gracia del Espíritu en forma de lenguas de fuego.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Dirige mi vida con tus salvíficos mandamientos, oh trascendente Trinidad, y te suplico que ilumines mi alma con Tu vida.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Complácete en soltarme de los lazos de las graves transgresiones que me rodean, oh Bondadoso, y proporcióname alas por el amor de la castidad.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Con Tu divina gracia, oh Paráclito, ilumina mi alma, que ha sido oscurecida por las pasiones, y aleja de ella la profunda oscuridad de la ignorancia.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Completamente impávido, todos los días de mi vida me enfurezco contra ti con viles palabras y obras, oh Bondadoso. Líbrame de esta impiedad.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Oh alabadísimo, que engendraste a la Fuente de toda sabiduría, devuelve la razón a mi alma, que se ha vuelto necia al violar los divinos mandamientos.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Purísima, expulsa de mi alma los malos pensamientos que continuamente me afligen, y enriquéceme con las enseñanzas agradables a Dios.
Oda VI
Irmos: Oh Cristo Dios, nuestra purificación y salvación. Tú resplandeciste de la Virgen. Rescátanos de la corrupción de Adán, en cuya caída ha sucumbido nuestra raza, como salvaste al profeta Jonás del vientre de la ballena.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Amargado en mi alma maldita por las amargas pasiones carnales, y ahogándome en ella como en lo más profundo, Te clamo a ti, oh Salvador: mediante el torrente de las aguas que surgen de Ti, concédeme la vida.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Todos tus misterios son verdaderamente dignos de un gran silencio, pues Tú eres tres Personas en una Esencia, y unidos, permaneces sin confusión. Oh Trinidad sin origen, sálvame, pues soy la criatura formada por Tus manos.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Creemos que el Hijo está total, completa y esencialmente en el Padre, como lo está el Espíritu, pues del Padre, como de un simple principio, han surgido co-eternos, y sin embargo, permanecen por sí mismos, en sus vivificantes hipóstasis.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
En mi mente, he caído en graves peligros. Estoy totalmente cercado por la perplejidad, y caigo en diversas desgracias, y como un bote, soy agitado por las olas del mar. Oh buen Consolador, rescátame rápido de este grave asedio, Te lo imploro.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
He tropezado y caído gravemente, rompiendo mis votos a Tu Hijo. Sin embargo, te suplico, oh Toda Pura, como fuente de compasiones y abismo de bondad: “Suplícale que tenga misericordia de mí”.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Con tu invencible y divino poder expulsa siempre de mi alma los asaltos destructivos hechos contra mí por mis enemigos invisibles, oh Theotokos, y concédeme armas espirituales y una estrategia útil contra ellos.
Contaquio, tono 2
Oh Espíritu Santo, vida, luz, consuelo, esperanza y deleite de todos, concede Tus dones a los que Te reconocen como Dios, entronizado igualmente con el Padre y el Hijo, y concédeles la remisión de los pecados.
Oda VII
Irmos: Sonaba la melodiosa música de los instrumentos, llamando a los hombres a adorar al ídolo inanimado hecho de oro, pero la gracia radiante del Consolador hizo que clamaran: ¡Bendita seas, oh Santa Trinidad, que eres igual en poder, e igualmente sin principio!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Habiéndome liberado de toda maldad y de la mala moral, oh Salvador, el divino Paráclito me enriqueció con sus santos dones, y por eso canto: ¡Bendito seas, oh Dios de nuestros padres!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Suaviza mi corazón, que es más duro que cualquier metal o piedra, oh Salvador, para que, salvado, pueda clamar con verdadera compunción: ¡Bendito seas, oh Dios de nuestros padres!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Teologizando, alabemos al Hijo, al Espíritu y al Padre sin principio en una sola Esencia y en tres Personas, clamando: ¡Bendito seas, oh Dios de nuestros padres!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Vencido servilmente por los malos y pecaminosos hábitos, me postro ante Ti, oh Maestro de todos: ¡Líbrame de esta vil esclavitud!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Con Tu inconmensurable poder, complácete en reafirmar mi alma, que ha sido debilitada por el pecado, para que, salvado, pueda clamarte: ¡Bendito seas, oh Dios de nuestros padres!.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Con divina razón y ferviente arrepentimiento, dígnate iluminar mi mente y mi alma, que ha sido oscurecida gravemente por el pecado, oh Llena de gracia de Dios, para que con el arcángel, pueda cantarte: ¡Alégrate, oh Señora!.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Por medio de los inicuos y apasionados movimientos de mi carne, he sido arrojado completamente a la muerte, oh Theotokos. Deposita la gracia del Paráclito en mi alma, para que de forma sagrada pueda glorificarte siempre, oh Santísima.
Oda VIII
Irmos: La Triple imagen resplandeciente de Dios soltó los lazos y apagó la llama, y toda la creación Te bendijo como Benefactor, Salvador y Consumador de todo.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Libérame de la ardiente destrucción de los pensamientos inicuos, oh mi Jesús, para que pueda glorificarte con un corazón puro.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Con Tus ministros incorpóreos Te alabamos, oh poderosa y consumadora Trinidad, y nosotros, Tus siervos hechos del polvo, Te exaltamos supremamente.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Elimina de mi alma los asaltos destructivos de mis enemigos invisibles, oh Paráclito, y por Tu gracia, complácete en morar allí.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Concédeme las peticiones que, con temor y amor, Te pido diligentemente en oración, oh Consolador.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Oh Maestro, sana mi alma como solo Tú sabes, pues siempre está acosada por orgullosos pensamientos malignos.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Habiendo pecado más que la pecadora y Esaú, acudo a Tu compasión: no alejes Tu gracia de mí, oh Santísimo Paráclito.
Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, un solo Señor.
Amando el pecado más que cualquier otro hombre, oh alabadísimo, acudo a Ti. Salva a Tu indigno siervo.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Alabadísima, hazme ser un amante de la divina filosofía de la Verdad, estableciéndome con temor y amor.
Oda IX
Irmos: ¡Alégrate, oh Reina, gloriosa entre las madres y las vírgenes!. Pues aun la boca más hábil más elocuente y divina es capaz de alabarte como eres, y toda mente se asombra al intentar comprender tu alumbramiento. Por tanto, juntos, Te glorificamos.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Oh mi Salvador, Iluminación y Defensa. Por las súplicas de Tu purísima Madre, no me alejes de Tu gozo divino.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Postrándome con temor, yo que soy polvo, Te adoro con las huestes celestiales, y te clamo con amor: ¡Oh Santísima Trinidad, gloria a Ti!.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Sálvame, pues alabo, adoro y glorifico el dominio de Tu inalcanzable gloria.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Enséñame la recta moral, la instrucción de la ley y el entendimiento de los dogmas divinos, para que pueda alabarte en forma agradable, oh divino Paráclito.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Dígnate concederme la gozosa celebración de los justos que Te han complacido, para que con ellos pueda alabarte, oh Santísimo Consolador.
Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti.
Anulando el terror de mi alma y todos sus diversos males y malicia, oh Santísimo Paráclito, adórnala con la corona de las virtudes.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Oh Purísima Virgen, por sus santas oraciones sana mi desdichada alma, que se ha corrompido por toda clase de fornicación.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh divina Mediadora entre Dios y el hombre, Santísima Theotokos, te ruego que dirijas mi pobre súplica al divino Paráclito.
Y de nuevo:
Salva a Tu siervo de las desgracias, oh buen Consolador, pues los impuros demonios me asedian grande y constantemente con viles pensamientos y engaños.
En tu compasión, mira la dureza de mi corazón, oh Santísima Theotokos, e ilumina la oscuridad de mi alma.
Y estos troparios:
En verdad es digno magnificarte, oh Logos de Dios, ante Quien tiemblan los querubines y se llena de temor, y a Quien las huestes celestiales glorifican: Cristo, Dador de vida, que sin cambio alguno se encarnó de la Virgen.
En verdad es digno magnificarte con glorificaciones y alabarte, oh Bueno y Santo, Preservador de nuestra vida, Grande e Inconcebible, que con el Padre y el Hijo reinas como Dios sobre todas las cosas visibles e invisibles, el Espíritu e Dios, que procede del Padre.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Con himnos divinos Te alabamos a Ti como Dios: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el Poder tripartito, la única Monarquía y Dominio.
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Señora, Madre del Libertador, acepta las súplicas de tus infructuosos siervos, y así, concédenos la liberación de los pecados y la aceptable corrección de una vida complaciente a Dios.
Oración al Espíritu Santo
Oh Soberano, Paráclito, que eres Uno de la santa, adorable, consubstancial e indivisible Trinidad. Acepta esta pobre súplica que has permitido ofrecer a este hombre pecador y condenado, y perdona mis ofensas, voluntarias e involuntarias. Purifícame de mis pecados ocultos, y ten piedad de Tu siervo frente a los pecados de otros. Extiende Tu favor sobre mí, pecador e indigno, visita la enfermedad de mi alma con Tu gracia, y sana su estado corrompido.
Ten misericordia de mí, oh Maestro, Paráclito y Dios. Ten misericordia de mí, santifica mi alma y cuerpo, ilumina mi mente y razón, y purifica la conciencia de mi alma de toda deshonra. Y para gloria de Tu Nombre, líbrame de los pensamientos impuros, de las maquinaciones de los malvados y de las intenciones del mal, de toda vanagloria, orgullo y auto engrandecimiento, de toda arrogancia y audacia, de toda hipocresía farisaica y de mis malos hábitos. Concédeme un arrepentimiento sincero, contrición y humildad de corazón, mansedumbre y serenidad, y toda reverencia cristiana, comprensión y destreza espiritual, con toda nobleza, agradecimiento y perfecta paciencia.
Sí, oh Dios, por la gloria de Tu Nombre, escucha al pecador que Te suplica, y concede que por el recuerdo de mi desdichada vida pueda arrepentirme sinceramente de mis iniquidades con toda humildad de mente, castidad y verdadera templanza, habiendo alejado toda duda, insensibilidad y ánimo doblegado, y presérvame completamente en una confesión piadosa y ortodoxa de la fe cristiana, oh Maestro, para que me sea concedido todos los días de mi vida alabarte sin duda, bendecirte y glorificarte, y decir: ¡Oh Santo Dios, Padre sin origen!. ¡Oh Santo Fuerte, Su Hijo, que es igualmente sin principio!. ¡Oh Santo Inmortal, Espíritu Santo que procede del Padre y que permanece y descansa en el Hijo!. ¡Oh Santa Trinidad, gloria a Ti!. ¡Gloria a Ti, oh Santa Trinidad, que eres consubstancial, vivificadora e indivisible!.
¡Gloria a Ti por todas las cosas!
¡Gloria a Ti, oh Theotokos, refugio de los fieles, liberación de los acosados por los males, y consuelo divino de mi alma!. Oh Tú que eres llena de la gracia de Dios, confío a tu poderosa intercesión mi desdichada alma, que ha sido herida por las flechas del enemigo, y protégela y sálvala indemne de las acechanzas de los demonios, para que pueda clamarte: ¡Alégrate, Novia no desposada!.

San Máximo el Griego (+ 21 de enero de 1556), fue encarcelado en Rusia, y desterrado al monasterio de Volokolamsk, donde sufrió hambre, mucho frío y toda clase de tormentos. Allí, estaba desprovisto de todo, incluso fue privado de la Santa Comunión y de libros, y sólo la oración lo sostenía. El Señor no lo abandonó, sino que un día, se le apareció un ángel y le dijo: “¡Ten paciencia!. Serás liberado de tormento eterno por los sufrimientos de aquí abajo”. Dando gracias a dios por este consuelo celestial, San Máximo compuso un canon poético en honor al Espíritu Santo. Privado de papel y lápiz, lo escribió en las paredes de su celda con carbón. Este canon se canta el Domingo del Espíritu Santo en ciertos monasterios Rusos y Serbios.

                     Catecismo Ortodoxo 

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El carácter néptico y hesicasta del monaquismo ortodoxo athonita ( Archimandrita Georgios Kapsanis )


Higumeno del santo monasterio de San Gregorio en el Monte Athos

(Se puede encontrar la explicación de términos en el glosario, al final del artículo)

Desde hace más de un milenio, el monaquismo athonita constituye una expresión genuina del monaquismo ortodoxo. Ya no existen los grandes centros monásticos de Egipto, Palestina, Asia Menor, Constantinopla, Rusia y Los Balcanes. La providencia de Dios preserva hasta hoy a Agion Oros (“El Monte Athos”), como centro monástico ortodoxo espiritualmente próspero, bajo la jurisdicción del Patriarcado Ecuménico.

Como una institución de la Iglesia, Agion Oros se encuentra en unión espiritual y dogmática ininterrumpida con la Iglesia. Esta unión asegura y protege su carácter néptico* y hesicasta, y le permite ofrecer al pueblo de Dios los frutos de la vida néptica y hesicasta. El monaquismo ortodoxo, en su totalidad, como portador de la tradición apostólica y patrística de la Iglesia, es néptico y hesicasta. Su objetivo no es la reforma externa del mundo, como es el caso de las órdenes monásticas occidentales, sino que dirige su transformación por medio del arrepentimiento, la limpieza de las pasiones y la theosis. Además, nepsis y hesiquia constituyen el punto esencial de la vida según el Evangelio. Según los santos padres, nepsis es la vigilancia del nous y la vigilancia a las puertas del corazón, para que cualquier pensamiento que se mueva en él, pueda ser controlado. La labor néptica es practicada en diversas formas, pero en todas sus formas supone la renuncia al mundo, la obediencia y la hesiquia. La hesiquia es el distanciamiento de las distracciones del mundo, mientras que la sagrada hesiquia del corazón es el rechazo de los pensamientos que no son según Dios.

Las raíces de la vida néptica y de la hesiquia según Dios, se encuentran en el Antiguo Testamento. El profeta Moisés recibió la experiencia y el conocimiento de Dios en el monte Horeb, cuando, frente a la extraña visión de la zarza ardiente, que no ardía, fue invitado a rechazar toda creencia mundana, reflejada en el descalzarse de sus sandalias, y contemplar en reflexión y enigma el misterio de la divina Encarnación. Según los santos padres, esta experiencia de Moisés suponía un alejamiento del ruido y las distracciones del mundo. El profeta Elías también recibió la experiencia de Dios, mientras estaba en el desierto del monte Horeb y mientras oraba en la forma hesicasta de la oración noética del corazón. La ligera brisa, que el profeta sentía después del fuerte viento, el temblor y el fuego, eran, según los santos padres, un medio por el que Dios se revelaba a sí mismo. Y el profeta David dice, en los salmos, que el conocimiento de Dios supone el cese de la dispersión en las ocupaciones mundanas: “Basta ya; sabed que Yo soy Dios” (Salmos 45:11). El resto de los profetas y los justos del Antiguo Testamento también recibieron la experiencia de la Gracia de Dios tras su labor néptica.

Sin embargo, la forma de vida hesicasta se presenta, principalmente, en el Nuevo Testamento, como la más deseable para llegar al conocimiento y la experiencia de Dios. El justo Precursor vagó solo por el desierto del Jordán desde su infancia, y en la extrema quietud, rezando sólo a Dios. Allí, en silencio, recibió la información de Aquel que vendría a ser bautizado en el Jordán, y sobre el que vería “al Espíritu descendiendo y posándose sobre él” (Juan 1:32-34).

El Señor Jesús Cristo vivió en silencio durante treinta años, mientras que durante los tres años de Su actividad pública frecuentemente se retiraba al desierto a orar. Según San Nicodemo el Aghiorita, todo el Evangelio y las enseñanzas apostólicas, apuntan hacia la purificación de las pasiones del hombre interior, y a su preparación, para que la perfecta Gracia del santo bautismo pueda iluminar de nuevo al hombre. Con su divina Transfiguración, el Señor mostró el camino hacia el verdadero conocimiento de Dios y la forma de contemplar la Luz increada de Su Persona. El camino comienza con el rechazo de lo inferior y mundano de la práctica actual, continúa con la elevación, por medio de las divinas virtudes, a la purificación de los sentidos espirituales, y concluye deificando la iluminación. Al encontrarse a sí mismo en este estado divino, el hombre es capaz de contemplar la inefable belleza de Dios.

La Theotokos nos dio el ejemplo perfecto de vida hesicasta y labor néptica, según San Gregorio Palamás. En el Santo de los Santos, en el templo de Salomón, llevó a cabo la práctica de las virtudes y la incesante oración noética durante doce años, y por medio de esto fue capaz de unir todo su ser con la gracia del Espíritu Santo (escribe San Gregorio, y San Nicodemo Aghiorita nos lo da en traducción): “Habiendo rechazado las relaciones terrenales desde el principio de su vida, la Virgen abandonó a la gente…. se separó de todo vínculo material; rechazó toda relación; se elevó por encima de toda clase de amor, incluyendo el de su propio cuerpo, y así, unió su nous consigo misma, por medio de un giro y con atención, y con la divina y eterna oración… y así, construyó un nuevo estrato en el cielo, en otras palabras, la quietud noética (si se puede llamar así), en la que habiendo unido su nous, se eleva por encima de todas las criaturas, y ve la gloria de Dios más perfectamente que Moisés, y contempla la gracia divina, que no es comprensible por medio de los sentidos”.

Los santos apóstoles trabajaron exclusivamente en el mundo y en medio de las distracciones, ruidos y peligro, pero en su interior eran hesicastas y obreros de la nepsis y la oración. Su labor apostólica no era un programa de reforma social, sino el renacimiento de las almas por medio de Cristo. Los padres apostólicos, y luego posteriormente, toda la Iglesia, vivió en el mismo entorno néptico. San Gregorio el Teólogo habla sobre las virtudes prácticas como la limpieza, el preparar el alma para recibir a Cristo en el corazón, y la quietud como deificación, el alzar el nous hacia Dios. El divino padre desea la quietud, y se angustia cuando lo privan de ella, y le obligan a asumir el pastoreo de la iglesia. “¿Por qué razón sois tan lentos en lo que a mi conversación se refiere, amigos y hermanos, aunque sois rápidos para molestar, e incluso me alejáis de la quietud de mi refugio, que preferí por encima de todo, tanto como asociado, como madre del divino júbilo, y la deificación, que preferí y abracé, y promoví durante toda mi vida?

San Basilio el Grande, gracias a la labor néptica que practicaba en el desierto, y a la hesiquia, también fue capaz de contemplar la divina e inefable Luz. Sobre esto, su hermano, San Gregorio de Nisa, escribe: “Moisés abandonó Egipto tras la muerte del egipcio, y en el siguiente periodo pasó tiempo en soledad. Se alejó del bullicio de la ciudad y sus ofrecimientos materiales, y finalmente terminó contemplando a Dios con amor. Estaba iluminado por la luz divina de la zarza. Tenemos algo con relación a esta aparición, y sobre este asunto debemos decir que aunque era de noche, la luz resplandecía en él mientras rezaba en el hogar, y la luz era inmaterial, e iluminaba la casa por medio del poder divino, sin ser dependiente de ninguna sustancia”.

Durante el mismo periodo, el desierto se distinguía principalmente como un lugar de vida néptica y hesicasta. San Pacomio, en Egipto, los santos Eutimio, Teodosio el Cenobita y Sava el Santificado, en Palestina, establecieron el monaquismo cenobítico. Ambas formas de monaquismo tenían un carácter hesicasta. En el siglo XIV, el athonita San Nicéforo se refiere al espíritu hesicasta y néptico, tanto de los solitarios como de los santos padres cenobíticos. Ofrece ejemplos representativos.

Sobre San Antonio: “que, sentado en la montaña mantuvo su corazón tranquilo, con el Señor señalándole desde la distancia. Ves que por medio de la quietud del corazón, Antonio se convirtió en un testigo de Dios y previó el futuro; pues por medio de la quietud del corazón, Dios se revela así mismo al nous”.

Sobre San Teodosio el Cenobita: “Se dice, entonces, sobre estas energías noéticas del alma, que fueron exactamente las que provocaron que muchos lo consideraran formidable. Incluso cuando era acusado, era deseable y dulce para todos. Sin embargo, ¿fue de esta forma útil cuando hablaba a las multitudes? Muy capaz de desarrollar los sentidos y de refinar el nous a los que vivían en medio de los ruidos y a los que estaban en el desierto, como si estuvieran en una serenidad sin fin. Y sin embargo, ¿es lo mismo, ya sea en medio de las multitudes, o solo? Y aquí está el gran Teodosio, que por medio del desarrollo y la interiorización de los sentidos fue herido por el amor del Creador”.

Y sobre San Sava el Santificado: “De hecho, el divino Sava, el que fue perseguido, habiendo aprendido precisamente el canon educativo de los monjes fue capaz de guardar el nous por si mismo y luchar contra los pensamientos hostiles, incluso teniendo un conocimiento consumado de la esencia de las cosas mundanas, entonces se le proporcionó una celda en la Laura…. ¿Veis cómo el divino Sava pidió a sus estudiantes que preservaran el nous, y habiéndoles proporcionado una celda, se unió a ellos?

Nepsis y quietud, según Cristo, también caracterizan la vida de los monasterios de Asia Menor y Constantinopla. Esto es evidente por la vida y escritos de San Simeón el Nuevo Teólogo y San Nicetas Stezatos. El “Evergetinos”, el escrito ascético básico, con el que muchas generaciones de monjes crecieron espiritualmente, fue compuesto en el monasterio de la Theotokos Evergetissa en Constantinopla, por el monje Pablo, y representa el espíritu del monaquismo en aquel periodo. San Teodoro el Estudita, representante del monaquismo cenobítico de este periodo, y famoso por sus luchas confesionales por la fe, no carecía de convicción néptica. Esto es lo que testifica en sus composiciones, que se usan aún en los oficios de la Iglesia, y de su consejo espiritual a sus hijos espirituales. “Para los ermitaños, la vida es dichosa, volando en el Eros divino”, escribe característicamente (Paráclesis, Anavathmi, tono 1). A su estudiante Parthenios, que sufrió una dura tortura por la Fe Ortodoxa, a pesar de eso no descuidó en recordarle: “hijo, guárdate a ti mismo, porque dentro es donde el tirano maligno siempre tienta con las pasiones. Practica, y hazlo con conciencia, el no ser dominado por el pecado; purifícate diligentemente cada día, presumiendo siempre que es el último día de tu vida, para que así, con temor y temblor, complazcas a Dios, por un lado, trabajando con tus manos, y por otro, cantando y rezando, sin importar qué suceda durante el día”.

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A partir del siglo VI en adelante, la tradición hesicasta se estableció en el Athos, con San Eutimio el Nuevo, San Pedro el Athonita, y más tarde, con San Atanasio, el constructor del santo monasterio de la Gran Laura, como sus principales exponentes. San Gregorio Palamás, en su elogio de San Pedro el Athonita, describe con fuerte colores el anhelo del santo por vivir como un monje en el incomparable desierto de Agion Oros, su noética guerra contra los demonios y las visitas de la gracia. A partir de entonces, otros ermitaños siguen el ejemplo del santo.

En siglos posteriores, grandes hesicastas y hombres népticos fueron iluminados en Agion Oros, como los santos Máximo, Nifón y Acacio, los Kafsokalybitas. Teófilo y Nilo, los emanadores de miro, San Gregorio de Sinaí con sus estudiantes, San Gregorio el Hesicasta (constructor del monasterio athonita homónimo) y todo el coro de padres hesicastas del siglo XIV, conducidos por San Gregorio Palamás. Particularmente el último desarrolló y reafirmó teológicamente la experiencia néptica que la Iglesia tenía desde siglos, se enfrentó a las dudas del occidental Barlaam sobre esto, refutó las injustas acusaciones contra el método hesicasta y la oración noética, y formuló definitivamente la teología del hesicasmo.

Racionalista y no habiendo probado la experiencia de la Luz divina, el monje calabrés Barlaam acusó a los monjes athonitas de que la Luz, que ellos insistían en ver por medio de la interiorización hesicasta del nous en el corazón y la oración noética del corazón, era luz creada, luz del intelecto, y no luz divina. Consideraba que los monjes que practicaban esta labor noética estaban engañados.

San Gregorio Palamás tuvo experiencia personal de la Gracia de Dios. Por esta experiencia, supo que la luz que estos virtuosos monjes veían era divina, energía increada de Dios, la Gracia del Espíritu Santo, vivida como Luz sobrenatural, que llena el nous de los monjes una vez se ha limpiado de pasiones. Refiriéndose a las obras de antiguos y distinguidos maestros de la Iglesia, y con su propia sabiduría celestial, demostró teológicamente que la Luz que es vista por los monjes hesicastas es la Luz increada de la Santa Trinidad. Con relación a esto, escribe: “Por esta razón, el amante de la perfecta comunión con Dios evita la vida asistida tecnológicamente, y elige el estado monástico no estructurado, y se ofrece a sí mismo al santuario de la quietud, sin las obligaciones o preocupaciones de la vida, aliviado de todas las otras relaciones (mundanas). Así, habiendo liberado su alma de todo vínculo material, en la medida en que esto es posible, dispone su nous a la oración incesante a Dios, y habiendo, mediante ella, concentrado el nous enteramente en sí mismo, encuentra un nuevo y secreto ascenso al cielo, la intangible oscuridad de la quietud apócrifa, como se podría decir. Y habiendo concentrado precisamente su nous en sí mismo con secreto júbilo, en un estado de tranquilidad absolutamente simple, pero perfectamente dulce, y en un silencio y mutismo genuino, vuela por encima de toda la creación. Y así, habiendo sido alejado de sí mismo y siendo enteramente de Dios, ve la gloria de Dios y contempla la luz divina”.

La confirmación de su teología por tres grandes sínodos de Constantinopla (1341, 1347, 1351), lo distinguieron como el supremo defensor y maestro de la experiencia néptica y hesicasta de la Iglesia.

Pero los cenobíticos santos padres athonitas también dieron un carácter néptico-hesicasta al monaquismo cenobítico athonita, porque ellos mismos eran hombre hesicastas y népticos. San Nicodemo el Aghiorita escribió a San Atanasio el Athonita: “Como otro Moisés, habiendo ascendido al santo Athos, como si fuera otro Monte Sinaí, y habiendo entrado en la impenetrable oscuridad de la “theoria”, recibió, como las tablas divinamente inscritas, el modelo, los mandatos y las enseñanzas tanto de la vida cenobítica de los monjes como del rito angélico de la Iglesia, y los dio a todos los padres de Agion Oros”. Es evidente, a partir de la vida de Atanasio el Athonita, y de su consejo a sus estudiantes, que los mandamientos prácticos de la vida cenobítica cotidiana se dirigen a purificar al monje de las pasiones y del egoísmo.

Por la gracia de Dios, se guarda este consejo hasta hoy en los monasterios athonitas. El abandono de las preocupaciones mundanas, la obediencia, la pobreza, el altruismo, la buena disposición para la salmodia y la diaconía de la Iglesia, la perseverancia frente a las dificultades del cenobio, son las virtudes fundamentales que liberan al monje cenobítico del egoísmo y el egocentrismo, y le introducen en las primeras etapas de la hesiquía según Cristo. El poblado entorno cenobítico no impedía a los monjes cenobíticos, que ya brillaban en la constelación de los santos padres athonitas, practicar la labor néptica (Nifón y Leoncio los Dionisitas, Ierotheos, Ibirites, Paisios Velikhovsky).

Los llamados padres Kolivades, muy correctamente, y en la forma ortodoxa, llamados padres de la Filocalía del siglo XVIII, renovaron la tradición hesicasta en los monasterios, sketes y kelías durante el siglo XVIII. San Nicodemo Aghiorita es el representante más expresivo del espíritu hesicasta del movimiento del renacimiento de la Filocalía. Los libros de los que fue co-autor en la quietud del desierto de Agion Oros subsisten como el perfume de la vida hesicasta, y constituyen un deleite espiritual para los monjes contemporáneos. La perdurable tradición hesicasta, que encontró continuidad en la vida de los monjes de Agion Oros, se hace evidente en la clásica obra “La Filocalía de los Santos Népticos”, que San Nicodemo editó y de la que escribió el prólogo a petición de San Macario, obispo de Corinto.

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A través de su historia milenaria hasta el día de hoy, el monaquismo athonita, como expresión fiel del monaquismo ortodoxo, ha mantenido su carácter néptico y hesicasta.

El siglo XX se ha distinguido por un gran número de monjes hesicastas, que desarrollaron una gran labor néptica y desplegaron admirables dones. Hombres de gran conocimiento, como los gerontas Daniel Katounakiotis y Gerasimos Menagias, higumenos de monasterios, como Ieronymos Simonopetritis, Athanasios Gregoriatis, Filaretos Konstamonitis y Kodratos Karakallinos, simples monjes, como Kallinikos el hesicasta, monjes cenobíticos, como San Silouan el Athonita y su aprendiz Sofronios Sakharov, los monjes Isaac y Arsenios, del monasterio de Dionysiou, también se distinguieron como admirables trabajadores de la oración néptica en el desierto o en la bulliciosa vida de los grandes monasterios cenobíticos. Todos ellos continuaron la tradición hesicasta de los Kolivades de los siglos XVIII y XIX y de los hesicastas de finales del siglo XIX.

Nuestra era no carece tampoco de representantes seleccionados en la sucesión de los hombres népticos de Agion Oros. Los gerontas Paisios el Aghiorita, Porfirio Kavsokalyvita, Efrén Katounakiotis y Haralampos Dionysiatis, son ampliamente conocidos. Su admirable contribución al mundo no obstaculizó su labor néptica. Por el contrario, se presupone. Los libros que se han escrito recientemente sobre ellos, y la experiencia viva de los que los conocieron, son capaces de revelar, de la forma más indiscutible, que estos benditos gerontas fueron excepcionales obreros de la oración néptica y que consiguieron los dones sobrenaturales del Espíritu Santo que les siguieron.

En nuestros días, hesicastas sin renombre viven en los cenobios, las sketes y las kelías de Agion Oros. La literatura contemporánea de Agion Oros revela, tras haber abandonado el mundo, su vida y luchas népticas. Mencionaré especialmente a los gerontas Gerasimos Mikrayannanites y Modestos Danielides, y el monje Auxentios Gregoriates. Entre los que “han partido y aún sobreviven”, como diría San Máximo el Confesor, están los que infatigablemente mantienen la sagrada labor de la nepsis y la hesiquia según Cristo, en Agion Oros. Incluso hoy en día, reciben los dones celestiales en “ayuno, vigilia y oración”. No sería justo para nuestra experiencia personal darlos a conocer antes de su fallecimiento. La prudencia athonita no permite apresurarse en este asunto. A pesar de eso, incluso hoy, estos obreros népticos son un imán de las almas amigas de Dios, en otras palabras, de los monjes que desean la nepsis y la oración.

Pero más allá de estos padres, cuya vida es testificada como néptica y hesicasta, es todo el clima athonita el que sigue la tradición néptica de Agion Oros. La generación actual de monjes se alimentó por una serie de lecturas népticas, como la Filocalía, el Evergetinos, Abba Isaac el Sirio y las vidas de los antiguos padres népticos. Hoy, los monjes conocen las vidas y enseñanzas de las sagradas figuras népticas y se esfuerzan por seguirlas. Los escritos de San Silouan el athonita son un ejemplo típico.

Con la bendición de la Theotokos, los monasterios athonitas han restaurado el orden cenobítico, que es un fundamento y un punto de partida hacia su elevación y obra noética. En los monasterios, se practica la obediencia y las reglas athonitas con la ayuda de la eliminación de la propia voluntad y se guardan en libertad y amor propio. La lucha se libra por la práctica del amor fraterno, que es la base para la eliminación del egocentrismo. En la medida de lo posible, se practica la hospitalidad, que es una expresión del amor de los monjes por nuestros hermanos que viven en el mundo. La adoración a Dios, los grandes oficios de la Iglesia, el estudio y la oración en la celda, son deberes de los monjes, que ayudan a los novicios cenobíticos a ser injertados en el temperamento monástico y a ayudar al monje avanzado a mantener la Gracia de Dios en su corazón y a guardarla de los ladrones noéticos, los demonios.

En las santas sketes y kelías, los monjes practican las virtudes de la obediencia, la pobreza, la paciencia, la confianza en la Providencia de Dios y la oración, reparando ciertas deficiencias de sus hermanos cenobíticos.

Durante las festividades athonitas, la gente de todo Agion Oros las celebran juntos, glorifican a Dios, a la Virgen y a los santos como un solo cuerpo espiritual. Los monjes visitan los monasterios, intercambian sus respectivas experiencias monásticas, renuevan sus lazos fraternos y mantienen Agion Oros como un organismo vivo, una legión angélica, un coro, un desfile glorioso, una familia pan-athonita, hijos de una Madre común, la Toda Santa Theotokos, flores fragantes de su jardín.

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Aun así, algunas personas se escandalizan por la imagen que Agion Oros representa hoy. La acusan de haber perdido su carácter ascético y néptico, de estar volviéndose mundana, de que sus carismáticos gerontas son del pasado, de que la vida espiritual se ha vuelvo frívola, y que ya no satisface plenamente al hombre contemporáneo, que obra cada vez más como una institución mundana y que está perdiendo su disposición hesicasta y de “otro mundo”.

Estas críticas cometen una injusticia contra Agion Oros. Son incapaces de percibir que su imagen externa no debe apreciarse en las premisas de los tiempos antiguos. Sin haber probado la experiencia athonita, no comprenden que el temperamento athonita no se altera por las inocentes necesidades humanas o por la torpeza y caídas de los monjes, sino por la alteración de los principios morales apostólicos y teológicos. Y sobre este punto, Agion Oros no difiere hoy en día de las convicciones y la moral de las generaciones precedentes. Conserva sus convicciones ortodoxas y su carácter néptico-hesicasta.

El mundo y sus convicciones, sin duda ejercen muchísima presión sobre los monjes de hoy. La naturaleza humana es aparentemente más enfermiza que en otros tiempos. La comunicación de los monjes con el mundo utiliza medios modernos. Los problemas del mundo se extienden, y violan las puertas de Agion Oros. Si no se tiene cuidado de confrontar muchos de estos temas con la vara de medir del amor y la caridad, y tener en cuenta que, a pesar de todos estos problemas, el espíritu néptico no deja de ser cultivado, entonces es posible acusar a los monjes de Agion Oros.

Creo que conozco suficientemente el estado espiritual de los monjes athonitas de hoy. Puedo dar mi palabra de que las cuestiones, que a algunos les crean la impresión de que Agion Oros se está volviendo mundano, constituyen nuevas causas para la lucha espiritual para los monjes de hoy y un basto terreno para la ascesis y la santificación. Ciertamente, no son indicaciones de la abolición del carácter néptico y hesicasta de este sagrado lugar.

Incluso hoy, los monjes luchan por practicar la nepsis y la hesiquia según Cristo. Abandonan un mundo que les ofrece dinero y placeres, y se limitan al estrecho espacio del monasterio, que es inviolable para la gente. El modelo athonita supone oficios muy largos y agotadores en el Alimento de la Iglesia, que sigue las reglas cenobíticas. Las Diakonimata (tareas o trabajos asignados) aseguran suficientes horas de ocupación, y los esfuerzos del monje se ofrecen a los hermanos del monasterio y a los peregrinos. La obediencia al higumeno o geronta del grupo lo protege de la práctica autónoma, y de sus malas consecuencias. Incluso la utilización de modernos medios de transporte o nuevas tecnologías, que constantemente es comentado de forma negativa por la gente del mundo, no altera en sí mismo la atmósfera néptica del monasterio, siempre que sea bendecida por los gerontas, y que no satisfaga el egoísmo enfermo de la antigua persona (su amor propio). La apariencia externa del monje continúa siendo simple y sin adornos, gentil pero humilde; con esta forma y palabra, el monje transmite el espíritu de arrepentimiento a los cristianos que visitan los monasterios. Es una especie de misión interna, que se realizan sin perseguirlo.

La salida ocasional de los monjes al mundo exterior, especialmente de los padres espirituales, con el propósito de confesar a cristianos o misioneros a nivel de misiones externas, es un hecho conocido de la tradición athonita. El monje que sale al mundo para una misión de la Iglesia, o cuando es invitado por la Iglesia y tiene la bendición de sus gerontas, no va más allá de los límites de su vocación monástica, ni elimina su característica hesicasta. Realiza humildemente su diaconía, y entonces vuelve al ritmo de su práctica monástica.

Hoy en día, los monjes están posiblemente a la altura de imitar las batallas ascéticas de los primeros padres. Sin embargo, desean conscientemente al Señor y siguen el camino hesicasta que conduce a Él. En 1953, el bendito geronta Gabriel Dionysiates escribió sobre los monjes de su tiempo, y que se mantiene aún hasta hoy: “A pesar del estatus de las cosas que pertenecen al monaquismo de hoy, y aparentemente al de Agion Oros, sobre el que estamos hablando, estos constituyen la clase de “elegidos”, el orden de los que han sido marcados con el “amor del cordero”, “eminentes en el espíritu”, de los que se hace la pregunta de la Escritura: “¿Quiénes son estos que vienen volando como una nube?” (Isaías 60:8). Si no son igual a los ángeles, como es requerido por su orden y misión, los monjes de hoy en día son los que llevan la carga del Señor, los portadores de la Cruz del martirio, que por la fatiga y el dolor consumen los alimentos del ascetismo, que son probados en la obediencia y la perseverancia, para la vida”.

Por su forma de vivir, incluso hoy, los monjes cultivan la verdadera comunidad zeantrópica y hacen reales las palabras de San Basilio el Grande: “Porque propongo una perfecta comunidad de vida, donde la atribución de la propiedad se hace de forma automática, donde la comunidad es liberada de la oposición y de toda perturbación, riña y disputa que termine con pisotones de pie; todo es puesto en común, las almas, las opiniones, los cuerpos y todo aquello por lo cual los cuerpos son alimentados y sanados; Dios es común a todos, la reverencia es común, la salvación es común, las competencias son comunes, los sufrimientos son comunes, y también lo son las recompensas, que son recibidas por muchos; y nadie es dejado solo, pues siempre está con los demás. ¿Qué otra cosa podría igualar a tal estado? ¿Hay algo más bendito?”. ¡La comunidad del amor, el fundamento de la vida athonita!.

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El carácter hesicasta de Agion Oros está hoy asegurado, además de por el espíritu néptico que fue legado por los santos fundadores de los monasterios y los santos padres, por dos aspectos más.

El primero, es el privilegio eclesiástico de no estar sujetos a la jurisdicción directa de un obispo local, sino pertenecer a la jurisdicción espiritual del Patriarcado Ecuménico.

El segundo, es el privilegio del estado de autonomía, consagrado en la constitución griega. El Avaton, un aspecto significativo del estatus autónomo de Agion Oros, permite a los monjes practicar, libres de problemas, lo que la mezcla de los hombres y mujeres provoca. El Avaton de Agion Oros contribuye al máximo en mantener el lugar de forma hesicasta y las vidas de los monjes como népticas. La abolición del Avaton, como ha sido pedido por algunas feministas, en nombre de la llamada igualdad de los ciudadanos europeos, es incompatible con la cualidad hesicasta de Agion Oros. Existe un interés del mundo para los monjes népticos y hesicastas. Es realista que alguien acepte que sólo cuando el monje consiga la templanza y la impasibilidad será capaz también de amar a las mujeres desapasionadamente. En todas las eras, los hombres y las mujeres tienen necesidad de esta templanza (sin pasión carnal), y de volver todo el amor hacia todos. Si las feministas desean defender así este derecho a las mujeres, ellos están obligados a defender el Avaton de Agion Oros, y no pedir su abolición.

Nepsis y hesiquia son la esencia de la vida monástica de Agion Oros. Por medio de ellas, el monje persigue su elevación hacia Dios y su unión con Él en Cristo. Hoy en día continúa en Agion Oros una tradición de más de un milenio.

Recemos para que el Señor nos permita superar nuestros defectos personales y torpezas, y seguir la llamada a la que fuimos convocados, con las huellas de los maestros del camino monástico, nuestros santos padres, que fueron iluminados por su ascesis “a adorarlo en la forma de un ángel, a servirlo enteramente, a tener fe (gr. Pistis) en el Altísimo y a perseguir lo más alto, porque según el apóstol, nuestra autoridad existe en el cielo”.

Glosario

Agios (también escrito como “hagios”, fem. “hagia”): Santo. Tanto del similar sáncrito “yájati” (del proto-indoeuropeo yaj = sacrificar) o yâjyah = digno de reverencia.

Apatía: Templanza. Sin pasión. El desarraigo de las pasiones. Alternativamente, un estado en el que las pasiones se ejercen según su pureza original y sin cometer pecado.

Askesis (ascesis): El esfuerzo o entrenamiento espiritual emprendido por los cristianos para guardar los mandamientos, purificar el corazón de las pasiones y practicar las virtudes, junto con la oración y las actividades relacionadas, así como lograr la armonía entre el cuerpo, el alma y Dios.

Avaton: La prohibición de las mujeres en Agion Oros. Un aspecto bajo mandato de su estatus autónomo, que está consagrado en la constitución de Grecia.

Diakonia, diakonima, diakonimata (pl.): Servicio o ministerio; en otras palabras, las tareas de trabajo asignadas a un monje (Anal. Sanscr. “seva”).

Eros:

Evergetinos: Una colección de texto, principalmente estrofas y anécdotas de la vida monástica, que ilustran las luchas y recompensas de la vida monástica.

Fe: ver Pistis

Geronta, gerontas (pl.): También llamado anciano espiritual, o staretz, un apelativo honorífico de un monje desarrollado espiritualmente o un monje superior en un monasterio, como el higumeno.

Gnosis:

Hagios (fem. hagia): ver Agios.

Hesiquia, hesicasta: Silencio, quietud. Tranquilidad de pensamientos, pero no vacío, por lo que el nous puede descender al corazón por medio de la oración de Jesús. Es la atención interna de la oración que trae el recuerdo de Dios y la gracia del Espíritu Santo.

Kelía: la celda de un monje en un monasterio. También, en Agion Oros, una vivienda, algo así como una casa de campo con una pequeña capilla, donde los monjes rezan y trabajan para su salvación.

Kenovion, cenobio: Un monasterio donde todos los monjes siguen la misma regla.

Lavra: Un monasterio.

Logos: La palabra griega tanto para “palabra” y “razón” es matizada de forma variable con diferentes sentidos en el contexto. En muchos casos, tiendo a incluir la de “causa final” (pl. “causas finales”), en el sentido aristotélico, además del sentido de “razón” (como en el razonamiento y la lógica), por mi propio entendimiento de esto (pero por supuesto, no soy ni teólogo ni filólogo).

Metanoia: A menudo se traduce como arrepentimiento. El cambio radical del corazón y de la mente, acompañado por la mansedumbre y la humildad.

Nepsis, néptico / a: Nepsis es la vigilancia del nous y la salvaguarda de las puertas del corazón, para que cualquier pensamiento que se mueva en él pueda ser controlado. Néptico es un adjetivo que pertenece al método utilizado para la nepsis.

Nous, noético: A menudo se traduce como “mente”, o “mente en el corazón”. La mayor facultad del hombre, mediante la cual, y por medio de la purificación, puede contemplar a Dios y las esencias internas de los seres creados, por medio de una comprensión directa o una percepción espiritual. El entendimiento noético no es intelectual, sino que procede de una experiencia espiritual inmediata.

Pistis: Fe. La idea moderna de fe, basada sobre la diferenciación de Aquino del conocimiento con respecto a la creencia ciega, no es lo que significa en la tradición ortodoxa. Aunque pueda ser un componente de lo que los padres de la Iglesia, tales como San Máximo el Confesor, denominaron como “fe introductoria”, sólo puede ser considerado una etapa inicial en nuestro ascenso hacia el conocimiento, y el Logos, que es la verdadera fe basada en la experiencia, un don de Dios. En una etapa superior, la fe (gr. Pistis), conduce al conocimiento (gr. Gnosis) noético, que está basado en la experiencia, y se completa por la inspiración y, por tanto, no puede ser destruido por argumentos razonados. Cambia el corazón, conduce a los cambios sustanciales en el ser, puede mover montañas y conduce a la salvación.

Santo: ver también “agios”.

Skete: Típicamente similar en apariencia a un pequeño pueblo, donde se construyen kelías alrededor de una iglesia central. Cada kelia realiza sus oraciones diarias independientemente, excepto los domingos y días de fiesta, donde se reúnen juntos en la principal iglesia para la adoración.

Teantrópico: Perteneciente al Teántropos, el Dios-hombre.

Theoria: (gr. Theos = Dios, “oro”= ver). La percepción o visión del nous, por medio del cual se alcanza el conocimiento espiritual. Dependiendo del nivel de crecimiento espiritual, la theoria tiene dos niveles principales: puede ser cualquiera de las esencias internas o principios de los seres creados, o en una etapa superior, de Dios mismo. Algunas veces se traduce como “contemplación”: La “contemplación es una cuestión, no de declaraciones verbales, sino de la experiencia vivida. En la oración pura del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se ve su unidad consubstancial (del Archimandrita Sophrony: His life is Mine, traducido por Rosemary Edmons, St. Vladimir’s Seminary Press, Oxford, 1977).

Theoritikos: un individuo que ha logrado la theoria.

Theosis: La deificación del hombre. Según la tradición ortodoxa, el propósito en la vida del hombre es alcanzar la unión con Dios y ser un dios por la gracia. Auto realización. La adquisición del Espíritu Santo.

“El carácter néptico y hesicasta ortodoxo athonita”, del archimandrita Georgios Kapsanis, higumeno del santo monasterio de Grigoriou, en el Monte Athos.

 

Archimandrita Georgios Kapsanis

                               Catecismo Ortodoxo 

                http://catecismoortodoxo.blogspot.ca/

 

Violencia y gracia: La lucha espiritual ( obispo Kallistos Ware )



Una teología experiencial

“Yo no quiero que tú estés bajo la ley sino bajo la gracia” (Carta 23), así escribía el Gran anciano, Barsanufio a su compañero de ascesis, el otro anciano, Juan de Beersheva. Esta breve frase resume la actitud de los dos Ancianos de Gaza en relación de la lucha espiritual. Como guías espirituales, ellos no quieren imponer un código exhaustivo de regla, sino que buscan defender y proclamar la gracia y la libertad que nos son dadas por la fe. “Tú sabes que no hemos nunca impuesto vínculo a nada” (Carta 51), dice Barsanufio y Juan en otra ocasión.

De esto resulta claro al menos qué no debe esperar el lector encontrarse en las 848 cartas de la correspondencia de los dos Ancianos de Gaza llegadas hasta nosotros. La colección no es de hecho sistemática - y en esto está, al menos en parte, su valor - si bien se incluyen algunos leitmotiv que le confieren un espíritu coherente y característico. Ante todo aquí no encontramos un sumario metódico de mandatos exteriores para imponer mecánicamente al aspirante asceta.

Igualmente, hay una casi completa ausencia de misticismo especulativo de tipo origenista-evagriano. Si bien Juan admite que algunos textos de Evagrio pueden ser leídos con provecho, en general tanto él como Barsanufio, muestran una fuerte reserva en relación a las obras de Orígenes, Evagrio y Dídimo el Ciego. Ante un monje que declaraba que la lectura de las obras dogmáticas conduce su mente a la contemplación (theoria), Barsanufio no lo anima en absoluto: “No querría que tú te deleites en estas cosas, con el motivo de que elevan la mente en alto, sino con las palabras de los ancianos, ya que estas humillan la mente en lo bajo.” (Carta 547),

En su enseñanza, los dos ancianos de Gaza evitan los términos tales como theoría, theologhia y gnosis.

Si la correspondencia no es un código legal, ni un tratado sobre el misticismo especulativo, no es tampoco una compilación de historias de milagros. Es verdad que Barsanufio y Juan intuyen los pensamientos secretos de aquellos que se dirigen con ellos (cf. Carta 70) y que curan a otros a través de su oración (cf. Carta 91; 570) o enviándoles agua bendita (cf. Carta 643-644), pero en general no realizan milagros y en sus cartas hay una sorprendente falta de énfasis en relación a los milagros. No debemos confiarnos de visiones o de sueños, repiten incesantemente (cf. Carta 414-415; 418), ni poner la confianza en los signos y milagros: estos, dice Barsanufio, “no son para los fieles, sino para los infieles (cf. 1 Cor 14, 22)” (Carta 40; 34). Si bien, se habla mucho de los ataques de los demonios en el interior del hombre a través de las pasiones y de los pensamientos, de hecho en las respuestas de los dos Ancianos no hay nada que haga referencia a manifestaciones espectaculares del demonio, como lo encontramos, por ejemplo, en la Vida de Antonio escrita por Atanasio y en los escritos de Evagrio.

Si en las cartas de Barsanufio y Juan no encontramos reglas sistemáticas, especulaciones místicas o historias de milagros, ¿Qué encontramos? Lo que nos ofrecen es ante todo un cuadro extraordinariamente vivo y humano del modo en el cual el ministerio de la paternidad espiritual era practicado en la Iglesia antigua. Ningún otro texto antiguo presenta un informe tan directo y cercano de las preguntas que la gente hacía y de las respuestas que recibían. Los dos Ancianos no dan principios generales, fundados sobre anteriores fuentes escritas, sino que presentan respuestas específicas y personales a determinadas preguntas, nacidas de lo que ellos mismos han probado, visto y padecido. Los dos adjetivos que mejor describen su teología son experiencial y personalizada. La teología de ellos es experiencial, en el sentido de que ella es el fruto de su inmediata y viva experiencia; y es personalizada en el sentido de que lo que les importa a ellos no son las reglas, sino las personas, no son las ideas abstractas sino los singulares seres humanos en toda su variedad y unicidad.

Este acercamiento personalizado es evidente especialmente en su insistencia sobre la ascesis interior más que sobre la exterior. “En cuanto al ayuno del cuerpo, no te aflijas, porque esto no es nada sin el ayuno espiritual” (Carta 78), dice Barsanufio a un monje turbado por la propia falta de fuerza física. Teniendo en mente la gran variedad de las posibilidades físicas de las diversas personas, no proponen una medida de ayuno igual para todos. Concuerda con esto lo que dice el gran profeta inglés del siglo dieciocho, William Blake: “Una única ley para el león y para el buey es una opresión”. Por esta razón, como dice Juan, “nuestros padres, que eran perfectos, no tenían una regla fija (Kanònos hòros)” (Carta 86).

Cuando los dos Ancianos dan consejos considerando al ayuno, dan una indicación que puede ser interpretada libremente, según las necesidades de cada uno: “No tomar nada por glotonería sino según el hábito recibido, y después de haber comido permanecer con hambre y no saciado” (Carta 511).

El mismo principio concierne al sueño: es necesario “permanecer un poco por de bajo tanto del alimento como del sueño” (Carta 158). Esta indicación personalizada, es decir no saciarse nunca del sueño, del alimento y de la bebida – incluso del agua- se remonta a los orígenes del monaquismo egipcio. La encontramos en las fuentes pacomianas, en los Dichos de los padres del desierto, en la Historia de los monjes, en Evagrio y su discípulo Juan Casiano. Fiel discípulo de los dos Anciano de Gaza, Doroteo, adopta el mismo principio en la formación de la vida monástica del joven Dositeo.

Ascetismo antinómico.

Fiel a este punto de vista experiencial y personalizado, Barsanufio y Juan más que expresarse de modo metódico y coherente, prefieren recurrir al contraste y a la paradoja. En esto se asemejan a Juan Clímaco. Típico de su enfoque enigmático y provocativo es el consejo que el Gran anciano da al monje Andrea: “Olvídate de ti mismo y conócete a ti mismo” (Carta 113). En su interpretación de la lucha ascética, los Ancianos de Gaza han recurrido a tres contraposiciones.

- Severidad y moderación. “Es imposible ser salvados sin trabajo (Kòpos)” (Carta 239) – dice Barsanufio a un monje de la comunidad de Gaza-. No creas que es fácil, ya que es necesario sudar, trabajar y hacerse violencia (bía) (Carta 239). Pero cuando el superior de la comunidad, abba Sérido, había extenuado su cuerpo con una fuerte austeridad ascética y en consecuencia se había gravemente extenuado, Barsanufio lo reprendió, exhortándolo para el futuro a tratar su cuerpo con discreción (diàkrisis), de modo que éste lo sostuviese en su ministerio espiritual y le sirviese con suficiente fuerza en sus deberes hacia los hermanos (cf. Carta 570).

- Libre voluntad y gracia. Enfatizando la importancia de la libre elección, el Gran anciano afirma que el padre espiritual no debe recurrir a la fuerza, sino respetar la libertad interior de sus hijos: “No forzar la elección, sino sembrar con esperanza (cf. 1 Cor 9, 10). También nuestro Señor, en efecto, no ha forzado a nadie, sino ha llevado la buena nueva, a quien queria escucharla” (Carta 35).

Si bien, obedece a sus superiores, el monje no es totalmente pasivo, sino que debe hacer uso de la propia libre voluntad: “Si quieres progresar, trabaja” (Carta 256). Pero esta insistencia sobre el ejercicio activo de la libre voluntad está unidad a una clara afirmación del primado de la gracia divina: “Dios… sabe que el ser humano no puede realizar nada por sí mismo. Pero Dios es todo” (Carta 493).

- Austeridad y alegría. Barsanufio exhorta a la “fatiga del corazón” (pónos Kardías) (Carta 265), pero al mismo tiempo, a un monje oprimido por el desaliento, le dice por tres veces con énfasis triunfante: “¡Alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor!” (Carta 10).

Examinaremos ahora estas tres contraposiciones que ofrecen una clave para comprender la enseñanza ascética de los dos Ancianos, y al final consideraremos un tema posterior que suaviza su maximalismo con un sentido de mutua solidaridad: el uso del precepto paulino: “Cargad el peso los unos de los otros” (Gal 6, 2).

No diremos, en cambio, nada sobre el fundamento sacramental de su ascetismo y sobre la enseñanza acerca sobre el recuerdo de la muerte, ya que estos temas son tratados en otras conferencias del presente convenio.

Severidad y moderación

- Los dos Ancianos de Gaza toman en serio la exigencia radical de la ascesis interior. Dan peso a las palabras de Cristo: “El reino de los cielo sufre violencia y los violentos se adueñan de él” (Mt 11, 12). Haciendo referencia a los Dichos de los padres del desierto, Barsanufio dice: “Hermano, la violencia hacia sí mismo (cf. Mt 11,12) en todas las cosas y la humildad, hacen progresar” (Carta 243). En un pasaje se pregunta: “Si no nos hacemos un poco de violencia a nosotros mismos, ¿Cómo podemos ser salvados?” (Carta 191). Con su típica prudencia, Juan agrega que esta violencia hacia sí mismo no debe ser excesiva: “Necesita hacerse violencia con cuanto es posible y no más allá de lo posible” (Carta 519).

Esta violencia exige más particularmente la necesidad de una paciencia perseverante. Ningún texto de los evangelios es tan citado por Barsanufio y Juan como el de Mt 10, 22: “Quien persevera hasta el fin será salvado”. En un pasaje característico Barsanufio afirma: “No hay que pedir nada a Dios, tampoco por medio de sus siervos, sino auxilio y fortaleza para soportar, ya que quien persevera hasta el final será salvado (cf. Mt 10, 22)” (Carta 1). Juan dice: “Si ves que tienes un deseo seguro de permanecer y de soportar, por gracia de Dios, todos los males que sobrevengan hasta la misma muerte, entonces permanecerás” (Carta 703).

Esta acentuación de la necesidad de soportar pacientemente lo que suceda (hypomonè tón eperchoménon) hace referencia a la enseñanza de Marcos el Monje. Como modelos de esta paciente soportación, Barsanufio y Juan recuerdan a Job y también a Lázaro.

Esta violencia hacia uno mismo y esta paciente soportación están sintetizadas en un mandato central de la teología ascética de los dos Ancianos de Gaza. Barsanufio escribe:

“En cuanto a cómo debes comportarte con el hermano: aquel que quiera agradar a Dios (cf. 1 Ts 4, 1) reniega la voluntad propia a favor del prójimo, haciéndose violencia a sí mismo.” (Carta 122)

“Quien no tiene ninguna voluntad y se reprende en todo, encuentra misericordia de Dios.” (Carta 243)

“A menudo yo te he escrito las palabras de la Escritura del Señor, de ser paciente en todo y de prestar atención a que no se mescle en nada tu voluntad.” (Carta 16)

Esta negación de la voluntad propia no debe ser practicada solo ocasionalmente, sino en todo momento. Renunciando a nuestra voluntad obtenemos dos cualidades de extrema importancia: humildad y liberación de los afanes (amerimìa): “La humildad es renunciar en todo a la propia voluntad y no preocuparse de nada” (Carta 462).

En ningún lugar los Ancianos de Gaza sugieren que este separarse de la voluntad propia sea una tarea ligera y fácil. Por el contrario, es un morir a sí mismo, un verdadero y propio martirio interior: “Dejar la propia voluntad es derramar la sangre” (Carta 254). El asceta es alguien que ya incluso en la vida presente ha sufrido la muerte y ya está sepultado en la tumba. Barsanufio escribe: “Esfuérzate en todo a morir a todo (cf. Col 2, 20; Gal 6, 14), y serás salvado. Y di a tu pensamiento: “Estoy muerto y reposo en el sepulcro” (Carta 55). Por esta razón Barsanufio habla de su celda como de “mi cementerio” (Carta 141). Como Juan explica, el Gran anciano usaba esta expresión:

“Porque ha encontrado reposo de todas las pasiones, está muerto en efecto completamente al pecado (cf. Rm 6, 2.10) y su celda, en la cual está sepultado como en una tumba por el nombre de Jesús, es un lugar de alivio.” (Carta 142)

Violencia hacia sí, paciente soportación y renuncia de la propia voluntad para Barsanufio y Juan se entienden en términos cristológicos, como una imitación de Jesús en su vida terrena. Si renunciamos a nuestra voluntad, seguimos el ejemplo de Cristo que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre (cf. Carta 150.239). Más específicamente, seguimos a Cristo en el largo camino de la cruz. La espiritualidad de los dos Ancianos de Gaza está centrada en la Pasión: “Dejemos el bastón de caña y tomemos el bastón de la cruz” (Carta 182).

Recurriendo a una imagen frecuente en los escritos de abba Isaías, ellos enseñan que no es suficiente seguir a Cristo en el largo camino de la cruz, sino que somos llamados a subir con él a la cruz: “Tú debes subir con Cristo a la cruz y ser clavado con los clavos y traspasado por la lanza” (Carta 45) Y también: “¡Emigra del mundo, sube a la cruz!” (Carta 48). En relación a esto, Barsanufio y Juan exhortan a una meditación vivida y detallada de los sufrimientos del Salvador:

“Has reposar la dulzura en tu corazón recordando la oveja y al cordero (cf. Is 53, 7) sin culpa, Cristo. Cuántas cosas soportó siendo inocente: insultos, flagelos, etc.” (Carta 20)

“Si quieres adquirir el reposo perfecto, aprende lo que él ha soportado y soporta… Esta es la perfecta humildad… soportar injurias e insultos y todo aquello que padeció nuestro maestro Jesús (cf. Mt 23, 8).” (Carta 150)

“Déjame recordar a nuestro soberano Jesús, que por mí ha gustado la amargura y el vinagre.” (Carta 191)

Pasajes de este tipo en Barsanufio y Juan recuerdan la larga sección sobre la Pasión en la Carta a Nicolás de Marco el Monje.

Así, hablando del lugar que la violencia hacia sí mismo y la cruz ocupan en la enseñanza de los dos Ancianos, viene la confrontación con su maximalismo. Pero esto no es todo. Lo que es notable en las 848 cartas es el modo en el cual la austeridad es contrarrestada con la dulzura y el rigor es atenuado por la flexibilidad pastoral. Sobre todo en las cartas de Barsanufio se puede encontrar una extraordinaria profundidad de paciencia y sutileza de discernimiento. Por ejemplo en su respuesta al solitario Andrea, él da prueba no solo de firmeza y de realismo, sino también de extrema sensibilidad en lo que respecta a la enfermedad de Andrea, de sus escrúpulos y de sus depresiones. Las palabras atribuidas a Cristo del evangelista: “no partirás la caña quebrada, no apagarás la mecha humeante” (Mt 12,20; cf. Is 42, 3) describen exactamente la comprensión que Barsanufio tiene de su rol de padre espiritual. Su capacidad de intuición es especialmente evidente en la larga serie de cartas a Doroteo.

En las raras ocasiones en las cuales Barsanufio y Juan ofrecen específicas indicaciones sobre prácticas ascéticas exteriores, su consejo es sorprendentemente moderado. Es verdad que Barsanufio, en el curso de la formación inicial impartida al futuro higúmeno de la comunidad, Sérido, a menudo lo castigaba y probaba de muchos y variados modos, imponiéndole formas de disciplinas severas y muy pesadas. Pero el uso de las fuerzas físicas es excepcional. Es mucho más característico el consejo que Barsanufio da más tarde a Sérido de “tratar a su cuerpo con discreción” (Carta 570). A un monje enfermo, Barsanufio le deja beber un poco de vino y le permite consultar al médico (cf. Carta 225). A un solitario, Juan sugiere dormir seis horas por la noche y dedicar las otras seis a la oración (cf. Carta 146). Esto es un evidente contraste con la enseñanza de Arsenio el Grande: “Es suficiente para un monje dormir una hora, si es un luchador” (Arsenio 15).

Los dos Ancianos de Gaza son ciertamente maximalistas, pero son maximlistas del corazón humano.

Libre voluntad y gracia

Barsanufio, no obstante toda su insistencia sobre la obediencia y sobre la renuncia a la propia voluntad, cree también en la importancia de la libertad humana. El objetivo del padre espiritual no es aquel de privar a su discípulo de la libre elección, sino de enseñarle a usar esta libre voluntad. Esto respecto de la libertad humana, sin embargo, no significa de hecho que los Ancianos de Gaza sean defensores de una acomodada tolerancia. Al contrario, el verdadero uso de nuestra libertad consiste precisamente en el de entregarse totalmente a la lucha ascética. Barsanufio escribe a Juan: “No te abatas en las tribulaciones (cf. Ef 3, 13), y en las fatigas del cuerpo que soportas y sufres por nosotros” (Carta 9). Y Juan, a su vez, dice a un monje que lo interrogaba: “Nadie puede adquirir nada bueno, si no con mucho trabajo” (Carta 340).

Sin embargo, este énfasis sobre “el trabajo, la fatiga y la violencia” no debe hacernos pensar que Barsanufio y Juan son dos criptopelagianos. ¡Lejos de ellos semejante tentación! También ellos sostienen que todo es gracia. Ellos podrían concordar con las Homilías del Pseudo-Macario:

“La voluntad del hombre es como una disposición esencial. En ausencia de la voluntad, por respeto de la libre decisión del hombre, ni Dios hace algo que de por sí podría.” (Homilía 37)

Ellos razonan en términos de synergheìa, de “cooperación” o convergencia entre la gracia de Dios y la libertad humana. Nosotros no podemos hacer nada sin Dios, pero Dios no puede hacer nada sin nosotros. Ambas, gracia y libertad, son necesarios.

Nos es pedida la violencia, pero ésta es ineficaz sin la ayuda divina. Subrayando nuestra humana dependencia a la gracia de Dios, Barsanufio subraya:

“Dios presta atención al corazón del hombre y discierne las intenciones. Él que conoce la debilidad del hombre y sabe que no puede realizar nada por sí mismo. Dios es todo (cf. Sir 43, 27) y es él quien da fuerza a quien le es digno.” (Carta 493)

En otro pasaje, Barsanufio dice:

“Te tengo ya dicho que si una vez te sucede de hacer algo bueno, debes saber que esto es un don de Dios (cf. Juan 4, 10) por su propia bondad ya que él tiene misericordia de todos (cf. Sab. 11, 23). Dice en efecto el Apóstol: ‘¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’(1 Cor4,7)” (Carta 412)

Nuestros nombres han sido escritos en el libro de Dios, pero esto es un don gratuito: “Dios nuestro soberano tiene un libro en el cual están escritos aquellos que vienen a ponerse sinceramente a su servicio y están escritos gratuitamente desde el primer día.” (Carta 495)

Dos textos bíblicos a los cuales hacen referencia los Ancianos son Ef. 2, 5: “Por gracia habéis sido salvados” y 1 Cor 15, 10: “No yo, sino la gracia de Dios que está en mí”. La necesidad que nosotros tenemos de la gracia de Dios es puesta en evidencia por la enseñanza de Juan sobre la antirresis, la refutación de los pensamientos:

“No eres tú el que tiene que contradecir los pensamientos: es esto lo que ellos quieren y no desisten. Vuélvete en cambio hacia el Señor contra ellos arrójale ante Él (cf. Sal 54, 23) tu impotencia, ya que Él puede no sólo alejarlos, sino también aniquilarlos.” (Carta 166)

La comprensión que Juan tiene de la synergheìa entre la gracia y la libertad está ilustrada en la respuesta que él da a un laico que le pregunta: “Ya que Dios ha hecho al hombre libre y luego él dice: ‘sin mí no podéis hacer nada’ (Juan 15, 5); ¿cómo pueden estar juntos la libertad y el no poder hacer nada sin Dios?”. Juan responde:

“Dios ha hecho al hombre libre en el sentido de que él puede tender al bien. Pero, aunque él tiende al bien por su propia elección, no es capaz de realizarlo sin la ayuda de Dios. Está escrito en efecto: ‘Todo depende no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la misericordia de Dios’ (Rm 9, 16). Si el hombre inclina su corazón hacia el bien e invoca a Dios pidiendo su ayuda, Dios en consideración de su buena voluntad le da la fuerza necesaria para su obra. Y así las dos cosas pueden proceder juntas, es decir, la libertad del hombre y el poder de Dios.” (Carta 763)

Indudablemente Agustín habría encontrado esta respuesta un tanto simplista, pero ella refleja la aproximación típica del oriente. Aquí Barsanufio y Juan pertenecen a la tradición teológica ascética griega.


Austeridad y alegría.

“Afligidos, pero siempre alegres” (2 Cor 6, 10): esta es la más grande contraposición en la teología de los dos Ancianos. Como la necesidad de hacer violencia a sí mismo está asociada a la compasión llena de amor y como el esfuerzo humano procede a la par con el libre don de la gracia de Dios, así también la tristeza y el sufrimiento están equilibrados por la alegría. Barsanufio y Juan anticipan la perspectiva de Juan Clímaco con su enseñanza relativa a la “gozosa tristeza” (charmolype) y la “alegría fuente de tristeza” (charopoiòn penthos) en el séptimo capítulo de la Escala del paraíso. Barsanufio mismo, que insiste sobre la necesidad de “partir” la propia voluntad y exhorta a sus discípulos a subir a la cruz con Cristo, escribe a aquellos que buscan su guía: “Mi Dios bueno y misericordioso, los colma una y otra vez de la alegría del Espíritu Santo. (1 Ts 1, 6)… ¡Hijos dilectos, alegraos en el Señor!” (Carta 222)

No obstante toda su severidad y su rechazo del compromiso, lo que en el fondo Barsanufio y Juan ofrecen es un mensaje de consuelo para los desconfiados y de esperanza para los desesperados. En su soteriología son fundamentalmente optimistas y es significativo que citan no menos de dieciséis veces a 1 Tm 2, 4: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Otros de sus textos preferidos que recurren al menos veintiún veces es el de 1 Ts 5, 18: “En todo dad gracias”. En la última carta de la colección completa comentan 1 Ts 5, 16-19: “Estad siempre alegres, orad incesantemente, en todo dad gracias”. Y concluyen: “En estas tres cosas está contenida nuestra salvación” (Carta 848). Esta es la palabra final, la herencia que ellos entregan a la Iglesia: un mensaje de alegría y de esperanza.

“No te abandonaré”

Hay, finalmente, un elemento más de gran importancia en la tradición de Gaza, que atenúa el aparente rigor de Barsanufio y de Juan y refuerza su mensaje de esperanza. Ellos repiten insistentemente que la lucha ascética no es solitaria, sino que se realiza en comunión con los hermanos. En la vida espiritual no avanzamos como individuos aislados, sino como personas en relación, como miembros de una comunión de amor y de oración. Los dos Ancianos no olvidan nunca que “somos miembros unos de otros” (Rom 12, 5). Es muy significativo que los textos de la Escritura a los que hacen alusión con mayor frecuencia – mayor que las que citan las palabras del Señor contenidas en el evangelio o las palabras de Pablo sobre la acción de gracias- es la exhortación del apóstol Santiago: “Confesad vuestros pecados los unos a los otros y orad los unos por los otros para ser curados” (Sant 5, 16). Este texto se cita al menos en veintitrés cartas y constituye un tema fundamental en toda la correspondencia. Cualquiera sea nuestra situación humana –así creían los dos ancianos- sea que seamos solitarios, cenobitas o laicos, somos interdependientes y estamos ligados los unos a los otros.

Aquel que sostiene y consolida esta comunión de oración y amor es ante todo el ghéron o anciano, el guía espiritual o el padre en Dios. Barsanufio y Juan atribuyen a esta figura una importancia extrema. Aunque no sea necesariamente un sacerdote – los dos Ancianos de Gaza no lo eran- él tiene el poder de absolver y de ligar. El anciano debe ser siempre consultado. El Espíritu Santo habla a través de su boca y cualquier cosa que diga, viene de Dios. Barsanufio no tiene temor de exclamar: “Yo estoy seguro, en mi Rey y Dios, que sin él nada te digo a ti para la salvación de tu alma.” (Carta 236)

Se trata de afirmaciones corajudas: ¿qué significa esto en la práctica? Ante todo vemos lo que el padre espiritual no debe hacer. Si bien, habla en nombre de Dios, él no es un legislador, un déspota, que impone leyes a sus discípulos y les priva de cualquier iniciativa y libertad de elección. Cuando a Barsanufio le fue pedido dar un Kanòn, una regla de vida, él lo rechazó. Hemos ya observado que él repite con insistencia que sus hijos espirituales no deben vivir bajo la ley, sino bajo la gracia, y hemos visto que rechaza el imponer reglas. El rol del anciano es simplemente el de anunciar la buena nueva. De este modo, la propuesta del padre espiritual no es de aniquilar la libre elección del discípulo, sino de acompañarlo en la adquisición de una verdadera libertad interior. La obediencia abre el camino a la libertad.

Hemos dicho lo que el padre espiritual no debe hacer, pero ¿qué debe hacer? A aquellos que les son confiados no ofrece un código de reglas orales o escritos, sino una relación personal. Se preocupa de las personas y no de las reglas. Esto significa que no debe guiar a todos de la misma manera, sino que sus consejos deben adaptarse a las necesidades de cada uno, a la situación que cada uno está viviendo. No debe actuar mecánicamente, como siguiendo la instrucción de un manual, sino abrir su corazón al Espíritu Santo. En razón de su paternidad vivida como relación personal y de su apertura al Espíritu, el ghèron no es un oráculo o un autócrata, sino el custodio de la libertad evangélica.

¿De qué modo el padre espiritual debe ejercitar su ministerio? En caso de necesidad ofrecerá consejos, pero sobre todo orará por sus hijos. Como afirma Barsanufio: “No hay un minuto, no hay una hora, en el cual no te tenga en la mente y en la oración.” (Carta 114)

El fundamento de este ministerio de intersección es una sensación viva de amor por sus discípulos. “Mi gran alegría es el progreso de todos ustedes”, dice Barsanufio (Carta 208). A Juan le dice: “Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo” (Carta 39). Creyendo en el amor de su guía, el discípulo puede decir: “He aquí, me entrego a mí mismo a Dios y a tus manos (cf. Sal 30, 6). Cuida de mí, padre de entrañas de misericordia, por el amor del Señor” (Carta 533).

Así resulta que el anciano consolida los vínculos de comunión en el interior de la comunidad espiritual de la cual preside no solo con sus consejos, sino mucho más con su oración y su amor compasivo, y da a cada uno de sus discípulos la firme convicción de que no está solo. El guía es mucho más que un instructor. Él cumple el mandato de Pablo: “Llevad las cargas de los unos sobre los otros” (Gal 6, 2). Es este un texto fundamental en la tradición de Gaza. A algunos Barsanufio ofrece llevar la mitad de su peso (Carta 73), a otros le ofrece llevarlo todo (Carta 239). Aquí se manifiesta otra vez el carácter personal de la relación. El padre espiritual no se comporta del mismo modo con todos, no se limita a repetirse, sino que tiene en cuenta las necesidades particulares de cada uno.

Desarrollando esta idea del que llevad las cargas, Barsanufio escriba a un hijo espiritual:

“Después de Dios, yo he extendido sobre ti mis alas (cf. Ez 16, 8) hasta hoy. Y llevo tus cargas (cf. Gal 6,2) y tus pecados… Mientras los veo, yo los cubro, como Dios ve y cubre nuestros pecados. Pero tú te has comportado como un hombre sentado bajo un árbol sombrío… Yo tomo sobre mí la sentencia de la condena que está sobre ti: no te abandonaré ni en el siglo presente ni en el futuro (cf. Mt 12, 32), por la gracia de Cristo… He aquí que yo te he tomado el peso, la carga, la deuda, he aquí que tú te has vuelto nuevo, he aquí que has recuperado la inocencia, he aquí que eres nuevamente puro.” (Carta 239)

En otro lugar Barsanufio agrega: “Doy con alegría mi vida por ti (cf. Juan 10,11;15,13)” (Carta 353). Y esto vale para el siglo presente y para el siglo futuro. La responsabilidad del padre espiritual no termina con la muerte, sino que continúa en el éschaton. Él estará cercano a sus discípulos en el juicio último y tomará su defensa. Siguiendo el ejemplo de Moisés (cf. Ex 32,32), Barsanufio ora: “Señor, o introduce conmigo a mis hijos en tu reino, o bórrame a mí también de tu libro” (Carta 187).

“Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo… No te abandonaré”: este es el rol del padre espiritual. Este sentido de compasión, de llevar las cargas, del compromiso incondicionado permanece desde una punta a la otra de las 848 cartas de Barsanufio y de Juan. Su oración ferviente y amante por cuantos están confiados a ellos transforma la aparente severidad de sus enseñanzas en un anuncio de esperanza. Esta transforma la soledad en solidaridad, la violencia ascética en viva alegría.

“Nuestro Señor anunciaba la buena nueva a aquellos que querían escucharla”: también Barsanufio y Juan han predicado la buena nueva y si nosotros, a su vez, queremos escucharlos, colmarán nuestros corazones de fuego y de luz.

 obispo Kallistos Ware 


                                     Catecismo Ortodoxo 

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